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Dr. Alberto Treiyer
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EL VATICANO
Y LOS
GRANDES
GENOCIDIOS
DEL SIGLO XX
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2
INDICE
-Introducción
I. Los grandes genocidios medievales
II. Una advertencia profética
menospreciada
a) Un mensaje impopular
b) Una proyección apocalíptica inverosímil.
III. Sueños papales en vísperas
Del S. XX
1. Fundamentación papal para el ejercicio del poder.
2. Fundamentación democrática de los gobiernos
protestantes.
3. La primacía papal mediante gobiernos
absolutistas.
4. Contra el capitalismo protestante
IV. Los grandes genocidios del S. XX
1. El genocidio comunista ateo.
2. Dilema papal causado por el comunismo.
3. Presunta solución.
V. Dictadores Del S. XX
1. El siglo de muerte política papal.
2. Una primera señal de restauración.
3. La campaña imperialística católico-fascista contra
Etiopía.
4. Justificación católica a la guerra de Mussolini.
5. Cifras en masacres y bajas.
Conclusión.
VII. El vínculo del Vaticano con Hitler y
Alemania
1. El Vaticano y el Kulturkampf (“cultura de
lucha”)
2. Un aparente logro de dramáticas consecuencias.
3. Intentos posteriores a la primera guerra mundial.
4. Apoyo Vaticano a Hitler antes de ser el Führer.
5. El concordato del Vaticano con Hitler.
a. Conveniencias mutuas.
b. Implicaciones del Concordato.
c. Argumentos católicos pro-nazis.
d. Persecución de católicos y romance pontifical-
nazista.
e. Las relaciones con el nuevo papa
f. El Vaticano durante la guerra misma.
g. El complot para matar a Hitler.
h) Complicaciones nazi-vaticanas durante la guerra.
Conclusión.
VIII. El genocidio judío
1. Antecedentes históricos.
a) De la Roma pagana.
b) De los apologistas y padres de la iglesia.
c) De los papas durante la Edad Media.
-Calumnias anti-judaicas.
d) Atenuación y liberación protestante.
e) De Roma durante el S. XIX.
2. Complicidad Vaticana en el genocidio nazista de
los judíos.
a. Inicio de las hostilidades.
b. ¿Intercesión católica?
c. La encíclica perdida
d. La “solución final”: 1941-1945
e. Antisemitismo Vaticano en medio del genocidio
judío.
f. Negativa del mundo en recibir inmigración judía
g. La ocupación nazi de Roma.
h. Después de la guerra.
i. Estadísticas del genocidio ejecutado por los nazis.
j. Posición actual del Vaticano.
Conclusión.
IX. Los genocidios clero-fascistas
1. El clero-fascismo de Austria.
a. Uso del término.
b. Relación con el capital.
c. Relación con los trabajadores
2. Otros estados clero-fascistas.
a) El culto al dictador.
b) Intentos renovados actuales de establecer gobiernos
clericales
3. El genocidio ustashi en Croacia.
a) Primeras medidas de limpieza étnica.
b) Naturaleza del genocidio.
c) Dirección y participación sacerdotal en las
masacres.
d) La aprobación del Vaticano al régimen genocida de
Croacia.
e) La razón básica de la aprobación papal.
f) Número de muertos en el genocidio católico-fascista
croata.
X. Los sueños papales para convertir y
reconvertir Europa y el mundo
1. Desde que el papado se instauró en Roma con
plenos poderes.
3
a) La evangelización de Europa a partir de Clodoveo.
b) Método evangelizador bajo Justiniano y otros
reinos.
2. Métodos evangelísticos católicos para evangelizar
Latinoamérica.
3. Métodos evangelísticos católicos en el Asia.
a) En Vietnam
- La guerra de Vietnam.
b) En Siam.
c) En China.
d) En Japón.
- El Vaticano y la entrada de Japón en la guerra.
4. Método católico para reconvertir Europa y el
resto del mundo.
a) En Ucrania.
b) Intentos de confederar los países católicos
anticomunistas
- No exclusión, sino inclusión de las demás religiones.
- Nido de criminales de guerra.
1) Franz Stangl.
2) Gustav Wagner.
3) Alois Brunner.
4) Adolf Eichmann
5) Walter Rauff
6) Ante Pavelic y su élite ustashi después de la guerra.
7) Sacerdotes criminales fascistas.
c) El oro lavado en los bancos del Vaticano y de
Suiza.
- ¿Santa Sede?
d) La Virgen de Fátima en la guerra contra el
comunismo.
e) Intento Vaticano de empujar a los EE.UU. a una
tercera guerra mundial.
f) Visión papal de la virgen.
g) La conformación de un ejército supranacional.
XI. El Vaticano y el genocidio hispano-
americano
1. El genocidio fascista (falangista) español.
a) La ascensión del falangismo.
b) La “recristianización” de España
c) Vínculo con el Vaticano después de la guerra.
d) Declaraciones de papas y obispos.
e) El apoyo falangista y clerical a Hitler.
Conclusión.
2. Los dictadores católicos de Latinoamérica.
A. Juan Domingo Perón.
a) Vínculos con el fascismo.
b) Viaje de Eva Perón a Europa
c) Beneficios y alcances posteriores del contrabando
de criminales nazis.
- Política socio-económica redistributiva.
d) Vínculo del peronismo con la Iglesia Católica.
- Política educativa.
e) Conflictos entre la Iglesia y el peronismo.
f) Intermediarios competidores.
Conclusión.
B. Las dictaduras de Chile y Uruguay.
a) Dos democracias de larga trayectoria ignoradas.
b) Estadísticas del genocidio.
c) Papel de la Santa Sede.
d) Católicos chilenos se dirigen al papa.
C. La “guerra sucia” en Argentina.
a) Antes del golpe militar.
b) La represión católico-militar.
c) Contra la democracia y el judaísmo.
d) El antisemitismo revivido.
e) Estadísticas y conciencia papal de los hechos.
f) Ideología y función de los capellanes confesores.
g) Terrorismo de Estado.
h) El gobierno divino no es terrorista.
Conclusión.
XII. ¿Ha cambiado el papado desde
mediados del S. XX?
a) El concepto papal de la libertad.
b) La infalibilidad
c) Lenguaje doble.
d) Doble juego represor y vindicatorio
- Una copia militar exacta.
- Es menester obedecer a Dios.
- Espionaje y vindicación internacional.
XIII. Trasfondo teológico del genocidio
católico
1. El sacramento de la penitencia, el purgatorio y el
infierno.
2. Lo que muchos no captan.
3. La carencia de arrepentimiento en los genocidas
católicos.
4. La cauterización de la conciencia mediante la
confesión auricular.
5. El problema fundamental: la lucha por la
supremacía.
- ¡Cuán diferente fue el espíritu del Señor!
4
6. Edificada sobre un fundamento pecaminoso.
-La verdadera Iglesia está edificada sobre el Hijo de
Dios.
-¿Edificada sobre Pedro?
-Pretensiones papales relacionadas.
7. Una doctrina que falta.
¿Papas y santos genocidas en la corte celestial?
Conclusión.
XIV. La ostentación de santidad a la luz
del evangelio
a) Un enfoque torcido.
b) La fortaleza del creyente está en Dios.
c) Cómo obtener la santidad.
d) Santidad en la verdad.
e) El problema de la justicia propia.
f) ¿Quiénes están más cerca de la santidad?
g) No es castigándonos como obtenemos la
santificación.
h) La misión de la Iglesia.
Conclusión.
XV. El lugar del S. XX en la historia
profética
1. Una confrontación político-religiosa.
2. Una era de libertad política y religiosa.
3. La fragilidad de los regímenes democráticos.
- El papel final de la última superpotencia.
4. ¿Cuándo se restauró la herida mortal del
papado?
5. El reclamo del alma [soplo de vida] para Europa y
el mundo.
6. El soplo esperado del protestantismo
norteamericano.
7. La crisis final.
8. La sentencia final divina sobre los opresores y los
oprimidos.
______________***_____________
Introducción
Visité hace poco el museo Holocausto en
Washington. Está muy bien equipado, con mucho
material en fotos, videos con películas que fueron
tomadas en directo, y materiales de diversa índole. Es
tanto el material en cuadros, materiales y videos que
han sido elaborados a partir de los discursos mismos de
Hitler, así como de las reacciones progresivas de los
EE.UU., Inglaterra y los demás países, que requeriría
una tarde entera para poder ver lo esencial. Más de seis
millones y medio de judíos fueron exterminados de la
manera más cruenta, de los cuales cerca de un millón y
medio fueron niños. La tragedia fue tal que el genocidio
de los niños solamente, equivalió a la masacre diaria de
todos los niños de una escuela normal, durante ocho
años.
Ese siglo ―idiotizado‖ ya pasó a la historia, y con él
también un milenio cristiano más. Muchos tratan de
hacer una síntesis de lo que ocurrió durante ese siglo. A
la luz de las profecías bíblicas, nosotros hemos recibido
como legado protestante un análisis de lo que sucedió
en la primera parte del S. XIX, incluyendo la última
parte del XVIII. Pero, ¿nos hemos sentado a evaluar
también, siempre a la luz de las profecías bíblicas, lo
que ocurrió durante el S. XX?
Ese museo sobre el ―holocausto‖ presenta por etapas,
uno de los cuadros más horrorosos que conoció la
historia de nuestro mundo. Un aspecto, sin embargo,
me indignó. Haciendo una síntesis del odio contra los
judíos a lo largo de la historia, una de las películas
menciona que cierta tradición cristiana heredó de los
romanos la enemistad contra esa raza, acusándolos de
haber entregado a muerte al Hijo de Dios. Pero no
menciona para nada a la Iglesia Católica, ni tampoco a
la Inquisición. En su lugar, menciona a Lutero que
pretendió, al principio, ganar a los judíos mediante
métodos persuasivos y no por la violencia. Sin
embargo, al ver que ese método no los ganaba tampoco,
terminó odiando a los judíos de una manera tal que
declaró que sus libros y sinagogas debían ser
quemados...
Después del ―holocausto‖, seguía el reporte, muchas
iglesias cristianas han estado reconsiderando su
posición con respecto al judaísmo, y consideran que el
odio contra los judíos no tiene fundamento en el Nuevo
Testamento. La Iglesia Evangélica, incluso, ha
terminado rechazando esa enseñanza negativa de
Lutero con respecto a los judíos. Jesús fue judío,
celebró la Pascua al instituir la Santa Cena, sus
5
discípulos también fueron judíos, y muchos de ellos
murieron en manos de los romanos como también lo
fueron los demás judíos de su raza.
Sumado a esto, el museo pone a los sacerdotes católicos
también como víctimas junto con los judíos, del
nazismo alemán. En esencia, la Iglesia Católica
Romana queda limpia de todo ese drama del S. XX, y
ensuciado el protestantismo. ¿A qué se deberá
semejante distorsión de la historia? ¿Cómo es posible
que un museo tan bien documentado y serio, pueda
exonerar, en parte con el silencio, y en parte con la
inclusión de algunos sacerdotes como víctimas, a la
Iglesia Católica de ese terrible drama?
Hubo sacerdotes heroicos que defendieron a los judíos,
e incluso murieron por ellos. Pero fueron casos aislados
y lo hicieron, en ocasiones, contraviniendo las claras
directivas que recibieron de Roma. Asimismo hubo
protestantes, inclusive un hermano adventista que salvó
cerca de 1000 judíos, arriesgando su vida y siendo
perseguido por la Gestapo, por lo que se ganó después
de la guerra varias medallas (recomiendo leer su libro,
Flee the captor). Nuevamente, ¿por qué ese museo
limpia directa e indirectamente a la Iglesia Católica
sobre algo en lo que estuvo implicada en forma tan
notable? [No alcancé a ver las películas de la última
parte del museo, titulada ―The Final Solution (1940-
1945), porque fui a ver antes otro museo sobre el
espionaje en la historia humana, en especial en el
último siglo. Deduzco, sin embargo, que esa última
parte del museo Holocausto no tendrá nada diferente a
lo que vi con respecto al involucramiento de la Iglesia
Católica].
Sobre las presuntas razones por tal silencio histórico en
un museo tal, quiero ofrecer las siguientes sugerencias.
La Iglesia Católica está muy bien organizada para
intervenir en todo el mundo buscando limpiar su triste
pasado. A diferencia de los protestantes que no tienen
problemas en admitir sus errores por no creerse
infalibles (hasta consideran positivo el ser capaces de
arrepentirse), la Iglesia Católica se cree infalible. Es por
esa razón que se esfuerzan tanto por cubrir su imagen.
La fortaleza del romanismo católico está en la creencia
en que su Magisterio, a diferencia de las demás iglesias,
es infalible. Si se muestra lo contrario, la fe del católico
se va a la deriva. La iglesia romana, como tal, se
desmembraría en cantidad de creencias divergentes que
ya existen dentro de ella justamente por no creer
muchos, en la infalibilidad del papado ni de su
magisterio. De allí tanto esfuerzo por limpiar su pasado
y cubrir a cualquier costa, su triste legajo.
Cuando uno ve los museos de la Inquisición en Lima y
Cartagena, por ejemplo, se indigna también viendo una
tremenda apología de la Iglesia Católica en relación con
esos crímenes y genocidios del pasado. Lo mismo
vemos en los museos de Europa, en donde se busca, por
regla general, ignorar a la Iglesia Católica Romana por
sus crímenes del pasado, y en su lugar referirse a la
mentalidad de la Edad Media. De esa manera se busca
evitar herir cualquier sentimiento religioso.
Actualmente, el Vaticano está ponderando a los pocos
sacerdotes que arriesgaron su vida para proteger a los
judíos, y buscando desligarse de todo enlace con el
nazismo. Es probable que, ante un museo de tanta
importancia que visitan miles cada día, los católicos
hayan ofrecido datos bien precisos de opresión nazi
contra ciertos sacerdotes para crear otra vez la imagen
de víctimas (despertar compasión, rasgar vestiduras,
etc), y desvincularse del genocidio nazi.
A su vez, los organizadores del museo parecen intentar
evitar todo mal sentimiento entre religiones diferentes,
y buscan aminorar como pueden la actitud antisemita
histórica del cristianismo contra los judíos. Debemos
recordar que estamos en la época en donde se
manifiesta ―una falsa caridad‖ que ―ha cegado‖ a
muchos con respecto al papado, ya que toda vez que se
disculpe a alguien de hechos históricos, se deja la
puerta abierta para que se los vuelva a cometer.
Hay otro aspecto también a tener en cuenta. El museo
del Holocausto se abrió por primera vez en 1993. Para
ese entonces estaba recién comenzando a despertarse el
interés por revisar la historia de la 2da. Guerra Mundial,
gracias a la apertura de los archivos secretos de la
mayoría de los países involucrados en esa guerra.
Todos, menos el Vaticano, abrieron sus archivos de la
guerra en torno a la última década del siglo que pasó. El
Vaticano terminó siendo categórico en su negativa,
pese a las insistentes demandas de quienes están
interesados en tener todos los datos para un estudio
objetivo de la historia.
Algunas cosas obviamente filtradas han liberado del
Vaticano, sin embargo, con respecto a la 2da. Guerra
Mundial, y algo más se soltó con la autorización que
dieron bajo juramento de confianza a John Cornwell, un
periodista católico inglés, para trabajar en esos
archivos. Pero la mayor parte permanece escondida en
el típico secretismo del papado. Es probable que los
organizadores del museo sobre el Holocausto no hayan
tenido toda la información de la que se dispone hoy.
Aún así, creo que se conocía ya lo suficiente del papel
del Vaticano para comienzos de los 90, como para no
desvincular totalmente a la Iglesia Católica de la
escena.
6
En este estudio que emprendemos ahora sobre la
relación del Vaticano con los grandes genocidios del S.
XX, nos proponemos dar una mirada retrospectiva a la
historia, a la luz de los hechos y de las creencias que
estuvieron subyacentes en esa historia. Todo esto para
mostrar, al mismo tiempo, cómo las fuerzas del mal
estuvieron listas para dar el golpe decisivo ya en la
primera parte del S. XX, y cómo Dios intervino para
evitar que el mundo desembocase ya también, en el
mismo fin.
Había mucha tierra que conquistar todavía para el
evangelio. Los intentos para recuperar la supremacía
política perdida por parte del papado fracasaron, a costo
de tantos millones de vidas. Pero esos intentos nos
muestran que, en donde tiene la oportunidad, el
pontificado romano revela el mismo veneno de la
serpiente que siempre tuvo. Babilonia no puede ser
curada, porque no quiere ni querrá ser curada (Jer 51:9-
10). Es el centro y nido de toda corrupción y mentira,
―la obra maestra de Satanás‖. El mismo espíritu
genocida que marcó su historia a lo largo de los siglos
durante la Edad Media, y que rebrotó repentinamente
en el S. XX, brotará en el acto otra vez, si las
condiciones que las motivaron políticamente en lo
pasado, vuelven a repetirse.
En general, podemos anticipar ya en nuestro estudio,
que el Vaticano apoyó a Hitler, así como a Mussolini y
las demás dictaduras del S. XX. En cuanto al genocidio
judío, hay testimonios inequívocos de haberse lavado
las manos. Es más, muchos sacerdotes participaron
activamente en el genocidio no sólo contra los judíos,
sino también contra los ortodoxos y los comunistas, con
pleno conocimiento del papado. Para ello encontraban
siempre la luz verde de Roma o, a veces, un silencio
cómplice que ha llevado a muchos a acusar al papado
de pecado de omisión. Otros, analizando los
pronunciamientos públicos y encíclicas papales desde
fines del S. XIX hasta fines del XX, creen que se trató
de un pecado de comisión.
I. Los grandes genocidios medievales
Bastante conocidos son los grandes genocidios de la
Edad Media perpetrados por el papado romano
mediante guerras expansionistas de exterminio en la
segunda mitad del primer milenio cristiano, y mediante
los tribunales de la Inquisición durante la mayor parte
del segundo milenio. Esos genocidios ―cristianos‖
comenzaron en el S. VI con la exterminación de los
paganos y arrianos que se negaban a aceptar el
cristianismo católico romano, igualándolos y hasta
sobrepasándolos en crueldad y brutalidad.1
Mediante
reyes paganos que se convertían al cristianismo
católico, y exigían luego a todos sus súbditos elegir
entre la nueva religión o la decapitación,2
el papado fue
despejando su camino y expandiendo su ―autoridad‖
por todo el continente europeo y el norte de África.
Apenas comenzado el segundo milenio cristiano
(mayormente en el S. XIII), el pontificado romano
lanzó cruzadas de exterminio contra los cátaros,
albigenses y valdenses. Los cátaros habían llegado a
contar en Europa más de un millón de adherentes que
fueron borrados del mapa mediante la decapitación y la
hoguera. A menudo los destruían en masa, con sus
mujeres y sus niños. Aunque muy diezmados, los
valdenses fueron los únicos que lograron sobrevivir en
las más altas montañas del Piamonte (entre Italia y
Francia).
Una vez exterminados los cátaros les tocó el turno a los
(presuntos) brujos y hechiceros del S. XIV, con más de
un millón de gente decapitada y quemada en la hoguera
durante los siglos que siguieron. También les tocaría a
los judíos y musulmanes de ese siglo y los siguientes,
ser desalojados, expulsados de los territorios
presuntamente cristianos (católico-romanos, para ser
más exactos), y quemados en la hoguera. Con la
aparición de los Protestantes en el S. XVI, las hogueras
y decapitaciones se multiplicaron por toda Europa y los
países católicos del Nuevo Mundo. Todo esto continuó
así hasta que en el S. XVIII, llegaron los tiempos
modernos con la abolición de tales métodos de
exterminio y genocidio medieval.
Las dos grandes corrientes libertadoras que forjaron la
civilización moderna fueron la protestante y la secular.
Ambas tuvieron que librar grandes batallas de
liberación ante monarcas y papas que no querían ceder
su autoridad suprema. Ambas tuvieron sus puntos
débiles que fueron perfeccionando a medida que
aprendían a vivir en libertad, y generaban gobiernos
cada vez más libres y democráticos. Mientras que los
gobiernos protestantes lograron establecer en forma
notable la libertad de conciencia y de religión (su
expresión máxima se da hasta hoy en la Constitución de
los EE.UU), los gobiernos puramente seculares no se
preocuparon tanto de la libertad religiosa, sino
mayormente de la civil.
1
Véase chapter *, p. *
2
Un caso típico fue el de Clodoveo al comenzar el S. VI.
Luego de vencer a un pueblo exigió a todos bautizarse en la
fe católica. Más de 4.000 paganos rehusaron hacerlo y, sin
vacilación, los decapitó a todos. Véase p. *
7
En síntesis, ¿qué podemos decir del S. XIX? Que
aunque quedaban para entonces sus buenas batallas por
librarse en los dos terrenos de liberación
mencionados—protestante y secular—en especial en
los países católicos de Europa y América Latina, ese
fue uno de los siglos más benignos de la historia. A la
luz de los grandes genocidios medievales y modernos,
el S. XIX marcó un paréntesis. En él, millones
encontraron un oasis de libertad inigualable en la
historia de la humanidad.
Pasemos al siglo XX y preguntémonos sobre lo que
podía augurarse en base a la conclusión del siglo
anterior. ¿No podía esperarse que el último siglo del
segundo milenio cristiano continuara como en el S.
XIX, con tan buenos antecedentes que ese siglo había
legado? Los triunfos tan notables logrados en pro de la
libertad y de los derechos humanos en la mayoría de los
países civilizados parecían, en efecto, señalar una era
extraordinaria de libertad y progreso para el S. XX. Y,
aunque mucho de todo eso iba a darse, en especial en
todo el continente americano, ¿quién podría predecir
para entonces, brotes tan espantosos de regresión
medieval en el viejo continente, con sus típicos
exterminios en masa de gente indeseable, y con
genocidios millonarios que se irían extendiendo hasta el
dormido continente asiático?
II. Una advertencia profética
menospreciada
La Biblia advertía que el fin del mundo caería sobre los
hombres en forma repentina, ―como ladrón‖ (2 Ped
3:10). En lugar de evolución moral, la degradación
espiritual llegaría para entonces a su punto más bajo de
la historia (2 Tim 3:1-7). El mundo se vería envuelto en
una situación de violencia y corrupción tal como la que
tuvo lugar en los días de Noé, cuando la tierra debió ser
destruida por las aguas del diluvio. Los hombres en la
época diluvial ―no conocieron‖, dijo Jesús, que había
llegado su hora, ―hasta que vino el diluvio y se los llevó
a todos. Así también será‖, concluyó el Señor, ―la
venida del Hijo del Hombre‖ (Mat 24:37-39). Esta vez,
en cambio, la tierra será destruida por el fuego en la
venida del Señor (2 Ped 3:6-7,1-12).
a) Un mensaje impopular. Los adventistas del séptimo
día heredaron de los protestantes y evangélicos de los
siglos XVIII y primera parte del XIX, la convicción de
haber llegado a esa época final descrita por la Biblia.
Para comienzos del S. XX, ya estaban por todo el
mundo anunciando la cercanía del fin, y exhortando a
toda ―nación, tribu, lengua y pueblo‖, a prepararse para
el día del Señor (véase Apoc 14:6-7). Eso iba, sin
embargo, contra la corriente general, por lo que fueron
acusados de alarmistas y sensacionalistas.3
Aunque
tenían libertad para predicar, no era fácil convencer a la
gente con un cuadro tan negativo que presagiaban para
el nuevo siglo, como el que ofrece la Biblia para el fin
del mundo.
El cuadro que proyectaba E. de White para el futuro
tampoco era promisorio. Advirtió que ―no deben verse
señales halagüeñas de gloria milenial...‖ (RH, 12-27-
1898). ―No disponemos de un milenio temporal para
cumplir con la obra de amonestar al mundo...‖ (FE,
357). En visión vio grandes barcos hundirse en el mar,
bolas de fuego que caían sobre casas destruyéndolas en
un momento, ciudades enteras arrasadas por llamas,
tempestades, pestilencias, y huracanes. Veamos algunas
de sus anticipaciones sobre lo que iba a ocurrir durante
el S. XX, dadas bien antes de las primera y segunda
guerras mundiales.
―La tempestad se avecina y debemos prepararnos para
afrontar su furia mediante el arrepentimiento para con
Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo… Veremos
desgracias por todas partes. Miles de barcos serán
arrojados a las profundidades del mar. Armadas enteras
se hundirán, y las vidas humanas serán sacrificadas por
millones. Estallarán incendios inesperadamente y no
habrá esfuerzo humano capaz de extinguirlos. Los
palacios de la tierra serán arrasados por la furia de las
llamas…,‖ MJ 87 (1980), cf. EUD, 24. ―En las escenas
finales de la historia de esta tierra, la guerra
prevalecerá. Habrá epidemias, mortandad y hambre…‖,
Mar 172 (1897), cf. EUD, 24.
Pensemos por unos momentos, en cómo podían caer
tales declaraciones ante tantas esperanzas y señales
halagadoras para el futuro. Demasiado osadas parecían
las declaraciones de ―miles de barcos‖ que serían
hundidos, y ―millones‖ de seres humanos que serían
sacrificados.
En efecto, la nueva doctrina acerca de los orígenes,
conocida como evolución, había despertado también,
hacia fines del S. XIX, una creencia milenarista de paz
y progreso en donde mediante la educación y la ciencia,
el mundo iba a lograr ponerse de acuerdo y hasta
convertirse. La paz parecía una realidad no difícil de
alcanzarse. La amenaza musulmana que había
aterrorizado a Europa por tantos siglos durante toda la
Edad Media, eran ya cosa del pasado. El espíritu de la
libertad y modernidad se respiraba por doquiera. ¿De
qué lugar de la tierra podría provenir, por consiguiente,
tal cuadro negativo que la Biblia ofrecía del fin del
mundo?
3
E. G. White, El Conflicto de los Siglos, *.
8
Las iglesias hablaban de unirse. Grandes proyectos
políticos y religiosos de concordia y paz llamaban la
atención de todos. ¿Cómo, pues, podía hablarse de las
claras advertencias del fin del mundo acerca de su
destrucción? Por el contrario, los ―nuevos cielos‖ y la
―nueva tierra‖ prometidos en la Palabra de Dios,
parecían poderse lograr por las buenas, no por un
dramático desenlace entre las milenarias fuerzas
antagónicas del bien y del mal.
Pero el balde de agua fría cayó para tales sueños de
prosperidad terrenal. Con el advenir de las dos guerras
mundiales, el mundo tuvo que reconocer que, si los
hombres no cambian su corazón, la educación y la
ciencia los vuelven más peligrosos y despiadados. Con
el surgimiento del bloque comunista ateo, el mundo fue
partido en dos, y los sueños de globalización política,
económica y religiosa, quedaron trabados. Durante
prácticamente todo el S. XX, pendió sobre la
civilización occidental una permanente amenaza de
destrucción. Así permanecieron en jaque tantos sueños
de grandeza y prosperidad con los que se había iniciado
ese siglo.
b) Una proyección apocalíptica inverosímil. Otro
cuadro profético que los adventistas hacían revivir en
vísperas del S. XX, como herederos del protestantismo,
tuvo que ver con los sueños de supremacía del
pontificado católico romano. No era difícil hacer ver
cómo las profecías indicaban que, al caer el imperio
romano, el papado aparecería con un carácter cruel y
despótico inigualable. Eso se cumplió admirablemente
en la historia. Tampoco resultaba difícil probar cómo su
poder político recibió una herida mortal al concluir el S.
XVIII, como resultado de la Revolución Francesa.
Desde entonces y, durante prácticamente todo el S.
XIX, la voz política del papado había sido reducida al
silencio.4
Pero, ¿qué podía decirse con respecto al resurgimiento
del poder papal anunciado también en el Apocalipsis?
Eso parecía inverosímil, razón por la cual aún los
protestantes y evangélicos fueron abandonando esa
interpretación historicista del Apocalipsis. ¿Quién
podía creer, en plena época moderna, que la herida de
muerte que recibió el papado sería sanada, recuperando
su poder político, esta vez en una dimensión realmente
universal? (Apoc 13:3,15-18).
Los principios monárquicos invocados por el obispado
de Roma para mantenerse conjuntamente en el poder,
habían caducado. Los pocos y raros reyes que quedaban
en Europa cumplían sólo un papel nominal. ¿Mediante
4
M. Martin, Las llaves de esta sangre, *
quiénes, pues, iba el papado romano a lograr imponer
sus dogmas, como lo había hecho en el pasado? ¿Cómo
podría volverse a los tiempos de opresión y despotismo
medievales, con gobiernos que en su mayoría, se
volvían cada vez más democráticos y republicanos?
III. Sueños papales en vísperas
del S. XX
Desde que se inició la época moderna y fue suprimida
la autoridad política del papado, el pontificado romano
nunca dejó de soñar con recuperar, algún día, esa
autoridad que había ejercido durante 1260 años. En este
respecto, sus sueños para el S. XX estuvieron tan en
contradicción con la época como las predicciones
adventistas acerca de esa recuperación política del
papado que se daría al final, y que se basaban simple y
puramente en la Palabra de Dios.
En la mayoría de los pronunciamientos y encíclicas
papales que se dieron a partir de la segunda mitad del S.
XIX, la iglesia de Roma no ocultó su aversión hacia los
regímenes democráticos y republicanos que requieren
la separación de la iglesia y el estado. Una autoridad
que emana del pueblo, es decir, de la base, era vista por
los obispos romanos como demasiado nefasta para un
sistema monárquico-papal cuya autoridad se encuentra
en la cúpula. Si el poder descansa en las masas, ¿quién
o qué podrá controlarlas?
1. Fundamentación papal para el ejercicio del poder.
Siendo que todo gobierno debe buscar la paz de sus
súbditos, y siendo que no puede haber paz sin unidad,
el ―mejor‖ sistema de gobierno—según argumentó
Tomás de Aquino en el S. XIII—―es el gobierno de una
persona‖. ¿Por qué? Porque la unidad se obtiene en
forma más eficaz por uno que por varios o muchos (cf.
John W. Robbins, Ecclesiastical Megalomania. The
Economic and Political Thought of the Roman Catholic
Church, 129). Lo que Tomás—quien puso el
fundamento del sistema de gobierno absolutista papal—
parecía ignorar es que, al razonar así, estaba
promoviendo un sistema de gobierno pagano, con sus
características tendencias a la centralización del poder
en una sola persona.
Llámese monarquía, fascismo, nazismo, lo que sea, tal
filosofía que busca centralizar el ejercicio del poder en
forma absoluta en una persona, forma la base para todo
poder autoritario que logre apoderarse de cualquier
sociedad. Esa filosofía pagana fundamenta no
solamente el absolutismo papal, sino también toda
monarquía o dictadura que pretenda acapararse de la
autoridad civil.
9
Contrastes con la Biblia. La Biblia menciona a
―Nimrod‖, el fundador de Babilonia, Nínive, y otros
grandes imperios antiguos, como siendo ―el primer
hombre poderoso de la tierra‖ (Gén 10:8-11). Sus
descendientes intentaron, poco después, centralizar la
acción gubernamental de todos esos reinos del mundo
en Babel. Dios, en cambio, los dispersó al confundir el
lenguaje común que se habían fabricado (Gén 11). En
su lugar, llamó a Abraham, y a través de él dio a luz un
pueblo al que le ofreció un sistema de gobierno
diferente, una especie de república constitucional
orientada por Dios, y basada en las leyes que le
transmitió mediante Moisés (Ex 19:6-8; 24:1; Núm
11:16,24-25,29). El pueblo de Israel, en cambio,
prefirió para su propia desgracia, el sistema pagano de
gobierno que poseían todos los demás pueblos de la
tierra, con la plenitud del poder centralizada en una
persona (1 Sam 8:5ss).
Cuando vamos al Nuevo Testamento, vemos de nuevo
el intento divino de fundar la iglesia sobre un sistema
de gobierno diferente al sistema centralizado en una
persona de los gobiernos de la tierra, y en donde la
Iglesia y el Estado estarían separados (Mat 22:21). ―Los
gobernantes de las naciones‖, declaró Jesús, ―se
enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen
autoridad sobre ellas. Pero entre vosotros, no será así‖
(Mat 20:25-26). La autoridad que Dios designó para su
iglesia en la tierra descansaría en Dios, y en el
sacerdocio de todos los creyentes (1 Ped 2:5,9; cf. Hech
15:22,28), no en el de un presunto vicario impostor que
ostentase una preeminencia que el Señor nunca legó a
nadie sobre la tierra.
―Al contrario‖—advirtió el Señor—―el que desee ser
grande entre vosotros, debe ser vuestro servidor. Y el
que quiera ser el primero entre vosotros, deberá ser
vuestro siervo‖ (Mat 20:26-27), como lo fue Jesús
cuando estuvo sobre la tierra, antes de su exaltación
final a la diestra de Dios (v. 28). Por esta misma razón,
el único sucesor que dejó el Señor en la tierra fue el
Espíritu Santo (Juan 14:26; 15:26; 16:7-15), quien
obraría a través de una constitución establecida por
Dios mismo mediante el testamento dejado por los
profetas y apóstoles del Señor, esto es, mediante la
Palabra de Dios (Ef 2:19-22; 1 Ped 2:4,7-8).
2. Fundamentación democrática de los gobiernos
protestantes.
Lutero probablemente jamás percibió toda la dimensión
de sus descubrimientos bíblicos. Los principios de
libertad que extrajo de la Biblia e introdujo en medio de
un mundo monárquico y absolutista como lo fue el de
la Edad Media, estaban destinados a ir produciendo
mutaciones asombrosas en el ejercicio de la autoridad
aún en la esfera civil. La ―libertad de conciencia‖ por la
que abogó sentó las bases para regímenes que
respetasen las minorías, trajesen dignidad a la persona
humana al hacerla honorable y responsable por sí
misma ante Dios y el mundo, y se fundasen en la
autoridad que emanase libremente del pueblo. La
democracia misma tiene sus raíces en la creencia en el
sacerdocio de todos los creyentes, no controlada por un
poder autoritario, sino por una constitución.
3. La primacía papal mediante gobiernos
absolutistas.
Volvamos al criterio tomista-católico de centralizar el
poder en una persona para poder afianzar la paz y la
unidad en la sociedad. El modelo medieval sobre el que
se construyó esta teoría no fue el de una sola persona
gobernando el mundo. Era obvio que dos poderes
gobernaban el mundo, el rey (o emperador) y el papa.
¿Cómo explicar tal dualismo, dentro del criterio de
unidad mediante el gobierno de una sola persona? Para
ello, el astuto teólogo de la Iglesia romana encontró un
soporte en otra doctrina errónea, no fundada en la
Palabra de Dios, sino en la filosofía dualista pagana
griega.
Así como el alma es superior al cuerpo—concluyó
Tomás, y junto con él tantos papas en el futuro, hasta en
los tiempos modernos—así también la autoridad
espiritual debe estarlo sobre la temporal. Si sumamos
este enfoque al anterior de la unidad en una persona,
vemos que por encima de todos los gobiernos
absolutistas y autoritarios de la tierra, debe estar el
Sumo Pontífice romano, garantizando la unidad, sin la
cual no podrá haber paz.
Siendo que el poder espiritual está por encima del
temporal, según el pensamiento papal, se requiere
unidad eclesiástica para poder lograr la unidad política.
De allí que se vio al papado procurar la unidad
eclesiástica en el S. XX aún por la fuerza de las armas y
aperturas ecuménicas sin precedentes. Mediante
acuerdos ecuménicos y concordatos políticos, en donde
se reconoce una cabeza suprema, la del pontífice
romano, busca el papado incansablemente lograr la
unidad y la paz mundial.
Roma siempre creyó que sólo en la persona del papa se
junta tanto el poder secular como el espiritual. De allí
que se lo representó durante la Edad Media tan a
menudo con una llave (símbolo de la autoridad
espiritual), y una espada (símbolo de la autoridad civil).
El es sacerdote y rey, rey de reyes y Dominus
Dominantium. Como único Vicario de Cristo, todos los
gobernantes seculares pasan a ser vasallos del papa,
10
quien a su vez, posee toda autoridad para interferir en
los gobiernos temporales (cf. Megalomanía, 130-131).
Su triple corona lo designa como rey del cielo, de la
tierra, y de los mundos inferiores. Cuando asume el
poder, se le entrega esa corona con las siguientes
palabras: ―Toma la tiara adornada con la triple corona,
y conoce que eres el Padre de los príncipes y reyes, y el
Gobernador del mundo‖ (ibid, 132).
4. Contra el capitalismo protestante
De la misma manera en que el papado romano se opuso
a las democracias durante el S. XIX y la mayor parte
del XX porque, en su criterio, se vuelven ingobernables
y no pueden por naturaleza lograr la unidad que
conduce a la paz, también se opusieron los papas al
capitalismo democrático, tomando como fuente de
inspiración a Marx. Esto podían hacerlo entonces
porque el marxismo estaba en sus comienzos, y sus
principios de solidaridad proletarial no se habían
probado todavía. Todo lo que necesitaba el papado por
el momento era una argumentación adecuada para
oponerse al capitalismo protestante con sus proclamas
de libertad, aún para comerciar.
Diez años después que Marx escribiera su libro Das
Kapital (1881), el papa León XIII publicaba su
encíclica Rerum Novarum [―De Cosas Nuevas‖]. Sobre
la Condición de las Clases Trabajadoras (1991), que
en muchos respectos parece una copia de
Marx. Hasta el día de hoy esa encíclica es citada y a
menudo, por el papa de turno. Aunque se otorga cierto
grado de libertad a individuos y familias para
comerciar, debe haber controles, aseguró el papa
entonces, para que las riquezas persigan un fin común,
la necesidad y el bien de todos. Es así como nace
la doctrina político-social de la Iglesia
Católica.
Según Rerum Novarum, y tantas otras encíclicas
después de ella, ¿quién está a cargo de controlar el
comercio? El Estado. ¿Bajo qué principios? Bajo los
que dictaminan la necesidad y el ―bien común‖ de
todos. Así, el Estado no sólo tiene el derecho, sino
también el deber de intervenir en la sociedad, para
asegurar una justa distribución de los bienes de este
mundo. Pero, ¿quién determina lo que es ―necesidad‖ y
―bien común‖? ¿Quiere decir que, si tengo necesidad,
tengo derecho de quitarle la propiedad a otro que tiene
más que yo? ¿Es eso moral superior?
Por otro lado, ¿quién controla al Estado? ¡Por supuesto,
el poder espiritual, así como el alma lo hace al cuerpo!
No es el cuerpo quien juzga al alma, sino el alma al
cuerpo. De allí que la curia romana está constantemente
interfiriendo en los asuntos de Estado, y de las naciones
en una dimensión internacional, denunciando,
advirtiendo, fiscalizando la labor comercial, jurídica y
estatal en general.
Estas demandas de interferencia estatal por parte de
la Iglesia, sin embargo, no tocan a la Iglesia Católica
en sí, ya que sus propiedades pertenecen
constitucionalmente al papa, símbolo de la unidad
de la Iglesia y de los gobiernos de la tierra. Mientras
que el Estado tiene derecho para interferir en las
ganancias de la acción empresarial y privada, no
puede hacerlo en lo que se refiere a las propiedades
de la Iglesia, porque esos bienes les fueron
concedidos por Dios. Y, así como “el espiritual juzga
todas las cosas y no es juzgado de nadie” (1 Cor
2:15), tampoco nadie tiene derecho de juzgar a la
Iglesia ni intervenir en sus bienes. Según este
criterio, nadie puede, como ella, tener la justa
dimensión de las necesidades y bienes de todos.
En su encíclica Quadragesimo Anno (1931), Pío XI
confirmó los principios de León XIII diciendo que ―es
Nuestro derecho y Nuestro deber tratar con toda
autoridad los problemas sociales y económicos‖, algo
que fue ratificado a su vez en la revisión de la Ley
Canónica de 1983 en los siguientes términos: ―Le
pertenece a la Iglesia el derecho de anunciar siempre y
dondequiera sea, los principios morales, incluyendo los
que tienen que ver con el orden social, y hacer juicios
sobre todos los asuntos humanos...‖ (Canon 747).
Hasta hoy, el papa Juan Pablo II ha insistido en que
la Iglesia tiene la visión moral necesaria para
determinar los límites que los gobiernos no pueden
sobrepasar en relación con la distribución de los
bienes y del comercio. De allí tanto interés que
ostenta en la causa de los pobres, y de los países
menos desarrollados. Todo entra dentro de la escala
piramidal que caracterizó al papado siempre durante
la Edad Media, cuando la Iglesia se fue apropiando
de todas las tierras de Europa para distribuir los
bienes de acuerdo a su criterio “espiritual” superior.
Con criterios semejantes pretendió recibir de
Constantino el continente entero que había
pertenecido antiguamente a los césares durante el
imperio romano. Ahora busca lograr el control de los
asuntos humanos mediante la constitución de un
gobierno mundial por el que tanto están abogando
desde la última parte del S. XX los pontífices romanos.
11
IV. Los grandes genocidios del S. XX
Amargo fue el despertar del Vaticano en el S. XX, al
descubrir que las prédicas papales sobre un nuevo
sistema de gobierno con su visión moral fueron
escuchadas, pero negándole toda autoridad moral para
controlar la distribución de los bienes de la tierra. El
tiro iba a salirle, en efecto, por otro lado. Repentina e
inesperadamente apareció un nuevo brote ateo y
despiadado de intolerancia antirreligiosa en la
revolución bolchevique rusa, que se hizo eco de tales
prédicas sociales papales, a veces citándolas, pero sin
reconocer en nada al pontificado romano
(Megalomanía, 63).
1. El genocidio comunista ateo.
Quedaban monarquías autoritarias por destruir todavía
en el lado oriental, pero que estaban ligadas en su
mayor parte a la Iglesia Ortodoxa. La revolución
marxista-leninista encontró su camino con este fin,
primeramente en la Europa oriental. Cayó en un
momento propicio cuyo terreno habían abonado
admirablemente las encíclicas papales que reclamaban
justicia social en favor de las masas trabajadoras, con
denuncias contra el capitalismo que confirmaban la
posición de Marx. Pero por tratarse de una revolución
atea, la visión moral que reclamaba tener el papado
para redistribuir los bienes de este mundo no era tenida
en cuenta. En ese nuevo ordenamiento mundial, el
papado quedaba otra vez fuera del juego, y corría el
riesgo de ser totalmente destruido.
La religión era considerada ahora como el ―opio‖ del
pueblo, y los genocidios humanos comenzaron a
multiplicarse con cifras jamás alcanzadas antes. Sólo en
Ucrania, seis millones de campesinos fueron
brutalmente aniquilados en las purgas soviéticas (una
réplica de las purgas inquisidoras que en el Medioevo
habían estado en manos de los sacerdotes católicos).
¿Qué no decir de los demás millones que fueron
sacrificados en el resto de la Europa oriental, y
posteriormente en el Asia, en un intento de limpiar el
mundo de los religiosos y burgueses que se habían
apoderado de los bienes de las clases trabajadoras?
El mismo freno que le impusieron los poderes seculares
a la Iglesia de Roma desde la Revolución Francesa
comenzó a serle impuesto, desde esta nueva revolución
en el S. XX, a la Iglesia Ortodoxa en los países
orientales, así como a las demás religiones asiáticas y
paganas en donde fueron repitiéndose los horrores de
Francia. Se trataba, ahora, de una guerra contra todos
los credos, en manos de gobiernos comunistas ateos que
amenazaban con destruir no sólo el cristianismo
oriental, sino también la civilización occidental, y aún
toda otra religión y cultura.5
El mundo cristiano
entero—en cumplimiento de lo que había predicho E.
de White en vísperas del S. XX—parecía como una
mole a punto de desmoronarse en ruinas, como
resultado de la difusión de los principios ateos que
habían convulsionado a Francia poco más de un siglo
atrás (CS, cap 37 en castellano).
2. Dilema papal causado por el comunismo.
Bajo un contexto tal, ¿cambiaría el pontificado romano
su prédica? ¿Se volcaría en favor de los regímenes
capitalistas occidentales para librarse del avance
intempestivo del mundo comunista? ¡No, por supuesto
que no! ¡El magisterio romano es infalible!
En su encíclica Immortale Dei, La Constitución
Cristiana de los Estados (1885), el papa León XIII
había insistido en su condenación al protestantismo por
su principio de ―libertad de conciencia‖, que
interpretaba como dejar hacer a quien quisiese lo que se
le diese la gana. Ese principio interrumpía la conexión
ordenada de alma y cuerpo, volvió a enfatizar León
XIII, en el ejercicio de la autoridad. Por consiguiente,
un capitalismo que permita comprar y vender
libremente, sin controles, no puede traer paz sino
violencia por la injusticia que genera.
A pesar de percibir el contraste entre el genocidio
salvaje comunista y la libertad económica y política de
Occidente, el Vaticano siguió condenando los
regímenes democráticos capitalistas occidentales
durante todo el S. XX. Pero sumó en su prédica otra
condena a los regímenes comunistas y colectivistas
ateos por su carácter antirreligioso, y por su apropiación
de toda propiedad. Roma no podía aceptar una
―colectivización completa‖ como se daba en el
comunismo, con un Estado no sólo controlador sino
también dueño de los bienes de la sociedad
(Megalomanía, 57). Los bienes intocables de la Iglesia
corrían riesgo con una centralización estatal semejante
(manejada por un partido ateo), tan excluyente como
para no aceptar ninguna religión en su medio, ni menos
una visión espiritual presuntamente superior.
Pero, ¿a quién recurrir para frenar la democracia y
lograr otra vez el reconocimiento de los pueblos de la
tierra? Asombra ver que ni en la primera mitad del S.
XX pierde el papado toda esperanza en el resurgimiento
5
E. G. de White se anticipó en un buen número de años al
resurgimiento de esta lucha secular en varios de sus escritos.
*
12
y fortalecimiento del sistema monárquico,
especialmente en Austria, un país tradicionalmente
católico. Aún así, se da cuenta que algo debe hacer
también para congraciarse con las masas presuntamente
explotadas de la época moderna. Todo esto, sin perder
su convicción de que la autoridad debe descansar en el
tope, no en el fondo; en una persona, no en muchas;
para poder hacer prevalecer la unidad que garantiza la
paz. Su presunta devoción por las masas le sirve, en
efecto, de pretexto moral para justificar su visión
piramidal del poder.
En 1931, Pío XI volvió a insistir en su encíclica
Quadragesimo Anno (Sobre la Reconstrucción Social),
que ―el estado debe encargarse de armonizar la
propiedad privada con las necesidades del bien
común...‖. ―El correcto ordenamiento de la vida
económica‖, insistió, ―no puede dejárselo librado a una
libre competencia de fuerzas...‖ Según él, debe
mantenerse la competencia libre ―dentro de ciertos
límites..., sujetados y gobernados por un principio
directivo efectivo y verdadero‖ (Megalomania, 65).
El criterio sobre el que se basó Pío XI, y continúan
basándose las encíclicas papales hasta hoy, es el que
Tomás de Aquino tomó de Aristóteles. ¿En qué
consiste? En admitir el derecho a la propiedad privada,
pero negar su uso privado. Se acepta que la riqueza se
herede, pero se condena como inmoral su obtención
mediante el comercio. La ―ganancia‖ era considerada
como egoísta y dañina. Así, la Iglesia Católica rechazó
el comunismo político, afirmando que el Estado debe
respetar la propiedad privada. Pero en oposición al
capitalismo occidental, declaró que su uso es social, no
particular (Megalomania, 53).
Un problema adicional y fundamental que no debemos
olvidar en todas estas bonitas prédicas papales, tiene
que ver con el ejercicio de la autoridad. El control
económico y político debe venir de arriba—según el
papado—de un poder centralizado, de una persona que
encarna la autoridad divina y la impone sobre los que
están debajo. ¿Trajo un sistema tal un mejor estilo de
vida en el Medioevo? Aún en la época moderna, sus
mecanismos de control exigidos por la iglesia a los
gobiernos civiles comprometidos con el catolicismo, no
han hecho otra cosa que trabar el desarrollo económico
y fomentar la pobreza y la corrupción en todas sus
formas. Los más grandes dictadores y sistemas de poder
abusivos y explotadores del S. XX, se dieron
mayormente donde el ―vivo‖, el ―afortunado‖, logró
trepar a la cúspide y para robar. No debía extrañarnos
que eso sucediera bajo una orientación en donde se
debilitaba el esfuerzo individual y responsable para
lograr metas individuales, prometiendo en cambio una
compensación monetaria a la ociosidad y negligencia.
Hagamos un paréntesis para adelantar aquí que, cuanto
más grande es el control estatal, más dependiente hará a
la gente de ese poder central. El éxito de todo gobierno
consiste, sin embargo, en educar al hombre, al
ciudadano, para que se gobierne solo. De allí que a la
iglesia le compita trabajar únicamente sobre las
conciencias individuales sin forzar la voluntad, para
que sean regidas por la Palabra de Dios y la labor
conjunta del Espíritu Santo, no por el temor de
enfrentar autoridades externas y ―superiores‖. Si no se
logra elevar al hombre a un plano de responsabilidad
individual, de nada servirán todas las prédicas sociales
de control que se establezcan sobre él.
Aún así, las leyes sociales que se establezcan para
evitar los abusos, deben responder a criterios
establecidos sobre bases democráticas, no monárquicas
ni dictatoriales. Los gobernantes no están ni deben estar
fuera de las diferentes facciones de la sociedad. Los
hombres no cambian su naturaleza cuando asumen un
cargo público. Por consiguiente, un sistema de
auditoría, revisiones y equilibrios para confrontar las
diferentes facciones dentro del gobierno, es necesario
para controlar al gobierno mismo. Pero una monarquía
o sistema dictatorial no admite ninguna limitación del
poder de los gobernantes, ni tampoco la libertad
(Megalomania, 159).
De nuevo se despacha Pío XI y en términos categóricos
en la misma encíclica de 1931, contra el manejo del
dinero y la usura. Mientras que durante la Edad Media,
la Iglesia impedía a los católico-romanos cobrar
intereses de los préstamos, los judíos en la protestante
Holanda se transformaban en los primeros banqueros de
Europa y del mundo. De manera que la denuncia
católica contra los banqueros, era una denuncia
tradicional contra los judíos. Podemos imaginarnos, en
este contexto, hasta qué punto las encíclicas papales
estaban preparando el terreno para los tremendos baños
de sangre contra los judíos que comenzarían en esa
misma década (Pope’s Hitler, 24-28).
3. Presunta solución.
Si el capitalismo occidental con su respeto no sólo a la
propiedad privada sino también a la libertad
empresarial debía ser condenado, y el comunismo
estatal que controlaba el intercambio comercial pero
que eliminaba la propiedad privada tampoco satisfacía
al pontífice romano, ¿qué sistema de gobierno podía
cuadrar con su visión político-económica? ¡Por
supuesto, uno en donde la autoridad se estableciese en
la cabeza, no en los pies; en la cúpula, no en la base! Y
esa autoridad debía centrarse en una persona para lograr
13
más fácilmente la unidad, y en correspondencia y
sumisión a la autoridad superior pontifical romana.
Es en este contexto que aparece la otra rama del
genocidio del S. XX, en manos de regímenes fascistas
dictatoriales. Esos nuevos sistemas de gobierno se
ajustan de una manera admirable a todas las encíclicas
papales que versaban sobre economía y justicia social.
Por tratarse de un punto intermedio entre el capitalismo
democrático-republicano y el comunismo ateo, fue
visto por la Santa Sede como ―providencial‖. Por
identificarse con la iglesia católico-romana y apreciar
en cierta medida, esa visión moral político-económica-
religiosa superior de Roma, se esperaba que el mundo
podría volver otra vez a recuperar su ordenamiento
social medieval presuntamente querido por Dios. Pero,
¿qué es lo que realmente pasó? Que el mundo debió
enfrentarse en el acto a una tiranía teocrática y
excluyente que revivió en pleno siglo XX, y en una
magnitud insospechada, todos los genocidios conocidos
de la edad anterior.
El papado confiaba en que tales regímenes dictatoriales
y totalitarios iban a liberar al mundo de los dos
supuestos extremos existentes para entonces, esto es, el
capitalismo democrático protestante presuntamente
desenfrenado occidental, y el comunismo socialista ateo
y anticlerical oriental. El lugar que habían perdido los
reyes según el modelo monarcal medieval, debían
ocuparlo ahora los dictadores según el nuevo modelo
fascista y nazista moderno. Esta era una opción
notablemente ―providencial‖ que se le presentaba para
entonces al Vaticano, mediante la cual esperaba otra
vez gozar del poder absolutista que había ejercido por
más de 1200 años. Y el carácter cruel y despótico que
caracterizó al papado por tantos siglos, iba a reaparecer
en forma espontánea y dramática durante el S. XX, en
el proceso de recuperar y afirmar su supremacía
perdida.
V. Dictadores Del S. XX
El sistema de gobierno católico-romano es monárquico
por naturaleza, y sigue siéndolo así hasta el día de hoy.
No son los creyentes católicos los que eligen al papa,
quien por otro lado, se considera infalible en materia de
fe y costumbres. Subsiste en el romanismo un sistema
medieval monárquico de gobierno cuyo representante
máximo es establecido en forma vitalicia, como los
reyes en las monarquías europeas anteriores. Lo más
sorprendente, es que tal sistema de gobierno haya
podido perdurar en medio de regímenes modernos
elegidos democráticamente por el pueblo, y cuyos
gobernantes ejercen su oficio en forma temporaria,
según lo decida la autoridad que emana no de una
cúpula, sino del mismo pueblo.
El peligro para esta visión piramidal del poder se
agrandó para el Vaticano cuando comenzaron a
levantarse en Europa y América partidos políticos
católicos que abrazaban el sistema democrático de
gobierno y, por consiguiente, no se sujetaban fácil e
incondicionalmente a las directivas de la cúpula
romana. Esto sucedió a comienzos del S. XX,
especialmente en Francia y en Alemania, y aún en la
misma Italia y otros países de orientación religiosa
católica. ¿Qué hacer entonces, para evitar que con tal
corriente, se terminase democratizando aún el mismo
sistema jerárquico de la Iglesia Católica Romana?
(Pope’s Hitler, 35-40). Si se desprendía el papado de
esos partidos políticos católicos liberales, ¿a qué
sistemas de gobierno podría recurrir para hacer oír su
voz, y se acatasen sus dogmas político-económico-
religiosos?
Vanos habían sido los intentos del papado por lograr
concordatos con los países democráticos de Europa, en
donde al menos sus escuelas fuesen reconocidas y
pagados los obispos de la Iglesia. Algún logro obtuvo
en la región católica de Baviera en 1924. Pero tal
concordato favorable a la Iglesia Católica le creó
mayores problemas para lograr otros concordatos con
Prusia, por ejemplo, y con el Reich alemán. Mientras
que en Baviera logró que el clero fuese pagado por ese
estado regional de Alemania, y la enseñanza de la
religión fuese impuesta y controlada por el obispo local,
en Prusia tuvo que dejar la cuestión de las escuelas
fuera del acuerdo (Pope’s Hitler, 100-104).
Una nueva opción intermedia aparece, entonces, con el
nazismo alemán y el fascismo italiano entre la segunda
y tercera décadas del S. XX. Ambos se autoproclaman
favorables a la Iglesia Católica y contrarios al
comunismo. Ambos necesitan un reconocimiento
―moral‖ para superar las críticas de las demás corrientes
democráticas occidentales y del comunismo. ¿Cómo
desaprovechar, pues, el papado romano, semejante
oportunidad para resarcirse del golpe de gracia que
había recibido de la Revolución Francesa, y del que no
se podía recuperar todavía? Es más, su presunta
posición intermedia entre el capitalismo y el
comunismo apuntaban en esa dirección.
El Vaticano vio en Hitler y Mussolini una oportunidad
para afianzarse en el poder y recuperar el centro de
Europa para la Iglesia Católica. Más aún, los vio como
divinamente señalados para poder deshacerse del
comunismo y relanzar la evangelización católico-
romana del resto de Europa, inclusive del mundo
ortodoxo en el este. Con ellos (los dictadores), iba a
14
poder firmar y, por la vía rápida, concordatos de mutuo
reconocimiento. Al ver luego, los demás países
católicos de Europa y Latinoamérica, cuán rápido el
papado daba reconocimiento a tales gobiernos, iban a
saludar con el mismo beneplácito a gobiernos
dictatoriales que apareciesen súbitamente en su medio y
con motivos semejantes.
En efecto, todos los grandes dictadores y genocidas del
S. XX en occidente, fueron católicos y contaron con el
respaldo abierto y explícito del papado romano. Este
hecho no puede ser negado ni debe pasarse por alto. La
Iglesia vio en ese nuevo sistema una oportunidad para
recuperar el dominio perdido en el centro de Europa, e
imponerse, a partir de allí, en el resto del mundo como
la única autoridad moral, política y espiritual
reconocida. Siendo que la Iglesia Romana es una
institución autoritaria por definición, no debía extrañar
a nadie que favoreciese gobiernos hechos a su imagen y
semejanza.
Consideremos por unos momentos los nombres de los
dictadores del S. XX. Indiscutiblemente, todos fueron
católicos. Entre los más sobresalientes podemos
mencionar los siguientes.
Benito Mussolini (Italia), 1922-1943; Engelbert
Dollfuss and Kurt von Schuschnigg (Austria), 1932-
1934; Adolf Hitler (Alemania), 1933-1945; Antonio
Salazar (Portugal), 1932-1968; Francisco Franco
(España), 1936-1975; Ante Pavelic (Croacia), 1941-
1945; Juan Perón (Argentina), 1946-1955; Videla (con
la Junta Militar que gobernó a Argentina durante la
―guerra sucia‖ en los 70s), Pinochet en Chile, etc. De
entre ellos, los más criminales fueron Hitler, Mussolini,
Franco y Pavelic (también, aunque en no tan grande
número, Videla y Pinochet). Corresponderá, a
continuación, demostrar la relación de estos regímenes
dictatoriales y sus genocidios, con el Vaticano y la
Iglesia Católica en general.
VI. El concordato del Vaticano con el
régimen fascista de Mussolini
Para entender la desesperación que tenía el Vaticano
por firmar acuerdos con los poderes políticos del S.
XX, tenemos que ubicarnos en el contexto del S. XIX y
la dramática lucha por la supervivencia del pontificado
romano. No sólo había perdido el papado toda
autoridad política, sino que también corría el riesgo de
ser aniquilado o, en los términos comunistas,
―ahogado‖. Las democracias, con el traspaso de la
autoridad al pueblo, no le reconocían ninguna autoridad
para intervenir en la sociedad. El grito de liberté,
fraternité y egalité, que hacían sonar las masas, era un
grito de guerra contra todo gobierno autoritario,
inclusive el del papado. Todo era del pueblo, por el
pueblo y para el pueblo.
1. El siglo de muerte política papal.
El golpe de muerte que recibió el papado en 1798 en
manos de las autoridades seculares francesas que
apresaron al papa y declararon que nunca más se
levantaría un reino tal, marcó todo el espíritu del S.
XIX. El papado fue repetidamente humillado con
Napoleón, quien tomó como prisioneros a Pío VII y a
Pío VIII. Pío IX debió escapar el 16 de Noviembre de
1849, vestido con una sotana de sacerdote común y un
par de grandes gafas o anteojos, cuando fue saqueado
su palacio de verano Quirinal que estaba sobre la
ciudad de Roma. Huyó a la fortaleza de Gaeta en el
reino de Nápoles, para no volver al Vaticano sino un
año más tarde gracias a la ayuda de las bayonetas
francesas. Algo semejante ocurría con el predominio
papal que, en mayor o menor intensidad, continuaba
quitándosele a la Iglesia Católica en los demás países
de Europa.
Inclusive en la misma Italia, le fueron quitando al papa
su dominio territorial en su confrontación con las
fuerzas que luchaban por la unidad y modernización de
la nación. Esto desembocó en su pérdida definitiva de
la ciudad de Roma y el centro de la península, bajo un
gobierno independiente conducido por Vittorio
Emanuele que confiscó el patrimonio papal.6
Pío Nono
rehusó llegar a un acuerdo con el nuevo estado italiano,
y se encerró en su palacio apostólico. Ya había
prohibido con la amenaza de la excomunión en 1868, la
intervención de los católicos en las políticas
democráticas. Es en ese contexto que logra la
proclamación de la infalibilidad papal en el Concilio
Vaticano I que tuvo lugar en 1870.
6
A través de un documento falsificado, como la Donación de
Constantino, había pretendido el papado apoderarse de toda
Europa a partir del S. XVIII. Pero la falsedad de ese
documento fue demostrado ya en el S. XV. Poco a poco fue
perdiendo su dominio de los países protestantes que
comenzaron a levantarse a partir del S. XVI. Finalmente, su
autoridad política sobre toda Italia le fue quitada al formarse
un nuevo Estado italiano que le quitó aún la ciudad de Roma
en 1870. Lo único que le quedó fueron los pocos edificios
que forman parte de lo que hoy se conoce como Ciudad del
Vaticano, de apenas 108.7 acres. Pero el papa Pío Nono se
negó a dialogar con la nueva autoridad civil establecida, así
como había prohibido a los católicos tomar parte en las
políticas democráticas, Hitler’s Pope, 13. De manera que ni
siquiera logró un reconocimiento público, del nuevo estado
laico, de sus edificios en el Vaticano mismo.
15
La Iglesia corría el riesgo de ser desalojada
completamente de Roma, y debía permitírsele al papa
emitir decretos para los católicos desde cualquier lugar
de la tierra al que fuese eventualmente arrojado. Esos
decretos o encíclicas papales debían tener la misma
autoridad conciliar de los siglos precedentes que
ostentó siempre en forma infalible el Magisterio de la
Iglesia. Todo este régimen jerárquico centrado en el
papa se completó con la publicación del Código de Ley
Canónica que se puso en vigencia para toda la Iglesia
Católica desde 1917. Pero tales leyes eclesiásticas se
verían muy recortadas o limitadas mientras no hubiese
gobiernos seculares que estuviesen dispuestos a
reconocerlas y respaldarlas.
En la última parte del S. XIX, las típicas procesiones
católicas, así como sus servicios externos, fueron
proscritos de Italia como consecuencia en parte, de la
proclamación de la infalibilidad papal. A consecuencia
de la misma infalibilidad proclamada, los católicos
comenzaron a ser perseguidos también en Alemania en
lo que se conoció como Kulturkampf (―cultura de
lucha‖). Sus comunidades religiosas fueron siendo
dispersadas en Italia y en toda Europa, inclusive en la
tradicional católica Austria, y confiscadas las
propiedades de la iglesia. Se requirió que los sacerdotes
se enrolasen en el ejército. Leyes sobre divorcio fueron
aprobadas, se secularizaron las escuelas, y se
disolvieron numerosos días santos.
Un monumento a Emanuele comenzó a levantarse en
1885 ―para glorificar la unificación del país bajo su
primer rey‖. También se levantó otra estatua de
Garibaldi montado sobre su caballo en el lugar más alto
de la colina de Janiculum. Esa imagen podía verse no
sólo desde la nueva capital, sino también desde el
Vaticano. Sólo un contingente de la milicia italiana
logró que el cadáver de Pío Nono se salvase de un
último insulto cuando una turba anticlerical intentó
arrojarlo al río Tíber, mientras el cortejo fúnebre se
dirigía hacia la tumba de San Lorenzo.7
Apenas comenzado el S. XX, el gobierno francés de
Waldeck-Rousseau prohibió enseñar a las órdenes
religiosas (1901). Los jesuitas cerraron sus escuelas y
se dedicaron a otras actividades. Comunidades enteras
de religiosos emigraron a Inglaterra, Bélgica, Holanda y
los EE.UU. Emile Combes, sucesor de Waldeck-
Rousseau, ostentaba en septiembre de 1904, haber
cerrado 13.904 escuelas católicas. Actitudes semejantes
tenían otros gobiernos europeos. El golpe de muerte
sobre la autoridad política del papado profetizada en
7
Hitler’s Pope, 14,16.
Apoc 13:3 estaba durando ya más de un siglo, y ningún
gobierno ni país salía en defensa de la Iglesia Católica.8
2. Una primera señal de restauración.
Apenas comenzada la tercera década del S. XX, una
nueva esperanza nació para el papado. En su primer
discurso ante la Cámara de Diputados, el 21 de junio de
1921, un año antes de llegar a ser Il Duce, Benito
Mussolini declaró que ―la tradición latina e imperial de
Roma está representada por el catolicismo‖, y ―que la
única idea universal que todavía existe en Roma es la
que brilla del Vaticano...‖ En esa oportunidad abogó
por un concordato con el Vaticano en donde el papado
renunciase legalmente a sus reclamos temporales [por
largo tiempo ya perdidos sobre la ciudad de Roma] y
recibiese, en cambio, ayuda material de parte del
gobierno civil. En las palabras mismas de Mussolini,
―el desarrollo del Catolicismo en el mundo... nos
interesa y enorgullece a nosotros que somos italianos‖.9
Pocos meses después, Mussolini volvió a ponderar la
Iglesia Católica. ―Es increíble‖, fueron sus palabras,
―que nuestros gobiernos liberales no hayan sido capaces
de ver que la universalidad del papado, heredero de la
universalidad del Imperio Romano, representa la más
grande gloria de la historia y tradición italianas‖.10
Siete
años más tarde, el arreglo de Mussolini con la Santa
Sede se hizo realidad en el Concordato Laterano de
1929, mediante el cual el estado italiano se reconciliaba
con la Iglesia Católica.
¿En qué consistió el tratado Laterano de Mussolini con
el Vaticano? Por un lado, el estado italiano reconocía el
estatus extraterritorial del Vaticano y al catolicismo
como la única ―fe dominante‖ o reconocida en Italia.
Por el otro, la Iglesia Católica se comprometía a
colaborar con el régimen fascista.
Así, y por primera vez en Roma desde que el Código de
Ley Canónica se había editado, el estado Italiano
reconocía el derecho de la Santa Sede de imponer ese
Código en Italia. De acuerdo con la Ley Canónica, el
Estado terminaba reconociendo la validez de los
8
Ibid, 45-47. Manning, el arzobispo de Westminster, se
refirió en 1876 a la ―oscuridad, confusión, depresión...,
inactividad y enfermedad‖ de la Santa Sede. John Cornwell
mismo se pregunta si ―el oscurantismo del avejentado Pío
Nono, en conflicto con la imparable corriente de modernidad,
volvía al papado—la más longeva institución humana que
sobrevivía sobre la tierra—moribundo?‖, ibid, 15.
9
P. C. Kent, The Pope and the Duce: The International
Impact of the Lateran Agreements (New York, St. Martin‘s
Press, 1981), 6; cf. Megalomania, 168.
10
D. A. Binchy, Church and State in Fascist Italy (Oxford
University Press [1941] 1970, 100; cf. Megalomania, 168.
16
casamientos efectuados en la iglesia. El papado,
además, era galardonado con la soberanía del pequeño
estado llamado hasta hoy Ciudad del Vaticano.
También obtenía soberanía sobre varios edificios e
iglesias de Roma, y el palacio de verano de Castel
Gandolfo sobre el Lago Albano. En compensación por
los territorios que había perdido, el Estado le pagó al
Vaticano el equivalente para la época de 85 millones de
dólares.
Una vez restablecida la autoridad política del papado de
esa manera,11
el Vaticano la usó para apoyar al
gobierno de Mussolini. En las elecciones de Marzo que
tuvieron lugar después de haberse firmado el Tratado
Laterano, el Vaticano animó a los sacerdotes católicos
por toda Italia a apoyar a los fascistas. El papa mismo
habló repetidamente de Mussolini como ―un hombre
enviado por la Providencia‖.12
Y esto, a pesar de
comprometer al clero y a las organizaciones religiosas,
según el artículo 43 del Código de Ley Canónica, a no
enrolarse en ningún partido político. La Acción
Católica sería reconocida siempre que desarrollase ―su
actividad fuera de todo partido político y en directa
dependencia de la jerarquía de la Iglesia para la
diseminación e implementación de los principios
católicos‖.13
Después que Mussolini ganó las elecciones, se
entrevistó con el papa Pío XI, y reportó las palabras del
pontífice que no fueron desmentidas por el Vaticano.
Según Mussolini, el papa le había dicho que estaba feliz
de que ―se había restablecido la compatibilidad entre el
partido fascista y la Acción Católica... No veo‖,
continuó el papa, ―en lo entero de la doctrina fascista—
con su afirmación de los principios de orden, autoridad
y disciplina—nada contrario a las concepciones
católicas‖. En efecto, como se ha hecho notar vez tras
vez, el dogma fascista que concebía ―todo dentro del
Estado, nada fuera del Estado‖, más la centralización
del gobierno en una sola persona, y la afirmación de
que la Iglesia era la única religión del Estado, cuadraba
perfectamente con la visión y sueños papales.
11
Algunos ven ese tratado como testimonio de la pérdida de
autoridad política del papado, porque por primera vez el
papado aceptaba firmar un documento en donde no
reclamaba el dominio de la ciudad de Roma y el resto de
Italia. Otros, en cambio, y con mayor argumentación, ven lo
contrario. Por más pequeño que era ahora su territorio con el
Vaticano, era ese un reconocimiento que se le había negado
desde hacía muchos años.
12
Pope‘s Hitler, 114; Megalomania, 168.
13
Ibid, 114-115. En otras palabras, los sacerdotes, monjas y
religiosos podían intervenir en política apoyando a uno u otro
partido, pero sin inscribirse o anotarse en el partido que fuese
según el caso.
3. La campaña imperialística católico-fascista contra
Etiopía.
Aparte de su apoyo a los demás regímenes fascistas de
Alemania, España y Croacia en especial, y de su
carácter dictatorial en Italia, se destaca Mussolini por
las masacres espantosas que efectuó en su campaña
contra Etiopía en los años 30 (1935-1936). El papado
apoyó a Mussolini en esa campaña imperialística, a
pesar de las barbaridades y brutalidades tan flagrantes
que ejecutó contra tantos civiles no armados.
Públicamente aplaudió el papa el deseo imperialístico
expansivo de esta ―nación pacífica‖ (Italia).
Altos prelados italianos reclutaban sargentos para esa
guerra expansionista. El clima final cruento de la guerra
que se vio marcado con asesinatos masivos de miles de
primitivos desarmados, fue celebrado por orden del
papa mediante servicios de agradecimiento y sonido de
campanas en las iglesias de Italia. En esto no hizo el
papa del S. XX otra cosa que repetir las escenas
medievales de regocijo papal por la masacre de San
Bartolomé, el 24 de Agosto de 1572. En aquella
ocasión, los católicos cometieron uno de sus peores
genocidios en la historia medieval, al dar muerte en una
noche a decenas de miles de protestantes franceses
(Hugonotes), cifra que en los días sucesivos superó los
100.000.
¿Por qué apoyó el papado la campaña fascista de
Mussolini contra Etiopía? Hasta el S. VIII, la tradición
cristiana se había visto libre en Etiopía de muchas de
las desviaciones del cristianismo que se habían
introducido en occidente, y que se habían extendido a
todo el antiguo mundo romano durante ese primer
milenio cristiano. La Iglesia de Roma no pudo dar otro
legado a la Europa Medieval que ese producto híbrido
pagano-cristiano que se había gestado en ella durante
los primeros siglos de apostasía imperial. Cuando los
papas se hicieron fuertes en la segunda mitad del primer
milenio, y descubrieron que en Etiopía no se respetaba
el domingo, quisieron prohibir que se guardara el
sábado. Hubo guerras con ese fin, y a través de
diferentes estratagemas, el papado terminó finalmente
logrando imponer la cultura cristiana medieval en esa
relativamente lejana tierra africana.
Sin embargo, los focos antipapales nunca se apagaron
del todo en Etiopía. En efecto, la Iglesia Cóptica de ese
país siempre resistió el imperialismo eclesiástico
Católico-Romano. En el S. XV se vieron forzados de
nuevo por los portugueses a someterse a Roma, como
condición para ser librados de los musulmanes. Pero
eso condujo a una demoralización muy grande de
Abisinia que los llevó a emanciparse de nuevo en el S.
XVII, con la expulsión de los jesuitas de Etiopía.
17
Ahora, en pleno S. XX, Mussolini lograba otra vez,
mediante opresiones de estilo medieval y genocidios
brutales, traer a una iglesia y pueblo presuntamente
rebeldes, bajo la tutela de la Iglesia de Roma.14
¿Cómo no iba a ser el hecho festejado por orden papal,
en todo Roma y en toda Italia, sin importar que se
viviese ya en plena época moderna? Bastaba
simplemente con recibir un reconocimiento político e
iniciarse la restauración así, de su herida mortal, como
para que en el acto resurgiese el espíritu perseguidor y
asesino que siempre tuvo para con los que se negaban a
reconocer la autoridad política y espiritual del papado.
4. Justificación católica a la guerra de Mussolini.
Fue corta la alegría de Mussolini y de la Iglesia
Católica en Etiopía, ya que Il Duce no pudo mantener
los éxitos iniciales logrados en la guerra expansionista
católica-fascista que emprendió allí. Al mismo tiempo,
levantó la indignación del mundo entero—con
excepción del papa y de algunos países católicos como
Polonia e Irlanda—por haber escogido la nación más
débil para apoderarse de ella y de sus riquezas. El afán
de lucro y poder que embargaba tanto a católicos como
militares no tenía límites. Tarjetas postales circulaban
por toda Italia mostrando un mapa de Abisinia con los
tesoros de maíz, oro, aceite, etc., en diferentes regiones.
Otras tarjetas portaban un tanque de guerra con una
estatua de la Virgen para los etíopes.
¿Cómo podía justificar la Iglesia Católica esa guerra de
agresión? Evidentemente llegaba tarde Mussolini al
reparto colonialista del que habían participado otros
países europeos en siglos anteriores. Los principios de
libertad e igualdad que se respiraban por doquiera, más
la independencia de tantos países de la madre patria,
hacían que una empresa de conquista de esa naturaleza
no cayese en la mejor época. Por tal razón, el
involucramiento de la Iglesia Católica y su misión
servían para paliar la condena generalizada del mundo.
El Vaticano trató de justificar luego a la jerarquía
italiana y al clero diciendo que actuaron como italianos,
no como representantes de la Iglesia. Esa es una excusa
semejante a la que ofreció también, al concluir el S.
XX, para disculparse por la horrenda obra de la
Inquisición durante la Edad Media. Habrían sido los
hijos de la Iglesia, no la Iglesia misma la que cometió
tales crímenes, porque la Iglesia no puede errar y, por
otro lado, se trató de un exceso de celo que tuvieron
tales hijos en su amor por la verdad, por lo cual
tampoco pueden ser condenados.
14
Megalomania, 169.
Pero por más que en los tiempos modernos se han
vuelto más prudentes y sutiles en sus expresiones
públicas, tanto entonces como ahora en relación con
Mussolini y otros dictadores, la intervención y
aprobación de los papas y prelados del Vaticano mismo
fueron demasiado explícitos como para poder escaparse
de la acusación. Pío XI se refirió a Mussolini como ―un
hombre libre de los prejuicios de la escuela ‗Liberal‘,
un hombre en cuyos ojos las leyes y órdenes de esa
escuela, o más bien desórdenes, son monstruosos y
deformes‖ (Megalomania, 166, n. 15).
L’Osservatore Romano (22 de agosto, 1935), el órgano
informativo del Vaticano, en un Congreso Eucarístico
en Teramo, envió un telegrama a Mussolini en nombre
de 19 arzobispos y 57 obispos diciendo: ―La Italia
Católica agradece a Jesucristo por la grandeza renovada
de la patria hecha más fuerte por la política de
Mussolini‖. Cualquier ventaja que obtuviese el
gobierno italiano en esa guerra de agresión, iba a servir
también de provecho para la Iglesia. Salvemini
recolectó pronunciamientos de 7 cardenales, 23
arzobispos, 44 obispos y 6 arzobispos apostados en el
extranjero que apoyaron la invasión, como una simple
muestra adicional del involucramiento de la Iglesia en
la campaña.
El obispo de Nocera, en una carta diocesana escrita el
15 de Octubre de 1935, explicó que Etiopía era un país
incivilizado debido a que no estaba sujeto al Papa y la
guerra debía serles de gran bendición. Y concluía
diciendo: ―Alabamos a Dios de que usase a Italia como
su instrumento divino para la evangelización del mundo
entero‖. El arzobispo de Toronto tuvo la misa en un
submarino y se dirigió a los oficiales diciéndoles que
estaban peleando una batalla defensiva, no de
conquista. El propósito, aseguró, era aliviar a Italia de
su sobrepoblación con la materia prima de Etiopía, y
―expandir la fe católica‖ por lo que podía
considerársela como ―una guerra santa, una cruzada‖
(un eco de las cruzadas papales de la Edad Media a
Oriente). ―La bandera italiana está en este momento
llevando el triunfo de la Cruz a Etiopía para liberar el
camino de la emancipación de los esclavos, abrirlo al
mismo tiempo a nuestra empresa misionera‖.
No sólo las campanas sonaron en todas las iglesias
cuando los italianos entraron en Adis Abeba y
Mussolini anunció la victoria en Mayo de 1936, sino
que se decoraron e iluminaron todas las iglesias (con
excepción de la de San Pedro en donde sonaron las
campanas pero no se la iluminó en forma especial). El
papa bendijo ―la felicidad triunfante de un pueblo
grande y bueno por una paz que fomentará e iniciará la
verdadera paz europea y mundial‖ (News Times and
Ethiopia News, 31 de Octubre, 1936). Los obispos se
18
apresuraron a felicitar al Duce por su ―defensa de la
civilización cristiana‖. ―Oh, Duce‖, decía el obispo de
Terracina, ―hoy Italia es fascista y los corazones de
todos los italianos laten juntos con el tuyo. La nación
está lista para cualquier sacrificio con el propósito de
asegurar el triunfo de la paz y de las civilizaciones
romanas y cristianas... Dios te bendiga, Oh Duce‖
(Pope’s Hitler, 175).
Nadie dijo nada sobre las masacres brutales que efectuó
Graziani cuando el hijo del carnicero de la masacre de
Adis Abeba publicó un libro glorificando la guerra y
contando cuán divertido era arrojar bombas sobre los
nativos. Por otro lado, Italia hizo poco por Abisinia. No
se preocuparon por educar a los nativos, y las empresas
fueron reservadas para los italianos. No se les permitió
a los abisinios llegar a ser artesanos. Debían traer
madera y agua.
Mussolini quería dos cosas, la gloria de fundar un
imperio italiano y un país al cual explotar para los
italianos. En este contexto, L’Osservatore en 1937
anunció la bendición papal a esa empresa imperialista
al galardonar con la Rosa de Oro (el honor supremo que
tiene el papado para las mujeres), a la Reina de Italia
como Emperatriz de Abisinia. El papa aclaró también
que, según él lo entendía, el trasfondo de la conquista
de Etiopía no era la sobrepoblación de Italia.
Lo que los italianos no dieron para los abisinios, lo dio
el gobierno a los sacerdotes, monjes y monjas, que
fueron a Etiopía. Allí les construyó Mussolini regias
mansiones y casas (International Review of Missions,
Jan 1937, 103). Los misioneros protestantes
descubrieron también que debían irse. La mutua
tolerancia que había entre musulmanes y cristianos se
rompió, llevándolos a pelearse entre ellos.
5. Cifras en masacres y bajas.
¿De qué manera estaba Mussolini evangelizando a
Etiopía y, eventualmente, al mundo entero? Con gas
venenoso, bombas y cruentas masacres. En 1945, un
memorándum de Etiopía a la Conferencia de Primeros
Ministros sostuvo que murieron 760.300 nativos
repartidos de la siguiente manera: 275.000 muertos en
batalla, 300.000 refugiados de hambre, 75.000 patriotas
muertos durante la ocupación, 35.000 en los campos de
concentración, 30.000 en la masacre de Adis Abeba
(19-21 de Febrero, 1937), 24.000 ejecuciones, y 17.800
civiles muertos por la fuerza aérea. Del lado italiano,
5.211 bajas y 10.000 auxiliares nativos.
Estas cifras que provinieron del lado etíope fueron
posteriormente minimizadas del lado italiano. Con
respecto a la masacre de Adis Abeba, por ejemplo, los
italianos adujeron que fueron sólo 3.000.
Probablemente nunca podrá ponerse de acuerdo sobre
la cifra exacta, pero todos concuerdan en que en esa
guerra murieron cientos de miles de nativos. Aún del
lado italiano reconocen que llevaron a cabo 5.469
ejecuciones hacia fines de 1937 en venganza por un
intento de quitarle la vida a Graziani. Bonita manera de
evangelizar con la cruz y la espada, el método
misionero por excelencia que tuvo la Iglesia Romana en
toda su historia.
Corresponde resaltar aquí que todo esto sucedió en
pleno S. XX. Los apologistas de la Inquisición y el
Vaticano mismo han siempre argumentado que las
barbaries de la Inquisición se dieron en la época
medieval, culpando a la época por tales homicidios y a
algunos hijos de la Iglesia que se excedieron en su celo
por su fe. Los homicidios en masa de Abisinia, así
como los que veremos seguidamente en otros países de
Europa, Asia y Sudamérica, nos muestran que esa
época vuelve a levantarse en el acto cuando la Iglesia
recupera su poder político, y las condiciones la
favorecen en ese tipo de expansión y afirmación
misionera.
Conclusión.
El concordato entre el Vaticano y Mussolini en 1929
fue el primer acto efectivo de restablecimiento del
poder político del papado. Podía ahora pisar de nuevo
sobre tierra firme, una tierra que era de nuevo suya. Es
cierto que había perdido grandes territorios en su
período de muerte, y que ahora le devolvían un
pequeño Estado. Pero además de la gran suma de
dinero que se le dio en compensación por los territorios
que perdía, tuvo otra ventaja que iba a saber explotar
por el resto del S. XX y probablemente hasta el mismo
fin del mundo.
Lo más importante para el papado era volver a ser
ahora un monarca espiritual y secular al mismo tiempo.
Todas las naciones y todas las religiones del mundo, en
sus foros respectivos, iban a tener que escuchar su voz
y, de buen o mal grado, respetarla. En efecto, el
Vaticano pasaba a ser la única ciudad-estado del
mundo, con posibilidad de ser reconocida
diplomáticamente por toda la tierra, en todo órgano
internacional, inclusive en las Naciones Unidas. El
hecho de ser apenas una ciudad dentro de otra ciudad,
le permitía también seguir identificándose con Roma y
toda su fama histórica. De hecho, el papado no se había
mudado, no se había ido de la legendaria ciudad.
Por supuesto, la pequeña ciudad que ahora recuperaba
legalmente no iba a limitarlo en su proyección política
y religiosa internacional. Por el contrario, la soberanía
19
que adquiría sobre un espacio de sólo 108.7 acres, lo
hacía insignificante pero sólo en apariencias. Gracias a
su extenso poder religioso internacional, podía
emprender sus enormes ambiciones políticas pasando
más fácilmente desapercibido. Como lo reconoció el
sacerdote jesuita Malaquías Martin, los demás poderes
que compitiesen por el dominio mundial no lo verían
como competidor, lo que le permitiría salir a la postre,
ganador de la contienda.
Lo que hizo el papado al aprobar de diferentes maneras
la campaña de Mussolini a Etiopía, y su agenda
religiosa exclusivista, ¿no lo haría también en todo el
mundo, una vez que lograse formar concordatos de la
misma naturaleza político-religiosos con otros países y
religiones? ―Y la mujer que viste es aquella gran ciudad
que impera sobre los reyes [o gobernantes] de la tierra‖
(Apoc 17:18). ―Y dice en su corazón: ‗Estoy sentada
como reina. No soy viuda, ni veré llanto‘‖ (Apoc 18:7).
VII. El vínculo del Vaticano con Hitler y
Alemania
Es probable que el museo del holocausto en
Washington vindique en parte con el silencio el
antisemitismo católico por el hecho de que Alemania es
normalmente considerada Protestante, y la Iglesia
Protestante alemana terminó doblegándose ante Hitler.
Pero los Protestantes no firmaron un concordato con
Hitler antes que lo hiciera el Vaticano, viéndose
compelidos a seguir su ejemplo. Para entender el
contexto, basta con mencionar al abad benedictino
Alban Schachleitner, quien argumentó que apoyaba a
los nazis por razones tácticas contra los luteranos. El
padre Wilhelm Maria Senn creía también que Hitler
había sido enviado al mundo por la providencia divina,
citando así indirectamente las palabras del papa en
referencia a Mussolini (Hitler’s Pope, 110).
Aunque de a momentos Hitler pareció ni creer en Dios,
fue siempre católico y se formó en un hogar católico
tradicional. Asistía regularmente a misa, fue
monaguillo, y soñaba con ser sacerdote. Cuando iba a la
escuela en un monasterio benedictino en Lambach,
Austria, descubrió la cruz vástica hindú que adoptó
más tarde como símbolo de su movimiento Socialista
Nacional. La Iglesia Católica nunca lo excomulgó. Por
el contrario, Pío XI fue el primer jefe de estado que
reconoció el gobierno de Hitler en 1933, y alabó a
Hitler en público, aún antes de reconocer oficialmente
su régimen. Siempre en 1933, Pío XI expresó a Fritz
von Papen, vice canciller de Hitler, ―cuán complacido
estaba de que el gobierno de Alemania tuviese ahora en
su cabeza a un hombre inflexiblemente opuesto al
comunismo‖ (Megalomania, 164).
El partido Nacional Socialista de Hitler provino de
Múnich, no de Berlín; de la Baviera católica en el sur
de Alemania, no del protestantismo del norte. Luego
del concordato con Mussolini, el Vaticano invirtió gran
parte de los 26 millones (equivalente a 85 millones de
dólares para la época) que recibió de Mussolini en
compensación por los territorios que cedía al estado
italiano, en la industria alemana. Una parte menor la
invirtió, sin embargo, en el partido de Hitler, mediante
el arzobispo Eugenio Pacelli, nuncio del Vaticano en
Berlín y futuro papa Pío XII. Esto lo hizo luego que
Hitler le aseguró que su partido tendría por misión
frenar el avance del comunismo ateo (Unholy Trinity,
294-295). Gracias a directivas que provinieron
claramente del Vaticano, los católicos se unieron en
masa y entusiastamente al régimen de Hitler.15
Más de la mitad de las tropas de Hitler fueron católicas
(a pesar de ser el país mayoritariamente protestante).
Austria, un país católico, tenía un porcentaje mayor de
miembros del partido nazi.16
Cuando se dio el complot
militar para matar a Hitler, la Iglesia Católica ofreció
un Te Deum para agradecer a Dios por el escape del
Führer. Nada de todo esto debiera extrañarnos ya que,
como católicos, estaban acostumbrados a someterse a
gobiernos eclesiásticos autoritarios que los regían en su
vida espiritual y material.
La población católica de Alemania superaba en número
a la de cualquier otro país de la tierra, a pesar de
representar luego de la primera guerra mundial, un
tercio de la población (23 millones). Con Hitler más
tarde, esa población iba a crecer hasta llegar a la mitad
de la población de toda Alemania, mediante la inclusión
de las regiones católicas del Saar, del Sudentendland y
Austria (Hitler’s Pope, 80-81,106).
Para entender la complicidad del Vaticano en el
genocidio de Hitler, es importante tener en cuenta
también la situación de Alemania con el Vaticano antes
de Hitler, cuando la autoridad política del papado era
desafiada por doquiera. Esto siguió así hasta el
posterior crecimiento católico y la toma de poder del
Führer en 1933. A nadie debía extrañar entonces, que el
Vaticano firmase un tratado con el nazismo de Hitler
para afirmarse con privilegios especiales en toda
Alemania, sin importarle que estuviese pactando con un
racista criminal.
15
Megalomania, 165.
16
Unholy Trinity, 34.
20
1. El Vaticano y el Kulturkampf (“cultura de
lucha”)
Desde la Reforma Protestante del S. XVI, el papado
había estado perdiendo autoridad en los países del
Norte de Europa que abrazaban el protestantismo. Los
protestantes no destruyeron, sin embargo, la autoridad
política del papado. Creían en las profecías del
Apocalipsis que advertían que Roma (bajo el símbolo
de Babilonia), iba a ser destruida por Dios mismo
(Apoc 17-18). Otros albergaron siempre la esperanza de
que el poder del evangelio haría que finalmente el
catolicismo se convirtiese. Por otro lado, los
protestantes mismos se transformaron en estados-
protestantes, impidiendo a veces una plena liberación
de la conciencia individual. Esta no se obtendría en
forma tan abarcante antes que se promulgase la
Constitución de los EE.UU.
En la Revolución Francesa al concluir el S. XVIII, el
papado recibió un golpe de muerte a sus ambiciones
políticas. El poder secular que se levantó entonces era
abiertamente destructivo en materia religiosa. No sólo
fueron reducidas al silencio las actividades políticas del
papado, sino que aún en los gobiernos protestantes de
Europa se inició una tendencia más secularizadora. A
partir de entonces Roma fue perdiendo, como ya vimos,
su autoridad política aún en los países que habían
permanecido católicos, pero que se transformaban en
estados seculares. Esto hizo que el papado anduviese a
tientas durante todo el S. XIX, intentando pactar
infructuosamente con cualquier estado que se le
apareciese y que estuviese dispuesto a reconocer
políticamente otra vez, su autoridad en materia
religiosa, política, social y económica.
Cuando en 1870 el Vaticano proclamó el dogma de
la infalibilidad papal, se produjo una reacción
negativa en toda Europa, y en especial en Alemania.
Como resultado, el Bismark inició en 1872 lo que se
conoció como Kulturkampf, que consistió en una
política de persecución contra los católicos. Los jesuitas
fueron desterrados y se prohibió a las órdenes religiosas
enseñar. La instrucción quedó bajo control estatal. Las
propiedades de la iglesia pasaron a ser controladas por
comités laicos. Se inició el casamiento laico en Prusia.
Los sacerdotes que rechazaban la nueva legislación
fueron multados, encarcelados y exiliados, y se les
quitaban los subsidios que hasta entonces habían estado
recibiendo del estado. Se cerraron muchas iglesias y
seminarios católicos. Unos 1.800 sacerdotes fueron
encarcelados o expulsados.
A diferencia de lo que iba a hacer el Vaticano más tarde
en la época de Hitler, el papa Pío IX no intentó
controlar a los católicos que reaccionaron al
Kulturkampf respondiendo con la violencia a la
violencia, y rehusándose a colaborar con el régimen del
Bismark. Al contrario, el 5 de febrero de 1875, Pío IX
emitió su encíclica Quod nunquam declarando nulas las
leyes del Kulturkampf para los católicos (Hitler’s Pope,
194-195). Eso hizo que, finalmente, el Bismark tuviese
que atenuar su ataque a los católicos una década más
tarde.
Un cuadro semejante al Kulturkampf contra el
catolicismo ya vimos que se dio en Italia y Francia. En
Bélgica la enseñanza les fue quitada a los católicos. En
Suiza se desterraron también las órdenes religiosas. En
la católica Austria el estado se apoderó de las escuelas
y secularizó el matrimonio. Los esfuerzos por lograr
concordatos políticos que beneficiasen a las escuelas y
al sacerdocio católico eran infructuosos. El estigma de
la muerte política pesaba todavía gravemente sobre los
papas y obispos de la Iglesia Católica. En 1882 cesó la
hostilidad del Bismarck contra la Iglesia de Roma, pero
sin que eso pudiese servir para coronar los esfuerzos
papales por lograr un concordato con las autoridades
políticas vigentes.
2. Un aparente logro de dramáticas consecuencias.
En sus incansables y estériles esfuerzos por lograr
reconocimiento estatal, el Vaticano logró establecer un
Concordato con Serbia en 1914. Eso significaba el
reconocimiento oficial de la Iglesia Católica por parte
del gobierno Serbio, y la subvención estatal de los
obispados católicos. ¿Cómo pudo lograr semejante
concordato la Iglesia Católica, siendo los católicos de
Serbia una pequeña minoría frente a una mayoría
ortodoxa? Anulando, mediante ese concordato, el
protectorado que Austria ejercía desde la época
medieval sobre los católicos de Serbia. De esa manera
satisfacía a los serbios, pero contrariaba a los
austríacos.
A pesar de la tendencia secularizante que afectaba
también a Austria, el imperio Austro-Húngaro
gobernado por los Habsburg continuaba siendo, al
comenzar el S. XX, un baluarte católico que le quedaba
al Vaticano en el centro de Europa. Era un baluarte
contra el protestantismo de Prusia en el Norte, y la
Iglesia Ortodoxa de Rusia. Pero tal era el ansia de
reconocimiento político que tenía la Iglesia, que estuvo
dispuesta a humillar a Austria con tal de obtener ese
reconocimiento en el concordato Serbio-Vaticano.
La tensión internacional se incrementó más aún cuando,
cuatro días después de firmar el Vaticano el concordato
con Serbia, se asesinó en Sarajevo a Franco Fernando
de Austria. Así se encendió la chispa que iba a estallar
en la Primera Guerra Mundial con el desmembramiento
21
y destrucción del imperio austro-húngaro.17
Esto nos
muestra hasta qué punto el ansia de reconocimiento
político podía llevar al papado a pasar por encima de
las ambiciones de los gobiernos y pueblos, y sin
miramientos a sus consecuencias en tantas vidas que
podían ser destruidas en la contienda. En cuanto a sus
ambiciones de reconocimiento político, sin embargo,
debía seguir el papado soñando, ya que los resultados
les fueron adversos, y sus esperanzas de recuperación
política parecían alejarse cada vez más.
3. Intentos posteriores a la primera guerra mundial.
Antes de la primera guerra mundial, los católicos
sumaban un tercio de la población de Alemania (23
millones). Ese país había donado más fondos a la Santa
Sede que todas las otras naciones del mundo juntas.
Cuanto más demorase Alemania en recuperarse, luego
de la primera guerra mundial, más iban a afectarse las
entradas del fisco Vaticano. Pero esa guerra dejó un
saldo de dos millones de bajas alemanas, y el malestar
era muy grande porque no se había ganado nada. A esto
siguió un caos social y económico gigantesco, que hizo
temer que Alemania terminase volcándose al
comunismo.
Luego del Kulturkampf de 1872, el catolicismo se había
organizado de tal manera que, para fines de la segunda
década del S. XX, surgía como una voz fuerte y
reconocida en todos los ámbitos sociales, con diarios,
sindicatos, escuelas, colegios y casas editoras que se
multiplicaban. En los años 20, tenía la Iglesia Católica
400 diarios y 420 periódicos (Hitler’s Pope, 107). El
Partido Centrista Católico pasó al segundo lugar detrás
de los Demócratas Socialistas, y logró durante la guerra
que se anulasen las leyes antijesuitas de 1872. Esto
permitió que los jesuitas entrasen de nuevo en
Alemania y trabajasen incansablemente para fundar sus
propias comunidades, escuelas y colegios.
Después de la primera guerra mundial, el Partido
Centrista Católico decidió jugar un papel preponderante
en la formación de una Alemania post-monárquica,
democrática y pluralista. Ese partido católico procuraba
formar pactos con el partido mayoritario Social
Demócrata, a pesar de los intentos del Vaticano por
evitarlo. Los criterios democráticos que ostentaban los
católicos de Alemania permitían la inclusión de
protestantes y aún judíos en sus planes políticos. Pero
eso iba contra la visión exclusivista y piramidal del
poder que acababa de proyectar el Vaticano con la Ley
Canónica de 1917.
17
Unholy Trinity, 7.
Al ver que no prosperaban sus intentos por lograr un
concordato con el gobierno democrático alemán
(conocido como Weimar), el Vaticano decidió hacer un
concordato por separado con la región católica de
Baviera. Para ello logró la aprobación del Reich en
1920, jugando políticamente con la decisión de apoyar
o no apoyar a Alemania en los litigios limítrofes post-
guerra que involucraban a poblaciones
mayoritariamente católicas. El Concordato de Baviera
fue concretado, finalmente, en Marzo de 1924,
beneficiando grandemente a la Iglesia Católica con el
pago estatal del clero y con la subvención de las
escuelas católicas. La enseñanza de la religión se
impuso en las escuelas, con plena autoridad del obispo
para determinar quién podía enseñar y quién no. Todo
cuadraba con el Código de Ley Canónica que el
Vaticano quería implementar en toda la tierra.
Ese concordato de Baviera, sin embargo, le creó
mayores problemas al papado en sus intentos de lograr
un acuerdo con la protestante Prusia y el Reich alemán.
Con Prusia logró un concordato el 14 de Junio de 1929
que no le sirvió de mucho porque el Vaticano debió
dejar de lado todos sus requerimientos relativos al
reconocimiento y apoyo estatal de las escuelas
católicas. Debía esperar a que subiese al poder un
führer católico como lo fue Hitler, para poder lograr un
concordato con el Reich alemán que entrase dentro de
los principios de la Ley Canónica, y que implicase un
reconocimiento de la autoridad política del Vaticano en
toda Alemania.
4. Apoyo Vaticano a Hitler antes de ser el Führer.
Para comienzos del S. XX, el Vaticano se estaba dando
cuenta que mediante los partidos católicos no ganaba
demasiado sino que, por el contrario, tendía a perder el
control piramidal tradicional aún de la misma iglesia.
Por un lado, como lo había argumentado Mussolini, las
estadísticas demostraban que los partidos católicos no
ganaban ningún converso. Por el otro, esos partidos
tendían a aceptar el ―modernismo‖ o ―liberalismo‖
democrático que estaba en boga en los países
protestantes y seculares, y buscaban formar pactos con
otros credos y otros partidos políticos. Por consiguiente,
el papado vio conveniente hacer arreglos políticos con
gobiernos civiles que reconociesen la autoridad
espiritual de la Iglesia, y desprenderse de los partidos
católicos democratizados a los cuales le costaba poder
controlar.
El caos social y económico en que había caído
Alemania después de la primera guerra mundial, por
otro lado, más la frustración de haber perdido tantas
vidas inútilmente (dos millones), parecían reclamar un
gobierno centralizado y fuerte que pusiese orden y
22
restaurase el orgullo herido de la población. Esto
concordaba con la convicción papal acerca de la
necesidad de gobiernos en donde la autoridad se
ejerciese desde la cima y estuviese encarnada en una
persona que a su vez, reconociese la autoridad suprema
de la Santa Sede.
Después de todo, era evidente que ningún concordato
iba a poder lograr el Vaticano con el Reich en Berlín,
por la característica democrática del gobierno alemán
(Weimar). Un gobierno pluralista tal tampoco iba a
querer ajustarse al Código de Ley Canónica que quería
imponer el Vaticano. Al mismo tiempo, el gobierno
débil que había quedado en Alemania dejaba aparecer
el espectro comunista como una alternativa plausible
que asustaba a muchos. En España y en México,
además de Rusia, se estaban levantando gobiernos de
izquierda que afectaban grandemente a los intereses de
la Iglesia Católica. ¿Por qué no hacer en Alemania
también, como siempre habían hecho los papas desde
que recibieron el reconocimiento de Clodoveo en
Francia en el 508, y del emperador Justiniano en el
533? Ambos monarcas habían emprendido batallas para
defender la fe católica, que culminaron con la
liberación de Roma y el comienzo del ejercicio del
poder político del papado en el 538.
Las cosas comenzaban a ir mejor también en Italia para
la Iglesia Católica. Al concluir la segunda década del S.
XX, el papado había logrado por fin un acuerdo con
Mussolini que reconocía la soberanía del papa sobre el
Vaticano, y decretaba que la única religión de Italia era
la Iglesia Católica. No era de sorprender que quien más
se alegrase en Alemania con ese Concordato Laterano
fuese Adolf Hitler. Pocos días después de ese acuerdo
escribió, el 22 de febrero de 1929: ―El hecho de que la
Curia está ahora haciendo la paz con el fascismo
muestra que el Vaticano confía mucho más en las
nuevas realidades políticas que en las de la democracia
liberal anterior con quien no pudo ponerse de acuerdo‖.
Hitler no se quedó allí tampoco. Acusó al Partido
Centrista Católico de estar en flagrante contradicción
con el espíritu del tratado que firmó ese día la Santa
Sede en Italia, por predicar ese partido católico alemán
―que la democracia forma parte de los mejores intereses
de los católicos alemanes‖. ―El hecho de que la Iglesia
Católica llegó a un acuerdo con la Italia fascista‖,
insistió Hitler, ―prueba fuera de toda duda que el
mundo de las ideas fascistas está más estrechamente
ligado al cristianismo que al del liberalismo judío o al
marxismo ateo, a los cuales el así llamado Partido
Centrista Católico se ve más estrechamente ligado en
detrimento del cristianismo de hoy y de nuestro pueblo
germano‖ (HP, 115).
No de gusto Pacelli, ahora obrando en calidad de
cardenal Secretario del Estado Vaticano (el futuro Pío
XII de la guerra), comenzó a insistir a los líderes del
Partido Centrista Católico alemán en evitar al partido
Social Demócrata y cortejar al partido Nacional
Socialista de Hitler. Era conveniente, según Pacelli y el
actual papa Pío XI, aprovechar tácticamente las
ventajas de un pacto con Hitler que favoreciesen
grandemente los intereses de la Iglesia Católica en su
confrontación contra el comunismo.
Un año después que Heinrich Brüning, uno de los
diputados más populares del Partido Centrista Católico,
fuese nombrado canciller de Alemania, Pacelli
comenzó a insistir de nuevo en un concordato entre
Alemania y el Vaticano para que se impusiese la
enseñanza de la religión bajo la autoridad del obispo
local, y se subvencionasen las escuelas católicas.
Cuando el canciller le hizo ver que debía hacerse un
concordato en conjunto con los protestantes,
mayoritarios en Alemania, Pacelli se opuso diciendo
que un canciller católico jamás debía firmar un
concordato protestante. La conclusión de Brüning,
publicada más tarde, con respecto a Pacelli el futuro
papa, fue la siguiente:
―Todo éxito [según Pacelli] puede obtenérselo
únicamente mediante la diplomacia papal. El sistema de
concordatos lo condujo a él y al Vaticano a despreciar
la democracia y el sistema parlamentario... Gobiernos
rígidos, centralización rígida, y tratados rígidos debían
supuestamente introducir una era de orden estable, una
era de paz y quietud‖ (HP, 124).
Para diciembre de 1931, el papa insistía al enviado de la
Santa Sede en Baviera, sobre la necesidad de la Iglesia
en Alemania de cooperar con el partido Nacional
Socialista de Hitler ―tal vez sólo temporariamente y por
propósitos específicos‖ para ―prevenir un mal aún más
grande‖ (HP, 125). El 30 de mayo de 1932 Brüning era
reemplazado por otro diputado del Partido Centrista
Católico, Franz von Papen, quien disolvió el Reichstag
y llamó a nuevas elecciones parlamentarias. Cansados
por el aumento desorbitante de la desocupación y la
inflación galopante, el pueblo alemán le dio la victoria
al partido de Hitler. Alemania se volvía ingobernable,
ya que los dos partidos que rechazaban la constitución y
la democracia (el Nacional Socialista y el Comunista),
sumados ocupaban ahora la mayoría de los puestos del
gobierno. El Partido Centrista Católico aceptó entonces,
bajo las constantes presiones de Roma, apoyar al
partido Nacional Socialista de Hitler.
Ludwig Kaas—el actual líder del partido católico y más
fiel amigo de Pacelli, quien jugó un doble juego leal a
Roma pero traidor para el partido centrista católico de
23
Alemania—escribió para entonces un ensayo sobre la
bondad de hacer concordatos con regímenes fascistas,
que reflejasen los puntos de vista del Secretario de
Estado Vaticano (Pacelli). El tratado laterano con
Mussolini, arguyó, era un acuerdo ideal entre un estado
totalitario moderno y una iglesia moderna. ―La Iglesia
autoritaria‖, razonó, ―debía entender al estado
‗autoritario‘ mejor que otros. Por otro lado—
argumentaba sin ambages Kaas—la concentración
jerárquica del poder en Mussolini cuadraba
perfectamente con la concentración jerárquica del poder
en la Iglesia Católica, según se establecía en el Código
de Ley Canónica de 1917‖.
5. El concordato del Vaticano con Hitler.
En la búsqueda de una solución para la anarquía que se
vivía en Alemania, Franz von Papen convenció
finalmente al presidente Hindenburg de aceptar su
renuncia, y darle la cancillería a Hitler, aduciendo que
si él (von Papen), permanecía como vice-canciller,
podrían tener a Hitler bajo control. En realidad, von
Papen presumía llegar a ocupar el cargo de Hindenburg
como presidente, dado ciertos escándalos económicos
en los que había caído Hindenburg. Hitler juró como
canciller el 30 de Enero de 1933, pero nada lo detuvo
en sus requerimientos de plenos poderes para restaurar
el orden.
Para el 5 de marzo, luego de haber acusado al
comunismo de haber incendiado el Reichstag el 27 de
febrero, Hitler estaba llamando a nuevas elecciones
parlamentarias con el propósito de controlar los medios
de difusión, oprimir los partidos democráticos de
oposición, y comenzar la persecución de los judíos e
―izquierdistas‖. Gracias a la histeria anticomunista que
se desató como resultado de ese incendio, su partido
creció más todavía y obtuvo mayores asientos en el
Reichstag.
a. Conveniencias mutuas. Una de las oposiciones más
significativas que Hitler tenía para entonces era el
Partido Centrista Católico que denunciaba las
verdaderas intenciones dictatoriales de Hitler, y
advertía sobre el desastre peor en el que iba a caer
Alemania si subía al poder y conducía a la nación a otra
guerra mundial. El papa Pío XI, sin embargo,
sorprendió al felicitar al vice-canciller de Hitler por
tener en Alemania ahora a un hombre que sería
inflexible contra el comunismo, y fue el primer hombre
de estado en reconocer su gobierno. También Eugenio
Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano, vino para
comerciar con Hitler un tratado con el Vaticano. Lo que
no iba a poder lograr nunca con el gobierno
democrático de Weimar, ahora esperaba el papa poder
hacerlo más fácilmente con un dictador.
La solución ideal para Hitler era lograr un concordato
con el Vaticano semejante al Laterano que había
firmado la Santa Sede con Mussolini, en donde a
condición del reconocimiento estatal, el Vaticano
aceptase desentenderse de todo partido católico. Eso no
había significado para el Vaticano desprenderse de toda
acción social o política, sino de todo partido político
que lo comprometiese. La intención del Vaticano era
mantenerse por encima de toda facción política, de
acuerdo con la filosofía verticalista y dualista que tuvo
el papado durante todo el Medioevo, pero dándose la
libertad de intervenir políticamente toda vez que se le
pidiese o lo viese oportuno.
Hitler quería asegurarse ahora, sin embargo, que la
Iglesia Católica se retirase de toda acción social y
política, a cambio de otorgarle ―libertad‖ para practicar
la religión y la educación (HP, 133). El Partido
Centrista Católico debía, por otro lado, acceder al Acto
de Poder para facultarlo como dictador, sin lo cual no
aceptaría concordato alguno. El Vaticano captó también
que sólo mediante un dictador podría lograr un
concordato con Alemania que le permitiese ejercer un
control absoluto sobre todas las instituciones religiosas
y católicas, y esperaba así, como en Italia, lograr
eventualmente el predominio de la religión católica
sobre toda Alemania.
En esencia, se trataba de volver a poner la religión de
Alemania bajo el control del catolicismo romano, según
lo establecido en el Código Canónico de 1917.
Cortejando a Hitler, Pacelli mismo llamó la atención
del führer a los elogios del papa por su cruzada
antibolchevique, que debía ser entendido, según el
enviado papal, como un respaldo de la Santa Sede a su
campaña anticomunista. Al captar las intenciones
papales que se escondían tras el reconocimiento del
gobierno de Hitler, las iglesias protestantes de
Alemania se vieron compelidas también a reconocer su
régimen el 26 de Mayo de 1833, y a buscar negociar
con él un acuerdo semejante, basado en el modelo
católico (HP, 138).
Dicho y hecho, Hitler convenció a su partido de que la
única manera de anular al partido centrista católico era
logrando alejar al Vaticano de ese partido. En su
discurso al Reichstag declaró también que era una gran
provisión ―cultivar y fortalecer relaciones amigables
con la Santa Sede‖. Pacelli, por su parte, contaba ahora
como presidente del Partido Centrista Católico a un fiel
amigo, Ludwig Kaas, quien se prestaba a un doble
juego. Mientras pretendía apoyar a su partido católico,
lo instaba a votar en favor del Acto de Poder de Hitler.
Su argumento era que el voto positivo católico iba a
24
ejercer un control moral para el führer y mantener sus
promesas de apoyar la Iglesia Católica.
b. Implicaciones del Concordato. El Acto de Poder se
dio en Marzo de 1933 con 441 votos a favor, y 94 en
contra. Hitler podía ahora decretar leyes sin el
consentimiento del Reichstag y firmar tratados con
gobiernos extranjeros, el primero de los cuales fue con
el Vaticano. Hitler para entonces invocaba a Dios y
aseguraba a la población que el cristianismo constituiría
la base de su reconstrucción de la nación (HP, 137).
L’Osservatore Romano reconocía la legalidad
constitucional del gobierno de Hitler. Kaas, luego de
hablar con Pacelli, elogió el discurso de Hitler en el
Reichstag como reflejando el desarrollo lógico de la
―idea de unión‖ de Iglesia y Estado (HP, 139). En este
respecto, consideraba que el vínculo prometido de
Hitler con el Vaticano era ―el más grande éxito que
había sido logrado en cualquier país en los últimos diez
años‖ (HP, 135). El partido centrista católico debía
colaborar en el proceso, según decía, como
―sembradores del futuro‖.
El 8 de julio de 1933 el Vaticano y el Reich firmaban el
concordato. Hitler declaró: ―El hecho de que el
Vaticano está concluyendo un tratado con la nueva
Alemania significa que la Iglesia Católica reconoce el
estado Nacional Socialista. Este tratado muestra al
mundo entero clara e inequívocamente que la
afirmación de que el Socialismo Nacional es hostil a la
religión, es una mentira‖. El 14 de julio declaró a sus
ministros que ―una oportunidad se ha dado a Alemania
en el Concordato del Reich con el Vaticano, y una
esfera de confianza se ha creado que será especialmente
significativa en la lucha urgente contra el judaísmo
internacional‖ (HP, 130).
Pacelli respondió el 26 y el 27 de julio en dos artículos
de L’Osservatore Romano, asegurando que el Código
de Ley Canónica es el fundamento del concordato,
mediante el cual se permite a la Iglesia Católica tener
plenos poderes con la Iglesia en Alemania. La histórica
victoria con ese tratado, aseguraba Pacelli, no era la
aprobación moral de la Santa Sede del estado Nazi sino,
por el contrario, el reconocimiento y aceptación totales
de la leyes de la Iglesia por el Estado (Hitler’s Pope,
131). Así quería el Vaticano mantener la posición
católica medieval, que consiste en estar por encima de
los estados civiles, como el alma sobre el cuerpo. Ese
concordato había sido logrado en el máximo secreto
entre dos autócratas, pasando por encima del obispado
católico de Alemania y de las diferentes facciones
políticas que habían gobernado a la nación alemana.
Para cuando el tratado fue ratificado el 10 de
septiembre, Pacelli quiso abogar no por los judíos, sino
por los católicos de ascendencia judía que estaban
siendo incluidos en la persecución Nazi de los judíos.
En su lugar, los nazis le dijeron que no interfiriese en
asuntos de estado. A pesar de este revés, siguió adelante
con la celebración de la ratificación del concordato, y
con toda pompa. Un servicio de agradecimiento a Dios
se dio en la catedral berlinesa de Hedwig, en donde
presidió el nuncio papal. Las banderas nazis se
mezclaban con los estandartes católicos tradicionales.
¿Quién podía negar que el régimen Nazi contaba ahora
con la bendición de la Santa Sede? El arzobispo Gröber
felicitó al Tercer Reich por la nueva era de
reconciliación del estado alemán con la iglesia católica
(HP, 159-160). Hitler mantuvo, además, durante su
régimen, los términos del Concordato de Baviera
firmado en 1929, en relación con los impuestos que se
destinaban a la Iglesia. La mitad iba para la Iglesia
Católica en Alemania, y la otra mitad para el Vaticano
(Megalomania, 165, n. 12).
Más allá de todas las declaraciones de una parte y otra,
la firma del concordato entre el Vaticano y el Reich
implicó dos cosas innegables. En primer lugar, la
aprobación moral del Vaticano a las políticas de
Hitler. Esto trajo el desbande en masa del Partido
Centrista Católico, cuyos miembros se pasaban de a
miles al partido Nacional Socialista que había sido
aprobado por la cúpula de la iglesia romana. En
segundo lugar, implicaba una nueva actitud que debían
asumir la jerarquía alemana, el clero y los fieles, así
como la Santa Sede. Debían guardar silencio ante
cualquier cosa que hiciese el gobierno nazi en materia
política y social.
El gran problema de ese concordato, según se arguye,
es que intencionalmente no dejó claramente establecida
una diferenciación entre la actividad civil y la religiosa.
Mientras el Vaticano pretendía conformar en Alemania
un clero-fascismo equivalente al de Italia, en donde la
Ley Canónica del papado formase la base del acuerdo,
Hitler quería usar a la Iglesia para su conveniencia, y se
negaba a aceptar la primacía del clero. Esa actitud de
Hitler amargaba de a momentos al Vaticano. Pero le iba
a servir después de la guerra para destacar las
indisposiciones católicas esporádicas contra las
políticas del führer, con el propósito de ocultar su
complicidad con el gobierno nazi.
Al mismo tiempo, Hitler terminó descubriendo que el
Vaticano tenía normas dobles. Mientras recibía la
aprobación pública del Vaticano que prometía no
intervenir en la política nazi, pudo interceptar mensajes
papales que probaban que por debajo, el así llamado
25
Vicario de Cristo estaba involucrado en acciones de
espionaje durante la guerra y, en un caso, en la parte
final de su mandato, hasta de complot contra su
gobierno y su vida. Eso lo irritaba y, en ocasiones, tomó
represalias contra el clero católico que no quería
sujetarse a los principios establecidos en el concordato,
según su interpretación desde la perspectiva política.
Hoy el Vaticano usa también esa persecución
temporaria y no generalizada que Hitler emprendió
contra un buen número de sacerdotes y monjas,
especialmente en Polonia, para jugar también el papel
de la víctima y cubrirse de la acusación de complicidad
con el régimen de Alemania. Pero los desacuerdos del
papado con Hitler no fueron diferentes a los
desacuerdos que el papado tuvo con los reyes durante
toda la Edad Media. Tenían que ver con el problema de
determinar quién era la cabeza del matrimonio Iglesia-
Estado que confirmaban al ser coronados, o al firmar el
concordato con el Vaticano en el caso de Hitler. A
pesar de tantas peleas como las que se dan en todo
matrimonio desdichado, ni los reyes medievales ni
Hitler en la época moderna, rompieron su acuerdo con
el papado.
Admitamos, de todas maneras, que el fascismo nazi fue
puro, esto es, de Estado, a diferencia de los concordatos
que luego iba a establecer el Vaticano con otros
gobiernos y que se enmarcarían en el esquema más
definidamente clero-fascista que buscaba el papado. Si
a pesar de esa diferenciación el papado no pudo librarse
de la acusación de complicidad con el gobierno
criminal de Hitler por terminar ajustándose a las
políticas del estado nazi, menos aún podría cubrirse por
apoyar a esos otros gobiernos genocidas que se
amoldarían fielmente al esquema de la encíclica
Quadragésimo Anno, proclamada por el papa Pío XI en
1931, y a la Ley Canónica de 1917.
Concluyamos aquí que, en la práctica, el concordato
católico-nazi prohibía a los fieles de la Iglesia de Roma
intervenir, por ejemplo, en defensa de los judíos (HP,
153), y daba luz verde a toda manifestación
antijudaica. Los católicos que participasen activamente
en el sometimiento a trabajos forzados y aniquilación
de los judíos, no serían condenados por la Iglesia
madre.
c. Argumentos católicos pro-nazis. A partir de la firma
del concordato entre Hitler y el Vaticano, muchos
obispos y cardenales comenzaron a promover
abiertamente el nazismo y a apoyar, como veremos más
tarde, el exterminio de los judíos, de los comunistas y
de los ortodoxos. Berning, un obispo católico, publicó
un libro afirmando el enlace entre el catolicismo
romano y el patriotismo germano que envió a Hitler
como ―una muestra de mi devoción‖. Monseñor Hartz
alabó a Hitler por haber salvado a Alemania del
―veneno del liberalismo [democracias occidentales] y
de la peste del comunismo‖ [bolchevismo soviético].
En los mismos términos del papa para con Mussolini,
Franz Taeschner, un publicista católico consideró que
el führer era un genio, y que había sido ―enviado por la
providencia para cumplir con las ideas sociales
católicas‖ (Megalomania, 165).
Deben haberse reído los nazis cuando el 14 de mayo de
1934, Pacelli escribió una nota a Buttmann—quien
había firmado el concordato de parte del Reich con el
Vaticano—reprochando al führer por no usar sus
poderes dictatoriales para ordenar que los estados
regionales recalcitrantes se ajustasen a las provisiones
del contrato. Según su pro memoria, Pacelli declaraba
que ―no debían permitirse las causas que daban lugar a
las quejas de la Iglesia [los curas acusaban a algunos
estados alemanes de no cumplir con el concordato],
particularmente en un gobierno conducido en forma
autoritaria‖ (HP, 164-165). Se considera esta nota como
una clara aserción del Secretario de Estado Vaticano en
contra del sistema parlamentario de gobierno, y a favor
del sistema dictatorial.
Recordemos que en el pensamiento católico-romano,
los intereses individuales deben sacrificarse por el bien
común, algo que encontró un eco notable en el
pensamiento nazi. ―Sólo cuando el individuo se ve a sí
mismo como una parte de un organismo y pone el bien
común más allá del bien individual‖, argumentaba la
Carta Pastoral de Fulda en 1933, ―podrá su vida
destacarse por la humilde obediencia y gozoso servicio
que demanda la fe cristiana‖ (Megalomania, 167). Si
uno se queda quieto viendo uno de los videos que repite
constantemente la demagogia de Hitler en el museo
Vaticano, se va a cansar escuchando siempre lo mismo.
―Hitler es el partido‖, dice el führer, a lo que la masa le
responde: ―Hai, Hitler‖. ―El partido es Hitler‖, vuelve a
decir el führer, con la misma respuesta de las
multitudes. El bien común y el partido se encarnan en
una persona, y la individualidad de cada cual se pierde
en un cuerpo común.
El obispo Alois Hudal, quien estuvo conectado con
Pacelli (negociador del concordato), arengaba a la gente
por toda Alemania y en el exterior en sus discursos pro-
nazis. En mayo de 1933 habló en Roma ante los
cuerpos diplomáticos de Alemania e invitados de varias
organizaciones nazis. Su audiencia lo aclamó cuando
dijo que, ―en esta hora de destino, todos los católicos
alemanes que viven en el exterior dan la bienvenida al
nuevo Reich alemán, cuyas filosofías están de acuerdo
tanto con los valores cristianos como con los valores
nacionales‖.
26
Hudal se transformó en 1934 en un aliado político de
von Papen (el vice-canciller católico de Hitler), y
publicó en 1936 un tratado filosófico titulado
Fundamentos del Socialismo Nacional. Alababa en su
obra las ideas, programas y actividades de los nazis,
aunque criticaba ciertos elementos no cristianos que
veía en el partido. A pesar de los peores rasgos que ya
se veían en el gobierno nazi, Hudal consideraba que no
había razones filosóficas válidas para que los nazis
―buenos‖ y los católicos no cooperasen estrechamente
en la construcción de una Europa Cristiana. Su libro
recibió el Imprimatur del primado de la Iglesia en
Austria, Cardenal Teodoro Innitzer, quien también era
fuertemente nazi.
Hudal recibió, asimismo, una placa de oro de
membresía del partido nazi. Su clara tendencia pro-nazi
no afectó su carrera en el Vaticano. Fue consultor desde
1930 en el Santo Oficio (el mismo organismo que había
sido fundado en 1542 para ―combatir las revoluciones
calvinistas y luteranas‖). Ese cargo le permitía trabajar
en el más riguroso secreto en la tarea de censurar libros
y materiales de educación, así como en proteger e
inspeccionar aspectos relacionados con las doctrinas
católicas. En junio de 1933, en lugar de llamarlo al
orden por sus convicciones nazistas, el Vaticano lo
promovió del cargo de sacerdote a obispo titular de Ela,
un honor raro para un rector de un colegio. Pacelli
mismo presidió en la ceremonia (UT, 30-32).
Esta actitud de abierto y velado apoyo combinados del
Vaticano al nazismo, que continuaría en sus épocas de
mayores crímenes, entraba dentro de lo que el papa
León XIII había explicado en su encíclica de 1885,
Immortale Dei, 17: ―Cuando los gobernantes de un
Estado y el Pontífice Romano llegan a un acuerdo con
respecto a un aspecto en especial..., la Iglesia da prueba
de su amor maternal al mostrar la más grande bondad e
indulgencia posibles...‖ Al papado no le importaba lo
que ocurriese con ningún otro grupo religioso o étnico.
Su único interés estaba en asegurar el desarrollo de la
Iglesia Católica. De allí su apoyo tan generalizado a
todo régimen fascista, sin miramientos a las violaciones
tan flagrantes de los derechos humanos en que
incurriesen.
d. Persecución de católicos y romance pontifical-
nazista. Hubo ocasiones en que el Vaticano protestó
por las presuntas violaciones al concordato de parte de
los nazis. Hitler respondió que se trataba de una guerra
contra los sacerdotes inmorales acusados de pederastia
y otros abusos sexuales, así como contra los que se
volvían más políticos que clérigos, pero no contra la
Iglesia en general (HP, 179-180). De parte de la iglesia,
se volvió entonces a alentar a los católicos a cooperar
con el gobierno nazi. En 1937, el cardenal Faulhaber de
Múnich se entrevistó por tres horas con Hitler, y como
resultado declaró que Hitler ―vive en fe para con Dios‖,
y ―reconoce el cristianismo como el fundamento de la
cultura occidental‖ A su vez, escribió una carta
episcopal alentando la cooperación entre la Iglesia y el
Estado para combatir el comunismo (HP, 181).
También el papa Pío XI publicó para entonces su
encíclica Mit brennender Sorge (Con Profunda
Ansiedad), en una velada protesta por los sufrimientos
de la iglesia en Alemania, y la deificación de una raza,
de un pueblo, y de un estado. Pero no condenó el
nazismo por nombre, y sirvió sólo para afirmar a Hitler
en su persecución de todo clérigo que interviniese en
política. Aún así, esta encíclica y ciertas evidencias
posteriores, han permitido que muchos interpreten que,
a diferencia del siguiente papa (Pío XII), y actual
secretario de Estado del Vaticano, el papa Pío XI
terminó viendo la necesidad de distanciarse de una
manera más clara del nazismo. Volvamos a insistir, sin
embargo, que lo que el Vaticano buscaba era un
fascismo clerical que se sometiese al Código Canónico
de la Iglesia, no un fascismo de estado que buscase
imponerse a la Iglesia.
Las alabanzas a Hitler de los sacerdotes católicos es
interminable. El führer recibió una calurosa recepción
por el cardenal Innitzer, primado de Austria, cuando se
anexó ese país a su gobierno. El cardenal Bertram
consideró a Hitler como ―hombre de paz‖, y ordenó que
todos los católicos de Alemania manifestasen un
espíritu de agradecimiento y felicitación mediante un
festival de campanas el domingo.
Al terminar ese año (1938), Hitler refutó nuevamente el
cargo de perseguir a los cristianos en Alemania,
aduciendo que las iglesias habían recibido más dinero
de los nazis, más ventajas impositivas y más libertad
que bajo ninguna otra administración anterior. Y puso
como contraste a los miles de sacerdotes y monjas que
habían sido muertos en Rusia y España.
―Agradezcamos a Dios, el Altísimo—agregó—por
haber bendecido nuestra generación y bendecirnos a
nosotros, permitiéndonos cumplir con una parte en este
tiempo y en esta hora‖.
Repitamos que las fricciones se daban por el problema
que subsistió durante todo el período de Hitler, en no
haberse definido en el concordato los límites políticos
de uno y otro. La Iglesia creía que Hitler debía acatar la
Ley Canónica incluída en el concordato, pero Hitler
insistía en que la Iglesia no debía inmiscuirse en los
asuntos de Estado. Ambos cumplían, a su manera, con
los requisitos establecidos.
27
e. Las relaciones con el nuevo papa. La tímida y tardía
tentativa de Pío XI en pronunciarse contra el régimen
nazista murió con él poco después de convalecer en su
lecho de muerte. En marzo de 1939, Pacelli era
nombrado papa con el nombre de Pío XII. Cuatro días
después de su elección propuso dirigirse a Hitler como
―Al Ilustre Herr Adolf Hitler‖, lo que produjo una
discusión entre los cardenales acerca de si debía
dirigirse a él como ―Al Ilustre‖ o ―Al Más Ilustre‖.
Declaró en su mensaje a Hitler que durante los años que
gastó en Alemania, había hecho todo en su poder para
establecer ―relaciones armoniosas entre la Iglesia y el
Estado‖. Y terminaba deseando la prosperidad del
pueblo germano ―con la ayuda de Dios‖. El führer
respondió con ―las más cálidas felicitaciones‖ de su
parte y de su gobierno (HP, 208).
El nuncio de Berlín, en respuesta al pedido del nuevo
papa, dio una recepción de gala a Hitler el mes
siguiente, al cumplir medio siglo de vida. Desde
entonces esos saludos a Hitler se volvieron una
tradición cada 20 de abril, por el resto de su mandato.
El cardenal Bertram de Berlín envió también ―sus más
calurosas felicitaciones al führer en nombre de los
obispos‖ de Alemania. ―Oraciones fervientes de los
católicos de Alemania se están enviando al cielo sobre
sus altares‖, agregó. Todo esto, argumentaba Pacelli,
debía hacerse para tratar de mantener en pie el
concordato de la Iglesia Católica con Hitler.
f. El Vaticano durante la guerra misma. En 1938
Hitler amenazaba al gobierno checo porque ―los judíos
en Checoeslovaquia estaban todavía envenenando la
nación‖. El 15 de marzo del año siguiente ordenó la
invasión de Praga y el desmembramiento del país. En
una abierta advertencia a Hitler, el primer ministro
inglés garantizó entonces la independencia de Polonia y
prometió ayuda en caso de ser invadida.
En ese contexto, el papa reveló cuán partidario podía
ser al intentar seguir una política pacificadora que
favorecía a Hitler, y al mismo tiempo enviar un
telegrama a Franco, felicitándolo por ―la victoria
católica‖ en España. Mientras guardaba silencio con
respecto a las violaciones humanas de Hitler, había
estado instando a Franco a pelear para derrocar el
régimen socialista de España. La ―victoria católica‖ en
España había costado medio millón de vidas e iba a
costar una gran cantidad más todavía. Públicamente, sin
embargo, Pacelli exhortaba a Franco mediante la radio
vaticana, a ejercer una política pacificadora ―de acuerdo
a los principios enseñados por la Iglesia y que el
generalísimo había proclamado con tanta nobleza‖.
Hitler invadió Polonia el 1 de Septiembre de 1939, con
el propósito de abrirse un corredor para invadir Rusia.
Pío XII había insistido a la católica Polonia en no
intervenir, ni contrariar a Hitler. También había
procurado que Francia no se opusiese a una inminente
invasión alemana sobre Francia, para salvaguardar la
paz. En realidad, lo que el Vaticano quería era
recuperar a Francia del socialismo secular que la
gobernaba, reemplazándolo por un gobierno fascista
dirigido por Pétain, equivalente al de Hitler y al de
Mussolini. Al mismo tiempo, el papa soñaba con
evangelizar a Rusia mediante la invasión nazi. Pero al
invadir Hitler Polonia, Francia e Inglaterra le
declararon la guerra a Alemania, y Rusia comenzó a
invadir Polonia desde el lado oriental. Esa guerra le
costó a Polonia más de seis millones de vidas.
Para entonces, aunque sin perder las esperanzas en su
triunfo, Pío XII comenzó a dudar del éxito del Tercer
Reich en su campaña contra el comunismo. El führer se
había negado a pactar con Inglaterra y los demás
poderes occidentales para invadir Rusia y, por el
contrario, daba evidencias de intentar pactar con Rusia,
mientras preparaba hipócritamente su campaña militar
para invadirla. Por consiguiente todos, inclusive el papa
de a momentos, sentían que debían deshacerse de él.
g. El complot para matar a Hitler. Dos meses después
de invadir Hitler Polonia, el papa se veía involucrado
en un complot secreto para matar a Hitler, conocido
como Orquesta Negra. Su papel principal y clave era
interceder ante Inglaterra para impedir que los Aliados
invadiesen Alemania en el caso de que Hitler fuese
derrocado. Quería a toda costa evitar, como se vio de
nuevo después de la guerra, que la sección central de
Europa fuese dominada por gobiernos no católicos. Esa
era otra de las razones, al mismo tiempo, por las que el
Vaticano seguía siendo el único Estado que no
condenaba públicamente a Hitler.
El complot para derrocar y matar a Hitler fue
demorándose por varias razones. Los Aliados no creían
demasiado en el éxito de la Orquesta Negra (que en
Alemania quería lograr, a través del Vaticano, un
tratado de paz con los Aliados para cuando derrocasen a
Hitler). Por esta razón, los Aliados decidieron
finalmente sacrificar el plan. Hitler para entonces ya
había invadido los Balcanes y establecido allí gobiernos
nazis. En la primavera de 1942, después del freno
sufrido por Alemania en Stalingrado, el Vaticano pasó a
ser de nuevo intermediario de la Orquesta Negra, en
otro complot que buscaba, de parte de Hungría y
Rumania, establecer también un tratado de paz secreto
con los Aliados, antes de romper sus lazos con Hitler.
En un arreglo entre Moscú y los poderes occidentales
(EE.UU. había ingresado en la guerra en Diciembre de
1941, luego que los japoneses bombardearan Peal
28
Harbor), se decidió hacer filtrar ese plan secreto de paz
del Vaticano con esos países Balcanes. El propósito era
enfurecer a Hitler quien cayó en la trampa, y decidió
quitar una de sus tres mejores divisiones de Francia
para enviarla allí. Poco después, las tropas Aliadas
entraban en Normandía y libraban la batalla más
cruenta de la segunda guerra mundial. Pretendiendo
jugar el papel principal en la política internacional, el
papa Pío XII terminó siendo usado como peón de los
principales poderes de la época (UT, 281).
En la última parte del Tercer Reich, los nazis
comenzaron a perseguir en Polonia no solamente a los
judíos, sino también a sacerdotes y monjas católicas
que efectuaban actos de caridad para con los oprimidos
del nazismo, o pretendían enrolarse como misioneros
en el ejército alemán al invadir Rusia. Hasta entonces,
tanto el papa como Hitler habían estado reclamando
que se cumpliese lo estipulado en el concordato, en
donde el papel político-social de la Iglesia de Roma no
había quedado bien establecido, y se prestaba a
diferentes interpretaciones. Hitler tenía pruebas bien
claras del doble juego papal que lo apoyaba
públicamente, pero que interfería en su política
mediante diferentes formas de espionaje, ignorando su
promesa de no intervenir en política firmado en el
concordato.
Durante ese tiempo de opresión nazi tampoco
recibieron los sacerdotes perseguidos en Polonia
intercesión alguna del papa. Mientras que todas las
otras naciones condenaban abiertamente a Hitler y
estaban en guerra con él, se admiraban de que el único
gobernante de un estado geográficamente pequeño,
pero de tan enormes repercusiones políticas, no
levantase su voz para condenarlo. Se esperaba que
hablase, además, porque el nazismo y el fascismo
predominaban en países de mayoría católica y que
habían firmado un concordato con el Vaticano. Pero Pío
XII, en su típico juego ambivalente, todavía veía
posibilidades en el éxito de la empresa expansionista de
Hitler, y estaba tratando de convencerlo para enviar
sacerdotes misioneros con sus tropas para evangelizar
Rusia. Quería Pío XII lograr la unión tan anhelada para
los papas de la Iglesia de Oriente (Ortodoxa) con la de
Occidente (Católica).
El hecho de apoyar el Vaticano un complot para
derrocar un gobierno, matando a su líder, es invocado
hoy como una prueba de la hipocresía papal que revela
una doble moral. Mientras por un lado pretende
excluirse de la política (como lo da a entender en los
concordatos con Mussolini y Hitler), por el otro obra
por debajo para derrocar gobiernos cuando estos ya no
le sirven más, o duda que vayan a tener éxito. Mark
Aarons y John Loftus, los autores judíos de Unholy
Trinity, comentan este hecho de la siguiente manera.
―Si el Vaticano desea ejercer autoridad moral, debe
mantenerse inequívoca y verdaderamente como neutral.
Sólo de esa manera puede permanecer por encima de
los asuntos temporales. El mundo necesita diplomáticos
cuya agenda sea realmente paz sobre la tierra y buena
voluntad para toda la humanidad‖, no sólo para los
católicos. ―Hay demasiados complotadores‖ en la
humanidad. ―Si el Vaticano respalda asistencia
diplomática encubierta para derrocar a dictadores,
¿dónde se pone la línea? Si combatir a Hitler rompe las
reglas, qué decir acerca de‖ otros gobiernos en el resto
del mundo, que caigan bajo el descrédito del Vaticano?
(UT, 280-281).
h) Complicaciones nazi-vaticanas durante la guerra.
Sería faltar a la verdad si se dijese que la persecución
nazista contra los sacerdotes católicos, especialmente
en Polonia y Ucrania, se debió a su apoyo humanitario
de los judíos. Aunque algunos sacerdotes y monjas
fueron perseguidos por esa razón, la mayoría fue
perseguida por otras razones. Por un lado, Hitler veía el
doble juego papal que obraba públicamente en su favor
al mismo tiempo que se involucraba diplomáticamente
con los Aliados. Por el otro, el pedido del Vaticano a
través de su ex canciller alemán, von Papen, de
aprovechar su invasión a Rusia para convertir el mundo
ortodoxo a la fe católica comenzó a irritarlo más.
Para ese entonces Hitler estaba enterado de las
masacres que los católicos croatas estaban perpetrando
contra los ortodoxos en Croacia, y no quiso que su
campaña militar a Rusia se complicase mediante una
confrontación religiosa similar en el Este. Reinhard
Heydrich, a cargo de la oficina de seguridad principal
del Reich, le había advertido al führer el 2 de julio de
1941 sobre la planificación del Vaticano que había
podido detectar para infiltrar las tropas nazis con el
objeto de invadir Rusia con la fe católica. Heydrich se
oponía igualmente a la idea de permitirle a la Iglesia
beneficiarse de las conquistas logradas por la sangre
alemana.
Hitler captó así, más que nunca, la problemática
religiosa que se escondía detrás de su invasión al
mundo comunista y ortodoxo, y creyó que la política
del papado podía terminar afectando el éxito de su
empresa. A mediados de julio de 1941, en respuesta a
esos pedidos de involucramiento católico en su
campaña de conquista (algo que el Vaticano ya había
hecho con Mussolini en su invasión a Etiopía), declaró
que si permitiese al catolicismo introducirse en Rusia
―iba a tener que permitirles lo mismo a todas las
denominaciones cristianas para que se aporreasen las
29
unas a las otras con sus crucifijos‖. Posteriormente se
enfureció más al enterarse que el Vaticano seguía
adelante con sus planes, proyectando enviar sacerdotes
misioneros disfrazados desde Polonia, Ucrania y
Croacia. Por esta razón, su furia principal se dio contra
los católicos polacos y ucranianos, a quienes comenzó a
matar en gran escala y a destruirle sus iglesias.
―El cristianismo es el golpe más duro que alguna vez
golpeó a la humanidad‖, concluía Hitler para julio de
1941. ―El bolchevismo es un hijo bastardo del
cristianismo. Ambos son la descendencia monstruosa
de los judíos‖. En Diciembre de ese mismo año
prometió que, una vez concluida la guerra iba a
terminar con el problema de la Iglesia, como única
alternativa para lograr que la nación alemana estuviese
completamente segura (HP, 261).
Pero las cosas se le comenzaron a complicar a Hitler en
Ucrania cuando Stalin procuró congraciarse con los
ortodoxos para lograr la resistencia de la población
contra la ocupación Nazi. Para desbaratar los planes de
Stalin, el führer intentó representar al nazismo como
―protector de la religión‖. Para ello, quiso unir a los
ortodoxos y a los católicos bajo el arzobispo Szepticky,
quien aunque fiel a Roma, formaba parte del rito
oriental característico del mundo ortodoxo y permitido
por Roma únicamente a los católicos de esa región. En
total, Szepticky lideraba a unos cinco millones de
Uniates que conformaban esa característica intermedia
entre los católicos y los ortodoxos. Pero Hitler no iba a
poder lograr esa unión sin contar con el apoyo del papa.
¿Cómo podía lograrlo sin dejar de ser él mismo el amo
de la situación? En otras palabras, ¿cómo podía recibir
el apoyo papal sin terminar siendo permeado por la
Santa Sede?
Hitler decidió extorsionar al papa y, para ello, comenzó
a perseguir dramáticamente a los católicos en Ucrania.
Era la manera más dramática y autoritaria que podía
escoger para apurar a Pío XII a apoyarlo en su campaña
militar en Ucrania, o sufrir la destrucción de la Iglesia
Católica en ese lugar. ¿Qué alternativas tenía Pío XII,
ante semejante amenaza? No había dudas de que se
trataba de un arreglo sucio e inmoral. Ya habían muerto
200.000 judíos en Ucrania, y ―cientos de miles de
cristianos‖, y un pacto tal era puramente político y
villano. Pero, ¿acaso la Providencia no estaba
dirigiendo las cosas para que en sus días, se pudiesen
cumplir los sueños papales de casi un milenio, con la
unión de las dos iglesias más tradicionales de Europa?
Con el debilitamiento militar, moral y político de los
dos grandes colosos del momento, el comunismo y el
nazismo, ¿no podría aparecer al final él mismo, Pío XII,
como el verdadero líder moral y ganador de la
contienda?
Para octubre de 1942, Pío XII enviaba a Ucrania al
cardenal Lavitrano, arzobispo de Palermo, encabezando
una misión a pedido de los nazis para estudiar la
posible unificación de la Iglesia Católica Romana con
la Iglesia Ortodoxa. Al mismo tiempo, daba luz verde al
mantenimiento de una oficina apostólica para Ucrania
en Berlín. Esa perspectiva explosiva alarmó a los
EE.UU. y Gran Bretaña. Los rusos también se
alarmaron y fueron logrando dividir, a través de sus
espías, a los ortodoxos y a los mismos Uniates para
evitar ese arreglo.
A pesar de los obstáculos, los Uniates lograron formar
un ejército nacionalista con capellanes, que organizaron
una cruzada contra los ―impíos bolcheviques‖ para
conquistarlos al mismo tiempo al catolicismo. El
Vaticano, por su parte, quedó más comprometido a no
hablar contra el régimen nazista ni mencionar siquiera
el nombre ―judío‖ por el resto de la guerra. En su lugar,
tres meses después que el cardenal Lavitrano completó
su misión, el Vaticano comenzó a hablar de una
confederación anticomunista de estados católicos de
Europa que se extendería desde el báltico hasta el Mar
Negro [lo que incluía Ucrania] (UT, 173-188). Pero la
Providencia, la verdadera Providencia divina, no le iba
a permitir lograr sus sueños.
Conclusión.
El director del museo de la Inquisición de Lima y autor
de un libro apologético sobre la Inquisición, me dijo en
la capital peruana al concluir el milenio dos mil, que
desde hace cincuenta años—después de la Segunda
Guerra Mundial—se está quitando de la historia de la
Inquisición todo aspecto religioso, en búsqueda de
objetividad. Esa es la tendencia también de la mayoría
de los estudios hechos sobre la Segunda Guerra
Mundial. El único interés para muchos es considerar los
factores económicos, sociales y políticos que estuvieron
involucrados en ambos eventos, el de la Inquisición
durante la Edad Media, y el de las dictaduras nazistas y
fascistas durante el S. XX. Pero, como le dije al director
del museo de la Inquisición entonces, ¿cómo puede
pretenderse objetividad histórica quitándole a la historia
un ingrediente esencial como lo es el religioso? O se
ponen todas las cartas sobre la mesa, o la objetividad
pretendida se vuelve una farsa. Hoy las Naciones
Unidas piden el concurso de las religiones para
establecer la paz, reconociendo que la mayoría de las
confrontaciones humanas continúa basándose en
conflictos religiosos. ¿Por qué eliminar su papel tan
dramático y fundamental de la historia?
¿Cuál es el problema de fondo? Fundamentalmente
uno. Tiene que ver con la lucha denodada y tenaz de la
Iglesia Católica por defender una presunta infalibilidad
30
papal que está tan en contradicción con tantos hechos
históricos medievales y modernos. La Iglesia vive
procurando por todos los medios reivindicarse del
veredicto histórico que la culpó y sigue culpando de
falsedad, hipocresía y genocidio tanto medieval como
moderno. ¿Qué es lo que busca ocultar el Vaticano,
cuando es el único gobierno que permanece sobre la
tierra opuesto categóricamente a revelar los archivos
secretos que lo comprometieron en los genocidios del
S. XX?
¿Cuántos siglos tuvieron que demorar—se preguntan
muchos autores—para que el Vaticano terminase
liberando los archivos secretos de la Inquisición? Puede
hacerlo hoy porque ha logrado convencer a mucha
gente de que la culpable de los crímenes de entonces no
fue la Iglesia, sino la época (¡como si ésta se gestase
sola!). ¿Cuánto tiempo más deberá pasar—se preguntan
nuevamente los críticos—hasta que la Santa Sede libere
los documentos que posee de la Segunda Guerra
Mundial? ¿A qué se debe tanto afán por esconder tantos
hechos de la historia en los que estuvieron involucrados
los sumo pontífices? Se ha podido probar ya que los
pocos documentos que el Vaticano liberó sobre la
Segunda Guerra Mundial, han sido seleccionados o
colados en un intento de ocultar su papel
comprometedor en los eventos cuestionados (HP,
259,377).
Los archivos secretos del Vaticano son, al mismo
tiempo, un arma que le sirve al papado no sólo para
esconderse cuando le conviene, sino también para
infundir temor (Mega..., 10-11). Muchos, en efecto,
prefieren no meterse con el papado por temor a faltarle,
tal vez, un último elemento de la historia que pueda
estar escondido en esos archivos herméticos y que
contradiga algún punto que afirmen en sus
investigaciones científicas. Al mismo tiempo, prefieren
no verse confrontados con ese esfuerzo de
reivindicación católica. Otros, en cambio, captan las
ambiciones de supremacía de Roma y el engaño que
encierran, y se esfuerzan por demostrar con todos los
elementos disponibles por el hombre en la actualidad,
esa falsedad y distorsión de la historia que provienen
del Vaticano.
La liberación reciente de los archivos secretos de todos
los países involucrados en la Segunda Guerra Mundial
han venido a respaldar la labor tan esmerada y
científica que varios autores de diversas corrientes de
pensamiento, inclusive católicas, han reemprendido al
concluir el S. XX. Gracias a esa liberación de los
archivos secretos se ha suscitado un renovado interés en
sus estudios históricos. Para sorpresa de muchos, la
implicación del Vaticano con los gobiernos
dictatoriales de entonces, y su complicidad con el
genocidio nazi y clero-fascista, es contundente y va más
allá de lo que se había supuesto. Aunque el Vaticano
quiera continuar negándose a liberar sus archivos
secretos de la historia, no podrá negar nunca los
testimonios abrumadores que lo comprometen en los
grandes hechos políticos y criminales del S. XX. Ni
Hitler, ni tantos gobiernos fascistas, hubieran logrado
levantarse ni prevalecer en Alemania sin el apoyo
velado y abierto papal.
Es lamentable que todas las cortinas de humo que lanza
el Vaticano para cubrirse hoy de su complicidad con el
fascismo y el nazismo, encuentren a los protestantes sin
capacidad de reacción debido a que se vieron
arrastrados por la diplomacia católica a pactar también
con el nazismo. Al encontrarse luego de la guerra
igualmente manchados, los protestantes no sólo han
pedido perdón y han damnificado muchas víctimas,
sino que también han perdido el valor moral para
denunciar el papel protagónico que le cupo al papado
en ese genocidio. Lamentablemente, el protestantismo
de hoy no ha aprendido la lección, y está apoyando al
Vaticano nuevamente en sus esfuerzos por lograr tantos
concordatos como sean posibles en el mundo entero. Al
mismo tiempo se unen al papado en exigir que se
reconozcan las tradiciones cristianas medievales en la
constitución europea, y eventualmente en el resto del
mundo.
El problema de los protestantes modernos es que juzgan
al papado como se juzgan a sí mismos, esto es,
dispuestos a reconocer sus faltas y a enmendarlas para
que no vuelvan a repetirse. Pero no perciben que los
sentimientos en la cúpula de la Iglesia Católica son muy
diferentes. No prestan atención al verdadero problema
de fondo, que tiene que ver con la pretensión de
infalibilidad de parte del Magisterio de la Iglesia
romana, y su típica ―doble moral‖ en relación con sus
políticas religiosas y económicas internacionales. La
culpa del protestantismo moderno es doble. No sólo han
perdido la visión profética de la Biblia que nos advierte
sobre el papel final del anticristo romano, sino que se
han negado también a aprender de la historia misma.
Como resultado, volverán a caer en la trampa. Nadie
puede despreciar la historia sin terminar siendo
condenado, tarde o temprano, por ella misma.
Otra acusación seria que se ha hecho al Vaticano ha
tenido que ver con su ―involucramiento moral
selectivo‖ o parcialidad política comprometida, con una
doble moral que sigue conformando el sistema
operacional de la Santa Sede. El papa Pío XII guardó
silencio con respecto al genocidio nazi, lo que para
muchos fue un acto de cobardía. Los hechos, sin
embargo, prueban que hubo mucho más que cobardía.
Tuvo que ver con convicciones políticas sobre el
31
sistema de gobierno que apoyaba (dictatoriales fascistas
que reconocían la autoridad del papado), o rechazaba
(democracias occidentales que no le reconocían la
supremacía reclamada). También tuvo que ver con su
preocupación de no perder todo el enorme capital que
había invertido en el gobierno nazista alemán. Su deseo
de imponerse sobre el bloque oriental y lograr el
reconocimiento general de toda Europa es otro aspecto
indiscutible que pesó en las decisiones del papado.
Aún Juan Pablo II ha estado valiéndose de una doble
moral. Reclamó protección inmediata sobre los croatas
católicos de la venganza ortodoxa serbia en la guerra de
los Balcanes al finalizar el S. XX, mientras que Pío XII
había dado durante la guerra oídos sordos, como
veremos luego, a un mismo reclamo yugoeslavo por las
masacres croatas de los serbios. Juan Pablo II apoyó
igualmente a los anticomunistas polacos pero guardó
silencio sobre la ocupación indonesa de Timor Oriental
que tenía que ver con otro Holocausto (UT, 281). Esa
moral doble, sumada a su presunción de infalibilidad,
llevan a muchos a negar que el papado, a pesar de su
elasticidad mayor actual, haya realmente cambiado.
Si su apoyo velado o silencioso a Hitler tenía como
propósito evitar males peores, como se adujo después,
¿por qué atacó en forma tan resoluta y riesgosa al
comunismo, en forma frontal, antes, durante y después
de la guerra, sin importarle las consecuencias tan
dramáticas que podía eso producir en pérdidas humanas
para los mismos católicos? De los estudios históricos
resulta claro que participaba de las creencias
discriminatorias nazistas y fascistas, y soñaba con
poder lograr imponerse en el mundo a través de los
triunfos de tales gobiernos, conquistando incluso a
Rusia y al mundo oriental con el evangelio católico
romano.
Hay más acusaciones contra el Vaticano, por supuesto,
que refuerzan las ya expuestas de complicidad con el
nazismo y el fascismo del S. XX. Esto lo veremos
seguidamente en nuestro estudio del genocidio judío y
ortodoxo, así como en la protección fraudulenta de los
genocidas mismos después de la guerra. Anticipemos
algunas de esas acusaciones. Se inculpa al papado de
―crímenes contra la humanidad‖, ―obstrucción de la
justicia‖, complot homicida para derrocar gobiernos,
―complicidad de robo‖ (referente al oro quitado a las
víctimas) y lavado de dinero en el único banco del
mundo (el del Vaticano) que es inmune a toda auditoría
exterior. Su apoyo velado a Hitler hasta el último
momento tenía que ver también con el deseo de no
perder tanto dinero que había invertido el Vaticano en
los bancos alemanes. Nido de corrupción, ―línea de
ratas‖, en relación con su contrabando de criminales
nazis y ustashis, son otros de los tantos epítetos
empleados para describir esa ―obra gigantesca de
engaño‖.
Todas estas acusaciones, que con justicia el veredicto
de la historia había terminado haciendo caer sobre el
papado medieval, son las que el veredicto de la historia
moderna ha retomado al concluir el S. XX para volver a
inculpar la Santa Sede por sus implicaciones en los
genocidios perpetrados por los gobiernos nazis y
fascistas. El sistema papal vuelve a revelar lo que los
antiguos videntes de la Biblia profetizaron de él: ―un
rey altivo de rostro, maestro en intrigas...‖ Los profetas
y apóstoles del Señor destacan, además, ―su sagacidad‖
para hacer ―prosperar el engaño en su mano‖ (Dan
8:23,25), ―con todo engaño de iniquidad‖ (2 Tes 2:10).
―Colma de honores a quienes lo reconocen, y les da
dominio sobre muchos, repartiéndoles la tierra como
recompensa‖ (Dan 11:39). ¿Cómo es posible que, a
pesar de tantas pruebas incontrovertibles de la profecía
bíblica y confirmadas tan abundantemente por la
historia, siga el mundo y cada vez más, honrando una
institución tan llena de infamia? La única explicación
que encontramos es la que da la Biblia por anticipado.
Se trata del ―misterio de la iniquidad‖ (2 Tes 2:7).
VIII. El genocidio judío
Cuando el Vaticano firmó el Concordato con Hitler en
1933, éste ya había dado a conocer claramente su
intención de perseguir a los judíos. Según ya vimos,
Hitler mismo interpretó ese concordato como un
respaldo moral del Vaticano a su guerra contra el
judaísmo y el comunismo. Vinculó, como lo había
hecho primeramente el Vaticano, al judaísmo con el
comunismo y el liberalismo, y decidió deshacerse de
los judíos. En este respecto, como lo veremos luego, el
papa Pío XI y el papa Pío XII no sólo se lavaron las
manos abiertamente del genocidio nazi perpetrado
contra los judíos, sino que echaron la culpa a los judíos
mismos por la suerte que corrían. Pío XII compartía
con Hitler la convicción de que los judíos estaban
complotados con el comunismo y las democracias
socialistas.
1. Antecedentes históricos.
La animosidad de Hitler contra los judíos, sin embargo,
tiene raíces más antiguas que se remontan al mundo
romano pagano y cristiano, y se acrecientan durante
todo el período posterior de dominio romano-papal. El
genocidio papal medieval de los judíos, y el genocidio
moderno de Hitler de los judíos, a la verdad, pasan por
la misma vena. Así lo entendieron los políticos de los
diversos países, a medida que se enteraban de las
32
monstruosidades que Hitler llevaba a cabo en todos los
lugares que invadía. Todos vinculaban su genocidio con
los genocidios medievales. El hecho de que Hitler sumó
a todo ese trasfondo imperial y medieval heredado,
algún concepto nuevo basado en la teoría de la
evolución, no disminuye el hecho de que su inspiración
principal contra los judíos provino de la actitud romana
contra el judaísmo, y en especial del papado romano.
a) De la Roma pagana. Como bien lo destaca el museo
del Holocausto en Washington, el odio racial contra los
judíos y su religión proviene de muy antiguo. Los
paganos romanos los acusaban de supersticiosos,
especialmente por ciertas prácticas peculiares que
tenían como la circuncisión y el sábado. También
levantaban contra ellos falso testimonio como, por
ejemplo, el de pretender que adoraban a ―su dios cerdo‖
y se cortaban el prepucio para no ser expulsados de su
pueblo y poder observar el sábado (Persius: 34-62 DC;
Petronius: 66 DC). Otros presumían que no tomaban
parte en los deberes de la vida cada séptimo día, para
pasarlo en borracheras (Marcial: 46-119 DC; Juvenal:
125 DC).
El aliento de la mujer sabatista cuando ayunaba lo
ponía Marcial entre los olores más apestantes.
Demócrito escribió en el S. I DC, una obra sobre los
judíos en donde afirmaba que adoraban una cabeza
necia de oro, y que cada séptimo año capturaban a un
extranjero y lo sacrificaban, partiendo su carne en
pequeños pedazos. Pompeios Trogus hizo una historia
distorsionada de los judíos diciendo que sus antecesores
eran leprosos, y que Moisés consagró el sábado en
memoria del día en que habría terminado de ayunar por
siete días en el desierto de Arabia.
El emperador Vespasiano (69-79 DC) introdujo el
fiscus judaicus, un impuesto equivalente al que los
judíos habían tenido para el templo de Jerusalén, pero
que ahora debía servir para mantener el templo de
Jupiter Capitolinus. Domiciano (81-96 DC) y Adriano
(117-138) intensificaron ese impuesto discriminatorio
que no requerían a otros extranjeros. A esto se suman
los abundantes epítetos que usaban contra ellos como
―nación‖ o ―raza maldita‖ (From Sabbath to Sunday,
172-177).
b) De los apologistas y padres de la iglesia. Siendo que
los cristianos eran a menudo confundidos con los
judíos, especialmente por guardar el sábado, para el
segundo siglo cristiano comienzan a percibirse intentos
cristianos de diferenciación para congraciarse con el
imperio. En lugar de comer sus mejores comidas como
los judíos en sus sábados, comenzaron a ayunar en ese
día. Con el tiempo, el ayuno del sábado pasaría a ser
interpretado por los cristianos como un rito de
maldición contra el día que veneraban los que mataron
al Hijo de Dios. En lugar de festejar el ―día del Señor‖
en el día maldito de ayuno, se los vio festejando el día
del dios sol pagano (domingo), en honor al Sol de
Justicia, en referencia a Cristo.
En síntesis, podemos decir que la actitud de los
cristianos hacia los judíos a partir del segundo siglo
hasta el sexto, fue en general negativa. Siguieron
inculpando a los judíos de esos siglos por lo que los
judíos del primer siglo habían hecho con el Hijo de
Dios. La fuente de inspiración para condenarlos no fue
tanto el Nuevo Testamento, sino las declaraciones de
los profetas contra el antiguo pueblo de Israel en el
Antiguo Testamento.
Así, Bernabé y Justino consideraron que los judíos
fueron rechazados por Dios luego de haber adorado el
becerro de oro, pretendiendo probar con ello que su
condenación viene de muy atrás. Mientras que la
condenación cayó, según el Nuevo Testamento, sobre
ciertas facciones del judaísmo, los apologistas
consideraron que cayó sobre la raza judía como tal. En
lugar de llorar sobre Jerusalén por rechazar la
salvación, los ―padres de la iglesia‖ consideraron justo
el castigo, y declararon que el sábado y la circuncisión
(esto último en relación con la ley ceremonial), fueron
una marca de infamia que Dios les impuso para
afligirlos por su maldad (From Sabbath to Sunday, 181-
182, 224-225).
Algunos padres de la iglesia tuvieron declaraciones
categóricas de condenación y a veces insultantes contra
los judíos. Orígenes (248 DC), por ejemplo, creyó que
los judíos nunca serían restaurados a su condición
anterior por conspirar contra el Salvador de la raza
humana. Juan Crisóstomo declaró que ―la sinagoga es
un prostíbulo, un lugar de escondite para bestias
impuras... Nunca ningún judío oró a Dios... Están
poseídos por demonios‖ (HP, 24-25).
En el Primer Concilio de Nicea (325), el emperador
Constantino ordenó que la pascua judía no debía
competir con la pascua cristiana. ―Es impropio que en
los festivales más santos debamos seguir las costumbres
de los judíos; por consiguiente, no tengamos nada que
ver con ese pueblo odioso‖, fueron sus palabras. Con
esto se ve ya una identificación de los cristianos más
grande hacia Roma que hacia los judíos, de donde
provinieron. A esto siguieron varias medidas imperiales
como una prohibición para construir o adquirir nuevas
sinagogas, impuestos adicionales, y la ilegalidad de
matrimonios entre judíos y cristianos.
En reinos posteriores resurgió la persecución contra
ellos. Los ataques contra los judíos se volvieron
33
rutinarios durante el S. V, en especial durante la semana
santa, fecha que conmemoraba la ocasión en que los
judíos entregaron a muerte al Señor. Se los excluía de
los oficios públicos y se quemaban sus sinagogas (HP,
25).
c) De los papas durante la Edad Media. Durante siglos
los papas persiguieron a los judíos, aunque
ocasionalmente llamaron a cierto control. Pero nunca
condenaron su persecución ni tampoco exhortaron a un
cambio de corazón. Esto se debía a que creían que los
judíos debían sufrir su castigo por rechazar a Cristo,
hasta el fin del mundo. El papa Inocencio III, quien
llevó a la cima el imperialismo papal, consideró al
comenzar el S. XIII, que la petición judía de que la
sangre del Hijo de Dios cayese sobre sus cabezas y la
de sus hijos, les hacía llevar la culpa heredada sobre la
nación entera. El Cuarto Concilio Laterano que el
mismo Inocencio III dirigió en 1215, exigió que los
judíos llevasen gorros especiales para marcarlos.
Hagamos la acotación aquí que el hecho de que Dios
permitiese que los judíos fuesen perseguidos por el
endurecimiento de su corazón que se perpetuaba en los
hijos, no autorizaba a los cristianos a odiarlos, ni a
quitarles el verdadero espíritu cristiano que todo
prójimo se merece, según los evangelios. El Nuevo
Testamento no justifica a nadie que quiera dañarlos.
Simplemente revela la triste realidad de haber perdido
el círculo protector y de misericordia con el que Dios
envuelve a su pueblo. Por otro lado, un paralelismo
entre el verdadero remanente de la descendencia de la
mujer, símbolo de la Iglesia pura y verdadera (Apoc
12), con la persecución de los judíos, muestra que en
muchos respectos los judíos padecieron juntos y bajo
los mismos poderes romanos opresores en boga.
Nos ocuparía demasiado espacio el análisis de las
purgas antijudías que los inquisidores de la Iglesia
romana llevaron a cabo durante la mayor parte del
segundo milenio cristiano. Sencillamente los sometían a
todo tipo de torturas que aplicaron también a los
protestantes y todo grupo religioso no católico, antes de
matarlos. Será suficiente, para nuestro propósito,
mencionar algunas de las calumnias que levantaron
contra ellos y que, en varios respectos, resucitarían bajo
diversas formas para justificar el genocidio nazi.
También se haría resucitar en el S. XX varios de los
métodos medievales más horripilantes para
exterminarlos.
- Calumnias anti-judaicas. Los inquisidores acusaron a
los judíos de sacrificar niños en la pascua, algo que
pareció ser un eco de las antiguas acusaciones romano-
paganas. También de causar la peste negra (bubónica)
sobre las poblaciones católicas, mediante ritos mágicos,
lo que empujó a los católicos a destruir comunidades
judías enteras. Los acusaron de ser chupadores de
sangre, de robar hostias consagradas, el pan de la
comunión que había llegado a ser ―el cuerpo y la
sangre‖ de Cristo en la misa, con el propósito de
efectuar ritos abominables y asesinos.
Debido a la habilidad de los judíos para los negocios,
los acusaron también de ―usureros‖ y vividores a
expensas de las deudas de los cristianos. Este tipo de
acusación, insinuado de nuevo por los papas aún al
comienzo de la persecución de Hitler contra ellos, iba a
encender el fuego del más grande genocidio de la
historia efectuado contra ellos al concluir el segundo
milenio cristiano. Con acusaciones semejantes les
negaban a menudo igualdad social durante la Edad
Media, les prohibían poseer tierras, los excluían de los
oficios públicos y de la mayor parte del comercio.
Pocas alternativas les quedaban para prestar dinero bajo
un contexto tal.
Las cruzadas papales lanzadas para rescatar los santos
sepulcros de los musulmanes en el S. XIII, incluyó
como objetivo adicional también a los judíos, a quienes
fueron atormentando en el camino hacia la tierra santa,
así como en Palestina. Por doquiera se llevaron a cabo
conversiones forzadas, en especial de niños y jóvenes
judíos. Los franciscanos creyeron que los príncipes
tenían derecho a bautizar niños judíos como una
extensión de su señorío sobre sus esclavos,
considerados como tales por decreto divino. El papa
Pablo IV instituyó en el S. XVI el ghetto y la
obligación de vestir una insignia amarilla para ellos,
sentando un antecedente que iba a ser imitado después
por Hitler antes de exterminarlos.
Durante la última parte de la Edad Media,
especialmente en España y Latinoamérica, se les dio
plazos para irse. Debían elegir entre marcharse,
abandonando todos sus bienes, o ser exterminados. Para
justificar tales medidas, los prelados papales los
acusaron de complotarse primero con los musulmanes
en el sur de España, luego con los protestantes más al
norte, y aún con los piratas holandeses e ingleses en el
nuevo continente. Pretendieron que los judíos que
buscaban refugio en las ―Indias‖ (Latinoamérica),
instigaban a la población a sublevarse contra España.
Finalmente denunciaron una presunta participación
judía internacional de unirse a Holanda en una
conspiración para adueñarse de las colonias
hispanoamericanas. Todo esto justificaba su expulsión
y exterminación final, en el caso de rehusar el destierro.
Este último aspecto es importante mantener en mente,
porque los mismos pasos para expulsar los judíos y
finalmente exterminarlos, con acusaciones semejantes
de complotarse con el comunismo y el socialismo ateo
34
para destruir la civilización cristiana, iban a darse en
todos los lugares donde el nazismo y el fascismo,
conjuntamente con la Iglesia Católica, pusiesen su pie
en el S. XX. Mussolini, por ejemplo, luego de pactar
con Hitler, dio en octubre de 1938 un ultimátum de seis
meses a los judíos extranjeros para irse de Italia (HP,
203). Hitler hizo lo mismo con ellos en Alemania, pero
optó por la ―Solución Final‖ de exterminarlos en todos
los países que invadiese a partir de 1940.
d) Atenuación y liberación protestante. Con el
advenimiento de la reforma en el S. XVI, hubo una
reducción de juicios contra los presuntos ritos mágicos
que practicaban los judíos en contra de los cristianos,
debido en parte a la convicción de que esos ritos eran
practicados más bien por los brujos. Fuera del círculo
de Roma—en la protestante Holanda, en Inglaterra y
los EE.UU.—los judíos terminaron encontrando
libertad. Ya en el S. XVII transformaron a Amsterdan
en el ―primer centro del comercio mundial‖. Allí
crearon también el primer gran banco comercial de la
historia en 1609, el Banco de Amsterdan (Jubileo y
Globalización, 112).
e) De Roma durante el S. XIX. La persecución
católico-romana contra los judíos no se detuvo en
Roma ni aún en el S. XIX. El papa Pío Nono los liberó
en un primer momento del ghetto medieval, pero lo
restableció poco después cuando regresó del palacio de
Gaeta a donde había huido, a pesar de haber sido
rescatado gracias a un préstamo judío. Hasta que no se
estableció la nación-estado de Italia, ese ghetto judío de
Roma no terminó. Un ―área de ghetto‖ continuó de
judíos pobres, sin embargo, hasta la segunda guerra
mundial.
Durante el reino del papa León XIII—cuando Pacelli, el
futuro papa Pío XII que firmó el concordato con Hitler
y ejerció su mandato durante toda la segunda guerra
mundial, era un muchacho—el ataque a los judíos
volvió a arder y estallar en ocasiones en Roma. La
antipatía mayor que sentían contra ellos y de la que
participaba también Signore Marchi, el maestro de
Pacelli, era por la ―obstinación‖ de los judíos. Pacelli
mismo nació en una calle tradicional en la cual por
muchos siglos, los papas llevaban a cabo una ceremonia
antijudía mientras iban a la basílica de San Juan
Laterano, en la que condenaban el endurecimiento del
corazón de los judíos (HP, 27).
En 1858 Pío Nono raptó a Edgardo Mortara, un niño
judío de seis años, y nunca lo devolvió a sus padres,
con el pretexto de haber sido bautizado in extremis por
una niña sirvienta. Gustaba jugar con él escondiéndolo
bajo su sotana para preguntar luego: ―¿Dónde está el
niño?‖ El mundo se sintió ultrajado por el escándalo. Se
escribieron no menos de veinte editoriales en el New
York Times. El emperador Franco José de Austria y
Napoleón II de Francia rogaron al papa devolver el niño
a sus padres legítimos. Pero todo fue en vano. Cuando
los padres legítimos reclamaban a Edgardo, el papa les
decía que no se los devolvería a menos que se
convirtiesen al catolicismo romano. La obstinación de
los padres judíos era un justificativo para que el papa
no se los devolviese. La culpa de su sufrimiento estaba
en ellos por no convertirse a la revelación cristiana, tal
como la entendía el papado romano. Cuando Edgardo
se hizo grande, el papa lo internó en un monasterio y
eventualmente lo ordenó como sacerdote.
El endurecimiento judío y su ceguera se resaltaban
también en la liturgia del Misal Romano del Viernes
Bueno, cuando el que la celebraba oraba por los
―pérfidos judíos‖ y pedía que ―nuestro Dios y Señor
quite el velo de sus corazones, y puedan también
conocer a nuestro Señor Jesucristo‖. Tanto el que
oficiaba como el pueblo se negaban a arrodillarse
durante esa oración, en desprecio a los judíos. Ese ritual
fue abolido por el papa Juan XXIII en la segunda parte
del S. XX.
Todo este pensamiento antijudío era el que
predominaba durante el S. XIX en todo el ámbito
católico romano, en los seminarios teológicos y en los
círculos intelectuales de las universidades católicas.
Durante el reinado de León XIII volvieron a aparecer,
por ejemplo, las viejas difamaciones de sangre contra
los judíos. En una serie de artículos publicados entre
Febrero de 1881 y Diciembre de 1882 en la revista
Civiltá Cattolica, insistieron los prelados romanos otra
vez en la falsa acusación del sacrificio pascual de niños
cristianos por judíos, cuya sangre era efectiva sólo
cuando los sacrificaban bajo tormento.
Nuevamente en 1890, cuando Hitler era aún niño,
Civiltá Cattolica inició una serie de artículos que fue
publicada en 1891 en un panfleto titulado Della
questione ebraica in Europa. En esos escritos acusaron
a los judíos de haber instigado la Revolución Francesa
para obtener igualdad cívica y posiciones claves en la
mayoría de las economías de estado, con el propósito
de controlar esos estados y establecer sus ―campañas
virulentas contra el cristianismo‖. Ellos eran los
causantes del liberalismo democrático que había traído
tanto mal a la Iglesia romana y a la sociedad en general.
Los judíos eran ―la raza que produce náuseas‖, ―un
pueblo ocioso que ni trabaja ni produce nada, que vive
del sudor de los demás‖. El panfleto terminaba
llamando a abolir la ―igualdad civil‖ y a la segregación
de los judíos del resto de la población.
35
Otro caso notable fue el que incrementó el antagonismo
especial creado entre el gobierno francés y el clero
romano durante León XIII, por favorecer estos últimos
un sistema monarcal. Para esa época, Dreyfus, un
oficial judío del ejército, fue condenado a trabajos
forzados por presuntamente vender secretos nacionales.
Los obispos estaban dispuestos a creer esa calumnia por
sus prejuicios antisocialistas y publicaron toda suerte de
calumnias contra los judíos.
En este contexto, un clérigo católico, Abbé Cros,
declaró que Dreyfus debía ser ―pisoteado día y noche...
y rompérsele la nariz‖. La revista jesuítica mensual,
Civilta Cattolica, volvió a la carga contra los judíos,
diciendo que ―los judíos fueron creados por Dios para
actuar como traidores dondequiera estuviesen‖. Francia
debía lamentar, continuaba el artículo, el Acto de 1791
por el que otorgaba la nacionalidad a los judíos, ya que
en Alemania estaban juntando fondos para poder apelar
a favor de Dreyfus. El 20 de junio de 1899 Dreyfus fue
exonerado, y el clero católico volvió a ser atacado en
base a ese hecho por los socialistas (HP, 45).
2. Complicidad Vaticana en el genocidio nazista de
los judíos.
Todas estas calumnias y acusaciones de la Iglesia
Católica durante la Edad Media y aún en el S. XIX y
comienzos del XX, que no se encuentran ni
remotamente en los evangelios, culminaron con la
represión y genocidio nazis de las tercera y cuarta
décadas del S. XX. De hecho, formaron la base de las
acusaciones políticas y económicas de Hitler contra los
judíos. Mientras que en lo económico los acusó de
usureros y explotadores, en lo político los inculpó por
la revolución bolchevique comunista en Rusia, y por
buscar introducir esa revolución en Alemania y en el
resto del mundo.
Las encíclicas papales que antes y durante la década de
1930, atacaron la usura y la concentración de la riqueza
en manos de poca gente, avivaron más la chispa que
Hitler había vuelto a encender en su ataque a los judíos.
Hitler agregó otro ingrediente, sin embargo, que tomó
de la doctrina de la evolución. Los judíos, concluyó,
poseían un gene inferior y, por consiguiente, debían ser
eliminados para que la humanidad pudiese continuar
evolucionando mediante la súper raza.
El obispo austríaco Johannes Liner de Linz, escribió el
21 de enero de 1933, una carta pastoral antisemita que
refleja el pensamiento muy extendido del clero romano
para ese entonces. Según él, los judíos miserables
―ejercen una influencia completamente dañina sobre
casi todas las áreas de la vida cultural moderna.
Infiltran y destruyen de muchas maneras la industria y
el comercio, las empresas y las finanzas, la ley y la
medicina, las agitaciones sociales y políticas, mediante
los principios materialistas y liberales que se originan
en el judaísmo‖. También acusó a los judíos de
alimentar los temas de la prensa y el cine con
tendencias frívolas y cínicas que envenenan el alma del
cristiano. ―El judaísmo degenerado, en liga con la
masonería internacional, es también el primer portador
de ese becerro de oro capitalista‖ responsable del
socialismo y del comunismo, ―el mensajero y el
promotor del bolchevismo‖.18
a. Inicio de las hostilidades. Aunque Hitler ya había
estado manifestando verbalmente su odio contra los
judíos, el ataque contra ellos comenzó en marzo de
1933, cuando 30 camisas marrones cayeron
repentinamente en los hogares judíos de dos pequeñas
ciudades al suroeste de Alemania, arreando a sus
ocupantes hasta el municipio, para luego golpearlos. El
1 de abril comenzaba el boicot nazi a los negocios
judíos por todo el país, así como su exclusión de todo
oficio público, incluyendo la enseñanza en las
universidades. Ninguna protesta hubo de los católicos
de Alemania ni de Roma, a pesar de que la medida
afectaba también a los judíos que se habían convertido
al cristianismo, y algunos de éstos solicitaron la
intervención católica en su favor al mismo papa. Por el
contrario, arguyeron los cardenales que ―los judíos se
ayuden a sí mismos‖ (Cardenal Faulhaber de Múnich).
Había cosas ―de mucha más grande importancia‖,
declaró también el Cardenal Bertram en Berlín, como
por ejemplo ―las escuelas y el mantenimiento de las
asociaciones católicas...‖ (HP, 140).
El 25 de abril Hitler dio un paso más al hacer pasar su
Ley Contra la Atestación de las Escuelas y
Universidades Germanas, con el propósito de reducir el
número de alumnos judíos permitidos en esas
instituciones. Esto se dio al mismo tiempo que Pacelli
estaba negociando con él los beneficios educacionales
que Alemania debía dar a los católicos, logrando su
apoyo para la expansión de las escuelas católicas de
parte del estado (artículo 23 del concordato [HP, 153]).
¿Quién podía negar el trueque, esto es, una complicidad
entre el catolicismo romano y el nazismo alemán, con
el propósito de favorecer la enseñanza católica a
expensas de una minoría judía?
También comenzó en ese 25 de abril otra prueba de
complicidad católico-nazi con respecto a la segregación
judía. Miles de sacerdotes por toda Alemania formaron
parte del complot antisemítico al requerir testimonios
de pureza de sangre (sin contaminación judía),
18
Greg Whitlock, ¿Qué es el Clero-Fascismo? (citar en el
idioma original).
36
mediante actas matrimoniales y registros de bautismo.
Esto era un requisito para poder ser admitidos en las
universidades y ejercer la profesión, en especial de
abogacía y medicina. La cooperación de la Iglesia en
este respecto iba a continuar durante toda la guerra,
cuando el precio de ser judío iba a implicar más que
perder el trabajo. Iba a significar también la deportación
y la exterminación en los campos de muerte (HP, 154).
b. ¿Intercesión católica? Para Agosto de 1933, la
jerarquía alemana sintió la necesidad de pedirle a
Pacelli, para entonces Secretario de Estado del
Vaticano, que ratifique el concordato con Hitler pero
que interceda al mismo tiempo en favor de los judíos
convertidos al catolicismo. Esto hizo el Vaticano sin
éxito, ratificando aún así el concordato (HP, 160-161).
El cardenal Faulhaber de Múnich, por cuenta propia,
preparó para el año siguiente cinco sermones
defendiendo el Antiguo Testamento que los nazis
estaban condenando por ser un testamento judío. ―No
somos salvos por la sangre alemana‖, concluyó, sino
―por la sangre preciosa de nuestro Señor crucificado‖.
No obstante, en esos sermones Faulhaber no defendía a
todos los judíos, sino sólo a los que habían aceptado el
cristianismo. El mismo aclaró que su única intención
era defender el Antiguo Testamento, no tomar una
posición con respecto al problema judío del momento
(HP, 162).
El 15 de septiembre de 1935, Hitler decretó las Leyes
de Núremberg, que definían la ciudadanía germana
como paso previo a la exclusión judía en base al
parentesco y el matrimonio (HP, 179-180). Tampoco
reaccionó la Iglesia Católica ante esas leyes
discriminatorias. La actitud de muchos en el
catolicismo con respecto a la situación judía suscitada
por Hitler, se ve reflejada en el primado de Polonia,
Cardenal Hlond, quien en 1936 declaró que ―el
problema judío va a durar tanto tiempo como existan
los judíos‖. Los obispos católicos eslovacos, bajo el
dictador Tiso quien era al mismo tiempo sacerdote
católico, emitieron una carta pastoral en donde repetían
las acusaciones tradicionales contra los judíos de ser
deicistas.
Al comenzar el año 1937, Pío XI emitió dos encíclicas,
Mit Brennender Sorge (Con Profunda Ansiedad), y
cinco días más tarde, Divini redemptoris. Mientras que
en la primera lamenta el sufrimiento de la Iglesia en
Alemania y condena veladamente la discriminación
racial, en la segunda se dedica a atacar simplemente el
comunismo. Debe admitirse, sin embargo, que en
ninguna de las dos encíclicas el papa condena
expresamente el antisemitismo nazi. Hitler se indignó,
de todas maneras, y Pacelli optó por una política de
apaciguamiento que dejase conforme a las dos partes.
El 25 de mayo de 1938, un año antes de ser nombrado
papa, Pacelli fue a Budapest para asistir a un congreso
eucarístico internacional. Acababa de ser nombrado
primer ministro de Rumania un fanático antisemita que
insistía en que todo aquel que no pudiese probar que
sus antepasados habían nacido en Rumania, eran judíos.
El parlamento húngaro estaba discutiendo para
entonces una propuesta ley antijudía, y el regente de
Hungría se sentía cometido a transformar su país en un
satélite de Alemania. Ninguna palabra salió de Pacelli
para atenuar esos sentimientos.
c. La encíclica perdida. Para el verano de ese mismo
año (1938), el papa Pío XI encomendó a los jesuitas
preparar una encíclica contra el racismo y
antisemitismo nazi. Pero estaba en su lecho de muerte y
esa encíclica nunca fue publicada. El nuevo papa la
guardó en los archivos secretos del Vaticano, y en su
lugar publicó otra en 1950 con un título semejante,
Humani generis, que revela otro propósito. El borrador
de la encíclica de Pío XI que no fue publicada revela, a
pesar de las buenas intenciones, el pensamiento
tradicional católico antijudaico. Arguye que son los
judíos los responsables de su propia suerte.
―Cegados por sus sueños de ganancia mundana y éxito
material‖, declara el borrador de esa encíclica, los
judíos terminaron mereciendo la ―ruina mundanal y
espiritual‖ que cayó sobre ellos. Y advierte los peligros
a los que se exponen los judíos mientras mantengan su
incredulidad y enemistad contra el cristianismo. De allí
que la Iglesia Católica está obligada ―a advertir y
apoyar a los que son amenazados por los movimientos
revolucionarios [comunistas y socialistas ateos], a los
que se han unido esos desafortunados y desviados
judíos para romper el orden social‖. ―La Iglesia se
interesa únicamente en mantener su legado de la
Verdad... Los problemas puramente mundanales en los
que los judíos puedan verse involucrados no le
interesan‖. Aunque por ―principios cristianos y
humanidad‖ pueda defender a los judíos, eso lo sería
sin involucrarse en compromisos inaceptables con ellos,
como el de trabar la lucha de las naciones cristianas de
Europa que combaten el comunismo bolchevique.
Esta era la creencia que Pacelli compartía ya con los
nazis por los años 20. Los judíos habían sido los
instigadores de la revolución comunista bolchevique,
según Pacelli, y buscaban hacer lo mismo en Alemania
(HP, 75,78). Aún así, al abrir esa encíclica la puerta a
cierto grado de misericordia para con los judíos, podía
herir al führer, y era mejor guardarla, aprovechando
que el viejo papa que debía emitirla acababa de morir.
37
No fue sino hasta que Juan XXIII apareció en escena y
revertió la política rígida de Pío XII que se supo de esa
carta.
d. La “solución final”: 1941-1945. Siete meses antes
de comenzar la guerra (el 3 de Enero de 1939), Hitler
declaró: ―Si el judaísmo internacional triunfase en
Europa o en cualquiera otra parte, precipitando a las
naciones a una guerra mundial, no se tendrá como
resultado la bolchevización de Europa ni una victoria
del judaísmo, sino el exterminio de la raza judía‖.
Dicho y hecho, un mes después de atacar a Rusia el 22
de junio de 1941, ordenó a Reinhard Heydrich hacer
todo lo necesario para preparar ―una solución
completa‖ del asunto judío. Esa ―solución final‖ se
desarrolló durante los primeros tres años de la guerra,
coincidentes con los primeros tres años de pontificado
de Pío XII.
¿Cuál fue la solución? El exterminio de más de once
millones de judíos (de los cuales logró matar sólo seis
millones y medio). ¿De dónde pudo provenir semejante
brutalidad y salvajismo? De la antipatía acumulada
contra el judaísmo por dos milenios de influencia
romana y católico-romana. ¿Podía el papado condenar a
Hitler, después de haberle dejado como herencia, un
legado criminal y genocida de tal magnitud? El anti-
judaísmo, así como muchas de las doctrinas católicas,
no proviene de la Biblia, sino de un sincretismo
pagano-cristiano. Por más que un sincretismo tal se lo
quiera pintar hoy de regios colores en otros temas,
continuará escondiendo el mismo espíritu genocida.
Para que reaparezca, bastará con otorgarle otra vez el
respaldo civil del que dispuso durante todo el Medioevo
para imponer sus dogmas.
Para septiembre de 1939, Hitler decretó que todos los
judíos germanos debían llevar la Estrella Amarilla que
ya era obligatoria en Polonia. ¿Quién puede negar que
la fuente de su inspiración para esa orden haya sido una
orden equivalente del papa Pablo IV en el S. XVI,
según ya vimos, quien obligó a los judíos a vestirse con
una insignia amarilla? Los obispos católicos de
Alemania reclamaron, sin éxito, que esa medida fuese
quitada, no por supuesto de todos los judíos, sino de los
judíos católicos.
Las primeras deportaciones masivas de judíos hacia el
Este tuvieron lugar en octubre de ese año. En ese
mismo mes de 1941, los alemanes decidieron usar gas
venenoso para exterminarlos en los campos de
concentración. Se nombró como comandante del campo
de extermino en Treblinka (Polonia), a Franz Stangl,
donde 900.000 víctimas, mayoritariamente judías,
fueron desnudadas para morir en las duchas de gas (UT,
26). Walter Rauff, por otro lado, quien ya había
presenciado una ejecución masiva de judíos en Minsk,
fue encargado de inspeccionar el desarrollo del
programa de vanes móviles con gas. El plan consistía
en conectar los tubos de escape de los motores diesel a
cabinas herméticas para que el humo terminase
asfixiando a los judíos mientras los llevaban
directamente para enterrarlos. Por fallas técnicas,
muchos murieron no por el gas del motor, sino
simplemente asfixiados por falta de aire. Una vez que
se perfeccionó el sistema, 100.000 murieron por efecto
del gas en esas vanes (UT, 33). [Ambos, Stangl y Rauff,
escaparon a Sudamérica, con documentación falsa
gracias a los auspicios del Vaticano, una vez que
terminó la guerra].
Goebbels declaró en noviembre que ―ninguna
compasión y de hecho ninguna disculpa se dio sobre la
suerte de los judíos... Todo judío es nuestro enemigo‖.
El 20 de enero de 1942, quince oficiales de alto rango
estuvieron reunidos para escuchar la solución de
Heydrich cuyo borrador había sido preparado por
Eichmann. Mientras se preparaba la solución final, los
judíos debían trabajar separados por sexo, en grandes
columnas en la preparación de caminos, lo que iba a
permitir que muchos fuesen diezmados ya en forma
natural. Eichmann dio estadísticas de once millones de
judíos que esperaban exterminar, incluyendo muchos
que vivían en los países que faltaba conquistar todavía.
Eichmann—quien después de la guerra encontraría
refugio en el Vaticano, de donde recibiría también
documentos falsificados para escapar a Argentina—
sería el encargado de dirigir la operación desde Berlín.
El 9 de febrero de 1942, Hitler propagó un mensaje
salvaje diciendo que ―los judíos serán liquidados por a
lo menos mil años‖. Esa noticia se publicó en todo el
mundo, inclusive en Roma. El 18 de Marzo de 1942, el
Vaticano recibió un memorándum con la noticia de las
atrocidades antisemíticas que se daban en todos los
países de mayoría católica. Las presiones comenzaron
para entonces a multiplicarse en torno al papado, de los
representantes de los países Aliados en el Vaticano,
para que se uniese en la condenación universal de esa
política genocida nazi.
Aún los protestantes en los países aliados veían la
necesidad de una definición del papa Pío XII, para que
tanto judíos como cristianos en los países ocupados por
el Tercer Reich, creyesen y estuviesen así, advertidos.
Siendo que casi todos los países en donde se practicaba
el genocidio eran católicos, o estaban bajo un
gobernante católico, era necesario que la voz moral
máxima del catolicismo se expresase. Pero para
sorpresa de todos, el mundo entero condenaba
abiertamente esa política genocida nazi, menos el
papado.
38
Al concluir el mes de junio de 1942, todo el mundo
sabía que un millón de judíos ya había sido
exterminado, y que para ello usaban gas venenoso.
También era voz pópuli que los nazis se proponían
―borrar la raza [judía] del continente europeo‖. Pero en
lugar de acceder a pronunciarse, apoyando los
pronunciamientos que ya habían hecho los Aliados, Pío
XII rogaba que no se bombardease Roma, para que no
se dañasen los santos lugares.
Las deportaciones judías a los campos de concentración
y muerte comenzaron en marzo de 1942 y continuaron
hasta 1944. En Francia y Holanda se iniciaron a
mediados de junio de 1942. Los obispos católicos y
protestantes se unieron allí para amenazar al régimen
nazi de difundir una protesta cristiana por toda Europa.
En respuesta, los nazis eximieron a los judíos cristianos
que se habían convertido antes de 1941, a condición de
que las iglesias guardasen silencio. Siendo que algún
que otro obispo aislado no aceptó el negocio, los nazis
deportaron a todo judío católico que encontraron en su
zona de influencia.
Llama la atención también, que Pío XII respondiese al
reclamo de los obispos de Holanda para que
interviniese, argumentando que su posición era neutral,
y que la neutralidad no es lo mismo que ―la indiferencia
y apatía en donde las consideraciones morales y
humanas exigen franqueza‖. ¿Quiere decir que el
genocidio de millones no está involucrado en ninguna
expresión franca de consideración moral y humana? Lo
que el resto del mundo no podía entender ni puede
entender aún hoy, porque quiere imaginar al papa al
menos como alguien que pretende representar a Dios y
a su Hijo, es que esta indiferencia papal estaba
enmarcada en una concepción histórica que
reivindicaba los genocidios del Medioevo que sus
antecesores habían llevado a cabo. Por consiguiente, la
muerte de miles o millones no ligados a la Santa Madre
Iglesia no contaba ni cuenta aún tanto para los papas,
como el avance y supremacía de la iglesia bajo el
presunto primado de Pedro. El cardenal Eugene
Tisserant escribió ya en 1940 al cardenal Emmanuel
Suhard de París: ―Temo que la historia reprochará a la
Santa Sede por haber practicado una política de
conveniencia propia y poco más‖ (HP, 262).
En febrero de 1943 se dio otra protesta, esta vez en
Berlín, de las mujeres casadas con los judíos que habían
logrado sobrevivir en trabajos menores. Cientos de
mujeres se juntaron fuera de la cárcel gritando, más que
cantando, ―devuélvannos nuestros maridos‖. La
manifestación pública continuó por una semana, día y
noche. Fueron amenazadas repetidas veces por la
policía con balearlas, pero se rejuntaban y avanzaban en
falange, haciendo frente al ejército. Bajo esa presión, la
Gestapo decidió liberar los 2.000 judíos que quedaban
allí. Esa fue la única demostración gentil para liberar
judíos en toda la guerra, y tuvo éxito (HP, 196). [Una
réplica se dio con las madres de mayo, en Argentina,
durante la guerra sucia efectuada bajo otro gobierno
dictatorial y militarizado, en la década de los 70].
e. Antisemitismo Vaticano en medio del genocidio
judío. Sorprende que en plena guerra mundial, y en el
corazón mismo del Vaticano, la Iglesia romana haya
continuado ofreciendo testimonios tan flagrantes de
antisemitismo. El principal teólogo dominico y
neotomista, Garrigou-Lagrange, era consejero teológico
de Pacelli y al mismo tiempo entusiasta admirador de
Pétain, el líder fascista y católico francés. También era
muy amigo del embajador ante la Santa Sede del
gobierno central francés (que operaba en la sección no
ocupada de Francia llamada Vichy). Ese diplomático
francés envió un mensaje a su gobierno en Vichy,
diciendo que la Santa Sede no objetaba la legislación
antijudía francesa, y fundamentó su informe con notas
de Tomás de Aquino que habían sido juntadas por los
neotomistas de Roma. Debemos recordar que, durante
la Edad Media, el teólogo por excelencia de la Iglesia
Católica, Tomás de Aquino, sirvió de fundamentación
teológica a la Inquisición, para justificar la
exterminación no sólo de los judíos, sino también de los
cátaros, valdenses, protestantes y musulmanes.
Pétain fue confrontado finalmente por el nuncio
francés, quien a su vez informó a Pío XII sobre las
deportaciones judías que se llevaban a cabo allí. Pero ni
Pétain ni Pío XII le hicieron caso. En su lugar, el papa
―alabó calurosamente la obra del Marshal [Pétain] y
manifestó un interés entusiasta en las acciones
gubernamentales que son una señal del renovamiento
afortunado de la vida religiosa en Francia‖. ¡Qué
oportunidad extraordinaria se le estaba ofreciendo a la
Iglesia Católica, marcada sin duda por la Providencia
(perdón por la ironía), para recuperar a esa nación del
socialismo ateo que le había dado su golpe de gracia en
la Revolución Francesa!
También en Croacia se había levantado un gobierno
fascista conducido por Ante Pavelic, que decidió no
sólo exterminar a los judíos, sino también a más de dos
millones de ortodoxos. Por ser católico y obligar a
poblaciones enteras a elegir entre renunciar a su fe y
convertirse al catolicismo romano o morir baleado,
degollado o enterrado vivo después de cavar sus
propias fosas comunes, no podía el papado condenarlo.
La iglesia madre lo contemplaba con indulgencia y
hasta ponderaba su entrega a la misión de la Iglesia. En
vano se le presentaron al papa testimonios de las
masacres que allí se llevaban a cabo, y en vano se
39
intentó hacerlo definirse con respecto a esos crímenes.
[Después de la guerra, Pavelic encontraría refugio en el
Vaticano, donde también se le darían documentos
falsificados para escapar a Argentina. El general
Domingo Perón lo nombraría consejero personal de su
gobierno].
Llama la atención, en este contexto, que las peores
masacres judías se llevasen a cabo en países con
dictadores católicos o de población mayoritaria católica
como Francia, Rumania, Polonia, Eslovaquia y Croacia,
amén de las ejecuciones efectuadas en Alemania con la
mitad de la población católica después de la anexión de
Austria y otras regiones de raza germana. En
Eslovaquia, por ejemplo, subió al poder un dictador
católico y sacerdote llamado Josef Tiso. El fue el único
a quien el papa aconsejó moderación en su campaña
antisemítica, no un abandono total de su actitud.
Por tales razones, en Gran Bretaña y en otros lugares, el
papa Pío XII se volvió para esa época muy impopular.
La mayoría creía que el Vaticano se negaba a
pronunciarse contra el genocidio judío porque apostaba
a que Los Ejes (la alianza alemana, italiana y japonesa
más los otros países satélites de Europa central), iban a
ganar la guerra. Creyendo que se trataba simplemente
de un acto de cobardía, el presidente Roosevelt de los
EE.UU., decidió entonces enviar a Myron Taylor el 17
de Septiembre de 1942, para asegurarle a Pío XII que
América estaba en lo correcto, y que debido a eso y a
―que tenemos total confianza en nuestra fuerza, estamos
determinados a seguir adelante hasta obtener una
victoria completa‖ (HP, 289). Pero el intento de hacerlo
definirse con respecto al genocidio judío volvió a
fracasar.
El embajador inglés en el Vaticano concluyó entonces
que ―una política de silencio con respecto a las ofensas
contra la consciencia del mundo debe involucrar
necesariamente una renuncia al liderazgo moral y a una
atrofia consecuente de la influencia y autoridad del
Vaticano...‖, ya que únicamente expresándose en tal
contexto es que se puede ofrecer una contribución ―al
restablecimiento de la paz mundial‖. Ese estigma de
pecado sobre el papa Pío XII y su reino en el Vaticano,
definido por muchos como de ―omisión‖, se ve
patéticamente reflejado en un film francés titulado
―Amén‖.
Llegó la Navidad de 1942. ¿Qué homilía o mensaje
daría el papa al mundo? Declaró que los males que han
venido al mundo en las últimas décadas tenían que ver
con una subordinación de todos al propósito del lucro.
Pero no se definió con respecto al totalitarismo y la
democracia, la democracia social y el comunismo, el
capitalismo y el capitalismo social. En cambio insistió
en la vieja premisa de los papas medievales que había
sido reafirmada por sus antecesores del S. XIX y
comienzos del XX. Lo que al mundo le faltaba era el
ordenamiento pacífico de la sociedad por su afiliación y
lealtad a la Santa Madre Iglesia, esto es, al primado de
Pedro. El ordenamiento social, según ya vimos, tiene
que ver con la visión piramidal del papado, en donde el
alma juzga al cuerpo, y no viceversa.
Después de tantas presiones internacionales, finalmente
se expresó en un lenguaje ambiguo, como se ha
demostrado, si se tiene en cuenta la dimensión tan
dramática de los eventos. ―La humanidad debe este
voto a los cientos de miles que, sin ninguna falta
propia, a veces únicamente debido a su nacionalidad o
raza, son marcados para muerte o extinción gradual‖.
¿Quiénes eran esos ―inocentes‖ que morían? Según el
pensamiento imperante que ya vimos en el Vaticano,
los judíos morían por su propia culpa. ¿Se trataría,
entonces, de las masacres llevadas a cabo por el
comunismo en tantos lugares de la tierra?
Como era de esperarse, en el contexto internacional en
que se vivía, Pío XII no satisfizo a nadie con ese
discurso. Todos esperaban una definición, y no sus
típicas generalidades. El mismo Mussolini se burló de
la homilía papal, diciendo que ―el Vicario de Dios,
quien es el representante en la tierra del Gobernante del
Universo, nunca va a hablar; va a permanecer siempre
en las nubes. Este es un discurso de tópicos que pueden
ser mejor dados por un sacerdote párroco de Predappio‖
(la aldea atrasada donde nació Mussolini).
Mientras los alemanes cometían las peores atrocidades
contra los comunistas civiles de Eslovenia, el obispo
Gregorio Rozman daba un apoyo entusiasta a los nazis,
con numerosos llamados a ―pelear del lado de
Alemania‖. El 30 de Noviembre de 1943, escribió una
carta pastoral exhortando a sus fieles a pelear por
Alemania, destacando que ―mediante esta valiente pelea
y obra industriosa para Dios, para el pueblo y la patria,
aseguraremos bajo el liderazgo de Alemania nuestra
existencia y un mejor futuro, en la pelea contra la
conspiración judía‖. Este mismo obispo se hizo cargo,
durante la guerra, del partido clerical esloveno.
f. Negativa del mundo en recibir inmigración judía.
En abril de 1943 se dio una conferencia de oficiales
ingleses y norteamericanos que decidieron que nada
podía hacerse sobre el Holocausto, y que era ilegal todo
plan de rescate masivo (UT, 13). Ambos países se
alarmaban con la idea de que Hitler pudiese detener las
cámaras de gas para deportar los judíos hacia sus países
respectivos, en cantidades tan alarmantes. Ni Inglaterra,
ni los EE.UU., querían recibir repentinamente millones
40
de inmigrantes para los cuales no tendrían trabajo
inmediato.
En Norteamérica, los judíos quisieron abogar en favor
de sus hermanos de raza europeos. Pero también se
manifestaron los sentimientos en contra de otros
sectores tradicionalmente racistas, inclusive de los
sindicatos. Cada país insinuaba que se los enviase a
otro país: a los EE.UU., a Canadá, al África, a
Australia. Pero la respuesta era por todos lados la
misma. No estaban en condiciones de recibir tal
avalancha de gente en sus países. Uno queda
impresionado al ver en el museo del Holocausto en
Washington, los diferentes videos tomados de la época,
de los testimonios públicos de los diferentes líderes
políticos de EE.UU. y de Inglaterra que daban las
razones por las cuales no los podían recibir. Muchos
judíos no están dispuestos a disculpar tampoco a los
países Aliados por esa actitud, ni en el día de hoy.
Porque muchos de esos países fueron, además, los
mismos que dieron después albergue a los miles de
criminales nazis que escapaban de la justicia
internacional.
g. La ocupación nazi de Roma. Roma fue
bombardeada a mediados de Julio de 1943, a pesar de
los intentos del papa por evitarlo. El Gran Concilio
Fascista se reunió una semana más tarde y destituyó a
Mussolini. En su lugar puso como rey a Vittorio
Emanuele III. Hitler decidió entonces invadir Italia, y
ocupó Roma el 11 de septiembre de ese año, rescatando
a Mussolini y restableciéndolo al norte de Italia. Siete
mil judíos vivían entonces en Roma, como
sobrevivientes de la larga persecución que habían
tenido por más de dos mil años. No sabían que la suerte
estaba sellada sobre ellos, y que iban a sufrir la
deportación y muerte como los demás judíos de los
otros países que habían caído bajo la ocupación nazi.
Los alemanes exigieron a los judíos cincuenta kilos de
oro que debían pagar en 36 hs. Los judíos, a su vez,
solicitaron ayuda al papa quien autorizó un préstamo,
aclarando enfáticamente que era un préstamo y no una
donación. Los judíos no aceptaron y lograron juntar
suficiente dinero como para comprar por sí mismos el
oro requerido. No les dieron ningún recibo, ya que no
correspondía dar recibos a los enemigos. El oro fue
enviado a Berlín en donde permaneció intacto hasta la
conclusión de la guerra. Adolf Eichmann se hizo cargo
de deportarlos sin importarle el pago efectuado por
ellos.
Nuevamente comenzaron las presiones para que el papa
se expresase a favor de los judíos de Roma. Hasta los
mismos alemanes esperaban que lo hiciera, y se
sorprendían porque no protestaba. Los italianos estaban
ayudando a todo judío que podían para escapar, y los
alemanes temían una reacción popular. Fueron ellos los
que demoraron la deportación, advirtiendo por su
cuenta a Berlín de una posible amenaza de denuncia de
parte del papa, algo que de ninguna manera esperaba
hacer Pío XII. Cuando el tren que deportaba a los judíos
comenzó su marcha el 19 de noviembre, el papa
manifestó su temor de una reacción judía
mancomunada con los partidarios del comunismo, y
pidió a los alemanes que reforzaran la guardia. Pío XII
se preocupaba más por lo que los comunistas italianos
podían hacer que por la vida de tantos judíos que eran
llevados a los campos de exterminio.
Cincuenta días después que partió el tren, más de 1000
de esos judíos morían en las cámaras de gas de
Auschwitz y Birkenau, y 149 hombres y 47 mujeres
eran sometidos a tareas de esclavitud. Sólo quince de
ellos sobrevivieron. Posteriormente otros 1084 judíos
fueron arrestados y enviados a Auschwitz donde, con
excepción de pocos, corrieron la misma suerte. Otros
judíos lograron escapar escondiéndose en el Vaticano,
cuyo territorio gozaba de inmunidad extraterritorial.
Para ello contaron con la ayuda de la población en
conjunto con algunos clérigos. El papado no se opuso a
una ayuda humanitaria conducida en forma personal, y
en ocasiones dio cierto apoyo a ese tipo de actividades
en otros lugares.
Hitler quiso apresar al papa en su momento y llevarlo a
Alemania, pero los alemanes apostados en Italia le
advirtieron que la población era católica, y la reacción
popular era impredecible. Lo que ni Hitler ni sus
generales en Italia sabían era que la herida mortal del
papado había iniciado su proceso de curación, y que
nada iba a impedir su lenta pero segura recuperación
hasta que consumase su obra profetizada en el
Apocalipsis, y fuese destruida para siempre. ―Porque
Dios ha puesto en sus corazones ejecutar lo que él
quiso, ponerse de acuerdo y dar a la bestia el poder de
reinar, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Y la
mujer que viste es aquella gran ciudad que impera sobre
los reyes [gobernantes] de la tierra‖ (Apoc 17:15-18).
h. Después de la guerra. Cuando se anunció la muerte
de Adolf Hitler, Adolf Bertram, cardenal arzobispo de
Berlín, ordenó que todos los curas párrocos
―participasen de un solemne requiem en memoria del
führer y de todos los miembros del Wehrmacht que
habían caído en la lucha por nuestra patria alemana,
junto con las más sinceras oraciones por el pueblo y la
Patria y el futuro de la Iglesia Católica en Alemania‖.
No fue sino hasta el 3 de Agosto de 1946, bastante
después que había terminado la guerra, que Pío XII se
expresó en forma definida, diciendo que condenaba el
41
recurso a la fuerza y a la violencia, ―como condenamos
en varias ocasiones las persecuciones que un
antisemitismo fanático infligió al pueblo Hebreo‖. A la
luz de todo lo visto, este testimonio posterior lo revela
como falso e hipócrita.
Por su parte, la única mujer sobreviviente de ese primer
tren fatídico de Roma declaró a la BBC de Londres en
1995: ―Volví [a Roma] de Auschwitz por mi cuenta.
Perdí a mi madre, mis dos hermanas, una sobrina y un
hermano. Pío XII podía habernos advertido acerca de lo
que estaba pasando. Hubiéramos podido escapar de
Roma... El jugaba bien en las manos de los alemanes.
Todo ocurrió bajo sus narices. Pero era un papa
antisemítico, un papa progermano. No arriesgó nada. Y
cuando dicen que el papa es como Jesucristo, no es
verdad. No salvó a ningún niño. Nada‖.
Cuando Pacelli visitó Argentina, en calidad de
Secretario de Estado del Vaticano, el presidente y
general Agustín Pedro Justo Roca, salió a su encuentro
en el barco militar 25 de Mayo para saludar a Pacelli
con las siguientes palabras: ―Vuestra Eminencia, lo
saludo en la persona de un legado papal como al más
grande soberano del mundo, ante cuya autoridad
espiritual todos los otros soberanos se postran en
veneración‖. Al regresar, Pacelli visitó Río de Janeiro,
y desde entonces comenzó a pararse ante las multitudes
con los brazos extendidos en una imitación exacta de la
posición que vio en la estatua del Cristo Redentor. Esa
postura continuó usándola ante las masas durante todo
su pontificado. Al ser poco después elegido papa, y en
armonía con sus convicciones de pasar a ser el Vicario
del Hijo de Dios, se atribuyó el título de ―Pastor
angelicus‖. Pero, ¿qué es lo que dijo Jesús del
verdadero pastor? Arriesga todo por salvar hasta la
oveja más descarriada (Luc 15:4-5). Incluso, ―da su
vida por sus ovejas‖ (Juan 10:11).
En el año santo de jubileo católico de 1950, el 24 de
Junio, Pío XII canonizó a María Goretti, una mujer que
estuvo dispuesta a dar su vida antes que condescender a
ser víctima del sexo. El papa preguntó a la multitud que
se juntó para la ceremonia: ―Quieren tomarla como
ejemplo?‖ Era ya tiempo de paz, y se sentía libre de
aconsejar el martirio para los que eran provocados
sexualmente, antes de ceder en su moralidad. ¿Por qué
no hizo lo mismo durante la guerra, donde aconsejó
―neutralidad‖ y ―silencio‖ ante el genocidio nazi de
millones de inocentes, con el presunto propósito de
evitar represalias para los católicos?
Mientras que el Vaticano siguió apoyando a gobiernos
fascistas católicos en el Asia y en América Latina
después de la guerra, siguió soñando con el
derrocamiento del comunismo en los países del Este.
Para ello trató de organizar a los criminales nazis y
fascistas que habían sobrevivido, de los países católicos
en donde habían actuado, para infiltrarlos en forma
organizada en los gobiernos comunistas que habían
ocupado su lugar, con el propósito de derrocarlos. Con
tal propósito, puso todo su peso político en rescatar y
esconder a los principales genocidas de la guerra que
habían sido leales a la Iglesia Católica, para que
pudiesen escapar al juicio que les esperaba. Al mismo
tiempo, logró camuflar con nombres y documentación
falsa a 30.000 criminales de guerra para que se fugasen,
en su mayor parte a Argentina, aunque también
lograron ir a Australia, Canadá, EE.UU., Inglaterra y
otros países de Latinoamérica.
Indudablemente, un cuerpo tan leal a la Iglesia, aunque
criminal, debía ser mantenido para frenar el comunismo
en otros lugares, y conformar centros de apoyo a su
política expansionista en Europa y el resto del mundo.
Lo que no hizo en favor de los judíos apresados y
deportados para su exterminio durante la guerra, trató
de hacerlo en favor de los fascistas y militantes nazis y
ustashis una vez que cayeron bajo la condenación
mundial. Hay más, sin embargo, para decir con respecto
al papel cómplice e inmoral del Vaticano y la Iglesia
Católica en materia de genocidios en otros países de
Europa durante la guerra, antes de ocuparnos del papel
post-guerra del papado y de sus políticas de gobierno
actuales.
i. Estadísticas del genocidio ejecutado por los nazis.
En casi igual proporción al genocidio nazi de los judíos,
murieron como ―enemigos del estado‖ alemán los
gitanos, los discapacitados, los criminales y renegados
sociales, los enfermos mentales, homosexuales,
Testigos de Jehová, y criminales políticos como los
comunistas y socialistas. Los gitanos terminaron siendo
considerados como no asimilables socialmente, y
entraron dentro de la solución final de exterminio de los
judíos. Entre 200.000 y 500.000 gitanos murieron,
según las estimaciones propuestas. Algunos creen que
decidieron exterminarlos, además, por razones
equivalentes a las que llevaron a los nazis a querer
destruir finalmente a todos los polacos, esto es, por no
pertenecer a una raza pura.
Mientras que los judíos llevaron la peor parte, con un
saldo de alrededor de seis millones y medio de
víctimas, todos los otros grupos juntos que fueron
muertos llegaron a ser unos cinco millones y medio,
totalizando doce millones de personas masacradas en
los actos de barbarie más grande conocidos en la
historia de la humanidad. A esto se suman los millones
que murieron de europeos, civiles y soldados, durante
la guerra y por efecto mismo de la guerra.
42
j. Posición actual del Vaticano. El Concilio Vaticano II
(1962-1965), reconsideró la acusación histórica hecha
en contra de los judíos como asesinos de Cristo,
declarando que esa acusación no puede caer
indiscriminadamente sobre todos los judíos, ni sobre los
judíos de hoy. Así terminaron rechazando en ese
concilio, el antisemitismo y toda otra acción genocida
de la humanidad. Pero los católicos tradicionalistas no
están de acuerdo con esa decisión liberal de ese
concilio, convocada por el papa Juan XXIII, quien
cambió aún la política intransigente del Vaticano para
con los países comunistas y entabló relaciones
diplomáticas con ellos.
Al terminar el S. XX, Juan Pablo II pretendió ―purificar
la historia‖ criminal de la Iglesia Católica en relación
no sólo con el Holocausto del S. XX, sino también y
mayormente con la obra de la Inquisición durante toda
la Edad Media. Quería cerrar la historia del milenio y
del siglo para festejar su año santo de jubileo. Juan
Pablo II lamentó lo sucedido y rechazó nuevamente la
mala interpretación que muchos hicieron durante la
historia del cristianismo sobre lo que el Nuevo
Testamento dijo de los judíos. Pero negó
categóricamente que la Iglesia Católica hubiese estado
involucrada en esa mala interpretación, en la típica
actitud apologista que busca, contra toda evidencia,
mantener la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia.
Los que erraron fueron, en sus palabras, los hijos de la
Iglesia a quienes la Santa Madre Iglesia Católica
Romana perdona también, por haber obrado con los
mejores intereses para expandir su reino. Claro está,
lamenta sus excesos aunque, termina arguyendo el
papa, no se los puede condenar tampoco porque el
juicio le corresponde a Dios (cf. A. R. Treiyer, Jubilee
and Globalization, 127-129).
El 12 de marzo de 1998, Juan Pablo II escribió una
carta pública al Cardenal Edward Idris Cassidy,
presidente de la Comisión para las Relaciones
Religiosas con los Judíos, con un documento que tituló:
―Recordamos: Una reflexión sobre la Shoah‖. Así
como culpó a la mentalidad de la época medieval por
los crímenes de la Inquisición (impersonalizando las
masacres católicas medievales), así también culpó la
mentalidad de las fuerzas destructoras de la época que
produjeron el Holocausto en el S. XX. Sus
condolencias se dieron por ―la mentalidad prevaleciente
a lo largo de los siglos‖ por los ―sentimientos anti-
judaicos en algunos rincones cristianos‖, pero
rechazando nuevamente que la Iglesia Católica hubiese
justificado esa actitud malinterpretando el Nuevo
Testamento. Siendo que el énfasis de la carta fue puesto
sobre el genocidio judío de la Segunda Guerra Mundial,
la reacción negativa judía no se dejó esperar, ya que no
pidió perdón, ni reconoció la implicación de la Iglesia
Católica en el genocidio. Su carta fue ―recordamos‖, no
―pedimos perdón‖.
Durante el mes de septiembre y octubre, el órgano
informativo del Vaticano por internet, Zenit, así como
L’Osservatore Romano, estuvieron tratando de
defenderse del libro de John Cornwell, Hitler’s Pope.
The Secret History of Pius XII (1999). Para ello trataron
por todos los medios desprestigiar esa obra, pero sin
ofrecer argumentos sustanciales en su contra.
Malinterpretando el propósito del periodista católico
(Cornwell), la Santa Sede declaró que esa obra buscaba
difamar la institución papal. ¿Por qué? Porque
demostraba cuán lejos estaba el papa Pío XII de la
infalibilidad que reclama el papado hasta el día de hoy.
Buscando salvar sus apariencias, la Iglesia sacrifica la
honestidad de uno de sus hijos. Es más, el mismo papa
Juan Pablo II, con el apoyo cardenalicio del Vaticano,
terminó canonizando a Pío XII. [Mientras discutían los
cardenales sobre su canonización, uno de ellos
intervino argumentando que era ridículo discutir en la
tierra si canonizarlo o no, cuando Pacelli debía estar ya
en la misma gloria disfrutando de la compañía de los
benditos. Ese argumento fue decisivo en el voto que lo
hizo santo].
En la actualidad, la Santa Sede busca ignorar los
crímenes que la comprometen y resaltar todo acto
positivo que puedan encontrar del catolicismo durante
la Segunda Guerra Mundial, en su típico esquema
compensatorio que piensa que con buenas obras se
pueden purgar las malas obras, y sin reconocer su
propia falta como institución papal en esas malas obras.
Es tal vez para evitar confrontaciones con esa clase de
vindicación del Vaticano que el museo del Holocausto
en Washington DC no vincule al papado con los
crímenes nazis y clero-fascistas, sino errónea e
injustamente con las víctimas.
Esta actitud papal de intentar limpiarse del veredicto de
la historia pidiendo perdón por los hijos de la Iglesia y
lamentando la mentalidad de la época, es otro
testimonio claro de falacia y doble moral del Vaticano,
que mantiene a las puertas mismas del S. XXI. Durante
la Edad Media eran los papas quienes determinaban lo
que los sacerdotes inquisidores debían hacer. Estos, a
su vez, luego de torturar sus víctimas horriblemente, los
entregaban al brazo secular para que los ejecutasen,
procurando de esa manera lavarse las manos y terminar
negando participación en el genocidio. Hoy, ya
entrando en el tercer milenio cristiano, vuelve el papado
a hacer lo mismo, negando todo cargo y echando la
culpa a las ideologías seculares y cristianas
descarriadas, a la mentalidad de la época, o a cualquier
cosa que pueda levantar como cortina de humo para
43
esconder su complicidad y responsabilidad en el
crimen.
Siempre dentro del mismo contexto de descaro y
falsedad, está el reclamo que el papado hace hoy a los
poderes seculares de reconocimiento, como forjadora
de los derechos humanos de los que gozan hoy los
países democráticos occidentales. Esos derechos
humanos fueron logrados por el protestantismo y el
secularismo, anteponiéndolos a los abusos tan
despiadados que caracterizaron a las monarquías
europeas en comunión con el papado romano, durante
toda la Edad Media. En otras palabras, lo que la Santa
Sede está haciendo ahora es pretender y sin vergüenza
alguna, que las libertades que hoy se gozan provinieron
del cristianismo medieval y papal. Esto es lo que hace
al requerir a la comunidad europea no olvidar las
tradiciones cristianas que la forjaron, a la hora de
establecer los principios fundamentales de la
Constitución Europea. Esa tradición tiene que ver con
la Iglesia de Roma involucrada en los gobiernos
europeos en una relación de alma y cuerpo. ¿Cuántos
papas medievales, aún los del S. XIX y la primera
mitad del XX que ya vimos, negaron y condenaron esos
derechos humanos que garantizan la libertad en las
constituciones modernas?
Asimismo pretende el papado, y sin inhibición alguna,
negar su participación velada y abierta—con su típica
doble moral—en los genocidios del S. XX de judíos,
ortodoxos, y socialistas de izquierda. De esta manera, la
Santa Sede pretende ser reconocida también como
gestora y partícipe de la liberación que los Aliados
mayormente protestantes trajeron a Europa en la
Segunda Guerra Mundial. Mientras que el papado
mismo inspiró los gobiernos fascistas mediante sus
encíclicas de comienzos del S. XX, los apoyó e hizo
concordatos con ellos, pretende hoy desprenderse de
sus crímenes en los que participaron los prelados
papales en forma abierta y violenta. ¿Cómo? De la
misma manera en que lo hizo luego de la Edad Media,
al echarle la culpa a los poderes civiles a quienes no les
daba otra chance que obedecer sus mandatos
presuntamente divinos.
Los sueños papales de expandir su poder e influencia,
así como su predominio político-religioso final sobre
toda la tierra, permanecen intactos, junto con la
presunción de poseer la infalibilidad. ¡Bendita farsa y
santa mentira del Vaticano! ¡Maldita ingenuidad y
profana ceguera de quienes están dispuestos a creerla!
Conclusión.
En todo esto debemos aclarar lo que dijimos al
principio. Muchos católicos hicieron lo que pudieron, a
título personal, por salvar a tantos judíos como les fuese
posible, y arriesgaron su vida en la empresa. Todos esos
ejemplos nobles individuales, inspirados sin duda por
Dios, más algunos testimonios aislados del papado de
apoyo a esos actos humanitarios, los usa hoy el
Vaticano como cortina de humo para cubrir su
complicidad con el nazismo y la exterminación de los
judíos, comunistas y ortodoxos que se llevaron a cabo
en los países católicos fascistas. El Vaticano da
publicidad, por ejemplo, al hecho de que la mayoría de
los que rescataron a los judíos fueron católicos, pero no
aclara que ese genocidio se efectuó en países
mayormente católicos o dominados por católicos.
¿Había de extrañarnos, en ese contexto, que Dios
hubiese tocado a cierto número de personas sinceras
dentro de la gente que había allí, para hacer una obra
humanitaria que debiera haber sido la tarea de la
mayoría y todos los católicos?
Lo que el Vaticano no dice en toda esa cobertura
política, es que inmensamente mayor fue también la
proporción de religiosos católicos que participaron en la
difusión de las ideas nazis y en el exterminio de
pueblos enteros que no querían convertirse a la fe
católica. También buscan ocultar el hecho de que todos
esos criminales no recibieron durante la guerra la
condenación de la Iglesia, sino por el contrario, su
aprobación y estímulo en la catolización de los países a
los que representaban y ocupaban. Y lo que es peor,
según veremos más en detalle luego, recurrieron al
fraude y al lavado de dinero para lograr sus objetivos,
usufructuaron el oro quitado a las víctimas judías por
los nazis, fraguaron documentos y dieron protección
diplomática vaticana para lograr la fuga de todos esos
criminales buscados por la justicia.
Tampoco dicen los que defienden al papado durante la
guerra, que tanto en la época de la Reforma en los S.
XVI y XVII, como en las décadas de los 30 y 40 del S.
XX, los judíos buscaban refugio del genocidio nazi en
los países protestantes, especialmente en los EE.UU.
Los libertadores no fueron católicos, sino mayormente
protestantes. Aunque esos países protestantes
libertadores se opusieron en su momento, a la
perspectiva de una inmigración repentina y masiva de
millones de judíos a sus países, no debe pasarse por alto
que los perseguidos por el nazismo no recurrían a los
países católicos en busca de protección. En cambio los
criminales nazis y fascistas, aún los peores y que habían
llevado la mayor parte de la responsabilidad en el
genocidio nazi, sabían después de la guerra que el único
camino de la liberación pasaba por Roma, lugar
ineludible para poder evadir la justicia. ¿Dónde está la
―Línea de Ratas‖, término empleado para describir la
fuga vía Vaticano de los criminales de guerra católicos,
organizada por el papado para lograr el escape de los
44
judíos a otros países? El caso aislado de unos pocos
judíos de Roma que lograron refugiarse en el Vaticano
con la ayuda de los italianos y el apoyo de algunos
clérigos, no tiene parangón alguno con esa Ratline
creada después para salvar sus verdugos.
El Vaticano se expresó claramente contra el exterminio
nazista de los discapacitados, a pesar de oponerse con
ello a las políticas nazistas de Alemania. Y en ese
respecto tuvo ciertos logros. ¿Por qué no hizo lo mismo
para oponerse al exterminio de los judíos? Si pretendía
evitar males peores (represalias contra los católicos),
como adujo después, ¿por qué condenó el comunismo y
exigió la oposición determinada de los católicos en los
países que ocupaban los rusos, a costo de tantas vidas
católicas? ¿No convenía también, en esos casos,
guardar silencio con respecto a los gobiernos
comunistas, y mantenerse por encima de toda entidad
política, esto es, sin intervenir? Esa moral selectiva e
interesada del papado es la que condenan los
historiadores modernos, tan ajena a la moral de los
evangelios que presume representar.
Mientras que las iglesias protestantes pidieron perdón
después de la guerra, y trataron de indemnizar a los
judíos que sobrevivieron, un problema mayor se levanta
cuando se trata de la Iglesia Católica. Los protestantes
no se creen ni nunca se creyeron infalibles. Por
consiguiente no hacen ningún esfuerzo por justificarse.
El Vaticano, en cambio, mantiene su pretensión de
infalibilidad y terminó llevando al podio de la santidad
al papa de Hitler. Eso significa que los católicos y el
mundo en general, deben mirar a ese papa y a lo que
hizo, según la Iglesia Católica, como ejemplo de
cristianismo y de santidad.
La doble moral tantas veces representada en el
papado—según la conveniencia del momento—más su
presunción de infalibilidad, hacen de sus proclamas de
buena voluntad y libertad una farsa. ¿Quién puede
asegurar que no volverá a hacer lo mismo, si las
condiciones vuelven a presentársele para cumplir con
su papel añorado por siglos, de ser el primado de toda
la tierra? Si la Iglesia Católica nunca erró ni puede
errar, esto es, el Magistrado de la Iglesia Romana,
¿quién puede garantizar que no volverá a recurrir otra
vez al uso del poder civil o militar para que se ejecuten
sus dogmas y juicios políticos, pretendiendo que como
ella no los ejecuta, no es la agencia criminal misma?
¿Podemos realmente creer que va a mantener todas sus
proclamas actuales en favor de los derechos humanos,
cuando esas dos caras se ven en las encíclicas y
discursos que el papa de turno continua emitiendo?
Nadie puede creer honestamente en las ―buenas
intenciones‖ y ―perdones‖ papales pedidos por lo que
hicieron otros, mientras continúe pretendiendo
infalibilidad, un título que sólo le corresponde a Dios.
Corresponde ahora considerar el papel más directo que
ejerció el papado romano en los genocidios efectuados
por los gobiernos clero-fascistas, y en donde el clero
que los llevó a cabo tuvo el pleno respaldo del papa Pío
XII.
IX. Los genocidios clero-fascistas
El nazismo de Alemania mantuvo cierta independencia
política del clero católico. Por tal razón, algunos
consideran el nazismo alemán como ejemplo de un
gobierno puramente fascista. No obstante, según ya
vimos, el Concordato que firmó el Vaticano con Hitler
tuvo como propósito transformar toda Alemania en un
estado clero-fascista. En el sentido más estricto, sus 33
artículos principales fueron ―ordenanzas clero-
fascistas‖. Mediante concordatos con los gobiernos
autoritarios y dictatoriales, el Vaticano esperaba
terminar fundiendo la sociedad con la Iglesia Católica,
al imponer la enseñanza de la religión en todas las
instituciones educativas del estado y lograr solventarlas
con fondos del estado, así como al clero y a otras
instituciones de la Iglesia.
―¿Queremos contribuir con los valiosos y constructivos
bloques católicos para construir la nueva sociedad‖ de
Alemania?, se preguntaba el obispo Kaller en el año del
concordato. “Recurramos a la encíclica Quadragesimo
Anno de Pío XI‖.19
Pero aunque los nazis favorecieron
el sistema de educación católica y subvencionaron el
obispado alemán, no se ajustaron en todo lo que
respecta al ejercicio de la autoridad, a los principios de
la Ley Canónica que el papado quería implementar en
cada gobierno europeo. Por el contrario, quisieron ser
ellos los protagonistas de la nueva realidad.
Si a pesar de esa diferenciación entre el fascismo
―puro‖ de los nazis, el Vaticano no puede librarse aún
hoy de haber sido cómplice en los genocidios
perpetrados por los nazis contra los judíos, menos aún
puede librarse de su complicidad con los genocidios
clero-fascistas en los que participó activamente el clero
romano. Tanto el clero como las autoridades civiles
perpetraron las peores masacres en esos estados, sin
recibir la condenación del Vaticano. Antes bien,
contaron con el apoyo abierto y entusiasta hasta del
mismo papa Pío XII.
19
Greg Whitlock, ¿Qué es el Clero-Fascismo? (citar en
inglés de internet).
45
1. El clero-fascismo de Austria.
Distinto a la Alemania nazi fue el caso de Austria,
donde por primera vez se usó el término clero-fascismo
para referirse al gobierno de Kurt von Schuschnigg
(1932-1934). Su gobierno se sometió definidamente a
los principios políticos que proponía la encíclica papal
Quadragesimo Anno (1931). Primeramente el canciller
Engelbert Dollfuss usó el término clero-fascismo para
definir su papel como canciller de Austria.
Seguidamente el dictador Schuschnigg usaría el
término para precisar la implementación de los
principios políticos-sociales-económicos de la encíclica
papal que tendría el nuevo gobierno, y terminar así con
el sistema parlamentario democrático que se volvía
inservible para Austria—según los términos usados—
―en su hora de necesidad‖.
a. Uso del término. El término clero-fascismo no fue
usado, pues, peyorativamente ya que, para entonces,
muchos miraban un sistema de gobierno tal como
salvador frente a la anarquía que, según se argüía,
creaban los partidos de izquierda. La prensa austríaca y
los discursos populares lo usaron durante todo 1930,
para describir el movimiento político austríaco que
intentaba combinar esa encíclica papal con el principio
de gobierno autoritario del dictador de la hora.
Posteriormente, el obispo Alois Hudal recurrió a ese
término para referirse tanto al fenómeno austríaco,
como a su propia misión en el Vaticano. En realidad,
Hudal citó a Mussolini, quien había descrito al gobierno
austríaco en 1930 como ―el sistema clerical Dollfuss‖.
También usó el término clero-fascismo una revista
comunista en 1949, para identificar la posición política
pro-nazi que había tenido el primado de Austria,
Teodoro Innitzer.
¿Qué haría Schuschnigg para gobernar Austria bajo un
sistema clero-fascista? Cambiar la constitución de tal
manera que se ajustase a la encíclica del papa Pío XI.
De esta forma, y a diferencia de otros estados en donde
los mismos dictadores serían clérigos, el sistema de
gobierno austríaco fue clero-fascista por constitución.
El prelado y dictador Ignaz Seipel dedicó los últimos
años de su vida a implementar esa reforma
constitucional en armonía con la encíclica papal. Así, el
1 de mayo de 1934, Austria se transformaba en un
estado ―corporativo‖ que operaría bajo un liderazgo
autoritario y fiel a la Iglesia Católica. Según lo había
expresado Pío XI en el Osservatore Romano (31 de
junio, 1931), su encíclica era ―un signo de atención
bienintencionada para el comercio de Italia y las
entidades corporativas‖.
b. Relación con el capital. El clericalismo mantiene, en
un estado clero-fascista, una relación de mala fe con el
capital, inspirado en las encíclicas papales Rerum
Novarum y Quadragesimo Anno. Predica contra el
materialismo de la sociedad capitalista pero busca
involucrarse en la economía. El problema, según este
concepto, no pasa tanto por la propiedad y la
producción, sino por la distribución de las riquezas. De
acuerdo a las encíclicas papales de entonces y de hoy,
el mejor sistema social es el que permite que los ricos
mantengan a los pobres en un acto de solidaridad
social, y en el que, por consiguiente, el pueblo dependa
de la obra social de la Iglesia para sobrevivir. Los
problemas que tuvo la Iglesia con Hitler en Alemania y
posteriormente con Perón en Argentina, se dieron más
bien con los beneficios políticos de tal sistema.
Mientras que la Iglesia quería ser ella la que figurase
como benefactora, los dictadores y demagogos no
querían que ésta les hiciese sombra, sino obtener sus
propios dividendos populares.
Para encubrir su mala fe contra el capitalismo, el clero-
fascismo recurre al antisemitismo por su tendencia a no
entrar dentro del sistema redistributivo del capital, ni a
reconocer la supremacía de la Iglesia en tal sistema de
gobierno. Según esta perspectiva, son los judíos los
responsables de haber estropeado el capitalismo al
introducir un materialismo satánico en la sociedad civil.
Los judíos vuelven a desempeñar así, el mismo papel
diabólico que, según presumen los clérigos, cumplieron
en el Nuevo Testamento. De allí en más, todo lo que
implicase una revolución social de corte materialista,
terminaría vinculándose con el judaísmo. Y siendo que
el enemigo mayor que tenían por delante era el
comunismo, cualquier cosa que no entrase dentro del
esquema propuesto pasaba a ser enemigo e iba a
terminar cayendo dentro de la misma mirada
condenatoria. Así, el trabajador bolchevique terminaría
no siendo otra cosa que un judío internacional.
¿Qué otros enemigos más aparecerían en sistemas
cerrados como lo pasaron a ser los gobiernos clero-
fascistas? La intolerancia político-religiosa no iba a
caer sólo sobre los judíos y los comunistas. Siendo que
gobiernos tales se ligan a la Iglesia Católica, todos los
extranjeros sufren también, en especial los cristianos y
religiosos no católicos, porque pasan a ser considerados
en un rango inferior. En efecto, los extranjeros y no
católicos no tienen derecho de apelación en las tres
clases que caracterizan una sociedad tal: la nobleza, el
clero y los ciudadanos. Ese esquema estructural social
sigue el esquema jerárquico católico: El papa y el
Magisterio, el clero y los laicos. Y como la solución
fascista busca soluciones sociales rápidas, se recurre a
la exclusión, expulsión y aniquilación en lugar del
diálogo y el acuerdo.
46
c. Relación con los trabajadores. Tanto el clero como
el estado en un sistema clero-fascista, pretenden
promover la causa del ―trabajador‖, pero terminan
subordinando siempre los intereses de la clase
trabajadora al capital. Cuando Schuschnigg reprimió
violentamente la insurrección de los trabajadores de
oficina en 1934, el cardenal Innitzer defendió la
masacre, a pesar de haber pretendido vincularse a sí
mismo con los pobres. De allí que se involucre tanto al
Estado como a la Iglesia en la gran cantidad de
crímenes de guerra que engendran sistemas de gobierno
tales. Bajo este contexto, uno se pregunta sobre la
verdadera naturaleza que esconde la continua
predicación papal, ya comenzado el S. XXI, ―en favor
de los pobres‖.
¿Puede considerarse el clero-fascismo como una
versión más santa y atractiva del nazismo, por el hecho
de someterse al Vaticano en su forma de gobierno? La
historia prueba que no. Por el contrario, ese sistema
engendró a menudo crímenes peores que los efectuados
por los nazis. Schuschnigg mantuvo un campo de
concentración para sus adversarios en Wullersdorf. Los
campos de concentración de la vecina Croacia, en
especial el de Jasenovac, fueron comandados por
sacerdotes que perpetraron tales crímenes que
horrorizaron por su barbarie aún a los mismos nazis
alemanes. También Italia, España y Ucrania nombraron
a un gran número de sacerdotes para que fuesen,
realmente, verdaderos criminales de guerra, con pleno
respaldo del Vaticano.
2. Otros estados clero-fascistas.
Siendo que la implementación del término se dio
mayormente para referirse al fenómeno austríaco, se lo
usó a menudo en alemán, sin traducirlo. Pero el
Klerofaschismus no se limita a Austria. Es cierto que
comprende la política social eclesiástica austríaca de
Ignaz Seipel, Engelbert Dollfuss, Kurt von
Schuschnigg, Alois C. Hudal y muchos otros. Pero
incluye también la política clerical-fascista de los
Ustashi en Croacia, con Ante Pavelic como dictador;
del falangismo español bajo Francisco Franco; de las
políticas estatales de la iglesia fascista italiana de
Benito Mussolini; del justicialismo de Juan Domingo
Perón en Argentina, así como de otros más. Perón llegó
a decir también, poco después de concluida la Segunda
Guerra Mundial, en su último discurso político antes de
las elecciones, ―mi política social está inspirada en las
encíclicas‖.
El 28 de agosto de 1940, el premier Volpetch Tuka de
Eslovaquia se refirió también al clero-fascismo como al
―futuro sistema gubernamental de Eslovaquia‖, que
implicaría ―una combinación de nazismo alemán y
catolicismo romano‖. Consistiría, como en los demás
casos, en un pacto entre dos sistemas autócratas, el del
papado y el del dictador que gobierna el país. En el
arreglo social resultante, toda orden provendría de
arriba hacia abajo, y toda responsabilidad de abajo
hacia arriba. La encíclica papal debía jugar el mismo
papel que los decretos dictatoriales. De allí que, más
estrictamente hablando, los gobiernos clero-fascistas
adoptaron la Ley Canónica de 1917, preparada por el
papado como una especie de constitución de su
gobierno.
La prensa católica en Eslovaquia, antes de la guerra,
apoyaba la agenda clero-fascista también, así como al
―Eje‖ (gobiernos nazis y fascistas de Europa central), y
la limpieza étnica. Cuando se estableció el estado títere
de Eslovaquia, la Lista Katolicki lo alabó en los
siguientes términos: ―En un estado moderno, que pone
los intereses del pueblo sobre toda otra consideración,
la iglesia y el estado deben cooperar para evitar
conflictos y malentendimientos... Los puntos de vista
del Dr. Tuka se cumplen en la formación de una
Eslovaquia del pueblo, con la aprobación del presidente
de la república, monseñor Dr. Josip Tiso... La Iglesia no
será perseguida‖, sino ―los que se oponen al Socialismo
Nacional‖ (Enero, 1940).
Siendo que el enemigo común de todos estos estados
era el comunismo, los gobiernos clero-fascistas
sintieron que debían coaligarse para defenderse
mutuamente, y asumir un papel ofensivo en la
recuperación de los valores ―cristianos‖. Compartiendo
la visión del papado de afirmar la presencia católica en
el centro de Europa formaron, además, una
Confederación Católica en ambas márgenes del río
Danubio (Croacia, Austria, Eslovaquia y Alemania). A
esa confederación se la llamó en diferentes momentos
―El Eje‖, la ―Confederación del Danubio‖, ―Triple
Alianza‖, ―Sacro Imperio Romano Reconstruido‖,
―Confederación Intermarium‖, ―Imperio Hamburgo
Reconstituido‖ o, más enigmáticamente, ―la cuestión de
Europa Central‖.
Aun después de la guerra, el Vaticano intentó reactivar
esa confederación rescatando y reclutando a los
criminales de guerra de todos esos países, con el
propósito de infiltrar el mundo comunista y
desestabilizarlo, recuperándolo para la fe católica. El
propio general católico De Gaulle tuvo en Francia, para
esa época, un sueño equivalente, que consistía en
formar un pacto con todas las naciones centrales de
Europa para salvarlas del comunismo, y volverlas a la
comunión con el papado romano.
47
a) El culto al dictador.
Un solo líder infalible y un solo dictador que actuasen
en armonía bastaban para conformar un estado clero-
fascista, y combatir a un enemigo común. Así, no sólo
Austria, Croacia y Eslovaquia fueron estados clero-
fascistas, sino también España, Portugal, Vichi
(gobierno central de Francia durante la guerra: 1940-
1944), e Italia, antes y/o durante y después de la
Segunda Guerra Mundial. Según el obispo Hudal, Pío
XI se había inspirado en el clero-fascismo turco de
Kamal Ataturk, cuya estatua está casi omnipresente en
todas las ciudades principales de Turquía hasta el día de
hoy.
Llama la atención el hecho de que los sistemas
dictatoriales y fascistas se levantan en países cuya
religión dominante mantiene un esquema de poder
intolerante y de corte medieval. Para liberarse de esos
sistemas religiosos autoritarios, los gobiernos seculares
que los derrocaron debieron recurrir igualmente a
gobiernos autocráticos equivalentes. El sistema
totalitario comunista se levantó como alternativa y
antídoto para poder derrocar a los gobiernos autoritarios
católicos, ortodoxos, musulmanes y otras religiones
paganas asiáticas. Ambos constituyen los dos extremos
de la misma herradura—el comunismo ateo y el
clericalismo papal—y ambos son genocidas por
naturaleza, como lo probó su accionar no sólo durante
la Edad Media, sino a partir de allí y, en especial, en la
mayor parte del S. XX.
Otro aspecto que llama la atención es una especie de
culto al dictador. Acostumbrados a venerar un papa, un
santo, una virgen, las masas católicas buscan también
un líder que ostente igualmente poderes absolutos,
hechos a la imagen papal. Por esta razón, todos los
dictadores clero-fascistas, incluyendo Hitler mismo,
fueron visualizados por muchos bajo un espectro
mesiánico-redentor, como profetas que anunciaban la
salvación del mundo de los sistemas del mal que
buscaban su destrucción, esto es, de las democracias
capitalistas occidentales y del comunismo bolchevique
oriental. El arzobispo Saric de Sarajevo llegó a publicar
una poesía ensalzando al líder ustashi, titulada ―Oda a
Pavelic‖, en donde lo presenta como salvador con
términos equivalentes a los que la Biblia usa para
referirse a Dios.
Abundan también los términos grandielocuentes con
respecto a Franco en España, el hombre ―providencial‖
y hasta ―profeta‖ de la península ibérica. No sólo en
vida, sino aún por mucho tiempo después de su muerte,
el fervor populista justicialista por Perón en Argentina,
se expresa en el canto que las masas le entonan:
―Perón, Perón, ¡qué grande sos! Mi general, ¡cuánto
valés! Perón, Perón, ¡gran capitán!, sos el primer
trabajador‖. Ni qué hablar del libro de Evita, su
segunda esposa, ―La Razón de mi Vida‖, para quien su
marido es ninguna otra cosa que Dios mismo.
En este culto a los dictadores, el problema se levanta
cuando esos dictadores intentan absorber tanto la
admiración de las masas hacia ellos, que la Iglesia se
sienta excluida del reparto honorífico. Mientras la
Iglesia Católica pueda seguir manteniendo su papel
privilegiado y supremo en el ―correcto‖ ordenamiento
social de alma (Iglesia) y cuerpo (dictador), ese culto es
aceptado. De allí que cuando Hitler se negó a ser
manipulado por el Vaticano y a permitirle al papado
usufructuar plenamente de los beneficios políticos
conquistados por su partido nazista, el papa Pío XI
emitió su encíclica Mit Brennender Sorge (Con
Profunda Ansiedad), en una velada protesta por la
deificación de una raza, de un pueblo, y de un estado.
¡Como si la veneración que exige el papa hacia su
persona como presunto Vicario de Cristo, y hacia los
representantes de su estado clerical, no entrase dentro
de ese sistema de deificación hacia una persona humana
que ocupa el lugar de Dios!
Así también, Perón comenzó a tener problemas con la
Iglesia cuando en su obra social quiso terminar
llevándose todo el mérito. Esto se debió a que para
entonces no existía en Argentina una doctrina social
que no fuese la de la Iglesia Católica, y no cuajaba en la
mente del clero que apareciese otra doctrina social que
fuese laica. Y cuando Menem, supuesto sucesor
espiritual de Perón, le escribió al papa que era católico,
pero que por razones históricas debía darse la
separación de Iglesia y Estado, encontró una resistencia
tan enconada de Roma y del clero que tuvo que desistir
de ese plan.
El correcto ordenamiento social y reparto de alabanzas
requeridos por los gobiernos cleromonárquicos
medievales y los gobiernos clerofascistas modernos,
poseen rasgos comunes. Todos tributan una especie de
culto al emperador, al papa, al rey y al dictador. Siendo
que el papado figuró en forma prominente en todos esos
períodos, reveló en todos ellos el mismo carácter
blasfemo. El Apocalipsis describió ambos poderes
déspotas y blasfemos con asombrosa claridad. ―Y
adoraron [todos los habitantes de la tierra] al dragón
que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la
bestia, diciendo: ‗¿Quién es como la bestia, y quién
podrá luchar contra ella?‖ (Apoc 13:4). El dragón (el
poder político civil representado antiguamente por el
César), debe recibir su alabanza en la medida en que da
autoridad a la bestia (el poder político-religioso del
papado que se levanta en el mismo sitio del César).
Claro está, esta predicción apocalíptica no ofrece un
48
sistema tal de gobierno cívico-clerical como ideal y
divino, ya que ambos poderes que lo componen se
vuelven intolerantes y son inspirados por aquel que
comenzó el mismo problema en el cielo, hasta que
debió ser expulsado por querer recibir el homenaje que
sólo le corresponde a Dios (Apoc 12:7-9; cf. Isa
14:12ss).
b) Intentos renovados actuales de establecer gobiernos
clericales. Poco después de la Segunda Guerra Mundial
se dio el intento de unir las iglesias en contra del
enemigo común que seguía siendo el comunismo ateo.
Pero al subir Pablo VI y comenzar a pactar con los
gobiernos comunistas, esa tensión se alivió y tales
esfuerzos de unión de las iglesias se debilitó. Con la
subida del polaco Wojtyla a la silla vicaria de Pedro, un
nuevo esfuerzo por unificar las iglesias se dio al lograr
definir Juan Pablo II, en forma clara, un enemigo
común equivalente que es el secularismo. Y esa prédica
tiene éxito, ya que todas las iglesias van entrando, poco
a poco, en esa misma perspectiva. Las prédicas de los
católicos y de los evangélicos hoy apuntan, como en la
era fascista, a objetivos comunes. Cada vez toleran
menos el ordenamiento social moderno que separa el
poder estatal del clerical. Y como en la era fascista, esa
soldadura clerogubernamental busca como pantalla
honorífica una promulgación de solidaridad en favor de
los pobres.
En un libro conjunto que publicaron al terminar el S.
XX, titulado Evangélicos y Católicos Juntos, líderes
católicos y evangélicos exhortan a las iglesias a unirse
en los aspectos que tengan en común, para hacer frente
a enemigos comunes. Abiertamente se menciona como
enemigo común al secularismo que gangrena la
sociedad con impiedad. Veladamente entran en la lista
de enemigos comunes los grupos religiosos
minoritarios proselitistas y disidentes porque se niegan
a participar del espíritu ecuménico de la hora. En la
actualidad las iglesias ecuménicas argumentan también
que así como Europa y el mundo se están uniendo
políticamente en acuerdos comunes, así también deben
unirse las religiones para salvaguardar la paz. ¿Qué
pasará cuando logren esa unión buscada? ¿Pasarán a ser
catalogados como ―enemigos comunes‖ los que, a
conciencia, no puedan unirse a esa confederación
religioso-política babilónica? (Apoc 12:17; 14:8; 18:1-
5).
3. El genocidio ustashi en Croacia.
La campaña de Mussolini en Albania que comenzó en
octubre de 1940, alegró a los nazis y a un buen número
de la curia romana. Era visto como un preludio a la
invasión nazi-fascista de Rusia, que todos esperaban,
inclusive el mismo papa, para acabar con el
comunismo. Sin embargo, no le fue bien a Mussolini
cuando quiso invadir Grecia, lo que obligaba a Hitler a
ir en su ayuda. Para ello necesitaba pasar por
Yugoeslavia.
El 6 de abril de 1941, Hitler invadía Yugoeslavia. El 10
de ese mes, los fascistas croatas contaban con su apoyo
para establecer un gobierno independiente en Croacia.
Las católicas y para entonces igualmente fascistas Italia
y Hungría, participaban del reparto de Yugoeslavia que
caía el 11 de abril. Para el 12, Ante Pavelic podía
establecerse como cabeza del movimiento clero-fascista
ustashi (―levantamiento‖) en Croacia, como líder o
poglavnik del nuevo estado.
Pavelic había estado en Italia bajo la protección de
Mussolini, mientras era buscado en Francia y en
Yugoeslavia por haber asesinado al rey Alejandro de
Yugoeslavia y al ministro de relaciones exteriores
francés, Luis Barthou. Su nuevo estado de Croacia iba a
incluir Eslovenia, Bosnia, Herzegovina y gran parte de
Dalmacia. La población de Croacia, principalmente
católica, era mayoritaria en comparación con las otras
regiones (3.300.000). Los serbios ortodoxos sumaban,
sin embargo, 2.200.000; los musulmanes 750.000, los
protestantes 70.000, y los judíos 45.000.
El papa Pío XII, estando al tanto de lo que se venía,
anticipó el triunfo nacionalista croata ya en noviembre
de 1939. En esa oportunidad, el primado de Croacia,
Alojzije Stepinac, había venido con peregrinos
nacionalistas croatas a Roma para promover la
canonización de un mártir franciscano croata. En un
rechazo implícito de los serbios ortodoxos, Pío XII les
dijo, citando las palabras de León X, que ellos estaban
en ―un puesto de avanzada del cristianismo‖. Con eso
ambos papas implicaban que los ortodoxos no eran
cristianos. ―La esperanza de un futuro mejor‖, continuó
el papa, ―parece estarles sonriendo, un futuro en el que
las relaciones entre la Iglesia y el Estado en vuestro
país será regulado por una acción armoniosa que será
de beneficio para ambos‖ (HP, 250).
Era evidente que el papa estaba enterado de los planes
expansionistas nazis y fascistas que iban a iniciarse el
año siguiente. Esa invasión traería, según el papa, ―un
futuro mejor‖, porque permitiría que la Iglesia y el
Estado se uniesen, presuntamente, para bendición de los
croatas. Dos semanas antes que se formase el nuevo
estado croata, el arzobispo Stepinac reveló la xenofobia
nacionalista en la que participaba él mismo, al escribir
en su diario del 28 de Marzo de 1941, que ―el cisma [de
la Iglesia Ortodoxa oriental] constituye la más grande
maldición de Europa, casi más grande que la del
protestantismo. Aquí no hay moral, ni principios, ni
verdad, ni justicia, ni honestidad‖.
49
a) Primeras medidas de limpieza étnica. Apenas subió
al poder, Ante Pavelic se propuso hacer una limpieza
étnica y religiosa no sólo de judíos, sino también de
todo serbio ortodoxo y de todo grupo étnico especial
como los gitanos, que no se convirtiesen al catolicismo.
La identificación con el nuevo estado debía darse sobre
la base de la religión católica, no sobre las diferencias
étnicas. El 25 de abril de 1941 comenzó decretando que
toda publicación serbia fuese proscrita. A esto siguió la
legislación antisemítica de mayo, equivalente a la que
Hitler había impuesto en Alemania. En ese mismo mes
eran deportados los primeros judíos hacia el campo de
concentración de Danica. En junio mandó cerrar todas
las escuelas primarias y preescolares serbias. Este era el
contexto ideal para la labor misionera católica. Ante el
peligro inminente, el clero romano comenzó a llamar a
los serbios ortodoxos a unirse a la iglesia Católica.
Las masacres comenzaron a darse al mismo tiempo que
se promulgaban todos estos decretos. El 28 de abril, una
banda ustashi se adelantó a los planes de deportación y
exterminio que iban a venir luego contra los serbios y
judíos, asaltando seis aldeas en el distrito de Bjelovar.
250 hombres, incluyendo un maestro de escuela y un
sacerdote ortodoxo, fueron obligados a cavar una fosa
para luego ser enterrados vivos. Ese mismo día, el
arzobispo Alojzije Stepinac enviaba una carta pastoral
que debía ser leída en todos los púlpitos, llamando al
clero y a los fieles a colaborar en la obra de Pavelic.
Unos pocos días después, 331 serbios fueron rodeados
en Otocac. De nuevo se los obligó a cavar sus propias
fosas para luego matarlos a hachazos. Se reservaron al
sacerdote serbio con su hijo para el final, para que el
sacerdote recitase las oraciones por los que morían,
mientras a su hijo lo cortaban en pedazos. Una vez
terminada la matanza torturaron al sacerdote, le
arrancaron el cabello y la barba, le extirparon los ojos,
y finalmente los despellejaron vivo.
El 14 de mayo, se obligó a cientos de serbios a asistir a
una iglesia en Glina para un servicio de agradecimiento
por la constitución del nuevo gobierno (NDH). Una vez
dentro, entró una banda ustashi con hachas y cuchillos,
pidiendo que mostrasen los que tuviesen, sus
certificados de conversión al catolicismo. Sólo dos los
tenían, y fueron soltados. Cerraron entonces las puertas
y, sin tener consideración de que ese era un lugar de
culto a Dios, masacraron a todos los demás. Cuatro días
después, Pavelic tenía una audiencia ―devocional‖ con
Pío XII en el Vaticano, y obtenía el reconocimiento
papal para su Estado Independiente de Croacia.
Todos sabían para entonces, que el Estado de Croacia
había sido engendrado por una invasión violenta e
ilegítima de Yugoeslavia por parte de Hitler y de
Mussolini, y que Ante Pavelic era un dictador. El papa
reconoció su dictadura clero-fascista croata conociendo
las leyes antisemíticas y racistas que Pavelic estaba
emitiendo. Indudablemente, lo que más le importaba al
Vaticano era el puesto de avanzada que ese gobierno
croata significaba contra el comunismo, y la expansión
de la fe católica.
Los burócratas de la Oficina Británica de Relaciones
Exteriores reaccionaron ultrajados por ―la recepción
papal de un terrorista y asesino notable‖, y trataron a
Pío XII como ―al cobarde moral más grande de nuestra
época‖. El Vaticano explicó que había recibido a
Pavelic en privado, no como cabeza del estado croata.
No podían ignorar a un ―hombre de estado‖ católico
como Pavelic, ―un hombre muy calumniado‖. Pero los
ingleses dijeron que la recepción que el papa le dio
―había dañado su reputación... más que ningún otro acto
desde que la guerra comenzó‖ (UT, 71-72).
El 25 de mayo, en la Acción Católica, el sacerdote
Franjo Kralik publicó un artículo justificando la
persecución bajo el título ―Por qué están siendo
perseguidos los judíos‖. ―Los descendientes de los que
odiaron a Jesús, lo condenaron a muerte, lo crucificaron
y persiguieron seguidamente a sus discípulos, son
culpables de más grandes excesos que sus
antepasados... Satanás los ayudó a inventar el
socialismo y el comunismo... El movimiento para
liberar al mundo de los judíos es un movimiento por el
renacimiento de la dignidad humana. El Todopoderoso
y el Omnisapiente Dios está detrás de este
movimiento‖. El primado de Croacia, Stepinac,
arzobispo de Zagreb y vicario de las fuerzas armadas y
de los ustashis, respaldaba esas declaraciones diciendo
que ―uno no puede menos que ver la obra de la mano
divina‖ en la formación del nuevo régimen.
Al comenzar el mes de junio, el general
plenipotenciario alemán destinado a Croacia, Edmund
Glaise von Horstenau, se alarmó diciendo que los
―ustashi se habían vuelto furiosamente locos‖. El mes
siguiente informó sobre la situación embarazosa de los
alemanes que miraban espantados ―la furia sanguinaria
y ciega de los ustashis‖. Los alemanes cometían
atrocidades también, pero comparado con los croatas,
ellos cometían sus crímenes en forma más fría y hasta
científica. Por eso les impresionaba la manera
apasionada y salvaje en que los croatas arremetían
contra los serbios y judíos. Pavelic mismo criticó
posteriormente a Hitler de ser ―indulgente‖ en su trato
para con los judíos alemanes. Se mofaba de haber
resuelto en forma completa el problema judío en
Croacia, mientras que algunos judíos todavía quedaban
vivos en el Tercer Reich (UT, 74).
50
También los italianos que ocupaban parte del nuevo
estado croata se horrorizaban, y trataban de salvar a
todos los serbios y judíos que podían de la masacre. Eso
enfureció al arzobispo Stepinac, quien compartió sus
sentimientos antiserbios con el obispo de Mostar y se
quejó ante el ministro para asuntos italianos en Zagreb
por la protección del ejército italiano de serbios y
judíos. Un periodista fascista italiano a quien se le
permitió entrevistar al poglavnik, se sorprendió ver en
su oficina lo que parecía ser un gran recipiente de
ostras. Le preguntó entonces a Pavelic si provenían de
la costa de Dalmacia. Quedó estupefacto cuando el
dictador le respondió que eran cuarenta libras de ojos
serbios que le habían enviado sus leales ustashis (UT,
74).
Los ustashis se dieron cuenta pronto de la magnitud del
trabajo que tenían para exterminar más de dos millones
de serbios y judíos, y de lo pesado de la empresa.
Debían emprender, por consiguiente, un plan de
extermino masivo equivalente al que estaban llevando a
cabo los nazis en los demás países ocupados. En una
clara alusión a esos planes de genocidio de no católicos,
el ministro de justicia croata informó el 14 de julio a los
obispos católicos, que ―el gobierno croata no va a
aceptar dentro de la iglesia católica ningún sacerdote o
maestro o intelectual serbio, ni hombres de negocios o
artesanos serbios, para no afectar el prestigio del
catolicismo en las ordenanzas que serán promulgadas
más tarde con respecto a ellos‖. Lo que quería dar a
entender era que el bautismo católico no iba a servir de
inmunización contra la deportación y exterminio
general de serbios y judíos.
El 22 de julio de 1941, Mile Budak, ministro de
educación y cultura ustashi, dio un discurso advirtiendo
que ―para las minorías como los serbios, los judíos y los
gitanos, tenemos tres millones de balas. Mataremos una
parte de los serbios, deportaremos a otros, y al resto lo
forzaremos a aceptar la religión católico-romana. La
nueva Croacia espera así desembarazarse de todos los
serbios que habitan en su medio para que el 100% sea
católico dentro de diez años‖. Dos días después, un
sacerdote católico de Udbina llamado Mate Mognus—
quien más tarde participaría activamente en el
genocidio serbio—insistió en que ―hasta ahora hemos
trabajado para la fe católica con el libro de la oración y
la cruz. El tiempo ha llegado de trabajar con el rifle y el
revólver‖ (Bill Stouffer, The Patron Saint of Genocide.
Archbishop Stepinac and the Independent State of
Croatia (www.pavelicpapers.com). [El método parece
haber funcionado, porque el Vaticano emitió recientemente
un mensaje en el que se ufana en contar ya comenzado el
S. XXI, con el 88% católico de la población en la nueva
Croacia].
b) Naturaleza del genocidio. Para matar a los no-
católicos, los croatas recurrieron a los métodos
medievales más inhumanos como el arrancarles los ojos
a las víctimas, cortarles sus narices y orejas y otros
miembros, extraerles en vivo los intestinos y otros
órganos internos del cuerpo. A otros los mataron como
bestias, les cortaron sus gargantas de oreja a oreja con
cuchillos especiales, les rompieron sus cabezas a
martillazos. Colgaban sus cadáveres en las carnicerías
con la inscripción ―carne humana‖.
Muchos más fueron simplemente quemados vivos.
Otras veces quemaban iglesias enteras repletas de
gente. También les gustaba a los ustashi combinar las
torturas con orgías nocturnas. Incrustaban clavos
ardientes bajo las uñas, arrojaban sal sobre las heridas
abiertas, cortaban todos los pedazos posibles del cuerpo
y competían para ver quién era el que mejor cortaba las
gargantas. También atravesaban a los niños con
diferentes instrumentos puntiagudos.
Ljubo Milos, un oficial jefe de Jasenovac, llevaba a
cabo el ―ritual de muerte‖ de los judíos. Cuando el
transporte llegaba al campamento, se ponía una bata de
médico y ordenaba a los guardias traer a todos los que
habían pedido atención hospitalaria. Entonces los
cargaba en la ―ambulancia‖, los ponía frente a la pared,
y con un golpe de cuchillo les cortaba la garganta, las
costillas y les abría el vientre. También supervisaba
otros métodos brutales de exterminio. Desnudaban a los
prisioneros y los arrojaban vivos al horno ardiente de
una fábrica de ladrillos contigua al campamento,
mientras otros eran aporreados a muerte con hierros y
martillos (UT, 111).
Los italianos fotografiaron a un ustashi con lenguas y
ojos humanos atados a dos cadenas que colgaban de su
cuello. En los archivos del Ministerio de Relaciones
Exteriores de Roma se ve una fotografía de una mujer
con sus senos cortados, sus ojos quitados, sus genitales
mutilados, junto con los instrumentos de la carnicería:
cuchillos, hachas y ganchos para colgar carne. Varias
de las fotos tomadas entonces de esos crímenes por los
italianos y aún por los mismos ustashis, así como de los
pueblos que eran obligados a arrodillarse ante un
sacerdote que les advertía de las consecuencias de no
convertirse al catolicismo, se pueden ver por Google-
Images en internet, invocando el término ustashi.
El 14 de agosto de 1942, el presidente de la comunión
israelita de Alatri escribió al Secretario de Estado
vaticano pidiendo que interviniese en favor de miles de
croatas judíos ―que eran arrestados sin razón, privados
de sus posesiones y deportados‖. Le hizo ver también
que 6.000 judíos habían sido abandonados en una isla
51
estéril y montañosa junto a las costas de Dalmacia, sin
medios de protección para el invierno ni alimento ni
agua para poder sobrevivir, con la prohibición de todo
intento de ayuda. No hay registro de la respuesta.
c) Dirección y participación sacerdotal en las
masacres. Fueron los sacerdotes franciscanos los que
tomaron en sus manos el liderazgo de las masacres en
Croacia, como lo habían hecho junto con los Dominicos
contra los cátaros y judíos desde comienzos del
segundo milenio. Esas dos órdenes religiosas fueron
levantadas por el papado para cumplir la tarea conjunta
de exterminar a los herejes. Ambas órdenes religiosas
cumplieron fielmente ese mandato papal durante siglos,
hasta que el pueblo no pudo más y dijo ¡basta! Esto
último ocurrió en la Revolución Francesa secular de
fines del S. XVIII. Ahora, en pleno S. XX, otra vez los
sacerdotes católicos acompañaban las procesiones de
muerte en Croacia, que iban de aldea en aldea,
obligando a todos los ortodoxos a confesarse o a morir
de la manera más cruenta. Así como destruyeron toda la
población de Albi en la Edad Media mediante una
cruzada papal, ciudades enteras eran ahora también
arrasadas en las cruzadas católicas ustashis. El
historiador Marconi lo admitió. ―Es casi imposible‖,
declaró, ―imaginar una expedición punitiva ustashi sin
un sacerdote a la cabeza alentándola, usualmente un
franciscano‖.
El arzobispo Stepinac, primado de Croacia, beatificado
por Juan Pablo II recientemente (el paso que precede a
la canonización), escribió una larga carta a Pavelic
sobre las masacres y conversiones forzadas que
efectuaban sobre los serbios, citando los puntos de vista
de sus hermanos obispos que las apoyaban, incluyendo
una carta del obispo Mostar al Dr. Miscic. En esa carta
le expresa la satisfacción tan grande del episcopado
croata por las conversiones en masa de los ortodoxos al
catolicismo romano. ―Nunca se nos dio una
oportunidad tan buena como ahora para ayudar a
Croacia a salvar innumerables almas‖, y comenta con
entusiasmo las conversiones masivas.
Stepinac lamenta en esa carta, sin embargo, la ―visión
estrecha‖ de las autoridades que se apoderan aún de los
conversos y los ―cazan como esclavos‖. Hace una lista
de las masacres conocidas de madres, niñas y niños
menores de ocho años que fueron arrojados vivos desde
lo alto de los cerros, para morir despedazados en las
profundidades de los barrancos. También comenta
asombrosamente que ―en la parroquia de Klepca
setecientos cismáticos [ortodoxos] de las aldeas vecinas
fueron degollados. El subprefecto de Mostar... declaró
públicamente‖, continuó comentando Stepinac a
Pavelic, que ―setecientos cismáticos habían sido
arrojados en un pozo‖. A pesar de semejante doblez
moral, se atribuyó a Stepinac el haber salvado cierto
número de judíos y serbios hacia el final del gobierno
ustashi. Aún así, se complotó con los ustashis al
concluir la guerra, para contrabandear al Vaticano el
oro que había juntado el gobierno ustashi de las
víctimas del genocidio croata.
Los obispos respaldaban las conversiones masivas con
entusiasmo fanático, aunque algunos admitían que no
tenía sentido arrojar vagones cargados de cismáticos en
los barrancos. El arzobispo Saric de Sarajevo llegó a
publicar una poesía ensalzando al líder ustashi, titulada
―Oda a Pavelic‖.
―Contra los judíos angurrientos con todo su dinero,
que querían vender nuestras almas,
traicionar nuestros nombres,
¡esos miserables!
―Tú eres una roca sobre la cual descansa
la patria y la libertad en uno.
Protege nuestras vidas del infierno,
Del marxismo y del bolchevismo‖.
Esa oración no fue escuchada por el Dios del cielo,
porque después de la guerra cayeron bajo el régimen
comunista. Pavelic demostró no ser la roca que podría
protegerlos del infierno y del bolchevismo, y
garantizarles la libertad. ¡Cuán lejos estaba la católica
Croacia de la verdadera Roca que es Cristo Jesús!
El padre Bozidar Bralow, conocido por el revólver
automático que lo acompañaba siempre, fue acusado
posteriormente de efectuar una danza alrededor de los
cuerpos de 180 serbios masacrados en Alipasin-Most.
Los franciscanos mataban, incendiaban hogares,
saqueaban las aldeas, y desbastaban el país Bosnio a la
cabeza de las bandas ustashis. Un periodista testificó
haber visto en Septiembre de 1941, a un franciscano
arengando al sur de Banja Luka una banda de ustashis
con su crucifijo (HP, 254).
El principal campo de concentración responsable de la
muerte de cientos de miles de personas, fue dirigido en
Croacia por un ex fraile franciscano en Jasenovac,
Miroslav Filipovic. Este exfraile no sólo dirigió, sino
que tomó parte también en los actos de tortura y
asesinato masivos de 40.000 hombres, mujeres y niños
en ese campamento. En 1943 Filipovic fue reemplazado
en la dirección del campo de concentración en
Jasenovac, por otro ex sacerdote, Ivica Brkljacic. Las
masacres que allí se dieron son indescriptibles. Puede
darnos una idea el siguiente testimonio de un criminal
genocida ustashi, Mile Friganovic, acerca de cómo el
franciscano Pero Bnica, del monasterio de Siroki
Brijeg, mató 1.350 prisioneros del campo de
52
concentración en una sola noche. Fue en una noble
competencia para saber quién era mejor en degollar las
víctimas de Jasenovac.
―El franciscano Pero Bnica, Ante Zrinusic, Sipka y yo
apostábamos para saber quién mataría más prisioneros
esa noche. La matanza comenzó y poco después de una
hora yo había matado mucha más gente que ellos. Me
parecía estar en el séptimo cielo. Nunca había sentido
tanta felicidad en toda mi vida. Ya después de unas
pocas horas había matado 1.100 personas, mientras que
los otros habían podido matar sólo 300 o 400 cada uno.
Y entonces, cuando estaba experimentando el éxtasis
más grande, me dí cuenta que un campesino anciano
me estaba mirando de pie, pacíficamente y con calma,
cómo yo mataba a mis víctimas que morían con el más
grande dolor. Su mirada me sacudió. En medio del más
grande éxtasis quedé repentinamente paralizado y por
algún momento no pude moverme para nada. Entonces
caminé hacia él y descubrí que era algún vukasin
(campesino) de la aldea de Klepci, cerca de Capljina, en
donde su familia entera había sido muerta. Había sido
enviado a Jasenovac después de haber trabajado en los
bosques. Me contó esto con una paz incomprensible
que me afectó más que los gritos terribles que nos
rodeaban. De golpe sentí el deseo de romper su paz
torturándolo de la manera más brutal y, mediante su
sufrimiento, recuperar mi éxtasis y continuar
regocijándome en la inflixión del dolor.
―Lo separé de los demás y lo senté sobre un tronco. Le
ordené gritar: ‗¡Larga vida para el poglavnik Pavelic!‘
o de lo contrario le cortaría su oreja. El vukasin
guardaba silencio. Le arranqué su oreja. No dijo ni una
palabra. Le dije una vez más que gritara ‗¡Larga vida
para Pavelic!‘, o le desgarraría la otra oreja también. Le
arranqué la otra oreja. Grité: ‗¡Larga vida para
Pavelic!‘, o te voy a romper la nariz. Y cuando le
ordené por cuarta vez gritar ‗¡Larga vida para Pavelic!‘,
y lo amenacé con quitarle su corazón con un cuchillo,
me miró, esto es, algo a través mío y sobre mí en forma
incierta, y lentamente me dijo: ‗¡Haz tu trabajo, hijo!‘
Después de eso, sus palabras me dejaron perplejo,
quedé paralizado, le arranqué los ojos, su corazón, le
corté su garganta de oreja a oreja y lo arrojé a un pozo.
Pero algo me quebrantó dentro de mí y no pude matar
más gente en esa noche. El sacerdote franciscano ganó
la apuesta porque mató 1350 prisioneros y le pagué la
apuesta sin discutir‖.
d) La aprobación del Vaticano al régimen genocida de
Croacia. Ya vimos que el papa Pío XII recibió a Ante
Pavelic y bendijo su régimen cuando las matanzas
croatas estaban en pleno furor, para asombro y desmayo
de los ingleses y del resto del mundo. Estaba
plenamente enterado de todo lo que ocurría en Croacia.
Su delegado apostólico Marconi iba y venía entre
Zagreb y Roma. Los ustashis y el clero ponían a
disposición de él los planes militares para que pudiese
viajar libremente por la nueva Croacia. Los obispos se
comunicaban sin trabas con él, muchos de los cuales
formaban parte del parlamento de la nueva nación, y
visitaban a menudo al papa en Roma. Todos estaban
ávidos por enterarse, cuando venían a Roma, de cómo
iban las cosas en Croacia.
La Santa Sede envió un buen número de directivas a los
obispos de Croacia para julio de 1941. El Vaticano
insistía en que no se debían aceptar conversos
potenciales al catolicismo cuando era patente que
buscaban el bautismo por razones equivocadas. Lo
pavoroso es que esas ―razones equivocadas‖ tenían que
ver con el terror y el intento de evitar la muerte. Era
obvio que el Vaticano estaba al tanto de lo que estaba
teniendo lugar allí.
Ya vimos cómo en Agosto de 1941, los israelitas
habían pedido una intervención del gobierno italiano y
del papado para rescatar a 6.000 judíos abandonados en
una isla estéril sin protección ni alimento ni agua. En
septiembre, Branko Bokun, un joven yugoeslavo, fue
enviado a Roma por uno de los jefes de inteligencia de
su país, creyendo que el papa sería diferente de los
otros prelados asesinos de Croacia. Vino con un gran
archivo de documentos, testimonios oculares y
fotografías de las masacres. Lo remitieron al Secretario
de Estado Vaticano, Montini (futuro papa Pablo VI),
quien no le dio audiencia. Antes bien, le pidió que
dejase su documentación y volviese una semana más
tarde, para darle al tema una cuidadosa atención.
Cuando volvió, lo atendió el secretario de Montini,
diciéndole que ―las atrocidades descritas en su
documento son perpetradas por los comunistas, pero
maliciosamente atribuidas a los católicos‖. En la típica
hipocresía del Vaticano, Montini recibía a los
representantes de Croacia a quienes comenzaba
reprendiéndolos con duras palabras, pero terminaba
asegurándoles que el Santo Padre apoyaría a la católica
Croacia (UT, 73). Todos los embajadores que venían a
la Santa Sede requiriendo la intervención papal para
detener las masacres en las católicas Croacia y
Eslovenia, eran recibidos de la misma manera. Primero
un ―ataque simulado, luego una atención paciente [al
testimonio y documentación ofrecidos], y finalmente
una generosa rendición‖ frente a los hechos.
Los mensajes de la BBC de Londres eran frecuentes
sobre la situación en ese país. Uno de ellos, el 16 de
febrero de 1942 puede considerárselo como típico: ―Se
están cometiendo las peores atrocidades en los
alrededores del arzobispo de Zagreb [Stepinac]. Corre a
53
torrentes la sangre hermana. Los ortodoxos son
obligados a convertirse al catolicismo, y no escuchamos
ninguna voz del arzobispo predicando una revolución.
En su lugar, se informa que toma parte en los desfiles
nazis y fascistas‖. Los prelados católicos y
representantes del gobierno ustashi que visitaban el
Vaticano decían que eran ―calumniados‖ y se quejaban
por considerárselos como ―bárbaros y caníbales‖. Esto
prueba también que la Santa Sede estaba al tanto de lo
que pasaba.
A pesar de todas las informaciones sobre los
homicidios masivos, en marzo de 1942 la Santa Sede
entablaba relaciones oficiales con los representantes de
Croacia. Cuando en Mayo de 1943, Pavelic pidió otra
audiencia con el papa, el Secretario de Estado del
Vaticano para entonces, Maglioni, le respondió que ―no
había dificultades relacionadas con la visita del
poglavnik al Santo Padre, excepto que no podría
recibirlo como a un soberano‖. Pío XII mismo le
prometió su bendición personal de nuevo, a pesar de
tener para esa época la información de las peores
atrocidades que se habían estado cometiendo durante
los dos años del gobierno de Pavelic (UT, 73).
En marzo de 1942, mientras Pavelic tenía
conversaciones formales con los diplomáticos croatas,
el Congreso Judío Mundial y la comunidad israelita
suiza pidieron la intervención de la Santa Sede para
socorrer a los judíos perseguidos en Croacia. Casi dos
meses antes Alemania había bosquejado sus planes para
la Solución Final, y esas agencias judías documentaron
en su petición, las persecuciones que se llevaban a cabo
contra los judíos de Alemania, Francia, Rumania,
Eslovaquia, Hungría, y Croacia. Aunque todos eran
países católicos (con excepción de Alemania con el
50% católico), los últimos tres países mencionados
tenían fuertes relaciones diplomáticas y eclesiásticas
con la Santa Sede, por lo que esperaban que el papa
hiciese algo por los judíos perseguidos en esos lugares.
El manuscrito de esa petición reside en los archivos
zionistas de Jerusalén. Pero el Vaticano los excluyó de
los once volúmenes que liberó de la época de la guerra,
en un intento de ocultar lo que sabía el papado sobre los
crímenes de Croacia. Los historiadores dan prueba de
otros documentos históricos omitidos por el Vaticano
(HP, 259,377).
Una vez que terminó la guerra y los comunistas se
apoderaron de Yugoeslavia, incluyendo Croacia,
prácticamente el cuerpo entero del gobierno ustashi,
con muchos sacerdotes, encontró refugio en el
Vaticano. La misma actitud benevolente del papado
continuó después de la guerra para ayudarlos a evadir la
justicia. Los ustashis confiaron al arzobispo Stepinac el
oro que habían juntado de las víctimas judías y
ortodoxas. Este logró traerlo, con la ayuda de otros
clérigos, de contrabando al Vaticano. Debido a eso, hay
una demanda actual al Vaticano en favor de las
víctimas del genocidio ustashi, que tiene como
propósito forzar a la Santa Sede a liberar sus archivos
con respecto al destino de ese dinero (Patron Saint of
Genocide, n. 28).
e) La razón básica de la aprobación papal. Cornwell
comenta que la dislocación moral del clero croata fue
compartida por el Vaticano, incluso por el papa Pío XII
mismo. Tanto el sacerdocio croata como la Santa Sede
se negaron a disociarse del régimen criminal croata.
Tampoco lo denunciaron ni excomulgaron a su líder ni
a sus secuaces. La razón se debió a que no querían
―perder las oportunidades‖ que se les presentaban, ―la
‗buena oportunidad‘ para construir una plataforma de
poder católico en los Balcanes.
Fue la misma indisposición a perder la oportunidad
única de ―evangelizar‖ el mundo oriental que condujo a
Pacelli a presionar el Concordato Serbio en 1913-14,
con todos sus riesgos y repercusiones que llevaron al
mundo a la Primera Guerra Mundial. La esperanza del
para entonces futuro papa era crear un rito latino que
sirviese de plataforma para el cristianismo oriental (HP,
255-256). Desde allí enviaría monjes misioneros para
traer otra vez de regreso al mundo oriental en
obediencia al papa. Cuando el delegado diplomático de
Croacia en la Santa Sede, Rusinovic, comentó en medio
de la Segunda Guerra Mundial a Montini, secretario de
estado del Vaticano, que había ya cinco millones de
católicos en el país en lugar de los tres millones
trescientos mil iniciales, Montini le respondió: ―El
Santo Padre los va a ayudar, estén seguros de eso‖ (HP,
259).
En 1943, Pío XII le expresó a Lobkowicz, diplomático
de Croacia, ―su placer por la carta personal que recibió
de nuestro poglavnik [Pavelic]. También le dijo que
estaba ―chasqueado de que, a pesar de todo, nadie
quiere reconocer al único, real y principal enemigo de
Europa. No se ha iniciado todavía ninguna cruzada
militar comunal y verdadera contra el bolchevismo‖.
Eso no era cierto, ya que Hitler había lanzado su
cruzada militar contra Rusia en el verano de 1941, y el
papa le había estado pidiendo autorización, a través del
ex canciller alemán von Papen, para enviar sacerdotes
católicos con sus tropas y evangelizar el mundo
comunista y ortodoxo. La molestia de Pío XII por la
presión occidental a pronunciarse contra sus queridos
criminales ustashis que revelaban tanto celo misionero
en la sección serbia de Croacia, se acrecentaba al ver
cómo abortaban sus intentos catolizantes a través del
nazismo.
54
Hitler estaba para entonces enterado de las barbaries
católicas contra los ortodoxos serbios, y no quería que
las cosas se le complicasen mediante una confrontación
religiosa similar en el Este. En la segunda parte de 1941
dijo que si permitiese al catolicismo introducirse en
Rusia ―iba a tener que permitirles lo mismo a todas las
denominaciones cristianas para que se aporreasen las
unas a las otras con sus crucifijos‖. A partir de entonces
comenzó a tomar medidas para impedir que el Vaticano
se entrometiese en sus planes, y a perseguir a la Iglesia
Católica especialmente en Polonia, de donde pensaba el
Vaticano enviar sacerdotes al mundo oriental
camuflados en sus ejércitos. En realidad, los nazis
llegaron a proponerse acabar con todos los polacos por
motivaciones racistas.
Hitler captó más que nunca para entonces, la
problemática religiosa y la política papal entrelazadas.
Siempre en la segunda parte de 1941, llegó a decir que
―el cristianismo es el golpe más duro que alguna vez
golpeó a la humanidad. El bolchevismo es un hijo
bastardo del cristianismo. Ambos son la descendencia
monstruosa de los judíos‖. En Diciembre prometió que,
una vez concluida la guerra iba a terminar con el
problema de la Iglesia, como única alternativa para
lograr que la nación alemana estuviese completamente
segura (HP, 261).
Reinhard Heydrich, a cargo de la oficina de seguridad
principal del Reich, había advertido a Hitler el 2 de
julio de 1941 sobre la planificación que había podido
detectar del Vaticano para infiltrar sus tropas e invadir
Rusia con la fe católica, y se opuso igualmente a la idea
de permitirle a la Iglesia beneficiarse de las conquistas
logradas por la sangre alemana. El 17 de febrero de
1942, el mismo Heydrich, quien para entonces tenía a
su cargo la supervisión diaria de la Solución Final,
reportó al führer que 300.000 eslavos habían sido ya
masacrados por los croatas, y agregó que ―el estado de
tensión serbio-croata no es otra cosa que una batalla de
la Iglesia Católica contra la Iglesia Ortodoxa‖ (The
Patron Saint of Genocide). Hoy se ufana el Vaticano
también por contar en Eslovaquia con el 74% de la
población católica (Zenit, 14 de febrero, 2004).
Después de todo, el principal interés de Hitler estaba en
terminar con el comunismo y el judaísmo, a los que
creía mancomunados para desestabilizar el mundo
cristiano de occidente, no necesariamente a los
ortodoxos que eran oprimidos por los comunistas. A
pesar de eso, el Vaticano logró enviar sacerdotes desde
Polonia, Hungría, Eslovaquia, Croacia y del Colegio
Russicum y Ruthenian del Vaticano mismo. Iban como
capellanes militares o camuflados como civiles que
pedían ser enrolados en el ejército alemán. Otros
conseguían trabajos como mozos para cuidar los
caballos en el Comando de Transporte Alemán.
Una vez que llegaban a un lugar apropiado desde el
Báltico al Mar Negro, atraían a centenares de personas
que por años no habían podido recibir el rito católico.
En su mayoría fueron aprehendidos y baleados como
desertores y espías, o enviados a los campos de
concentración. Los que cayeron en manos de los rusos
fueron a parar a los gulags (HP, 264). El fracaso de esas
avanzadas misioneras del Vaticano puede haber
motivado el disgusto de Pío XII porque no se
emprendía una cruzada militar de envergadura contra el
comunismo, que le permitiese imponerse sobre toda
Europa, incluyendo la sección oriental por siglos bajo
regímenes ortodoxos.
Tal vez corresponda aquí decir algo más. Hitler contaba
al principio con simpatías en toda Europa, hasta de la
nobleza inglesa y del mismo rey de Inglaterra a quien
luego se obligó a abdicar porque le pasaba al führer los
secretos del estado inglés. Muchos esperaban, para
entonces, que Inglaterra, Francia y posteriormente los
EE.UU., se unieran con Hitler para terminar con el
comunismo e invadir juntos a Rusia. Los mismos
sueños de acabar con el comunismo eran compartidos
en el Vaticano también. Pero la decisión de Hitler de
adelantarse a esos planes y ser él el líder de la
liberación, terminó convenciendo a todos de que su
misión iba a fracasar y de que había que deshacerse de
él. Es probable que la molestia de Pío XII porque no se
lanzaba una cruzada generalizada contra Rusia, se haya
debido también a un momento de duda con respecto al
éxito de la campaña del führer.
Fue el papado el que alentó la introducción de Japón en
la Segunda Guerra Mundial, con la esperanza de que
invadiese Rusia desde el Este, mientras Alemania lo
hacía por el Oeste. Luego del fracaso nazi, el papado
bajo el apoyo velado y silencio hipócrita de los países
aliados, trató de reorganizar los deshechos del
nazismo—los criminales de guerra—para ver si con
ellos podía rescatar al menos los países centrales del
Este tradicionalmente católicos. Al mismo tiempo,
intentó empujar a los EE.UU. a iniciar una tercera
guerra mundial mediante el uso de la bomba atómica,
como veremos más tarde. No importaba el medio, la
consigna de Pío XII era terminar con el comunismo que
trababa el progreso hegemónico del papado.
f) Número de muertos en el genocidio católico-fascista
croata. La historia de Croacia en esos años aciagos de
1941 a 1945 se la elogia como una época de gloria por
los triunfos católicos o se la condena por los genocidios
que se cometieron, dependiendo de qué lado se cuenta
la historia. Algo semejante ocurre con las estadísticas
55
sobre el genocidio que buscan disminuirse del lado
católico. No obstante, hay datos hoy bastantes objetivos
que difícilmente podrán removerse.
Las fuentes serbias dan una cifra de 600 a 700.000
serbios muertos en el campo de concentración de
Jasenovac. El presidente actual de la nueva Croacia,
Tudjman, disminuyó esa cifra a 30.000. El gobierno
norteamericano recientemente liberó, sin embargo, un
documento que se había capturado a los nazis, que se
usó en el juicio del comandante del campo de
concentración de Jasenovac, Dinko Sakic. Según ese
documento, 120.000 fueron muertos en Jasenovac para
Diciembre de 1943, cuando le quedaban todavía cerca
de dos años de vida al régimen de Pavelic. Esto
significa que por ese campamento pueden haber pasado
cientos de miles de serbios ortodoxos para dejar no sólo
sus posesiones, sino también sus vidas.
Ya vimos que Hitler recibió en 1942, cuando no se
había completado el primer año de Pavelic, la
información de la masacre de 300.000 eslavos mediante
los ―métodos más sadísticos‖ en una lucha de la Iglesia
Católica contra la Iglesia Ortodoxa (Patron Saint of
Genocide). Cornwell cita las fuentes más recientes y
confiables (científicas) que indican 487.000 ortodoxos
serbios y 27.000 gitanos masacrados durante 1941 y
1945 en el Estado Independiente de Croacia. A esto se
suman 30.000 de los 45.000 judíos, de los cuales de 20
a 25.000 murieron en los campos de muerte ustashi, y
7.000 fueron deportados a las cámaras de gas.
Tudjman propuso en 1996 volver a sepultar los restos
de los ustashis croatas muertos por los campesinos
yugoeslavos junto a las víctimas serbias de los ustashis
en Jasenovac (Reuters, 22 de Abril, 1996). Pero el
intento de unir a los criminales ustashis con sus
víctimas produjo una reacción internacional negativa,
de tal manera que se debió abandonar el plan. Por otro
lado, se considera que las masacres de croatas
efectuadas por los serbios en la década de los noventa
por el gobierno Yugoeslavo fue, en parte, como
venganza por el genocidio croata de serbios en la
década de los cuarenta.
La indignación que tienen los nacionalistas serbios hoy
es que se está juzgando a Milosevic como criminal de
guerra por las masacres que hizo de los croatas
católicos en la década del 90, cuando las muertes que
llevó a cabo no tienen ni comparación con las que
perpetró Pavelic medio siglo antes. En lugar de juzgar y
condenar a Pavelic, el nuevo gobierno croata quiere
llevar sus restos de España, donde murió bajo la
protección del dictador falangista Franco, a la nueva
Croacia, donde le levantarán, sin duda alguna,
monumentos por todo el país. Por su parte, el papa Juan
Pablo II intervino en forma inmediata para detener las
masacres vengativas ortodoxas serbias de los católicos
croatas, mientras que el papa Pío XII no hizo nada para
detener las masivas e incomparables masacres católicas
croatas de los serbios ortodoxos durante la Segunda
Guerra Mundial. Al contrario, apoyó al gobierno de
Pavelic en su tarea de catolizar Croacia.
X. Los sueños papales para convertir y
reconvertir Europa y el mundo
Los que llamaban a las cruzadas de exterminio contra
los herejes albigenses durante la Edad Media, eran los
mismos papas de Roma. Esas cruzadas eran dirigidas o
acompañadas por prelados papales. Los que aplicaban
la tortura durante la Edad Media en los tribunales
secretos de la Inquisición, y extirpaban la herejía, eran
igualmente sacerdotes católicos que obraban en
respuesta a una orden papal. ¿Debía asombrarnos que
quienes más fanáticamente participasen de las torturas y
masacres de serbios y judíos a mediados del S. XX,
fuesen también sacerdotes católicos? Claro está, se
suponía que ya había pasado la época medieval, y que
eso nunca volvería a ocurrir en la época moderna. Pero
eso sucedió en prácticamente todos los países católicos,
y en especial en Croacia bajo un régimen clero-fascista
criminal.
1. Desde que el papado se instauró en Roma con
plenos poderes.
Lo que la Iglesia Católica quiso hacer en el nuevo
gobierno de Croacia, estuvo en armonía con lo que el
catolicismo romano hizo hacer desde que el papado
reemplazó a los césares romanos, y se estableció sobre
Europa con plenos poderes. Quiso evangelizar toda
Europa y lograr un dominio absoluto sobre todos los
pueblos de la tierra. El método evangelístico que mejor
la caracterizó está representado en todos los cuadros
antiguos que tienen a Jesús dando al papa la llave,
símbolo del poder religioso, y al rey la espada, símbolo
del poder político. Pero como el papa pasó a ser
considerado Vicario de Cristo, terminó en la práctica
asumiendo ambos poderes. Por ser el alma, debía estar
por encima del cuerpo, y los reyes debían simplemente
ejecutar sus decretos. Eso le permitiría posteriormente
lavarse las manos, arguyendo que la autoridad civil era
la responsable de ejecutar las víctimas.
Un método tal posible únicamente bajo un régimen de
unión clero-gubernamental, estaba en flagrante
contradicción con el método evangelístico universal
que Cristo ordenó a su iglesia. Ésta debía buscar
únicamente el poder espiritual, como dijo Jesús a sus
56
discípulos antes de ascender al cielo. ―Recibiréis poder
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y
me seréis testigos... hasta lo último de la tierra‖ (Hech
1:8; véase 1 Cor 2:3-5). Lo que Jesús les dijo se basaba
en la declaración de Zacarías: ―No con ejército, ni con
fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Señor‖ (Zac 4:6).
Convendrá repasar ahora, brevemente, cómo evangelizó
el papado a Europa y América Latina, y cómo intentó
evangelizar también al Asia, una vez que se instaló en
Roma como soberano del mundo. Esto nos permitirá
luego comparar sus métodos con lo que intentó hacer en
pleno siglo XX, en cada país en donde pensó que había
recuperado su poder temporal (su herida mortal), con
reconocimientos estatales equivalentes. Esto es
importante, porque los mismos concordatos que hizo
con Alemania y los demás países católicos durante la
Segunda Guerra Mundial, los está logrando firmar
ahora con decenas de países y lo quiere lograr aún con
la Unión Europea y el mundo en general. Así como el
papado arrastró implícitamente a los protestantes
alemanes a pactar con el gobierno de Hitler, así también
está abiertamente arrastrando ahora a los protestantes y
a los ortodoxos a unirse en esa lucha por
reconocimiento estatal, y a las demás religiones no
cristianas en su esfuerzo por lograr, a la postre, un
reconocimiento universal.
a) La evangelización de Europa a partir de Clodoveo.
Apenas adquirió la Iglesia de Roma reconocimiento
estatal del emperador Constantino en el S. IV, se
transformó de perseguida en perseguidora. ―Desde que
había llegado a ser religión de Estado del imperio
romano, [la Iglesia] comprendía instintivamente su
destino de ser dominadora y luego la señora absoluta de
los pueblos y de los reyes de la tierra‖. Cuando en el S.
VI, luego que fenecieron los emperadores en occidente,
el obispo romano obtuvo la supremacía, comenzó su
expansión misionera sobre los pueblos bárbaros que
invadían y poblaban Europa. No pudo hacerlo antes que
Clodoveo, el primer rey pagano-bárbaro, se convirtiese
al catolicismo romano, y fundase en el 508 su gobierno
en París bajo el principio de unión Iglesia-Estado.
Se puede decir de Clodoveo que fue el primer genocida
católico-romano del Medioevo. Como lo reconocen los
historiadores, ―la conversión al catolicismo hizo de
Clodoveo el adalid de la religión verdadera contra los
herejes... Esto tuvo por consecuencia la extirpación del
arrianismo en la Galia meridional...‖ y, por último, ―la
restauración del imperio de Occidente‖ bajo el título de
Sacro Imperio Romano. ―Nada de esto habría
sucedido... si Clodoveo no se hubiese hecho católico‖.
―Fue un momento crucial en la historia de la Galia y,
desde luego, de Europa, en el que la Iglesia Católica
obtuvo su supremacía... y en donde un rey bárbaro
aceptó, por influencia de la Iglesia, el mecanismo de
gobierno a través de obispos, condes y ciudades... Un
jefe guerrero se había puesto a la cabeza de una Iglesia
militante‖.
Cuando marchaba con su ejército para enfrentarse con
los arrianos visigodos, Clodoveo dijo: ―Me siento
vejado con que esos arrianos posean parte de la Galia;
ataquémoslos con la ayuda de Dios y, después de
conquistarles, dominemos su país‖. Un historiador
comenta que en esa declaración ―nos parece oír un
sonido precursor del clarín que llamaba a la caballería
francesa a las cruzadas, que llenó de pánico a los
herejes albigenses o que obligó en el S. XVII a emigrar
a los hugonotes de Francia, con lo que se vieron
notablemente enriquecidos muchos países protestantes
de Europa‖ y en donde los así perseguidos encontraban
refugio y libertad.
―Los reyes francos se atribuyeron el derecho de
convertir a judíos y herejes a la religión católica, cuyo
derecho usaron según las circunstancias y hasta donde
les convenía o era posible. Así persiguieron a los
arrianos tan luego como hubieron sometido sus
territorios, y les quitaron sus iglesias que, consagradas
nuevamente, fueron entregadas a los católicos‖. ―La
importancia trascendental de la resolución de Clodoveo
[de hacerse cristiano] fue tan evidente‖, que las cartas
eclesiásticas de los grandes obispos no escondieron su
emoción por su importancia ―para la prosperidad de la
Iglesia Católica y del imperio franco, y hasta para la
conversión de las tribus germánicas paganas de la orilla
derecha del Rhin‖.
En efecto, Avito, el obispo de Vienne, se dirigió a
Clodoveo en términos equivalentes a los que los papas
del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial utilizaron
para reconocer el gobierno de los dictadores fascistas
del S. XX. Los historiadores comentan que ―Clodoveo,
llamado por la divina Providencia como juez en la
contienda de las dos religiones [arriana y romana], se
había decidido por la católica, y este fallo debía servir
de norma para todo el mundo‖. Arengando a Clodoveo
como los obispos del S. XX a Hitler y a los demás
dictadores fascistas, el obispo de Vienne le dijo: ―Para
tus descendientes eres tú, en adelante, la norma en el
reino de Dios, y su derecho y autoridad divinos han de
estar en la fe católica de su antecesor Clodoveo‖.
También exhortó a Clodoveo a someter a la fe católica
a ―todos los pueblos germánicos sumidos todavía en el
paganismo‖. ―De tu buena suerte participará también la
Iglesia; siempre que tú combates y vences, vence
también ella‖. Por eso reconocen los historiadores que
―la conquista por los francos y la cristianización eran
dos caras de la misma medalla‖. Aún antes de su
bautismo, el papa Anastasio nombró a Clodoveo como
57
―protector de la Iglesia, su madre, enviado por Dios con
esta misión‖.
―Ahora‖, continuó Avito en su carta a Clodoveo, ―no
puede nadie oponer a las amonestaciones de los
eclesiásticos y de los grandes convertidos y bautizados
ya, las antiquísimas tradiciones y usos de los
antepasados‖. Esto muestra cómo la tendencia del
obispado de la época buscaba amparar su fe y
expansión misionera en la de un poder cívico-militar.
Avito pone al final de su carta delante de Clodoveo ―la
grandiosa perspectiva de la conversión y simultánea
sumisión a su poder de todos los pueblos germánicos
sumidos todavía en el paganismo‖. ―Pronto habrá Dios
hecho suyo todo el pueblo franco; por eso no tardes,
¡oh rey!, en hacer partícipes de tu fe a los pueblos que
todavía viven en el paganismo y no se hallan
contagiados del arrianismo..., porque así te reconocerán
por jefe suyo... y finalmente se someterán a tu dominio
y formarán con sus territorios parte de tus Estados... Así
participarán todos de tus triunfos, y de tu buena suerte
participará también la Iglesia; siempre que tú combates
y vences, vence también ella‖.
Se considera esta carta como ―el primer documento
histórico auténtico del método de catolizar a los
germanos paganos por medios materiales coercitivos,
aplicados por la fuerza armada del rey de los francos‖.
Lo mismo ocurrirá más tarde con el papa ―San
Bonifacio, el apóstol de los alemanes. Los varones
eclesiásticos que realizaron esta conversión de
Alemania estaban convencidos de que era una ilusión
creer que para convertir bastaba la excelencia de la
doctrina que aquellos pueblos paganos o convertidos no
eran capaces de comprender. Así lo evidencian los
documentos históricos contra todo lo que
hipócritamente se dijo después y se empeñan muchos
en hacer creer todavía‖. Ese papa canonizado ―sometió
la Iglesia germánica a Roma de manera ilimitada...‖
Requirió a los alemanes ―obediencia incondicional al
papa‖, e hizo ―jurar también a los obispos, en el
parlamento de 742, guardar en un todo la fe católica, la
sumisión a Roma, a San Pedro y a su representante el
papa‖, cuando todavía no se había editado la Ley
Canónica de 1917, ni emitido la encíclica papal
Quadragesimo Anno de 1931.
¿Cuál fue el legado que dejó Clodoveo en su carácter
de primer rey católico de Europa? ―Todas las
iniquidades que no había tenido fuerzas para cometer
antes de su bautismo, las cometió después; y sus
francos aprobaron todas sus traiciones, muertes y
demás atrocidades, como verdaderos bárbaros que eran
y continuaron siendo a pesar de haber recibido el
bautismo... Otro tanto hicieron muchos cristianos
poderosos, latinos y germanos, civilizados y bárbaros,
sirviéndose del cristianismo para satisfacer sus pasiones
y ambición desenfrenada‖. Para lograr sus objetivos,
Clodoveo ―se valió de medios inicuos, del asesinato
alevoso, del engaño más vil, excitando al hijo al
parricidio y haciendo después asesinar a traición al
hijo‖.
El obispo de Vienne lo había empujado a ese método
expansivo del catolicismo romano diciéndole, en
ocasión de su bautismo: ―Adora lo que quemaste [el
cristianismo] y quema lo que adoraste [el paganismo]‖.
El obispo Gregorio de Tours comparó a Clodoveo con
Constantino, y se levantó la leyenda de que una paloma
descendió sobre este nuevo hijo de la Iglesia cuando fue
bautizado. ―Así puso Dios‖, escribió Gregorio de
Tours, ―unos tras otros a todos los enemigos de
Clodoveo bajo el dominio de éste, extendiendo su
imperio en recompensa de su conducta leal y de haber
hecho lo que era agradable a Dios‖. El historiador
moderno concluye diciendo asombrado, que ―esta era
exactamente la expresión de la moral de Gregorio de
Tours en aquel tiempo, pero a costa de la moral de Dios
tan sorprendentemente representada por la Iglesia‖.
Siendo que la Iglesia Romana ―tenía interés en
asegurar, ordenar y extender su conquista‖, se hizo
―ineludible la cooperación de los obispos‖ en la
codificación de la nueva situación, ―los cuales
consiguieron que el rey convocara en el año 511 en
Orleáns, el primer concilio franco, en el cual tomaron
parte 32 obispos de su imperio‖, formando la Ley
Sálica.
b) Método evangelizador bajo Justiniano y otros
reinos. Otro espaldarazo que iba a recibir el papado
romano, siempre en el S. VI, provendría del emperador
oriental, Justiniano. ―Desde el comienzo de su reino...
promulgó las más severas leyes en contra de los herejes
en 527 y 528‖. ―Maniqueos, Montanistas, Arrianos,
Donatistas, Judíos y paganos, todos fueron
perseguidos‖. ―Siendo que ningún soberano
[emperador] se había interesado tanto en los asuntos de
la Iglesia, ningún otro parece haber mostrado tanta
actividad como un perseguidor así de paganos como de
herejes‖.
Clodoveo y Justiniano fueron los prototipos sobre los
cuales debía construirse la nueva Europa. Primero debía
convertirse al rey, el que a su vez, con sus poderes
absolutos, debía someter luego a todo el mundo. Tanto
en Inglaterra ―como en otros lugares, la conversión de
los paganos debe ser atribuida, no precisamente a un
movimiento penitencial del corazón, sino a la presión
de la monarquía sobre una población sumisa... El credo
del rey vino a ser el credo del pueblo‖. ―Si no recibís a
los hermanos que os traen paz‖, dijo el enviado papal a
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los cristianos de Gran Bretaña en el S. VI, ―recibiréis a
los enemigos que os traerán guerra; si no os unís con
nosotros [en esta cruzada ecuménica dirían hoy los
cristianos que caen en la onda del ecumenismo papal],
para mostrar a los sajones el camino de vida, recibiréis
de ellos el golpe de muerte‖.
Antes de finalizar el S. VI, el papa estaba ya en plena
función temporal, hasta ―improvisándose como un
general y enviando tropas, mapas de campaña y
estrategia‖ contra los lombardos, pagando a los
soldados, redimiendo cautivos, defendiendo la ciudad y
obrando como un verdadero diplomático. Un siglo
después, Carlomagno libró 53 campañas militares ―para
llenar su imperio conquistando y cristianizando Bavaria
y Sajonia‖. Como ejemplo de su estilo evangelístico
para tomar decisiones, podemos mencionar la
concesión que ―dio a los sajones conquistados de elegir
entre ser bautizados o la muerte, y 4500 sajones
rebeldes tuvieron que ser decapitados en un día‖.
Uno de los misioneros más notables de la época que
cristianizó a Irlanda fue el sanguinario Columba.
Decían de él que ―era un guerrero tanto como un
santo‖. Así también, al terminar el S. XX, el papa Juan
Pablo II iba a beatificar al primado de Croacia,
Stepinac, por su carácter tan santo y cometido a la
expansión de la Iglesia Católica; y canonizar al mismo
Pío XII, el papa tan comprometido de la Segunda
Guerra Mundial, destacando también sus virtudes
místicas.
Posteriormente el rey Otón I (936-973), en Alemania,
iba a consolidar su poder nombrando a los obispos y
abades como ―gobernadores civiles a la vez que
prelados eclesiásticos‖, sistema que perduró hasta
Napoleón a fines del S. XVIII. ―A medida que Otón
extendía su autoridad, fundaba nuevos obispados en los
bordes de su reino, con propósitos en parte políticos y
en parte misioneros, como los de Brandenburgo y
Havelberg, entre los eslavos, y Schleswig, Ripen y
Aarhus para los daneses‖.
La conquista de Irlanda siguió un esquema semejante.
Los católicos establecieron primero un asentamiento de
base, de eso provino una guerra civil que requirió la
intervención de un ejército extranjero. En 1169, el
depuesto rey Leinster Dermot MacMurrough pidió un
ejército papal normando de Inglaterra para recuperar su
trono. Ese ejército inglés nunca se fue. Lo mismo haría
la Iglesia de Roma en las demás tierras conquistadas del
Asia y de América medio milenio más tarde. Inclusive
en el África, cuando en el S. XVI, los cristianos etíopes
no tendrían más remedio que aceptar la ayuda de los
portugueses que iban siempre acompañados por el
clero, para protegerse de los musulmanes. No se irían
hasta que, en una revuelta, lograrían expulsar los
jesuitas en el S. XVII.
¿Qué fue lo que necesitó el papado romano para
justificar su espíritu sangriento y perseguidor al
comienzo de la Edad Media en el primer milenio? No
fue el comunismo que ni existía para entonces, sino el
arrianismo que le impedía sobresalir como el nuevo y
real emperador político-espiritual del mundo. Las
mismas razones dadas por los fanáticos obispos que
arengaban a los francos contra el arrianismo, iban a
usar los obispos del S. XX para arengar a los alemanes
y fascistas católicos al iniciarse la recuperación
temporal del papado, para extirpar el comunismo y el
judaísmo presuntamente vinculados con los
movimientos de izquierda, y aún a la misma Iglesia
Ortodoxa cuando esto les fuera posible.
¿Qué requerirá el papado para justificar un espíritu
sanguinario al final, en un intento supremo y último por
lograr la primacía del mundo? Otro chivo emisario
sobre el cual el diablo logre levantar la antipatía
universal. El arrianismo, el islamismo, el judaísmo, el
catarismo, el protestantismo, el paganismo indígena y
asiático, el comunismo con la complicidad presunta del
judaísmo, todos fueron peldaños que llegarán a la cima,
en el fin del mundo, con la ira del dragón apocalíptico
contra ―los que guardan los mandamientos de Dios y
tienen el testimonio de Jesucristo‖ (Apoc 12:17).
2. Métodos evangelísticos católicos para evangelizar
Latinoamérica.
Libros enteros no alcanzarían para contar la manera
cruenta y salvaje en que fue cristianizada Europa. Lo
mismo podría decirse de la crueldad manifestada en la
evangelización de los indígenas de Latinoamérica.
Siendo que los tribunales de la Inquisición debían velar
por la ―pureza‖ de la sociedad en materia moral y
espiritual, no podían servir para evangelizar a los
indígenas que ni conocían el dogma católico. Para ello
levantaron otro tribunal que se conoció como ―Tribunal
de Extirpación de Idolatrías‖.
¿Cuál era el método del que se valieron los
conquistadores españoles en conjunción con los curas
que los acompañaban con un crucifijo en las guerras de
conquista? El apalamiento que consistía en sentar al
indígena sobre un poste puntiagudo, atravesándolo
desde el ano hasta el estómago, la garganta o la boca.
Ataban las cuatro extremidades de los rebeldes a cuatro
caballos para descuartizarlos. Los desnudaban y les
soltaban perros cebados que los despedazaban. Los
ataban a un poste para quemarlos vivos para que
sirvieran de escarmiento. Todo esto, sin poner a un lado
los demás métodos tradicionales de opresión y
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exterminio que habían estado utilizando las monarquías
católicas en toda Europa.
En marcado contraste, como lo reconocen con
admiración hoy los historiadores, los Adventistas del
Séptimo Día fueron a Latinoamérica, y más
notablemente al Perú, con las manos limpias fundando
escuelas, y no respondiendo jamás a la violencia con la
violencia. Volvieron a recurrir, como los humildes
apóstoles del Señor al comienzo del cristianismo, al
único poder que Cristo garantizó a su iglesia, el del
Espíritu Santo para convertir y transformar a los
paganos. Las Providencias divinas fueron notables en la
protección de los fieles evangelistas. Esto lo hicieron
los adventistas no solamente entre los indios del Perú,
de Argentina, de Venezuela, de Méjico y de tantos otros
países de Latinoamérica, sino también en todo el
mundo, y con los mismos resultados maravillosos.
3. Métodos evangelísticos católicos en el Asia.
Con el descubrimiento de América se despertó también
el celo misionero universal de la Iglesia Católica. No
pudo contar con el apoyo de dos pueblos marítimos
europeos como lo fueron Inglaterra y Holanda, por
haberse transformado en países protestantes. Pero se
sirvió de los franceses, portugueses y españoles que
buscaban nuevos horizontes de comercio. Mientras que
los españoles concentraron sus esfuerzos en
Latinoamérica, favorecidos por la bula papal de
Intercaetera, los mamelucos portugueses se extendieron
más hacia el Asia oriental. Ambos se disputaron de
todas maneras, los territorios que conquistaban en los
dos continentes tan lejanos, pero compartieron un
molde común. Ambos llevaban sacerdotes que
procuraban evangelizar a los nativos con la cruz y la
espada, como punta de lanza para la explotación
material posterior.
a) En Vietnam. Los establecimientos católicos hispano-
lusos en Indochina comenzaron en el S. XVII con la
introducción de los jesuitas. Los franciscanos y
dominicos también acompañaron a los aventureros,
pero no tuvieron la influencia política que lograron los
jesuitas. Sus asentamientos religiosos fueron
acompañados por establecimientos comerciales que
atrajeron, poco después, la competencia inglesa,
holandesa y francesa. El continente asiático, así como
el latinoamericano, se transformaría en tierra de
conquistadores, piratas y corsarios.
Los jesuitas intentaron influenciar con variado éxito los
escalones culturales y políticos más altos de la
sociedad. A diferencia de lo que hicieron en
Latinoamérica, en donde negaron la Biblia a los
nativos, los jesuitas imprimieron allí la Biblia en 1651 y
lograron atraer en su favor a gente respetable entre los
círculos de poder. Pero eso trajo, en su momento,
intrigas políticas y rivalidades comerciales, de tal
manera que la influencia europea declinó. En el siglo
siguiente la Iglesia Católica logró dominar la élite
gobernante, gracias al emperador Gia Long y otros
potentados nativos que lo siguieron. Gracias a Gia
Long, la iglesia Católica obtuvo privilegios de todo tipo
que usó grandemente para extender su influencia.
Como tan a menudo en este tipo de expansión
misionera, los privilegios dieron lugar a excesos y
abusos, lo que indispuso a los nativos contra el
cristianismo y contra todo lo europeo. Las comunidades
católicas reaccionaron, en consecuencia, y se volvieron
beligerantes, organizando revoluciones en
prácticamente toda la Cochinchina. Los misioneros
católicos comenzaban los desórdenes, a menudo
dirigiéndolos, y contaban para ese entonces con el
apoyo de los intereses comerciales y nacionales
franceses.
Esas incursiones políticas católicas trajeron como
resultado la hostilidad del emperador Theiu Tri, quien
gobernó desde 1841 a 1847. Para ese entonces las
intrigas francesas con los misioneros católicos se
entremezclaron de tal manera que no se podían
diferenciar. Los nativos boicotearon las misiones
católicas, comenzaron a pasar leyes restrictivas, y a
erradicar las actividades católicas por doquiera. Los
católicos recurrieron a Europa haciéndose los mártires,
y solicitando la intervención de los gobiernos europeos.
Los barcos franceses que viajaron a los puertos
vietnameses se multiplicaron con el pretexto de requerir
la liberación de los misioneros. Los gobernantes
vietnameses objetaron las intervenciones eclesiásticas y
comerciales europeas en su país, dando más pretextos a
Francia y a España para intervenir.
Una fuerza franco-hispana invadió Darnang en 1858,
que ocupó Saigón al comenzar el siguiente año.
Mediante un tratado Francia, en 1862, se apoderó de las
provincias de Vietnam, y garantizó en una de sus
cláusulas total libertad religiosa para la Iglesia Católica.
Para Agosto de 1873, cuando Francia conquistó Hanoi,
se firmó el ―tratado‖ final que terminó con la
independencia vietnamesa. Toda Indochina (Vietnam,
Laos, Camboya), eran ya colonias francesas que habían
comenzado con las actividades misioneras católico-
romanas. Los misioneros católicos recibieron
privilegios especiales que comprendían poder supremo
en asuntos religiosos, culturales, sociales, económicos y
políticos. Nunca vacilaron en recurrir a las bayonetas
francesas para imponer la cruz sobre los renuentes
nativos.
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Gracias a esa ayuda y respaldo militar, comenzaron las
conversiones masivas en manos de frailes, jesuitas,
sacerdotes, monjas y obispos. Invitaban a aldeas enteras
a ―ver la luz‖ prometiéndoles alimento y asistencia de
los misioneros a cambio de la conversión. La posición o
los privilegios en los distintos niveles educacionales o
coloniales, quedaban fuera del alcance de los que
rehusaban convertirse. Lo mismo sucedía en referencia
a las posesiones de tierra y a las posiciones oficiales en
las administraciones locales y provinciales. Esos eran
privilegios exclusivos para los que se convertían a la fe
católica. Miles se bautizaban durante las épocas de
escasez y hambruna, antes de ser socorridos por las
misiones católicas.
¿Cómo podía la Iglesia Católica lograr tan buen
respaldo francés en la Conchinchina, mientras que en
Francia había un espíritu tan secularizante? Ante las
perspectivas colonialistas y económicas se podía ser
más conservador allá lejos. La legislación colonial
francesa se reforzó con la participación entre bastidores
de los misioneros mismos. Las protestas de los sectores
políticos y religiosos liberales de Francia no tuvieron
efecto. Luego de un siglo y medio de colonización
masiva eclesiástica y cultural, los franceses y nativos
católicos monopolizaron prácticamente la
administración civil y militar. Esa élite gobernante pasó
la antorcha de la Iglesia de generación en generación
hasta llegar al presidente Diem y sus hermanos, quienes
intentaron extirpar el budismo mayoritario por la fuerza
en la segunda mitad del S. XX.
-La guerra de Vietnam. Todos los esfuerzos
misioneros católicos en Vietnam, inclusive los de Diem
y sus hermanos en pleno S. XX, siguieron un mismo
esquema para imponer la religión católica a todo el
mundo, aunque eran una minoría superada ampliamente
por el budismo asiático (85 % budistas). Primero Roma
enviaba misioneros para explorar las posibilidades
religiosas y económicas que beneficiasen tanto a
Francia, España y Portugal como a la Iglesia misma.
Luego venían los invasores colonialistas que
terminaban imponiendo la religión católica y
explotando a los nativos. Diem en Vietnam estableció
una junta católica que fue tomando control de los
principales puestos de gobierno, inclusive la fuerza
militar que confió a uno de sus hermanos. Una vez bien
establecidos comenzaron a establecer leyes
discriminatorias contra la mayoría budista, cerrándoles
y quemándoles sus pagodas, e impidiéndoles educarse
en las universidades. Finalmente recurrieron al terror
una vez que la reacción budista se hizo notar.
Diem contaba en Vietnam, además, con el apoyo de su
otro hermano, el arzobispo de Hue. En su imposición de
la fe católica a la mayoría de la población budista,
recurrieron a los mismos métodos de Hitler contra los
judíos y los gitanos, y Pavelic contra los ortodoxos
también. No sólo impidieron a los budistas
desarrollarse en la sociedad y en la educación, sino que
los enviaron a los campos de concentración o
detención. Medidas equivalentes tomaron para con
otros grupos religiosos que fueron proscritos. Si no
hubiera sido porque los EE.UU. estaban allí, se
hubieran repetido los mismos horrores nazis de la
solución final. Aún así, algunos de esos campos de
concentración se transformaron en campos de muerte.
Más de 600 murieron en el de Phu Loi (en la provincia
de Thu Dai Mot), por un envenenamiento masivo,
sumando finalmente un total de 1000 muertos en ese
lugar. Entre 1955 y 1960, 80.000 personas fueron
ejecutadas o muertas por el régimen católico de Diem.
Para la época en que Diem llegó al poder en Vietnam,
el Secretario de Estado de los EE.UU. y el jefe de la
CIA eran católicos (los hermanos John Foster Dulles y
Alan Dulles respectivamente, que tan implicados
habían estado y continuaban estando con el tráfico del
oro nazi). Ellos estaban en permanente contacto con el
cardenal Francis Spellman, quien tenía gran
ascendencia ante Eisenhower, el presidente del
gobierno norteamericano, y había sido nombrado por el
papa Pío XII como su vocero personal ante el gobierno
de los EE.UU. Spellman era el representante religioso-
militar tanto de los poderes católicos como de los
militares ya que, además de representar a la Santa Sede
en los EE.UU., era el Vicario de las Fuerzas Armadas
norteamericanas. Su implicación en la guerra de
Vietnam fue tal que esa guerra fue llamada por muchos,
―la guerra de Spellman‖. Cuando visitaba las tropas
militares norteamericanas en Vietnam repetía
constantemente las palabras que los cardenales de
Roma habían usado para la campaña de Mussolini en
Etiopía. Les decía a los que combatían en Vietnam que
eran ―los soldados de Cristo‖, por supuesto, en la
promoción de la fe e intereses de la Iglesia Católica.
Todos ellos, con el aval y orientación especiales del
papa Pío XII, llevaron a Diem a aplicar la Ley
Canónica de 1917, interpretada ésta en su forma más
literal para todo Vietnam, y ante una mayoría budista
abrumadora. La Virgen de Fátima fue invocada y
manipulada desde el Vaticano mismo como un arma
poderosa para arengar a los católicos de Vietnam contra
el comunismo y, también incluido, el paganismo
budista de la región. Todo ese país asiático fue
consagrado a María. Era un arma emotiva
impresionante que pretendía anticipar la inminente
caída del comunismo, como veremos más adelante. El
lema era, además: ―Asia para el papa‖.
61
Mientras que Eisenhower mantuvo una política de
―riesgo limitado‖ en la guerra contra Vietnam, John
Kennedy, el primer presidente católico de los EE.UU.
que lo reemplazó, la transformó en un ―cometido
ilimitado‖ para proteger los intereses católicos de la
región. El manejo católico entre Vietnam y los EE.UU.
con esos puestos claves en el gobierno de ambos países,
filtraba la información de tal manera que los
protestantes de los EE.UU. no pudiesen enterarse de lo
que realmente pasaba allí. Cuando los budistas
recurrieron a la inmolación pública, Diem y sus medios
de prensa se burlaban del autoazado que efectuaban
esos paganos. La opresión real, argüían los católicos,
era del budismo contra la fe cristiana y, por supuesto,
del comunismo que intentaba destruir la civilización
cristiana. Había que proteger, pues, la dictadura de
Diem para impedir que los ―reales‖ enemigos se
saliesen con la suya.
Así empujaron los católicos a la protestante EE.UU. no
sólo a poner a Diem en el poder, sino finalmente a
intervenir y cometer el papel más miserable y
vergonzoso de toda su historia. Para cuando el nuevo
papa Juan XXIII captó el fracaso de la política católico-
norteamericana en Vietnam, hizo un pacto secreto para
salvaguardar los intereses católicos en la región con la
sección comunista de Vietnam (Hanoi), y dejó a los
EE.UU. solos en su derrota final. Lo que Pío XI y Pío
XII hicieron con los protestantes alemanes a quienes
arrastraron a aliarse con Hitler, volvió a hacerlo Pío XII
en Vietnam con la gran república protestante de
Norteamérica. Si el comunismo triunfó allí fue porque
los budistas terminaron considerando que con ellos iban
a pasarlo mejor que con los ―cristianos‖.
¿Cuál fue el resultado de una política tal? En Europa,
en Asia y en todos los lugares donde el papado logra
imponer ese mismo modelo de gobierno para dominar
una población renuente a aceptar el catolicismo, tienen
que retirarse finalmente dejando sumido al país en la
más espantosa ruina. Los EE.UU. que se dejaron
arrastrar por los católicos a la guerra de Vietnam,
sufrieron la derrota más vergonzosa de toda su historia.
Veinte días después de ser asesinado Diem y su
hermano Ngo (2 de Nov. de 1963), el primer presidente
católico de Vietnam, era asesinado en los EE.UU. John
Kennedy (22 de Nov.), el primer presidente
norteamericano católico. Billones y billones de dólares
le costaron a los EE.UU. esa guerra, así como la
pérdida de 58.000 vidas jóvenes norteamericanas (y la
participación de cinco millones y medio de
norteamericanos en la guerra misma).
E. de White escribió lo siguiente en el S. XIX,
anticipándose a la historia de lo que el papado iba a
volver a hacer en el S. XX y volverá a hacer, ya en el
mismo fin, en el S. XXI. ―La historia ha probado cuán
astuto y persistente es el papado en inmiscuirse en los
asuntos de las naciones, una vez que logra poner el pie
para promover sus propios intereses, aún a costa de la
ruina de príncipes y pueblos‖ (GC, 580). ―La iglesia
papal nunca renunciará a sus pretensiones de
infalibilidad... Permítase que las limitaciones impuestas
actualmente por los gobiernos seculares sean quitadas y
Roma sea reinstaurada en su poder anterior, y se verá
en el acto un reavivamiento de su tiranía y persecución‖
(GC, 564). Esta es la historia que se vio repetir en el S.
XX, tan claramente advertida por E. de White el siglo
anterior. ¿Se prestará atención a estas y otras
declaraciones para lo que aún falta ocurrir?
E. de White anticipó también que ―la apostasía
nacional‖ de los EE.UU. —considerados a sí mismos
como ―una nación bajo Dios‖ en el mismo peso
norteamericano—―será seguida por la ruina nacional‖
(7BC 977, 1888). ―Es en la época de la apostasía
nacional cuando... los gobernantes de la tierra se
alistarán del lado del hombre de pecado [el papado].
Será entonces cuando la medida de su culpa se habrá
llenado. La apostasía nacional será la señal de la ruina
nacional‖ (2SM 373, 1891). ―Los principios católico-
romanos serán asumidos bajo el cuidado y protección
del estado. Esta apostasía nacional será seguida
rápidamente por la ruina nacional‖ (RH Junio 15,
1897). ―Cuando el estado use su poder para imponer los
decretos de la iglesia y sostener sus instituciones—
entonces la América Protestante habrá formado una
imagen del papado, y habrá una apostasía nacional que
terminará únicamente en la ruina nacional‖ (7BC 976,
1910). El fracaso y humillación sufridos por los
EE.UU. en Vietnam causados por dejarse arrastrar a esa
guerra por una política católica mentirosa y despiadada,
sirve de ilustración adicional a todas estas advertencias
que tendrán su cumplimiento más vasto al consumarse
la unión de las iglesias y los estados en el fin del
mundo.
b) En Siam. En 1610 llegó el jesuita Alejandro de
Rodes a Annam y Tonkin (Indochina). Diez años más
tarde envió una descripción de las posibilidades
comerciales y religiosas de esa región. Los jesuitas
franceses reclutaron gente para ayudarlo en su doble
obra de convertir esas naciones a la fe católica y
explorar el potencial comercial que tanto para Roma
como para Paris, no debían darse por separado. Ambas
perspectivas formaban la base de la ocupación política
y militar posterior.
El éxito de esos misioneros jesuitas fue tan grande que
para 1659, toda esa región fue marcada como la esfera
exclusiva de la actividad religiosa y comercial francesa.
Los misioneros se extendieron luego a Pegu, Camboya
62
y Siam, esta última pasando a ser pronto la base de toda
operación religiosa y comercial tanto de la Compañía
de las Indias Orientales como del Vaticano. El método
de subyugación de la población iba a ser simple. Cada
uno iba a contribuir en su esfera de acción. La
compañía sometería a los nativos mediante su
comercio, el gobierno francés mediante sus ejércitos, y
el Vaticano mediante su penetración religiosa.
Una vez que las bases económicas y las estaciones
misioneras se establecían con éxito, el gobierno francés
presionaba a los nativos a firmar un pacto oficial de
comercio. El Vaticano, por su lado, se esforzaba al
mismo tiempo por expandir su influencia espiritual, no
tanto mediante la conversión de la población, sino por
la conversión de una persona, el rey de Siam mismo. Si
lograban eso, entonces los sacerdotes católicos iban a
procurar persuadir al nuevo rey católico a admitir
guarniciones francesas en las ciudades claves de
Mergui y Bangkok, con el pretexto de que servirían a
los mejores intereses de la Iglesia Católica.
En 1685 el gobierno francés firmó un pacto comercial
favorable con el rey de Siam quien, dos años más tarde,
con toda su élite gobernante, se convirtió al
catolicismo. Inmediatamente comenzó la opresión
sobre la sociedad budista. Cantidades de regulaciones
discriminatorias que favorecían las instituciones
católicas minoritarias a expensas de las instituciones
budistas se fueron ininterrumpidamente dando.
Mientras que se construían iglesias católicas por
doquiera, se cerraban e incluso demolían muchas
pagodas budistas ante el menor pretexto.
Las escuelas católicas reemplazaban a las budistas. De
una manera idéntica a lo que haría Diem en Vietnam
unos tres siglos después, la élite gobernante de Siam se
transformó en una verdadera mafia político-religiosa.
Todo con el respaldo de las bayonetas francesas. Pero
como le pasó después a Diem, luego de infructuosas
protestas, la mayoría budista organizó una resistencia
popular. Esa resistencia fue reprimida en forma brutal,
logrando sembrar más sentimientos anticatólicos por
toda la región.
Los católicos comenzaron a ser perseguidos por todos
lados, y la rebelión llegó a todos los niveles,
comenzando curiosamente en la misma corte que había
dado la bienvenida al catolicismo romano. Los
sacerdotes nativos católicos y los oficiales franceses
fueron arrestados y expulsados hasta terminar con toda
actividad católica. Los pocos católicos minoritarios que
permanecieron y que se habían transformado en
perseguidores, nunca fueron perseguidos. Pero se cerró
el comercio para los franceses y el envío de misioneros
para Roma a partir de 1688. Por un siglo y medio la
tierra de Siam quedó prohibida para ambos.
c) En China. Temprano en el S. XVII, los jesuitas
lograron penetrar la Corte Imperial de China, y
convertir a su emperatriz al catolicismo romano. A
través de ella, se propusieron los jesuitas lograr
conversiones masivas en medio de una mayoría
abrumadora budista. Las perspectivas eran ilimitadas
desde la óptica romana. Fue tanto el éxito de seducción
que tuvieron para con la emperatriz, que ésta decidió
cambiar de nombre, para llamarse Emperatriz Elena,
como la emperatriz romana, madre de Constantino, el
primer césar converso al catolicismo romano. La
emperatriz bautizó luego a su hijo con el nombre de
Constantino, para indicar el papel que debía cumplir su
hijo en la futura conversión del budismo chino a la fe
católica.
Su celo católico se hizo notar pronto en la corte en
donde el progreso, el privilegio y la riqueza, así como
el poder en la administración y en el ejército, se
obtenían mediante la conversión a la fe romana. Los
consejeros jesuitas la indujeron a enviar una misión
especial a Roma para pedirle al papa que enviase
cientos de misioneros para acelerar la conversión de
China a la fe católica. Mientras esperaban la respuesta,
esa minoría católica emprendió la conversión de los
mandarines, la maquinaria burocrática y finalmente
esperaban alcanzar a los millones de campesinos
chinos.
La élite que se juntó alrededor de la emperatriz produjo
resentimientos, luego temor y finalmente la oposición
de la cultura budista china. La resistencia a los
esfuerzos misioneros que iban acompañados de
medidas discriminatorias del gobierno, fue suprimida
mediante arrestos y fuerza bruta. En esas circunstancias
llegó la noticia de que el papa había generosamente
aceptado el pedido, e iba a enviar cientos de misioneros
más para convertir al país entero a la fe católica. Eso
creó mayores levantamientos populares que fueron
reprimidos con mayor fuerza.
Fue tanta la resistencia popular que finalmente las
naciones europeas tuvieron que intervenir para aplastar
la ―rebelión‖, mediante la diplomacia y medidas
comerciales llevadas a cabo bajo la presencia
amenazante de los buques de guerra europeos en las
costas chinas. Esos intentos de la Iglesia Católica de
gobernar y luego convertir a China mediante una
minoría nativa católica terminó en un fracaso total. Pero
primero creó malestar, caos, revolución, conmoción
nacional e internacional, con el único deseo de
imponerse a sí misma como soberana de una gran
63
nación asiática que no estaba dispuesta a aceptar su
yugo.
d) En Japón. Así como en China y en Siam, la política
básica de Roma fue enviar mercaderes y sacerdotes
católicos para que trabajasen juntos extendiendo sus
propios intereses y, en especial, para difundir la fe
católica. Al principio los japoneses estaban ansiosos de
abrir intercambios culturales y comerciales. Cuando los
portugueses llegaron a las costas japonesas, los
comerciantes extranjeros y los misioneros católicos
fueron bien recibidos.
Pronto encontraron un poderoso protector en Daimyo
Nobunaga, el dictador militar de Japón (1573-82).
Aunque Nobunaga estaba ansioso por contrabalancear
el poder de cierto movimiento budista de sacerdotes
soldados, manifestó una simpatía genuina por la obra de
los ―cristianos‖. Los alentó dándoles el derecho de
propagar su religión por todo el imperio. Les donó
tierras en Kyoto mismo y les prometió incluso un
subsidio anual. Miles comenzaron a convertirse gracias
a ese apoyo. Se establecieron considerables centros
católicos en varias partes de Japón.
Si los católicos se hubieran dedicado únicamente a
expandir su fe, hubieran tenido sin duda grandes
resultados. Pero no bien establecieron una comunidad
católica, comenzó a operar el sistema jurídico-
diplomático-político de dominación del Vaticano. De
acuerdo a las explícitas enseñanzas del dogma católico,
los conversos japoneses no podían permanecer sujetos
únicamente a las autoridades civiles japonesas. El
hecho mismo de convertirse al catolicismo los hacía al
mismo tiempo sujetos del papa. Una vez que su lealtad
era transferida a un poder extranjero, comenzaba
automáticamente la deslealtad potencial de los
autóctonos a los gobernantes civiles japoneses.
La convicción de que la religión católica es la única
verdadera, más la creencia en la obligación del
gobierno civil de imponer sus dogmas, se transforma
automáticamente en intolerancia religiosa. Esto debía
conducir inevitablemente a una lucha civil. En lo
exterior, las comunidades católicas iban a favorecer el
comercio con los comerciantes católicos europeos, y la
penetración política y militar del Oriente de los poderes
católicos occidentales.
Dondequiera los católicos llegaban a constituir una
mayoría en Japón, iniciaban una acción discriminatoria
que afectaba a los budistas y a otros credos autóctonos.
Los católicos los boicotearon, cerraron sus templos y
los destruyeron toda vez que podían, convirtiendo sus
templos paganos en iglesias. En muchos casos
obligaron a los budistas a hacerse ―cristianos‖. Los que
rehusaban perdían sus propiedades y aún la vida. Ante
semejante comportamiento, la actitud tolerante de los
gobernantes japoneses comenzó a cambiar.
Comenzaron a darse cuenta que la Iglesia Católica no
era sólo una religión, sino un poder político conectado
íntimamente con la expansión imperialística de los
países católicos como Portugal, España y las otras
naciones occidentales.
Al enterarse el papado de los éxitos logrados por el
catolicismo en Japón, puso en marcha su plan de
dominio político. Para ello recurrió, como siempre, a la
acción conjunta del poder militar de los países católicos
y de la administración eclesiástica de la Iglesia. Todos
estaban ansiosos de poder llevar la cruz, la soberanía
del papa, tratados comerciales provechosos y la
conquista militar de una sola vez. León X, así como
numerosos papas antes y después de él, bendijeron,
alentaron y legalizaron todas las conquistas y
ocupaciones territoriales de los católicos españoles y
portugueses en el Lejano Este. Alejandro VI otorgó a
España toda ―tierra firme y las islas que encontrase
hacia India, o hacia cualquiera otra parte‖, incluyendo
Japón en su bendición papal para toda incursión
imperialista portuguesa y española.
De esta manera, el Vaticano envió en 1579 a uno de los
jesuitas más hábiles de su tiempo, Valignani. Su misión
iba a ser organizar la Iglesia japonesa como un
instrumento político. Por supuesto, mientras planeaba
en esa dirección, ostentaba permanecer en una actividad
puramente religiosa y recibía el apoyo entusiástico de
numerosos príncipes poderosos japoneses, tales como
Omura, Arima, Bungo, y otros. Pudo levantar con su
ayuda colegios, hospitales, seminarios donde los
japoneses aprendían teología, literatura política y
ciencia.
Una vez que se sintió fuerte en todas esas estructuras
sociales de las provincias donde pudo establecer sus
instituciones, Valignani dio su siguiente paso y los
convenció de enviar una misión diplomática oficial al
papa. Cuando la misión regresó a Japón en 1590 el
cuadro había cambiado completamente. El nuevo amo
de Jaón, Hedeyoshi, había captado las implicaciones
políticas del catolicismo y su compromiso para con
potentados occidentales distantes como el papa. Por
consiguiente, decidió unirse al budismo que no tenía
compromisos políticos con ningún príncipe fuera de
Japón.
En 1587 Hideyoshi había visitado Kyushu y, para su
asombro, descubrió que la comunidad católica había
llevado a cabo una persecución religiosa de lo más
atroz. Por doquiera pudo ver los templos budistas en
ruinas, y sus ídolos quebrados, en el intento por
64
transformar toda la isla de Kyushu en un centro
católico. Hideyoshi condenó los ataques a los budistas,
la intolerancia religiosa católica, sus políticas de
dependencia a un poder extranjero, así como otros
delitos menores, y les dio un ultimátum. Veinte días
tenían los católicos extranjeros para abandonar Japón.
Derrumbó las iglesias y los monasterios en Kyoto y en
Osaka en venganza por los ataques a los budistas, y
envió tropas a Kyushu.
Para ese entonces los católicos habían logrado penetrar
bastante en la sociedad, por lo que Hideyoshi no pudo
expulsarlos del todo. En 1614 volvió a la carga con la
orden para los sacerdotes extranjeros de irse. Tuvo la
ventaja de que los misioneros católicos—jesuitas y
franciscanos—habían comenzado a pelearse entre ellos
dividiendo las comunidades católicas. Siendo que se
habían transformado en verdaderos feudos, se volvieron
peligrosos y el gobernante japonés temió una guerra
civil. Previó también que tal guerra civil podía provocar
una intervención militar portuguesa y española para
proteger ya sea a los jesuitas como a los franciscanos, y
terminar en la pérdida de la independencia nipona.
Los franciscanos enviaron apoyo de la ya subyugada
Filipina en 1593, quienes no hicieron caso de las
órdenes de Hideyoshi y continuaron edificando iglesias
y conventos en Kyoto y Osaka, desafiando
abiertamente la autoridad del Estado. Querellas
violentas con los portugueses jesuitas se incrementaron.
Pero lo que más llevó al gobernante japonés a tomar sus
medidas más enérgicas, fue un incidente pequeño pero
muy significativo. Un galeón español naufragó en la
costa de Tosa. Hideyoshi ordenó la confiscación del
barco y de sus bienes. El furioso capitán español intentó
intimidar entonces a los oficiales japoneses, alardeando
cómo España había adquirido un gran imperio mundial.
Para probarlo les mostró un mapa de todos los grandes
dominios españoles. Cuando los asombrados oficiales
japoneses le preguntaron cómo una nación había podido
subyugar tantas tierras, el capitán se mofó de ellos
diciéndoles que los japoneses nunca iban a poder hacer
lo mismo que España porque no tenían misioneros
católicos. Todos los dominios españoles—les dijo—
habían sido adquiridos al enviar primero misioneros
para convertir a la gente, y entonces las tropas
españolas coordinaban la conquista final.
La sospecha de Hideyoshi de que los imperios
extranjeros usaban a los misioneros católicos como
punta de lanza para conquistar las tierras, lo llevó a
erradicar a todos los franciscanos y dominicos. Rodeó a
26 sacerdotes en Nagasaki y los ejecutó, ordenando la
expulsión de todo predicador ―cristiano. Hideyoshi
murió en 1598, lo que permitió a los católicos reasumir
su labor con mayor vigor. Pero en 1616 subió Leyasu
como gobernante de Japón y reforzó más resueltamente
el edicto de expulsión de su predecesor. No solamente
dio la orden de expulsión a los sacerdotes católicos,
sino que también determinó la pena de muerte a todos
los ―cristianos‖ japoneses que fuesen ―cristianos‖ y no
renunciasen al ―cristianismo‖. En 1624 la persecución
se volvió más violenta bajo Jemitsu (1623-51), con la
orden de deportación inmediata de todos los
comerciantes y misioneros españoles. Se prohibió a los
mercaderes japoneses comerciar con los poderes
católicos.
Nuevos edictos en 1633-4 y en 1637 prohibían toda
religión extranjera en las islas japonesas. Los católicos
japoneses se organizaron para ofrecer una resistencia
violenta. Eso se dio en el invierno de 1637 en Shimbara
y en la isla cercana de Amakusa, que habían llegado a
ser enteramente católicas. Los sacerdotes occidentales
dirigieron la ofensiva armada de las comunidades
católicas contra el gobierno. Los jesuitas pusieron en
marcha un ejército de 30.000 japoneses con estandartes
que llevaban los nombres de Jesús, María, y San
Ignacio ondeando delante de ellos. Libraron sangrientas
batallas a lo largo del promontorio de Shimbara, cerca
del golfo de Nagasaki. Luego de asesinar al gobernador
leal de Shimbara, el ejército católico se parapetó detrás
de bien construidas fortalezas que lograron resistir a las
embestidas de los barcos japoneses.
Pero entonces, el gobierno japonés pidió a un
protestante danés que le prestara barcos anchos lo
suficiente como para llevar cañones pesados para
bombardear la fortaleza católica. El danés consintió y la
fortaleza católica fue destruida y masacrados todos los
que se habían refugiado allí. Esa rebelión católica
produjo el Edicto de Exclusión de 1639 con la siguiente
declaración: ―Que nadie en el futuro, tanto tiempo
como el sol ilumina el mundo, presuma embarcarse
para Japón, ni aún como embajadores, y esta
declaración no será revocada jamás, so pena de
muerte‖. Ese edicto incluía a todos los occidentales con
excepción del danés por haberlos ayudado a derrotar a
los católicos. Pero el danés tuvo restricciones por el
simple hecho de estar conectado con el ―cristianismo‖.
No se les permitió a los daneses orar en público delante
de un japonés, y hasta se les prohibió usar el calendario
occidental en sus documentos de negocios, porque se
referían a Cristo.
¿Cuál fue el resultado de unir la religión con la política
de expansión misionera católica, a pesar de comenzar
asegurando que iban a obrar en su carácter puramente
espiritual? Que Japón pasó a ser una tierra sellada,
―herméticamente‖ cerrada para el mundo exterior. Esta
actitud duró por 250 años hasta que Comodoro Perry, a
mitad del S. XIX, abrió las puertas de la Tierra del Sol
65
Saliente a la manera típicamente occidental, mediante
las enormes bocas de los pesados cañones navales. Esto
dio lugar a la europeización de Japón a partir de 1871,
cuando una numerosa delegación de ese país fue
enviada a Europa para estudiar el cristianismo y ver si
esa religión era más efectiva en asegurar la docilidad de
las masas que el budismo. El informe fue tan pobre que
desistieron del plan.
- El Vaticano y la entrada de Japón en la guerra. Las
cosas iban a cambiar en Japón para el S. XX, apenas
recuperase oficialmente el papa sus dominios en el
Vaticano. La mezcla de pequeña soberanía y vasto
poder religioso internacional que ya vimos, le daba al
papa una posición única. Su apoyo al gobierno fascista
de Mussolini y a su campaña de conquista a Etiopía, fue
mirado con ojos inteligentes en Japón. El apoyo
equivalente del papa al nazismo de Hitler, la posterior
anexión de Austria por parte del führer, y el éxito y
orden que los gobiernos fascistas europeos parecían
lograr, atrajeron la atención de los gobernantes
japoneses. Así como los nuevos amos de Europa
querían dominar en forma absoluta todo el continente
europeo, así también Japón terminó codiciando el Asia,
y organizándose para conquistarla.
La preparación de Japón para invadir el Asia y su
posterior invasión de Manchuria—así como la invasión
italiana de Etiopía—trajo la indignación del mundo,
menos del papa. Todos los japoneses se entusiasmaban
para el Año Nuevo de 1934, con las tremendas
perspectivas económicas que tenían por delante
mientras sus gobernantes les exponían con grandes
planos los planes de conquista, entre los cuales estaba
incluido el naufragio de la flota naval americana. Y a
pesar de eso Pacelli, para entonces Secretario de Estado
del Vaticano, instó al papa en 1934 a aliarse no sólo
con Mussolini y Hitler, sino con Japón también. Pío XI
envió entonces un Vicario Apostólico ―para negociar
con el gobierno de Manchukuo asuntos religiosos‖.
Vemos allí la misma hipocresía de siempre, ya que la
negociación tenía que ver también con aspectos
políticos, económicos y militares. En efecto, los
representantes del Vaticano trabajaron tan
amigablemente con el ejército y el gobierno japonés
que un escritor católico francés escribió que ―ningún
príncipe ni misión japonesa pasa ahora por Roma sin
dar tributo al Soberano Pontífice‖.
Los comerciantes franceses se beneficiarían de los
arreglos que estaban en marcha para formalizar
intercambio de embajadores entre el Vaticano y Japón.
Siendo que esas conversaciones se llevaban a cabo en
secreto, las sospechas de la prensa mundial producían
indignación en los medios católicos que consideraban
que el mundo estaba calumniando a la Santa Sede. El
día llegó, sin embargo, y fue el 5 de mayo de 1935, en
que el Osservatore Romano anunció gozosamente que
el papa estaba enviando un representante a Tokio y que
Mikado enviaba un embajador a la corte papal. Los
católicos se regocijaban con la intención japonesa de
atacar a Rusia—el bolchevismo diabólico y ateo—y
decían que si tales amenazas se concretaban, iban a
ponerse del lado de Japón.
Para junio del mismo año, los japoneses se apropiaban
de una vasta región de China. Cuando ya concluía
1936, lograban establecer un gobierno títere que
gobernase sobre cinco provincias además de
Manchuria. Mientras que los japoneses llevaban a cabo
esa guerra nombrándola como tal sin ambages, y de la
manera más brutal al igual que el fascismo, falangismo
y nazismo europeos, en occidente se la interpretaba no
como una guerra, sino como un ―incidente‖ (nadie
quería perder las perspectivas de comercio con el Asia),
para la ―prosperidad cooperativa‖ de China, Japón,
Europa y América, una simple medida política, etc.
El Eje (Alemania, Italia y Japón), en contraposición con
Los Aliados (EE.UU. e Inglaterra), tenían como
propósito invadir Rusia, el sueño más acariciado por el
papa Pío XII, según ya vimos. Después que Hitler
renunció al plan original de invadir Inglaterra mediante
bombardeos aéreos antes de atacar a Rusia, tanto Japón
como Alemania decidieron iniciar la cruzada contra
Rusia. Esos planes se prepararon bien temprano en
1941. Matsuoka fue enviado entonces a Europa para
entrevistarse con Hitler y Mussolini. El Osservatore
publicó el 31 de marzo con orgullo cómo visitó también
al papa Pío XII.
En el cierre de la entrevista el papa obsequió a
Matsuoka una medalla de oro, y Matsuoka declaró a la
prensa italiana que sus conversaciones con el papa
fueron para él ―el momento más precioso de mi vida‖.
Días después se iniciaba la Segunda Guerra Mundial.
Pocos meses después, en ese mismo año, la flota aérea
nipona hundía la flota naval americana en Peal Harbor.
Japón atacaría a Rusia más tarde por el oriente,
mientras que Hitler lo haría por occidente. ¡Qué
perspectivas misioneras para el papado que le
presentaba la ―providencia‖! Su sueño tan querido de
invadir Rusia para terminar con el ateísmo y unir la
religión ortodoxa con la católica no parecían tan
descabellados ya. La católica Europa Central podía
confederarse no sólo para acabar de una vez con la
peste de las democracias occidentales y del
bolchevismo ateo, sino también para terminar
reconociendo la supremacía del papado en toda Europa
y, eventualmente, en el mundo entero. [Hitler para
entonces soñaba también con invadir México que se había
66
volcado hacia la izquierda para consternación del papa, y
desde allí invadir los EE.UU.]
4. Método católico para reconvertir Europa y el
resto del mundo.
Siendo que Europa se había secularizado y la Iglesia
romana había perdido su supremacía, el papado debía
reemprender ahora con paciencia su reconquista de
Europa y del mundo durante el S. XX. Esto lo haría
poco a poco, a medida que la ―providencia‖ le
permitiese imponerse mediante el ejercicio pleno de la
autoridad política de sus gobernantes clero-fascistas.
Aunque lograría de esa manera detener el avance del
comunismo en Europa, sus sueños ―providenciales‖ no
se iban a cumplir como quería. Perdería su hegemonía
sobre todos los países católicos del Este que caerían
bajo los gobiernos totalitarios comunistas, y no podría
ejercer un control absoluto sobre el resto de Europa.
a) En Ucrania. Ya vimos cómo los católicos
intentaron imponerse en forma absoluta en Croacia,
bajo un típico liderazgo fascista bajos los ustashis. Por
su vínculo con la raza eslava que es mayoritaria en casi
todos los países europeos orientales, el papado esperaba
conseguir misioneros para poder evangelizar el mundo
ortodoxo, aprovechando las oportunidades que se le
abrían con la campaña militar nazi a Rusia. Ya había
intentado hacerlo a través de la católica Polonia en
1926, logrando que un dictador católico fascista,
Pilsudski, hiciese expediciones militares a Ucrania para
castigar a los así llamados ―ucranianos rebeldes‖,
especialmente en los lugares que Pilsudski anexaba a
Polonia. Entre el polaco y el ucraniano hay una
distancia idiomática equivalente a la que existe entre el
castellano y el portugués. Por quince años, los
sacerdotes católicos acompañaban a los soldados
polacos que incursionaban en Ucrania. Las iglesias
ortodoxas eran quemadas y ―miles y miles‖ eran
ejecutados.
Si hay un país que vivió casi toda su historia sometido,
fue Ucrania. Por siglos estuvieron bajo los polacos, los
mongoles y los rusos. El régimen comunista ruso los
afectó enormemente a comienzos del S. XX, tanto que
murieron unos seis millones de campesinos en las
famosas purgas soviéticas. Por tal razón, los ucranianos
sintieron que con la invasión nazi podía comenzar una
nueva era de libertad. Pero a poco de llegar los
alemanes, captaron que con esos nuevos invasores no
iban a lograr la libertad que anhelaban y que, por el
contrario, los nazis eran tanto o más crueles que los
comunistas.
Stalin captó el desengaño de la población ucraniana
bajo la ocupación alemana, y decidió cambiar de táctica
acercándose a los ortodoxos con promesas de apoyo.
Los ortodoxos, por otro lado, captaban también que
todo era cuestión de política, pero la perspectiva de un
reavivamiento de la fe ortodoxa con el apoyo de Moscú
no era para desaprovechar. En ese contexto, Hitler se
dio cuenta que iba a remar contra corriente
innecesariamente, y decidió cambiar de estrategia.
Hasta ese momento el führer se había estado oponiendo
a la intromisión papal de su campaña, y negándole el
pedido de enviar monjes y sacerdotes con sus tropas
para evangelizar los países del Este. Si sumaba a los
sentimientos nacionalistas ucranianos el apoyo de la
población católica y, en especial, el de los católicos de
rito oriental pero ligados a Roma, iba a poder atraer con
ese apoyo religioso a los mismos ortodoxos y lograr la
unión de ambas religiones, la ortodoxa y la católica.
La iglesia católica de los Uniates fue concebida por los
jesuitas en el S. XVI, y apoyada por la dinastía católica
de los Habsburg en Austria, para contrabalancear la
influencia rusa ortodoxa. El papado había aceptado
entonces que los sacerdotes que practicaban el rito al
estilo oriental pero que querían mantenerse ligados a
Roma, pudieran incluso casarse. Hasta hoy esa práctica
continúa allí, mientras que en occidente el celibato les
es impuesto a los sacerdotes católicos. Los Uniates,
considerados por algunos católicos como ―híbridos‖,
operaron como una entidad eclesiástica algo más libre
que la de los ortodoxos que dependían del patriarcado
de Moscú, y que de los católicos que dependían del
papado Romano. Estaban en un punto intermedio y eran
más propensos al nacionalismo, ya que habían sufrido
en forma especial bajo las dominaciones extranjeras
más recientes. Aunque no eran mayoría, constituían un
grupo no desconsiderable de cinco millones de
adherentes.
Pronto los Uniates se enteraron que los alemanes los
iban a apoyar en su nacionalismo ucraniano, y recibían
al mismo tiempo el respaldo del Vaticano para entrar en
conversaciones con los ortodoxos y explorar la
posibilidad de unir ambas iglesias, la católica y la
ortodoxa, dentro de la línea intermedia Uniate. La
perspectiva era alentadora también para los ortodoxos
ucranianos y podía terminar también facilitando un
arreglo semejante para que los ortodoxos de toda Rusia,
perseguidos implacablemente hasta entonces por el
gobierno comunista, terminasen acoplándose al sistema,
bajo la orientación y sumisión papales.
Cuando los comunistas rusos vieron cómo se movían
las fichas del lado alemán y papal, se dieron cuenta que
la única alternativa que les quedaba era dividir a los
ortodoxos para que no se unieran al movimiento
nacionalista Uniate. Con tal fin lograron infiltrar espías
rusos dentro de las iglesias ortodoxas que evitaron tal
67
unión. Muchos ortodoxos no querían saber nada, por
otro lado, de someterse al papa de Roma. La herencia
ortodoxa rusa no proviene de Pedro, según pretende el
Vaticano para el papado, sino de Andrés. Esa división
ortodoxa ucraniana promovida por los rusos hace más
de medio siglo atrás, continúa hasta el día de hoy.
A pesar de los intentos rusos por dividir también a los
Uniates, un ejército nacionalista logró finalmente
formarse con el apoyo nazi, que tendría por misión no
sólo lograr la independencia ucraniana, sino también
llevar capellanes en sus filas para catolizar todo el
mundo ortodoxo, incluyendo Rusia. Para 1942, el
Vaticano estaba trabajando con los Uniates con este fin,
y se enviaron jesuitas disfrazados a la Unión Soviética
con el propósito de recoger informes de inteligencia
favorables a la unión de las dos iglesias más
tradicionales de Europa. Unos 300 ―apóstoles‖
voluntarios se enrolaron con esa misión, de los cuales
sólo un puñado logró volver con vida. Rusia había
logrado introducir espías dobles dentro de los Uniates
que los orientaban en esa campaña, pero que pasaban la
información al Kremlin.
Aunque esa campaña nacionalista pro-católica fue
brutal en su accionar, contó con el apoyo del Vaticano.
Los sueños evangelizadores de corte militar, sin
embargo, terminarían para el papa en 1944, cuando el
ejército católico fue destruido por los rusos en la
Batalla de Brody. Los intentos posteriores de reunirse
para conformar un comité de Liberación de los pueblos
de Rusia fracasarían igualmente. Medio siglo debía
transcurrir hasta que los sueños papales, con Juan Pablo
II especialmente, comenzaran a florecer otra vez. Los
dos pulmones de Europa, según el papa polaco Wojtyla,
son la Iglesia Ortodoxa rusa y la Iglesia Católica
romana. Pero todo el antecedente dejado por el
Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial, más los
claros intentos papales de lograr por vías diplomáticas
lo que no pudo hacer Pío XII mediante los ejércitos
nazis y nacionalistas, han endurecido el corazón del
patriarcado de Moscú que no confía en las intenciones
papales. Los esfuerzos diplomáticos religioso-políticos
de la Santa Sede, sin embargo, no han muerto.
En la actualidad (2004), se están llevando a cabo
conversaciones positivas entre los ortodoxos rusos y los
representantes papales para unir a Ucrania usando como
modelo el estilo intermedio de adoración tradicional de
los Uniates. El Vaticano está logrando convencer no
solamente a los evangélicos y protestantes, sino
también a los mismos ortodoxos rusos, que deben
unirse para que los gobiernos secularizados de Europa
no se salgan con la suya en la redacción de la
Constitución Europea. Ha logrado convencer a los
cristianos europeos de las iglesias más tradicionales que
Europa no tiene derecho a ignorarlas, y que es un
atrevimiento por parte de las autoridades seculares
pasar por alto el rico patrimonio histórico que legó el
cristianismo al continente.
El papado está convenciendo al otro pulmón que es la
ortodoxia rusa, que si no se logra frenar el secularismo
en este momento fundacional de la nueva Europa, no se
lo logrará jamás. De allí es que en mayo del 2004
esperan reunirse todas estas iglesias para insistir en la
imperiosa necesidad de que Europa no renuncie a su
alma. Esta es una clara iniciativa por recobrar otra vez
el poder, ya que en la teología católica, la autoridad
religiosa es el alma que está por encima de la autoridad
civil que es el cuerpo. Y esto es más significativo si
tenemos en cuenta que es en torno a esa época que
todos los países católicos del Este ya liberados del
comunismo ateo van a ingresar oficialmente a la
Comunidad Europea. Todo esto es crucial para el voto
definitivo que, en principio, deberá tomarse para la
misma ocasión sobre esa Constitución Europea, y en la
que el Vaticano tiene tantos intereses puestos.
b) Intentos de confederar los países católicos
anticomunistas. Después que terminó la Primera
Guerra Mundial, el Vaticano intentó restaurar la
monarquía austríaca y fortalecer su presencia en el
centro de Europa. Favoreció también un movimiento
que se gestó para entonces (en los años 20 y 30),
conocido primeramente como los Blancos, para
contrastarlo con los Rojos comunistas, y luego como
Intermarium. Ese movimiento se proponía constituir un
―cordón sanitario‖ contra el comunismo, equivalente al
―cordón sanitario‖ de los S. XVI al XVIII que España
había levantado mediante la Inquisición contra la
inmigración protestante y judía en Latinoamérica. El
propósito era ahora conformar una Confederación Pan-
Danubia católica y anticomunista que abarcase 16
naciones en el centro de Europa, ―inter‖, es decir, entre
el Báltico, los mares Negro, Egeo, Jónico y Adriático.
Esa organización recibió el apoyo del Vaticano, y
pretendía una Europa libre de los alemanes protestantes
y rusos comunistas.
La restitución de la monarquía de los Habsburg no fue
posible y, en su lugar, el papado fue dando su bendición
a todos los gobiernos fascistas que se fueron levantando
en todos los países católicos, que él mismo inspirara a
través de sus encíclicas. Aunque la organización
Intermarium se volvió impráctica por las rivalidades
étnicas de quienes la conformaban al principio, para
cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en 1939,
sus líderes terminaron apoyando el nazismo de Hitler y,
en general, como lo hizo el papado, a todos los
gobiernos fascistas (UT, 63). Esos líderes de
68
Intermarium fueron la fuente informante de Hitler, su
mayor instrumento de inteligencia.
Toda Europa, exceptuando Inglaterra, terminó
transformándose en un conjunto de estados fascistas o
dominados por ellos una vez que Hitler se apoderó de
toda la región central del continente. Las posibilidades
para que el papado pudiese recuperar el reconocimiento
y hegemonía política en Europa, nunca se habían visto
tan grandiosas desde que esos dominios le habían sido
quitados siglo y medio atrás por los revolucionarios
franceses. Pero todo ese sistema fascista pasó a
depender demasiado del nazismo alemán, de tal manera
que la mayor parte de los países europeos que lo
adoptaron como forma de gobierno sucumbieron una
vez que terminó la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué debía hacer ahora el Vaticano? ¿Debía comenzar
de nuevo para reconquistar Europa? ¿Qué sistemas de
gobiernos podría ahora inspirar para recuperar otra vez
su hegemonía en tantos países católicos que de golpe
quedaban a la deriva? ¿No podía tambalear también su
autoridad política, por haberse vinculado tan
estrechamente a los gobiernos dictatoriales fascistas de
la guerra? ¿Cómo podría hacer frente a la amenaza
comunista con países y gobiernos divididos y
debilitados después de tantos genocidios sangrientos?
¿Qué podría hacer para evitar que los EE.UU., el país
de la libertad religiosa y fortaleza de la democracia
protestante, terminase dominando sobre todos los países
católicos del centro de Europa?
Así como el papado había inspirado los gobiernos
fascistas antes y durante la Segunda Guerra Mundial,
para evitar el triunfo de la democracia occidental y del
comunismo oriental; así también iba a verse al papado,
ya antes de terminar la Segunda Guerra Mundial—una
vez que captó que Hitler iba a fracasar—intentando
formar otra vez una confederación de estados católicos
en Europa Central. Su propósito era el mismo. Quería
contrabalancear el dominio comunista soviético oriental
y el protestantismo norteamericano occidental. Así
como había reemplazado el sistema monárquico que
había favorecido durante toda la Edad Media, por el
fascismo de la primera mitad del S. XX; ahora recurría
otra vez al sistema monárquico tratando de resucitar la
dinastía austríaca de los Habsburg para que se
impusiese sobre todo el centro de Europa, esto es, sobre
todos los países con población mayoritariamente
católica (UT, 17). Lo mismo esperaba poder hacer con
los poderes orientales de Europa y, para ello, intentó
juntar los deshechos del nazismo que recurrían hacia
Roma en busca de refugio en el mismo Vaticano.
¿Cómo podía el Vaticano lograr la unión de Europa
después de la guerra, bajo la bandera de la Iglesia? Un
recurso era la resurrección de la organización
Intermarium, con todos sus sobrevivientes nazis,
ustashis y fascistas. Contaba ahora, además, con el
General De Gaulle en Francia, y Adenauer en
Alemania, ambos católicos devotos y, por lo tanto,
dispuestos a colaborar con el Vaticano en la
reconstrucción de Europa. Pero los franceses no tenían
dinero para poder reavivar Intermarium. Se enteraron,
sin embargo, que Ferenc Vajta, ex cónsul general de
Hungría en Viena, había logrado evacuar la industria
húngara junto con la mayoría de la clase dirigente,
antes que llegasen los rusos. Recurrieron, pues, a él
para obtener su apoyo al plan de reavivar Intermarium.
Vajta compartió con ellos ese dinero robado a los
húngaros, para fortalecer el proyecto de integración de
los pueblos católicos contra el comunismo (UT, 52).
Ya apenas había terminada la guerra, De Gaulle había
iniciado una campaña decidida para ―ganar la simpatía
de los pueblos de Europa Oriental. Quería
contrabalancear los planes británicos que también
estaban interesados en liderar la reconstrucción de
Europa. El general francés creía que debían prepararse
para una nueva guerra contra Stalin si Francia iba a
recuperar su papel legítimo en esa región. Necesitaba,
para ello, el concurso del Vaticano, ya que los franceses
habían quedado muy debilitados. La Confederación
Europea que se proponía crear con la ayuda del papa,
debía juntar a los católicos de España, Francia, Italia,
Austria, Alemania, Polonia, Hungría, Eslovaquia,
Croacia, Eslovenia y los estados Bálticos, entre otros.
¿En qué podía contribuir el papado al sueño del general
francés? En bendecir un tratado secreto que firmaría
Francia con España e Italia, estableciendo así un
poderoso ―triángulo‖ al que se sumarían los estados
católicos de Sudamérica. Necesitaba también el apoyo
del Vaticano para separar la Bavaria, Würtemberg y
Baden-Baden de la mayoría protestante en Alemania, y
crear así un estado federal católico alemán. Por último,
una Confederación Pan-Danubia Católica permitiría la
unión de Polonia y los estados Bálticos, así como la
separación de los católicos eslavos de sus compatriotas
ortodoxos y protestantes. Con semejante unión caerían
más fácilmente Yugoeslavia, Checoeslovaquia y
grandes regiones de la Unión Soviética. Así podría
eliminarse más fácilmente la amenaza del bolchevismo
comunista.
Los planes de De Gaulle pronto se vieron confrontados
con los planes de Inglaterra, que en varios respectos
eran similares. Por ejemplo, tanto los ingleses como los
franceses querían tener a los EE.UU. fuera de estos
planes clandestinos. Por eso adoptaron un slogan:
―Europa para los europeos, sin los rusos y los
norteamericanos. Hagamos pelear a los
69
norteamericanos con los rusos, y explotemos la
victoria‖. La diferencia principal entre Francia e
Inglaterra era, sin embargo, que Londres quería un
dominio completo de las operaciones. Pero, ¿había
necesidad de excluir totalmente a los EE.UU. del plan?
¡No, por supuesto que no! Los EE.UU. podían
contribuir con la bomba atómica y la bomba de
hidrógeno. La coordinación para el ataque a Rusia junto
con las fuerzas militares del resto de Europa, según
veremos luego, se daría en el Vaticano mismo. La Santa
Sede era el mejor centro para camuflar toda acción
clandestina de esa naturaleza.
¿Cuál sería el método para recuperar los países de
mayoría católica que habían caído bajo el régimen
comunista después de la guerra? ¿De dónde obtendrían
los recursos y con qué gente podrían contar para esa
guerra que no debía detenerse contra el comunismo
bolchevique? Había que tratar de recuperar todos los
criminales de guerra posibles, sin importar cuán
homicidas los revelaban sus legajos y, en consecuencia,
cuán requeridos eran por la justicia internacional.
Después de todo, ¿quiénes otros podrían revelar un
cometido tan leal e indiscutible para destruir el
comunismo? Mediante ellos esperaban ―construir
centros militares y terroristas‖ para desestabilizar los
gobiernos comunistas del Este. El costo de la empresa
podría ser pagado, en parte, por el oro que los fugitivos
nazis y ustashis habían logrado llevarse consigo al
escapar del ejército comunista.
¿Qué papel jugaría el Vaticano en todo esto, además de
ejercer su influencia en unir los países católicos para
hacer frente al comunismo? El Vaticano, en realidad,
no era una agencia pasiva en todos estos planes, sino
que formaba parte de todas las iniciativas y llevaba la
delantera en todas ellas. El Vaticano, por su condición
geográfica extraterritorial, era el lugar ideal para
convertirse en nido de todo ese movimiento clandestino
(véase Apoc 18:2-3). Allí se establecería el centro de
operaciones de Intermarium, con todos los deshechos
del nazismo y del fascismo que quedasen vivos.
También se transformaría el Vaticano en el centro de
toda operación diplomática, ya que por su influencia
ante tantos países católicos, podía aglutinar todos los
esfuerzos más fácilmente.
La protección clandestina de todos los criminales de
guerra en el Vaticano debía darse, según las directivas
del Vaticano, bajo la condición de que todos los
criminales ―refugiados‖ fuesen probadamente católicos
y anticomunistas. Los jesuitas serían, además—como
en las conquistas comerciales, políticas y militares de
los españoles, portugueses y franceses durante la Edad
Media en el Asia y Latinoamérica—los agentes del
Vaticano claves en el ―programa de penetración‖ dentro
de las áreas ocupadas por el comunismo. Mientras que
los criminales fascistas procurarían destruir los
gobiernos comunistas, los jesuitas tendrían la misión de
reconstruir esos estados en una unión indivisa con la
Iglesia de Roma. ¿De dónde obtendrían los recursos
económicos? Del contrabando del oro robado
primeramente a las víctimas mayormente judías del
nazismo, y del lavado de dinero a través del banco del
Vaticano y su transferencia a los bancos secretos
suizos.
La magnitud de todo lo que implicó el plan de
Intermarium, así como su implementación por el
Vaticano, merecería una consideración más abarcante
que escaparía del propósito de este trabajo.
Concluyamos aquí, sin embargo, con la mención del
fracaso de semejante complot post-guerra debido al
éxito soviético en introducir espías dobles que lograron
infiltrarse aún en el mismo Vaticano. Hasta algunos
sacerdotes, endurecidos por la guerra, perdieron la fe y
se volcaron a favor del comunismo, pasando a ser
agentes secretos de Rusia. Por su parte, otros líderes
que enfervorizaban y organizaban a los criminales de
guerra, con el consenso hipócrita de Francia, Inglaterra
y el Vaticano, eran igualmente espías de los rusos y les
pasaban toda la planificación. De esta manera, tanto
Tito en Yugoeslavia, como otros gobernantes
comunistas en los otros países católicos del Este,
podían arrestarlos apenas entraban en sus territorios, a
menudo en cuestión de horas, y acabar fácilmente con
ellos. [La misma táctica la ha seguido Fidel Castro
quien tiene espías metidos en el mismo corazón del
anticastrismo cubano en los EE.UU].
Toda esta historia, por supuesto, es triste desde antes,
luego y después de la guerra. Acostumbrados a ver el
mundo comunista como el malo de la película, pasamos
por alto a menudo que igualmente malos fueron los
gestores de la contraofensiva nazi y fascista aún
después de la guerra. ¿Qué hubiera pasado, si los
intentos papales de unificar Europa bajo el primado de
Pedro hubiesen triunfado bajo los regímenes clero-
fascistas que se multiplicaban por doquiera?
Indudablemente habría llegado pronto el fin, con el
regreso de la intolerancia religiosa medieval que no
pudo, gracias a Dios, ser impuesta entonces en forma
universal.
Pero ese día final ya se acerca, porque la mayoría de
esos estados católicos que el papado intentó unir
entonces para reconstruir una nueva Europa, están
pasando al comenzar el S. XXI, a formar parte de la
Unión Europea gracias a la caída del comunismo.
Ahora puede el papado volver a soñar y con ojos más
abiertos, en la recuperación de la primacía de Pedro en
el viejo continente europeo. Se deleita en informar, a
70
través de Zenit, el órgano informativo por internet del
Vaticano, que el porcentaje de católicos es
inmensamente mayoritario en la mayoría de todos esos
países del centro de Europa. En marzo del 2004
informó, incluso, que el catolicismo en Europa
constituye el 80 % de la población. No aclara cómo
obtuvo esa estadística, ya que sólo el 10% en el Oeste
asiste a la Iglesia, debido al secularismo tan
generalizado en esos países. Es probable que haya
hecho un balance general de países denominados
protestantes y países denominados católicos.
Lo que cuenta para Roma es el número, ya que en
regímenes democráticos, la representatividad numérica
es sinónimo de poder. Algo equivalente se da con el
Concilio Mundial de Iglesias que agrupa a más de 342
iglesias. Se trata de regímenes religiosos que buscan un
poderío humano como lo busca siempre todo aquel que
procura justificarse por sus obras. A diferencia del
papado, el verdadero pueblo de Dios procura reunir un
―remanente‖ de toda la cristiandad y de todos los
pueblos de la tierra. Su poder se basa en las promesas
divinas, no en la fuerza humana. Esto es lo que buscan
todos los que ponen su confianza en Dios (Juec 7:2; 1
Crón 21:1-8; Zac 4:6; Rom 9:27; 1 Cor 1:25-29; 2 Cor
12:9; Apoc 12:17). A esa fe, que se basa en la voluntad
divina y cree en lo que Dios puede hacer a través de la
debilidad humana, Dios la imputa como justicia (Rom
4:18-25; véase 3:24-28).
- No exclusión, sino inclusión de las demás religiones.
Los intentos papales que contaron con el aval de los
presidentes católicos europeos para organizar una
confederación de pueblos católicos mayoritarios
mediante los cuales pudiese restablecer su poder y
gobernar sobre el mundo, iban a fracasar porque
pretendían excluir a los protestantes y a los ortodoxos y
a las demás religiones del mundo con las cuales debía
constituir, según la profecía, la Babilonia (―confusión‖)
final de los últimos días. La anticipación profética de la
Biblia decía que todos los poderes políticos y
religiosos, en el fin, lograrían confederarse para hacerle
guerra al Dios del cielo mediante la anulación de su ley
(Apoc 16:13-16; 17:13-14). Esa anulación no tendría
que ver, por supuesto, con la anulación de todos los
mandamientos divinos. Pero por pasar por encima de
uno o dos de esos mandamientos, presumiendo que con
el resto iba a ser suficiente para recibir la bendición
divina, se harían reos ante el universo entero de
violarlos a todos. ―Porque el que guarda toda la Ley, y
ofende en un solo punto, es culpable de todos‖ (Sant
2:10-11).
Antes, durante y después de la Segunda Guerra
Mundial, vemos al papado tratando de lograr la
supremacía del mundo en materia política y religiosa,
pasando por encima del protestantismo norteamericano
y, en gran medida también, inglés y alemán. No sabía
que, proféticamente, sin el apoyo protestante aún del
gobierno norteamericano, no podría lograr jamás la
primacía que tanto anhelaba recuperar sobre el mundo.
Por consiguiente, no debía esperarse el fin con la
exclusión de los EE.UU., sino más bien con su
inclusión y apoyo (Apoc 13:11-18). Aunque le iba a
llevar tiempo para captar y aceptar esa realidad, su
política debía volverse inclusiva, no del todo exclusiva.
También vemos el intento del papado en la primera
mitad del S. XX de suplantar la religión Ortodoxa por
la Católica. Pero, así como los Protestantes debían ser
integrados, no repelidos; también los ortodoxos debían
ser asociados, no suprimidos ni aniquilados. De allí la
política actual del papa Juan Pablo II de considerar al
mundo ortodoxo como el otro pulmón de Europa.
E. de White, la profetiza del ―remanente‖, escribió
antes de la primera y segunda guerra mundiales lo
siguiente. ―Aunque ya se levanta nación contra nación y
reino contra reino, no hay todavía conflagración
general. Todavía los cuatro vientos son retenidos hasta
que los siervos de Dios sean sellados en sus frentes.
Entonces las potencias ordenarán sus fuerzas para la
última gran batalla‖ (CS, 650). La historia del S. XX
nos muestra que los intentos por lograr esa
―coflagración general‖ de las naciones mediante el
papado romano se dieron durante ese siglo, pero fueron
infructuosos. Esto parece haberlo entendido el papado
en la actualidad, ya que esta vez está llevando a cabo y
con éxito, una política de integración política,
económica y religiosa sin precedentes. Nosotros, los
adventistas, sabíamos también que al final habría ―un
lazo universal de unión, una confederación‖ de ―todos
los poderes corrompidos que se han apartado de la
lealtad a la ley de Jehová‖ (CS, 681-2).
- Nido de criminales de guerra. Cuando termina una
guerra, muchos esperan que pueda levantarse un
espíritu perdonador y que todo comience de nuevo
olvidando el pasado. Esto podrá ser adecuado y
correcto en un número de casos considerable, con gente
que fue engañada por falsas ideologías y diferentes
circunstancias. Pero cuando consideramos los
criminales de guerra nazis y fascistas, debemos tener en
cuenta que se trató de gente genocida culpable de
crímenes contra la humanidad, cometidos contra civiles
indefensos e inocentes y en una escala jamás conocida
antes. Y por si esto fuera poco, quedamos pasmados al
descubrir que en su mayoría, tales genocidas no
reconocieron culpa alguna ni pidieron perdón hasta el
día de su muerte. Antes bien, reivindicaron hasta el
final su comportamiento genocida que tenía como
propósito, según aducían, salvar el país, la cristiandad,
la humanidad.
71
En otras palabras, para los criminales nazis y fascistas
católicos, el fin justificaba todo medio, aún el más bajo
y brutal, un principio que la Iglesia Católica Romana
siempre consideró válido al enfrentarse con elementos
opositores. Es el principio que el papado empleó
durante todo su período de dominio medieval en sus
cruzadas de exterminio de herejes. Los criminales de
guerra habían contado con todo el apoyo y respaldo de
la Iglesia Católica, una Iglesia que pretende ser
infalible. ¿Por qué había de culpárselos a ellos, si al
matar en las cámaras de gas o en concentraciones
masivas genocidas, habían estado peleando para
avanzar el dominio romano sobre todo el mundo?
Otro aspecto que llama la atención es que se terminase
inventando, para explicar la fuga de tantos miles de
criminales de guerra, una supuesta organización
llamada Odesa, en relación con la ciudad portuaria de
Ucrania que tiene ese nombre. Los fugitivos nazis y
fascistas habrían huido a esa ciudad, según la teoría,
donde habrían conseguido toda la documentación falsa
que necesitaban para poder escapar a Sudamérica y
otros países, aprovechando las flotas de barcos
internacionales que llegaban hasta ese lugar. Aunque
aparece esa teoría en un film supuestamente histórico
que se hizo hace unos años atrás, los historiadores
concuerdan hoy en que no hay fundamento alguno para
creer que tal organización llamada Odesa haya existido
alguna vez. El nido no fue Odesa en Ucrania, sino
Roma y, más precisamente, el Vaticano y sus
conventos. Odesa no sirvió para otra cosa que desviar la
atención del verdadero centro de contrabando del oro
nazista y ustashi, y de todo fugitivo buscado por la
justicia por sus crímenes contra la humanidad.
La Santa Sede no quería desperdiciar tanta gente útil
para sus sueños expansionistas y anticomunistas.
Siendo que la confrontación del mundo religioso con el
ateo se estaba dando en todo el mundo, en cualquier
lugar en que tales criminales fieles a la Iglesia se
encontrasen, iban a ser útiles para ella. Para captar la
naturaleza de la operación, convendrá considerar, a
continuación, algunos de los más notables genocidas a
quienes el Vaticano dio protección, albergue, falsa
identificación, y una ruta de escape para Sudamérica en
especial, y algunos otros países como Australia,
EE.UU., Canadá, Inglaterra y aún Siria (confrontada
esta última tradicionalmente con los judíos).
1) Franz Stangl. Fue comandante del campo de
exterminio de Treblinka, donde murieron 900.000
judíos. Cuando los vagones atestados de gente
deportada (mayormente judíos), llegaban a esa estación,
Stangl ordenaba desembarcar a los prisioneros para un
descanso de rutina y tomar un baño. A diferencia de
Auschwitz, ese campo de concentración no existió para
trabajar, sino pura y simplemente para matar gente, ya
que las duchas eran de gas. Capturado por el ejército
norteamericano, Stangl fue transferido en julio de 1945
a un alto campamento de prisioneros de guerra en
Glasenbach, donde permaneció como una figura
anónima por dos años. En la navidad de 1947 los
norteamericanos lo transfirieron a la prisión austríaca
de Linz. En mayo de 1948 logró escapar y emprendió la
ruta del sur conocida por todos los genocidas católicos,
esto es, hacia Roma.
Cuando la organización judía dirigida por Simon
Wiesenthal lo recapturó en Brasil, en 1967, confesó que
todos los nazis sabían que debían escapar a Roma y que
una vez allí, debían dar con el obispo Alois Hudal. Ese
obispo les daría albergue, documentos falsos de la Cruz
Roja Internacional, y visas así como trabajo a distintos
países fuera de Europa. Debían, pues, llegar a Roma
para escapar de la red aliada que buscaba a los
criminales de guerra. ―Ud. debe ser Franz Stangle‖, le
dijo Hudal cuando lo vio. ―Lo estaba esperando‖,
agregó. Aunque el obispo Hudal le dio dinero, papeles
y trabajo en Siria, Stangl terminó yendo a Brasil.
2) Gustav Wagner. Fue comandante en Sobibor, el otro
campo mayor de exterminio en Polonia. Luego de
escaparse de la custodia aliada, se topó con su amigo
Stangl en Graz, Austria, y ambos se dirigieron a pie
hasta Roma. Ambos se fugaron también a Brasil, y
ambos alabaron al obispo Hudal por su ayuda. Muchos
otros criminales de guerra iban a agradecer también a
ese obispo de gran trayectoria nazi, por ayudarlos a
escapar de la justicia internacional. Ya hemos
considerado la íntima amistad y relación del obispo
Hudal con el papa Pío XII, por lo que no volveremos a
hacerlo aquí.
3) Alois Brunner. Fue uno de los oficiales principales
más brutales en la deportación de los judíos. A través
de Roma y del obispo Hudal, escapó a Damasco, Siria,
donde todavía vive con el nombre de Dr. Georg
Fischer. Continúa sin arrepentirse por los cientos de
miles de víctimas que envió a los campamentos de
muerte de Stangl y Wagner en Treblinka y Sobibor
respectivamente.
4) Adolf Eichmann. El más infame criminal de guerra,
ya que fue el jefe arquitecto del Holocausto. Como
cabeza del departamento SS para ―Asuntos Judíos‖,
debía velar para que la maquinaria de muerte dirigida
por Stangl y Wagner trabajase al máximo de su
capacidad. A través del obispo Hudal, Eichmann
recibió otra identidad como refugiado croata bajo el
nombre de Ricardo Klement, y fue enviado a Génova
donde permaneció escondido en un monasterio bajo el
72
control caritable del obispo Siri. Cáritas, la
organización de ayuda social católica, le pagó todos los
gastos de viaje a Argentina. La inteligencia israelí
siguió sus trazos hasta Buenos Aires donde logró
raptarlo, juzgarlo y ejecutarlo en Jerusalén, en 1962.
Tampoco Eichmann se arrepintió, ni pidió perdón por
lo que había hecho, ni siquiera antes de morir ahorcado.
Su cuerpo fue quemado y transformado en cenizas en
una réplica de lo que había mandado hacer con los
judíos durante la guerra.
5) Walter Rauff. Tuvo la tarea de supervisar el
desarrollo del programa de vanes móbiles conectadas al
gas de los motores diesels, para que 100.000 judíos
muriesen finalmente asfixiados durante el camino. Una
vez que cayó Mussolini fue enviado al norte de Italia,
en la región de Génova, Turín y Milán. Allí se le
asignó, de nuevo, el exterminio de los judíos. Fue en
esa época que el obispo Alois Hudal pudo hacer
contacto con este notable asesino de masas. Rauff le
ayudó a Hudal a hacer lavado de dinero nazi a través de
su amigo Frederico Schwendt, considerado uno de los
más grandes estafadores de la historia, por haber
falsificado millones de notas de banco durante la
guerra.
En años posteriores, el Vaticano trataría de negar que
su ayuda humanitaria en los campos de prisión hubiera
tenido que ver con el deseo de lograr una ruta de escape
nazista, ya que pretendería no haber conocido quiénes
lo eran y quiénes no. También declararía no estar
informado de lo que ciertos obispos hacían en Roma en
esa dirección. Pero las pruebas que hoy se poseen son
imposibles de negar. Las relaciones que tenían esos
obispos con el papado mismo, mas los documentos que
se abrieron por ejemplo, del gobierno de Juan Domingo
Perón en Argentina, en donde aparecen los nombres de
los obispos encargados de ese contrabando de
criminales nazis, no pueden ser negados más. Está,
además, el testimonio mismo de los fugados que fueron
apresados dos o tres décadas después. Y por si fuera
poco, se suma el testimonio del obispo Hudal antes de
morir, quien nunca se arrepintió por su nazismo
declarado.
Fue el Vaticano mismo quien asignó al obispo Hudal
una obra de ―caridad‖ en los campos de prisioneros
nazis en manos de los Aliados. Todos conocían sus
antecedentes nazis y su antisemitismo que mantuvo
hasta su muerte. ¿Por qué lo eligieron a él para esa
―noble‖ tarea? El Vaticano seleccionó a sacerdotes
fascistas de Europa central y oriental que se refugiaron
en Roma para lograr el escape de todos los genocidas
de la guerra que probasen haber sido católicos.
6) Ante Pavelic y su élite ustashi después de la guerra.
No necesitamos volver aquí sobre la historia genocida
del poglavnik de Croacia, conocido también como ―el
carnicero de los Balcanes‖. Tal vez convenga recordar
que fue el más salvaje y cruel de todos los genocidas de
entonces, ya que recibía cantidades de pedazos de
cuerpos de serbios ortodoxos en prueba de lealtad de
sus fieles ustashis. Lo que Hitler fue para Alemania,
Mussolini para Italia, Franco para España, lo fue
Pavelic para Croacia. No podía el máximo líder aducir
después, que todo lo que hizo fue en obediencia debida,
salvo su devoción al papado y al fomento de su causa.
Pudo escapar junto con prácticamente todo su cuerpo
dirigente vía Austria a Roma.
Pavelic vivió en Austria en el monasterio de Klagenfurt
disfrazado de monje. Cuando se descubrió su paradero
huyó a Roma en abril de 1946, acompañado de un
teniente ustashi, Dragutin Dosen, ambos disfrazados de
sacerdotes. Dosen había pertenecido a la guardia
corporal personal de Pavelic, y era un líder del colegio
de San Girolamo en Roma, donde se refugiaban gran
parte de los criminales de guerra. Pronto, la inteligencia
norteamericana descubrió algo que fue confirmado
después. Pavelic se refugiaba en Castelgandolfo mismo,
la residencia de verano de los papas, y tenía reuniones
secretas con monseñor Montini, el Secretario de Estado
del Vaticano y futuro papa Pablo VI. Allí se hospedaba
junto con el ex primer ministro del gobierno nazi de
Rumania.
Pavelic recibió en Roma un pasaporte español con el
nombre de Don Pedro Gonner, en la perspectiva de
escapar a España o a Sudamérica. Pero al captar de
cuán cerca se lo seguía, decidió volver a la católica
Austria a mediados de 1946. En Enero de 1947, la
inteligencia norteamericana detectó que había estado el
mes anterior en el Colegio de San Girolamo, y que se
desplazaba bajo varios seudónimos. Pudieron detectar
también varios de los seudónimos que utilizaba. Los
jesuitas eran los que más lo ayudaban para entonces.
Bajo el nombre de Padre Gómez, supuestamente ―un
ministro español de religión‖, Pavelic esperaba poder
partir para Sudamérica.
Para mediados de julio, los norteamericanos
descubrieron que Pavelic estaba viviendo ―dentro de la
ciudad del Vaticano. En Agosto supieron que se
camuflaba bajo el nombre de Giuseppe, un ex general
húngaro, con barba y pelo corto. Vivía en una
propiedad de la Iglesia bajo protección del Vaticano.
Pero podía salir con un auto que llevaba una placa o
patente del cuerpo diplomático del Vaticano, para evitar
ser arrestado. Finalmente, la noticia se filtró a los
medios de prensa italianos, y no se supo más de su
paradero.
73
Pavelic escapó a Argentina el 13 de septiembre de
1947, con un documento falso que le otorgó
Draganovic, un sacerdote croata, con el nombre de
Pablo Aranyos. Viajó a Argentina con otro sacerdote,
padre Josip Bujanovic, otro criminal de guerra buscado
por haber participado en la masacre de los campesinos
ortodoxos de Gospic, y que vive aún pacíficamente en
Australia. Casi todo su gobierno encontró refugio en
Argentina, en donde formaron una élite ustashi que
recomenzó una nueva campaña de terror y que alcanzó
finalmente a los EE.UU. en los años 70 y 80 con
secuestros, bombas y asesinatos. No se conocen casos
de arrepentimiento entre los ustashis. El hecho de
recibir amparo, protección y asistencia espiritual de la
jerarquía católica, les hizo sentir siempre que habían
luchado y continuaban luchando por una causa justa a
favor de la Iglesia de Roma.
En Buenos Aires los ustashis formaron en 1956 el
Movimiento de Liberación Croata (HOP), con un
gobierno efectivo en el exilio que fue reconocido como
legítimo por varios gobiernos, incluyendo el de Taiwan
y Paraguay. Ese tal gobierno ustashi contó con un
ejército terrorista (HVO) que asesinó al cónsul
uruguayo en Paraguay. Esa organización logró
establecerse también en Chicago, desde donde
subvencionaron el terrorismo por el mundo entero. Aún
contra Lumumba en el Congo pelearon mercenarios
croatas. Igualmente fueron reclutados en 1966 por el
padre Draganovic para una intervención en República
Dominicana.
El dictador Juan Domingo Perón empleó a Pavelic
como su ―consejero de seguridad‖. Su gobierno reclutó
tropas ustashis con una función intimidatoria antes de
ser derrocado por los militares. Lo mismo hizo el
general Stroessner, dictador fascista del Paraguay, cuyo
apoyo a los ustashis se extendió hasta bien avanzada la
década de los 80. Desde Argentina esperaban reavivar
el aparato terrorista ustashi en la esperanza de que el
comunismo terminaría cayendo en Yugoeslavia. Para
lograr la fuga de todo el cuerpo gubernamental de
Pavelic, la inteligencia norteamericana pudo saber que
un tal Daniel Crljen fue enviado a Argentina con la
asistencia diplomática del Vaticano, para ultimar los
arreglos con el general Perón. Crljen fue uno de los
principales ideólogos y propagandistas que ejercieron
un papel clave en la masacre genocida sobre los serbios
durante la guerra.
Hasta hoy, la Iglesia Católica considera a Ante Pavelic
como un hijo que peleó a favor de la Iglesia Católica y
contra los ortodoxos. Aunque haya errado, revelaba su
digno cometido militante peleando aún contra los
comunistas. Su extradición a la comunista Yugoeslavia
hubiera debilitado, según el argumento del Vaticano,
las fuerzas que peleaban contra el ateísmo. Muy por el
contrario, hubiera apoyado al comunismo en su
campaña contra la Iglesia. En este contexto vemos otra
vez al papado más interesado en proteger su prestigio
que la verdad, en salvar las apariencias antes que la
justicia. Aún así, ese argumento no lo emplea para
explicar la razón por la que protegió a los criminales
nazis, ya que en Alemania subió Adenahuer, un fiel
devoto católico que reemplazó a Hitler, y que le rezaba
regularmente a la virgen de Fátima. La extradición de
esos criminales nazis para ser juzgados y condenados
en Alemania no hubiera podido ser usado por los
comunistas como propaganda para su política, como
presuntamente pretendía el Vaticano de una extradición
ustashi a Yugoeslavia.
Pavelic volvió posteriormente de Argentina a Europa,
viviendo hasta el día de su muerte bajo la protección
del general español Francisco Franco, el único gobierno
fascista de la guerra que sobrevivió en Europa. En la
actualidad, el Estado Independiente de Croacia logró
restablecerse produciendo derramamiento de sangre y
agitación política en Yugoeslavia. El presidente de ese
estado croata actual está tratando de llevar los restos de
Pavelic a Croacia, en donde todos los católicos lo
veneran. Del lado serbio-ortodoxo hay una indignación
muy grande porque se está juzgando en la corte de La
Haya, Holanda, a Milosevic por las masacres que hizo
con los croatas, y que no fueron nada en comparación
con el genocidio perpetrado por Pavelic. Mientras que a
uno lo condenan, al otro lo quieren honrar levantándole
estatuas por toda Croacia como héroe nacional.
7) Sacerdotes criminales fascistas. Todo ese nido de
contrabando de criminales de guerra ustashis así como
del oro robado primeramente a las víctimas, se dio en
Roma bajo la administración de sacerdotes también
buscados como criminales de guerra. Esos sacerdotes se
sintieron orgullosos de su papel hasta el final. Ellos
fueron los padres Cecelja y Draganovic, ambos
fascistas declarados [Draganovic volvió repentinamente
a Yugoeslavia después de la muerte de Pío XII, lo que
ha llevado a algunos a especular que fue un espía
doble]. El tercer sacerdote implicado fue el padre
Dragutin Kamber, un asesino sangriento de masas y que
había levantado un campo de concentración que dirigió
como comandante. En su época, Kamber dispuso leyes
raciales para su distrito, obligando a los judíos a vestir
bandas amarillas como brazaletes (como lo habían
determinado los papas en la Edad Media), y bandas
blancas a los serbios. Más tarde ―proclamó que los
serbios y los judíos tenían que ser exterminados como
perjudiciales para el estado Ustasha. Llevó a cabo
muchos interrogatorios en su propia casa, en cuyos
sótanos fueron muertas sus víctimas. Los primeros en
74
ser muertos de esta manera fueron los profesores y
sacerdotes serbios. Instigó y dirigió también masacres
masivas en Doboj.
Un cuarto sacerdote implicado en el contrabando de
criminales ustashis fue el padre Dominik Mandic, el
representante oficial del Vaticano en San Girolamo. Esa
institución, según los agentes italianos, era ―una guarida
de nacionalistas croatas y ustashis. Se dice que las
paredes del colegio están cubiertas con cuadros de
Pavelic‖. El quinto sacerdote fue monseñor Karlo
Petranovic, quien pudo escapar más tarde a Canadá,
viviendo en Niagara Falls por las siguientes tres
décadas y probablemente más. Durante el régimen de
Pavelic, Petranovic instigó y dirigió varias masacres
contra serbios ortodoxos. Fue segundo en el comando
del campo de muerte de Ogulin.
El principal sacerdote, conocido como el sacerdote de
oro, fue el padre Draganovic. Pudo contrabandear
cuatrocientos quilos de oro, valorados en millones de
dólares, y una cantidad considerable de dinero
extranjero. Ese dinero lo necesitaban para lanzar una
cruzada a Croacia, considerada ―un bastión en la pelea
contra el más grande estado serbio (Yugoeslavia).
Cuando Pavelic estaba aún liderando Croacia, pudo a
través de la ayuda de los sacerdotes católicos, comenzar
a transferir grandes cantidades de oro a los bancos
suizos (desde principios de 1944), con el propósito de
armar y sostener a los cruzados. Unos 2.400 kgs. de oro
permanecen todavía en un banco de Berna, como uno
de los depósitos del Vaticano. Esos Krizari (cruzados)
se dirigieron al papa por ayuda y éste les respondió
positivamente. Les consiguió a través de sus gestiones
armas y municiones para recuperar Croacia.
c) El oro lavado en los bancos del Vaticano y de
Suiza. El padre Draganovic no sólo fue la cabeza del
―partido Clerical Croata‖ que se formó con ese fin, sino
que también fue un líder principal de los Krizari.
Contaba con el respaldo de la iglesia Católica, ya que
su así llamado ―Partido Clerical‖ estaba ―bajo el
liderazgo directo del papa‖, quien quería crear la
Confederación Católica Pan-Danubia. Conociendo esas
intenciones, los norteamericanos y los ingleses hicieron
a menudo la vista gorda, haciéndose así cómplices de
ese contrabando, y estando enterados de quiénes
escapaban especialmente para Argentina. Los ingleses
ayudaron a los ustashis a contrabandear enormes
cantidades de oro de su país, acompañados de un
número de sacerdotes, con el propósito de ayudar a los
Krizari a conformar una fuerza política y militar que
desestabilizase los gobiernos comunistas.
Tanto las potencias occidentales como el papado mismo
tenían mucho dinero invertido en Alemania. Ese dinero
era lavado en el Banco del Vaticano, transferido luego a
los bancos suizos, y de allí enviado a Argentina. El
católico Allen Dulles, quien fue Secretario de la CIA en
los EE.UU., era el abogado que invertía los fondos
robados en un número de negocios argentinos, y
lograba frenar la otra rama de la CIA que quería apresar
a los criminales nazis y ustashis que huían con el oro de
sus países a Sudamérica y aún a los EE.UU. De allí la
contradicción que se da a veces entre una rama de la
CIA que quería apresar a los criminales de guerra en el
Vaticano, y otra rama de la CIA que procuraba no
interferir en su escape vía Vaticano hacia el sur.
Los documentos recién liberados del Banco Central de
Argentina mostraron que durante la guerra, el Banco
central suizo y una docena de bancos suizos privados
mantenían sospechosas cuentas de oro en Argentina.
Hubo un momento en que había tantos lingotes de oro
en el Banco Central, que no había depósito que pudiera
contenerlos a todos, de tal manera que tuvieron que
poner grandes cantidades de oro en los mismos pasillos
del banco. En los años 50 esos fondos volvieron a ser
lavados por los mismos bancos para regresar a
Alemania, permitiendo el gran reavivamiento
económico de Alemania occidental. Con la
recuperación alemana, gran parte de ese dinero volvería
a los inversores originales, inclusive al Vaticano. No
obstante, el oro que pasó por Argentina habría sido
suficiente como para que el general Juan Domingo
Perón fundase una industria de aviones militares con
técnicos nazis exiliados que pusiesen el fundamento
para la intervención militar posterior de las Malvinas.
El papado tenía prácticamente todos sus activos en
Alemania antes de la guerra. Los millones que
Mussolini le había pagado en compensación por gran
parte de Italia que perdía, los depositó en Alemania.
Esa es otra razón indiscutible por la que el papa mismo
parecía querer que el nazismo no fracasase, y también
por la que se esforzó tanto en lograr el contrabando de
los criminales de guerra. Los autores judíos de Unholy
Trinity concluyen diciendo que el Vaticano hizo más
que recibir bienes robados. Fue cómplice en el robo.
- ¿Santa Sede? Podrán los criminales y estafadores más
grandes de este mundo encontrar refugio en una ciudad
terrenal cuyo gobernante máximo se hace llamar Santo
Padre, y su asiento de gobierno Santa Sede. Pero no
podrán entrar en la única y verdadera ―Santa Ciudad‖
de Dios, ―la Nueva Jerusalén‖ (Apoc 21:2), o
―Jerusalén celestial‖ (Heb 12:22), porque allí ninguna
suciedad encuentra refugio. En la ciudad del cielo, el
único rey y esposo de ella es el Cordero, Cristo Jesús
(Apoc 19:7,9,16; 21:9-10). ―No entrará en ella ninguna
cosa impura, ni quien cometa abominación o mentira,
sino sólo los que están escritos en el Libro de la Vida
75
del Cordero‖ (Apoc 21:27). ―Quedarán fuera los perros
y los hechiceros, los disolutos y los HOMICIDAS, los
idólatras y todo el que ama y practica la mentira‖ (Apoc
22:15; véase 1 Cor 5:9-13). ―¿No sabéis que los
injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, que
ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los
avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los
estafadores, heredarán el reino de Dios‖ (1 Cor 6:9-10;
véase 1 Tim 1:9-10: ―parricidas, matricidas,
homicidas..., mentirosos‖).
Llama la atención que dos libros anónimos disidentes
se hayan publicado recientemente en Roma, escritos
por sacerdotes y obispos del Vaticano, titulados
respectivamente ―El Vaticano contra Dios‖ (1999), y
―El Humo de Satanás‖ (2003), ambos en referencia a la
Ciudad del Vaticano, la única ciudad-iglesia del mundo.
¿Quién no puede dejar de ver la contradicción tan
grande entre esa arrogante y blasfema ciudad terrenal y
la que la Biblia describe del cielo? Es la misma
contradicción que describe el Apocalipsis entre la
ciudad terrenal simbólica de Babilonia y la Nueva
Jerusalén celestial. ―Y la mujer [prostituta: v. 3-6] que
viste es aquella gran ciudad que impera sobre los reyes
[o gobernantes] de la tierra‖ (Apoc 17:18). Antes,
durante y después de la guerra, hasta el día de hoy, se
vio y se sigue viendo en esa presunta Santa Sede
blasfema, un cuerpo impresionante de gente criminal,
homosexual, abusadora de menores, espiritistas que
celebran misas negras y pretenden comunicarse con las
presuntas almas desencarnadas de muertos,
representantes de las diferentes religiones del mundo,
algunas de ellas igualmente relacionadas con
comunicaciones extraterrestres.
¡Qué contraste entre los que buscan refugio en esa
presunta Santa Sede terrenal, bajo el salvoconducto de
su presunto Santo Padre que la gobierna como su rey
con una triple corona, y la ciudad de Dios o Nueva
Jerusalén! En todo lo que se hace en esa ciudad terrenal
babilónica se ve el mismo intento de Satanás de
procurar ocupar el lugar de Dios. Pero al no estar
poseída esa ciudad por el mismo espíritu y carácter
divinos, su intento de imitación no es otra cosa que una
farsa. ¡Tanto alarde de santidad sólo sirve para buscar a
toda costa ocultar, tapar su inmundicia. El Apocalipsis
no tiene un lenguaje doble para describirla. Llama sin
ambages a esa ciudad por un término simbólico,
Babilonia, cuyo significado revela esos dos contrastes
entre lo que pretende ser la ciudad terrenal, y lo que es
en realidad. Mientras que Babel significaba ―Puerta de
los dioses‖ en el lenguaje caldeo, en el lenguaje hebreo
significaba ―confusión‖.
El mensaje final que un ―resto‖ fiel del cristianismo
debe dar al mundo, según la descripción apocalíptica
(Apoc 12:17), es un dramático llamado de denuncia y
escape: ―¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia! Y se ha
vuelto habitación de demonios, guarida de todo espíritu
impuro, y albergue [nido] de toda ave sucia y
aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del
vino del furor de su fornicación. Los reyes de la tierra
han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se
han enriquecido con su excesiva lujuria!‖. ―Y en ella
fue hallada la sangre de los profetas, de los santos, y de
todos los que han sido sacrificados en la tierra‖ (Apoc
18:24). ―¡Salid de ella, pueblo mío‖, dice el Señor,
―para que no participéis de sus pecados, y no recibáis
de sus plagas! Porque sus pecados se han amontonado
hasta el cielo, y Dios se acordó [para juicio] de sus
maldades!‖ (Apoc 18:4-5).
No nos preocupemos, pues, ya que llámense criminales
nazis, ustashis, fascistas, inquisidores, o inmorales
pederastras, homosexuales y fornicarios, todos los que
encuentran refugio en esa ciudad maldita de Roma no
entrarán en la ciudad de Dios. Por el contrario, ―los...
abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros,
los idólatras y todos los mentirosos, tendrán su parte en
el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte
segunda‖ (Apoc 21:8).
d) La Virgen de Fátima en la guerra contra el
comunismo. Muchos pasan por alto una de las armas
más poderosas que usó el papado romano para evitar
que los países católicos terminasen simpatizando con el
bloque comunista. Italia y Alemania habían pactado
con el papado. Franco comenzó su guerra civil en
España con el aval papal y de esos otros dos poderes
fascistas. En 1938 dos tercios de Europa ya se habían
vuelto fascistas. En ese mismo año, el nuncio papal fue
enviado a Fátima, y declaró ante casi medio millón de
peregrinos que la virgen había confiado tres grandes
secretos a los tres chicos a quienes se les había
supuestamente revelado dos décadas atrás. En junio el
único niño sobreviviente, aconsejado por su confesor y
en permanente contacto con la jerarquía y el Vaticano,
habría revelado los contenidos de dos de los tres
grandes secretos. Uno se habría basado en el infierno, y
otro tenía que ver, según se interpretó, con la
conversión de Rusia a la Iglesia Católica. El tercer
mensaje se lo selló en un sobre bajo custodia
eclesiástica para ser revelado en 1960.
En 1939 se inicia la Segunda Guerra Mundial. Francia
cae en 1940. Europa entera se volvía fascista. En 1941
Hitler invade Rusia. La profecía de Fátima parecía
estarse cumpliendo. Es bajo este contexto que el
Vaticano anima a participar a los católicos en la
cruzada contra el comunismo. Muchos católicos se
76
unieron a los ejércitos nazis desde Italia, Francia,
Irlanda, Bélgica, Holanda, Latinoamérica, EE.UU. y
Portugal. Hitler estaba asombrado con semejante apoyo
inesperado que recibía. La España franquista envió una
División Azul Católica que peleó junto a las tropas
nazis. ¿Qué hizo, además, Pío XII? Pidió a los católicos
en Octubre de 1941, que rezasen para que se cumpliese
la promesa de la Señora de Fátima. Cuando en 1942
Hitler declaró que la Rusia comunista había sido
―definitivamente‖ derrotada [los rusos se habían
retirado tácticamente más al norte con miras a regresar],
el papa Pío XII dio un Mensaje de Jubileo,
considerando que el hecho cumplió con las presuntas
indicaciones de la Virgen de Fátima, y ―consagró el
mundo entero a su Inmaculado Corazón‖.
―Las apariciones de Fátima abren una nueva era‖,
declaró ese mismo año el cardenal Cerejeira. ―Es una
prefiguración de lo que el Inmaculado Corazón de
María está preparando para el mundo entero‖. En 1942
esa nueva era tenía que ver con la nazificación total del
continente europeo, con Rusia aparentemente barrida
del mapa, la amiga Japón conquistando la mitad de
Asia, y el mundo clero-fascista en su pináculo por
doquiera. Pero el mundo fascista y clero-fascista se
evaporó tres años después con la caída de Hitler y la
conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Para
lamento y angustia del papa Pío XII, la Unión Soviética
emergía como el segundo poder más grande de la tierra.
Luego de un corto receso por la derrota del nazismo, el
culto de Fátima revivió repentinamente mediante un
llamado papal a peregrinaciones impresionantes en
octubre de 1945. Nuestra Señora de Fátima fue
coronada solemnemente el año siguiente delante de más
de medio millón de peregrinos. La corona pesaba 1.200
gramos de oro, tenía 313 perlas, 1250 piedras preciosas
y 1400 diamantes. Desde el Vaticano, el papa Pío XII
se dirigió a los peregrinos por radio afirmando que las
promesas de nuestra Señora iban a cumplirse. ―Estén
listos‖, amonestó. ―No habrá neutrales. Nunca den un
paso atrás. Alístense como cruzados‖.
En 1947 comenzó la Guerra Fría. El papa promovió un
odio internacional católico contra Rusia encabezado por
una estatua de nuestra Señora de Fátima que envió por
todo el mundo. Gobiernos enteros la recibieron. Esa
estatua viajó a Europa, Asia, África, las Américas y
Australia, sumando en total 53 naciones, logrando abrir
una brecha mayor entre el Este y el Oeste.
En 1948 comenzó la carrera atómica entre los EE.UU. y
Rusia. En 1949, Pío XII fortaleció el frente antiruso,
excomulgando a todo votante que apoyase a los
comunistas. Poco después los teólogos de los EE.UU.
declaraban que era el deber de los EE.UU. usar bombas
atómicas. En 1950 la estatua de Nuestra Señora de
Fátima fue enviada por avión a Moscú, acompañada por
el padre Arturo Brassard, con instrucciones precisas del
papa Pío XII. Con la calurosa aprobación del almirante
Kirt, el embajador norteamericano, fue ubicada
solemnemente en la iglesia de los diplomáticos
extranjeros, en espera de la inminente liberación de la
Rusia Soviética.
La virgen volvió a aparecer unas quince veces a una
monja en las Filipinas repitiendo su amonestación
contra el comunismo, luego de lo cual una lluvia de
pétalos rosados calló sobre los pies de la monja. Un
jesuita norteamericano llevó los pétalos milagrosos a
los EE.UU. para incrementar el celo fanático de los
católicos. El 6 de agosto de 1949, el abogado general
católico MacGrath se dirigió a las ―tropas de tormenta‖
católicas de los EE.UU.—los Caballeros de Colón—en
su convención de Portland, Oregon. Urgió a los
católicos ―a levantarse y a vestirse el escudo de la
iglesia militante en la batalla para salvar al
cristianismo‖, en ―una fuerte ofensiva‖ contra el
comunismo.
e) Intento Vaticano de empujar a los EE.UU. a una
tercera guerra mundial. Siempre en 1949, el Secretario
de Defensa de los EE.UU., el católico James Forrestal,
enviaba dinero norteamericano y de su propio bolsillo a
Italia para ayudarle a Pío XII a ganar las elecciones de
Italia que debían derrotar a los comunistas. Cuando
cierto día escuchó volar un helicóptero civil, se lanzó
por las calles de Washington gritando, ―los rusos nos
han invadido‖. Más tarde, con la afirmación de Pío XII
de que los rusos serían derrotados gracias a Nuestra
Señora, Forrestal moría al saltar de una ventana del
décimo sexto piso del Hospital Naval de Bethseda, en
Washington DC, gritando que era mejor destruir los
rusos antes que fuese demasiado tarde (6 de mayo de
1949).
La prensa católica, más varios líderes de la misma
iglesia, continuaron la campaña inflamatoria contra el
comunismo en los EE.UU., procurando empujar a los
EE.UU. a iniciar la Tercera Guerra Mundial. El 25 de
agosto de 1950, Francis Mattews, otro fanático católico
que había tomado juramento en junio del año anterior
como Secretario Naval de Norteamérica, dio un
discurso en Boston llamando a los EE.UU. a lanzar un
ataque a la Unión Soviética para transformar a los
norteamericanos en ―los primeros agresores de paz‖.
Esto lo hacía con el respaldo de ciertas fuerzas en los
Estados Unidos y del Vaticano. ―Como iniciadores de
una guerra de agresión‖, agregaba, ―ganaremos un
título popular que nos hará orgullosos, como los
primeros agresores pro-paz‖.
77
Mattews no dio su discurso sin antes compartir el
borrador con el cardenal Spellman, quien mantenía
permanente contacto con el papa Pío XII, y era el
consejero de los principales líderes militares del país.
Su residencia en Nueva York era conocida como
―Pequeño Vaticano‖. El papa mismo recibía constantes
visitas de los líderes militares de Norteamérica en la
época del discurso (cinco en un día), y tenía frecuentes
audiencias secretas con Spellman. Pocos años más
tarde, Pío XII daba un discurso que se transmitía
simultáneamente en los 27 idiomas principales por las
estaciones de radio del mundo. Reiteró en ese entonces
―la moralidad... de una guerra defensiva‖ (entendida
para entonces como el empleo de la bomba atómica y
de hidrógeno), considerándola en las palabras del
London Times, como ―una cruzada del cristianismo‖, y
del Manchester Guardian como ―la bendición papal
para una guerra preventiva‖.
El discurso de Mattews en 1950 produjo una reacción
muy grande tanto en los EE.UU. como en Europa. Los
franceses dijeron que no se unirían en ninguna guerra
agresiva debido a que ―una guerra preventiva no iba a
librar nada, a no ser las ruinas y los sepulcros de
nuestra civilización‖. [Argumentos equivalentes contra
una guerra preventiva esgrimieron también medio siglo
más tarde contra la guerra de Bush en Irak]. Los
ingleses protestaron más enfáticamente. Pero no dejó de
llamar la atención de que una ―guerra atómica
preventiva‖ tal fuese promovida por primera vez por un
católico con un cargo tan importante en el ejército
norteamericano, y que se caracterizaba por ser uno de
los promotores más grande del catolicismo en los
EE.UU. Era, en efecto, el jefe del Servicio a la
Comunidad Católica Nacional y el Caballero Supremo
de los Caballeros de Colón, así como chambelán
privado secreto del papa Pío XII. La jerarquía de la
Iglesia Católica, la prensa católica, los Caballeros de
Colón, todos ellos apoyaban a Matthews en su esfuerzo
por lanzar a los EE.UU. a una guerra atómica
preventiva.
El padre jesuita Walsh, la máxima autoridad católica en
los EE.UU. y anterior agente vaticano en Rusia (1925),
declaró al pueblo norteamericano que ―el presidente
Truman estaría moralmente justificado en tomar
medidas defensivas proporcionales al peligro‖, lo que
significaba el uso de la bomba atómica y la masacre de
cincuenta millones de personas. En términos
equivalentes se expresaron numerosos eminentes
sacerdotes católicos.
f) Visión papal de la virgen. Exactamente tres meses
después del discurso de su chamberlán privado
(Matthews), la virgen habría visitado al papa mismo
(octubre de 1950). Esa visión tenía el propósito de
respaldar la visión militar de los líderes militares
especiales de los EE.UU. que había sido encendida con
el discurso de Matthews. El papa convocó
seguidamente una peregrinación a Fátima monstruosa
de más de un millón de personas para octubre de 1951.
Envió entonces al cardenal Tedeschini para impresionar
a la gente con el solemne anuncio de que el papa había
visto ―este mismo milagro‖ (del sol que había
supuestamente zigzagueado en 1917 ante los tres
niños). Ese anuncio cayó como una sorpresa
impresionante. Si la virgen María se había aparecido al
papa, entonces sus promesas de convertir la Rusia
bolchevique a la Iglesia Católica se iban a cumplir. Y,
¿cómo podían cumplirse si no era mediante la ―guerra
preventiva‖ predicada por los líderes católicos de los
EE.UU.?
El reavivamiento resultante de la pronta liberación de
Rusia se hizo sentir por todas las iglesias católicas del
mundo, con oraciones y conversaciones sobre las
perspectivas de ese evento. Apenas una semana
después, mediante la diplomacia católica, los EE.UU.
sorprendían a todo el mundo con el anuncio del
nombramiento del primer embajador norteamericano en
el Vaticano, lo que para muchos contradecía el
principio de separación Iglesia-Estado que profesaba
esa nación. ¿Quién era ese embajador? El general Mark
Clark, amigo personal de Matthews y del cardenal
Spellman, así como del papa Pío XII, y Jefe de las
Fuerzas de Campo del Ejército Norteamericano. Diez
días más tarde estaba Clark ocupado en la dirección de
las maniobras atómicas en el desierto de Nevada, las
primeras conocidas en la historia. En 1951, en el mismo
mes en que el papa recibió presuntamente la visión de
la virgen, por toda Europa y Norteamérica se repartía
un folleto de 130 páginas prediciendo la inminente
guerra atómica contra Rusia que comenzaría en 1952.
Para probar la veracidad de la visión del papa de la
virgen, L’Osservatore Romano publicó en su página
principal dos fotos ―rigurosamente auténticas‖ que
mostraban el prodigio de Fátima en donde,
presuntamente, el sol habría zigzagueado. Esas fotos
mostraban un espacio negro casi al nivel del horizonte,
algo imposible para cuando se habrían tomado las fotos
a las 12:30 del mediodía. El milagro mayor, sin
embargo, que el diario oficial del Vaticano no
mencionó, fue que, aparte del fotógrafo, el resto de la
humanidad nunca presenció la caída del sol a la altura
del horizonte en el mediodía del 13 de Octubre de 1917.
[Por el uso fraudulento de la Virgen María en Vietnam
para mover los católicos a la acción contra el
comunismo, véase Avro Manhattan, The Shocking
Story of the Catholic ‘Church’s’ Role in Starting the
Vietnam War, cap. 8).
78
La veneración de cualquier virgen es idolatría, y está
condenada por la ley de Dios. ―No te harás imagen‖,
escribió y proclamó el Señor desde la montaña del
Sinaí, ―ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el
cielo, ni abajo en la tierra, ni debajo del agua. No te
inclinarás a ellas, ni las honrarás...‖ (Ex 20:4-5). De allí
que la lista de gente que no podrá entrar en la ciudad
celestial, está la de los idólatras. Podrán ellos recurrir
por una bendición terrenal en la ciudad del Vaticano,
pero no podrán recibir la bendición de Dios ni en esta
vida, ni en la venidera (1 Cor 6:9-10; Apoc 21:8;
22:15).
g) La conformación de un ejército supranacional. El
canciller alemán católico Adenauer, quien recitaba
diariamente el rosario de Nuestra Señora de Fátima, se
reunió en París en Noviembre de 1951 con otro líder
católico e igualmente devoto de Nuestra Señora, el
ministro francés de relaciones extranjeras y ex primer
ministro Schuman. Esa reunión tenía como propósito
organizar un ejército supranacional ―para pelear y
salvar la civilización cristiana‖. Simultáneamente, el
General Eisenhower, comandante de todas las fuerzas
armadas de Norteamérica y de Europa, llegaba a Roma
para organizar el frente militar anti-Rusia junto con los
ministros de relaciones extranjeras, económicas y de
guerra. Eisenhower anunció que se habían reunido para
rearmar Occidente tan pronto como fuese posible, para
enfrentar la inminencia de una nueva Edad Oscura y
―nueva invasión barbárica‖ (palabras que había usado el
papa).
La Santa Sede se había transformado, de esta manera y
apenas comenzado el segundo medio siglo, en un centro
diplomático militar de grande envergadura. Las botas
de los principales países de Europa y las de los Estados
Unidos sonaban por doquiera en la ―ciudad santa‖. El
papa no cesaba de tener entrevistas con esos grandes
señores. El presidente protestante norteamericano Harry
S. Truman, declaraba en cambio, el 9 de Diciembre
(1951), una dramática realidad. ―He trabajado por la
paz durante cinco años y seis meses, y todo pareciera
como si la tercera guerra mundial estuviese por
comenzar... Hay unos pocos descarriados que quieren la
guerra para resolver la situación mundial actual‖.
Nuevamente, el gobierno protestante de los EE.UU.,
casi arrastrado de nuevo a una guerra mundial pero de
consecuencias terriblemente más catastróficas por las
corrientes católicas que tenía en su medio, fue en la
persona del presidente Truman quien impidió que esa
guerra se llevase a cabo. Era evidente que todavía no
había llegado la hora para que la América Protestante le
permitiese al papado ejercer su dominio cruel y
despótico medieval sobre todo el mundo, que la
profecía tiene anunciado para el fin del mundo.
Cuando muchos historiadores deben abocarse a
considerar la actitud del papado antes, durante y
después de la Segunda Guerra Mundial, se encuentran
con hechos tan terribles que les cuesta inculpar al
papado por esos hechos. Al estar imbuidos de los
principios de libertad y de derechos humanos que se
desarrollaron a partir de la Reforma Protestante y de la
Revolución Francesa, no saben cómo explicar que un
monarca que vuele tan alto, al punto de
autoproclamarse como infalible y Vicario del Hijo de
Dios, pueda haber fomentado y respaldado gobiernos
nazistas, fascistas, o falangistas tan criminales y
sanguinarios en prácticamente todos los países católicos
de Europa. ¿Cuál será el resultado de esta actitud
renuente a condenar el papado por su verdadero
carácter cruel y despótico? Lo anticipó E. de White con
más de un siglo de antelación. ―Una falsa caridad ha
cegado los ojos‖ de muchos. ―No ven que a fuerza de
considerar como correcto el creer bueno todo lo malo,
terminarán como resultado inevitable creyendo como
malo todo lo bueno (GC, 571).
Refiriéndose al fin del mundo, Dios a través del profeta
Isaías declaró: ―¡Ay de los que a lo malo llaman bueno,
y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de
las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo
dulce por amargo!... Como la lengua del fuego consume
el rastrojo, y la llama devora la paja, así será su raíz
como podredumbre, y su flor se desvanecerá como
polvo; porque desecharon la Ley del Señor
Todopoderoso, y despreciaron la Palabra del Santo de
Israel‖ (Isa 5:20-24).
XI. El Vaticano y el genocidio hispano-
americano
A diferencia de las monarquías que establecieron
durante toda la Edad Media dinastías durables y
confirmadas por el papado romano, las dictaduras
fascistas fueron igualmente reconocidas e inspiradas
por el Vaticano, pero no fueron hereditarias. Su tiempo
de duración fue relativamente corto, no más del que
vivieron los dictadores. Tal vez lo único que hizo las
dictaduras fascistas más memorables y durables fue su
enlace y compromiso con la Iglesia Católica Romana.
En España especialmente, y en gran medida en
Latinoamérica, hicieron los dictadores preponderar la
idea de hispanidad y catolicismo como algo intrínseco,
indisoluble. De allí que no podía cuajar ninguna idea de
separación de Iglesia y Estado sin levantar las
sospechas de bolchevismo, socialismo, comunismo, y
aún judaísmo.
79
En lugar de la democracia liberal, los gobiernos
fascistas decidieron rechazar las libertades civiles y el
gobierno de la ley por sistemas basados en la fuerza y la
jerarquía de sus gobernantes militares y religiosos
coaligados. Siendo que la Iglesia se identificaba más
con las aristocracias de Iberoamérica, las masas
explotadas terminaban volcándose más fácilmente a los
socialismos seculares que les prometían justicia social.
Por tal razón, la Iglesia y los dictadores de todos esos
países sentían que el recurso al fascismo era el ideal, y
el militarismo que los acompañaba era el adalid de la
cruzada del cristianismo (entiéndase catolicismo),
contra el ateísmo comunista.
Si esas dictaduras fascistas (Franco), semi-fascista
(Perón) y neofascistas (Pinochet, Videla y su junta
militar, Stroessner y otros más), pudieron subsistir
después que todos los otros gobiernos fascistas de
Europa sucumbieron al terminar la Segunda Guerra
Mundial, se debió al poco interés que les manifestaron
tanto los EE.UU. como Inglaterra (los Aliados). Por
encontrarse esos gobiernos fascistas post-guerra en un
territorio no tan sensible para la estabilidad mundial, les
bastaron a los norteamericanos y a los ingleses su
militancia anticomunista como para dejarlos tranquilos
en la resolución de sus problemas sociales ligados a la
Iglesia Católica. Esto nos permite ver la razón por la
cual el papado procuraba por todos los medios impedir
la influencia protestante norteamericana e inglesa en el
centro de Europa. Le impedía lograr un dominio
absoluto sobre esos pueblos como el que podía ejercer
en Iberoamérica.
¿Qué valor tiene para nuestro estudio repasar la historia
de tales dictaduras iberoamericanas? Mucho. El
gobierno de Francisco Franco fue presentado por la
Iglesia Católica por muchos años como modelo de paz
y armonía en un mundo post-guerra todavía
convulsionado por la amenaza del comunismo. Para
ello debió el papado hacer abstracción de los
genocidios del régimen falangista de Franco, y del
reinado del terror del que se hizo responsable durante
todo su mandato, inclusive mucho después de haber
terminado la guerra civil española y la Segunda Guerra
Mundial. Ese régimen fue presentado como modelo por
el catolicismo no sólo antes y durante la Segunda
Guerra Mundial, sino también después de la guerra,
durante todo el mandato del generalísimo Francisco
Franco, inclusive por los papas que terminaron
considerándose más liberales.
Siendo que las reivindicaciones político-religiosas del
papado hoy son las mismas que tuvo al promover y
pactar con los gobiernos fascistas de la guerra,
convendrá considerar ese modelo de paz y unidad que
presentó la Iglesia ante el mundo, aún después de la
guerra en el caso del dictador de España. Tengamos en
cuenta que el papado está consiguiendo en la
actualidad, los mismos reconocimientos políticos por
los que luchó durante todo el S. XX, especialmente en
la mayoría de los países católicos que el comunismo
había invadido en el centro oriental de Europa. Al
mismo tiempo, la unión tan anhelada de Europa y de la
Iglesia con Europa, se ve como algo inminente con la
entrada de esos países católicos al Parlamento Europeo.
¿Por qué negarse a leer el mensaje que esas dictaduras
fascistas y neofascistas post-guerra continuaron
emitiendo en los países católicos, y en donde esa
unidad político-religiosa buscada por la Iglesia de
Roma, se dio de una manera tan excelente y
providencial, en el entender del obispado romano?
1. El genocidio fascista (falangista) español.
Durante la década de los 30, el papado manifestó en
varias oportunidades su gran preocupación por el
triunfo del socialismo en México y en España, que le
quitaban a la Iglesia Católica su hegemonía y
proclamaban la separación Iglesia-Estado. Mientras que
en México, el partido liberal terminó predominando en
la vida política de ese país de mayoría católica hasta
tiempos recientes (por unos 70 años), logrando la
separación de la Iglesia y del Estado; en España se
interpuso el falangismo catolizante y frenó los avances
seculares democratizadores y libertadores. La Iglesia
reinó suprema otra vez en la madre patria,
imponiéndose a través de la espada más que de la cruz,
del poder militar más que de la persuasión religiosa.
Una comparación entre la situación mexicana y la
española es importante y adecuada para demostrar que,
así como en México la continuación de ese partido
liberal y secular no arrastró al país al comunismo,
tampoco en España el partido liberal y secular estaba
destinado a arrastrar a la Península Ibérica al
comunismo, como se aduciría para justificar la
represión católico-falangista. ¡Cuán saludable hubiera
sido para España y Portugal contar con gobiernos
civiles que supieron marcar claramente los límites de la
Iglesia en su relación con el Estado! Pero esa visión no
cuajaba con la papal, razón por la cual el Vaticano la
vinculó a lo peor de las corrientes liberales para
justificar su represión y supresión mediante el recurso
de las armas.
a) La ascensión del falangismo. Cansados de tantos
abusos sociales de la aristocracia española a la que la
Iglesia estuvo siempre ligada, amén de tantas
aberraciones morales del clero que salían a la luz, el
pueblo español se decidió en las urnas por un gobierno
secular de coalición llamado Frente Popular. Esto
sucedió en Febrero de 1936. El partido fascista de
80
Primo de Rivera obtuvo apenas 5.000 votos, de manera
que no fue reelecto. La Falange formada dos años antes
obtuvo menos del 1%, de manera que nadie la miraba
como gravitante para el futuro de España. Era evidente
que la gente no quería más el gobierno ni de las botas ni
de los curas. La península Ibérica buscaba una
liberación.
El nuevo gobierno electo dio dos pasos que pueden
haber sido correctos, pero que en España fueron
políticamente incorrectos. El primero consistió en
quitar las subvenciones estatales a la Iglesia Católica y
a sus instituciones, poniéndola en un plano de igualdad
con las demás iglesias. El segundo tuvo que ver con
medidas que erradicaban el falangismo minoritario que
se aferraba a la Iglesia, incrementando
involuntariamente su popularidad y su vínculo con la
Iglesia Romana [W. H. Bowen, Spaniards and Nazi
Germany. Collaboration in the New Order (Doctoral
Dissertation, Univ. of Missouri Press, 2000), 20-21].
¿Cómo estaba dividido el mapa político de España
antes de la guerra civil? La lista de los enemigos del
falangismo consistía de comunistas, anarquistas,
republicanos izquierdistas, socialistas, separatistas
vascos y catalanes. En esa lista, los comunistas eran una
minoría insignificante, y todos sabían que no iban a
lograr nunca gobernar el país. En contraste con el
Frente Popular pequeña era la lista de los aliados del
falangismo. En ella se encontraba gran parte del ejército
español y de la Iglesia Católica. Por consiguiente, la
Iglesia no tenía otra alternativa que recurrir al ejército si
quería revertir el cuadro político de España, y buscarse
el hombre fascista providencial y salvador de la hora,
como en los demás países católicos de Europa. A su
vez, debía acusar a todo ese Frente Popular de
comunismo y bolchevismo para justificar un golpe de
estado.
El golpe de estado comenzó con el ala del ejército
apostado en Marruecos, el 17 de julio de 1936, y se
esperaba que la lucha sería de corta duración. Se
extendió fácilmente a las Islas Canarias, al Sahara
español y a otros fragmentos del imperio español. En la
península misma, los rebeldes se apoderaron
rápidamente de Sevilla, Navarra, Galicia, el norte de
Castilla, y la mayor parte de Aragón. Pero el golpe
fracasó en los dos lugares más significativos: Madrid y
Barcelona.
La situación de la falange militar se volvió, por
consiguiente, desesperante. La República contaba con
la legitimidad internacional, las fuerzas armadas
principales la respaldaban, y tenía bajo control las
reservas de oro nacional con lo mejor de la industria.
¿Qué podían hacer los falangistas en tales
circunstancias? Recurrir a Hitler y a Mussolini en
materia de armamentos y respaldo militar, y afirmar
más aún su vínculo con la Iglesia Católica para obtener
el respaldo político-moral y espiritual del Vaticano.
¿Qué podía hacer, por otro lado, la República ante el
temor de enfrentarse a esos dos colosales gobiernos
fascistas? ¿Podía recurrir a Inglaterra y a los EE.UU.
por ayuda? Lamentablemente no, porque por influencia
inglesa tanto los EE.UU. como otros países de Europa
adoptaron una política no intervencionista. Por
consiguiente, a la República no le quedaba más remedio
que recurrir a Rusia por ayuda militar, y esa ayuda vino
a través de la mediación del minúsculo partido
comunista español. ¿Cuál fue el resultado? Una guerra
civil espantosa, con armas de todo calibre de ambas
potencias mundiales, para que los españoles se
aniquilasen entre ellos mismos. Ese cuadro dramático
terminó con la victoria del Generalísimo Francisco
Franco y la restauración de todos los privilegios y
exclusividades católicas anteriores a la instauración de
la República.
b) La “recristianización” de España. La dictadura de
Franco fue, durante todo el S. XX, la única que emergió
de una guerra civil. Hubo otras dictaduras, pero
ninguna salió de una guerra civil. Hubo otras guerras
civiles, pero ninguna resultó de un golpe de Estado y
ninguna provocó una salida reaccionaria tan violenta y
duradera. Allí se vio a la Iglesia Católica obrando en
contra del ―bien común‖ por el cual tanto presume
abogar, ya que la voluntad popular había sido definida
en rechazar el falangismo que ella tan abiertamente
apoyó. Los intereses de la ―religión [presuntamente]
verdadera‖ son, para ella, de ―bien común‖, ya sea que
los pueblos lo entiendan o no. Por el presumido bien de
un pueblo de mayoría católica pero que no quería un
gobierno fascista católico sino otro pluralista y
democrático, era necesario imponer ese ―bien‖ hasta
que se transformase en ―común‖ otra vez, a fuerza de
las armas y a costa de la libertad de toda una nación.
El Alzamiento Nacional pretendía poner fin—según las
palabras del papa Pío XI en el mismo año en que
comenzó la guerra civil—al ―odio verdaderamente
satánico contra Dios y contra la humanidad‖. Lo que no
decía Pío XI es que pretendía reemplazar ese presunto
odio secular con otro odio católico tradicional contra
todo lo que le negase la supremacía. En ese contexto,
Pío XI envió su bendición especial ―a los que se habían
impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y
restaurar los derechos y el honor de Dios y de la
Religión‖. El 3 de agosto de 1937, veinte meses antes
que terminase la guerra civil, el mismo papa reconoció
el gobierno falangista de Franco, lo que muestra su
81
posición definidamente interesada contra el régimen
democrático legalmente establecido.
El Obispo de Solana y posterior Presidente de la
Conferencia Episcopal, Monseñor Vicente Enrique y
Tarancón, declaró que ―es motivo también de
optimismo el sabernos regidos y gobernados por un
hombre providencial, que con criterio netamente
católico ha dado una orientación magnífica a las leyes
del Estado‖. En 1937 declaró el mismo obispo que ―la
Acción Católica debe mirar con simpatía esta milicia y
aún debe orientar hacia ella los miembros para que
cumplan en sus filas con los deberes que en esta hora
presente impone el patriotismo‖. Los poderes políticos
y religiosos unidos ―pueden forjar‖, según el obispo, ―la
España tradicionalista y católica que todos deseamos‖.
¿Qué ―todos deseamos‖? Pero, ¿acaso no había dado su
voto mayoritario el pueblo a favor del régimen que una
minoría con apoyo exterior procuraba ahora derrocar?
Cuando Franco recibió a la Junta Técnica de la Acción
Católica, le dijo: ―Es nuestra tarea, ahora, recristianizar
nuestra nación‖. Con esto daba a entender que el pueblo
español, en su mayoría, se había descarriado, y había
que ponerlo en vereda en materia religiosa. La guerra
civil que iniciaría iba a ser—según lo explicó más tarde
el 18 de marzo de 1940 en Jaén—―el sufrimiento de
una nación en un punto de su historia‖ impuesto por
Dios como ―castigo espiritual, castigo que Dios impone
a una vida torcida, a una historia no limpia‖.
¿De qué manera iba Franco a recristianizar España? El
29 de septiembre de 1936, decretó que la religión
católica sería la única religión permitida. Según su
discurso, el estado español sería, de allí en adelante,
―regido por los principios del catolicismo que
constituyen los auténticos fundamentos de nuestra
patria‖. Toda otra religión, protestante, judía o
musulmana, sería perseguida para beneplácito del clero
romano. Y por si esto fuese poco, había que exterminar
a todos los opositores. Esa era la mejor manera de
recristianizar España, y purificar la sangre hispana de la
peste que le había caído.
Gonzalo de Aguilera, terrateniente y capitán del ejército
y uno de los oficiales de prensa de Franco, declaró
ufano al periodista norteamericano John Whitaker:
―Son como animales, ¿sabe? Y no cabe esperar que se
libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas
y piojos son los portadores de la peste‖. ¿Cómo iban a
lograr la ―regeneración de España‖? Aguilera
respondió: ―Nuestro programa consiste... en exterminar
un tercio de la población masculina de España. Con eso
se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado.
Además también es conveniente desde el punto de vista
económico. No volverá a haber desempleo en España,
¿se da cuenta?‖
Franco era así, el hombre ―providencial‖, el enviado de
Dios, y terminó siendo para la Iglesia Católica el
―centinela de Occidente‖. No importaba cuántos cientos
de miles muriesen en la contienda, había que salvar el
catolicismo español de las fuerzas presumiblemente
anticristianas que lo acosaban. Para el papado, las vidas
de millones de personas valían menos que el triunfo
absoluto de su imperio político-religioso. Semejante
carácter genocida se basaba en su utópica creencia de
que sólo mediante el imperio del bien (el catolicismo
romano) sobre el del mal (el arrianismo, catarismo,
protestantismo, judaísmo, socialismo, y en el momento
presente el comunismo), podrá lograrse la paz y
felicidad universales. Siendo que para la Iglesia
Romana, el fin justifica los medios, bien valía la pena
tanto sacrificio ante perspectivas presuntamente tan
buenas como las que tenía. Pero en el fondo, no se
trataba en el papado de otra cosa que del deseo de
reinar supremamente sobre el mundo entero, un sueño
que comparte indiscutiblemente con Lucifer, quien
todavía aspira a ser reconocido en forma absoluta como
―príncipe de este mundo‖ (Apoc 13:4; cf. Jn 12:31;
14:30; 11:11).
No habiendo llegado ni aún a la mitad de la guerra
civil, el Episcopado español legitimó oficialmente la
guerra como ―cruzada por la religión cristiana [católica]
y la civilización‖ (1937). El cardenal Gomá afirmó:
―Estamos en perfecta armonía con el gobierno nacional
[de Franco], que nunca emprende nada sin prestar
previamente oído a mis consejos‖. La Iglesia recuperó
todos sus privilegios institucionales como la
financiación estatal del culto y del clero, la
reconstrucción de las iglesias parroquiales por cuenta
del Estado, el mantenimiento de los seminarios y de las
universidades privadas de la Iglesia en acuerdos que el
Vaticano estableció con el gobierno de Franco. En este
contexto, no debía extrañarnos que el Vaticano no
participase en el acuerdo multilateral europeo
promovido por Inglaterra de no intervención en la
guerra civil española. Por el contrario, la Santa Sede no
sólo era parte interesada en esa guerra, sino que al
mismo tiempo la promovía.
c) Vínculo con el Vaticano después de la guerra. En
agosto de 1953, catorce años después de haber
terminado oficialmente la guerra civil con un saldo de
medio millón de vidas, el Vaticano firmaría un
concordato con el gobierno de Franco en el que se
reafirmaba la confesionalidad católica del Estado. Se
daba, así, una verdadera hegemonía católica, un
monopolio religioso, con dictadura de militares y
clérigos para imponer la unidad de la fe y la nación.
82
Durante toda su larga dictadura, Franco impuso ―la más
diversa y amplia serie de reglamentaciones religiosas
que se había visto en cualquier Estado occidental del S.
XX‖. Allí se daría ―la tragedia de decenas de miles de
españoles asesinados (50.000), presos y humillados, sin
contar los 100.000 ―rojos‖ que Franco ejecutó durante
la contienda y los cientos de miles que murieron en los
enfrentamientos de la guerra civil. 450.000 hombres,
mujeres y niños buscarían refugio en Francia, con todas
las penurias adicionales que les tocarían vivir
posteriormente con la invasión nazi a Francia. 200.000
de esos fugitivos volverían a los meses siguientes para
ser perseguidos, encarcelados, torturados y muertos.
En esa España surgida de una ―guerra civil‖ y seguida
por una ―paz incivil‖, se vería también ―la comedia del
clero paseando a Franco bajo palio y dejando para la
posteridad un rosario interminable de loas y adhesiones
incondicionales a uno de los muchos criminales de
guerra que se han paseado victoriosos por la historia del
S. XX‖ (Julián Casanova). Poco después de muerto
Franco se levantaría un gobierno otra vez democrático
y socialista que establecería el texto constitucional de
1978. ¡Tanta represión, tantos derechos humanos
violados para presuntamente ―recristianizar‖ a España!
¿Para qué? ¿Para qué medio siglo después, cuando por
primera vez desde la guerra civil, se diese otra
oportunidad al pueblo de expresarse y volviese a
hacerlo en favor del socialismo? ¡Tanto crimen! ¡Tanta
miseria! ¡Tanta represión y guerra para volver a lo
mismo! Era evidente que la hegemonía militar fascista
y clerical del gobierno represor anterior no había
logrado ―recristianizar‖ totalmente a España, según la
interpretación franquista, y que el pueblo estaba
cansado otra vez de tal mixtura.
Nueve obispos destacados, dirigidos por Monseñor
Marcelo González Martín, atacarían la mueva
constitución de 1978 por cinco razones básicas que, en
esencia, son las mismas que invoca actualmente el
Vaticano contra la Constitución Europea que se está por
votar. Una de ellas tiene que ver con la exclusión del
nombre de Dios. También se quejaron por la falta de
garantías en la formación religiosa de las instituciones
educativas nacionales. En la típica hipocresía católica
que defiende el derecho del niño por nacer pero mata a
mansalva al ya nacido que no la reconoce, esos obispos
condenaron también la aprobación del divorcio y la
omisión del veto al crimen del aborto. Los nueve
obispos no estuvieron solos. El papa Juan Pablo II
apoyó posteriormente esa reacción en 1995, declarando
que ―nunca es lícito‖ someterse a ―una ley
intrínsecamente injusta‖ como la que tolera el aborto y
la eutanasia.
d) Declaraciones de papas y obispos. Además de la
bendición del papa Pío XI al régimen franquista, el
siguiente papa, Pío XII, en el año de su ascensión al
pontificado romano que coincidió con el año que
concluyó la guerra civil y se inició la Segunda Guerra
Mundial (1939), declaró que ―España... acaba de dar a
los profetas del ateísmo materialista de nuestro siglo la
prueba más excelsa de que por encima de todo están los
valores de la religión y del espíritu‖. Ya terminada la
Segunda Guerra Mundial y caídos todos los fascismos
europeos, menos el español, Monseñor Vicente Enrique
y Tarancón evocó en 1946, el levantamiento religioso
militar diciendo que ―cuando sonó en nuestra patria el
clarín llamando a la Cruzada... vimos a nuestros
jóvenes empuñar el fusil con ilusión en sus ojos y la fe
en el corazón... con espíritu de verdaderos cruzados de
la religión‖. ―En nuestra patria, la orientación del
Estado no puede ser más hermosa, ni más avanzada, ni
más cristiana‖.
Pío XII es considerado por muchos como el último
papa de corte medieval, por su postura intransigente,
beligerante y antidemocrática que sostuvo antes y
durante todo su pontificado en la Santa Sede. De sus
palabras se inspiró Monseñor Tarancón al referirse a los
falangistas con el término de ―verdaderos cruzados de
la religión‖ católica. Según ya vimos, en octubre del
año anterior (1945), el papa había expresado por radio
en relación con las ceremonias de la virgen de Fátima y
su presunta profecía para vencer a Rusia: ―No habrá
neutrales... Alístense como cruzados‖. El pobre papa
Pío XII, conocedor de la historia papal más que de
cualquiera otra historia, pensaba que podía hacer
todavía como tantos antecesores suyos durante la Edad
Media, que lanzaron cruzadas contra los cátaros, contra
los musulmanes y contra los protestantes. Ahora le
había llegado el turno al comunismo, según creía, más
definidamente de la Unión Soviética.
Con el papa siguiente, Juan XXIII, se inicia en la
opinión de muchos, una tendencia más liberal o que
comercia, al menos, con la realidad del mundo en el
que le toca vivir. ¿Qué dijo, sin embargo, Juan XXIII
de la dictadura fascista de Franco en España, en una
época en que el fascismo había caído en descrédito casi
universal? ―Franco da leyes católicas, ayuda a la
iglesia, es un buen católico. ¿Qué más se quiere?‖
(1960).
En su típica hipocresía de siempre, previendo el fin ya
cercano del largo gobierno del dictador, la Asamblea
Episcopal aprobará en 1971, una resolución de solicitar
un perdón público por la ―parcialidad de la Iglesia‖
durante la guerra civil. No obstante, el clero español y
el mismo papado continuarían ponderando el gobierno
de Franco. En 1973 diría Monseñor José Guerra
83
Campos, que ―en ninguna otra nación de las que yo
conozco... supera la iglesia y no siempre la iguala el
nivel de independencia y sana cooperación mantenido
en España en los últimos decenios‖. En 1975, el
siguiente papa, Pablo VI, confirmaría la opinión de sus
tres papas predecesores sobre el dictador. ―Ha hecho
mucho bien a España‖, según su opinión, ―y ha
proporcionado un desarrollo extraordinario, y una
época larguísima de paz. Franco merece un final
glorioso y un recuerdo digno de gratitud‖.
Juan Pablo II subió a la sede romana después de la era
franquista. Pero fue a México para tratar de revertir el
cuadro de separación de Iglesia y Estado que la política
de cuatro papas anteriores no había podido cambiar.
Algo deslucidos en su vestimenta civil se vio a los
principales políticos frente a la regia pompa blanca
papal. Pero sus discursos ante el papa fueron
expresados con claridad. Le hicieron ver que por
razones históricas debía mantenerse la separación de
poderes. Lo que pone nervioso al papa que cerró el
segundo milenio cristiano, es el crecimiento
irrefrenable de las iglesias evangélicas y adventistas en
Latinoamérica. Amparadas en ese principio de
separación logran esos movimientos religiosos un grado
de igualdad ante la ley civil para con la Iglesia Católica,
que ni los papas más ―humanizados‖ y presuntamente
abiertos pueden tolerar.
e) El apoyo falangista y clerical a Hitler. Aunque
Franco procuró mantener cierta independencia del
nazismo alemán, su partido falangista se identificó casi
sin reservas al sistema de gobierno de Hitler. Los
periódicos y revistas falangistas publicaban proclamas
antibolcheviques y antijudías. También se hacía la
guerra a la masonería y a toda forma de manifestación
democratizante y secular.
Una División Azul formada por 18.000 fanáticos
voluntarios y otros trabajadores se enroló en España
para unirse al ejército alemán en su invasión a Rusia.
Muchos otros voluntarios debieron ser despedidos. Su
misión fue entendida como una cruzada católica contra
el comunismo. Antes de partir, esos cruzados pro-nazis
oraron a la Virgen del Pilar, la virgen patrona de
España, para triunfar contra el ateísmo. Esa virgen así
endiosada probó no tener poder para responder tales
oraciones, ya que la campaña nazista a Rusia terminó
en el fracaso, y con los insignificantes sobrevivientes de
esos voluntarios falangistas destrozados moralmente.
La División Azul de militares voluntarios falangistas—
conviene repetirlo—fue una verdadera cruzada católica
contra el comunismo. ¿Acaso el papa no estaba
promoviendo y esperando anhelante una invasión a
Rusia para acabar con el comunismo ateo? Los
divisionarios grababan cruces en sus equipos y
vehículos de guerra, así como nombres de santos y
otros símbolos religiosos. Llevaban capellanes militares
católicos prominentes (unos 20 en total), que
celebraban misas y otras ceremonias religiosas antes de
la batalla. En ese respecto se diferenciaban de los
escuadrones de guerra alemanes que lo único que
llevaban era la cruz vástica. Aún así, los cruzados
católico-falangistas españoles consideraban a Hitler
como el dirigente cristiano de Europa contra el ateísmo
de la Unión Soviética (Spaniards and Nazi Germany...,
111-112).
Otras unidades más pequeñas de españoles se unieron a
los nazis para pelear contra los Aliados en el norte de
Italia y en otros lugares (Spaniards..., 210). Para Franco
y los falangistas, la intromisión de los Aliados
mayoritariamente protestantes en la guerra (EE.UU. e
Inglaterra), era ir contra los designios divinos que
pretendían ser los de destruir el comunismo ateo y
catolizar toda Europa. Tales designios divinos
implicaban también, en su entender, la eliminación de
la democracia típicamente protestante y secular. Lo que
querían Franco y la Iglesia era un retorno absoluto a los
principios político-religiosos que marcaron a Europa
durante toda la Edad Media.
Cuando Hitler murió en 1945, la prensa española lo
homologó: ―Adolfo Hitler, Hijo de la Iglesia Católica,
ha muerto defendiendo el cristianismo. Es entendible
que nuestra pluma no encuentre las palabras con las que
deplorar su muerte, y ser capaz de exaltar su vida. Por
encima de sus restos mortales se levanta su victoriosa
figura moral. Con la corona del martirio, Dios le da a
Hitler los laureles de la victoria‖. Ecclesia, el órgano
oficial de la Acción Católica Española, ponderó
orgullosamente a Pío XII en 1950 por su apoyo a los
regímenes fascistas, refiriéndose a ―Su Santidad‖, como
al ―mejor antidemócrata del mundo‖.
Conclusión.
La España del S. XXI continúa debatiéndose entre los
intentos de avanzada secular y reivindicación clerical.
La Iglesia Católica no quiere perder sus privilegios,
esto es, su poder en la sociedad. Se resiste a la
imposición de leyes que la igualen a las demás iglesias,
negando al parlamento europeo todo derecho a
intervenir con el argumento de que la realidad española
es diferente a la de otros estados europeos. Mientras la
realidad siga siendo mayoritariamente católica, aduce
que no corresponde cambiar la situación actual. No
puede perseguir a las otras iglesias y religiones como en
la época franquista que la gobernó por cuatro décadas,
84
porque hay un gobierno democrático y en gran medida
secular que la gobierna. Pero exige reconocimientos y
―libertades‖ que pasan por encima de las libertades de
otros, argumentando conformar la mayoría.
Para muchos españoles, el legado de Franco que se hizo
realidad gracias al apoyo militar nazista alemán y
fascista italiano, y al estímulo y respaldo político
mancomunado del Vaticano, sigue siendo interpretado
como ejemplar. ―Franco, héroe cristiano en la guerra‖,
era el título de un libro escrito en 1985. ―Francisco
Franco, cristiano ejemplar‖, etc. ¿Cuánto tiempo tendrá
que pasar hasta que España se libre de una religión
arrogante y opresora, y esté dispuesta a vestirse con las
verdaderas armaduras espirituales de Cristo como única
fuente de su legitimidad, sin recurrir a las armas de este
mundo? Una nación se purifica no por las armas de una
guerra civil y militar, sino por su conversión pura y
límpida—esto es, sin compulsiones políticas de ninguna
clase—a la cruz del Hijo de Dios.
En la historia de España en el S. XX, encontramos otra
vez las tantas veces repetida doble moral del papado.
Mientras que por un lado pretende reconocimientos
políticos y privilegios exclusivos, basándose en la
mayoría de la población de confesión católica, por el
otro pisotea la voluntad de esa mayoría cuando su voto
le es adverso. Esa misma doble política la vemos en la
actualidad, en el mismo S. XXI. Requiere los mismos
derechos que las demás religiones mayoritarias en los
países donde es minoría, pero no está dispuesta a
conceder la misma igualdad donde ella es mayoría. En
su habitual doble lenguaje, declara no requerir en
Europa y en América Latina ―privilegios que no le
sean propios‖. ¿Cuáles privilegios no le son propios? O
mejor aún, ¿cuáles le son propios? Los que le dan un
reconocimiento oficial en las constituciones de los
países y continentes (lo que implica la imposición de
sus días de fiesta por ley), el apoyo que siempre exigió
a su sistema de enseñanza y aún el pago del clero por
parte del Estado. En otras palabras, esos privilegios que
le pertenecen por voluntad divina, según lo entiende,
tienen que ver con la confesionalidad del Estado.
Independientemente de qué clase de gobierno se levante
en cualquier país, el Vaticano quiere obtener los
mismos derechos que siempre exigió la Iglesia Romana
como señora de los reinos cristianos que la cortejaban
durante los siglos de opresión religiosa medieval. Si en
la actualidad busca asociar a sus reclamos a las iglesias
tradicionales mayoritarias en otros países de Europa, es
porque capta que no tiene el poder político que aspira a
tener todavía, y necesita el apoyo de esas otras iglesias
estatales como el Protestantismo europeo y la
Ortodoxia oriental. Una vez que logre el
reconocimiento religioso y político que busca, ¿qué
impedirá que intente otra vez hacer lo que hizo a través
de Franco en España, con sus típicos métodos de
represión contra todo lo que no se ajuste a los dogmas
respaldados por ley de los estados que la sostengan?
España está otra vez bajo un líder socialista (2004),
quien es acusado indirectamente por los obispos
católicos de haber cedido al chantaje del terrorismo. Su
abuelo fue fusilado por Franco como militante
socialista. El papa le notificó que la Iglesia iba a orar
por él como lo hace por cada gobierno. Esa última
aclaración no hubiera sido necesaria en el caso de que
el partido más conservador anterior hubiese ganado las
elecciones. Es de imaginarse la preocupación de Juan
Pablo II por semejante cambio de gobierno en España,
en momentos en que se apresta a dar su último golpe de
gracia para que la Comunidad Europea termine
mencionando las ―raíces cristianas‖ medievales en su
Constitución. Aznar había dado ya su consentimiento a
un reconocimiento tal, pero no es seguro que el nuevo
jefe de gobierno lo haga. De todas maneras, el
recientemente reelecto Putin de Rusia ha tranquilizado
al Vaticano haciéndole ver que va a apoyar la unión de
las iglesias—principalmente ortodoxa y católica—así
como la inclusión de esas ―raíces cristianas‖ en esa
Constitución, querida también por la Iglesia de Rusia
(Zenit, 19 de marzo, 2004).
El Generalísimo Francisco Franco tuvo en Sudamérica
otros admiradores que buscaron seguir su ejemplo y
encontraron, en su momento, protección en su
gobierno. Esto es lo que corresponde ahora considerar,
para ver hasta qué punto la Iglesia volvió a militarizarse
y a buscar la supremacía en el nuevo continente, ya en
la mitad del S. XX y de una manera renovada hacia el
final de la década de los 70, cuando la era franquista
llegaba a su fin en el viejo continente.
2. Los dictadores católicos de Latinoamérica.
Un modelo autocrático equivalente al que bendijo el
papado en los países católicos de Europa, fue imitado
en los países católicos de Latinoamérica. Todos
creyeron igualmente en los principios católicos que
reafirmó el papa Pío IX en su Sílabo de Errores. Allí
declaró el papa que ―es un error creer que la Iglesia no
es una sociedad verdadera y perfecta‖, y que para que la
iglesia sea perfecta, el estado debe integrarse a ella.
Otro artículo de ese sílabo papal publicado en el S. XIX
dice que ―es un error creer que la Iglesia debe estar
separada del Estado y el Estado de la Iglesia‖. En el
error Núm. 24 establece Pío IX también que es un error
creer que ―la iglesia no tiene poder de usar la fuerza, o
que no tiene ningún poder temporal, directo o
indirecto‖. Esto es lo que, en esencia, aún mantiene el
papa Juan Pablo II en el S. XXI cuando requiere de
85
Europa que no desestime su alma, sus raíces cristianas
[entiéndase católicas medievales].
La mayoría de los países latinoamericanos son católicos
por ley, lo que significa que deben diezmar sus entradas
para darlas al clero. Argentina en especial, se ha
caracterizado por ser uno de los países católicos más
conservadores y fieles al Vaticano. Por tal razón, el
papa la apodó en años recientes ―la hija predilecta del
papado‖. No debía extrañarnos, por consiguiente, que la
democracia tuviese tan corta vida en ese país, con la
mayoría de sus presidentes habiendo sido dictadores
militares. Entre los más destacados podemos mencionar
al general Rosas en el S. XIX (criminal de indígenas e
intelectuales), al general Roca en la primera parte del S.
XX, y al general Juan Domingo Perón a mediados del
mismo siglo. Este último general transformó a su país
en la guarida más grande de criminales de guerra por
sus crímenes contra la humanidad cometidos durante la
Segunda Guerra Mundial. Adolfo Hitler mismo, según
las últimas investigaciones, habría pasado sus últimos
años en el sur de Argentina (siempre quedaron dudas
después de la guerra sobre la identificación de su
cadáver). Ante Pavelic, el dictador de Croacia, terminó
siendo nombrado por el mismo Perón como ―consejero
de guardia‖ personal de la presidencia.
En Paraguay gobernó con plenos poderes el general
Stroessner, reprimiendo brutalmente toda oposición.
Las torturas y desapariciones de ―maleantes‖ y
opositores fueron la nota tónica de todo su mandato de
varias décadas, más acentuada aún en el comienzo de
su dictadura. Era así como se ponía orden en un país
también regado por los levantamientos y la violencia.
Las cosas se pusieron más serias cuando en Chile
ganaron las elecciones los comunistas. Todo el
continente católico latinoamericano tembló. La
civilización cristiana corría peligro. ¿Cuál sería la
solución? Nuevamente, gobiernos militares dictatoriales
que suprimiesen en Chile la voluntad popular bajo
Augusto Pinochet, en Argentina bajo Videla, y en
Uruguay bajo otra junta militar con la anuencia del
presidente decidídamente pro-católico que había sido
electo.
El enemigo común era el mismo que en Europa y en el
Asia: el comunismo. La justificación para la guerra y el
genocidio era el mismo también: salvar el cristianismo
mediante una cruzada religiosa contra toda incursión
del ateísmo. Como en la Edad Media, todo método de
exterminio que viniese a la mano y fuese útil para
lograr los objetivos ―cristianos‖, se volvía lícito. El
clero católico participaría igualmente en la contienda,
ya que el catolicismo en especial, se veía amenazado
por las corrientes de izquierda. La misma reacción que
tuvo el clero contra los revolucionarios que trajeron la
libertad a Latinoamérica a comienzos del siglo anterior
(XIX), iba a ser la reacción que ahora iba a tener contra
toda agrupación que tendiese a romper el matrimonio
Iglesia-Estado de esos países.
A. Juan Domingo Perón.
De todos los dictadores del S. XX, Perón fue el que
menos homicidios produjo, y esa fue la razón tal vez
por la que su régimen se prolongó en el partido que
creó, llamado Justicialismo, y que todavía gobierna a la
Argentina ya bien comenzado el S. XXI. A diferencia
de Franco, a quien realmente idealizaba, Perón subió al
poder por voluntad popular. Por ambas razones, y
porque con el tiempo, además, impidió ser absorbido
totalmente por los intereses de la curia, muchos
consideran su gobierno como semi-fascista. Finalmente
fue derrocado por el ejército y la Iglesia en conjunto, en
gran medida, porque terminó no respondiendo a
algunos de los intereses sensibles a ambos.
Cuando los militares detuvieron por primera vez a
Perón, cometieron el error de dejar libre a Eva Duarte,
su segunda mujer. Evita había nacido y se había criado
en ambientes de pobreza, de manera que conocía
perfectamente la manera de pensar de las masas.
Gracias a lo bonita que era, y a que vendía su elegante
cuerpo como prostituta, pudo ir logrando escalar hasta
llegar al mismo Perón. El dictador terminó casándose
con ella en segundas nupcias, invalidando la sacralidad
de su primer matrimonio que exigía la Iglesia, y
generando otro conflicto con la Iglesia. Evita, por su
parte, reveló sus dotes notables para movilizar las
masas, al producir un levantamiento popular pacífico
pero de tal significado que su flamante marido debió ser
liberado, y repuesto en el poder.
a) Vínculos con el fascismo. Juan Domingo Perón era
un gran admirador de Francisco Franco. No es de
sorprenderse que hubiese encontrado, finalmente,
refugio en España. El vínculo mayor que tuvo Perón
con el fascismo fue su recepción de todos los
refugiados nazis y ustashis de Europa después de la
Segunda Guerra Mundial. Junto con ello facilitó el
contrabando del oro a Argentina que esos criminales
sacaron de sus países hasta que pasase la tormenta y las
aguas se volviesen más tranquilas. Otro vínculo con el
fascismo puede vérselo en el hecho de que el gobierno
de Perón se basó más en su figura personal que en la
constitución misma del país.
Si Perón no fue totalmente fascista se debió a que abrió
un sistema intermedio entre las corrientes políticas de
izquierda y de derecha, sin dejar de lado el respaldo
popular que manejó a su gusto mediante métodos
demagógicos. Al mismo tiempo mantuvo cierta
86
distancia o independencia de la Iglesia Católica, con la
cual compitió en la lucha por obtener el reconocimiento
del pueblo. Aunque comenzó vinculándose con ella y le
dio poderes que ella no tendría en los gobiernos
democráticos posteriores, hubo confrontaciones en el
ejercicio de la autoridad y control de varios cargos
públicos. La Iglesia Católica quería seguir teniendo la
hegemonía en la educación religiosa y en la labor
social, y no podía aceptar que un gobierno civil
compitiese con ella en ese terreno.
b) Viaje de Eva Perón a Europa. El 16 de junio de
1947, dos años después que terminase la Segunda
Guerra Mundial, la primera dama de Argentina, Eva
Perón, hizo una gira a Europa para ser festejada en
España, besar el anillo del papa Pío XII en el Vaticano,
y codearse con los ricos y famosos banqueros de los
Alpes suizos. De los archivos que abrieron
recientemente los bancos suizos y el Banco Central de
Argentina, y de las investigaciones de los cazadores
judíos de nazis fugados, se puede saber hoy que ese
viaje no fue pura y simplemente para reforzar lazos
diplomáticos, comerciales y culturales entre varias
naciones europeas y Argentina. Tuvo una misión
paralela que permitiría poner las bases para las
intervenciones militares más fascitizadas del último
cuarto de siglo en Argentina. El papa Pío XII habría
discutido con ella, además, el cuidado y la alimentación
de los fieles nazis y ustashis refugiados en Argentina...
¿Cuáles fueron esos objetivos paralelos del viaje de
Evita a Europa? En primer lugar, coordinar la red que
debía ayudar a los nazis a reubicarse en Argentina. Así
como los EE.UU. e Inglaterra se interesaron después de
la guerra, por descubrir los científicos nazis para
aprender de sus experimentos médicos hechos en los
campos de concentración; así también se interesó
Perón, además, en absorber la técnica militar nazi para
fortalecer su poder militar en el cono sur. Como prueba
de ello se puede mencionar que el primer avión de
motor de combate introducido en Sudamérica—el
‗Pulque‘—fue construido en Argentina por el diseñador
de aviones alemán Kurt Tank de la firma Focke-Wulf.
Sus ingenieros y pilotos de pruebas llegaron gracias al
servicio de emigración ilegal que se daba
conjuntamente en Suiza y en el Vaticano. Así
obtuvieron también los cianotipos de los cohetes
alemanes V2 y V3. Un médico, Carl Vaernet, había
conducido experimentos quirúrgicos sobre
homosexuales en el campo de concentración
Buchenwald. Luego de castrar a los hombres, les
insertaba glándulas sexuales metálicas que infligían
muertes atormentadoras a algunos de sus pacientes. Ese
científico fue considerado también como de gran
utilidad para la Argentina.
Tanto para los diplomáticos suizos como para el
Vaticano, el interés del contrabando de criminales nazis
y ustashis a Argentina tenía que ver con intereses de
contrabando financiero. Para los sacerdotes católicos
del Vaticano se sumaban dos aspectos adicionales: el
interés en proteger gente tan fiel a la Iglesia Católica, y
en reorganizar sus servicios en contra del comunismo
dondequiera fuesen. Ya antes del viaje de Evita a
Europa, en mayo de 1947, un informe del Ministerio de
Asuntos Exteriores clasificado como extremadamente
secreto, consideraba al Vaticano como ―la organización
más grande implicada en el movimiento ilegal de
emigrantes, incluyendo a muchos nazis‖.
Posteriormente, varios jerarcas ex nazis agradecerían
públicamente al Vaticano por su ayuda vital que
implicó no solamente los contactos diplomáticos
necesarios de la Santa Sede con los gobiernos
latinoamericanos, sino también el reparto de
documentos falsificados que les permitiese fugarse sin
ser descubiertos por el espionaje Aliado.
Los archivos secretos del gobierno argentino
mencionan, por ejemplo, al obispo Alois Hudal como el
hombre clave en la protección y fuga de los criminales
de guerra nazi después de la guerra. Recientemente a
través de Zenit (3 de marzo, 2004), el Vaticano
confirmó que ―en aquellos años el papa desempeñaba
también el cargo de Prefecto del Santo Oficio. Tanto
Pío XI como Pío XII eran prefectos ‗ex officio‘ del
Santo Oficio‖. Nunca habría expresado el Santo Oficio
su parecer sobre el régimen nazista—según argumenta
Zenit—―sin antes haber consultado con la Secretaría de
Estado‖ del Vaticano. Este argumento lo esgrime para
contradecir la tesis de una nueva obra que implica
nuevamente al papado en el genocidio nazista. Pues
bien, el obispo Alois Hudal pertenecía al Santo Oficio,
y había recibido el encargo de investigar los libros que
debían ser censurados. Pío XII mismo lo ordenó como
obispo. ¿No iba a estar enterado el Vaticano de la obra
―clandestina‖ que hacía, siendo que fue la misma Santa
Sede la que le encomendó la tarea de visitar a los nazis
detenidos en las cárceles aliadas?
c) Beneficios y alcances posteriores del contrabando
de criminales nazis. Los nazis agradecidos le
prodigaron a Evita grandes riquezas que le sirvieron
después a Perón para vivir en una regia mansión en
España durante todo su exilio, y a todo lujo. El
beneficio económico y el respaldo en diversas áreas que
le prodigaron los nazis a Perón, permitió su reelección
en 1951. Argentina parecía no haber estado
económicamente nunca mejor que entonces. Grandes
números de nazis estaban firmemente instalados ya en
el aparato militar industrial de Argentina.
Paradójicamente, en la guerra que el gobierno militar
posterior emprendió contra Inglaterra en las Islas
87
Malvinas, los aviadores argentinos pudieron cumplir
con un mejor papel gracias a la ayuda de técnicos de
origen alemán y judío que fueron capaces de adaptarse
con asombrosa rapidez a las nuevas técnicas que
estaban empleando los aliados del Atlántico Norte. Aún
los submarinos que usaron habían pertenecido a
Alemania durante la guerra, y fueron refaccionados por
Alemania para servir en esa guerra que Argentina
sostuvo con Inglaterra.
Los nazis y ustashis en Argentina mantuvieron la
antorcha de Hitler encendida, obtuvieron nuevos
convertidos en los militares de la región y compartieron
sus métodos de tortura y operativos de ―escuadrones de
la muerte‖, que la Junta Militar posterior usaría para
perseguir a los movimientos políticos de izquierda.
Desde Argentina esos ―escuadrones de la muerte‖
serían exportados a otros países de Latinoamérica,
empleando aún a nazis como soldados de tropas de
asalto. Entre ellos estuvo Klaus Barbie, el Carnicero de
Lyon de la Gestapo, quien se había instalado en Bolivia
con la ayuda que le brindó la Santa Sede. También
contaron con el apoyo de la Liga Mundial
Anticomunista que dirigió el criminal de guerra fascista
Ryoichi Sasakawa de Japón y el reverendo Sun Myung
Moon, fundador de la secta de la Unificación.
Ya vimos que los ustashis intervinieron en el asesinato
del cónsul uruguayo en Paraguay bajo la dictadura de
Stroessner. En 1980 Barbie ayudó a organizar un golpe
de estado brutal contra el gobierno democráticamente
elegido en Bolivia, gracias a la financiación ofrecida
por los cabecillas de la droga y una coalición
internacional de neofascistas. A la luz de la vela, Barbie
había estado instruyendo a la nueva generación de nazis
sobre los principios de la cruz vástica en su lucha
contra el comunismo. El equipo de Barbie persiguió y
mató a funcionarios del gobierno y a líderes
sindicalistas, al mismo tiempo que los especialistas
argentinos volaban para enseñar en Bolivia y en
Centroamérica las últimas técnicas de tortura. Bolivia
se transformó así, en una fuente protegida de cocaína
que permitiría el surgimiento del cartel de Medellín.
d) Vínculo del peronismo con la Iglesia Católica. En
general, el peronismo se considera hoy a sí mismo
como una solución intermedia entre el fascismo y el
comunismo. Dicho de otra manera, se trataría de una
posición intermedia entre los intereses católicos
tradicionales y las corrientes políticas de izquierda. Esa
posición intermedia se habría producido como resultado
de una ruptura entre el catolicismo y los sectores
populares. Monseñor Emilio Di Pasquo, el padre
confesor de Evita, reconocía en 1945 que el capital y el
trabajo se hacían la guerra para entonces, y como el
capital estaba ligado a la Iglesia, observó que ―el
abismo que separa el capital del trabajo es el mismo
que separa a los trabajadores de la Iglesia‖.
Con la subida de Perón a la presidencia argentina, la
Iglesia Católica pensó que lograría afirmar la
hegemonía del catolicismo mediante el típico sistema
coercitivo que se había dado y daba aún en los
gobiernos fascistas de Europa. En realidad, la unidad
entre la Iglesia y las fuerzas armadas tenía ya larga data
dentro del pensamiento político católico. En Argentina
esta unidad se estableció claramente en los años 30 con
el nombramiento del obispo de Rosario como Vicario
General del Ejército. De allí que no era demasiado
extravagante para la Iglesia soñar con dominar la
sociedad como lo estaba haciendo en España.
- Política socio-económica redistributiva. Perón, por
otra parte, incorporó en su sistema político las
encíclicas papales de esos años, según lo declaró
públicamente en su último discurso antes de las
elecciones que le dieron la victoria en 1951. Tanto la
Iglesia como Perón creían en una política social
redistributiva para resolver el antagonismo creado entre
el capital de las industrias y el trabajo de las masas. De
manera que con tal prédica de Perón en su campaña
política, la Iglesia podía seguir gozando, en principio,
del predominio clero-gubernamental en materia
político-económica.
Ese sistema social redistributivo en lo que se refiere a
las ganancias, fomentado por las encíclicas papales,
llevó a Perón a requerir de las industrias y de los ricos
donaciones inconmensurables para sus obras sociales.
Las industrias que no participaban en esa obra de
―caridad‖, que tenía como propósito honrar las
imágenes de Perón y Evita, eran cerradas ante cualquier
pretexto. De manera que ninguna industria ni fábrica ni
empresario tenía otra alternativa que dar para los
―pobres‖. Así ganaba el mandatario argentino el favor y
la admiración de las masas pero, ignorando el favor y la
admiración que quería recibir también la Iglesia
Católica por tal política.
Es llamativo que en esa época, la traducción bíblica de
Reina Valera sobre 1 Cor 13 prefería la palabra
―caridad‖ en lugar de ―amor‖, debido a la creencia de
que la palabra ―amor‖ había degenerado en la sociedad,
evocando aspectos sensuales. Luego que cayeron Perón
y Evita, el cuadro volvió a revertirse por la imagen
torcida que terminó dejando en la gente el uso de la
palabra ―caridad‖ (como símbolo de farsa). En su lugar,
se decidió volver a la palabra ―amor‖. Este hecho
ilustra el contraste entre el verdadero ―amor‖ que
describe la Biblia, con la presunta ―caridad‖ por la que
aboga también la Iglesia Católica como fundamento de
su obra económica-social redistributiva.
88
Una política redistributiva equivalente se vio en años
más recientes en la ―teología de la liberación‖. El papa
Juan Pablo II no la rechazó por sus principios
económico-sociales como tales, sino por su tendencia
política revolucionaria, izquierdista y marxista que no
está dispuesta a darle a la Iglesia Católica todo el rédito
en los que pretende recibir. Esa tendencia jesuítica
moderna en Latinoamérica en especial, hacia una
―liberación‖ socio-económica más independiente,
contribuyó a que el papa Juan Pablo II terminase dando
preeminencia a la orden más conservadora del Opus
Dei en el Vaticano. Esto implicó una persecución
interna contra los jesuitas, cuya influencia dentro de la
Iglesia Católica terminó decayendo.
El mismo contraste entre el verdadero amor bíblico que
―no siente envidia..., no es jactancioso, no se engríe, no
es rudo, no busca lo suyo‖ (1 Cor 13:4-5), y la
―caridad‖ que compite por la supremacía política y la
alabanza del mundo al exigir a los pudientes dar a los
pobres, es el que se ve hoy en la política papal de
―globalización de la solidaridad‖. Lo que el papa hace
en la actualidad es fomentar, muy sutilmente, la
rebelión y emancipación de las naciones más pobres,
para canalizar las amarguras y frustraciones de las
masas en su favor. Mediante su esfuerzo por fiscalizar
la actividad política internacional y nacional en materia
socio-económica, espera poder ascender otra vez al
poder mundial, y hacer que su voz se escuche por toda
la tierra [véase A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización.
La Intención Oculta (1999), cap 11].
La política económico-social redistributiva
tradicionalmente abogada por las encíclicas papales a
fines del S. XIX y comienzos del XX se mantiene en
pie, requiriendo a nivel internacional que las naciones
más ricas condonen la deuda externa de los países más
pobres. Tal política nace en el mismo espíritu que
motivó a Judas a requerir que el dinero ofrecido al
Señor se lo diese a los pobres a través de su
administración fraudulenta personal (Juan 12:5-6). El
Señor también prohibió a su iglesia esa política
interesada y propagandística, cuando advirtió a sus
discípulos que ―los reyes de las naciones se enseñorean
de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad se hacen
llamar bienhechores. Pero vosotros no sois así‖ (Luc
22:25-26).
- Política educativa. Perón también le dio a la Iglesia
Católica el gusto en materia educativa. Ya el gobierno
militar de 1943, bajo la influencia del integrismo
católico, había decretado la enseñanza de la religión
católica en las escuelas públicas, como medio
indispensable para catolizar la sociedad. Pero la Iglesia
aspiraba a que ese decreto fuese garantizado por una ley
del Congreso, una vez que el país volvió a la vigencia
constitucional, y comerció con Perón el apoyo de su
candidatura sobre la base de la aprobación de tal ley.
Cuando el debate llegó a la cámara de diputados, la
Iglesia comenzó a ejercer su presión para su aprobación
recurriendo al modelo franquista español que pretendía
fundir la hispanidad con el catolicismo y la
nacionalidad, y vincular el liberalismo y el laicismo con
la desintegración del cuerpo social de la nación.
Algunas frases en los discursos de la cámara de
diputados fueron entonces muy significativas. ―Nuestra
tradición es Cristo y estar contra ella es estar contra
Cristo. Dios es el alma nacional‖. Esta declaración del
―alma nacional‖ implicaba la superioridad por el que
abogaron siempre los papas basados en la filosofía de
Tomás de Aquino, de la autoridad religiosa (el alma)
sobre la civil (el cuerpo). ―Con España [antes de
Franco], el catolicismo era el otro gran calumniado; se
estableció la siguiente sinonimia: hispanidad,
catolicidad, oscurantismo. Y así comenzó, señores
diputados, todo el proceso de descastización..., una
ruptura violenta con la más pura y rancia tradición
argentina‖. ―Entre una tradición de tres siglos y medio
y otra de apenas sesenta años, la primera es la
verdadera, elaborada a lomo de centurias, iniciada
desde el instante en que el gran navegante hincó su
rodilla en América, para anunciarle al indígena que el
eclipse y el rayo eran castigos divinos lanzados... sobre
la antifé‖.
¿Qué hizo el navegante católico español con el indígena
en Latinoamérica? Creó un Tribunal de Extirpación de
Idolatrías para torturar y aniquilar a los indígenas
rebeldes que no se convirtiesen a la fe católica, o que
siguiesen apegados a ciertas tradiciones paganas. ¿Cuál
fue más definidamente la actitud de la Iglesia y el
Estado para con el indígena en la católica Argentina del
S. XIX? No fue su integración a un patrimonio común,
sino la paz establecida mediante la total exterminación
de los indios pampas en Buenos Aires y de los charrúas
en Uruguay. ¿Ese fue el evangelio que trajo el
navegante español, acompañado indefectiblemente por
un sacerdote para intentar catolizar la sociedad
indígena? ¿Quiénes, sino los sacerdotes católicos y el
ejército español, produjeron el eclipse presuntamente
divino de los indígenas e hicieron caer los rayos de la
ira divina sobre la antifé? ¿Sobre esa base querían
todavía reconstruir la sociedad argentina a mediados del
S. XX?
e) Conflictos entre la Iglesia y el peronismo. Perón
comenzó su primer mandato en agosto de 1946, y esos
conflictos sobre la acción estatal en el ámbito social que
la Iglesia consideraba como suya, comenzaron a darse
desde bien pronto. Por influencia de Perón la ley que
89
establecía la enseñanza obligatoria de la religión
católica en las instituciones educativas estatales
finalmente se aprobó (marzo de 1947). Pero de los seis
miembros determinados para la Dirección General de
Instrucción Religiosa, el director y cuatro vocales
debían ser designados por el Poder Ejecutivo. Con esto
daba a entender Perón que no estaba dispuesto a ceder
todo el terreno a la Iglesia.
Los católicos sintieron, al mismo tiempo, que debían
competir con figuras históricas de corte anticlerical
como Rivadavia y Sarmiento que impregnaban el
ámbito educativo. La Iglesia consideraba también como
peligrosa moralmente una preocupación excesiva por lo
corporal como la enseñanza de la higiene y el deporte.
El cuerpo de la mujer era visto como fuente de
corrupción, por lo que los censores católicos se oponían
al uso de ropas gimnásticas escuetas entre las jóvenes
estudiantes.
La enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas
públicas fracasó por dos razones básicas. Una tuvo que
ver con la falta de preparación de los profesores de
religión, según admitió después la Iglesia, ya que los
más capacitados preferían permanecer en las
instituciones católicas privadas. El segundo tuvo que
ver con la intervención peronista especialmente en las
escuelas primarias, que buscó acaparar para sí todo el
mérito y honor de la instrucción pública y de la obra
social. El texto escolar de 1947 decía, por ejemplo: ―...
tú estás viviendo en los años del gobierno del
GENERAL PERÓN, que es como Belgrano, un patriota
cristiano; como San Martín, un libertador preclaro;
como Rivadavia, un genial propulsor del progreso;
como Sarmiento, un apóstol de la cultura. Pero hay algo
en lo que no tiene antecesor. Es como nadie, el
DEFENSOR de los trabajadores y el PALADIN DE LA
JUSTICIA SOCIAL‖.
En otras palabras, la exaltación a los líderes patrios
entre los cuales se destacaba Perón terminó
constituyendo la base de la educación de ―la nueva
Argentina‖, no la religión católica. A Perón se le otorgó
el título de ―primer maestro de la nueva escuela
argentina‖. La enseñanza de la religión pasó a
transformarse en una concesión de Perón a los
católicos, no en un derecho que la Iglesia consideraba
como propio. Finalmente Perón y Evita terminaron
ocupando todos los espacios reclamados por la religión.
Los niños debían leer desde 1951 que ―el general
Perón, siguiendo el ejemplo de Jesús, buscó a sus
amigos entre los pobres‖. ¿A quién debían mirar los
niños para contemplar a Jesús? No a los santos, ni a los
maestros de religión, ni a los sacerdotes católicos, ni
tampoco al papa, sino al mismo Perón.
A partir de la muerte de Evita en 1952, el Ministerio de
Educación decretó que los niños colocasen en todas las
escuelas una ofrenda floral ante su retrato, y leer, al izar
o arriar la bandera, una oración en su memoria. Toda la
veneración exigida por la Iglesia Católica a sus tantas
imágenes de vírgenes y santos, comenzó a dársela el
peronismo a la imagen de Evita. Y la veneración
endiosada de Evita a Perón se ve notablemente
retratada en su libro, ―La Razón de mi Vida‖, que debía
servir como manual de lectura para el último grado de
la escuela primaria. ¿A quién debían mirar los que
veneraban a Evita? A Perón quien a su vez, como ya
vimos, era la figura representativa de Jesús.
f) Intermediarios competidores. Este es un punto
importante que no puede pasarse por alto. La Iglesia se
quejó porque Perón y Evita terminaron ocupando el
lugar de Cristo como una especie de intermediarios en
donde el último estadio eran Cristo y Dios mismo. Pero,
¿acaso no hace ella lo mismo cuando interpone entre
Cristo y su Padre una cantidad de intermediarios
presuntamente virtuosos para que la gente los mire, y
venere a través de ellos, el rico patrimonio que
presuntamente posee la Santa Madre Iglesia que los dio
a luz? El clero se quejó de Perón porque desplazó con
su propia imagen la intermediación que la Iglesia
Católica se atribuye a sí misma entre Cristo y Dios.
Es llamativo que los sistemas políticos que tributan un
culto al dictador se hayan dado históricamente en países
mayormente paganos y católicos. Se debe a que la
gente está acostumbrada por esas religiones a venerar a
seres humanos, a superestrellas con calificaciones
extraordinarias, porque su religión les enseña a admirar
un sinnúmero de luces brillantes que terminan
opacando la verdadera luz del cielo. La exaltación casi
religiosa de Perón, y más aún de Evita, ha continuado
en Argentina durante medio siglo después de haber
muerto Eva y caído el dictador. Cuando se estrenó la
película sobre Eva Perón al concluir el S. XX, hubo
gente furiosa en Argentina porque sentía que una mujer
de tan baja moral como Madona era indigna de
representarla. ¡Cómo podía atreverse una mujer así
representar a otra tan santa como Evita! ¿Por qué esa
reacción? Porque además de los santos y por encima de
ellos, los católicos han sido enseñados a venerar a
María, y en Evita muchos podían ver de nuevo una
mujer llena de grandes dotes presuntamente maternales.
Así como la Iglesia de Roma reemplazó las estatuas de
la diosa Isis por las de María en el S. IV y V, y el culto
al emperador por el del papa en el S. VI, así también le
resultaba natural a mucha gente en Argentina
reemplazar al papa y a los santos por Perón, y a la
virgen María por Evita. Un historiador católico que
contó con el Imprimatur de Roma, describe el
90
sincretismo que se produjo al concluir la primera mitad
del primer milenio cristiano. ―Una adoración íntima y
confiada de los santos reemplazó el culto de los dioses
paganos, y satisfizo el politeísmo congenial de las
mentes simples o poéticas... Los altares paganos fueron
re-dedicados a héroes cristianos; incienso, luces, flores,
procesiones, vestidos, himnos, que habían agradado al
pueblo en los viejos cultos, fueron domesticados y
purificados en el ritual de la Iglesia; y la tosca matanza
de una víctima viviente fue sublimada en el sacrificio
espiritual de la Misa‖ (Will Duran, The Age of Faith,
75).
Pero, ¿qué es lo que sucede en realidad con ese tipo de
veneración humana? Ya lo había escrito E. de White en
1911: ―El culto de las imágenes y reliquias, la
invocación de los santos y la exaltación del papa son
artificios de Satanás para alejar de Dios y de su Hijo el
espíritu del pueblo. Para asegurar su ruina, se esfuerza
en distraer su atención del único que puede asegurarles
la salvación. Dirigirá las almas hacia cualquier objeto
que pueda substituir a Aquel que dijo: ‗¡Venid a mí
todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré
descanso!‘‖ (CS, 625). Fue una formación tal de las
masas, a las que la Iglesia de Roma acostumbró a
venerar seres humanos en lugar de a Dios mismo, la
que facilitó la tarea demagógica de Perón y Evita hace
medio siglo atrás.
El golpe militar de septiembre de 1955 vio a la Iglesia
Católica otra vez junto a las fuerzas armadas.
Contrariamente al reino de Cristo que no busca honores
mundanos (Juan 5:41), la Iglesia continuaba buscando
la alabanza humana por la cual Perón había competido.
Jesús acusó a los gobernantes políticos y religiosos de
sus días de buscar ―la alabanza los unos de los otros‖,
en lugar de buscar ―la alabanza que viene del Dios
único‖ (Juan 5:44). Pero Perón eclipsaba la alabanza
que la Iglesia pretendía pertenecerle a ella y, por
consiguiente, la Iglesia Católica no podía retribuirle tal
reconocimiento.
La Iglesia Romana reconoce únicamente a los
gobernantes que están dispuestos a involucrarse en un
sistema de gobierno compartido según el molde
preanunciado en Apoc 13:4. Ambos poderes, el civil y
el religioso, pueden ser venerados conjuntamente según
el sistema ideado por el ―príncipe de este mundo‖, pero
a condición de que se reconozcan mutuamente y no
compitan demasiado por la adoración que buscan.
Mientras que en los antiguos cultos paganos había una
sola cabeza y era la del emperador, en el sistema
medieval hubo dos cabezas, la monárquica y la papal,
dándose mutuamente los reconocimientos públicos que
les permitían gobernar en forma absoluta sobre los
pueblos y las naciones de entonces. Este sistema que se
iba a establecer con la aparición del papado romano,
fue profetizado por el antiguo profeta Daniel. De ese
―rey altivo de rostro‖ (Dan 8:23) predijo que colmaría
―de honores a quienes lo reconozcan, dándoles dominio
sobre muchos, y‖ repartiéndoles ―la tierra como
recompensa‖ (Dan 11:39).
Todo el que aspira a gobernar sobre este mundo, debe
esforzarse por buscar su aprobación y reconocimiento.
Pero la Iglesia de Cristo no fue levantada por el Señor
para gobernar el mundo, ni tampoco para que se
esforzase por obtener reconocimientos políticos, sino
para buscar la alabanza que proviene del único Dios
que está en el cielo. La única manera de obtener ese
reconocimiento divino es buscando hacer su voluntad,
guardando sus mandamientos (Juan 14:21-23). Ese
mismo hecho pondrá a la verdadera Iglesia de Cristo a
menudo en conflicto con el mundo (Juan 17:14). El que
se esfuerce por obtener la alabanza de Dios se verá, en
efecto, a menudo incomprendido por las autoridades
terrenales, como lo fue Cristo durante toda su estadía en
esta tierra (Juan 15:18-20; 16:33). No se trata de
negarle reconocimiento a quien se lo merece, sino de no
buscar aplausos que sacrifiquen la justicia o que
comprometan al verdadero cristiano en su fidelidad a
Dios (Juan 17:16-19). Los que a expensas de la verdad
y la santidad compartan honores con los así llamados
―grandes‖ de este mundo, podrán obtener tal vez
importantes beneficios terrenales. Pero no podrán
contar con la aprobación divina ni menos aún, con la
vida eterna.
El gobierno que se levantó en Argentina después que
Perón cayó no impuso la enseñanza de la religión. Para
ese entonces las influencias liberales se hacían sentir
aún en el catolicismo, que terminó viendo como más
productivo reforzar la enseñanza religiosa en los
centros de educación católica privada, antes que por la
fuerza de la ley en las escuelas públicas. El esfuerzo
principal de la Iglesia Católica iba a darse de allí en
adelante en obtener todo el apoyo estatal posible para
fortalecer sus propios centros privados de educación.
Aunque ya concluyendo el S. XX, el papa Juan Pablo II
iba a intentar influenciar las autoridades políticas y
educativas argentinas para que volviesen a imponer la
educación religiosa en las escuelas públicas, tal presión
del Vaticano no iba a poder pasar por alto la
experiencia histórica que se había vivido en ese país y
que rechazaba, con argumentos bien elaborados, los
efectos negativos de tal reclamo.
Conclusión.
En la opinión de muchos, el peronismo salvó por cierto
tiempo a Argentina de caer en cualquiera de los dos
extremos que son el fascismo y el comunismo. Aún así,
91
una posición intermedia tal iba a ponerlo siempre en
conflicto con la Iglesia Católica, que favoreció
constantemente la intervención militar como medio de
imponer un orden que le fuese más favorable. Por la
misma razón, muchos líderes peronistas, incluyendo
Menem y Kirchner, iban a sufrir dos décadas más tarde
bajo dictaduras neofascistas. Al no apoyar la tendencia
ultraderechista ―salvadora‖ del momento, serían
vinculados indiscriminadamente con las líneas de
izquierda.
Una vez liberado el país de las dictaduras neofascistas
buscaría el peronismo ocupar nuevamente ese puesto
intermedio. ¿Cómo lo haría? Procurando reconciliar las
dos corrientes antagónicas de siempre, para que cada
una fuese insertada en la sociedad, en un marco de
mutuo respeto y tolerancia. En este respecto, el
peronismo complacería a la Iglesia Católica, la que para
entonces iba a estar temerosa de que se ventilase hasta
qué punto había estado vinculada con el genocidio
militar.
En la actualidad, el presidente Kirchner ha tomado
como un apostolado personal el reivindicar la izquierda
que fue oprimida en la década de los 70, y en la cual él
mismo fue detenido por un corto tiempo. Pareciera no
percibir o no importarle, que esa marcada actitud
izquierdista tiende a aislarlo dentro del peronismo, y a
indisponerlo ante la Iglesia que, por el momento, se
contenta con volver a insistir en una política de
reconciliación como un velado intento de frenar la
justicia retroactiva que asumió el actual mandatario.
En estos momentos, la ola de los típicos vaivenes
políticos que caracterizaron siempre a los países
católicos (durante los S. XIX y XX), parece apuntar
otra vez hacia la izquierda. Esto se ve en la elección de
Zapatero en España, Lula en Brasil, Chávez más
penosamente en Venezuela, y Kirchner en Argentina.
El efecto dominó de esas tendencias está llegando a
Francia con un renovado vuelco hacia el socialismo.
Así como una tendencia hacia la derecha se dio con la
caída de la Unión Soviética, así también ahora se ha
estado dando en ciertos países una tendencia hacia la
izquierda. Es un frente que se levanta contra un
republicanismo intempestivo norteamericano, que
irrumpió inesperadamente sobre el mundo al captar
cuán vulnerable era al terrorismo internacional. Esas
idas y venidas no suelen durar mucho.
La última ola parece cercana, y vendrá sobre el mundo
entero ―como una tempestad‖ (Dan 11:40úp), tan
sorpresiva y asombrosa como la caída del comunismo
soviético, la que tanto prestigio trajo al pontificado
romano. Entonces tendrá lugar el fuerte pregón final
que anunciará la caída de Babilonia (cúmulo de
religiones coaligadas del fin bajo el papado romano:
Apoc 14:8; 18:1-5; cf. 17:13), y que lo hará salir ―con
grande ira para destruir y matar a muchos‖ (Dan 11:44;
Apoc 13:15).
B. Las dictaduras de Chile y Uruguay.
No es nuestro propósito aquí repasar la historia de todas
las dictaduras latinoamericanas, sino de extraer
lecciones prácticas de algunas de ellas, con el propósito
de destacar el pensamiento uniforme que ha mantenido
y continúa manteniendo la Iglesia Católica Romana en
su constante accionar político. Esto es indispensable
para entender la naturaleza de la crisis final predicha en
la Biblia. En esa confrontación del secularismo ateo con
las normas y principios religiosos occidentales,
sabíamos los adventistas que los que finalmente
lograrían imponerse serían estos últimos (Dan 11:40úp-
44: detalles más adelante). Por tal razón, nuestro
interés se centra en los genocidios que causó ese
cúmulo de poderes religiosos, y cuya fuente de
inspiración y autoridad está en el Vaticano.
Dos problemas básicos sobresalen en el genocidio
latinoamericano. Uno tuvo que ver con la metodología
inaceptable empleada contra la oposición (torturas y
desapariciones), y el otro con la falta de discriminación
o distinción de los adversarios a la hora de aplicar el
castigo. Con respecto al primero podemos decir que no
se acepta hoy, ni nunca debió haberse aceptado, que un
gobierno ponga a todo elemento opositor en un mismo
contenedor. Así, en la represión militar de
Latinoamérica se vio a los militares y curas católicos
torturando, haciendo desaparecer y matando a mansalva
a todo sospechoso, con criterios a menudo semejantes a
los que usaron los prelados papales en la Edad Media
para justificar sus genocidios contra los Albigenses,
Valdenses, Cátaros, Hugonotes, y todo grupo que se
levantaba contra ellos. La idea era, en principio, de
exterminarlos a todos—culpables y sospechosos—
dejando con Dios la vindicación de los que pudiesen
haber muerto inocentemente.
En los genocidios de Franco, Pinochet y Videla
sufrieron terriblemente y murieron muchos que no
tuvieron nada que ver con la insurrección política. La
justicia internacional hubiera podido tolerar que tales
generales hubiesen mandado al pelotón de fusilamiento
a sus adversarios criminales, a condición de que su
ejecución hubiese sido precedida por juicios abiertos y
verificables. Ni Dios en el universo, ha dispuesto las
cosas para hacer desaparecer sus criaturas, sin antes
abrir un juicio investigador para que toda la creación
celestial pueda ver la justicia divina en la sentencia que
los malvados tendrán al final (véase Gén 18:20-21; Dan
7:8-9, etc).
92
La crisis final caerá sobre el mundo entero cuando se
impongan los mismos principios religioso-político-
medievales y neomedievales que se invocaron como
excusa para cometer los más grandes genocidios de la
historia. Ante tal contingencia, ¿habríamos de descuidar
las dramáticas ilustraciones que Dios permitió que
tuvieran lugar en el S. XX, de esos eventos portentosos
del futuro próximo? El siglo que acaba de terminar
marcó un compás de espera, tuvo que ver con una
contención de vientos por usar el lenguaje del
Apocalipsis (Apoc 7:1-3). Ese compás trajo ejemplos
microcósmicos y algunos rayando ya en una lucha
global, que Dios permitió que se dieran para que
entendiésemos mejor la naturaleza de la contienda
macrocósmica por venir, y estuviésemos mejor
preparados para enfrentarla.
Hay otras razones por las cuales es importante prestar
atención a las dictaduras latinoamericanas de la última
parte del S. XX. Los genocidios perpetrados por los
dictadores católicos sudamericanos de las décadas del
70 y del 80, tuvieron lugar bajo el reinado espiritual de
otros papas que pretendieron cambiar la cara que el
papado había mostrado antes y durante la Segunda
Guerra Mundial. Mientras que para muchos, Pío XII
fue el último papa de corte medieval, Juan XXIII, Pablo
VI y Juan Pablo II se volvieron presuntamente más
liberales y humanísticos. Pero la actitud que asumieron
estos últimos papas con el Franco de la post-guerra y
con las dictaduras militares sudamericanas posteriores,
prueba que esa fachada de liberalismo que hoy
pretenden ofrecer al mundo, se contradice con el
respaldo que dieron a esos regímenes antidemocráticos
represores iberoamericanos. ¿Por qué los respaldaron?
Porque favorecían a la Iglesia Católica frente a un
presunto ―enemigo común‖.
a) Dos democracias de larga trayectoria ignoradas. Lo
aparentemente insólito ocurrió en Chile en la década de
los 70, cuando un presidente comunista fue elegido por
voto popular. Un país en donde el contraste entre la
aristocracia rica minoritaria y la clase pobre mayoritaria
es abismal, no debía en realidad sorprender a nadie al
terminar democráticamente apoyando el comunismo.
Pero la noticia puso en vilo a todo el continente
católico. Había que hacer algo para salvar al
cristianismo (aristocrático católico), antes que fuese
demasiado tarde. Como en España, ni la democracia ni
el voto popular debían contar para nada ante el peligro
inminente. Bastante tarde captaba tanto el clero como la
nobleza comercial y gobernante de los países católicos,
que había que reeducar la gente, esto es,
―recristianizarla‖.
Fidel Castro pasó largas vacaciones en Chile (casi un
mes), disfrutando ese triunfo comunista, a la espera de
las elecciones en Uruguay en donde todo parecía
indicar que iba a ganar el Frente Amplio. Pero la
―rosca‖ gobernante que quería hacer caer ese partido
frentista no cayó. Por el contrario, Bordaberry, el
presidente de turno, consolidó su poder con una
intervención militar que le daba mayores poderes e
iniciaba una persecución implacable de todos los
representantes de izquierda. Eso era insólito también,
ya que Uruguay había podido jactarse hasta ese
entonces, como Chile, de contar con una democracia
histórica y liberal de larga trayectoria, no común en los
países católicos latinoamericanos.
Ya vimos la tendencia general de los países católicos en
caer bajo regímenes dictatoriales. Sus democracias se
vieron casi siempre amenazadas debido a que en su
interior, contaban con una Iglesia cuya estructura y
jerarquía es dictatorial-monárquica por naturaleza.
¿Cómo, pues, pudieron levantarse tanto en Chile como
en Uruguay democracias tan estables durante un buen
número de décadas? En gran parte esto fue posible
debido a que la Iglesia Católica en Chile fue siempre
más liberal. En Uruguay, por otro lado, se bebió más
que en ningún otro país latinoamericano del
pensamiento secularizante francés. La Iglesia Católica,
por consiguiente, no contaba con recursos humanos
suficientes para intervenir en el estado. [El otro estado
de democracia estable está en Centroamérica, y es
Costa Rica. Allí no puede levantarse un general
dictador porque ni siquiera ejército tiene].
b. Estadísticas del genocidio. De todas las dictaduras
del último cuarto de siglo, la de Uruguay fue la menos
sanguinaria porque, aunque igualmente cruel en sus
torturas, no exterminó a la mayoría de los
desaparecidos que reaparecieron después y fueron
liberados una vez que se volvió a la constitucionalidad
tradicional. ¿Por qué no hicieron lo mismo Pinochet en
Chile, y la Junta Militar en Argentina? ¿Por qué la
Iglesia Católica, tan involucrada en el genocidio de
todas esas dictaduras, no abogó allí por una represión
legal que mantuviese los principios de los derechos
humanos que suele invocar y reclamar (como por
ejemplo ahora en Venezuela), cuando la represión cae
sobre ella en gobiernos que le son adversos?
Las estadísticas sobre el genocidio causado por
Pinochet en Chile varían según la fuente. Mientras que
algunos afirman la desaparición y muerte de unas 7.000
personas, la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado
de Santiago, de la Comisión ―Verdad y Reconciliación‖
y de la Corporación ―Reconciliación y Reparación‖,
ambas del gobierno chileno, afirman que hubo 1.100
detenidos desaparecidos, 2.100 ejecutados políticos,
10.000 torturados, 27.000 lesionados graves, 40.000
detenidos y 150.000 exiliados. ―Ello configura‖, según
93
una carta abierta escrita por católicos chilenos al papa
Juan Pablo II en 1998, ―el más grande y cruel genocidio
político en la historia de Chile, condenado durante 15
años consecutivos por las Naciones Unidas‖.
c) Papel de la Santa Sede. El nombre de Pinochet es
todo un símbolo en Europa, EE.UU. y la mayoría de los
países del mundo, ya que encarnó un neofascismo
largamente condenado por el mundo para enfrentar el
comunismo. Mientras que la Junta Militar argentina de
la época contó con varios generales y, por consiguiente,
careció de un nombre representativo que involucrase
esa renovada tendencia catolizante del continente
latinoamericano, en Chile hubo un solo dictador, y ese
fue Pinochet. De allí que su nombre tuviese más
relevancia para representar toda esa época represiva y
dictatorial sudamericana.
Pinochet contó a su favor con un cardenal que fue
nuncio apostólico en Santiago durante la mayor parte
de su dictadura, llamado Angel Sodano. Para colmo de
bendiciones, ese cardenal era tan influyente ante la
Santa Sede que fue luego nombrado nada menos que
Secretario de Estado del Vaticano. También contó
Pinochet con el respaldo del cardenal Jorge Medina
Estévez, quien luego de ejercer como obispo en
Valparaíso, pasó en 1996 a ocupar el cargo en el
Vaticano de prefecto de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Su abierto
respaldo al general no terminó significando para estos
cardenales ningún obstáculo para su ascenso dentro de
la jerarquía romana. Por el contrario, ambos cardenales
merecerían ser reconocidos en las más altas esferas de
la Iglesia Católica en el mismo Vaticano, por la labor
que habían cumplido en Chile.
Tanto Medina como Sodano participaron activamente
en el viaje del papa Juan Pablo II a Chile en octubre de
1988. ¡Sí, Juan Pablo II, acompañado por esos dos
cardenales, y toda la jerarquía católica chilena a sus
espaldas, salió a los balcones con Pinochet! Esto tuvo
lugar quince años después que el dictador ordenara el
bombardeo de la Moneda y diera instrucciones para
acabar con el presidente comunista anterior, Salvador
Allende, en el caso que saliera con vida. El papa dio
entonces la comunión al presidente y comandante en
jefe del Ejército, Augusto Pinochet, y lo visitó en su
despacho del Palacio de la Moneda.
Veinte años después del genocidio dictatorial de
Pinochet, el mismo papa que lo había visitado cinco
años antes le enviaba un telegrama de felicitación con
motivo de sus bodas de oro matrimoniales. El papa le
escribía que, ―como prenda de abundantes gracias
divinas, con gran placer imparto, así como a sus hijos y
nietos, una bendición apostólica especial‖. El cardenal
Sodano, como Secretario de Estado del Vaticano,
acompañaba tal bendición papal con una carta personal
el mismo 18 de febrero, asegurándole que tenía ―la
tarea de hacer llegar a Su Excelencia y a su distinguida
esposa el autógrafo pontificio adjunto, como expresión
de particular benevolencia‖. También le hacía saber que
―Su Santidad conserva el conmovido recuerdo de su
encuentro con los miembros de su familia con ocasión
de su extraordinaria visita pastoral a Chile‖, y
terminaba reafirmando, ―señor General, la expresión de
mi más alta y distinguida consideración‖.
Cuando tiempo después Pinochet fue apresado en
Londres y reclamado en España por sus genocidios, el
Vaticano intercedió de diferentes maneras para evitar
que fuese entregado a la justicia internacional y, por el
contrario, para que fuese devuelto a Chile por presuntas
―razones humanitarias‖. De nuevo vemos a la Santa
Sede participando de una actitud diplomática digna de
inculpación por obstrucción de la justicia
internacional—como se dio en el caso de los ex nazis y
ustashis que encontraron refugio en el Vaticano después
de la Segunda Guerra Mundial—y buscando como
entonces, una vía de escape para Sudamérica. ¿Por qué
no tuvieron los mismos cardenales que abogaban ahora
por Pinochet ante Inglaterra, esos mismos escrúpulos
humanitarios para con las familias de los desaparecidos
y asesinados por un gobierno que abusó de sus derechos
en forma tan brutal como lo fue la dictadura de
Pinochet? Como en todos lados, una vez que logra sus
objetivos militares y genocidas, la Iglesia solicita
perdón no por lo que ella hace, ya que es perfecta y no
puede errar, sino por lo que hacen sus hijos, y busca la
reconciliación. Así deja Roma impunes a los asesinos
más jerarquizados, y ayuda a tales hijos excedidos en su
amor a su Santa Madre Iglesia Católica Romana, a
evadir la justicia internacional.
d) Católicos chilenos se dirigen al papa. Al enterarse
de los movimientos de la curia romana tanto en Chile
como en el Vaticano, cierto grupo de católicos chilenos
decidió escribir una carta abierta al papa Juan Pablo II.
Por su importancia, convendrá extraer aquí algunos
párrafos.
―Como es de su conocimiento, el general (R) Augusto
Pinochet Ugarte está detenido en Londres por acusación
de la justicia española que demanda su extradición para
juzgarlo por crímenes de genocidio, terrorismo de
Estado y tortura, efectuados en Chile bajo su gobierno
en el período de 1973 a 1990. Tiene que ver con el más
grande y cruel genocidio político en la historia de
Chile, condenado durante 15 años consecutivos (1974-
1988) por la Organización de las Naciones Unidas. En
estas circunstancias, nos parece gravísimo que, de
acuerdo a sus propias declaraciones, el Cardenal
94
chileno Jorge Medina, Prefecto de la Sagrada
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos, haya realizado ―discretas gestiones a
todo nivel‖ para pedir la intervención de la Santa Sede
en pro de la libertad del general Pinochet y su
inmediato retorno a Chile, sin condiciones.
―Tales gestiones, de acuerdo a versión de prensa
chilena, fueron incluso apoyadas por los cardenales
Sodano, Ratzinger, López Trujillo, Martínez Somalo y
por el propio nuncio en Chile Monseñor Piero Biggio,
sin haber sido desmentidas por el Vaticano. Tal
conducta de personeros de la Curia Romana nos parece
en grave contradicción con los principios más
fundamentales de la Sagrada Escritura que protegen la
vida humana y su dignidad y con la orientación básica
del Concilio Vaticano II sobre derechos humanos. E
incluso esta actitud se opone diametralmente a su
reciente enseñanza como Pastor Universal de la Iglesia
en materia de Derechos Humanos: «El secreto de la paz
verdadera esta en el respeto de los derechos humanos».
―Nos parece muy necesario, Su Santidad, que usted
reafirme que no es posible confundir el perdón cristiano
a ofensas personales con la severa sanción de la
sociedad civil a los crímenes para evitar su repetición.
En efecto, Usted, en el propio caso de su agresor Alí
Agca, lo perdonó personalmente, pero a pesar de que
éste lleva ya 17 años preso, nunca ha interferido en la
aplicación de la sanción de la Justicia italiana. Ello se
explica por el interés del Vaticano por desalentar
cualquier futuro atentado contra el mismo Papa o sus
sucesores. Siguiendo ese criterio, en Chile la Iglesia
Católica no puede enseñar a las futuras generaciones–
nuestros hijos y nietos–que el asesinar, hacer
desaparecer y torturar a miles de opositores políticos
puede o debe quedar impune so pretexto de una falsa
reconciliación o perdón. Ello la haría cómplice de los
mismos crímenes contra la humanidad y responsable de
su futura repetición, cayendo en el gravísimo reproche
de San Agustín: «Si eres negligente en corregir al
pecador, te haces peor que el que pecó».
―En el caso del general Pinochet, la humanidad entera,
el gobierno chileno (Informe Rettig) y la acusación de
la justicia española (280 fs. proceso Juez Garzón),
como asimismo la propia defensa del general Pinochet
en Inglaterra, dejan en claro su absoluta responsabilidad
política y su presunta responsabilidad penal en los
horrorosos crímenes cometidos por la D1NA—servicio
secreto de seguridad de Pinochet—bajo su directa
responsabilidad y mando, al punto que él llegó a decir:
«Yo soy la Dina». En Europa, tal presunción de
responsabilidad política y penal de Pinochet quedó de
manifiesto con la amplia votación del Parlamento
Europeo apoyando el juicio de extradición de Pinochet
a España‖.
―La postura del Cardenal Medina y algunos
eclesiásticos de insistir en un perdón a Pinochet y
olvido de sus crímenes bajo el pretexto de la
reconciliación cristiana, constituye un chantaje moral al
pueblo chileno, presionándolo para que abandone su
legítimo clamor de justicia. Sostenemos que la Iglesia
Católica chilena en esta coyuntura ética debe plantearse
de acuerdo a la inspiración bíblica como defensora de
los huérfanos, las viudas y los pobres, que son, sin
duda, los familiares de los detenidos desaparecidos,
asesinados y torturados; y no como defensora de los
dueños del poder, de la fuerza y del dinero. Está
llamada a ser defensora de las víctimas y no de los
victimarios; del derecho de los ciudadanos chilenos a
tener una democracia y libertad reales en Chile y no
seguir más como esclavos de una institucionalidad
violentamente impuesta y mantenida por Pinochet y sus
cómplices.
‖Pinochet, en su detención y libertad vigilada en
Londres, ha tenido un tratamiento humanitario y
privilegiado por parte de las autoridades inglesas.
Clínicas y mansiones de lujo donde se hospeda junto a
su familia. Tiene los mejores abogados para defenderse
e incluso empresas de relaciones públicas para mejorar
su pésima imagen internacional. Por estos y otros
motivos creemos que no proceden las razones de
compasión para liberarlo y afrontar el proceso de
extradición a España. Pinochet no ha tenido un mínimo
de compasión con más de 1.000 familias que por 25
años no saben ni siquiera dónde están los cuerpos de
sus familiares detenidos y desaparecidos, lo que
constituye una tortura permanente para esas familias.
Ante estos crímenes, ¿cómo no recordar a Hitler y su
siniestra operación ―noche y niebla‖?
―Hoy los ojos del mundo están fijos en el fallo de los
Lores en Londres sobre el caso Pinochet. Es la gran
oportunidad de reafirmar la justicia universal frente a
los crímenes contra la humanidad. Sería un escándalo
mundial que el gran esfuerzo realizado por más de 50
años por jueces, juristas, movimientos de derechos
humanos y la propia Organización de Naciones Unidas
(ONU), fuera burlado por la impunidad lograda para
Pinochet por una criminal ―compasión‖ solicitada por la
Iglesia Católica y/o la Iglesia Anglicana.
―La Iglesia Católica hoy está pidiendo perdón por sus
gravísimos errores y crímenes del pasado con motivo
de la Inquisición o del Holocausto y el ascenso de
Hitler. Es la hora de censurar el apoyo de los cardenales
de la Curia ya citados y, también, de los 20
parlamentarios polacos de la Unión Nacional Cristiana
95
que viajaron el 9 de enero a Londres para expresar su
solidaridad para con el Hitler chileno. Tales acciones
contrarían las expresas y recientes orientaciones de Su
Santidad Juan Pablo II: «Hay que detener la mano
ensangrentada de los responsables de genocidio y
crímenes de guerra» (Navidad 1998).
―Todo esto es necesario para que el futuro Papa no
tenga que pedir perdón [de nuevo] a toda una
generación en nombre de la Iglesia por haber apoyado
la impunidad del genocidio, terrorismo de Estado y
torturas de la dictadura asesina de Augusto Pinochet en
Chile‖. La carta agrega algunos textos bíblicos, el
primero de los cuales tomado de Salomón que dice:
«Al que dice al malo: ―Eres justo‖ le maldicen los
pueblos y le detestan las naciones; los que los castigan
viven felices y viene sobre ellos la bendición del bien»
(Prov 24:24).
Esa carta, bien documentada, fue ignorada por el
Vaticano. Pinochet fue liberado porque, además, abogó
por él Margaret Tatcher aduciendo que era una traición
la que se estaba haciendo en Londres contra un hombre
que había sido clave en el apoyo que brindó a Inglaterra
en la guerra con Argentina por las Islas Malvinas. Por
razones políticas y religiosas, pues, debía seguir
brindándose impunidad a un hombre tan consecuente
con sus creencias católicas. Además, ¿no le había
reportado honra internacional Pinochet al papa,
recurriendo a él para que mediara en el litigio limítrofe
argentino-chileno sobre tres pequeñas islas del sur, y
permitiéndole aparecer así, como hombre de paz para
los pueblos? Nuevamente, el papado honra a los que lo
honran, no importa cuán criminales sean o hayan sido,
como lo hacen todos los gobernantes de este mundo que
prefieren ese reconocimiento a expensas de la alabanza
que proviene de Dios (Juan 5:44).
C. La “guerra sucia” en Argentina.
Fueron los curas los que, en la misma época en que
gobernó Pinochet en Chile, arengaron a los militares
para apoderarse de Argentina, eliminar la democracia y
lanzar una cruzada que terminó llamándose ―guerra
sucia‖ por su carácter mentiroso y genocida. Ese
carácter criminal de la dictadura militar argentina fue
camuflado en aras de la patria y vergonzosamente
santificada por la Iglesia Católica como siendo querida
por Dios. En efecto, seis meses antes del golpe de
estado, el Vicario General del Ejército, Monseñor
Victorio Monamin dio su Homilía a las Fuerzas
Armadas el 23 de Septiembre de 1975, en términos
equivalentes a los que se usaron para justificar la guerra
civil española iniciada por los falangistas y el ejército,
que terminó elevando al poder al general Francisco
Franco. Estas fueron sus palabras premonitoras. ―¿No
querrá Cristo que algún día las FF.AA. estén más allá
de su función? El Ejército está expiando la impureza de
nuestro país... los militares han sido purificados en el
Jordán de la sangre para ponerse al frente de todo el
país...‖
a) Antes del golpe militar. Tres meses antes del golpe,
más específicamente el 29 de diciembre de 1975,
Monseñor Tortolo, Presidente C.E.A. Vicario FF.AA.
profetizaría lo siguiente ante la Cámara Argentina de
Anunciantes (en el Plaza Hotel): ―se avecina un
proceso de purificación‖, lo que en esencia, tenía que
ver con un nuevo holocausto (―ofrenda quemada‖ con
propósitos purificatorios). Su discurso clérico-militar
sería seguido por otra homilía de Monseñor Bonamin el
5 de Enero de 1976, en la Iglesia Stella Maris. ―La
Patria rescató en Tucumán su grandeza... Estaba escrito,
estaba en los planes de Dios que la Argentina no podía
perder su grandeza y la salvó su natural custodio: el
Ejército...‖ Nuevamente Monseñor Tortolo, luego de
entrevistarse con el General Videla y el Almirante
Massera, declaró el día del golpe: ―si bien la Iglesia
tiene una misión específica, hay circunstancias en las
cuales no puede dejar de participar así cuando se trata
de problemas que hacen al orden específico del
Estado...‖
¿Qué es lo que encontramos en estas declaraciones?
Que la Iglesia, en condiciones normales, no recurre al
poder estatal y militar en esta era moderna para resolver
los problemas políticos que la conciernen. Pero frente al
peligro de perder la unidad con el estado, olvida todas
sus proclamas de buena voluntad para con todos los
ciudadanos por igual. Lejos de restringirse a su labor
espiritual universal de salvación, se entromete en las
cuestiones políticas y se muestra solidaria de la
represión militar. ¿No hará lo mismo el papado con
Europa y el mundo en general, luego que logre el
reconocimiento por el que aboga la Iglesia Católica en
la constitución europea? Será suficiente con que
aparezca algo que atente contra la unidad que pretende
representar (¿terrorismo?), como para justificar la
negación de muchas de sus proclamas humanísticas
actuales. Las ―circunstancias‖ dan libertad a la Iglesia
Católica para olvidar todas sus promesas de tolerancia
anteriores.
b) La represión católico-militar. El 10 de abril de
1976, el coronel Juan Bautista Sassian declaró que ―el
Ejército valora al hombre como tal porque el Ejército es
cristiano‖ [católico]. ¿Quién podía negar, a partir de
entonces, que tanto el ejército como la Iglesia Católica
eran dos caras de la misma moneda? Un pacto que
involucraba a ambos había sido sellado, de tal manera
que no podía morir ninguno sin que muriera el otro, ni
triunfar uno sin que participase de su triunfo el otro. Por
96
otro lado, ¿valoraron el Ejército y la Iglesia al hombre
como tal, desde una perspectiva cristiana, con tantas
torturas aplicadas, asesinatos y desapariciones
producidas?
Así como en la Edad Media los sacerdotes inquisidores
tenían la tarea de bendecir los instrumentos de tortura
que aplicaban a sus víctimas—presuntos enemigos de la
sociedad—así también las armas del Ejército debían ser
bendecidas ahora por Monseñor Bonamin, el 11 de
Mayo de 1976, en los mismos términos que la curia
bendecía al ejército de Mussolini en su campaña contra
Etiopía. ―Señor Dios de los ejércitos...‖, rezaba
Bonamin, ―escucha la oración que te dirigimos
implorando tu bendición sobre estos sables y estas
insignias y, en especial, sobre los nuevos generales del
Ejército que las reciben como signo de la función y el
poder que hoy asumen. Saben que su vida de soldado
en cumplimiento de sus funciones específicas no está ni
debe estar separada de tu Santa Religión. Estos
hombres comparten la misma fe de tu Iglesia y la
quieren vivir a través de la actividad y el servicio
propio de la vocación militar que les enseñaste. Como
soldados del Evangelio..., a ejemplo de Cristo, están...
comprometidos... a restablecer la armonía del amor...
quebrantada... por quienes, según lamentaba el salmista,
gritan ‗guerra‘ cuando todos decimos ‗paz‘...‖
Posteriormente, en la guerra que inició el general
Galtieri contra Inglaterra por las Islas Malvinas, volvió
a verse a los curas bendiciendo las armas de guerra,
celebrando misas antes de librar las batallas, como lo
habían hecho los curas españoles cuando se unieron al
regimiento falangista que fue a apoyar a Hitler en su
guerra contra Rusia. A esas islas fueron los militares y
soldados argentinos cargados no sólo de armas y
municiones, sino también de cruces y vírgenes. Pero
por más oraciones que le hicieron a la virgen, tampoco
en esa oportunidad pudo una idolatría tal por la madre
de Dios hacer algo en su favor.
El Documento de la Conferencia Episcopal Argentina
del 1 de mayo de 1976 justificaba las torturas,
desaparición de personas y exterminio de ciudadanos en
los campos de concentración como ―cortes drásticos
que la situación exige‖, y que no permiten que ―los
organismos de seguridad actuaran con pureza química
de tiempos de paz‖. El Nuncio Papal para Argentina,
Monseñor Pío Laghi declaró el 17 de junio de 1976 que
―hay una coincidencia muy singular y alentadora entre
lo que dice el Gral. Videla de ganar la paz y el deseo
del Santo Padre para que la Argentina viva y gane la
paz‖. Volvía a declarar diez días más tarde desde
Tucumán que ―el país tiene una ideología tradicional y
cuando alguien pretende imponer otro ideario diferente
y extraño, la nación reacciona como un organismo con
anticuerpos frente a los gérmenes generándose así la
violencia‖. La Iglesia, continuaba, ―está insertada en el
Proceso y acompaña a‖ las Fuerzas Armadas.
Nuevamente, nos encontramos con una institución
religiosa que, lejos de ser una entidad que defiende la
libertad de conciencia, la suprime cuando ve que
peligra su ―ideología tradicional‖. En esta época de
tolerancia—entiéndase bien, tolerancia, no libertad
plena—cualquiera puede pensar como quiere a
condición de que su pensamiento no altere la mayoría
absoluta que ostenta la Iglesia tradicional. La tradición
es una verdad absoluta en este concepto, y no se
permite cuestionar los dogmas que acariciaron los
padres, abuelos y bisabuelos...
c) Contra la democracia y el judaísmo. El mismo
nuncio, Pío Laghi, diría diez años más tarde en una
misa en Córdoba, que ―los pseudo héroes que encarnan
la revolución francesa en nuestra patria desintegran la
tradición hispanoamericana; la trilogía francesa de
igualdad, libertad, fraternidad es totalmente
subversiva‖. Con esto revelaba estar de acuerdo con las
encíclicas papales contra la democracia y la igualdad de
fines del S. XIX, como Inmortale Dei y Sapientiae
Cristianae, ambas promulgadas en 1885 por el papa
León XIII, en donde condenaba la libertad de
pensamiento y hasta la libertad de culto como ―la peor
de las libertades‖, que ―no puede ser suficientemente
maldecida o aborrecida‖, algo que también el papa
Gregorio XVI en Mirari Vos (Agosto 15, 1832), ya
había expresado. Esto nos muestra que en la actualidad,
la Iglesia Católica tolera la democracia hasta que
peligra su papel protagónico en la sociedad y el
reconocimiento político privilegiado que exige y en el
que está siempre involucrada.
d) El antisemitismo revivido. El mismo espíritu
antijudaico genocida que alimentó a Hitler, a Mussolini
y a todos los gobiernos clero-fascistas de la Segunda
Guerra Mundial, se apoderó también de la Junta Militar
Argentina, aunque más contenida por la condenación
universal que ese genocidio había tenido entonces. Los
más grandes dignatarios de la Policía Federal
recomendaban y comentaban obras de Adolfo Hitler y
otros autores nazis y fascistas. De allí que la represión
contra los judíos en Argentina fue a menudo más brutal
que en Chile, con insultos racistas agregados. A
algunos los pintaban con esvásticas en el cuerpo muy
difíciles de borrar para que, al descubrírselas los
guardias en las duchas luego, volviesen a maltratarlos
con golpes, patadas y puñetazos. Había represores que
se hacían llamar ―el gran führer‖ y ordenaban a los
prisioneros gritar: ―¡Hei, Hitler!‖ Era normal escuchar
también grabaciones de sus discursos por las noches. Al
torturar los judíos les decían: ―¡Somos la Gestapo!‖
97
También les gritaban ―‗moishe‘ de mierda, con que
harían jabón‖, en referencia a los jabones que hacían
los nazis con el cuerpo de los judíos muertos en las
cámaras de gas. A algunos de los judíos a quienes
interrogaban sobre los asentamientos judíos en
Palestina y los nombres de otros de sus congéneres, les
decían mientras los torturaban con una picana eléctrica
que ―el problema de la subversión‖ izquierdista era el
que más les preocupaba por el momento, pero que el
―problema judío‖ le seguía en importancia y estaban
archivando información‖ para el futuro. Los obligaban
a levantar la mano y a gritar: ―¡yo amo a Hitler!‖. A un
judío lo sacaban del calabozo y le hacían mover la cola,
exigiéndole que ladrara como un perro, que le chupara
las botas al guardia, pegándole hasta que lo hiciera a la
perfección. Luego le hacían hacer como gato.
Muchos judíos desaparecieron, aunque otros
milagrosamente lograron salvarse sin poder ver más a
hermanos o hermanas a quienes escucharon gritar por
las torturas que les aplicaban en cuartos contiguos. Los
guardianes decían a los judíos apresados que ―el único
judío bueno es el judío muerto‖. Los acusaban de
subvencionar la subversión y les aplicaban torturas
especiales como el rectoscopio que consistía en un tubo
que se introducía en el ano de la víctima o en la vagina
de las mujeres para introducir una rata que mordía los
órganos internos de la víctima buscando una salida. A
mujeres embarazadas les ponían una cuchara en la
vagina a la que conectaban con una picana eléctrica
para torturar su feto, con el propósito de que delatase a
otros.
e) Estadísticas y conciencia papal de los hechos. Las
estadísticas de desaparecidos y muertos en Argentina
también varían dependiendo de la fuente. Los que
escapaban de Chile caían en Argentina. Los que
escapaban de Argentina caían en Uruguay, y así
interconectadamente. La única solución, imposible para
muchos, era huir a Europa. Por tales razones, se hace
difícil hacer una estadística exacta de desaparecidos. En
general, se ha avalado como en 30.000 el número de
personas desaparecidas, muchas más encarceladas,
torturadas y exiliadas. Esta cifra fue repetida por Estela
Carlotto, una de las principales Abuelas de Mayo en
una entrevista que le hizo CNN, como Embajadora de
los Derechos de la Mujer del gobierno argentino ante la
ONU, en Marzo de 2004
Durante el tiempo que duró la represión, el episcopado
argentino aprobó el maltrato físico y participó aún
activamente en las torturas sicológicas de diferentes
maneras como algo lícito y querido por Dios para
sanear la sociedad. Una vez que la Iglesia Católica
logró sus objetivos, comenzó a condenar los actos de
barbarie cometidos por el régimen militar, y a llamar al
perdón y a la reconciliación nacional. Esto lo hizo por
la presión internacional ante la cual los dignatarios de la
Iglesia en Argentina se enfurecían durante el régimen.
Muchos sacerdotes declararon luego que no sabían lo
que realmente estaba pasando. Pero los datos históricos
son demasiado contundentes para negar su concurso en
la masacre.
Al igual que los obispos y sacerdotes croatas durante y
después de la Segunda Guerra Mundial, ―la Jerarquía
[Católica en Argentina] negó la ‗desaparición‘ de
personas, la existencia de centros clandestinos y se unió
a la mentira oficial sobre la existencia de una campaña
internacional antiargentina. Cuando ya no fue posible
ocultar esta verdad, trató de minimizarla y de que no
tuviesen lugar los juicios contra los culpables‖, en aras
de la reconciliación nacional (Ruben Dri, Teología y
Dominación, cap 5).
El papa Juan Pablo II estaba también al tanto de todo lo
que pasaba, ya que su nuncio apostólico en Argentina,
el cardenal italiano Pío Laghi, compartía con él
regularmente todo lo que allí ocurría. Ese cardenal
admitió más tarde a la prensa Argentina que tenía
conocimiento directo de casi 6000 casos de personas
desaparecidas. En 1995 se supo también que tanto su
oficina en Bs. As., como la Iglesia Católica en
Argentina y el mismo papado en el Vaticano,
conservaban listas secretas de muchas de las miles de
personas que morían o desaparecían en los campos de
concentración argentinos. El Ejército Argentino—como
los inquisidores de Lima a la Suprema de España
durante los S. XVI al XVIII—reportaba regularmente
toda la información tan rápido como podía a la
Embajada del Vaticano. Esa ―oficina del Excelentísimo
y Reverendísimo Pío Laghi sabía exactamente quién
estaba vivo y quién estaba muerto‖.
También existían otras listas secretas que llevaba la
oficina del vicariato castrense. Monseñor Grasselli,
secretario del obispo Tortolo, confeccionaba las listas
marcando con una cruz los nombres de los infelices que
morían. Admitió luego haber anotado en esas listas
unos 2.000 nombres. Al mismo tiempo atormentaba
sicológicamente a los padres y familiares de los
desaparecidos que recurrían a él por información acerca
del paradero de sus seres queridos. Ni el mismo papa,
enterado de tantas desapariciones, dio audiencia a
grupos de padres católicos que recurrieron a él en el
Vaticano por ayuda. Pero sí recibió, comulgó y bendijo
a los jerarcas militares y religiosos que lo visitaron en
Roma, y que él mismo se dio el trabajo de visitar
personalmente en Argentina.
98
f) Ideología y función de los capellanes confesores. El
Vicariato de las Fuerzas Armadas mantuvo 250
sacerdotes y 130 capillas a disposición de la cruzada
antimarxista desatada por los militares argentinos. Esos
capellanes servían como instructores espirituales de los
cruzados militares, alentándolos en la ―noble‖ tarea que
emprendían ―por Dios y por la patria‖. Instruían a los
ejecutores del plan militar diciéndoles que la ―serpiente
antigua‖ actuaba mimetizándose en diversas
encarnaciones. Gracias al predominio de la Iglesia
Católica durante todo el Medioevo, pudo mantenérsela
alejada de occidente. A partir del renacimiento
comenzó, sin embargo, la apostasía. Le siguió la
Reforma, el Racionalismo, la Revolución Francesa, y el
Liberalismo Socialista y Comunista. El mensaje obvio
que se escondía detrás de esta teología era que había
que aplastarle la cabeza a la serpiente en cualquiera de
esas formas. ¡Pero el método sugerido para hacerlo era
tan diferente al que empleó el Señor al vencerla
mediante la abnegación y muerte vicaria en la cruz!
También Descartes, el padre del pensamiento científico
moderno desde la perspectiva filosófica, fue otra
manifestación de ese mal—según aducían los
instructores—que amenazó mediante la duda metódica,
con destruir los mismos fundamentos sapienciales de la
tradición. En armonía con las encíclicas papales del S.
XIX y primera mitad del S. XX, consideraron los
obispos argentinos que el mal se apodera de la historia
cuando se rompe el dualismo del orden espiritual sobre
el material. La reversión de ese correcto ordenamiento
social, (según el pensamiento tomista de los pontífices
y obispos de la Iglesia), culmina en la violencia y
ruptura de la sociedad, impidiendo la paz. De allí que el
héroe militar siga al santo sacerdote en la escala de
valores, y sin que por ello todo santo o sacerdote no sea
considerado también como héroe o militar.
Hay así, en esta concepción neo-medieval, una unidad
perfecta entre el sacerdote y el militar, el santo y el
héroe, la cruz y la espada, la Iglesia y el Estado. ―El
sacerdote u hombre de Iglesia es un santo-héroe y el
militar un héroe-santo... con hegemonía del santo pero
que sólo puede hacerla valer con la fuerza del héroe‖.
―Los capellanes militares eran la cruz junto a la espada,
el espíritu que animaba a la materia, lo sagrado que
daba sentido a lo profano, es decir, a los secuestros,
torturas y desapariciones‖ (ibid). De allí que muchos
militares granulaban sus rosarios en los centros
clandestinos, proclamando constantemente ―los valores
occidentales y cristianos‖ por los que luchaban.
Los capellanes que apoyaban al ejército tenían como
misión—semejante a lo que hicieron los sacerdotes
durante toda la Edad Media en los centros secretos de la
Inquisición—obtener la confesión de la víctima
mientras era torturada. Hasta participaban en la
inflixión de la tortura pateando a los estaqueados y
ordenándoles que hablasen. Los curas amenazaban a las
víctimas con hablar o, de lo contrario, llamar a los
torturadores que mencionaban por nombre y cuya fama
se había dado a conocer entre las víctimas. Año tras año
las Madres y después Abuelas que desfilaban por la
plaza de Mayo pedían audiencia ante los obispos que
nunca se dignaban a recibirlas, porque hubiera
significado un reconocimiento a su gestión que la
Dictadura no había dado.
¿Qué hizo el papa que culminó el S. XX para detener
esas masacres que se llevaban a cabo sin escrúpulo
alguno bajo la condenación internacional? Su Santidad
Juan Pablo II rechazó las fotos de una niña
desaparecida y de Azucena de De Vicenti, madre
desaparecida, aduciendo que ―desaparecidos hay en
todas partes del mundo. Hasta niños, hay en todas
partes‖. Negó audiencias a familiares católicos
angustiados que procuraban por todos los medios tener
alguna información de sus seres queridos. Y visitó la
Argentina para permitir comulgar con él a los jerarcas
militares y eclesiásticos cuando se hizo evidente el
desprestigio militar y católico en que iban a caer luego
de haber emprendido la guerra contra un país
protestante.
g) Terrorismo de Estado.
Durante la dictadura militar argentina se encontró una
momia de un faraón egipcio cuya identificación dio que
hacer a los arqueólogos. Mientras discutían sobre su
posible identificación, se apareció un militar argentino
que pidió que le permitieran investigarla. Para sorpresa
de todos, salió al rato diciendo que se trataba del
famoso farahón Komunitón que había vivido a
comienzos del segundo milenio antes de Cristo.
Pasmados por la seguridad de su testimonio, los
científicos reunidos le preguntaron cómo llegó a esa
conclusión. El militar argentino les respondió, sin
inmutarse: ―Muy simple, señores. La hice hablar‖.
Chistes de esta naturaleza circulaban por Francia y
Europa en general, durante todo el período de la Guerra
Sucia. Lo mismo podría haberse dicho de todo el
período de supremacía del anticristo medieval romano,
que torturó y destruyó a su gusto a toda persona que se
atrevió a pensar diferente en materia religiosa. En
ocasión del gobierno militar argentino, sin estar yo
enterado de muchos pormenores, les dije a varios
amigos europeos que había que mirar el cuadro de los
dos lados. Me respondían con nítida claridad:
―Nosotros ya pasamos por esa etapa acá. Eso es
‗terrorismo de estado‘, y hay que prevenir su
reaparición. Nada puede justificar la desaparición de
99
personas sin que gente imparcial pueda verificar las
sentencias. Juicios secretos y desapariciones sin
explicación alguna no se aceptan en ninguna nación
libre y civilizada. Tampoco se aceptan condenas pura y
simplemente por convicciones políticas, religiosas o
raciales‖.
Como dijimos anteriormente, muchos fueron torturados
miserablemente y murieron sin escrúpulo alguno, y sin
tener nada que ver con la así llamada subversión. Si no
los fusilaban como en Chile, para enterrarlos en fosas
comunes y secretas, les daban pastillas para hacerlos
dormir y los tiraban de un avión como en Paraguay, con
manos y pies atados en el río más ancho del mundo, el
Río de la Plata (en Paraguay los tiraban en la selva).
Otras veces los encerraban en un cuarto con una garrafa
de gas encendida, le propinaban un terrible golpe en la
nuca que los desmayaba, con el propósito de que el
peritaje posterior calificase su muerte como suicidio.
Por gracia y milagro de Dios un pastor adventista a
quien le aplicaron ese tratamiento se salvó.
¿Qué hacían con los que eran torturados sin prueba
alguna en su contra y se salvaban por fortuna de morir?
¿Cómo trataban a los familiares que por casualidad
llegaron a enterarse de la equivocación cometida al
asesinar a un hijo, a un marido o a una esposa? El
ejército les decía, sin pedir excusa alguna: ―¡Aquí no
pasó nada! ¿Entendió?‖. Repetían esa misma frase
hasta que los familiares de las víctimas inocentes
asintiesen clara y definidamente como habiendo
entendido perfectamente lo que querían decirles de esa
manera. Así procuraba el ejército tapar oficialmente el
crimen y la inmundicia, y amenaza hasta hoy en Chile y
en Argentina a quienes quieren hablar para limpiar su
alma de tan terrible criminalidad. Pero como está
sucediendo después de medio siglo de la Segunda
Guerra Mundial, y un cuarto de siglo después de la
Guerra Sucia, diferentes tipos de archivos siguen
soltándose, y más testimonios de víctimas que
sobrevivieron al atropello de Estado se atreven a
expresarse. Las piezas del rompecabezas siguen
apareciendo y apuntando, en ambos eventos—fascismo
europeo y sudamericano—a una misma fuente de
inspiración: la Iglesia Católica Romana.
Hoy el terrorismo proviene, mayormente, de
movimientos disidentes clandestinos a los cuales la
comunidad internacional persigue implacablemente. En
general, las naciones civilizadas procuran alcanzarlos
sin perder la paciencia como pasó en Sudamérica.
Procuran mantener por todos los medios posibles una
clara diferenciación entre los criminales y los inocentes.
Los mismos poderes internacionales que ejercen la
autoridad en este mundo han condenado el terrorismo
de estado no sólo de Argentina y Chile, sino de todos
los estados europeos fascistas que los precedieron en
Europa. Pero, ¿cuánto tiempo lograrán mantenerse bajo
control los que ostentan el poder en los estados
actuales, frente a una violencia equivalente a la que
precedió al diluvio, a medida que el Espíritu de Dios se
retira de la tierra?
h) El gobierno divino no es terrorista.
¡Cuando pensamos en el terrorismo de estado que se
dio en las dictaduras católico-romanas de Sudamérica,
nos quedamos impactados al ver cuán lejos estuvieron
los representantes de la Iglesia Romana de representar
el carácter real de Dios! Gracias al Dios del cielo
porque vemos que su gobierno no tiene ninguna traza
de terrorismo estatal. ¡Cuánta paciencia ha tenido Dios
para con este mundo! Aunque su juicio finalmente se
revelará sobre toda la tierra, ―es paciente con nosotros,
porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos
procedan al arrepentimiento‖ (2 Ped 3:9). Dio a su Hijo
para que muriese ―en rescate por muchos‖ (Mr 10:45),
de tal manera que ―todo aquel que crea en él no se
pierda, sino que tenga vida eterna‖ (Jn 3:16).
El juicio final de Dios será terrible para los que se
pierdan. Pero será llevado a cabo delante del universo
entero, no sin que antes todos puedan verificar la
justicia de su sentencia y respaldarla (Dan 7:9-10,22;
Apoc 20:11-15). ¿Por qué razón? Porque nada que
contraríe el amor de Dios podrá prevalecer. Para que
todas las criaturas del universo no se asustasen, el
gobierno divino debía erradicar toda atmósfera de
terrorismo. Por eso dice Pablo que a través de la
predicación del evangelio y de la reacción del mundo a
ese mensaje, así como mediante la transformación de
tantas vidas que deberán ser investigadas en el juicio
final, la Deidad se propone revelar su sabiduría a las
inteligencias celestiales (Ef 3:9-10; Col 1:20; 1 Ped
1:12).
Desde una perspectiva jurídica, no hay cosa más
extraordinaria que el plan de salvación para resolver el
problema del mal en el universo. Sólo la sabiduría
divina podía concebir un plan mediante el cual pudiese
ejercer misericordia y amor para con el culpable, y esto
sin sacrificar su justicia. ―El amor y la verdad se
encontraron, la justicia y la paz se besaron‖ (Sal 85:10).
―Justicia y juicio son el fundamento de tu trono, el amor
y la verdad van ante ti. ¡Dichosos los que saben
aclamarte! Andarán a la luz de tu rostro, Señor‖ (Sal
89:14-15; 97:2). Mediante el perfecto equilibrio
ejercido entre la justicia y el amor divinos, vemos a
Dios protegiendo a su creación de caer, por un lado, en
la presunción de creer que la humanidad puede salvarse
sin transformación y redención, y por el otro de vivir
100
presas del terror por una justicia severa e implacable,
sin escape y liberación posibles.
El amor de Dios se revela, en efecto, ―para que
tengamos confianza en el día del juicio‖. Pues ―en el
amor no hay temor. Antes el amor perfecto elimina el
temor, porque el temor mira el castigo. De donde el que
teme, aún no está perfecto en el amor‖ (1 Jn 4:17-18).
¿Podría el universo haber sido perfeccionado en el
amor—y más aún nosotros tan necesitados como
estamos de ese amor divino—si Dios comenzase a
hacer desaparecer a unos y otros sin explicación alguna,
e impusiese un terrorismo de estado en el universo?
¡Gracias a Dios porque su juicio no se da sin
discriminación!
La única manera en que tanto los militares como los
sacerdotes católicos de Argentina, Chile y demás países
de Sudamérica tienen de librarse del juicio final, es
confesando pública y honestamente su falta, porque
público fue su crimen. En la etapa final de restauración
que Dios ofrece libremente a todo hombre aún criminal,
en esta tierra, deberán procurar reparar los asesinos de
Estado, hasta donde les sea posible, el daño cometido.
En ese día final no los librará una iglesia que pretende
ser desvergonzadamente infalible y que apaña a hijos
criminales a los que considera útiles para cumplir con
sus permanentes proyectos de dominio y supremacía.
Sólo hay salvación mediante arrepentimiento y
confesión, no mediante una vindicación de una iglesia
criminal y una institución militar igualmente genocida.
―No os engañéis, Dios no puede ser burlado. Todo lo
que el hombre sembrare, eso también segará‖ (Gál 6:7).
―El que encubre sus pecados no prosperará. Mas el que
los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia‖ (Prov
28:13).
Conclusión.
Si las naciones en este siglo de ―derechos humanos‖ no
aceptan que se mate a mansalva, sin discriminar entre el
criminal y el inocente, ¿aceptaría el Señor tamaña
barbarie de quienes presumieron obrar en su nombre?
La sangre inocente que era derramada, según la Biblia,
―contaminaba‖ la tierra en medio de la cual el Señor
habitaba (Núm 34:33-34). Por tal razón, al vindicar al
Hijo de Dios recientemente condenado por la nación
judía, las autoridades públicas de entonces interpelaron
a los apóstoles con la siguiente declaración: ―¿Queréis
echar sobre nosotros la sangre de ese hombre?‖ (Hech
5:28).
En referencia directa al fin del mundo, el profeta Isaías
retoma este concepto, dando a entender la razón por la
cual la maldición iba a caer sobre toda la tierra. ―La
tierra se contaminó bajo sus habitantes, porque
traspasaron las leyes, falsearon el derecho,
quebrantaron el pacto eterno. Por eso la maldición
consumió la tierra, y sus habitantes fueron desolados‖
(Isa 24:5-6). Esto no lo dice Isaías refiriéndose a una
degeneración de la justicia pura y simplemente
callejera. En el anuncio inmediatamente precedente el
profeta incluye, en efecto, a los gobernantes y
religiosos de las naciones de la tierra que participarían
igualmente en la obstrucción de la justicia internacional
―Y sucederá lo mismo al sacerdote y al pueblo, al
siervo y a su señor, al que compra y al que vende, al
que presta y al que toma prestado, al que da a logro y al
que lo recibe... Se enlutó la tierra y se marchitó,
enfermó, cayó el mundo; languidecieron los nobles
[gente elevada] de los pueblos de la tierra‖ (Isa 24:2,4).
El clamor apocalíptico que asciende a Dios implorando
su juicio dice: ―¿Hasta cuándo, Señor, justo y
verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que
moran en la tierra?‖ (Apoc 6:10). Esta es una clara
referencia al terrorismo de estado que predominó
durante 1260 años mayormente en Europa, contra los
que asumían el testimonio de ―la Palabra de Dios‖ y
morían por causa ―del testimonio que llevaban‖ (Apoc
6:9). ―‗Babilonia la grande‘ fue ‗embriagada de la
sangre de los santos‘ [Apoc 17:6]. Los cuerpos
mutilados de millones de mártires clamaban a Dios
venganza contra aquel poder apóstata‖ (CS, 64). ―Hubo
horribles matanzas de tal magnitud que nunca será
conocida hasta que sea manifestada en el día del juicio‖
(CS, 626).
A comienzos del S. XX, E. de White advertía: ―Si el
lector quiere saber cuáles son los medios que se
emplearán en la contienda por venir, no tiene más que
leer la descripción de los que Roma empleó con el
mismo fin en siglos pasados‖ (CS, 630). Esto se
cumplió parcialmente en los cuadros horrorosos y
miserables que se revivieron durante la mayor parte del
S. XX, aquí y allí, doquiera el Vaticano lograba
apoderarse en forma absoluta y autoritaria del poder.
―Roma está aumentando sigilosamente su poder‖,
advertía E. de White siempre al comenzar el S. XX. En
sus ―secretos recintos reanudará sus antiguas
persecuciones. Está acumulando ocultamente sus
fuerzas y sin despertar sospechas para alcanzar sus
propios fines y para dar el golpe en su debido tiempo...
Pronto veremos y palparemos los propósitos del
romanismo. Cualquiera que crea u obedezca a la
Palabra de Dios incurrirá en oprobio y persecución‖
(CS, 638; véase Apoc 12:17; 13:15; 14:12).
Los genocidios del S. XX, inspirados por tantos siglos
de despotismo clerical no tuvieron, sin embargo, como
foco principal a los que ―guardan los mandamientos de
101
Dios y tienen el testimonio de Jesucristo‖ (Apoc 12:17).
Aún así, el clamor de los impíos que se ven
entrampados y enredados en la crueldad de este mundo
también llega a Dios, como ascendió al cielo el clamor
de Sodoma y Gomorra y de tantas otras ciudades
prototipos antiguas (Gén 18:20-21). Aunque terrible fue
el genocidio del S. XX, los vientos fueron retenidos
para que no predominase una facción en forma absoluta
(Apoc 7:1-3). Ráfagas huracanadas llegaron a
Sudamérica también, pero no pudieron prevalecer.
Toda esa sangre derramada cruelmente a lo largo de los
siglos, saldrá finalmente a la luz y será vengada. En la
destrucción de Babilonia, la ciudad simbólica apóstata
de Roma, se habrá entonces simbólicamente ―hallado la
sangre de los profetas, de los santos, y de todos los que
han sido sacrificados en la tierra‖ (Apoc 18:24). La
sangre inocente no podrá más permanecer encubierta.
―Porque el Señor viene de su morada, para castigar por
sus pecados a los habitantes de la tierra. Y la tierra
descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no
encubrirá más sus muertos‖ (Isa 26:21).
¡Sí, ―las puertas del infierno‖ prevalecerán contra
Roma, porque no es la Iglesia que fundó el Señor! El
Apocalipsis dice que Roma, bajo el símbolo de
Babilonia, no es ―la ciudad eterna‖, sino que será
finalmente destruida. ―Entonces un ángel poderoso alzó
como una gran piedra de molino, y la echó al mar,
diciendo: ‗Con tanto ímpetu será derribada Babilonia,
esa gran ciudad, y nunca jamás será hallada‘‖ (Apoc
18:21). ―¡Alégrate sobre ella, cielo! ¡Alegraos vosotros,
santos, apóstoles y profetas! Dios ha pronunciado juicio
en vuestro favor contra ella‖ (Apoc 18:20).
Los hombres podrán escapar al juicio internacional
gracias a la típica obstrucción de la justicia y doble
moral que una presunta Santa Madre Iglesia que
entiende a la perfección a sus hijos criminales, lleva a
cabo por diferentes medios aquí en la tierra. Babilonia
es, en efecto, ―madre de rameras‖ y ―de las
abominaciones de la tierra‖ (Apoc 17:5). Pero ningún
criminal, por más alto cargo que haya ostentado aquí en
la tierra, podrá escapar al juicio de Dios. La única
opción para toda alma atormentada es confesar su falta,
y arrepentirse de todo corazón invocando el perdón
divino en virtud del pago ofrecido por el Hijo de Dios
al dar su vida por el pecador (Hech 2:37-29).
Pronto llegará la crisis final. Esto tendrá lugar cuando
el foco del genocidio buscado sea, equivalente al de la
Edad Media, un ―remanente‖ de la cristiandad, más
definidamente los que ―guardan los mandamientos de
Dios y tienen la fe de Jesús‖ (Apoc 14:12). Esta vez, sin
embargo—aunque a través de la tribulación final que lo
purificará—ese ―remanente‖ triunfará, porque el Señor
mismo se interpondrá. Ningún terrorismo de estado
podrá extirpar de la tierra a aquellos a quienes el
Apocalipsis identifica como ―llamados, escogidos y
fieles‖, porque están con el Señor que murió por ellos
(Apoc 17:14), esto es, tienen su ley, su sello de
aprobación (Apoc 7:3-4; 14:1).
XII. ¿Ha cambiado el papado desde
mediados del S. XX?
Muchos católicos reconocen las aberraciones políticas
antidemocráticas de los papas del S. XIX, pero piensan
que con Juan XXIII en la segunda mitad del S. XX se
inicia una nueva era papal más abierta, moderna y
liberal. Es a partir de entonces que nace el ecumenismo
católico. Más de siglo y medio les llevó a los papas
captar que las posturas rígidas que había mantenido
durante todo el Medioevo hasta la Revolución
Francesa, no le iban a permitir jamás recuperar su
prestigio y poder supremos sobre la tierra. De allí que
desde entonces, el mayor esfuerzo de los papas se dará
en tratar de hacer entrar a todas las demás religiones en
sus sueños de supremacía para el mundo. En lugar de
subir a la cima excluyendo a las otras religiones, busca
hoy más que nunca incluirlas en sus proyectos globales.
Así, a partir de Juan XXIII, los Protestantes no son ya
más mirados como enemigos a los que hay que excluir,
aplastar y aniquilar. Se trata de ―hermanos separados‖ a
quienes la Iglesia debe esforzarse por reconquistar. Los
Ortodoxos no necesitan tampoco ser suplantados, sino
que constituyen el otro pulmón de Europa que puede
trabajar a la par con el papado en sus proyectos
universales. Los concordatos que durante la primera
mitad del S. XX el papado trató de firmar con los
gobiernos civiles de gran representación católica,
ignorando a las demás iglesias, pueden ahora firmarse
también con las demás iglesias y así, actuar juntas en el
reconocimiento gubernamental que buscan para la
imposición de sus dogmas comunes.
Es así que, al concluir el S. XX, el Vaticano firmó un
acuerdo con los Luteranos que pretende superar la crisis
de medio milenio sobre las indulgencias y la
justificación por la fe. A través de los Luteranos está
buscando lograr también un acuerdo semejante con los
Metodistas, y los esfuerzos ecuménicos que lleva a
cabo para firmar acuerdos con la Iglesia de Inglaterra
(la Anglicana), son también notables. Diálogos con
Evangélicos, Pentecostales y Adventistas, sobre puntos
que los acercan más, se han estado dando también por
incoativa de la Iglesia Romana. Aunque esos diálogos
no implican necesariamente compromisos, es digno de
loar que se puedan sentar juntos, a pesar de tantas
102
divergencias, en un esfuerzo por entenderse mejor el
uno al otro.
¡Sí, a condición de ser aceptado su liderazgo, el
Vaticano promete hoy reconocer el pluralismo político
y religioso! Al fin y al cabo, esa es la única manera en
que puede terminar constituyendo la ―Gran Babilonia‖
de los últimos días, y transformar la Iglesia Católica en
la ―madre de todas las rameras‖ de la tierra (Apoc 17:1-
6). El problema que tiene es que esa Babilonia forma ya
parte del catolicismo mismo, con corrientes teológicas
y filosóficas contradictorias que corren abundantemente
en su interior. Así como el Magisterio de la Iglesia
Católica proclamó la infalibilidad papal en 1870 para
poder mandar a los fieles católicos desde cualquier país
de la tierra al que fuese eventualmente arrojado el papa,
así también busca ahora imponer su liderazgo político y
religioso para poder manejar los hilos conductores que
mueven a las naciones, en medio de la confusión
reinante cada vez más generalizada de este mundo. En
la medida en que se acepte su liderazgo—piensa el
papa—y se respeten las marcas que le permiten hacer
sentir su presencia sobre todo el mundo—las fiestas
religiosas católicas—puede tolerarse el pluralismo en
cualquier ramo del saber.
a) El concepto papal de la libertad. ¡Por supuesto!
¡Hay una apertura del Vaticano hacia el mundo! ¡Nadie
puede negarlo! Pero, ¿significa esa aparente apertura
que el papado ha realmente cambiado? ¿Cambió sus
creencias fundamentales? El nuevo catecismo romano
lo niega cuando dice que ―el derecho a la libertad
religiosa no es ni una licencia moral para adherirse al
error ni un supuesto derecho al error‖. ¿Dónde
fundamenta semejante afirmación? En los papas
presuntamente más conservadores del S. XIX y del XX,
esto es, en León XIII (Libertas praestantissimum 18) y
en Pío XII (AAS 1953, 799), quienes nunca asimilaron
los conceptos modernos de libertad de conciencia.
En su encíclica Immortale Dei, La Constitución
Cristiana de los Estados (1885), el papa León XIII
había insistido en su condenación al protestantismo por
su principio de ―libertad de conciencia‖, que
interpretaba como dejar hacer a quien quisiese lo que se
le diese la gana. Ese principio interrumpía la conexión
ordenada de alma y cuerpo en el ejercicio de la
autoridad—según argumentaba León XIII en armonía
con los papas medievales. En Libertas
Praestantissimum (1888), 50, León XIII insistía en que
―es ilegal requerir, defender o garantizar libertad
incondicional de pensamiento, expresión oral o escrita,
o de adoración, como si fuesen tantos derechos dados
por la naturaleza al hombre... La libertad en esas cosas
pueden ser toleradas donde hay una causa justa... La
libertad debe ser mirada como legítima no más allá de
permitir una facilidad más grande para hacer el bien,
pero no más lejos‖.
Es evidente que esos conceptos medievales que
perduraban en los papas del S. XIX y primera mitad del
XX continúan en el pensamiento papal actual. De otra
manera, ¿para qué citarían los autores del nuevo
catecismo romano a tales papas, sobre un punto tan
delicado como el de la libertad de conciencia, para
continuar negando el derecho a adherirse al error? Juan
Pablo II mismo declaró varias veces durante su
mandato, que no está de acuerdo con los principios de
libertad que se dan en los EE.UU., el país por
excelencia de la libertad religiosa porque, según él, no
debe tenerse derecho para obrar mal. Mientras ha tenido
que tolerar la democracia en el orden civil, la ha negado
dentro de su iglesia donde reinstaló la ideología del
poder papal que Pío XII había afirmado. En efecto,
Juan Pablo II también ―cree que el pluralismo no puede
conducir sino a una fragmentación centrífuga; sólo un
papa fuerte, que gobierne de la cima, puede salvar la
Iglesia‖ (PH, 367). ¿Podrá creerse, en un contexto tal,
que va a mantener sus promesas de pluralismo para el
exterior, una vez que logre recuperar el poder político
por el que lucha tan denodadamente?
Volvamos al concepto expresado en el catecismo que
niega la libertad de adherirse al error. ¿Quién determina
lo que es error en materia religiosa? El Magisterio de la
Iglesia Católica, según lo vuelve a afirmar el nuevo
catecismo romano. Ese Magisterio que el catecismo
asegura ser infalible, tiene la tarea de preservar al
pueblo ―sin error‖ (890). Por consiguiente, nadie tiene
derecho a pensar diferente de lo que determina el
Magisterio Católico, ni libertad para creer el error
condenado por el mismo Magisterio, un principio
medieval católico que la Iglesia de Roma mantiene en
pie todavía en el S. XXI. De esta forma, el pluralismo
religioso y político que el papado promete otorgar
donde el catolicismo es mayoría, no es libertad, sino
apenas tolerancia. Y esa tolerancia no durará más que
lo que duren los principios de libertad de la conciencia
individual que garantizan las constituciones de los
estados modernos.
León XIII, el papa citado en el nuevo Catecismo
católico en relación con la libertad religiosa, declaró en
Libertas Praestantissimum (1888), 50: ―Y aunque en la
condición extraordinaria de estos tiempos la Iglesia
consiente en ciertas libertades modernas, no porque las
prefiere en sí mismas, sino porque juzga oportuno
permitirlas, en tiempos más felices deberá ejercer su
propia libertad...‖ Esta es la posición de la Iglesia
Católica, una posición que, según vimos a lo largo de
estos estudios históricos, siempre tuvo cuando no fue
mayoría o, por diferentes razones, no pudo imponerse
103
como soberana sobre los pueblos y estados en donde
operó. La libertad por la que aboga Juan Pablo II hoy
no es mi libertad y la de otros, sino la libertad de los
católicos que implica, necesariamente, la eliminación
de las libertades de los demás en todo lo que le niegue
al papado la supremacía.
b) La infalibilidad ¿Acaso ha olvidado el mundo la
doctrina de la infalibilidad que ostentan el papado y el
Magisterio de la Iglesia? Si es que la Santa Sede ha
cambiado, ¿por qué se afana tanto hoy el Vaticano en
vindicar a los papas presuntamente anticuados para
muchos, de los dos siglos que nos precedieron? Para ser
más específicos, ¿por qué el papa Juan Pablo II
canonizó a Pío XII, y continuó venerando a tantos
papas criminales del Medioevo como Inocencio III (el
papa más altivo y genocida de la Edad Media y de la
historia papal)? El nuevo catecismo confirma una vez
más que el Magisterio de la Iglesia, en conjunto con el
papa, tiene el deber de preservar al pueblo libre de
error, y para ello afirma que ―Cristo dotó a los pastores
de la Iglesia con el carisma de la infalibilidad en
asuntos de fe y moral‖ (890). Ningún texto bíblico es
citado para fundamentar semejante pretensión.
¿Para qué llevó también Juan Pablo II, al podio de la
santidad, a los papas que pertenecieron a una época
anterior negativa (la de la primera mitad del S. XX)? El
propósito de la beatificación papal es el de presentar
ante el mundo a los beneméritos tales, como ejemplos
de santidad de la Iglesia dignos de imitar. ¿Es ese el
rico patrimonio con el que cuenta la Iglesia de ―buenas
obras‖, que con soberbia ostenta ante un mundo
protestante que carece de ―grandes‖ hombres porque,
por convicciones religiosas, no honra en principio al
hombre, sino al único digno de ser honrado, el Hijo de
Dios? (Juan 5:44; Apoc 15:4; 19:9-10, etc).
Fue Juan Pablo II quien condenó al teólogo suizo Hans
Küng por rechazar la doctrina católica de la
infalibilidad papal. ¿Había de extrañarnos que en el
catecismo que él inspiró durante su mandato, citara a
menudo a los papas que promulgaron la infalibilidad
papal y la reafirmaron sucesivamente, rechazando la
libertad de conciencia? ¿Con qué base puede alguien
presuponer que la historia trágica de tantos genocidios
inspirados, efectuados y/o condonados por la Iglesia
Católica, incluso por el papa que cerró el S. XX, no
volverá a repetirse si logra unir al mundo bajo su
liderazgo político-religioso? Fue también Juan Pablo II
quien ligó al papado al Opus Dei, la orden religiosa
derechista de origen hispano y cuyas raíces se remontan
al Santo Oficio de la Inquisición; y a movimientos
masivos sectarios como el de Communione e
Liberazione, que se caracterizan por su alto grado de
control de corte militar, y que reprueba el pluralismo
periodístico (PH, 269).
c) Lenguaje doble. En las dictaduras militares
sudamericanas que tuvieron lugar en el último cuarto de
siglo, vemos que el Vaticano sigue siendo el mismo. Ha
tenido que aprender—debido a los límites que le han
sido impuestos por los poderes seculares y
protestantes—a expresar un lenguaje doble que obliga a
leer entre líneas para poder captar sus verdaderas
intenciones. Por ejemplo, argumentan hoy que no
reclaman de las autoridades civiles ningún privilegio
sobre ninguna otra religión o entidad pública que no les
pertenezca. De esa manera, pretenden defender los
derechos de todos, ―del bien común‖ como gustan
definir, pero sin especificar cuáles son los privilegios
que le son propios o inherentes a la Iglesia Católica.
Para descubrir los privilegios que la Iglesia Católica
reclama como suyos, uno tiene que recurrir a otros
documentos de cardenales y papas emitidos en tiempos
recientes, y aún al nuevo catecismo romano, que
muestran que no aceptan la igualdad de todas las
religiones. Tienen que ver con la imposición civil de
sus días de fiesta, pasando así por encima de los
derechos de los demás. Por ejemplo, niegan a los
musulmanes un mismo derecho de imponer sus días
sagrados en Europa a pesar de su representación
numérica considerable actual, por el hecho de que las
tradiciones europeas se forjaron con el cristianismo
(entiéndase católico y medieval), no con el islamismo.
La historia, la tradición, continúa teniendo más peso
para la Iglesia Católica que la realidad actual. Por tal
razón insiste el Vaticano en que los días sagrados
católicos deben ser salvaguardados por las leyes de las
naciones europeas que le pertenecen por derecho de
tradición. Europa fue tradicionalmente católica, y el
viejo continente no debe perder sus raíces históricas
que le confieren el alma que necesita para realmente ser
alguien.
El doble lenguaje empleado por el Vaticano hoy le
permite, además, caer parado formalmente en cualquier
circunstancia. Mientras pretende defender los derechos
del hombre y, contra la verdad histórica los considera
un legado del cristianismo (entiéndase siempre
católico), los pasa por alto sin ambages cuando peligran
los privilegios políticos que cree pertenecerle a la
Iglesia, o cuando cree tener la oportunidad de ganarlos.
En tales circunstancias no trepida el papado en recurrir
a los medios más crueles y despóticos con tal de lograr
o mantener la supremacía. Son contextos que considera
de emergencia o gran oportunidad para su causa. Como
en la Edad Media alienta o, mejor dicho, arenga a las
autoridades militares y civiles a emprender una
―cruzada‖ de exterminio para sofocar la oposición, y
104
luego se lava las manos y aboga por una política de
reconciliación.
d) Doble juego represor y vindicatorio. ¿Cómo hace la
Santa Sede para llevar a cabo su ministerio represor
cruel para con sus adversarios, y luego buscar defender
su imagen deteriorada ante el mundo? Mediante una
dicotomía entre lo que hacen sus hijos (el clero y el
laicado), y lo que hace la cúpula en Roma. Mientras
que el Magisterio y el Papa en el Vaticano pretenden
poseer la infalibilidad, en la esfera más baja u
―ordinaria‖ de esa jerarquía no se la posee y, por
consiguiente, los súbditos pueden decir y hacer
cualquier cosa que le permita a la Iglesia Católica llevar
a cabo su misión. El llevar a cabo esa misión sin
escrúpulos no menoscaba, por otra parte, ni al clero
inferior ―ordinario‖ ni al laicado fiel de la Iglesia
Católica, ya que saben que jamás serán condenados por
su Madre allá en Roma, donde está la máxima Jerarquía
de la Iglesia.
¡Cómo va a ser condenado el clero en su ministerio
―ordinario‖ si, mediante esa corriente secreta de
información que lleva con el Vaticano, mantiene
permanente comunión con la cúpula más alta de la
Santa Sede, aún en los momentos de mayor represión y
crueldad! Lamentablemente para ese sistema, el
secretismo de tanto en tanto se filtra, de tal manera que
los que descubren la estratagema y buscan probar la
implicación y participación directa e indirecta de los
mismos papas que pretenden salvar la imagen después,
encuentran sobradas pruebas de su complicidad. Para
desprestigiar luego la labor tesonera y esmerada de esos
detectores modernos de mentiras, el Vaticano busca
algún punto que presume débil de la argumentación y lo
resalta, ignorando todo el meollo de documentación
científica que esos detectores ofrecen para
desenmascarar la mentira oficial. Pero, ¿puede una
institución como la papal, con toda su presumida y
arrogante ostentación de infalibilidad y santidad,
desligarse de tantos actos criminales y de toda suerte de
corrupción que en forma consecuente y metódica
cumplen sus súbditos en todos los países y continentes
en donde ejerce su mayor influencia?
- Una copia militar exacta. Los militares argentinos de
rango inferior que aplicaron las torturas e hicieron
desaparecer a tanta gente, recurrieron al principio de
―obediencia debida‖ para librarse del juicio posterior
que les esperaba. Ellos cumplían simplemente con las
órdenes que los superiores del ejército les daban. Por su
parte, los generales que se apoderaron del país y dieron
las órdenes para acabar con la subversión adujeron
después, que no se enteraban de todo lo que hacían sus
súbditos ni de cómo lo hacían. ¿Quién terminó siendo
culpable, así, de los crímenes cometidos en tal
contexto? Por supuesto, en los cómodos sillones de los
generales no se sentía el peso de la conciencia que caía
sobre los verdugos que habían sido nombrados para
cumplir con tan sucia misión. Todo lo que tenían que
hacer desde ese lugar tan privilegiado era defenderse a
sí mismos de la presión internacional en su contra por
lo que hacían los que estaban más abajo.
¿Quién puede negar que ese doble juego para lavarse
las manos no hubiese sido inspirado en el sistema papal
que continúa usándolo para poder seguir presumiendo
poseer la infalibilidad? Los militares hijos de la Iglesia
se escudan en su fidelidad a la misión que Dios les
encomienda a través del clero ―ordinario‖. El papado
pide luego perdón por el exceso que esos hijos de la
Iglesia cometieron en su amor por la misión
presuntamente divina que recibieron. Nuevamente,
¿quién es culpable en una situación tal? ¿Acaso no es
todo eso una farsa? ¿Será que el pontificado católico
romano pretende, mediante ese doble juego, engañar
también a Dios?
Esa copia del estilo dictatorial y oligárgico del papado
romano, que exige impunidad para el clero por
pretender que el cuerpo (gobierno civil) no puede
juzgar el alma (la Iglesia), lo han estado usando los
gobiernos civiles en los países católicos desde hace ya
mucho tiempo, para exigir impunidad política,
diplomática y gubernamental. De esta manera, los
presidentes, gobernadores, alcaldes y aún concejales,
pueden robar, matar y violar leyes de tránsito, sin poder
ser tocados por la justicia civil. Si en varios respectos
estas violaciones impunes a las leyes estatales se están
alterando, no se debe a un pedido de transparencia que
hipócritamente pide la Iglesia Católica a los políticos en
algunos países, sino a la influencia proselitista del
capitalismo protestante norteamericano.
El problema para la Iglesia Católica lo siguen siendo
los países protestantes para quienes todos son pecadores
y sujetos, por consiguiente y sin excepción, a la ley del
estado. Siendo que esos principios de trasparencia
política que exige el gobierno protestante busca ser
exportado como un medio de garantizar los principios
democráticos y republicanos en el mundo entero, les es
más difícil a los gobernantes de los países católicos
continuar hoy obrando impunemente como en lo
pasado. ¿Cuándo llegará el día en que esos mismos
principios de igualdad y comprensión de la naturaleza
humana pecadora de todos, tanto de clérigos como de
laicos (madre e hijos), penetren dentro del pontificado
romano mismo?
- Es menester obedecer a Dios. Cuando los principales
dirigentes religiosos de la nación judía se dirigieron a
los apóstoles con la orden de no cumplir con el
105
mandato divino de predicar en nombre de Jesús, ―Pedro
y los apóstoles respondieron: ‗Es necesario obedecer a
Dios antes que a los hombres‘‖ (Hech 5:29). Este hecho
nos muestra que ante Dios nadie podrá aducir
―obediencia debida‖ a una entidad terrenal, sea clerical
o política, para justificar su crimen condenado por Dios
mismo en Su Palabra. Nadie que quiera realmente
salvar su alma podrá vendérsela a ningún dignatario de
ninguna iglesia, ni a ningún militar ni gobernante
terrenal, para hacer lo que Dios prohíbe en su ley.
El profeta Isaías escribió en una época de crisis: ―A la
ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es
porque no les ha amanecido‖ (Isa 8:20). Ante Dios,
cada cual deberá responder directamente por sí. Aunque
oprimidos por las autoridades de su país en sus días, los
apóstoles revelaron su libertad de conciencia al
responder directamente delante de Dios por sus hechos.
Negaron a las autoridades religiosas y civiles de sus
días el derecho de pasar por encima de su conciencia
santificada por la Palabra de Dios.
¡Cuánto necesitan las naciones saber que ―la justicia
engrandece la nación‖, no el encubrimiento de la
inmundicia que trae ―vergüenza‖! (Prov 14:34). Es
mediante la justicia que ―será afirmado el trono‖ (Prov
16:12). ―El efecto de la justicia será paz; y la labor de
justicia, reposo y seguridad para siempre‖ (Isa 32:17).
Pero a medida que el engaño aumenta y el Espíritu de
Dios se retira de la tierra, la inseguridad y el temor se
incrementan en igual proporción. ¡Tanta injusticia en la
tierra! ¡Tanta inmoralidad y crueldad! ¡Tantos crímenes
jamás reconocidos como tales ni castigados como se
merecen!
Así como la tierra terminó vomitando a los moradores
cananeos que hasta ofrecían a sus tiernos hijos en
sacrificios a sus dioses, así también la tierra iba a
vomitar al pueblo que Dios se había escogido pero al
que no le confería ni la infalibilidad ni la impunidad.
Serían expulsados si se corrompían delante de Él como
lo habían hecho sus habitantes anteriores (Lev 18:24-
30; 20:22-24,26). También el mundo entero sería
vomitado, más bien quemado, en el día postrero,
cuando la gran paciencia divina llegase a su colmo, y el
día del juicio cayese sobre todo el mundo (véase 2 Crón
36:14-16; 2 Ped 3:10-12).
―Por su misma maldad caerá el hombre malo‖ (Prov
11:5). ―Pero aunque el pecador haga mal cien veces, y
con todo se le prolonguen los días, sin embargo yo
ciertamente sé que les irá bien a los que temen a Dios,
por lo mismo que temen delante de él. Al hombre malo
empero no le irá bien‖ (Ecl 8:12-13). ―Por cuanto
aborrecieron la ciencia, y no escogieron el temor del
Eterno..., comerán del fruto de su mismo camino, y se
hartarán de sus propios consejos‖ (Prov 1:29,31).
- Espionaje y vindicación internacional. El Vaticano
es el centro de mayor espionaje del mundo, cuyo medio
mayor de obtener información se da en el confesionario
en donde cientos de miles de sacerdotes se transforman
en la basura que recogen de tanta gente criminal por
toda la tierra. Todos ellos se deben al Sumo Pontífice y
Santo Padre en la Santa Sede, de quien toman su
autoridad como presunto Vicario de Dios y de su Hijo.
Ese alarde de santidad sirve justamente al propósito de
tapar las inmundicias del pasado y las que continúan
practicándose allí hasta el presente.
El esfuerzo que desempeña el pontificado romano para
vindicarse ante el mundo por sus horrendos crímenes e
inmoralidades de la Edad Media es impresionante. Más
de medio milenio le llevó para abrir finalmente los
archivos del Vaticano sobre la Inquisición y presumir
así, purificar la memoria nefasta de la Iglesia Católica,
con un pedido de perdón ambiguo que le permite seguir
luchando para vindicar la institución del papado. Mayor
pareciera ser su esfuerzo por negar su complicidad en
los genocidios que sus fieles hijos llevaron a cabo
durante y después de la Segunda Guerra Mundial, razón
por la cual continúa negándose a abrir todos esos
archivos. En su lugar, va soltando archivos
seleccionados que no la comprometan, o que parezcan
favorecerla o vindicarla ante las tantas acusaciones
recientes. Es ahora contra esas acusaciones que
provienen de la liberación de los archivos secretos de
los principales países involucrados en la Segunda
Guerra Mundial, que lucha el Vaticano para no perder
su imagen. Y cuando no lo puede lograr, busca
despertar compasión aduciendo ser víctima de ataques
despiadados que tienen el propósito de dañar su
reputación (―Santa Sede‖).
Cuando cleros y laicos católico-romanos no pueden
seguir más reclamando que las acusaciones que les
destapan sus crímenes y fechorías son calumnias
internacionales, entonces admiten la falta y llaman
inmediatamente a un perdón y reconciliación nacional o
internacional, tapando mediante tales pretensiones
bonitas la tremenda injusticia cometida, y cobijando en
su seno a los criminales que perpetraron tamaños
genocidios. Después de todo, argumentan, los hijos
laicos y sacerdotes no son necesariamente infalibles.
Pero siguen insistiendo en la santidad de la Madre
Iglesia en el Vaticano. Cuando se prueba que el
Secretario de Estado del Vaticano y los obispos que
trabajan allí comulgan igualmente con la inmoralidad y
el crimen, entonces les queda el recurso a la santidad e
infalibilidad que Dios presuntamente otorga al ―Santo
Padre‖, al papa de Roma. Cuando la hora de la verdad
106
le llega también a ese presunto Sumo Pontífice con
datos innegables de la historia que salen a luz, y no
puede ocultar así, tampoco sus mentiras e inmundicias,
entonces declaran que su infalibilidad se manifiesta
únicamente cuando habla ex cátedra.
Si alguien quiere aprender las mejores técnicas para
tapar el pasado y el presente inmoral y criminal de
cualquier institución, esto es, para mentir al más alto
nivel y aparecer como santo y bienhechor, no tiene más
que estudiar la conducta del papado romano a lo largo
de la historia, y en especial en esta época. Si lo hace
con oración y estudio de la Palabra de Dios, podrá ver
con claridad en la Santa Sede de Roma, la obra que E.
de White consideró como la obra más ―gigantesca de
engaño‖ que se haya levantado jamás sobre la tierra, y
predicha en la Biblia en forma especial para los últimos
días (CS, cap 36 [35 en inglés]).
¡Cercana está ya, por fin, la hora de retribución para
todos los hombres! El Señor mismo descenderá del
cielo para poner ―la justicia por cordel, y la rectitud
como plomada. Granizo barrerá el refugio de la mentira
[Apoc 16:21], y las aguas arrollarán el escondrijo‖.
Sentenció el Señor: ―Vuestro concierto con la muerte
será anulado, y vuestro acuerdo con el sepulcro no será
firme. Cuando pase el turbión del azote, os aplastará‖.
―Porque el Señor se levantará... para hacer su obra, su
extraña obra, y para hacer su operación, su extraña
operación‖ (Isa 28:17-18,21). ―Entonces se manifestará
aquel inicuo, a quien el Señor matará con el aliento de
su boca, y destruirá con el resplandor de su venida. La
aparición de ese inicuo es obra de Satanás, con gran
poder, señales y prodigios mentirosos, y con todo tipo
de maldad, que engaña a los que se pierden... porque
rehusaron amar la verdad para ser salvos‖ (2 Tes 2:8-
12).
XIII. Trasfondo teológico del genocidio
católico
Al repasar la historia medieval del papado romano y sus
brotes de intolerancia imponentes en el S. XX, se puede
percibir una constancia que la marca indeleblemente en
todo su recorrido. Siempre exigió tolerancia al
principio, como lo hace aún hoy, en donde es minoría.
Una vez que se siente fuerte, comienza a ejercer un
ministerio represor y exclusivista, mediante influencias
políticas y gubernamentales. Como último paso impone
un sistema totalitario en donde no hay cabida alguna
para otra religión u oposición. Para lograr imponerse en
forma absoluta sobre todos los demás, no tiene reparos
en recurrir incluso al genocidio, ya sea estimulándolo
abiertamente o simplemente consintiendo con el
silencio público.
Una política semejante se ve en un pájaro negro que
existe en el litoral argentino. El tordo pone su huevo en
nido ajeno. Una vez que nace el pichón, comienza a
empujar a los otros pichones auténticos hasta que los
tira abajo, y se apodera del nido y de la atención de los
pájaros legítimos que no dan abasto con todas sus
demandas de comida. Así hace el papado romano cada
vez que logra poner su huevo en un estado ajeno. Una
vez que se apodera del nido, no hay pájaro que lo pueda
sacar, a no ser mediante una revolución violenta y
sangrienta que traiga liberación al nido original, si es
que ello es posible. Durante la Edad Media, el papado
ponía el huevo en los palacios reales cuando lograba
casarse con los reyes y príncipes de las naciones
europeas. Siendo que hoy la mayoría de los países de la
tierra son democráticos, está tratando de poner el huevo
en las principales constituciones del mundo. Mientras
anda de amoríos con los estados modernos tratando que
le fecunden la cigota, promete muchas cosas bonitas.
Una vez que nazca el pájaro dará los mismos
resultados: intolerancia, violencia y muerte para
apoderarse del nido. Ya las naciones no dan abasto con
tantas demandas de reconocimiento, y que reclama
mientras crece cada vez más.
Nuestra pregunta es la siguiente. ¿En dónde nace esa
actitud tan constante y persistente del papado romano?
Mientras que la Iglesia Católica suele justificar esa
permanente actitud en la vocación o llamado divino que
Dios dio a la Iglesia como Señora y Reina de todas las
naciones de la tierra, otros invocan textos bíblicos que
la vinculan con el ángel rebelde que quiso ocupar el
lugar de Dios, y busca ejercer su dominio absoluto
sobre los reinos de la tierra como ―príncipe de este
mundo‖. Nuestra pregunta aquí apunta, sin embargo, a
otro aspecto de la teología católica sobre el que no se
suele prestar atención. En efecto, una conducta tan
regular y constante a través de los siglos tiene que estar
enmarcada en una creencia dominante. ¿Por qué nunca
se contentó la Iglesia Católica, en toda la etapa de su
desarrollo, con abocarse únicamente a su tarea
espiritual?
La declaración del Generalísimo Francisco Franco para
justificar su obra de ―expiación‖ en España, puede
ayudarnos a introducir el tema. Según sus palabras, la
tremenda y sangrienta guerra civil española fue un
―castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida
torcida, a una historia no limpia‖. Esas declaraciones se
basan en el sacramento católico de la penitencia. Lo
que la Iglesia Católica requiere en el plano individual
para librarse del pecado, lo requiere también en el plano
colectivo para librar a la sociedad de todo elemento que
107
le impida lograr presuntamente la santidad. Un
justificativo adicional para su carácter represor lo
encuentra en la igualmente pagana doctrina del
purgatorio y del infierno eterno.
1. El sacramento de la penitencia, el purgatorio y el
infierno.
Según el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica
(puntos 1459-1460) y las homilías del papa Juan Pablo
II en vísperas de su jubileo católico del 2000, no
alcanza con la regeneración interior que el Espíritu de
Dios obra en el pecador. Siempre quedan ―penas‖ y
―residuos‖ del pecado que hay que ―expiar‖ o eliminar
mediante un autocastigo o ―satisfacción‖, al que la
doctrina católica llama también ―penitencia‖. ¿Sobre
qué basa el papado esta doctrina? No cita ningún pasaje
bíblico porque tal enseñanza no está en la Biblia.
Recurre al rico legado de la tradición católica que
suplantó las claras enseñanzas del evangelio.
Aunque la Iglesia Romana no impide la iniciativa
personal del pecador en la decisión y elección del
castigo que éste se autoinflige, suele aconsejar recurrir
a un sacerdote no sólo para ser absuelto, sino también
para recibir la receta adicional que le hará
presuntamente repudiar el pecado. Las pobres
miserables almas que recurren a ese método—como lo
hizo Lutero al punto de casi morir antes de descubrir en
la Biblia la esencia del evangelio—piensan que cuanto
peor sea el castigo que se inflijan, tanto más libres van
a estar de querer volver a cometer la falta. No saben
que la única manera de librarse del pecado es dejando
de mirarse a sí mismos, para apoyarse en las riquezas
de la gracia divina que expía el pecado en forma libre y
completa, y sin tener que pensar en compensaciones
adicionales de manufactura humana (Rom 3:24-26; 5:1;
Heb 12:1-2, etc). ―El justo vivirá por la fe‖ (Rom 1:17),
y obtendrá la justificación divina única y
exclusivamente por la fe (Rom 3:22-28).
Para no perder los réditos y beneficios materiales que
los penitentes le devuelven a la Iglesia Católica por esa
dispensación de bienes que ostenta poseer, inventó el
papado romano otra creencia que tampoco está en la
Biblia, llamada ―purgatorio‖. Si los que en vida fueron
negligentes en su deber de hacer ―satisfacción‖
mediante las penitencias y de tantas otras maneras,
tendrán que terminar de purgar esos residuos en un
lugar de castigo temporario llamado ―purgatorio‖. Para
acortar tal período de tiempo en ese lugar de
sufrimiento, otras personas piadosas podrán hacer
―satisfacción‖ no sólo mediante penitencias, sino
también mediante indulgencias y pagos compensatorios
hechos a la Iglesia.
¿De qué manera estas creencias (de la penitencia y del
purgatorio), afectan el comportamiento social de la
Iglesia Católica? Así como además de la regeneración
interior, la Iglesia Católica requiere que los pecadores
sufran con penas impuestas por ella o por los pecadores
mismos, así también requiere, una vez que se vuelve
mayoritaria y se siente fuerte, librar la sociedad de todo
―residuo‖ de mal que persista en ella. Esto es lo que
entendió Franco en España, y lo condujo a sacrificar en
plena época moderna y democrática, a más de medio
millón de vidas con tal de fundir otra vez la sociedad
con la Iglesia Católica. Arrianos, cátaros, valdenses,
protestantes, musulmanes, judíos, comunistas, todos
ellos fueron considerados como esos ―residuos‖ de mal
que había que extirpar para poder purificar en forma
completa la sociedad en que se encontraban.
Así como el catolicismo no cree en la completa
suficiencia del Espíritu de Dios para regenerar al ser
humano, sino que debe agregarse una compensación o
―satisfacción‖ humana por la falta cometida; así
también el papado romano jamás creyó que debía
contentarse con cumplir un papel puramente espiritual
en la sociedad, sino que debía recurrir también al brazo
político y legal para expurgar los males que la aquejan.
Siendo que estas creencias forman parte del
fundamento mismo de la fe católica, se puede afirmar
sin temor a equivocarse que la Iglesia Católica no
cambiará jamás, so pena de dejar de ser ella misma.
El sacramento de las penitencias y la doctrina del
purgatorio y del infierno eterno no están en la Biblia,
sino que provienen del paganismo y constituyen una
afrenta al carácter divino. El genocidio inspirado y
producido por la Iglesia Católica proviene igualmente
del paganismo y se nutre de sus mismos principios, tan
contrarios al evangelio de Jesucristo. Y si Dios—como
lo presume la Iglesia de Roma—castiga eternamente en
el infierno a la gente por sus pecados, ¿por qué no había
la Iglesia de adelantarse a ese castigo que de todas
maneras no va a cesar jamás en el fuego eterno?
¿Cuál es el pecado más intolerable para la Iglesia
Católica? La herejía. Por tal razón, los más perseguidos
por el papado romano a lo largo de su historia fueron
los grupos religiosos que se opusieron a sus demandas
arrogantes, anteponiendo la Palabra de Dios. Esto no es
sólo cuestión del pasado, sino también del presente, ya
que forma parte del pensamiento católico tradicional.
Basado en ese pensamiento católico tradicional, una
obra apologética sobre la Inquisición, editada en el año
2000, argumenta lo siguiente:
―Los dogmas católicos son expresiones de‖ la
―Voluntad Divina, no de la libre elección de unos
hombres… Por eso jamás podrá tolerar ni la herejía
108
que niega las verdades reveladas [entiéndase
enseñanzas del Magisterio de la Iglesia Católica], ni
que se las someta… al progreso… de los razonamientos
humanos y de las experiencias religiosas‖ [F. Ayllón,
El Tribunal de la Inquisición. De la leyenda a la
historia (Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima,
2000), 162-163]. ―Vista en su complejidad, la herejía
posee una triple naturaleza: desde el punto de vista
político, es un acto subversivo...; desde una óptica
jurídica, constituye un delito de lesa majestad,
cometido contra Dios, la sociedad y el estado; y, desde
una visión teológica, es el más grande pecado cometido
contra Dios mismo‖ (ibid, 342). Lo que este autor
moderno comenta aquí no es otra cosa que lo que el
papa Gregorio XIII afirmó en siglos pasados. Para ese
papa como para el papado en toda su historia, ―el
crimen de la herejía es el más grave de todos‖ (ibid,
621), ―mucho más grave que los otros‖ (ibid, 622),
razón por la cual negaba a los confesores la facultad de
absolver los herejes, ni siquiera en el jubileo católico.
2. Lo que muchos no captan.
Si a las doctrinas de la penitencia, del purgatorio y del
infierno eterno que están en el fundamento mismo de la
Iglesia Católica, se suma el de la pretendida
infalibilidad del papado y de su Magisterio Eclesiástico,
¿quién le podrá creer a la Iglesia de Roma cuando
promete hoy respetar los derechos individuales de las
minorías? ¿Acaso no está buscando afanosamente el
consenso de las iglesias mayoritarias y tradicionales
para imponer sobre el mundo los dogmas que tienen en
común? ¿No serán capaces de captar los gobernantes de
las naciones todo lo que involucra el permitirle al
papado un reconocimiento tan especial en la
Constitución Europea y en las Naciones Unidas?
En 1888, con más de un siglo de antelación, E. de
White describió el papel que están cumpliendo ya
muchos dirigentes políticos de hoy. ―El movimiento
dominical está avanzando en la oscuridad. Los líderes
encubren el verdadero problema, y muchos que se unen
al movimiento no ven hacia dónde tiende la corriente
oculta… Están trabajando a ciegas. No ven que si un
gobierno… sacrifica los principios que lo han hecho
una nación libre e independiente y mediante leyes
incorpora en la Constitución principios que propagarán
las falsedades y los engaños papales, se hundirán en los
horrores del romanismo y de la Edad Oscura‖ (EUD,
128-9).
Una vez que Roma logre sus objetivos de predominio
político y religioso, de ser reconocida otra vez como el
alma del cuerpo civil, aparecerá el último intento de
genocidio humano. Ese intento diabólico se desatará
contra ―los que guardan los mandamientos de Dios y
tienen el testimonio de Jesucristo‖ (Apoc 12:17; 13:15).
―Se demandará con insistencia que no se tolere a los
pocos que se oponen a una institución de la iglesia y a
una ley del Estado; pues vale más que esos pocos
sufran y no que naciones enteras sean precipitadas a la
confusión y anarquía. Este mismo argumento fue
presentado contra Cristo… por los ‗príncipes del
pueblo‘… Este argumento parecerá concluyente‖ (CS,
673 [1911]).
Los Protestantes son vulnerables de caer en la trampa
del Vaticano por compartir con la Iglesia Católica la
doctrina dualista de alma y cuerpo, que contradice las
claras enseñanzas de la Biblia. Además, comparten
también un día de fiesta semanal que es el domingo, y
una misma preocupación porque ese día se lo está
dedicando a cualquier cosa menos a la religión. A
menos que logren imponerlo en la sociedad moderna,
no podrán nunca volver a ser el alma del cuerpo social.
De allí que la marca de autoridad mayor que tanto
católicos como protestantes están tratando de imponer
se centra en esos dos aspectos. Esto lo anticipó
admirablemente E. de White al comenzar el S. XX.
―Merced a los dos errores capitales, el de la
inmortalidad del alma y el de la santidad del domingo,
Satanás prenderá a los hombres en sus redes‖ (CS, 645).
[La doctrina de la inmortalidad natural del alma, por
otra parte, ha abierto las puertas también para que el
espiritismo esté penetrando notablemente el mundo
católico y protestante, tal como lo predijo E. de White
en la misma ocasión (ibid)].
3. La carencia de arrepentimiento en los genocidas
católicos.
Siendo que la herejía es el peor pecado de todos y digno
de ser ―expiado‖ en la sociedad, a través del ministerio
de muerte de una religión que procura establecerse en
forma teocrática (o más bien autocrática), ¿debía
sorprendernos que los más grandes genocidas católicos
durante y después de la Segunda Guerra Mundial, no
manifestasen señal alguna de arrepentimiento? En
efecto, los más grandes criminales nazis, ustashis,
falangistas y fascistas, muchos de ellos sacerdotes
católicos, vindicaron hasta su muerte su papel represor.
Videla, el general argentino que inició la represión en
Argentina, expresó sin ambages que obró a conciencia
como fiel y devoto católico. Tampoco dieron muestras
de arrepentimiento los sacerdotes y capellanes que
participaron en la tortura y condena de los subversivos.
Los peores criminales nazis negaron culpa alguna en el
juicio que se les hizo después de la guerra, así como
tantos otros criminales de guerra a quienes se condenó
después. Todos ellos declararon hasta el final de sus
vidas que no tenían nada de qué arrepentirse. El cuerpo
109
político entero de criminales ustashis, con sus
sacerdotes, tampoco se arrepintió jamás. Por el
contrario, continuó ese tal cuerpo con su ministerio
asesino en los países que los acogieron después de la
guerra, y su memoria está siendo honrada por el nuevo
estado croata de mayoría católica.
Entre las varias razones que podemos entresacar para
entender esa falta de arrepentimiento ante tamaños
crímenes cometidos contra la humanidad, sobresale la
que invocaron los militares y sacerdotes católicos
mismos para vindicarse de la condenación mundial en
la que incurrieron. Tenían un enemigo que vencer
contrario a la santa religión que profesaban, y contaban
con la bendición y aliento de los líderes más grandes de
la Iglesia Católica. ¿De qué tendrían, pues, que
arrepentirse? ¿Acaso la historia de la Iglesia no les
había dado suficientes ejemplos de heroísmo al torturar
y exterminar durante tantos siglos a tantos millones de
herejes protestantes, judíos y musulmanes? Era la
misma Iglesia la que los empujaba a la acción, y les
tomaba juramento de lealtad a Dios y a la patria antes
de salir a la guerra para exterminar a sus ―enemigos‖,
esto es, a los que no concordaban con sus ideas
religiosas y represoras. Amparados y adoctrinados por
la Iglesia Católica para ser cruzados y soldados de
Cristo, con el propósito de exterminar a los opositores
del predominio espiritual del papado, ¿de qué iban a
tener que pedir perdón los hijos criminales de la Iglesia
a los que ni el mismo papa condenaba?
Otra razón no siempre expresada por la que la mayoría
de los criminales oficialistas del catolicismo romano
jamás se arrepintieron, se da en la misma sustancia de
la religión católica. Los laicos no tienen derecho a
pensar por sí mismos en materia religiosa. Según se ve
confirmado en el nuevo catecismo romano, el
Magisterio de la Iglesia y el Papa son los únicos
infalibles en materia de fe y práctica. Por lo tanto, el
fiel católico libra su conciencia en la del sacerdote que
representa a la Iglesia. Todo crimen que comenten tiene
que ver con un principio de ―obediencia debida‖ a la
Santa Madre Iglesia que los amamanta. En este
contexto, el alma—el clero—requiere en nombre de
Dios un baño de sangre para limpiar la sociedad. El
cuerpo—el ejército católico—ejecuta esa voluntad
superior sin dilación. Es así como la Madre Iglesia se
hace responsable de todos esos crímenes, aunque
después pretenda lavarse las manos cuando la reacción
internacional se levanta indignada en su contra,
echándole la culpa a sus hijos. Aún así, los hijos no
tienen por qué afligirse, porque tampoco serán
condenados por su Madre Iglesia que como la
virgencita querida todo lo entiende de sus hijos y todo
lo perdona. Después de todo, el terrible crimen de esos
hijos revela a su vez, un amor muy grande por su
Iglesia.
4. La cauterización de la conciencia mediante la
confesión auricular.
Durante la Edad Media el papado había dado la orden
de que dos sacerdotes participasen en la aplicación de la
tortura infligida por el Santo Oficio de la Inquisición.
Cuando uno de los sacerdotes se sentía afectado en su
conciencia por el dolor y la angustia que producía, el
otro debía estar a su lado para absolverlo. En la
confesión privada al sacerdote, los hijos—repitámoslo,
criminales oficialmente reconocidos como católicos y
jamás condenados por su Santa Madre Iglesia—
liberaban su alma sin necesidad de cambiar de
conducta. Lo que llevaban a cabo era terrible, sí, pero
alguien tenía que hacer esa obra, un mal necesario con
el fin de limpiar la sociedad y lograr un estadio mejor.
Así pretendía la Iglesia cumplir con su misión de
rectora del orden público y social.
Algunos se sorprenden que en Madrid, bajo los
momentos de mayor predominio de la Inquisición
medieval, hubiese 800 burdeles o casas de prostitución.
Los turistas y comerciantes de otros países europeos
contemporáneos confirmaban que España revelaba la
moral más baja del continente. ¿Cómo era posible eso?
¿Acaso no pretendían los Inquisidores ser los rectores y
censores de la moral pública? Los especialistas del
Santo Oficio han llegado a la convicción de que esa
realidad se explica por el confesionario. Por
contradictorio que parezca, para los Inquisidores no
estaba mal ejercer la prostitución mientras se
reconociese en la confesión privada que ese acto era
malo. El problema comenzaba cuando las mujeres de
mal vivir no se confesaban regularmente, despertando
la sospecha inquisidora de pensar que lo que hacían
estaba bien. Siendo que la confesión es privada, el
mundo exterior no necesitaba enterarse de esas
confesiones personales, y ellas podían continuar con su
ministerio sexual cobrado con toda impunidad y
libertad.
La Iglesia Católica es un mito. Rituales mágicos llevan
a cabo los católicos constantemente como una especie
de encomendación a Dios. Así, para cualquier cosa los
fieles se santiguan con la señal de la cruz, desgranan
rosarios repitiendo frases mecánicas, sin ser conducidos
a una real contrición. La liberación del alma de la carga
del pecado—si de liberación se trata—se resuelve
mediante una transacción que le permite al pecador, aún
al criminal, acabar con sus problemas recurriendo a la
mentira, al fraude y también al asesinato. En lugar de
restituir el crimen compensando a las víctimas o a sus
parientes de alguna manera, con real dolor por el
110
pecado, los criminales católicos pueden recurrir a tantos
otros subterfugios como las indulgencias y penitencias
que el sacerdote confesor les ofrece y encomienda en
privado, para que no tengan más nada que ver con el
mal que causaron. Si para colmo de bienes, se es una
autoridad política o militar reconocida y distinguida,
podrá conseguirse fácilmente un confesor más benigno
que le indique una penitencia más condescendiente y
acorde a su elevada vocación.
E. de White escribió lo siguiente, antes de darse los
genocidios clero-fascistas de los millones de inocentes
que anticipó, según ya vimos, para el S. XX: ―El
reclamo de la Iglesia de tener autoridad para perdonar
pecados conduce a los católicos a sentirse libres para
pecar... Esta confesión degradante de hombre a hombre
es la fuente secreta de la cual ha brotado la mayor parte
del mal que está contaminando al mundo y
preparándolo para la destrucción final. Aún así, para los
que aman la complacencia propia les es más placentero
confesarse a un compañero mortal que abrir el alma a
Dios. Es más agradable para la naturaleza humana
hacer penitencia que renunciar al pecado; es más fácil
mortificar la carne con golpes, ortigas y cadenas
mortificantes que crucificar los deseos de la carne.
Pesado es el yugo que el corazón carnal está dispuesto a
llevar antes que someterse al yugo de Cristo‖ (GC, 568-
569).
Llama la atención también la mentira tan descarada de
los jerarcas de la Iglesia Católica, aún de la Santa Sede,
cuando aducen no haberse enterado de todos los
crímenes que sus hijos cometieron. ¿Cómo no iban a
enterarse de los crímenes que ella misma suscitó
mediante sus representantes más elevados, si contaron
además, con el sistema de espionaje internacional más
grande de la historia que nace en el acto de la
confesión? Ningún otro poder sobre la tierra cuenta con
un método tan efectivo para enterarse de lo que ocurre
en tantos lugares de la tierra como el que posee la Santa
Sede en el Vaticano y en todas sus sucursales sobre
toda la tierra.
5. El problema fundamental: la lucha por la
supremacía.
Es cierto que ciertas creencias fundamentales de la fe
católica, como el sacramento de la penitencia, el
purgatorio y el infierno eterno han dado lugar, como
acabamos de ver, a los más grandes genocidios de la
historia. Pero hay una razón, una causa principal que la
ha llevado siempre a la intolerancia. Se encuentra en la
pretensión de haberle sido conferida al papa de Roma la
primacía de Pedro. Esa primacía busca obtenerla, a su
vez, sobre el mundo entero, ya que se considera a sí
mismo como símbolo de la unidad que Cristo requirió
de la Iglesia. De allí tantos títulos blasfemos que lo
llevan a creer que ocupa el lugar de Dios hasta para
perdonar pecados, poner y quitar reyes, cambiar la ley
de Dios, etc.
Las mayores masacres promovidas y requeridas por el
papado Romano en la Edad Media, se dieron contra
todos los que no lo reconocieron como soberano del
mundo. Esto se debe a que el afán de supremacía, de ser
el más grande, es insaciable. Únicamente puede ser
curado por la sangre del Cordero, a los pies de la cruz.
De una manera equivalente obraron también los
emperadores que antecedieron al obispo de Roma. Así,
de Nimrod se dice que fue el primer emperador del
mundo (Gén 10:18). El construyó Babilonia, Asiria, y
otros grandes imperios antiguos. Nabucodonosor, el
gran emperador de la época neo-babilónica, declaró
orgulloso antes de ser humillado por la Deidad: ―¿No
es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con mi fuerza
de mi poder... para gloria de mi grandeza?‖ (Dan 4:30).
Tanto el rey de Babilonia como Ciro, una vez que entró
en Babilonia, fueron adorados como sumo pontífices
(Deux Babilones..., 20, 320-321). ―El gran rey [persa]
era el dueño absoluto del poder..., el sumo dios sobre la
tierra... ante él se debía prosternar hasta los pies,
poniendo el rostro contra la tierra‖ (A. Tovar, Historia
del Antiguo Oriente). Alejandro Magno, el famoso
emperador de Grecia, también ―se convirtió en la
encarnación viviente de la divinidad..., y pretendió de
los suyos la proskynésis...‖ (A. Concha, Alejandro el
Grande (1985), 85). Cuando llegaron los romanos, los
césares se apoyaron ―en las auctoritas..., en su poder
sacrosanto de pontíficex maximus... y en la ascendencia
divina‖ (J. M. Solana, Gran Historia Universal, 174).
―Situaron sus estatuas en los templos y plazas de Roma,
junto a las de los dioses...‖ (ibid, 176-177). Véase A.
Diestre Gil, *
El primer emperador cristiano, Constantino, no
abandonó las formulaciones gubernamentales de los
césares que le daban honores divinos. Por el contrario,
―reconstruyó el culto imperial‖ de tal manera que fuese
aceptado nominalmente aún por el cristianismo romano
(A. Kee, Constantino contra Cristo, 181). A los títulos
ya usados por sus antepasados de Augusto, Pontíficex
Maximus, Imperator perpetuo, Pater Patriae,
Constantino agregó el de Vicario de Cristo, Obispo de
los obispos, Representante del unigénito Logos. De esta
manera llevó el absolutismo a su apogeo,
implementándolo con un ceremonial tendiente a
destacar el carácter divino del emperador. En ese
ceremonial se destacaba su túnica de oro, la diadema y
la proskynésis (adoración de rodillas).
111
El papado romano heredó, además de los títulos
imperiales, ese ceremonial que requería que le besasen
sus pies mediante la proskynesis. Sumó para sí también
los títulos de Vicario de Dios, pero ahora aplicado en
forma exclusiva a su cargo. Otros títulos blasfemos
fueron el que usa aún hoy de Santo Padre (véase Mat
23:9; Jn 1:12-13), Su Santidad (Apoc 15:4; 1 Tim 1:15-
16). No de balde la profecía apocalíptica anticipaba que
el anticristo romano y medieval iba a usar ―títulos
blasfemos‖ (Apoc 13:7; 17:3).
.
Una entidad que pretende imponerse sobre toda la tierra
con semejantes títulos, y creyéndose aún infalible, no
puede permanecer sin recurrir a la intolerancia, muerte
y genocidio. ¿Por qué razón? Porque a nadie le gusta
que lo atropellen, que le arrebaten su libertad. Y para
poder imponer reconocimientos omnímodos de orden
divino, tales poderes absolutistas deben recurrir a la
fuerza.
¿Dónde se encuentra la fuente de semejante inspiración
absolutista? En Lucifer. De allí que Jesús lo
desenmascaró como siendo mentiroso y asesino desde
el principio (Juan 8:44). Estas dos características iban a
destacarse en el anticristo romano, según la predicción
del apóstol Juan en el Apocalipsis (Apoc 13:7, véase
13-15). Esa será siempre la tendencia de todo aquel que
busque reconocimientos humanos supremos (Apoc
13:3,8). La única forma de obtenerlos es a expensas de
los derechos de los demás, mediante un dominio
absoluto y opresivo sobre todos los que pueda poner
bajo su autoridad.
Dice la Biblia que Lucifer, ese ángel exaltado, procuró
ocupar el lugar de Dios y sentarse por encima de Dios
mismo (Isa 14:12). Ese espíritu de supremacía lo
transmite a todos los que procura engañar, no
admitiendo sombra alguna, y pasando por encima de
todos cuantos pueda someter bajo su yugo. Ya a
nuestros primeros padres les hizo creer que iban a ser
―como Dios‖ (Gén 3:4-5). ―El orgullo de su propia
gloria le hizo desear la supremacía‖ (CS, 549).
- ¡Cuán diferente fue el espíritu del Señor! ―Se vio
que mientras Lucifer había abierto la puerta al pecado
debido a su sed de honores y supremacía Cristo, para
destruir el pecado, se había humillado y hecho
obediente hasta la muerte‖ (CS, 557). Por tal razón, el
apóstol Pablo exhortó a poseer su mismo Espíritu, tan
contrastante con el que dejó y continúa dejando su
presunto Vicario romano aquí en la tierra. ―Haya en
vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús.
Quien, aunque era de condición divina, no quiso
aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de
sí mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo
semejante a los hombres. Y al tomar la condición de
hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz‖ (Filip 2:4-8).
Todo el que desee gloria y honra debe pasar por la
experiencia de humildad y abnegación del Hijo de Dios.
La exaltación de Jesús a la diestra del Padre pudo tener
efecto gracias a que demostró su completa entrega para
salvar al hombre, aún a costa del oprobio y la
vergüenza a la que fue expuesto tan ingratamente en la
tierra. ―Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y
le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que,
en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que
están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la
gloria de Dios el Padre‖ (Filip 2:9-11).
El que quiera gloria y honor debe aprender primero las
lecciones de humildad del Hijo de Dios. Esa gloria y
ese honor vendrán, pero en el mundo venidero, cuando
el Señor llame a sus fieles a ser junto con su Hijo,
―reyes y sacerdotes‖ para compartir con el universo
entero su gratitud por la redención efectuada a tan alto
costo. De allí que dice el canto que ya cantaban
antiguamente en los días de Pablo: ―Si morimos con él,
también viviremos con él. Si sufrimos aquí, también
reinaremos allá con él‖ (2 Tim 2:11-12). Reinaremos
sobre el pecado que no se enseñoreará nunca más de
nosotros (Rom 6:14). Recuperaremos nuestra soberanía
y control gracias a la sangre preciosa de nuestro Señor
que nos redimió.
―¡Oh, tú, torre del rebaño! A ti te será devuelto el
dominio anterior‖ (Miq 4:8). ―Y el reino, el dominio y
la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, serán
dados al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino
[el del Altísimo] es reino eterno, y todos los dominios
le servirán y obedecerán‖ (Dan 7:27). ―Reinarán para
siempre‖ (Apoc 22:5).
6. Edificada sobre un fundamento pecaminoso.
Otro aspecto en la doctrina católica que explica su
actitud genocida revelada a lo largo de la historia es el
de pretender que Cristo edificó su iglesia sobre el
papado romano. Su fundamento es, por consiguiente,
tan pecaminoso como lo es la naturaleza humana. Esto
significa que, en lugar de elevarse hacia metas siempre
más altas, terminará degradándose conforme a la
imagen frágil, perversa y engañosa que se escogió.
Porque ―engañoso y perverso es el corazón‖, reconoció
el profeta Jeremías, ―más que todas las cosas, ¿quién lo
conocerá?‖ (Jer 17:9). ¿Habría de extrañarnos, bajo este
contexto, que Pablo identificase al anticristo por venir
como un poder engañoso y plagado de ―todo tipo de
maldad‖? (2 Tes 2:9-12). ¿Podría haber escogido un
medio mejor el apóstol Juan en el Apocalipsis, para
112
describir mediante el término ―Babilonia‖ la
―confusión‖ que tal engaño y crueldad iban a producir
en medio de la cristiandad? (Apoc 17:5).
-¿Edificada sobre Pedro?
La Iglesia Católica se apoya en la autoridad del
pontífice romano, presunto sucesor de Pedro, a quién
Jesús le habría dado las llaves del reino y contra quien
las puertas del infierno no podrían prevalecer. ¿Qué es
lo que involucra esta creencia católica? El nuevo
catecismo romano lo define: ―El poder de ‗atar o
desatar‘ implica la autoridad para absolver pecados,
pronunciar juicios doctrinales, y tomar decisiones
disciplinarias en la Iglesia‖ (553).
Cuando los gobiernos de la tierra no reconocen la
supremacía del papado romano por sobre la autoridad
civil, en una relación de alma (Iglesia) y cuerpo
(gobierno civil) como lo pretendieron siempre los
papas, el obispado católico se contenta con cumplir esa
misión disciplinaria únicamente en su papel espiritual.
Pero donde los católicos logran la mayoría y pueden
imponer esa supremacía, entienden que la autoridad que
Dios le dio a Pedro (presunto primer papa), le permite
disponer incluso de la vida de los demás. Los que son
―desatados‖, o excomunicados, pueden en la visión del
papado romano, no merecer vivir. En el caso de contar
con gobiernos que le son sumisos, la ―Santa Sede‖
puede determinar quitarles la vida a través de las
autoridades civiles o militares de tales gobiernos.
Actualmente, las constituciones de los países
democráticos le impiden al papado romano interferir en
la justicia civil con medidas eclesiásticas. La libertad de
conciencia requerida por el protestantismo y los
derechos humanos enarbolados por la revolución
secular, han impregnado las constituciones modernas.
Por consiguiente, el papado romano no puede requerir
la pena de muerte sobre los así llamados heréticos para
la Iglesia Católica—como lo hizo durante tantos siglos
en lo pasado. Los gobiernos civiles se niegan a cumplir
hoy con una misión tal de exterminio, aún en los países
donde la Iglesia Católica es mayoritaria.
Durante el S. XX, sin embargo, el cuadro cambió toda
vez que se puso la Constitución a un lado y se
levantaron gobiernos dictatoriales, totalitarios y
católicos. Tales sistemas dictatoriales de gobierno, así
como el monárquico medieval, estuvieron muy lejos del
sistema de liderazgo que Jesús indicó para su iglesia
(Mat 20:25-26). Mientras que los reyes y emperadores,
de quienes el papado obtuvo su autoridad político-
religiosa (Apoc 13:3-4), disponían de la vida de sus
súbditos como querían, el Señor dejó bien en claro que
las medidas disciplinarias de la Iglesia debían darse
únicamente en el plano espiritual (Mat 18:18-19; Juan
18:36).
-La verdadera Iglesia está edificada sobre el Hijo de
Dios.
Jesús nunca dijo que su Iglesia iba a ser edificada sobre
Pedro ni sobre ningún presunto sucesor de Pedro. La
―piedra‖ o ―roca‖ sobre la que iba a edificar su iglesia
iba a ser el Hijo de Dios mismo (Hech 4:11). Esto lo
reconoce el nuevo catecismo romano cuando dice que
―sobre la roca de esta fe [‗tú eres el Cristo, el Hijo del
Dios viviente‘] confesada por San Pedro, Cristo
construyó su Iglesia‖ (424). ¿Sobre qué base, pues,
declara el catecismo en otro lugar que Cristo construyó
su iglesia sobre Pedro? El catecismo responde que
―Cristo, la ‗piedra viviente‘ [1 Ped 2:4], asegura así a su
Iglesia, construida sobre Pedro, la victoria sobre los
poderes de la muerte. Debido a la fe que confesó
[insiste el catecismo], Pedro permanecerá como la roca
inamovible de la iglesia‖ (552).
Ni Jesús, ni Pedro, ni los apóstoles dijeron jamás que
por el mérito de haber confesado a Cristo, Pedro y/o los
demás apóstoles iban a ser la roca inamovible sobre la
que el Señor iba a construir la iglesia. Por el contrario,
entendieron siempre que esa roca era el Hijo de Dios
mismo que Pedro acababa de confesar. El Señor no
edifica su iglesia sobre la fragilidad humana, constatada
en la triple negación posterior de Pedro (Mat 26:34),
sino sobre la única Roca sobre la cual las puertas del
infierno [―muerte‖ o ―sepulcro‖] no pudieron
prevalecer (Hech 2:24,31; Ef 1:20-23; Heb 2:14-15;
Apoc 1:18). Aún después de ser confirmado por el
Señor, Pedro fue reprendido en público por el apóstol
Pablo como hipócrita (Gál 2:11-14). ¿No debía
buscarse algún fundamento más seguro para construir la
fe cristiana?
Que el Señor no edifica sobre fundamentos humanos lo
entendió claramente el apóstol Pablo cuando dijo:
―Conforme a la gracia que Dios me dio, yo como perito
arquitecto puse el cimiento, y otro edifica encima. Pero
cada uno vea cómo sobreedifica. Porque nadie puede
poner otro fundamento fuera del que está puesto, que
es Jesucristo. Si alguien edifica sobre este fundamento
oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca;
la obra de cada uno será manifestada. El día [del juicio
final] la revelará, mediante el fuego. El fuego probará la
obra de cada uno‖ (1 Cor 3:10-13). El mismo apóstol
afirma que el anticristo que se levantaría en medio de la
Iglesia cristiana iba a ser quemado, finalmente, por el
resplandor del Señor en su venida (2 Tes 2:8; cf. 1:7-8).
Lo que los evangelios y las epístolas nos dicen es que
nadie puede ―atar‖ o ―desatar‖ pasando por encima del
113
único fundamento que nos ha sido dado, esto es, el de
Cristo Jesús preanunciado por los profetas en la antigua
dispensación, y testificado por los apóstoles en la nueva
dispensación. Ese cimiento está en la Biblia, no en la
autoridad imperial o monárquica de nadie, ni en
ninguna tradición posterior al canon sagrado. Por esto
dijo Pablo también que, como familia de Dios, somos
―edificados sobre el cimiento [del testimonio] de los
apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra
angular. En él, todo el edificio, bien coordinado, va
creciendo para ser un templo santo en el Señor. En él
vosotros también sois edificados juntos, para la morada
de Dios en el Espíritu‖ (Ef 2:19-22).
Las ―llaves‖ que Jesús dio a Pedro (Mat 16:19), y a los
demás apóstoles y seguidores de Jesús (Mat 18:18), son
nuevamente, un símbolo de la Palabra de Dios que por
torcerla, los ―doctores de la ley‖ en los días de Jesús la
habían hecho inefectiva en medio de su pueblo (Luc
11:52). Tampoco dio el Señor a su Iglesia autoridad
para perdonar pecados—como pretende el nuevo
catecismo romano después de admitir que únicamente
Dios tiene esa autoridad (1441). Los auténticos
seguidores de Jesús ―atan‖ y ―desatan‖, lo que implica
remisión de pecados dentro del contexto del cometido
evangélico (Juan 20:23; Mat 28:18-20). Esto lo hacen,
en efecto, mediante el bautismo (Hech 2:38: ―para
perdón de vuestros pecados‖; 3:19; 22:16) y la
excomunión (1 Cor 5:4-5), no mediante una confesión
de pecados a un sacerdote terrenal que no conoce el
corazón humano como para poder absolver al pecador
(1 Rey 8:39; Sal 44:21; Jer 17:8-9; Luc 5:21; Juan
2:25).
Si el ministerio de ligar o desligar del reino espiritual se
cumple en la tierra en armonía con la Palabra de Dios
(la Biblia), y con la dirección del Espíritu Santo que
jamás obra contrariamente a la revelación divina (Juan
16:13; 20:22; Hech 5:32), tal decisión será corroborada
en el juicio final. De esta manera, al compartir con la
Iglesia Su Palabra, el Señor le concede las llaves que
pueden abrir el cielo o cerrarlo para el mundo. Pero
esas llaves, como lo reconoció Pedro mismo, no son de
uso exclusivo y privado (2 Ped 1:19-21), ya que el
Espíritu Santo es quien guía a ―toda la verdad‖ (Juan
16:13), y hace que la Biblia misma sea su propio
intérprete (véase Mat 4:5-7). El único ser infalible que
posee esas llaves en el cielo para dar el veredicto final,
será quien determinará en el juicio quién usó bien esas
llaves o copias terrenales y quién no (Apoc 1:18; 3:7-8;
5:1-5). Por eso dice el apóstol Juan que ―el Padre...
confió todo el juicio al Hijo‖ (Juan 5:22; véase 1 Juan
2:1). ―Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador
entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre‖ (1 Tim
2:5).
-Pretensiones papales relacionadas.
La Iglesia Católica se arroga la autoridad de juzgar no
sólo al mundo en asuntos morales y espirituales, sino
también en asuntos políticos, sociales y económicos.
Basado en las leyes canónicas del Vaticano, el nuevo
catecismo romano declara que ―le pertenece a la Iglesia
el derecho de ... hacer juicios sobre todos los asuntos
humanos...‖ (2032). Tiene la misión ―de pasar juicios
morales aún en asuntos relacionados a las políticas...‖,
usando medios que pueden variar ―según la diversidad
de los tiempos y las circunstancias‖ (2246), y teniendo
en cuenta los ―aspectos temporales del bien común‖
(2420). Ese ―bien común‖, según lo ha comprobado
tantas veces la historia, excluye a menudo el bien de las
minorías.
¿Qué criterios usó el papado para juzgar al mundo
cuando ―los tiempos y las circunstancias‖ le fueron
favorables hasta para poder usar la autoridad civil y
militar en la expansión y afirmación de su reino? La
Iglesia de Roma destruyó vidas inocentes a las que
condenó como heréticos porque tenían la osadía de
anteponer la Palabra de Dios a los dogmas y caprichos
del pontífice de turno. ¡Cuán lejos de revelar los
principios del gobierno divino estuvieron tantos papas y
obispos católicos, así como reyes y dictadores que
abrazaron la fe romana, toda vez que pretendieron
ocupar el lugar de Dios hasta para quitar la vida a
quienes no se sometían a sus prerrogativas blasfemas!
En efecto, Dios no destruye pueblos, naciones y
familias a mansalva, como lo hicieron tantas veces los
cruzados e inquisidores católicos en la Edad Media, y
los nazis, ustashis, falangistas, clero-fascistas y
neofascistas en gran parte de la tierra, durante la mayor
parte del S. XX.
7. Una doctrina que falta.
Es la del juicio investigador celestial que precede a la
recompensa y castigo finales. Esa doctrina bíblica
hubiera podido librar al cristianismo de tanta
irresponsabilidad y abuso de parte de quienes
pretendieron asumir y asumen todavía hoy el reino de
Dios. En efecto, cuando Dios descendió con dos de sus
ángeles para investigar a Sodoma y Gomorra, antes de
destruirlas, dejó bien en claro que él discrimina entre el
justo y el impío. Angustiado por saber qué le pasaría a
su sobrino Lot y a su familia, Abraham le preguntó:
―¿Destruirás también al justo con el impío? ... Lejos de
ti hacer eso, que hagas morir al justo con el impío, y
que el justo sea tratado como el impío. Nunca hagas tal
cosa. El Juez de toda la tierra, ¿no hará lo que es
justo?‖ (Gén 18:23,25). En contradicción con estos
principios divinos, vemos al obispado católico durante
la historia medieval y aún del S. XX, destruyendo en
114
ocasiones pueblos enteros con la expresa declaración de
dejar que el Señor haga la diferencia después, en el
juicio final, acerca de quiénes fueron católicos y
quiénes no. Dos ejemplos notables de esta naturaleza,
de entre los muchos que la historia testifica, fueron el
de la cruzada papal contra los albigenses en el S. XIV,
y el de la destrucción de pueblos enteros en Croacia,
cuyos habitantes no pudieron presentar un documento
de bautismo católico. Esto último se dio, como vimos,
en pleno siglo S. XX.
Antes de destruir las dos antiguas ciudades de la llanura
en donde habitaban hijos suyos, Dios llevó a cabo un
juicio investigador en presencia de sus ángeles, y lo
comunicó a sus representantes legítimos en la tierra.
―¿Encubriré de Abrahán lo que voy a hacer...?‖,
preguntó el Señor (Gén 18:17). Antes de destruir a su
propio pueblo en el reino del norte de Israel, Dios
volvió a revelar a dos profetas suyos, Oseas y Amós,
los principios de su juicio. ―Nada‖ que sea de valor para
su pueblo ―hace Dios, el Señor, sin revelar su secreto a
sus siervos los profetas‖ (Am 3:7). Antes de destruir el
mundo le envía también un mensaje a través del
―remanente‖ fiel, que guarda los mandamientos de Dios
y la fe de Jesús sobre los que Dios hace basar su juicio
(Apoc 14:12; cf. 11:18-19). Ese mensaje final anuncia
―la hora del juicio‖ y la importancia que Dios asigna a
la verdadera adoración (Apoc 14:6,7), en
contraposición a una honra y veneración impostoras en
la tierra (Apoc 13:3-4,15; 14:9-11).
Dios no envía sus mensajeros al mundo para que se
adelanten en la ejecución literal de su juicio, sino para
anunciarlo (véase 1 Cor 4:3-5; Heb 4:12-13). Cuando la
maldad del hombre llega a un punto que rebasa la larga
y extraordinaria paciencia divina, es Dios mismo quien
se sienta en juicio con sus ángeles y pesa desde el cielo,
las obras de los hombres. ―Por cuanto el clamor contra
Sodoma y Gomorra aumenta más y más, y el pecado de
ellos se ha agravado en extremo‖, dijo Dios a Abrahán,
―iré a ver si han consumado su obra según el clamor
que ha venido hasta mí. Si no, lo sabré‖ (Gén 18:20-
21). Había una última oportunidad para esas dos
ciudades. Pero en el trato que dieron a los dos ángeles y
la incredulidad que manifestaron al último llamamiento
de Lot, sellaron su suerte (Gén 19).
Posteriormente la ciudad de Samaria, capital del reino
de las diez tribus del norte de Israel, llegó también a un
punto crucial en su historia de apostasía. Dios se sentó
en juicio y ―se descubrió la iniquidad de Efraín y las
maldades de Samaria‖. Sus habitantes no sabían que
Dios ―lleva[ba] memoria de toda su maldad. Ahora los
rodean sus obras, están ante mí‖, advirtió el Señor (Os
7:1-2). Posteriormente Dios volvió a revelar los
principios del juicio divino antes de destruir Jerusalén,
la capital del reino del sur, dejando en claro que ―la
justicia del justo no lo librará si él desobedece‖, ni ―la
impiedad del impío le será estorbo si se vuelve
(convierte) de su impiedad‖ (Eze 33:12).
De acuerdo al juicio divino, no se pueden acumular
méritos para compensar la falta cometida. La doctrina
bíblica del juicio investigador prueba que nadie puede
paliar su mal mediante obras buenas, como si el crimen
pudiese compensarse con buenas obras (véase Luc
17:9-10). De haberse tenido en cuenta un principio tal,
ningún sacerdote católico ni papa hubiera tratado de
compensar sus crímenes con actos esporádicos de
misericordia, un método que no implica necesariamente
un cambio de corazón, sino más bien un intento de
cubrir su maldad. Escobar, el capo de la droga, es
venerado en algunos lugares de Colombia hasta hoy por
sus extraordinarias obras sociales. Pero eso no lo libró
de sus crímenes ni siquiera ante un gobierno de
confesión católica. ¿Sería diferente para tantos prelados
católicos a quienes la Iglesia de Roma venera hasta
hoy, por obras de bien que le permiten pasar por alto
sus crímenes más horrendos?
En relación con el juicio final el profeta Daniel
escribió: ―El tribunal [celestial] se sentó en juicio, y los
libros fueron abiertos‖ (Dan 7:10). ―Y los muertos
fueron juzgados‖, aclaró Juan, ―según sus obras, por las
cosas que estaban escritas en los libros... Y cada uno
fue juzgado según sus obras‖ (Apoc 20:12-13). Como
resultado de ese juicio, el Señor de toda la creación
viene con su galardón, ―para dar a cada uno según su
obra‖ (Apoc 22:12). Son aprobados, o literalmente
―sellados‖, únicamente aquellos en quienes ―no se halló
engaño en sus bocas, porque son sin mancha‖ (Apoc
14:1,5; cf. 7:4). Esto se habrá debido no a una
acumulación de méritos personales, sino a que ―lavaron
sus ropas en la sangre del Cordero‖ (Apoc 7:14).
―Porque por tus palabras serás justificado‖, declaró
Jesús, ―y por tus palabras serás condenado‖ (Mat
12:27). ¿Cuándo? No inmediatamente después de
morir, sino ―en el día del juicio‖ (v. 26). Entonces ―los
que hicieron el bien resucitarán para vivir, pero los que
hicieron el mal, resucitarán para ser condenados‖ (Juan
5:29). Como resultado del juicio investigador, ―los
santos‖ reciben, además de la ―vida eterna‖ (Dan 12:2-
3), ―el reino eterno‖ (Mat 25:31-34; cf. Dan 7:22,26-
27).
-¿Papas y santos genocidas en la corte celestial?
Ante una visión tan solemne y sagrada del juicio divino
como la que ofrece la Biblia, ¿podemos confiar en el
juicio de un Magisterio papal y colegial romano que
abusó, maltrató y destruyó tantas vidas inocentes a lo
115
largo de los siglos, sólo porque los condenados no
quisieron obrar contra su conciencia, y estuvieron
dispuestos a morir antes que renunciar a su fe? (véase
Apoc 3:5). El ―Santo Padre‖ en la representación de los
papas medievales ordenó la ejecución de pueblos
enteros, y la ―Santa Sede‖ de Roma se convirtió a
mediados del S. XX en una guarida de criminales de
guerra a quienes el Vaticano otorgó documentos
falsificados para poder escapar de la justicia
internacional. ¿Puede alguien concebir que la corte
celestial vaya a ratificar tales juicios y fraudes
terrenales?
La Iglesia Católica presume que los mismos papas que
ordenaron la ejecución de tantos pueblos durante la
Edad Media, inclusive Pío XII que cobijó a tantos
genocidas que nunca se arrepintieron después de la
Segunda Guerra Mundial, están en la gloria y
comparten sus gracias y virtudes con los fieles aquí en
la tierra (Catecismo, 956, 2683). Si ellos condonaron el
genocidio contra los no católicos, y están impunemente
en la gloria en premio a su vida presuntamente santa y
piadosa, ¿de qué tendrían que arrepentirse los
gobernantes católicos que revelaron una pasión
semejante a la que tuvieron ellos en favor de su Iglesia?
¿Acaso no se confesaron ante tales obispos y papas para
poder participar de la hostia, comulgando con los que,
por decisión de la Iglesia, ya están beatificados y en la
gloria celestial?
En general, los dictadores católicos del S. XX
participaron de la hostia, algo que ningún católico tiene
derecho a hacer sin confesarse primero. Al absolver a
tales criminales en el acto de la confesión, el obispado
católico pretende que el juicio celestial pasa por él. Aún
así, esos criminales de guerra nunca admitieron
públicamente su falta, sino que por el contrario,
justificaron su genocidio y buscaron obstruir, con la
ayuda de la jerarquía más alta de la Iglesia, toda
investigación del mismo. ¿Es así que el papado romano
se toma la libertad de traficar, mediante un sacerdocio
impostor que recibe su autoridad del mismo papa, el
pase de todo pecador al reino celestial?
Según el pensamiento católico, en la corte celestial de
gloria están ya instalados, de alguna manera, todos los
papas y santos que murieron en lo pasado y fueron
declarados ―santos‖ por la Iglesia Romana (Catecismo,
1021-2,1029). En efecto, según el catecismo romano, su
misión en la gloria no se reduce única y exclusívamente
a alabar a Dios. Los santos glorificados interceden por
los católicos que todavía no murieron, y ofrecen los
méritos que les sobraron para que pasen menos tiempo
en el purgatorio (956, 1474-7). ¿Qué devoto católico
que llegase a la cima del poder en cualquier país de la
tierra, no trataría de hacer lo mismo que hicieron
aquellos que fueron tan grandemente premiados ya?
Criminales y genocidas del pasado, beatificados por la
Iglesia Madre, están mirando supuestamente desde el
cielo a los que buscan imitarlos desde la tierra.
Lógicamente, tales ―santos‖ en el cielo deben ponerse
contentos toda vez que sus ―hijos‖ terrenales castiguen,
torturen y destruyan la vida de los demás, como ellos lo
hicieron con los que expusieron la falta de
documentación bíblica de los dogmas papales.
La Iglesia Católica Romana rebaja el carácter solemne
y sagrado del juicio celestial por una representación
terrenal impostora de tal juicio. Un molde tal del juicio
divino hecho a la medida del hombre mortal y
pecaminoso, da libertad a los súbditos de la Iglesia,
reyes y dictadores, para establecer y destruir vidas a su
gusto. En virtud de tal visión sustentada y alimentada a
lo largo de tantos siglos de intolerancia y despotismo
papales, los ―hijos‖ de la madre iglesia se han sentido
libres de torturar, matar y destruir hasta pueblos
enteros, para ajustar a todo el mundo a un molde caído
sobre el que pretendieron que Cristo decidió construir
su Iglesia. Y para colmo de la desfachatez, ese
presuntamente rico legado de santidad le permite
balardonear blasfemamente que la Iglesia no erró ni
podrá errar jamás, ya que comparte con el Padre y el
Hijo la infalibilidad (Catecismo, 889-891, 2051).
Conclusión.
La Iglesia Católica Romana cree estar fundada y
edificada sobre Pedro, es decir, sobre la humanidad tan
débil, miserable y necesitada de redención como toda la
historia humana lo ha demostrado. Lejos de considerar
ese fundamento humano en su verdadera naturaleza
pecaminosa, el papado así como el Magisterio de la
Iglesia pretenden poseer la infalibilidad y la santidad
que le corresponden únicamente a Dios (Núm 23:19; 1
Sam 15:29; Heb 6:18; Apoc 15:4). Por tal razón exigen
también la impunidad, esto es, no ser juzgados por los
tribunales civiles, ya que en su razonamiento particular,
no corresponde que el cuerpo (autoridad civil) juzgue al
alma (autoridad eclesiástica). Sus mayores problemas
se dan cuando tienen que operar en gobiernos
protestantes que, en marcado contraste, parten de la
base de que todos son pecadores y, por consiguiente,
sujetos por igual a la ley civil. Según las convicciones
protestantes, nadie se vuelve santo por ocupar ningún
cargo público, sea éste político o eclesiástico. Por lo
tanto, nadie puede requerir impunidad tampoco.
La Biblia enseña que la verdadera Iglesia de Cristo no
fue, ni es, ni será edificada sobre ningún ser humano,
sino única y exclusívamente sobre el Hijo de Dios. La
tendencia a edificar sobre un fundamento humano pone
al hombre a la altura (o más bien bajeza) de la
116
naturaleza pecaminosa del hombre. Distrae la atención
del único ―autor y perfeccionador de la fe‖, que es
Cristo Jesús (Heb 12:2). Ningún papa, ningún ―santo‖
determinado como tal por la Iglesia Católica, ninguna
―virgen‖ está en el cielo intercediendo por los vivos,
porque los muertos no resucitarán antes de la venida del
Señor (1 Cor 15:23-24; 1 Tes 4:15-17). El único
modelo que nos ha sido dado es el del Hijo de Dios. ―Si
habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de
arriba‖, dijo Pablo, ―donde está Cristo sentado a la
diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no
en las de la tierra‖ (Col 3:1-2), no en ninguna presunta
―Santa Sede‖ terrenal ni en ningún presunto ―Santo
Padre‖ de este mundo (Mat 23:9; Juan 1:12-13; Apoc
15:4).
Todo aquel que quiera poner su confianza en una
Iglesia que presume estar fundada sobre un hombre
carnal como cualquiera de nosotros (Stgo 5:17), jamás
podrá elevarse por encima de las flaquezas humanas
que todos heredamos de Adán. Únicamente puede estar
seguro aquel que pone su confianza en el poder del
único ser que pasó invicto por este mundo contra el
pecado. Demasiadas pruebas de las pasiones bajas y
vergonzosas de tantos obispos y papas católicos nos ha
dado la historia para pretender que el Señor fundó la
Iglesia sobre tales hombres. La misión de la verdadera
iglesia del Señor no es la de elevarse a sí misma usando
como modelo a hombres falibles y pecadores que
pretenden poseer la perfección y la santidad. El único
ser que debe ser exaltado es el Hijo de Dios, único
modelo que nos ha sido dado para poder elevarnos de
nuestra miseria humana (1 Ped 2:21-22). Dios no nos
llamó para alardear ante el mundo una riqueza de
santidad humana en buenas obras, sino para exaltar las
riquezas incomparables de la justicia, misericordia y
gracia de Cristo, que salvan al pecador (Ef 1:7; 2:4-10;
3:8).
Si la Iglesia Católica quiere librarse de volver a cometer
nuevos crímenes y genocidios contra la humanidad,
debe dejar de edificarse a sí misma sobre fundamentos
humanos, esto es, dejar de mirarse a sí misma y mirar
únicamente al Hijo de Dios como única fuente de
salvación (Hech 4:12). Debe reconocer que por el
pecado de Adán fuimos ―vendidos al poder del pecado‖
(Rom 7:14; véase Gál 5:17), de tal manera que el
pecado está en nuestros ―miembros (Rom 7:23). La
humanidad no puede elevarse sobre sí misma porque,
por el pecado de su progenitor, fue ―hecha‖ o
―constituida‖ pecadora‖ (Rom 5:19).
Cerremos esta sección con algunas declaraciones
inspiradas acerca de la imposibilidad que tenemos,
como seres humanos, de edificar nuestra fe sobre
fundamentos humanos. En efecto, no podemos
remontarnos por nosotros mismos sobre nuestra
condición pecaminosa, porque ―el pecado es la herencia
de los hijos‖ (ChG, 475). ―Por naturaleza el corazón es
malo‖ (DTG, 143; véase Jer 17:9). Aunque hagamos
buenas obras, Jesús declaró que somos por naturaleza
―malos‖ (Mat 7:11). Esto quiere decir que no podemos
cambiar nuestra naturaleza ni cuando hacemos obras
buenas. ―Hay en su naturaleza [del hombre] una
inclinación al mal, una fuerza que, sin ayuda, no puede
resistir‖ (Ed, 29).
―Cristo no poseía la misma deslealtad pecaminosa,
corrupta y caída que nosotros poseemos, porque en ese
caso no podría ser una ofrenda perfecta‖ (3SM, 131).
―La perfección angélica fracasó en el cielo. La
perfección humana fracasó en el Edén, el paraíso de
felicidad. Todo el que desee seguridad ya sea en la
tierra como en el cielo, debe mirar al Cordero de Dios‖
(ST, 12-30-89, 4). ―Únicamente mediante los méritos de
Aquel que era igual con Dios podía restaurarse la raza
caída‖ (The Messenger, 04-26-93, 5). ―Ningún hombre
o ángel del cielo podría haber pagado la penalidad del
pecado. Jesús era el único que podía salvar la rebelión
del hombre. En él, la divinidad y la humanidad se
combinaron, y esto fue lo que dio eficiencia a la
ofrenda de la cruz del Calvario‖ (1 SM, 322).
―Después de la caída, Dios vio que el hombre no tenía
poder en sí mismo para guardarse de pecar, y se hizo
provisión para que pudiese recibir ayuda‖ (ST,
02,17,09, 9). ―La naturaleza pecaminosa del hombre es
débil, y está predispuesta a la transgresión de los
mandamientos de Dios. El hombre no tenía poder para
hacer las obras de Dios; ésa es la razón por la que
Cristo vino a nuestro mundo, para que pudiese
impartirle poder moral. No había poder ni en el cielo ni
en la tierra a no ser el poder de Cristo que pudiese
librar...‖ (14MR, 1094, 82). ―El Hijo de Dios vino a la
tierra porque vio que el poder moral del hombre es
débil‖ (YI, 12-28-99,2). ―Siendo que el hombre caído
no podía vencer a Satanás con su fuerza humana, Cristo
vino de las cortes reales del cielo para ayudarlo con su
fuerza humana y divina combinadas‖ (1SM, 279).
(Véase más citas en A. R. Treiyer, Los Cumplimientos
Gloriosos del Santuario, lección 1).
¿Queremos librarnos del pecado, del crimen y de toda
clase de homicidio y genocidio humanos? No nos
dejemos distraer por tantos presuntos ejemplos de
santidad que una Iglesia terrenal y corrupta, con tanto
alarde de infalibilidad, pone entre el Hijo de Dios y los
que buscan librarse del mal. Si queremos librarnos del
engaño no nos miremos ni a nosotros mismos (1 Cor
4:3; 2 Cor 4:5; Filip 3:13-14). Miremos únicamente al
Hijo de Dios (Juan 21:22). ―En ningún otro hay
salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo,
117
dado a los hombres, en que podamos ser salvos‖ (Hech
4:12). ―Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y
le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para que
en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que
están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la
gloria de Dios el Padre‖ (Filip 2:9-11).
XIV. La ostentación de santidad a la luz
del evangelio
La pretensión de santidad e infalibilidad hace arrogante,
falsa e hipócrita a la jerarquía romana. La profecía
decía que el papado se engrandecería a sí mismo (Dan
8:10,11), sería ―altivo de rostro‖ (v. 23), ―se
ensoberbecerá y se exaltará‖ (Dan 11:36), y hasta se
haría ―pasar por Dios‖ (2 Tes 2:4). Con su boca
hablaría ―grandes cosas‖, es decir, hablaría ―con gran
arrogancia‖ (Dan 7:8,11,20; Apoc 13:5-6). No de balde
Lutero, el gran reformador alemán, incluyó en el
―estercolero romano‖ a toda esa presunta riqueza de
santidad que ostenta la cúpula romana. ¿Por qué razón?
Porque los que se creen santos e infalibles, o se
presentan como tales ante los demás, si quieren que los
demás les crean tienen que buscar tapar por todos los
medios posibles la gran inmundicia que se esconde
detrás de tales pretensiones.
El siguiente paso es el homicidio (cf. Juan 8:44).
Cuando la arrogancia e hipocresía se desenmascara,
aparece el alma criminal que vuelca toda su furia contra
todo aquel que se atrevió a exponer su falsedad. Así
mandó el papado a la hoguera a cátaros, valdenses y
protestantes que se atrevieron a enrostrarle su carácter
presumido. Tanto Daniel como el vidente del
Apocalipsis destacaron igualmente sus cualidades
intolerantes y homicidas (Dan 7:25; 8:24; Apoc 13:7).
Así también fue crucificado el Señor, luego de
descubrir la inmundicia que se escondía detrás de tanto
alarde de justicia y santidad farisaica en los líderes de la
nación Judía.
―¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque
limpiáis el exterior del vaso y del plato; y por dentro
estáis llenos de robo y desenfreno. ¡Fariseo ciego!
¡Limpia primero el interior del vaso y del plato, para
que el exterior también quede limpio! ¡Ay de vosotros,
escribas y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a
sepulcros blanqueados, que de fuera se ven hermosos, y
por dentro están llenos de huesos de muertos y de
inmundicia. Así también vosotros, por fuera os mostráis
justos a los hombres, y por dentro estáis llenos de
hipocresía e iniquidad‖ (Mat 23:25-28).
a) Un enfoque torcido.
El problema que yace en la ostentación de santidad e
infalibilidad es que atrae la atención del mundo hacia el
hombre, en lugar de centrarla en Dios. Esto está en
clara contradicción con la esencia misma del evangelio.
Tanto Jesús como los apóstoles procuraron quitar la
atención de la gente sobre los fariseos, para ponerla en
la redención que Dios efectúa a través de su Hijo. El
apóstol Pablo fue, entre los apóstoles, quien más captó
el abismo que hay entre el evangelio de Jesús y el
farisaísmo que busca la ostentación propia, porque
había sido un celoso ―fariseo‖. Todo eso que antes de
su conversión al evangelio consideraba como
―ganancia‖, terminó considerándolo Pablo como
―pérdida‖ y ―basura‖ ante el conocimiento de Cristo
(Filip 3:5-9). ¿Por qué razón? Porque los que así obran,
buscan una ―justicia propia‖ (v. 9). Algo equivalente
experimentaría el gran reformador alemán en el S. XVI,
al descubrir el verdadero evangelio de Jesucristo.
Siendo que la humanidad tiende a venerar y honrar aún
a los hombres que Dios usa para proclamar el
evangelio, se vio al apóstol Pablo tratando también de
quitar la atención de la gente de sí mismo, para ponerla
en el Señor. ―Porque no nos predicamos a nosotros
mismos‖, declaró a los corintios, ―sino a Jesucristo el
Señor‖ (2 Cor 4:5). Aunque tuvo siempre en alta estima
el llamamiento divino de su apostolado, y no permitió
que rebajaran su ministerio mediante comparaciones
necias, terminó declarando, con toda sinceridad: ―Soy
menos que el menor de todos los santos‖ (Ef 3:8). A su
discípulo Timoteo le abrió también su alma diciéndole
lo que constituye la esencia de su evangelio. ―Cristo
Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los
cuales yo soy el primero‖ (1 Tim 1:15).
b) La fortaleza del creyente está en Dios.
Nadie llega a conocer realmente el poder de Dios hasta
que es puesto en una situación en la que percibe con
claridad sus propios límites, su propia incapacidad e
impotencia para obrar. Es entonces que mediante la fe
puede ver la obra divina, el brazo omnipotente de Dios
resolviendo lo que humanamente se es incapaz de
hacer. Si todo lo que Pablo o cualquiera de nosotros
hubiese hecho o haga, fuese el resultado de nuestra
propia sabiduría, capacidad o fortaleza, ¿qué lugar
quedaría para la fe? ¿Es la fe el producto de nuestra
voluntad e imaginación? Si alguna vez llegamos a esa
convicción, habremos dejado de ver la justicia de Dios
para resaltar nuestra propia justicia, y nuestra religión
se habrá transformado en una religión inútil, hecha a
nuestra propia imagen y semejanza.
118
¿Por qué dijo Pablo que a Dios le agradó salvar al
mundo ―por la locura [o necedad] de la predicación‖?
(1 Cor 1:21). Porque descubrió que lo único que como
ministros del evangelio podemos hacer es testificar,
pero somos por nosotros mismos impotentes para
convertir las almas. A menos que el Espíritu de Dios
obre, y reproduzca nuestra experiencia espiritual en los
que nos escuchan, nuestro testimonio se volverá
incomprensible, ineficiente, inútil y hasta ridículo (Juan
3:3-8). Por eso agregó el apóstol que ―lo necio del
mundo eligió Dios para avergonzar a los sabios; lo
débil del mundo eligió Dios, para avergonzar a lo
fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado eligió
Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es; para que
nadie se jacte en su presencia‖ (1 Cor 27-29). En este
contexto puede verse mejor también cuán ridículo es
pretender llamarse ―padre‖ en las cosas espirituales,
algo contra lo cual nos advirtió el Señor (Mat 23:11).
Porque los que son engendrados por el Espíritu de Dios
no nacen ―de sangre, ni por el impulso de la carne, ni
por deseo de varón, sino de Dios‖ (Juan 1:13).
Aún los milagros que Dios pueda hacer rebasando
nuestra capacidad, jamás podrán ser contados para
glorificarnos a nosotros mismos, so pena de volvernos
más necios todavía. Contrariamente a la teología de la
Iglesia popular, nadie se vuelve santo porque Dios haga
un milagro a través de él. Esto lo entendió claramente el
apóstol de los gentiles cuando contó su experiencia
personal con Dios. ―Para que la grandeza de las
revelaciones no me exalte desmedidamente‖, declaró a
los corintios, ―me fue dada una espina en mi carne, un
mensajero de Satanás que me abofetea, para que no me
enaltezca sobremanera. Tres veces rogué al Señor que
quite ese aguijón de mí. Y me dijo: ‗Bástate mi gracia,
porque mi poder se perfecciona en la debilidad‘. Por
eso, de buena gana me gloriaré más bien en mis
debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo.
Por eso, por causa de Cristo, me gozo en las
debilidades, en afrentas, en necesidades, en
persecuciones, en angustias. Porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte‖ (2 Cor 12:7-10).
c) Cómo obtener la santidad.
Ningún pecador que se esfuerce por hacer buenas obras
para ser santo va a lograr la santidad. Por el contrario,
ese esfuerzo conduce a la justicia propia, que hace nula
la justicia de Dios. ―Porque por las obras de la Ley
ninguno será justificado ante él‖ (Rom 3:20), ―sino por
la fe de Jesucristo‖ (Gál 2:16). ―Si Abraham fue
justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no
ante Dios‖ (Rom 4:2). Es el Señor quien nos justifica y
nos hace santos, y como resultado de la fe que ponemos
en él, podemos crecer en la santidad. Esto es lo que
expresó el apóstol Pablo cuando dijo que una vez que
hemos sido ―librados del pecado y hechos siervos de
Dios‖, tenemos como ―fruto la santificación, y como fin
la vida eterna‖ (Rom 6:22). ―De él [Dios] viene que
vosotros estéis en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por
Dios sabiduría, justificación, santificación y redención,
para que, como está escrito: ‗El que se gloría, gloríese
en el Señor‘‖ (1 Cor 1:30-31).
―Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis
sido justificados en el Nombre del Señor Jesús, y por el
Espíritu de nuestro Dios‖ (1 Cor 6:11). Por tal razón,
continuó el apóstol, ―el que se gloría, gloríese en el
Señor. Porque no es aprobado el que se alaba a sí
mismo, sino aquel a quien Dios alaba‖ (2 Cor 10:17-
18). ¿Dónde dice la Biblia que el que hace milagros es
santificado en el cielo? Todo hijo fiel de Dios, haya
hecho milagros o no en su vida terrenal, será
igualmente glorificado en el día del Señor (Filip 3:21).
Por lo tanto, no debemos preocuparnos en esta vida por
hacer milagros, o probar que se dieron en nuestro
ministerio, porque no es de esa manera que lograremos
la santificación o glorificación final.
En su preocupación porque la gente no ponga su mirada
en sí misma para obtener la santificación, el apóstol
declaró que ―ni aun yo me juzgo a mí mismo. Aunque
mi conciencia de nada me acusa, no por eso quedo
justificado. El que me juzga es el Señor‖ (1 Cor 4:3-4).
Con esto quiso manifestar su plena confianza en el
juicio divino. Al haber remitido sus pecados al Señor
por la fe en el pago que efectuó de su sangre, sabía el
apóstol que Dios mismo se haría cargo de defenderlo en
el día del juicio (Rom 8:31-34). Por consiguiente, su
alma no debía continuar atormentada por ver cómo
haría entonces para justificarse ante Dios. ―El justo
vivirá por la fe‖, fue su grito de victoria, una fe que se
aferra a las promesas de Dios y le permite caminar
seguro (Rom 1:17). ―Una cosa hago‖, volvió a decir a
los filipenses, ―olvido lo que queda atrás, me extiendo a
lo que está delante, y prosigo a la meta, al premio al
que Dios me ha llamado desde el cielo en Cristo Jesús‖
(Filip 3:13-14). Y mientras eso hacía, obtenía la
santificación.
d) Santidad en la verdad.
¿Puede un atleta superar su valla, si no ve claramente la
meta que se ha puesto? De igual manera, para poder
avanzar en la santidad, se requiere que conozcamos la
verdad, porque el error siempre detendrá el progreso, en
alguno u otro punto de la carrera cristiana. ―Guardaos‖,
advirtió el apóstol Pedro, ―para que no seáis arrastrados
por el error de los inicuos y caigáis de vuestra firmeza.
Antes creced en la gracia y en el conocimiento de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo‖ (2 Ped 3:17-18).
119
―Ninguna iglesia puede progresar en santidad si sus
miembros no buscan ardientemente la verdad como si
fuera un tesoro escondido‖ (CS, 576). El Señor
―sostiene ante nosotros el más alto ideal, el de la
perfección. Nos pide que nos manifestemos absoluta y
completamente a favor de él en este mundo, así como él
está siempre a favor nuestro en la presencia de Dios‖
(HA, 452). ―¡Gloriosa es la esperanza del creyente
mientras avanza por fe hacia las alturas de la perfección
cristiana!‖ (HA, 425).
―A nadie se le impide alcanzar, en su esfera, la
perfección de un carácter cristiano. Por el sacrificio de
Cristo, se ha hecho provisión para que los creyentes
reciban todas las cosas que pertenecen a la vida y a la
piedad. Dios nos invita a que alcancemos la norma de
perfección y pone como ejemplo delante de nosotros el
carácter de Cristo. En su humanidad, perfeccionada por
una vida de constante resistencia al mal, el Salvador
mostró que cooperando con la Divinidad los seres
humanos pueden alcanzar la perfección de carácter en
esta vida. Esta es la seguridad que nos da Dios de que
nosotros también podemos obtener una victoria
completa‖ (HA, 424).
e) El problema de la justicia propia.
Toda vez que la mirada se aparta del Señor, el esfuerzo
por hacer buenas obras será desviado a un intento de
presentar delante del mundo una fachada de santidad
que glorifica al hombre, pero que Dios no puede
aprobar. ―Guardaos de ejercer vuestros actos de justicia
ante los hombres‖, advirtió el Señor, ―para ser vistos
por ellos. De esa manera no tendréis merced de vuestro
Padre celestial. Así, cuando des limosna, no toques
trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las
sinagogas y en las calles, para ser honrados por los
hombres. Os aseguro que tienen su recompensa. Pero
cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace
tu derecha, para que tu limosna sea en secreto. Y tu
Padre que ve en secreto, te recompensará. Cuando ores,
no seas como los hipócritas, que gustan orar de pie en
las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser
vistos por los hombres. Os aseguro que ya tienen su
recompensa. Cuando tú ores, entra en tu aposento,
cierra tu puerta, y ora a tu Padre que está en secreto. Y
tu Padre que ve en secreto, te recompensará‖ (Mat 6:1-
6).
Los que se esfuerzan por demostrar santidad ante el
mundo caen en la trampa en la que cayeron los fariseos.
Jesús dijo de ellos que hacían ―todas sus obras para ser
vistos por los hombres‖ (Mat 23:5), ―porque amaban
más la gloria de los hombres que la gloria de Dios‖
(Juan 12:43). ―Aman los primeros asientos en los
banquetes, y las primeras sillas en las sinagogas,
quieren ser saludados en las plazas, y ser llamados rabí.
Pero vosotros, no queráis que os llamen... padre, porque
uno es vuestro Padre, el que está en el cielo‖ (Mat 23:6-
11).
En marcado contraste el Señor declaró: ―Gloria de los
hombres no recibo‖ (Juan 5:41). Y a los líderes que
buscaban rebajar el carácter sagrado de su misión les
reprochó: ―buscáis la gloria los unos de los otros‖ (v.
44). Para que sus discípulos no cayesen en la misma
necedad y desgracia les ordenó: ―el mayor entre
vosotros sea vuestro servidor. Porque el que se ensalza
será humillado, y el que se humilla será ensalzado‖
(Mat 23:12).
La justicia propia conducirá siempre a la jactancia o
glorificación personal. Pero en el plan de salvación,
Dios vio necesario hacer resaltar la justicia divina, no la
del hombre. Por eso insiste varias veces el apóstol
Pablo en que ―Dios puso [a Cristo] como medio de
perdón... para demostrar su justicia..., con el fin de
mostrar su justicia..., para ser a la vez el justo, y el que
justifica al que tiene fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la
jactancia?‖, pregunta seguidamente. ―Queda
eliminada... por la ley de la fe‖ (Rom 3:25-27).
Es cierto también que ―la fe sin obras es muerta‖, y que
la fe se perfecciona cuando actúa juntamente con las
obras (Sant 2:17-22). Pero todas esas obras ―hechas en
Dios‖ (Juan 3:21), nunca conducirán al hombre a
glorificarse a sí mismo, ni a alardear santidad. Por el
contrario, si esas obras son genuinas, llevarán a
glorificar al ―Padre que está en el cielo‖ (Mat 5:16).
Así, la santidad se la obtiene no buscando hacer buenas
obras, sino buscando a Cristo. Mientras ―contemplamos
como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo
transformados de gloria en gloria, a la misma imagen,
por el Señor‖ (2 Cor 3:18). En lugar de figurar nosotros
mismos, reluce cada vez más admirablemente la gloria
del Señor. ―Con Cristo estoy crucificado‖, declaró feliz
el apóstol Pablo, ―y ya no vivo yo, sino que Cristo vive
en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe
en el Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí
mismo por mí‖ (Gál 2:20).
f) ¿Quiénes están más cerca de la santidad?
El rey Saúl no tuvo todas las mujeres que tuvo David.
Pero David fue justificado porque se humilló ante el
Señor e imploró su perdón, mientras que Saúl fue
condenado por ensoberbecerse, y considerar demasiado
humillante hacer la voluntad de Dios (1 Sam 15:11,22-
23). ―Oh Dios‖, fue el clamor de David. ―El sacrificio
que tú aceptas es el espíritu quebrantado. Tú no
desprecias al corazón contrito y humillado‖ (Sal 51:17).
120
―El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y
salva a los contritos de espíritu‖ (Sal 34:18).
―Porque así dice el Excelso y Sublime‖, habló también
el profeta Isaías por boca de Dios. ―El que habita la
eternidad, y cuyo Nombre es Santo [dice]: ‗Yo habito
en la altura y en la santidad, y con el contrito y humilde
de espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y
dar vida al corazón de los contritos‖ (Isa 57:15). ―Mi
mano hizo todas las cosas, por eso existen—dice el
Señor—Y estimo al humilde y contrito de espíritu, que
se estremece ante mi Palabra‖ (Isa 66:2).
Algo semejante vemos en los evangelios. A los
orgullosos fariseos el Señor les aseguró ―que los
publicanos y las rameras van delante de vosotros al
reino de Dios‖ (Mat 21:31). No porque eran estafadores
o inmorales, sino porque al estar desposeídos de toda
justicia propia, podían apreciar mejor la justicia que
Dios ofrece al pecador. La oración del fariseo era:
―‗Dios, te doy gracias, que no soy como los demás
hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este
publicano. Ayuno dos veces a la semana, y doy el
diezmo de todo lo que gano‘. Pero el publicano
quedando lejos, ni quería alzar los ojos al cielo, sino
que golpeaba su pecho, diciendo: ‗Dios, ten compasión
de mí, que soy pecador‘. Os digo que éste descendió a
su casa justificado‖, declaró el Señor, ―pero el otro no.
Porque el que se enaltece será humillado; y el que se
humilla, será enaltecido‖ (Luc 18:11-14).
―Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos
ante los hombres. Pero Dios conoce vuestro corazón.
Lo que los hombres tienen por sublime, para Dios es
abominable‖ (Luc 16:15).
g) No es castigándonos como obtenemos la
santificación.
Cuando pretendemos que logramos la santidad
expurgando mediante autocastigos todos los presuntos
―residuos‖ de pecado que quedan en nuestros
miembros, y presumimos en consecuencia merecer el
reconocimiento divino mediante tal sufrimiento
forzado, podemos estar seguros de no haber logrado la
santidad. ―¿Con qué me presentaré al Señor, y adoraré
al excelso Dios?‖, pregunta Miqueas. ―¿Se agradará el
Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de
aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto
de mi seno por mi pecado? Oh hombre, el Señor te ha
declarado qué es lo bueno, y qué pide de ti. Sólo
practicar la justicia, amar la bondad y andar
humildemente con tu Dios‖ (Miq 6:6-8).
―¿Quién subirá al monte del Señor?‖, pregunta el
salmista. ―¿Quién estará en su Santuario? El limpio de
manos y puro de corazón, el que no eleva su alma a la
vanidad, ni jura con engaño. Este recibirá la bendición
del Señor, y la justicia de Dios, su Salvador‖ (Sal 24:3-
4). ―Todo el que tiene esta esperanza en él‖, declara el
apóstol, ―se purifica [no mediante la contemplación de
sus propias faltas y flagelaciones recetadas, sino
contemplando al Señor], así como él es puro‖ (1 Juan
3:3).
h) La misión de la Iglesia.
Nunca podrá la verdadera Iglesia de Cristo alardear
santidad ante el mundo. Si en algún momento de su
historia cree que ése es el camino para atraer a la gente
al mensaje que posee, caerá en la trampa en que cayó la
Iglesia Católica Romana desde que pasó a ser la iglesia
imperial. Tarde o temprano se descubrirá la flaqueza
humana en su interior, con toda su corrupción y miseria
de pecado (véase Apoc 18:1-3). ―Así que, el que piensa
estar firme, mire que no caiga‖ ( 1 Cor 10:12). ―Maldito
el que confía en el hombre, el que se apoya en la carne‖
(Jer 17:5).
¿Cuál es, entonces, la misión de la Iglesia del Señor?
Su misión consistirá siempre en llamar y exhortar a sus
miembros y al mundo a la santidad, levantando al Hijo
de Dios en su medio y delante de la humanidad. El es la
Roca, él es el Modelo, él es ―el camino, la verdad y la
vida. Nadie viene al Padre‖, dijo Jesús, ―sino por mí‖
(Juan 14:6). ―‗Y cuando yo sea levantado de la tierra, a
todos atraeré hacia mí‘. Esto dijo para dar a entender de
qué muerte había de morir‘‖ (Juan 12:31-32).
―Yo soy la vid, vosotros los pámpanos‖, volvió a decir
el Señor. ―El que permanece en mí, y yo en él, éste
lleva mucho fruto. Porque separados de mí, nada podéis
hacer‖ (Juan 15:5). En la medida en que la verdadera
Iglesia del Señor se esfuerza por exaltar al Señor en su
medio, sin jactancia alguna, sin mirarse a sí misma,
hará que el mundo y el universo entero capte la
diferencia que se da entre ―aquel que sirve a Dios, y el
que no le sirve‖ (Mal 3:18). ―Porque por gracia habéis
sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros,
sino que es el don de Dios. No por obras, para que
nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en
Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano
preparó para que anduviésemos en ellas‖ (Ef 2:10).
―Aunque existen males en la iglesia, y continuarán
existiendo hasta el fin del mundo, la iglesia en estos
últimos días debe ser la luz del mundo que está
contaminado y desmoralizado por el pecado. La iglesia,
debilitada y defectuosa, en necesidad de ser reprobada,
amonestada y aconsejada, es el único objeto en la tierra
sobre el cual Cristo otorga su suprema consideración.
El mundo es un taller de trabajo en el cual, mediante la
121
cooperación de las agencias humanas y divinas, Jesús
está haciendo experimentos por su gracia y misericordia
divina sobre los corazones humanos. Los ángeles se
asombran al contemplar la transformación de carácter
que se opera en aquellos que se rinden a Dios, y
expresan su gozo en cantos de alabanza arrobadora a
Dios y al Cordero‖ (TM, 49).
Conclusión.
¿Cambiará el Vaticano su nombre? ¿Dejará de llamarse
―Santa Sede‖, y su príncipe ―Papa‖ y ―Santo Padre‖,
―Su Santidad‖? Al comenzar el S. XX se nos aseguró
que ―la iglesia papal no abandonará nunca su pretensión
a la infalibilidad‖ (CS, 620). Por consiguiente, jamás
renunciará a sus pretensiones arrogantes, ni a todos sus
títulos blasfemos (Apoc 13:1; 17:3), incluido el de
―Vicario del Hijo de Dios‖. Esto implica que su
carácter déspota y opresor, que hoy permanece latente,
despertará otra vez en cuanto se le presente la
oportunidad.
Antes de los genocidios efectuados por los gobiernos
fascistas católicos a los que el papado alentó y apoyó
durante el S. XX, E. de White escribió: ―todo lo que ha
hecho al perseguir a los que rechazaban sus dogmas lo
da por santo y bueno; ¿y quién asegura que no volvería
a las andadas siempre que se le presentase la
oportunidad? Deróguense las medidas restrictivas
impuestas en la actualidad por los gobiernos civiles y
déjesele a Roma que recupere su antiguo poder y se
verán resucitar en el acto su tiranía y sus
persecuciones‖ (CS, 260).
Si esa ―Santa Sede‖ y ―Santo Padre‖ estuviesen
realmente cerca de Dios, rechazarían con horror que se
los llame así, que la gente se postre delante de ellos, le
besen los pies y les confiesen sus pecados (véase Hech
14:11-15; Apoc 19:10). En lugar de eso, la cúpula o
jerarquía romana no sólo acepta ese ceremonial tan
vergonzoso, sino que también lo requiere de los fieles.
―Curamos a Babilonia, y no sanó. Dejadla‖ (Jer 51:9),
es la orden del cielo.
Empero hay mucha gente sincera dentro de la Iglesia
Católica Romana y a quien Dios reconoce como su
pueblo. Es hacia esa gente que debe dirigirse el
mensaje: ―¡Salid de ella, pueblo mío, para que no
participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas!
Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y
Dios se acordó de sus maldades‖ (Apoc 18:4-5). Ese
pueblo de Dios que todavía está en Babilonia, la
confusión religiosa reinante de los últimos días, saldrá
del engaño ante este llamado final, para engrosar el
―remanente‖ que Dios se habrá escogido de ―toda
nación y tribu, lengua y pueblo‖ (Apoc 14:7; cf. 12:17).
A todos ellos el Señor los quiere en su gloria.
Una pregunta más. ¿En qué irá a parar todo ese alarde
blasfemo y arrogante de santidad que Dios anticipó del
anticristo romano? ¿Qué pasará al final con los que se
glorifican a sí mismos a la imagen y semejanza del
papado? Ya sea individualmente como corporalmente
(la Iglesia del mundo), todo lo que alardee santidad y
grandeza humana será abatido en el día del Señor.
―Entra en la peña, escóndete en el polvo, de la temible
presencia del Señor y del resplandor de su majestad. La
altivez de los ojos del hombre será abatida, la soberbia
de los hombres será humillada; y sólo el Señor será
exaltado en aquel día. Porque el día del Señor
Todopoderoso vendrá sobre todo soberbio y altivo, y
sobre todo ensalzado y serán abatidos... Sólo el Señor
será exaltado en aquel día‖ (Isa 2:11-12,17). ―Dejaos
del hombre, cuyo aliento está en su nariz, porque, ¿de
qué vale realmente?‖ (v. 22).
―Pero se sentará el tribunal en juicio, y le quitarán su
dominio, para que sea destruido por completo y para
siempre‖ (Dan 7:26). ―Sin mano humana será
quebrantado‖ (Dan 8:25). ―Pero llegará a su fin, y no
tendrá quien le ayude‖ (Dan 11:45). ―Entonces se
manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el
aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su
venida‖ (2 Tes 2:8). ―Y la bestia fue apresada, y con
ella el falso profeta... Los dos fueron lanzados vivos en
el lago de fuego que arde con azufre. Y los demás
fueron muertos con la espada que salía de la boca‖ del
Hijo de Dios (Apoc 19:20-21). En cuanto a su ciudad,
―la dejarán desolada y desnuda; devorarán su carne y la
quemarán a fuego‖ (Apoc 17:16; cf. v. 18). ―Babilonia
[Roma], esa gran ciudad, será derribada, y nunca jamás
será hallada‖ (Apoc 18:21).
XV. El lugar del S. XX en la historia
profética
Apenas comenzado el S. XX, E. de White exhortó a
buscar ―en la historia el cumplimiento de la profecía,
para estudiar las operaciones de la Providencia en los
grandes movimientos de reforma, y para comprender el
progreso de los eventos en el ordenamiento de las
naciones para el conflicto final de la gran controversia‖
(8 T 307, 1904). Antes ya, en las postrimerías del S.
XIX, había amonestado a esforzarse por presentar ante
el mundo el lugar en donde nos encontramos según las
profecías. ―Alcen la voz los centinelas ahora‖, fueron
sus palabras, ―y den el mensaje que es verdad presente
para este tiempo. Mostremos a la gente dónde estamos
122
en la historia profética (2 JT 323, 1889). Esto es lo que
hemos tratado de hacer al estudiar el papel del Vaticano
en los genocidios más monstruosos del S. XX.
Corresponde dar ahora, en grandes pantallazos, su
vínculo más directo con las profecías de la Biblia que
nos permitan percibir que toda esa historia criminal que
nos precedió reaparecerá otra vez en el corto tiempo
que nos queda del fin anunciado.
El ―tiempo del fin‖ que precede al fin mismo, fue
anunciado por el antiguo profeta Daniel, también por el
último apóstol con vida en el Apocalipsis, y aún por el
Hijo de Dios mismo. Ese tiempo estaría enmarcado en
contextos históricos bien definidos que no se
cumplieron antes de los S. XIX y XX. Entre ellos está
el avance espectacular de la ciencia y la rapidez de los
acontecimientos que no se limitan al crecimiento
notable en la comprensión de los mensajes proféticos
de la Biblia. Involucran también todo el desarrollo
científico humano (Dan 12:4). Habría ―guerras y
rumores de guerras‖ sin precedentes, pero sin que
precipitasen ya el fin del mundo (Mat 24:6), y sin que
rompiesen el equilibrio de poderes que se mantendría
en jaque hasta momentos antes de la venida del Señor
(Dan 11:40pp; Apoc 7:1-3).
1. Una confrontación político-religiosa.
El ―tiempo del fin‖ se iniciaría al concluir ―la gran
tribulación‖ medieval causada por el largo predominio
medieval de la religión católica romana, y se vería
confirmado por señales estelares bien definidas que
marcarían su comienzo (Mat 24:29; cf. v. 21; Apoc 6:9-
13; cf. 7:14). Ambos eventos, terrenales y estelares,
tuvieron lugar conjuntamente únicamente entre la
conclusión del S. XVIII y comienzos del XIX. Pero el
predominio de los poderes religiosos sobre los poderes
seculares volvería a darse al final, en un intento velado
de hacer retroceder el mundo a los cuadros de opresión
religiosa anterior (Dan 11:40úp-44; Apoc 13:3,12,15).
Este hecho marcaría el comienzo del fin mismo, al que
le sucederían las plagas finales del Apocalipsis y, por
último, la Segunda Venida en gloria y majestad del
Hijo de Dios para destruir a todos los poderes y reinos
de este mundo (Dan 11:45úp).
¿Cuándo comenzaría la confrontación religiosa-estatal,
secular-clerical, anunciada por estas profecías? Cuando
se levantasen gobiernos civiles que quitasen de sobre sí
el yugo que les había impuesto la Iglesia medieval, y
acabasen así con esa gran tribulación causada por el
papado contra todos los que habían rechazado su
autoridad (Dan 11:40pp.; Apoc 11:7-8; véase Dan
7:25; Apoc 6:9; 13:7-8). ―El rey del sur‖ mencionado
en Dan 11:40 es Egipto (v. 43), símbolo del
secularismo moderno que se opone a las demandas de
los poderes religiosos (véase Ex 5:2). ―El rey del norte‖
es Babilonia (Jer 46:6,10,13), símbolo de Roma y de
los poderes religiosos corruptos que se coligarían con
ella en el fin del mundo (Apoc 17-18). Daniel y Juan en
el Apocalipsis proyectan juntos esa confrontación entre
aquellas dos antiguas superpotencias mundiales—
Egipto y Babilonia—hacia ―el tiempo del fin‖.
La confrontación secular-religiosa produciría, en ―el
tiempo del fin‖, una era de libertad. Tal era sería
manchada por períodos de absoluto predominio de uno
u otro de los dos poderes contenciosos, que revelarían
su carácter cruel y despótico aquí y allí, en mayor o
menor intensidad, en los lugares donde cada uno
pudiese poner la planta del pié en forma absoluta y sin
competencias. Que ambos poderes serían intolerantes,
una vez logrados sus objetivos en forma suprema y
totalitaria, lo prueba el hecho de que los dos produjeron
los mayores genocidios de la historia en el S. XX. A
pesar de eso, no podrían ninguno de esos poderes
conseguir plenamente sus objetivos, porque los vientos
de las pasiones humanas que ellos desatasen serían
mantenidos bajo control, en jaque (Dan 11:40pp; Apoc
7:1-3). Como árbitro de todos los destinos, Dios
permitiría la confrontación de estos dos poderes impíos
y apóstatas para mantener la libertad, y facilitar la
predicación mundial de los tres mensajes angélicos que
anticipó en Apoc 14:6-12. Sólo cuando esos vientos
dejasen de ser retenidos por los ángeles de Dios,
podrían los poderes religiosos coaligados hacerse sentir
sobre los poderes seculares, desencadenando así la
persecución y destrucción finales más horrendas de este
mundo.
A fines del S. XIX escribía E. de White: ―Aunque ya
se levanta nación contra nación y reino contra reino, no
hay todavía conflagración general. Todavía los cuatro
vientos son retenidos hasta que los siervos de Dios sean
sellados en sus frentes. Entonces las potencias
ordenarán sus fuerzas para la última gran batalla‖ (JT,
II, 369). Ya a mediados de ese siglo adelantó la
profetiza del ―remanente‖ (Apoc 12:17; cf. 19:10), que
―en ese tiempo [de angustia previo] cuando se esté
terminando la obra de la salvación, vendrá aflicción
sobre la tierra, y las naciones se airarán, aunque serán
mantenidas en jaque para que no impidan la realización
de la obra [predicación] del tercer ángel [anunciado en
Apoc 14:9-11]‖ (PE, 85). Al comenzar el S. XX volvió
a decir: ―La Palabra de Dios ha dado advertencias
respecto a tan inminente peligro; descuide estos avisos
y el mundo protestante sabrá cuáles son los verdaderos
propósitos de Roma, pero ya será tarde para salir de la
trampa. Roma está aumentando sigilosamente su
poder… Está acumulando ocultamente sus fuerzas y sin
123
despertar sospechas para alcanzar sus propios fines y
para dar el golpe en su debido tiempo… Pronto
veremos y palparemos los propósitos del romanismo.
Cualquiera que crea u obedezca a la Palabra de Dios
incurrirá en oprobio y persecución‖ (CS, 683; cf. Apoc
12:17; 14:12).
Durante la Segunda Guerra Mundial especialmente, se
vio cómo se airaron las naciones e intentaron
conflagrarse con el propósito de imponerse sobre el
mundo, pero no pudieron ordenar sus fuerzas. Tanto
sacrificio de vidas terminó siendo para nada. El papado
y el comunismo [el rey del norte y el rey del sur en los
términos de Daniel: Dan 11:40), no pudieron lograr sus
macabros objetivos ni aún en los intentos definidos que
manifestaron luego de esa guerra. Pero el ateísmo
comunista cayó en el ocaso del siglo, y la autoridad del
papado se está restableciendo casi automáticamente en
todos los países que se abrieron al mundo occidental.
Es este el momento en que las fuerzas antagónicas
seculares-clericales están buscando un cauce común, y
este el momento en que finalmente, el cuadro final
profetizado en el Apocalipsis se consumará.
2. Una era de libertad política y religiosa.
Consideremos un poco más de cerca esa era de libertad
predicha para ―el tiempo del fin‖. El ―ghetto‖—según
los términos recientemente empleados por el cardenal
Ratzinger—o ―herida mortal‖ política—según los
términos antiguamente usados por el Apocalipsis
(13:3), que confinó al papado a una labor más
conventual que política durante todo el S. XIX,
permitió a los Adventistas ir a todo el mundo y predicar
con libertad su mensaje del fin en cada continente y
país de la tierra, sin las trabas tradicionales del
Medioevo. Gracias a ello, hoy estamos predicando el
último mensaje divino de condenación y misericordia
combinados, a un mundo que va hacia su bancarrota
(Apoc 14:6-12). Al anunciar el fin del mundo por toda
la tierra, vamos contra el sueño tan acariciado de tantas
religiones que pretenden que uniéndose, lo van a salvar.
Fue el descubrimiento de un nuevo continente (el
norteamericano), y los principios protestantes y
republicanos que adoptó la nueva nación, los que
acortaron también la persecución medieval (Mat 24:22).
Esos principios permitieron la libertad que tantos países
de la tierra disfrutan todavía, con gobiernos
democráticos que defienden los derechos del hombre, y
entre ellos, el de la libertad de culto (Apoc 12:16;
13:11). Cuando los países colonialistas de Europa
amenazaron con invadir nuevamente el continente
americano, el presidente Monroy de los EE.UU. les
advirtió en 1830 que todo el que tocase cualquier país
desde Norteamérica hasta Tierra del Fuego, iba a tener
que declararle la guerra primero a los EE.UU. Así, y
por influencias de toda naturaleza, esa nación se
transformó en el paladín de la libertad del Nuevo
Mundo, no sólo religiosa, sino también política.
Pero iban a tener que pasar muchos años hasta que ese
paladín de la libertad política y religiosa pudiese ejercer
su influencia a escala mundial, permitiendo,
expandiendo, salvaguardando y garantizando esa
libertad sobre toda la tierra. Durante todo el S. XIX los
EE.UU. estuvieron creciendo sin interferencias
significativas extranjeras. ―Subía‖ esa nación
mansamente como un cordero ―de la tierra‖, acogiendo
a los atribulados de diferentes países del mundo como
lo había estado haciendo durante la mayor parte de su
historia, dándoles libertad para vivir en paz, sin
dictadores ni reyes, sin papas déspotas ni iglesias
intolerantes.
Cuando surgieron sobre ese tumulto de naciones,
pueblos y razas que caracterizaron desde siempre a
Europa, gobiernos totalitarios comunistas y fascistas,
tales gobiernos lucharon por apoderarse del mundo con
el aval del minúsculo pero significativo Estado
Vaticano. Pero no pudieron prevalecer. Esto se debió a
la intervención protestante libertadora de los EE.UU.
Aún así, el papado romano, en conjunto con todas las
autoridades católicas de la mayoría de los países
europeos antes, durante y después de la Segunda Guerra
Mundial, intentaron reconstituir un renovado Sacro
Imperio Romano que destruyese el imperio comunista,
e impidiese que el gobierno protestante de los EE.UU.
tuviese injerencia en esos planes imperialísticos. Pero
tanto el imperio comunista ateo como el imperialismo
más solapado católico-fascista fracasaron, porque el
gobierno republicano y protestante norteamericano se
interpuso, dando lugar a la restauración de la
democracia liberal en Europa Central.
Contra el modelo ofrecido por el Vaticano de la
Dictadura de Franco en España, intolerante y
despiadada como lo fue, y contra las democracias tan
turbulentas y alteradas por las intervenciones militares
de los demás países católicos de Europa y
Latinoamérica, el gobierno republicano, protestante y
democrático de los EE.UU. jamás conoció dictaduras.
No hay gobierno sobre la tierra que haya gozado
durante tanto tiempo de gobiernos democráticos tan
estables que garanticen la libertad, sin necesidad de
recurrir a ninguno de los dos típicos totalitarismos—
comunismo y fascismo—al que recurrieron tantos
países de la tierra ateos y católicos durante el S. XX.
¡Da vergüenza sólo pensar que la Santa Sede hubiera
puesto la dictadura franquista española durante tanto
tiempo como ideal católico para el mundo,
despreciando el modelo protestante norteamericano tan
124
benigno como un cordero, y que lleva ya más de dos
siglos de existencia!
¿Qué fue lo que le dio a los EE.UU. esa estabilidad tan
larga y abarcante, a pesar de estar dirigidos por un
gobierno democrático y por principios de libertad que
el papado romano condenó hasta en los tiempos más
recientes? Su constitución, que hace a todo el mundo
igual ante la ley, sin impunidad ni para religiosos ni
para políticos, y que garantiza la libertad de conciencia
y de culto de todo ciudadano. Por otro lado, ¿qué puede
ofrecer al mundo el Vaticano, la Santa Sede, el Papado
Romano, la Iglesia Católica misma, ante tantos hechos
históricos que la vincularon siempre a regímenes
opresores corruptos, violentos, sanguinarios, homicidas
y genocidas? ¡Nada sino mentira e intolerancia
criminal!
Llama la atención que ya concluyendo el S. XX y
comenzando el S. XXI, el papado haya renovado una
lucha político-religiosa incansable y sin cuartel para
recuperar la primacía del mundo que cree pertenecerle.
Esto lo hace buscando reconocimientos de todo tipo,
apropiándose de los principios de libertad que la
condenaron desde hace dos siglos atrás para poder
seguir pretendiendo tener arrogantemente, la visión
moral que los demás gobiernos de la tierra no tienen,
vindicando su comportamiento presuntamente infalible
del pasado y pidiendo perdón por lo que sus fieles hijos
hicieron, canonizando a los papas que fueron
condenados por los derechos humanos y buscando
vindicarlos a toda costa. Todo esto, en medio de
escándalos morales y sexuales de lo más aberrantes que
la llevan tardíamente a ostentar medidas presuntamente
drásticas para salvar su fachada moral, pero sin ofrecer
soluciones de fondo consustanciales con la realidad del
problema.
Juan Pablo II ha insistido varias veces, desde que
asumió su pontificado, que no está de acuerdo con los
principios de libertad que se dan en los EE.UU. porque,
en su opinión reafirmada en el Nuevo Catecismo
Católico, no debe haber libertad para obrar mal. Su
concepto de mal tiene que ver con aspectos no
solamente morales, sino también religiosos, de manera
que por más palabras preciosas que diga, sigue negando
como los papas del S. XIX y de todo el Medioevo, la
libertad de conciencia garantizados en los Derechos del
Hombre. ¿Cómo hace el papa para justificar ese
desacuerdo con la mayor demostración de democracia y
libertad que conoció el mundo? Como en los viejos
tiempos, el papado está acusando hoy a los sistemas
democráticos de dar lugar a la inmoralidad y al
desenfreno modernos, sin reconocer que la causa de ese
desenfreno no se debe a la democracia y la libertad
presentes, sino a la pérdida de la fe que una vez
caracterizó al protestantismo norteamericano.
El freno que produce una religión como la Protestante
que enseña a sus fieles a someter su conciencia a la
Palabra de Dios, se está retirando de los EE.UU. por
una apostasía nacional sin precedentes en la historia de
ese país. Nadie parece percibir que no será mediante
controles estatales exagerados y dictatoriales que se
logrará restablecer el orden, sino por la labor del
Espíritu de Dios en las conciencias individuales en
armonía con Su Palabra. Por otro lado, la globalización
y emigración de pueblos con diferentes creencias
políticas y religiosas, hace que esos principios de
libertad por los que lucha el gobierno protestante
norteamericano se vean amenazados. Toda la
civilización occidental lograda a costa de tanto
derramamiento de sangre, parece a punto de
desmoronarse por la acción aparentemente
incontrolable del terrorismo internacional. El problema
no está, pues, en los principios de libertad y democracia
del gobierno norteamericano, sino en el socavamiento
de tales principios causado por la apostasía del
protestantismo que forjó este país, y por la
confrontación internacional de tantas corrientes
adversas y contradictorias que se dan en el ámbito
religioso y político.
3. La fragilidad de los regímenes democráticos.
El papado no logrará imponerse sobre el mundo en cada
punto que profesa, sino en unos pocos dogmas
significativos que hará resaltar con el concurso de las
demás iglesias cristianas tradicionales. Entre ellos
sobresale la imposición por ley de sus días festivos, en
especial del domingo, por los que ya está abogando en
forma especial, y en el que hace fundamentar su
autoridad. Al obligar a todo el mundo a respetar un
espacio de tiempo que pretende pertenecerle a una o
varias iglesias en conjunto, pasa por encima de la
libertad de los demás. Pero para el pontificado romano,
ese método es legítimo, el más propicio y efectivo para
hacer sentir su presencia y autoridad sobre todo el
mundo. El error que cometió el papado fue creer que
eso podía lograrlo mediante regímenes fascistas
militarizados. No sabían los papas del S. XX que en
esta época, debían esforzarse por obtener los mismos
resultados mediante regímenes democráticos, por más
molestia que éstos les causasen al ir contra su sistema
jerárquico y dictatorial tradicional.
Cornwell, el periodista inglés que escribió El Papa de
Hitler, la obra católica moderna más crítica contra la
infalibilidad papal tomando como referencia a los papas
de los S. XIX y XX, perdió su fe en el papado como
institución infalible y, en su lugar, se volvió un católico
125
liberal. Como tal cree que la fortaleza del catolicismo
romano debe ponerse sobre la base, esto es, sobre un
sistema democrático y pluralista, que permita al
catolicismo ejercer una obra para bien. Así, el régimen
comunista no fue vencido en Polonia mediante un
dictador, sino por el movimiento Solidaridad. Fue la
democracia nicaragüense la que derrocó también al
movimiento sandinista. Ejemplos semejantes podrían
traerse de otros países de mayoría católica en el centro-
este de Europa, que recientemente han logrado liberarse
también de los regímenes comunistas.
Lamentablemente, Cornwell parece ignorar la facilidad
con que pueden manejarse las masas con las nuevas
técnicas de manipulación pública. Tampoco percibe
este escritor hasta qué punto el Vaticano ha aprendido a
valerse de los medios de difusión para llevar a cabo sus
propósitos, sin alterar necesariamente las democracias,
ni la intolerancia déspota que ejerce en el orden
eclesiástico donde ostenta plenos poderes. Como se ha
destacado vez tras vez en años recientes, el Vaticano es
el único estado moderno en que los tres poderes, el
ejecutivo, el legislativo y el judicial, es ostentado en
forma absoluta por el papa. Y a pesar de tratarse de un
sistema dictatorial tan alevoso, ese príncipe de la Iglesia
pretende tener la visión moral que los demás países
democráticos deben seguir.
Antes que pretender defender hoy la democracia en los
países modernos, debería el Vaticano democratizarse a
sí mismo en la sede de la ciudad-estado-iglesia que
dirige su príncipe gobernante. En los países en donde
posee mayor influencia como en España y en varios
países de Latinoamérica, vemos al papa pretendiendo
apoyar la democracia y exigiendo transparencia política
a los gobernantes, pero requiriendo un trato
privilegiado para la Iglesia con impunidad para el clero.
Esas dos clases sociales, el clero y el laicado, no son
iguales ante la ley.
¿Por qué el papado no se opone más, en la forma al
menos, a los regímenes democráticos? Porque no puede
valerse más de dictadores para lograr sus objetivos, y al
mismo tiempo ha terminado descubriendo que le va
bien también recurriendo al apoyo logístico de las
masas. Es por eso que el fin del milenio vio al papa
Juan Pablo II buscando el apoyo popular de los países
católicos del tercer mundo, para exigir a los poderosos
de la tierra la condonación de la deuda externa a los
países más endeudados. A esta manifestación pública
de apoyo popular la llamó Globalización de la
Solidaridad. Ese término lo tomó prestado del partido
polaco que le dio la victoria a su iglesia en Polonia, en
su campaña para derrocar al gobierno comunista
totalitario. Pero lo que muchos no captan es que,
mediante recursos presuntamente democráticos, esto es,
mediante recursos demagógicos, se obtiene en la
práctica también gobiernos totalitarios que terminan
sacrificando las minorías.
Aún en los EE.UU., la representación católica con la
inmigración latina creció notablemente a través de los
años, lo que obliga a los candidatos presidenciales a
tener en consideración las demandas de la Iglesia de
Roma para poder ser elegidos. Poco a poco, el país de
la libertad religiosa está siendo llevado a adoptar un
sistema equivalente al de mutuo cortejo y honra clero-
gubernamental, impuesto durante todo el Medioevo
según se vio en la historia y se lo anticipó en Dan
11:39: ―colmará de honores a quienes lo reconozcan‖.
Ese modelo de autoridad llevará también a los EE.UU.,
la única superpotencia del fin mencionada en la
profecía apocalíptica, a terminar hablando como dragón
sin dejar de mantener su forma de cordero (Apoc
13:11ss). Y lo que es peor, la profecía no dice que ese
ensalzamiento al papado le va a ser necesariamente
retribuido. Lo que la Palabra de Dios dice es que el
gobierno protestante norteamericano entrará dentro del
circuito de mutua honra con las autoridades civiles,
elevando así ante el mundo, una imagen del papado
(Apoc 13:11-18). Pero no dice ni niega que el papado
va a retribuirle consecuentemente el ensalzamiento y
reconocimiento que le prodigue la América Protestante.
Anticipando en más de un siglo lo que está ocurriendo
ahora, E. de White, la profetiza del ―remanente‖,
declaró lo siguiente. ―La Palabra de Dios ha dado una
advertencia sobre el conflicto inminente; descuide el
mundo Protestante esa amonestación y descubrirá
cuáles son los verdaderos propósitos de Roma, sólo
cuando será demasiado tarde para escapar de la trampa‖
(GC, 581 [1911]). Desde la Segunda Guerra Mundial,
se ha visto al papado usando al gobierno republicano y
protestante de los EE.UU. para cumplir con sus propios
objetivos, pero causándole deshonra y desprestigio en
Vietnam y en otros lugares, en un claro esfuerzo del
Vaticano por marcar lo más definidamente posible sus
diferencias con el gobierno norteamericano.
¿Qué conseguirá el gobierno norteamericano con su
insistencia en contar con el aval del Vaticano, dado el
amplio margen de influencia política y religiosa que el
papado ejerce sobre el mundo? Nada. Antes bien, su
propia ruina y condenación por no haber prestado
atención ni a la historia, ni a las advertencias de la
Palabra de Dios. De allí que se lo denomina ―Falso
Profeta‖ (Apoc 16:13; 19:20). Pretende llevar el
símbolo del reino de Dios (cordero: Apoc 13:11), pero
termina participando del mismo espíritu del dragón que
había dado autoridad a la bestia. Así como el dragón (la
Roma imperial), dio autoridad al anticristo romano en
el S. VI (Apoc 13:2-4), así también los EE.UU.
126
terminarán restableciendo la autoridad política del
papado, ya no sólo sobre el Vaticano como lo hizo
Mussolini, sino sobre todo el mundo (Apoc 13:12,14).
Su método coercitivo por excelencia para lograr tales
fines será el boicot económico (Apoc 13:16-17). Ese
método lo ha estado empleando ya, desde hace unos
pocos años y con éxito, para con muchos regímenes que
logró en su mayor parte hacer caer de esa manera
(Haití, Nicaragua, la Unión Soviética, Cuba).
- El papel final de la última superpotencia.
Veamos más en detalle el papel que ejercerá la única
superpotencia que queda en el mundo. El gobierno
protestante y republicano de los EE.UU., según la
descripción profética esbozada para el fin, ―engaña
[seduce] a los habitantes de la tierra... diciéndoles que
hagan una imagen del [anticristo romano]‖ (Apoc
13:14). Un gobierno autoritario, por regla general, no
necesita engañar o seducir a nadie para que el pueblo
haga lo que ese gobierno quiere que haga. ―Aquí se
presenta [pues], en forma clara, una forma de gobierno
en la que el poder legislativo descansa en el pueblo‖
(GC, 443). ―Aún en la libre América, los gobernantes y
legisladores buscarán asegurarse el favor público
cediendo a las demandas populares de una ley que
requiera la imposición de la observancia del domingo‖
(GC, 592). De esta manera, renunciarán a sus principios
constitucionales que exigen separación de Iglesia y
Estado, y se volverán intolerantes para con los que no
participen de ese dogma religioso.
Así como el dragón (el diablo a través del imperio
romano) dio su autoridad a la bestia (el poder político-
religioso del papado), para ser homenajeado a través de
ella, así también el gobierno protestante de los EE.UU.
terminará dando autoridad al papado, presumiendo
recibir en retribución un reconocimiento consecuente
del papado. Esa es la ley del mundo. Se comercia con el
honor. Se da reconocimientos y alabanzas a condición
de recibirlos de vuelta. Pero para los que quieran
mantenerse fieles a la Palabra de Dios, un compromiso
con el mundo que niegue la ley divina implicará
automáticamente la negación de la autoridad divina
sobre ellos, y la pérdida definitiva de la aprobación del
Cielo (Apoc 3:5; 12:17; 14:12).
Es a través de su influencia en el viejo mundo (Europa),
y a través de la Protestante y Republicana Norteamérica
a la que logrará arrastrar a su esfera de influencia, como
logró hacerlo en parte en Vietnam, que Babilonia (la
iglesia corrupta de Roma) logrará imponer sus dogmas
más preciados sobre el mundo. No sólo la bestia
semejante a un Cordero (la América Protestante), sino
también la bestia blasfema (el papado romano),
impondrá su voluntad sobre todo el mundo (Apoc
13:12; Apoc 17:1-6). ―Babilonia hará que todas las
naciones beban el vino del furor de su fornicación
[unión ilícita de la iglesia con los gobernantes de la
tierra , que el papado logra mediante la imposición
legal de sus falsas doctrinas]. Toda nación se verá
envuelta... (Apoc 18:3-7; 17:13-14). Habrá un vínculo
de unión universal, una gran armonía, una
confederación de fuerzas de Satanás. ‗Y entregarán su
poder y su autoridad a la bestia [el anticristo romano]
(3MS 447-448 (1891).
4. ¿Cuándo se restauró la herida mortal del
papado?
Durante muchos siglos hubo tiranteces entre las
monarquías europeas y el papado, como suele darse en
muchos matrimonios después que pasan los primeros
romances. Hubo papas que debieron huir de Roma y se
nombraron otros en su lugar. Pero en todas estas
confrontaciones nunca se trató de destruir la institución
misma del papado, sino de reformarla. La lucha se dio
como en muchos hogares modernos, en torno a quién
debía ser la cabeza, si la monarquía o el papado, si la
autoridad civil o la autoridad religiosa. El problema real
era que la Madre Iglesia quería ser al mismo tiempo
Padre espiritual en la figura de los pontífices y
sacerdotes romanos, copando todo espacio a los
poderes civiles.
En 1798 el papado recibió un golpe que no tuvo como
propósito reformarlo, sino destruirlo. Provino del
gobierno secular y ateo francés. Fue un golpe mortal a
toda ambición política del papado. Se dio una ruptura,
un divorcio en el que la autoridad secular decidió
deshacerse para siempre de esa relación carnal con la
autoridad papal (Dan 11:40pp; Apoc 11:7-8). Desde
entonces el papado perdió todo ascendiente sobre las
naciones, y hasta el dominio sobre Roma. Sus
propiedades le fueron quitadas y la única alternativa
que le quedó fue refugiarse en los edificios centrales
que le quedaban en el Vaticano.
¿Cuándo se restauró la autoridad política del papado?
Más de un siglo después, cuando otro poder secular, el
que ostentaba Mussolini en Italia, terminó
reconociéndolo como la autoridad religiosa y moral de
Italia, y concediéndole plena hegemonía sobre el
Vaticano. Una cifra enorme le pagó, además, por
renunciar al resto de la ciudad de Roma, y a grandes
extensiones de territorio sobre las que gobernaba ya
desde hacía mucho tiempo el gobierno civil romano.
Fue entonces que se reveló en el acto su carácter cruel y
despótico en la guerra expansionista de Mussolini a
Etiopía. Hizo además, a partir de allí, concordatos con
todo gobierno clero-fascista y pro-católico que se
levantaba. Pensó que había llegado el momento de
127
recuperar el dominio perdido del mundo y, mejor aún,
conquistar fronteras más lejanas mediante esos mismos
poderes guerreros con quienes pactaba.
Pero la hora del papado no había llegado todavía. Por
más que procuró por todos los medios impedir la
injerencia e influencia protestante norteamericana en
medio del viejo continente europeo, ese poder le
destruyó casi todos los gobiernos autoritarios sobre los
cuales había basado sus aspiraciones de predominio
mundial. No pudo quejarse demasiado tampoco, porque
aunque el protestantismo norteamericano e inglés no le
permitió lograr el predominio mundial al que aspiraba
entonces, le salvó la vida de sucumbir de nuevo bajo el
ateísmo revolucionario, ahora comunista y ruso que
también luchaba por expandir sus dominios sobre el
mundo entero.
En 1911, E. de White predijo esos intentos papales que
se darían durante el S. XX para reganar el control del
mundo mediante un golpe decisivo y violento. ―La
Iglesia de Roma hace planes y usa modos de operación
de largo alcance. Está empleando toda estratagema
posible para extender su influencia e incrementar su
poder mientras se prepara para un conflicto feroz y
determinante para reganar el control del mundo,
restablecer la persecución, y deshacer todo lo que el
Protestantismo ha hecho‖ (GC, 565-566). Lo que el
papado intentó hacer mediante los gobiernos fascistas y
clero-fascistas del S. XX sin poder culminar sus
objetivos, lo está por lograr ahora en el S. XXI
mediante una confederación de iglesias que reclaman la
recuperación del alma para Europa y para el mundo.
5. El reclamo del alma [soplo de vida] para Europa y
el mundo.
Un muerto no reclama un soplo de vida. Sólo un vivo
que respira con dificultad puede requerir un soplo que
le permita respirar mejor, a sus anchas. El papado ya se
recuperó de su herida mortal en 1929 mediante la
restitución del Vaticano por iniciativa del gobierno
secular de Mussolini. Pero se siente molesto por los
límites que muchos gobiernos le imponen sobre la
mayoría de los países de la tierra. ¿En qué consiste,
pues, el reclamo que el Vaticano está elevando hoy al
parlamento europeo de no desconsiderar el alma
tradicional de Europa? En el mismo reclamo que hizo
durante todo el Medioevo basado en la filosofía de
Tomás de Aquino, de considerar que el poder civil es el
cuerpo, y que no puede existir ese cuerpo sin el alma
del poder religioso. Lo más llamativo es que las Iglesias
Evangélicas y Protestantes hayan entrado también en la
misma órbita de la que se habían salido hace más de
dos siglos atrás. Junto con la Iglesia Católica están
también las Iglesias Ortodoxas que ahora pasan a
formar parte del otro pulmón religioso unido que debe
mover a Europa, según el papado.
La astucia del Vaticano es llamativa. Se ha apropiado
de todas las proclamas de libertad y derechos del
hombre que conformaron a Europa y al mundo
occidental, pretendiendo que esas proclamas son una
herencia de las tradiciones religiosas medievales de
Europa. Desconsidera sin vergüenza alguna el hecho de
que esos derechos del hombre los antepusieron las
corrientes libertadoras protestantes y seculares a todas
las pretensiones papales y monárquicas de la Edad
Media. Esa libertad y derechos del hombre, por
consiguiente, no le pertenecen al papado en absoluto,
sino que lo condenan. Y por si fuera poco, la Santa
Sede reinterpreta esas libertades y derechos del hombre
establecidos al concluir el S. XVIII por las corrientes
revolucionarias, de tal manera que se conformen a los
principios medievales que siempre sostuvo la Iglesia de
Roma.
Es un atrevimiento del secularismo ignorar a Dios y a
las Iglesias, según el pensar papal que ha logrado hacer
mella en el pensamiento religioso en general.
Argumenta el papa que Europa no es ni puede ser un
arreglo únicamente político y económico. Sin el alma
querida y ordenada por Dios no podrá ir a ninguna
parte. Para ello deben reconocerse las tradiciones
cristianas (que el Vaticano sobreentiende como
católicas y a las que se adhieren las demás iglesias en
tanto que acepten sus dogmas fundamentales). ¿Dónde?
En la Constitución Europea y, finalmente por su
influencia, en la Constitución de la Tierra por la cual se
está trabajando también desde hace poco más de diez
años.
Cuando las Iglesias pretenden rebasar su esfera de
acción espiritual y comienzan a exigir reconocimientos
estatales y constitucionales, es porque han perdido el
rumbo claramente delineado por el Señor como siendo
definidamente religioso, no político. Entran dentro del
típico homenaje mutuo requerido por las autoridades de
este mundo, según lo advirtió el Señor, que ponen a un
lado el reconocimiento y la alabanza de Dios por una
mutua exaltación terrenal de poderes. Esto se hace a
expensas de la Palabra de Dios, de la verdad divina
(Juan 5:41-47; Apoc 13:4; cf. Dan 11:32,39). ¿Por qué
razón? Porque quieren lograr imponer sus dogmas por
la fuerza de la ley, algo que sólo debe lograrse por el
poder convertidor del Espíritu de Dios. Y como han
perdido ese poder espiritual, creen que pueden y está en
su derecho lograr lo mismo mediante recursos externos,
temporales.
Lo único que la Iglesia Cristiana y cualquier religión
debe pedir a la autoridad política es libertad para
128
predicar y vivir de acuerdo a la conciencia de cada cual,
pero no libertad para imponer sus dogmas (días de
fiesta más específicamente), inclusive sobre quienes no
crean en ellos. Esos principios de libertad y de derechos
del hombre por los que aboga el papado ahora y las
demás iglesias que lo secundan son, pues, un atentado
desvergonzado contra los derechos y libertades más
fundamentales del hombre. Dios no impide al hombre
rechazarlo, ni retira su sol ni su agua sobre aquellos que
lo rechazan (Mat 5:45-47; Jn 8:32,34,36). Los
pretendidos principios de libertad por los que abogan
los presuntos papas más liberales de la época moderna
son un atentado flagrante contra la libertad de
conciencia y culto por la que abogaron Lutero y el
Protestantismo hace medio milenio atrás. Los
Protestantes que se dejan arrastrar por el papado en la
búsqueda de tales reclamos políticos, han perdido la
visión del verdadero cristianismo, y de los mismos
fundamentos por los que el Protestantismo original se
liberó de la Iglesia Romana en tiempos pasados.
6. El soplo esperado del protestantismo
norteamericano.
El poder secular permitió la restauración del poder
político del papado romano, según ya vimos, en 1929.
Desde entonces el Vaticano intentó imponerse sobre
toda Europa, a expensas del concurso protestante
norteamericano e inglés. Aunque cortejó esos poderes
protestantes para librarse de caer nuevamente bajo el
golpe mortal del ateísmo, quiso levantar un imperio
mundial europeo, un Sacro Imperio Romano restituido,
que gobernase el mundo sin la interferencia protestante.
Pero la profecía indicaba que la extensión de su poderío
sobre el mundo entero no podría hacerse efectiva sin el
soplo de vida que le daría al final, el protestantismo
norteamericano.
Teniendo en cuenta las profecías bíblicas, más
definidamente del Apocalipsis, los Adventistas del
Séptimo Día han estado advirtiendo al mundo, desde
mediados del S. XIX, que cuando los principios
católico-romanos se impusiesen por ley en los EE.UU.
—más definidamente el día de culto religioso cuya
única autoridad descansa sobre el papado romano—
entonces el papado habrá logrado el mayor triunfo de su
historia, y su influencia se hará ejercer inmediatamente
sobre toda la tierra. ―Y hacía que la tierra y sus
habitantes adorasen a la primera bestia (el anticristo
romano), cuya herida mortal fue sanada‖ (Apoc 13:12).
Hace ya un siglo, anticipándose a lo que estamos
viendo venir, escribió E. de White lo siguiente. ―En este
homenaje al papado [la imposición por ley del día de
culto papal que Roma ostenta como símbolo de su
supremacía] los EE.UU. no estarán solos. La influencia
de Roma en los países que una vez reconocieron su
dominio está aún lejos de ser destruida... Hasta el
mismo tiempo final llevará hacia delante su obra de
engaño. Y el revelador declara, también refiriéndose al
papado: ‗Todos los habitantes de la tierra lo adorarán,
cuyos nombres no están escritos en el Libro de la Vida‖
(Apoc 13:8). ―Su herida mortal fue sanada, y toda la
tierra se maravilló, y siguió a la bestia [anticristo
romano]‖ (Apoc 13:3). ―Tanto en el viejo como en el
nuevo mundo, el papado recibirá homenaje en el honor
que se le dé a la institución del domingo, que descansa
únicamente sobre la autoridad de la Iglesia Romana‖
(GC, 579).
Esta predicción se está cumpliendo notablemente ahora,
luego que el comunismo ateo de la Unión Soviética se
desintegró al final del S. XX. Las naciones católicas
que habían caído bajo el yugo comunista al concluir la
Segunda Guerra Mundial, reaparecen repentinamente
ostentando su identificación con la Iglesia Católica en
un porcentaje a veces notablemente incrementado. Los
sueños que los papas de la primera mitad del S. XX
tuvieron de destruir el comunismo para levantar un
imperio europeo procatólico con gobiernos fascistas,
los está logrando ahora al comenzar el S. XXI. Todo
esto, gracias a haber logrado hacer caer a la Unión
Soviética mediante un pacto secreto que hizo el papa
Juan Pablo II con el gobierno norteamericano de
Reagan, al concluir la década de los 80.
―La Palabra de Dios ha dado advertencias respecto a tan
inminente peligro; descuide estos avisos y el mundo
protestante sabrá cuáles son los verdaderos propósitos
de Roma, pero ya será tarde para salir de la trampa.
Roma... está acumulando ocultamente sus fuerzas y sin
despertar sospechas para alcanzar sus propios fines y
para dar el golpe en su debido tiempo. Todo lo que
Roma desea es asegurarse alguna ventaja, y ésta ya le
ha sido concedida. Pronto veremos y palparemos los
propósitos del romanismo. Cualquiera que crea u
obedezca la Palabra de Dios incurrirá en persecución‖
(CS, 638).
7. La crisis final.
No es mediante imposiciones constitucionales o legales
que se logra convertir al mundo. Aunque se logre
momentáneamente cierta paz y armonía forzada como
la que se dio bajo el régimen fascista de Franco en
España, tal fachada de libertad no dura mucho, como
tampoco dura mucho una tapa sobre una olla con agua a
la que se ha puesto fuego debajo. Para que la armonía y
la paz reinen supremas, se requiere una conversión
voluntaria del interior, efectiva únicamente mediante la
intervención del Espíritu Santo. Por esta razón, el Señor
129
vendrá no para llevarse todo el mundo al cielo, sino
para salvar a un remanente que habrá revelado tal
conversión. En la ciudad de Dios ―no entrará ninguna
cosa impura, ni quien cometa abominación o mentira,
sino sólo los que están escritos en el Libro de la Vida
del Cordero‖ (Apoc 21:27).
Una Europa confesional es lo que busca el papado, y
luego un mundo igualmente confesional. ¿Será
demasiado pedir o soñar? Pero, ¿cuál será el resultado?
La imposición de normas religiosas a una generación
corrupta provocará al final, las escenas de violencia
más grandes conocidas en la historia de la humanidad.
Esto se dará cuando los ángeles suelten los vientos que
tienen sujetos de las pasiones humanas (Apoc 7:1-3).
Los poderes en contención se soltarán. ¿Qué poder
podrá sujetar a tantos millones que pasarán a ser
poseídos por los mismos demonios, los ángeles caídos
que se rebelaron con Lucifer contra Dios en el cielo, y
que fueron confinados a este mundo por elección
humana, hasta su destrucción final? (Jud 6).
Llama la atención que E. de White presentase como
―ilustración‖ muchas escenas que tomó del Medioevo
para señalar lo que volvería a tener lugar en el fin del
mundo. Si no tomó las escenas que se produjeron
durante y después de la Segunda Guerra Mundiales
mediante gobiernos clero-fascistas, es porque no vivió
para contarlas. Pero nuestro análisis de tales hechos
aberrantes y deplorables nos muestra que Dios los
permitió en un compás de espera de sujeción de vientos
violentos, para que pudiésemos entender la naturaleza
de los eventos finales que sin duda alguna, se desatarán
pronto en el S. XXI. ¿Qué fue lo que terminó
produciendo la represión exterior y político-religiosa
clero-fascista del S. XX? Guerra civil, violencia y
genocidio por doquiera. Cuando no se resuelven los
problemas básicos e inherentes al ser humano, lo único
que logran las medidas gubernamentales es detener una
presión que, al explotar, se vuelve incontrolable. Habrá
una explosión final que conducirá al fin mismo del
mundo.
―Los protestantes volcarán toda su influencia y su poder
del lado del papado; mediante un decreto nacional que
imponga el falso día de reposo, darán vida y vigor a la
corrompida fe de Roma, reviviendo su tiranía y
opresión de las conciencias‖ (Mar 177, 1893). ―El
llamado mundo protestante formará una coalición con
el hombre de pecado, y la iglesia y el mundo estarán en
corrupta armonía‖ (7CBA 986, 1981). ―Cuando se haya
logrado esto, en el esfuerzo para asegurar completa
uniformidad, sólo faltará un paso para apelar a la
fuerza‖ (CS, 498, 1911). ―Habrá un vínculo de unión
universal, una gran armonía, una confederación de
fuerzas de Satanás. ‗Y entregarán su poder y su
autoridad a la bestia‘‖ (2MS, 447-448, 1891). ―Todo el
mundo cristiano estará involucrado en el gran conflicto
final entre la fe y la incredulidad‖ (RH, Feb 7, 1983).
―Toda la cristiandad quedará dividida en dos grandes
categorías: la de los que guardan los mandamientos de
Dios y la fe de Jesús, y la de los que adoran la bestia y
su imagen y reciben su marca‖ (CS, 503, 1911; cf.
Apoc 12:17; 14:12).
La historia de un milenio y medio prueba notablemente
el cumplimiento de la profecía bíblica con respecto al
papel que cumpliría el papado romano. Sería el fruto de
la ―rebelión‖ (Dan 8:12) o ―apostasía‖ (2 Tes 2:3) del
cristianismo que se manifestó cuando se unió con el
mundo pagano en el S. IV de nuestra era, más
específicamente, en la época del emperador
Constantino. El levantamiento del papado fue lento
pero gradual, ―de pequeños comienzos‖ (Dan 7:8),
hasta lograr imponerse sobre toda la cristiandad
universal (católica) dos siglos más tarde, una vez que
cayeron los césares de Roma (2 Tes 2:5-8). Según el
profeta, se engrandecería a sí mismo y hasta por encima
del Príncipe del Ejército, el Hijo de Dios mismo,
pretendiendo ser su vicario (Dan 8:11: ―tomará de él el
continuo‖ ministerio sacerdotal intercesor del Príncipe,
Cristo Jesús). Daniel lo presenta como ―un rey altivo de
rostro, maestro en intrigas‖ (Dan 8:23), que ―hará a su
voluntad, se ensoberbecerá y se exaltará sobre todo
dios, en forma blasfema contra el único Dios verdadero
(Dan 11:36). Anunció que ―su poder se fortalecerá,
pero no con su propia fuerza. Causará grandes
destrucciones y prosperará. Y destruirá a los fuertes y al
pueblo de los santos. Con su sagacidad hará prosperar
el engaño en su mano. Se considerará superior, y por
sorpresa destruirá a muchos‖ (Dan 8:24-25).
Tanto Daniel como el apóstol Pablo anticiparon
también el celibato católico (Dan 11:37; 1 Tim 4:3).
¡Cómo destacan las profecías la mentira y el engaño de
ese poder apóstata que se levantaría en medio de la
cristiandad! (1 Tim 4:2). ―La aparición de ese inicuo es
obra de Satanás, con gran poder, señales y prodigios
mentirosos, y con todo tipo de maldad que engañará a
los que se pierden... porque habrán rehusado amar la
verdad para ser salvos‖ (2 Tes 2:9-10). Conforme a lo
anunciado por ambos profetas, el ―rey altivo‖ e
―inicuo‖ iba a sentarse ―en el templo de Dios [la
iglesia], como Dios, haciéndose pasar por Dios‖ (2 Tes
2:4). ¿Cómo se opondría a Dios? Pretendiendo ser su
vicario, pero cambiando su ley (Dan 7:25).
Durante un milenio y medio se vio al papado
enquistado en medio del cristianismo, reclamando
arrogante y blasfemamente ser el alma espiritual sobre
el cuerpo político de los reyes y gobernantes de Europa
y del mundo, ostentando títulos como el de Vicario del
130
Hijo de Dios y Santo Padre que le corresponden
únicamente a Dios y a su Hijo. ¡Cuántas veces
quisieron sacárselo de encima tanto príncipes y reyes
cristianos sin poder hacerlo! ¡Y a pesar de tanto
desengaño sufrido en sus manos a lo largo de la
historia, las naciones, iglesias cristianas y religiones
están sucumbiendo hoy de nuevo, en las postrimerías
del mundo, a sus hechizos mentirosos!
¿Cuál es nuestra misión hoy, y la misión acrecentada
que tendremos para cuando la crisis estalle? Dar al
mundo el clamor apocalíptico final, para que todo aquel
que quiera ser salvo vea la luz, y logre escapar de la
destrucción y condenación finales: ―Y oí otra voz del
cielo que decía: ‗¡Salid de ella [confusión de pueblos y
religiones babilónica], pueblo mío, para que no
participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas!
Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y
Dios se acordó de sus maldades‘‖. Ese salir de la
confederación de fuerzas religioso-políticas otra vez
combinadas por la Iglesia de Roma, tendrá que ver con
la recepción del sello de Dios [Su Ley], como marca de
pertenencia al Dios Creador y a su Hijo Redentor.
Mediante ese sello divino el Señor protegerá a su
pueblo mientras regresa para rescatarlo de los poderes
engañados y apóstatas de este mundo (Apoc 12:17;
14:12-14; 17:14). Para los que habrán rechazado ese
último llamado divino a los habitantes de la tierra, el
resplandor glorioso de la venida del Señor los
consumará (Apoc 16; 2 Ped 3:10-13).
8. La sentencia final divina sobre los opresores y los
oprimidos.
La unión de la Iglesia con el Estado, característica de
todo el Medioevo y de su resurgimiento final en el fin
del mundo, está representada mediante los pies de la
estatua de las naciones que Daniel debió describir e
interpretar al pasmado rey de Babilonia. A la altura de
los pies se ve una mezcla tipo matrimonial entre la
religión y el estado (Dan 2:33,41-43). Pero así como
una soldadura de hierro con barro cocido no será sólida
jamás, así tampoco esos pies fueron capaces de
mantener todo el sistema de gobierno de las naciones
del cual la última generación sería heredera. ―En los
días de estos reyes [o gobernantes]‖, declaró Daniel a
Nabucodonosor, ―el Dios del cielo levantará un reino
que nunca jamás será destruido, ni será entregado a otro
pueblo. Desmenuzará y dará fin a todos aquellos reinos,
y él permanecerá para siempre‖ (Dan 2:44).
La sentencia divina sobre la Roma papal se anticipa en
la Biblia también de otras maneras. ―Pero se sentará el
tribunal [divino] en juicio, y le quitarán su dominio,
para que sea destruido por completo y para siempre. Y
el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo
de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del
Altísimo [―los que guardan los mandamientos de Dios y
tienen la fe de Jesús‖: Apoc 14:12], cuyo reino es reino
eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán‖
(Dan 7:27). ―Sin mano humana [es decir, por la mano
divina directamente], será quebrantado‖ (Dan 8:25).
―Plantará sus tiendas reales entre los mares, en el monte
glorioso y santo [es decir, en Israel, símbolo del
verdadero pueblo fiel de Dios en el fin que guarda sus
mandamientos: Apoc 7:4-8; 14:1,12]. Pero llegará a su
fin, y no tendrá quién le ayude‖ (Dan 11:45).
―El Señor lo matará‖, confirmó el apóstol Pablo, ―con
el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su
venida‖ (2 Tes 2:8). ―Y la bestia [anticristo romano
papal] fue apresada, y con ella el falso profeta
[protestantismo apóstata] que había hecho las señales
ante ella. Con esas señales había engañado a los que
recibieron la marca [el domingo] de la bestia [anticristo
romano papal], y adoraron su imagen [la unión de la
Iglesia y el Estado por la América Protestante
equivalente al sistema monárquico-papal del Medioevo,
y que se cumple cuando impone el día religioso
romano]. Los dos [el papado y el protestantismo
apóstata] fueron lanzados vivos en el lago de fuego que
arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la
espada que salía de la boca del que estaba sentado sobre
el caballo‖ [Cristo como Rey de reyes y Señor de
señores en su Segunda Venida] (Apoc 19:20; cf. v. 11-
16).
Su reino, la Babilonia simbólica que representa a Roma
(cf. Apoc 17:9), no es eterno como la consideraron los
poetas paganos y posteriormente los católicos. Por el
contrario, Roma será destruida conjuntamente con su
rey, el papado y toda su corte. ―Entonces un ángel
poderoso alzó como una gran piedra de molino, y la
echó al mar, diciendo: ‗Con tanto ímpetu será derribada
Babilonia, esa gran ciudad, y nunca jamás será hallada.
No se oirá más en ti voz de arpistas, músicos, flautistas,
ni trompeteros; ni artífice alguno se hallará más en ti...
Ni luz de antorcha alumbrará más en ti, ni voz de novio
o novia se oirá más en ti. Tus mercaderes eran los
magnates de la tierra, y tus hechicerías extraviaron a
todas las naciones. Y en ella fue hallada la sangre de los
profetas, de los santos, y de todos los que han sido
sacrificados en la tierra‖ (Apoc 18:21-24).
―¡Alégrate sobre ella, cielo! ¡Alegraos vosotros, santos,
apóstoles y profetas! Dios ha pronunciado juicio en
vuestro favor contra ella‖ (Apoc 18:20). ―Entonces
volveréis, y veréis que hay diferencia entre el justo y el
malo, entre el que sirve a Dios, y el que no le sirve‖
(Mal 3:18). ―Vi que este cuerno [anticristo papal
romano] combatía a los santos y los vencía, hasta que
vino el Anciano de días [Dios el Juez], y pronunció
131
juicio a favor de los santos del Altísimo. Y vino el
tiempo, y los santos poseyeron el reino‖ eterno (Dan
7:21-22). ―Y vi las almas de los decapitados por el
testimonio de Jesús y por la Palabra de Dios, que no
habían adorado a la bestia [anticristo papal romano] ni
su imagen, y no habían recibido la marca [imposición
dominical] en su frente o en su mano. Estos volvieron a
vivir y reinaron con Cristo mil años‖ (Apoc 20:4). ―Y
reinarán por los siglos de los siglos‖ (Apoc 22:5). ―Y
serán míos—dice el Señor Todopoderoso—en el día en
que yo recupere mi especial tesoro… (Mal 3:17).
―Ciertamente consolará el Eterno a Sion, consolará
todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso,
y su soledad en huerto del Eterno; se hallará en ella
alegría y gozo, alabanza y voces de canto…
Ciertamente volverán los redimidos del Eterno;
volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre
sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y el dolor y el
gemido huirán‖ (Isa 51:3,11). ―Pero, según su promesa,
nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva,
donde habita la justicia. Por eso, oh amados, ya que
esperáis estas cosas, procurad con diligencia ser
hallados en paz con él, sin mancha ni reprensión. Y
entended que la paciencia de nuestro Señor significa
salvación‖ (2 Ped 3:13-14).
“Y oí una gran voz del cielo que decía: „Ahora la
morada de Dios está con los hombres, y él habitará
con ellos. Ellos serán su pueblo. Y Dios mismo estará
con ellos y será su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima
de los ojos de ellos. Y no habrá más muerte, ni llanto,
ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas
pasaron‟. Entonces, el que estaba sentado en el trono
dijo: „Yo hago nuevas todas las cosas‟. Y agregó:
„Escribe, porque mis Palabras son ciertas y
verdaderas‟. Y me dijo: „Hecho está. Yo Soy el Alfa y
la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed, le
daré gratis de la fuente del agua de la vida. El
vencedor tendrá esta herencia, y yo seré su Dios y él
será mi hijo‟” (Apoc 21:2-7).

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VATICANO Y LOS GRANDES GENOCIDIOS DEL SIGLO XX.pdf

  • 2. 2 INDICE -Introducción I. Los grandes genocidios medievales II. Una advertencia profética menospreciada a) Un mensaje impopular b) Una proyección apocalíptica inverosímil. III. Sueños papales en vísperas Del S. XX 1. Fundamentación papal para el ejercicio del poder. 2. Fundamentación democrática de los gobiernos protestantes. 3. La primacía papal mediante gobiernos absolutistas. 4. Contra el capitalismo protestante IV. Los grandes genocidios del S. XX 1. El genocidio comunista ateo. 2. Dilema papal causado por el comunismo. 3. Presunta solución. V. Dictadores Del S. XX 1. El siglo de muerte política papal. 2. Una primera señal de restauración. 3. La campaña imperialística católico-fascista contra Etiopía. 4. Justificación católica a la guerra de Mussolini. 5. Cifras en masacres y bajas. Conclusión. VII. El vínculo del Vaticano con Hitler y Alemania 1. El Vaticano y el Kulturkampf (“cultura de lucha”) 2. Un aparente logro de dramáticas consecuencias. 3. Intentos posteriores a la primera guerra mundial. 4. Apoyo Vaticano a Hitler antes de ser el Führer. 5. El concordato del Vaticano con Hitler. a. Conveniencias mutuas. b. Implicaciones del Concordato. c. Argumentos católicos pro-nazis. d. Persecución de católicos y romance pontifical- nazista. e. Las relaciones con el nuevo papa f. El Vaticano durante la guerra misma. g. El complot para matar a Hitler. h) Complicaciones nazi-vaticanas durante la guerra. Conclusión. VIII. El genocidio judío 1. Antecedentes históricos. a) De la Roma pagana. b) De los apologistas y padres de la iglesia. c) De los papas durante la Edad Media. -Calumnias anti-judaicas. d) Atenuación y liberación protestante. e) De Roma durante el S. XIX. 2. Complicidad Vaticana en el genocidio nazista de los judíos. a. Inicio de las hostilidades. b. ¿Intercesión católica? c. La encíclica perdida d. La “solución final”: 1941-1945 e. Antisemitismo Vaticano en medio del genocidio judío. f. Negativa del mundo en recibir inmigración judía g. La ocupación nazi de Roma. h. Después de la guerra. i. Estadísticas del genocidio ejecutado por los nazis. j. Posición actual del Vaticano. Conclusión. IX. Los genocidios clero-fascistas 1. El clero-fascismo de Austria. a. Uso del término. b. Relación con el capital. c. Relación con los trabajadores 2. Otros estados clero-fascistas. a) El culto al dictador. b) Intentos renovados actuales de establecer gobiernos clericales 3. El genocidio ustashi en Croacia. a) Primeras medidas de limpieza étnica. b) Naturaleza del genocidio. c) Dirección y participación sacerdotal en las masacres. d) La aprobación del Vaticano al régimen genocida de Croacia. e) La razón básica de la aprobación papal. f) Número de muertos en el genocidio católico-fascista croata. X. Los sueños papales para convertir y reconvertir Europa y el mundo 1. Desde que el papado se instauró en Roma con plenos poderes.
  • 3. 3 a) La evangelización de Europa a partir de Clodoveo. b) Método evangelizador bajo Justiniano y otros reinos. 2. Métodos evangelísticos católicos para evangelizar Latinoamérica. 3. Métodos evangelísticos católicos en el Asia. a) En Vietnam - La guerra de Vietnam. b) En Siam. c) En China. d) En Japón. - El Vaticano y la entrada de Japón en la guerra. 4. Método católico para reconvertir Europa y el resto del mundo. a) En Ucrania. b) Intentos de confederar los países católicos anticomunistas - No exclusión, sino inclusión de las demás religiones. - Nido de criminales de guerra. 1) Franz Stangl. 2) Gustav Wagner. 3) Alois Brunner. 4) Adolf Eichmann 5) Walter Rauff 6) Ante Pavelic y su élite ustashi después de la guerra. 7) Sacerdotes criminales fascistas. c) El oro lavado en los bancos del Vaticano y de Suiza. - ¿Santa Sede? d) La Virgen de Fátima en la guerra contra el comunismo. e) Intento Vaticano de empujar a los EE.UU. a una tercera guerra mundial. f) Visión papal de la virgen. g) La conformación de un ejército supranacional. XI. El Vaticano y el genocidio hispano- americano 1. El genocidio fascista (falangista) español. a) La ascensión del falangismo. b) La “recristianización” de España c) Vínculo con el Vaticano después de la guerra. d) Declaraciones de papas y obispos. e) El apoyo falangista y clerical a Hitler. Conclusión. 2. Los dictadores católicos de Latinoamérica. A. Juan Domingo Perón. a) Vínculos con el fascismo. b) Viaje de Eva Perón a Europa c) Beneficios y alcances posteriores del contrabando de criminales nazis. - Política socio-económica redistributiva. d) Vínculo del peronismo con la Iglesia Católica. - Política educativa. e) Conflictos entre la Iglesia y el peronismo. f) Intermediarios competidores. Conclusión. B. Las dictaduras de Chile y Uruguay. a) Dos democracias de larga trayectoria ignoradas. b) Estadísticas del genocidio. c) Papel de la Santa Sede. d) Católicos chilenos se dirigen al papa. C. La “guerra sucia” en Argentina. a) Antes del golpe militar. b) La represión católico-militar. c) Contra la democracia y el judaísmo. d) El antisemitismo revivido. e) Estadísticas y conciencia papal de los hechos. f) Ideología y función de los capellanes confesores. g) Terrorismo de Estado. h) El gobierno divino no es terrorista. Conclusión. XII. ¿Ha cambiado el papado desde mediados del S. XX? a) El concepto papal de la libertad. b) La infalibilidad c) Lenguaje doble. d) Doble juego represor y vindicatorio - Una copia militar exacta. - Es menester obedecer a Dios. - Espionaje y vindicación internacional. XIII. Trasfondo teológico del genocidio católico 1. El sacramento de la penitencia, el purgatorio y el infierno. 2. Lo que muchos no captan. 3. La carencia de arrepentimiento en los genocidas católicos. 4. La cauterización de la conciencia mediante la confesión auricular. 5. El problema fundamental: la lucha por la supremacía. - ¡Cuán diferente fue el espíritu del Señor!
  • 4. 4 6. Edificada sobre un fundamento pecaminoso. -La verdadera Iglesia está edificada sobre el Hijo de Dios. -¿Edificada sobre Pedro? -Pretensiones papales relacionadas. 7. Una doctrina que falta. ¿Papas y santos genocidas en la corte celestial? Conclusión. XIV. La ostentación de santidad a la luz del evangelio a) Un enfoque torcido. b) La fortaleza del creyente está en Dios. c) Cómo obtener la santidad. d) Santidad en la verdad. e) El problema de la justicia propia. f) ¿Quiénes están más cerca de la santidad? g) No es castigándonos como obtenemos la santificación. h) La misión de la Iglesia. Conclusión. XV. El lugar del S. XX en la historia profética 1. Una confrontación político-religiosa. 2. Una era de libertad política y religiosa. 3. La fragilidad de los regímenes democráticos. - El papel final de la última superpotencia. 4. ¿Cuándo se restauró la herida mortal del papado? 5. El reclamo del alma [soplo de vida] para Europa y el mundo. 6. El soplo esperado del protestantismo norteamericano. 7. La crisis final. 8. La sentencia final divina sobre los opresores y los oprimidos. ______________***_____________ Introducción Visité hace poco el museo Holocausto en Washington. Está muy bien equipado, con mucho material en fotos, videos con películas que fueron tomadas en directo, y materiales de diversa índole. Es tanto el material en cuadros, materiales y videos que han sido elaborados a partir de los discursos mismos de Hitler, así como de las reacciones progresivas de los EE.UU., Inglaterra y los demás países, que requeriría una tarde entera para poder ver lo esencial. Más de seis millones y medio de judíos fueron exterminados de la manera más cruenta, de los cuales cerca de un millón y medio fueron niños. La tragedia fue tal que el genocidio de los niños solamente, equivalió a la masacre diaria de todos los niños de una escuela normal, durante ocho años. Ese siglo ―idiotizado‖ ya pasó a la historia, y con él también un milenio cristiano más. Muchos tratan de hacer una síntesis de lo que ocurrió durante ese siglo. A la luz de las profecías bíblicas, nosotros hemos recibido como legado protestante un análisis de lo que sucedió en la primera parte del S. XIX, incluyendo la última parte del XVIII. Pero, ¿nos hemos sentado a evaluar también, siempre a la luz de las profecías bíblicas, lo que ocurrió durante el S. XX? Ese museo sobre el ―holocausto‖ presenta por etapas, uno de los cuadros más horrorosos que conoció la historia de nuestro mundo. Un aspecto, sin embargo, me indignó. Haciendo una síntesis del odio contra los judíos a lo largo de la historia, una de las películas menciona que cierta tradición cristiana heredó de los romanos la enemistad contra esa raza, acusándolos de haber entregado a muerte al Hijo de Dios. Pero no menciona para nada a la Iglesia Católica, ni tampoco a la Inquisición. En su lugar, menciona a Lutero que pretendió, al principio, ganar a los judíos mediante métodos persuasivos y no por la violencia. Sin embargo, al ver que ese método no los ganaba tampoco, terminó odiando a los judíos de una manera tal que declaró que sus libros y sinagogas debían ser quemados... Después del ―holocausto‖, seguía el reporte, muchas iglesias cristianas han estado reconsiderando su posición con respecto al judaísmo, y consideran que el odio contra los judíos no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. La Iglesia Evangélica, incluso, ha terminado rechazando esa enseñanza negativa de Lutero con respecto a los judíos. Jesús fue judío, celebró la Pascua al instituir la Santa Cena, sus
  • 5. 5 discípulos también fueron judíos, y muchos de ellos murieron en manos de los romanos como también lo fueron los demás judíos de su raza. Sumado a esto, el museo pone a los sacerdotes católicos también como víctimas junto con los judíos, del nazismo alemán. En esencia, la Iglesia Católica Romana queda limpia de todo ese drama del S. XX, y ensuciado el protestantismo. ¿A qué se deberá semejante distorsión de la historia? ¿Cómo es posible que un museo tan bien documentado y serio, pueda exonerar, en parte con el silencio, y en parte con la inclusión de algunos sacerdotes como víctimas, a la Iglesia Católica de ese terrible drama? Hubo sacerdotes heroicos que defendieron a los judíos, e incluso murieron por ellos. Pero fueron casos aislados y lo hicieron, en ocasiones, contraviniendo las claras directivas que recibieron de Roma. Asimismo hubo protestantes, inclusive un hermano adventista que salvó cerca de 1000 judíos, arriesgando su vida y siendo perseguido por la Gestapo, por lo que se ganó después de la guerra varias medallas (recomiendo leer su libro, Flee the captor). Nuevamente, ¿por qué ese museo limpia directa e indirectamente a la Iglesia Católica sobre algo en lo que estuvo implicada en forma tan notable? [No alcancé a ver las películas de la última parte del museo, titulada ―The Final Solution (1940- 1945), porque fui a ver antes otro museo sobre el espionaje en la historia humana, en especial en el último siglo. Deduzco, sin embargo, que esa última parte del museo Holocausto no tendrá nada diferente a lo que vi con respecto al involucramiento de la Iglesia Católica]. Sobre las presuntas razones por tal silencio histórico en un museo tal, quiero ofrecer las siguientes sugerencias. La Iglesia Católica está muy bien organizada para intervenir en todo el mundo buscando limpiar su triste pasado. A diferencia de los protestantes que no tienen problemas en admitir sus errores por no creerse infalibles (hasta consideran positivo el ser capaces de arrepentirse), la Iglesia Católica se cree infalible. Es por esa razón que se esfuerzan tanto por cubrir su imagen. La fortaleza del romanismo católico está en la creencia en que su Magisterio, a diferencia de las demás iglesias, es infalible. Si se muestra lo contrario, la fe del católico se va a la deriva. La iglesia romana, como tal, se desmembraría en cantidad de creencias divergentes que ya existen dentro de ella justamente por no creer muchos, en la infalibilidad del papado ni de su magisterio. De allí tanto esfuerzo por limpiar su pasado y cubrir a cualquier costa, su triste legajo. Cuando uno ve los museos de la Inquisición en Lima y Cartagena, por ejemplo, se indigna también viendo una tremenda apología de la Iglesia Católica en relación con esos crímenes y genocidios del pasado. Lo mismo vemos en los museos de Europa, en donde se busca, por regla general, ignorar a la Iglesia Católica Romana por sus crímenes del pasado, y en su lugar referirse a la mentalidad de la Edad Media. De esa manera se busca evitar herir cualquier sentimiento religioso. Actualmente, el Vaticano está ponderando a los pocos sacerdotes que arriesgaron su vida para proteger a los judíos, y buscando desligarse de todo enlace con el nazismo. Es probable que, ante un museo de tanta importancia que visitan miles cada día, los católicos hayan ofrecido datos bien precisos de opresión nazi contra ciertos sacerdotes para crear otra vez la imagen de víctimas (despertar compasión, rasgar vestiduras, etc), y desvincularse del genocidio nazi. A su vez, los organizadores del museo parecen intentar evitar todo mal sentimiento entre religiones diferentes, y buscan aminorar como pueden la actitud antisemita histórica del cristianismo contra los judíos. Debemos recordar que estamos en la época en donde se manifiesta ―una falsa caridad‖ que ―ha cegado‖ a muchos con respecto al papado, ya que toda vez que se disculpe a alguien de hechos históricos, se deja la puerta abierta para que se los vuelva a cometer. Hay otro aspecto también a tener en cuenta. El museo del Holocausto se abrió por primera vez en 1993. Para ese entonces estaba recién comenzando a despertarse el interés por revisar la historia de la 2da. Guerra Mundial, gracias a la apertura de los archivos secretos de la mayoría de los países involucrados en esa guerra. Todos, menos el Vaticano, abrieron sus archivos de la guerra en torno a la última década del siglo que pasó. El Vaticano terminó siendo categórico en su negativa, pese a las insistentes demandas de quienes están interesados en tener todos los datos para un estudio objetivo de la historia. Algunas cosas obviamente filtradas han liberado del Vaticano, sin embargo, con respecto a la 2da. Guerra Mundial, y algo más se soltó con la autorización que dieron bajo juramento de confianza a John Cornwell, un periodista católico inglés, para trabajar en esos archivos. Pero la mayor parte permanece escondida en el típico secretismo del papado. Es probable que los organizadores del museo sobre el Holocausto no hayan tenido toda la información de la que se dispone hoy. Aún así, creo que se conocía ya lo suficiente del papel del Vaticano para comienzos de los 90, como para no desvincular totalmente a la Iglesia Católica de la escena.
  • 6. 6 En este estudio que emprendemos ahora sobre la relación del Vaticano con los grandes genocidios del S. XX, nos proponemos dar una mirada retrospectiva a la historia, a la luz de los hechos y de las creencias que estuvieron subyacentes en esa historia. Todo esto para mostrar, al mismo tiempo, cómo las fuerzas del mal estuvieron listas para dar el golpe decisivo ya en la primera parte del S. XX, y cómo Dios intervino para evitar que el mundo desembocase ya también, en el mismo fin. Había mucha tierra que conquistar todavía para el evangelio. Los intentos para recuperar la supremacía política perdida por parte del papado fracasaron, a costo de tantos millones de vidas. Pero esos intentos nos muestran que, en donde tiene la oportunidad, el pontificado romano revela el mismo veneno de la serpiente que siempre tuvo. Babilonia no puede ser curada, porque no quiere ni querrá ser curada (Jer 51:9- 10). Es el centro y nido de toda corrupción y mentira, ―la obra maestra de Satanás‖. El mismo espíritu genocida que marcó su historia a lo largo de los siglos durante la Edad Media, y que rebrotó repentinamente en el S. XX, brotará en el acto otra vez, si las condiciones que las motivaron políticamente en lo pasado, vuelven a repetirse. En general, podemos anticipar ya en nuestro estudio, que el Vaticano apoyó a Hitler, así como a Mussolini y las demás dictaduras del S. XX. En cuanto al genocidio judío, hay testimonios inequívocos de haberse lavado las manos. Es más, muchos sacerdotes participaron activamente en el genocidio no sólo contra los judíos, sino también contra los ortodoxos y los comunistas, con pleno conocimiento del papado. Para ello encontraban siempre la luz verde de Roma o, a veces, un silencio cómplice que ha llevado a muchos a acusar al papado de pecado de omisión. Otros, analizando los pronunciamientos públicos y encíclicas papales desde fines del S. XIX hasta fines del XX, creen que se trató de un pecado de comisión. I. Los grandes genocidios medievales Bastante conocidos son los grandes genocidios de la Edad Media perpetrados por el papado romano mediante guerras expansionistas de exterminio en la segunda mitad del primer milenio cristiano, y mediante los tribunales de la Inquisición durante la mayor parte del segundo milenio. Esos genocidios ―cristianos‖ comenzaron en el S. VI con la exterminación de los paganos y arrianos que se negaban a aceptar el cristianismo católico romano, igualándolos y hasta sobrepasándolos en crueldad y brutalidad.1 Mediante reyes paganos que se convertían al cristianismo católico, y exigían luego a todos sus súbditos elegir entre la nueva religión o la decapitación,2 el papado fue despejando su camino y expandiendo su ―autoridad‖ por todo el continente europeo y el norte de África. Apenas comenzado el segundo milenio cristiano (mayormente en el S. XIII), el pontificado romano lanzó cruzadas de exterminio contra los cátaros, albigenses y valdenses. Los cátaros habían llegado a contar en Europa más de un millón de adherentes que fueron borrados del mapa mediante la decapitación y la hoguera. A menudo los destruían en masa, con sus mujeres y sus niños. Aunque muy diezmados, los valdenses fueron los únicos que lograron sobrevivir en las más altas montañas del Piamonte (entre Italia y Francia). Una vez exterminados los cátaros les tocó el turno a los (presuntos) brujos y hechiceros del S. XIV, con más de un millón de gente decapitada y quemada en la hoguera durante los siglos que siguieron. También les tocaría a los judíos y musulmanes de ese siglo y los siguientes, ser desalojados, expulsados de los territorios presuntamente cristianos (católico-romanos, para ser más exactos), y quemados en la hoguera. Con la aparición de los Protestantes en el S. XVI, las hogueras y decapitaciones se multiplicaron por toda Europa y los países católicos del Nuevo Mundo. Todo esto continuó así hasta que en el S. XVIII, llegaron los tiempos modernos con la abolición de tales métodos de exterminio y genocidio medieval. Las dos grandes corrientes libertadoras que forjaron la civilización moderna fueron la protestante y la secular. Ambas tuvieron que librar grandes batallas de liberación ante monarcas y papas que no querían ceder su autoridad suprema. Ambas tuvieron sus puntos débiles que fueron perfeccionando a medida que aprendían a vivir en libertad, y generaban gobiernos cada vez más libres y democráticos. Mientras que los gobiernos protestantes lograron establecer en forma notable la libertad de conciencia y de religión (su expresión máxima se da hasta hoy en la Constitución de los EE.UU), los gobiernos puramente seculares no se preocuparon tanto de la libertad religiosa, sino mayormente de la civil. 1 Véase chapter *, p. * 2 Un caso típico fue el de Clodoveo al comenzar el S. VI. Luego de vencer a un pueblo exigió a todos bautizarse en la fe católica. Más de 4.000 paganos rehusaron hacerlo y, sin vacilación, los decapitó a todos. Véase p. *
  • 7. 7 En síntesis, ¿qué podemos decir del S. XIX? Que aunque quedaban para entonces sus buenas batallas por librarse en los dos terrenos de liberación mencionados—protestante y secular—en especial en los países católicos de Europa y América Latina, ese fue uno de los siglos más benignos de la historia. A la luz de los grandes genocidios medievales y modernos, el S. XIX marcó un paréntesis. En él, millones encontraron un oasis de libertad inigualable en la historia de la humanidad. Pasemos al siglo XX y preguntémonos sobre lo que podía augurarse en base a la conclusión del siglo anterior. ¿No podía esperarse que el último siglo del segundo milenio cristiano continuara como en el S. XIX, con tan buenos antecedentes que ese siglo había legado? Los triunfos tan notables logrados en pro de la libertad y de los derechos humanos en la mayoría de los países civilizados parecían, en efecto, señalar una era extraordinaria de libertad y progreso para el S. XX. Y, aunque mucho de todo eso iba a darse, en especial en todo el continente americano, ¿quién podría predecir para entonces, brotes tan espantosos de regresión medieval en el viejo continente, con sus típicos exterminios en masa de gente indeseable, y con genocidios millonarios que se irían extendiendo hasta el dormido continente asiático? II. Una advertencia profética menospreciada La Biblia advertía que el fin del mundo caería sobre los hombres en forma repentina, ―como ladrón‖ (2 Ped 3:10). En lugar de evolución moral, la degradación espiritual llegaría para entonces a su punto más bajo de la historia (2 Tim 3:1-7). El mundo se vería envuelto en una situación de violencia y corrupción tal como la que tuvo lugar en los días de Noé, cuando la tierra debió ser destruida por las aguas del diluvio. Los hombres en la época diluvial ―no conocieron‖, dijo Jesús, que había llegado su hora, ―hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Así también será‖, concluyó el Señor, ―la venida del Hijo del Hombre‖ (Mat 24:37-39). Esta vez, en cambio, la tierra será destruida por el fuego en la venida del Señor (2 Ped 3:6-7,1-12). a) Un mensaje impopular. Los adventistas del séptimo día heredaron de los protestantes y evangélicos de los siglos XVIII y primera parte del XIX, la convicción de haber llegado a esa época final descrita por la Biblia. Para comienzos del S. XX, ya estaban por todo el mundo anunciando la cercanía del fin, y exhortando a toda ―nación, tribu, lengua y pueblo‖, a prepararse para el día del Señor (véase Apoc 14:6-7). Eso iba, sin embargo, contra la corriente general, por lo que fueron acusados de alarmistas y sensacionalistas.3 Aunque tenían libertad para predicar, no era fácil convencer a la gente con un cuadro tan negativo que presagiaban para el nuevo siglo, como el que ofrece la Biblia para el fin del mundo. El cuadro que proyectaba E. de White para el futuro tampoco era promisorio. Advirtió que ―no deben verse señales halagüeñas de gloria milenial...‖ (RH, 12-27- 1898). ―No disponemos de un milenio temporal para cumplir con la obra de amonestar al mundo...‖ (FE, 357). En visión vio grandes barcos hundirse en el mar, bolas de fuego que caían sobre casas destruyéndolas en un momento, ciudades enteras arrasadas por llamas, tempestades, pestilencias, y huracanes. Veamos algunas de sus anticipaciones sobre lo que iba a ocurrir durante el S. XX, dadas bien antes de las primera y segunda guerras mundiales. ―La tempestad se avecina y debemos prepararnos para afrontar su furia mediante el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo… Veremos desgracias por todas partes. Miles de barcos serán arrojados a las profundidades del mar. Armadas enteras se hundirán, y las vidas humanas serán sacrificadas por millones. Estallarán incendios inesperadamente y no habrá esfuerzo humano capaz de extinguirlos. Los palacios de la tierra serán arrasados por la furia de las llamas…,‖ MJ 87 (1980), cf. EUD, 24. ―En las escenas finales de la historia de esta tierra, la guerra prevalecerá. Habrá epidemias, mortandad y hambre…‖, Mar 172 (1897), cf. EUD, 24. Pensemos por unos momentos, en cómo podían caer tales declaraciones ante tantas esperanzas y señales halagadoras para el futuro. Demasiado osadas parecían las declaraciones de ―miles de barcos‖ que serían hundidos, y ―millones‖ de seres humanos que serían sacrificados. En efecto, la nueva doctrina acerca de los orígenes, conocida como evolución, había despertado también, hacia fines del S. XIX, una creencia milenarista de paz y progreso en donde mediante la educación y la ciencia, el mundo iba a lograr ponerse de acuerdo y hasta convertirse. La paz parecía una realidad no difícil de alcanzarse. La amenaza musulmana que había aterrorizado a Europa por tantos siglos durante toda la Edad Media, eran ya cosa del pasado. El espíritu de la libertad y modernidad se respiraba por doquiera. ¿De qué lugar de la tierra podría provenir, por consiguiente, tal cuadro negativo que la Biblia ofrecía del fin del mundo? 3 E. G. White, El Conflicto de los Siglos, *.
  • 8. 8 Las iglesias hablaban de unirse. Grandes proyectos políticos y religiosos de concordia y paz llamaban la atención de todos. ¿Cómo, pues, podía hablarse de las claras advertencias del fin del mundo acerca de su destrucción? Por el contrario, los ―nuevos cielos‖ y la ―nueva tierra‖ prometidos en la Palabra de Dios, parecían poderse lograr por las buenas, no por un dramático desenlace entre las milenarias fuerzas antagónicas del bien y del mal. Pero el balde de agua fría cayó para tales sueños de prosperidad terrenal. Con el advenir de las dos guerras mundiales, el mundo tuvo que reconocer que, si los hombres no cambian su corazón, la educación y la ciencia los vuelven más peligrosos y despiadados. Con el surgimiento del bloque comunista ateo, el mundo fue partido en dos, y los sueños de globalización política, económica y religiosa, quedaron trabados. Durante prácticamente todo el S. XX, pendió sobre la civilización occidental una permanente amenaza de destrucción. Así permanecieron en jaque tantos sueños de grandeza y prosperidad con los que se había iniciado ese siglo. b) Una proyección apocalíptica inverosímil. Otro cuadro profético que los adventistas hacían revivir en vísperas del S. XX, como herederos del protestantismo, tuvo que ver con los sueños de supremacía del pontificado católico romano. No era difícil hacer ver cómo las profecías indicaban que, al caer el imperio romano, el papado aparecería con un carácter cruel y despótico inigualable. Eso se cumplió admirablemente en la historia. Tampoco resultaba difícil probar cómo su poder político recibió una herida mortal al concluir el S. XVIII, como resultado de la Revolución Francesa. Desde entonces y, durante prácticamente todo el S. XIX, la voz política del papado había sido reducida al silencio.4 Pero, ¿qué podía decirse con respecto al resurgimiento del poder papal anunciado también en el Apocalipsis? Eso parecía inverosímil, razón por la cual aún los protestantes y evangélicos fueron abandonando esa interpretación historicista del Apocalipsis. ¿Quién podía creer, en plena época moderna, que la herida de muerte que recibió el papado sería sanada, recuperando su poder político, esta vez en una dimensión realmente universal? (Apoc 13:3,15-18). Los principios monárquicos invocados por el obispado de Roma para mantenerse conjuntamente en el poder, habían caducado. Los pocos y raros reyes que quedaban en Europa cumplían sólo un papel nominal. ¿Mediante 4 M. Martin, Las llaves de esta sangre, * quiénes, pues, iba el papado romano a lograr imponer sus dogmas, como lo había hecho en el pasado? ¿Cómo podría volverse a los tiempos de opresión y despotismo medievales, con gobiernos que en su mayoría, se volvían cada vez más democráticos y republicanos? III. Sueños papales en vísperas del S. XX Desde que se inició la época moderna y fue suprimida la autoridad política del papado, el pontificado romano nunca dejó de soñar con recuperar, algún día, esa autoridad que había ejercido durante 1260 años. En este respecto, sus sueños para el S. XX estuvieron tan en contradicción con la época como las predicciones adventistas acerca de esa recuperación política del papado que se daría al final, y que se basaban simple y puramente en la Palabra de Dios. En la mayoría de los pronunciamientos y encíclicas papales que se dieron a partir de la segunda mitad del S. XIX, la iglesia de Roma no ocultó su aversión hacia los regímenes democráticos y republicanos que requieren la separación de la iglesia y el estado. Una autoridad que emana del pueblo, es decir, de la base, era vista por los obispos romanos como demasiado nefasta para un sistema monárquico-papal cuya autoridad se encuentra en la cúpula. Si el poder descansa en las masas, ¿quién o qué podrá controlarlas? 1. Fundamentación papal para el ejercicio del poder. Siendo que todo gobierno debe buscar la paz de sus súbditos, y siendo que no puede haber paz sin unidad, el ―mejor‖ sistema de gobierno—según argumentó Tomás de Aquino en el S. XIII—―es el gobierno de una persona‖. ¿Por qué? Porque la unidad se obtiene en forma más eficaz por uno que por varios o muchos (cf. John W. Robbins, Ecclesiastical Megalomania. The Economic and Political Thought of the Roman Catholic Church, 129). Lo que Tomás—quien puso el fundamento del sistema de gobierno absolutista papal— parecía ignorar es que, al razonar así, estaba promoviendo un sistema de gobierno pagano, con sus características tendencias a la centralización del poder en una sola persona. Llámese monarquía, fascismo, nazismo, lo que sea, tal filosofía que busca centralizar el ejercicio del poder en forma absoluta en una persona, forma la base para todo poder autoritario que logre apoderarse de cualquier sociedad. Esa filosofía pagana fundamenta no solamente el absolutismo papal, sino también toda monarquía o dictadura que pretenda acapararse de la autoridad civil.
  • 9. 9 Contrastes con la Biblia. La Biblia menciona a ―Nimrod‖, el fundador de Babilonia, Nínive, y otros grandes imperios antiguos, como siendo ―el primer hombre poderoso de la tierra‖ (Gén 10:8-11). Sus descendientes intentaron, poco después, centralizar la acción gubernamental de todos esos reinos del mundo en Babel. Dios, en cambio, los dispersó al confundir el lenguaje común que se habían fabricado (Gén 11). En su lugar, llamó a Abraham, y a través de él dio a luz un pueblo al que le ofreció un sistema de gobierno diferente, una especie de república constitucional orientada por Dios, y basada en las leyes que le transmitió mediante Moisés (Ex 19:6-8; 24:1; Núm 11:16,24-25,29). El pueblo de Israel, en cambio, prefirió para su propia desgracia, el sistema pagano de gobierno que poseían todos los demás pueblos de la tierra, con la plenitud del poder centralizada en una persona (1 Sam 8:5ss). Cuando vamos al Nuevo Testamento, vemos de nuevo el intento divino de fundar la iglesia sobre un sistema de gobierno diferente al sistema centralizado en una persona de los gobiernos de la tierra, y en donde la Iglesia y el Estado estarían separados (Mat 22:21). ―Los gobernantes de las naciones‖, declaró Jesús, ―se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellas. Pero entre vosotros, no será así‖ (Mat 20:25-26). La autoridad que Dios designó para su iglesia en la tierra descansaría en Dios, y en el sacerdocio de todos los creyentes (1 Ped 2:5,9; cf. Hech 15:22,28), no en el de un presunto vicario impostor que ostentase una preeminencia que el Señor nunca legó a nadie sobre la tierra. ―Al contrario‖—advirtió el Señor—―el que desee ser grande entre vosotros, debe ser vuestro servidor. Y el que quiera ser el primero entre vosotros, deberá ser vuestro siervo‖ (Mat 20:26-27), como lo fue Jesús cuando estuvo sobre la tierra, antes de su exaltación final a la diestra de Dios (v. 28). Por esta misma razón, el único sucesor que dejó el Señor en la tierra fue el Espíritu Santo (Juan 14:26; 15:26; 16:7-15), quien obraría a través de una constitución establecida por Dios mismo mediante el testamento dejado por los profetas y apóstoles del Señor, esto es, mediante la Palabra de Dios (Ef 2:19-22; 1 Ped 2:4,7-8). 2. Fundamentación democrática de los gobiernos protestantes. Lutero probablemente jamás percibió toda la dimensión de sus descubrimientos bíblicos. Los principios de libertad que extrajo de la Biblia e introdujo en medio de un mundo monárquico y absolutista como lo fue el de la Edad Media, estaban destinados a ir produciendo mutaciones asombrosas en el ejercicio de la autoridad aún en la esfera civil. La ―libertad de conciencia‖ por la que abogó sentó las bases para regímenes que respetasen las minorías, trajesen dignidad a la persona humana al hacerla honorable y responsable por sí misma ante Dios y el mundo, y se fundasen en la autoridad que emanase libremente del pueblo. La democracia misma tiene sus raíces en la creencia en el sacerdocio de todos los creyentes, no controlada por un poder autoritario, sino por una constitución. 3. La primacía papal mediante gobiernos absolutistas. Volvamos al criterio tomista-católico de centralizar el poder en una persona para poder afianzar la paz y la unidad en la sociedad. El modelo medieval sobre el que se construyó esta teoría no fue el de una sola persona gobernando el mundo. Era obvio que dos poderes gobernaban el mundo, el rey (o emperador) y el papa. ¿Cómo explicar tal dualismo, dentro del criterio de unidad mediante el gobierno de una sola persona? Para ello, el astuto teólogo de la Iglesia romana encontró un soporte en otra doctrina errónea, no fundada en la Palabra de Dios, sino en la filosofía dualista pagana griega. Así como el alma es superior al cuerpo—concluyó Tomás, y junto con él tantos papas en el futuro, hasta en los tiempos modernos—así también la autoridad espiritual debe estarlo sobre la temporal. Si sumamos este enfoque al anterior de la unidad en una persona, vemos que por encima de todos los gobiernos absolutistas y autoritarios de la tierra, debe estar el Sumo Pontífice romano, garantizando la unidad, sin la cual no podrá haber paz. Siendo que el poder espiritual está por encima del temporal, según el pensamiento papal, se requiere unidad eclesiástica para poder lograr la unidad política. De allí que se vio al papado procurar la unidad eclesiástica en el S. XX aún por la fuerza de las armas y aperturas ecuménicas sin precedentes. Mediante acuerdos ecuménicos y concordatos políticos, en donde se reconoce una cabeza suprema, la del pontífice romano, busca el papado incansablemente lograr la unidad y la paz mundial. Roma siempre creyó que sólo en la persona del papa se junta tanto el poder secular como el espiritual. De allí que se lo representó durante la Edad Media tan a menudo con una llave (símbolo de la autoridad espiritual), y una espada (símbolo de la autoridad civil). El es sacerdote y rey, rey de reyes y Dominus Dominantium. Como único Vicario de Cristo, todos los gobernantes seculares pasan a ser vasallos del papa,
  • 10. 10 quien a su vez, posee toda autoridad para interferir en los gobiernos temporales (cf. Megalomanía, 130-131). Su triple corona lo designa como rey del cielo, de la tierra, y de los mundos inferiores. Cuando asume el poder, se le entrega esa corona con las siguientes palabras: ―Toma la tiara adornada con la triple corona, y conoce que eres el Padre de los príncipes y reyes, y el Gobernador del mundo‖ (ibid, 132). 4. Contra el capitalismo protestante De la misma manera en que el papado romano se opuso a las democracias durante el S. XIX y la mayor parte del XX porque, en su criterio, se vuelven ingobernables y no pueden por naturaleza lograr la unidad que conduce a la paz, también se opusieron los papas al capitalismo democrático, tomando como fuente de inspiración a Marx. Esto podían hacerlo entonces porque el marxismo estaba en sus comienzos, y sus principios de solidaridad proletarial no se habían probado todavía. Todo lo que necesitaba el papado por el momento era una argumentación adecuada para oponerse al capitalismo protestante con sus proclamas de libertad, aún para comerciar. Diez años después que Marx escribiera su libro Das Kapital (1881), el papa León XIII publicaba su encíclica Rerum Novarum [―De Cosas Nuevas‖]. Sobre la Condición de las Clases Trabajadoras (1991), que en muchos respectos parece una copia de Marx. Hasta el día de hoy esa encíclica es citada y a menudo, por el papa de turno. Aunque se otorga cierto grado de libertad a individuos y familias para comerciar, debe haber controles, aseguró el papa entonces, para que las riquezas persigan un fin común, la necesidad y el bien de todos. Es así como nace la doctrina político-social de la Iglesia Católica. Según Rerum Novarum, y tantas otras encíclicas después de ella, ¿quién está a cargo de controlar el comercio? El Estado. ¿Bajo qué principios? Bajo los que dictaminan la necesidad y el ―bien común‖ de todos. Así, el Estado no sólo tiene el derecho, sino también el deber de intervenir en la sociedad, para asegurar una justa distribución de los bienes de este mundo. Pero, ¿quién determina lo que es ―necesidad‖ y ―bien común‖? ¿Quiere decir que, si tengo necesidad, tengo derecho de quitarle la propiedad a otro que tiene más que yo? ¿Es eso moral superior? Por otro lado, ¿quién controla al Estado? ¡Por supuesto, el poder espiritual, así como el alma lo hace al cuerpo! No es el cuerpo quien juzga al alma, sino el alma al cuerpo. De allí que la curia romana está constantemente interfiriendo en los asuntos de Estado, y de las naciones en una dimensión internacional, denunciando, advirtiendo, fiscalizando la labor comercial, jurídica y estatal en general. Estas demandas de interferencia estatal por parte de la Iglesia, sin embargo, no tocan a la Iglesia Católica en sí, ya que sus propiedades pertenecen constitucionalmente al papa, símbolo de la unidad de la Iglesia y de los gobiernos de la tierra. Mientras que el Estado tiene derecho para interferir en las ganancias de la acción empresarial y privada, no puede hacerlo en lo que se refiere a las propiedades de la Iglesia, porque esos bienes les fueron concedidos por Dios. Y, así como “el espiritual juzga todas las cosas y no es juzgado de nadie” (1 Cor 2:15), tampoco nadie tiene derecho de juzgar a la Iglesia ni intervenir en sus bienes. Según este criterio, nadie puede, como ella, tener la justa dimensión de las necesidades y bienes de todos. En su encíclica Quadragesimo Anno (1931), Pío XI confirmó los principios de León XIII diciendo que ―es Nuestro derecho y Nuestro deber tratar con toda autoridad los problemas sociales y económicos‖, algo que fue ratificado a su vez en la revisión de la Ley Canónica de 1983 en los siguientes términos: ―Le pertenece a la Iglesia el derecho de anunciar siempre y dondequiera sea, los principios morales, incluyendo los que tienen que ver con el orden social, y hacer juicios sobre todos los asuntos humanos...‖ (Canon 747). Hasta hoy, el papa Juan Pablo II ha insistido en que la Iglesia tiene la visión moral necesaria para determinar los límites que los gobiernos no pueden sobrepasar en relación con la distribución de los bienes y del comercio. De allí tanto interés que ostenta en la causa de los pobres, y de los países menos desarrollados. Todo entra dentro de la escala piramidal que caracterizó al papado siempre durante la Edad Media, cuando la Iglesia se fue apropiando de todas las tierras de Europa para distribuir los bienes de acuerdo a su criterio “espiritual” superior. Con criterios semejantes pretendió recibir de Constantino el continente entero que había pertenecido antiguamente a los césares durante el imperio romano. Ahora busca lograr el control de los asuntos humanos mediante la constitución de un gobierno mundial por el que tanto están abogando desde la última parte del S. XX los pontífices romanos.
  • 11. 11 IV. Los grandes genocidios del S. XX Amargo fue el despertar del Vaticano en el S. XX, al descubrir que las prédicas papales sobre un nuevo sistema de gobierno con su visión moral fueron escuchadas, pero negándole toda autoridad moral para controlar la distribución de los bienes de la tierra. El tiro iba a salirle, en efecto, por otro lado. Repentina e inesperadamente apareció un nuevo brote ateo y despiadado de intolerancia antirreligiosa en la revolución bolchevique rusa, que se hizo eco de tales prédicas sociales papales, a veces citándolas, pero sin reconocer en nada al pontificado romano (Megalomanía, 63). 1. El genocidio comunista ateo. Quedaban monarquías autoritarias por destruir todavía en el lado oriental, pero que estaban ligadas en su mayor parte a la Iglesia Ortodoxa. La revolución marxista-leninista encontró su camino con este fin, primeramente en la Europa oriental. Cayó en un momento propicio cuyo terreno habían abonado admirablemente las encíclicas papales que reclamaban justicia social en favor de las masas trabajadoras, con denuncias contra el capitalismo que confirmaban la posición de Marx. Pero por tratarse de una revolución atea, la visión moral que reclamaba tener el papado para redistribuir los bienes de este mundo no era tenida en cuenta. En ese nuevo ordenamiento mundial, el papado quedaba otra vez fuera del juego, y corría el riesgo de ser totalmente destruido. La religión era considerada ahora como el ―opio‖ del pueblo, y los genocidios humanos comenzaron a multiplicarse con cifras jamás alcanzadas antes. Sólo en Ucrania, seis millones de campesinos fueron brutalmente aniquilados en las purgas soviéticas (una réplica de las purgas inquisidoras que en el Medioevo habían estado en manos de los sacerdotes católicos). ¿Qué no decir de los demás millones que fueron sacrificados en el resto de la Europa oriental, y posteriormente en el Asia, en un intento de limpiar el mundo de los religiosos y burgueses que se habían apoderado de los bienes de las clases trabajadoras? El mismo freno que le impusieron los poderes seculares a la Iglesia de Roma desde la Revolución Francesa comenzó a serle impuesto, desde esta nueva revolución en el S. XX, a la Iglesia Ortodoxa en los países orientales, así como a las demás religiones asiáticas y paganas en donde fueron repitiéndose los horrores de Francia. Se trataba, ahora, de una guerra contra todos los credos, en manos de gobiernos comunistas ateos que amenazaban con destruir no sólo el cristianismo oriental, sino también la civilización occidental, y aún toda otra religión y cultura.5 El mundo cristiano entero—en cumplimiento de lo que había predicho E. de White en vísperas del S. XX—parecía como una mole a punto de desmoronarse en ruinas, como resultado de la difusión de los principios ateos que habían convulsionado a Francia poco más de un siglo atrás (CS, cap 37 en castellano). 2. Dilema papal causado por el comunismo. Bajo un contexto tal, ¿cambiaría el pontificado romano su prédica? ¿Se volcaría en favor de los regímenes capitalistas occidentales para librarse del avance intempestivo del mundo comunista? ¡No, por supuesto que no! ¡El magisterio romano es infalible! En su encíclica Immortale Dei, La Constitución Cristiana de los Estados (1885), el papa León XIII había insistido en su condenación al protestantismo por su principio de ―libertad de conciencia‖, que interpretaba como dejar hacer a quien quisiese lo que se le diese la gana. Ese principio interrumpía la conexión ordenada de alma y cuerpo, volvió a enfatizar León XIII, en el ejercicio de la autoridad. Por consiguiente, un capitalismo que permita comprar y vender libremente, sin controles, no puede traer paz sino violencia por la injusticia que genera. A pesar de percibir el contraste entre el genocidio salvaje comunista y la libertad económica y política de Occidente, el Vaticano siguió condenando los regímenes democráticos capitalistas occidentales durante todo el S. XX. Pero sumó en su prédica otra condena a los regímenes comunistas y colectivistas ateos por su carácter antirreligioso, y por su apropiación de toda propiedad. Roma no podía aceptar una ―colectivización completa‖ como se daba en el comunismo, con un Estado no sólo controlador sino también dueño de los bienes de la sociedad (Megalomanía, 57). Los bienes intocables de la Iglesia corrían riesgo con una centralización estatal semejante (manejada por un partido ateo), tan excluyente como para no aceptar ninguna religión en su medio, ni menos una visión espiritual presuntamente superior. Pero, ¿a quién recurrir para frenar la democracia y lograr otra vez el reconocimiento de los pueblos de la tierra? Asombra ver que ni en la primera mitad del S. XX pierde el papado toda esperanza en el resurgimiento 5 E. G. de White se anticipó en un buen número de años al resurgimiento de esta lucha secular en varios de sus escritos. *
  • 12. 12 y fortalecimiento del sistema monárquico, especialmente en Austria, un país tradicionalmente católico. Aún así, se da cuenta que algo debe hacer también para congraciarse con las masas presuntamente explotadas de la época moderna. Todo esto, sin perder su convicción de que la autoridad debe descansar en el tope, no en el fondo; en una persona, no en muchas; para poder hacer prevalecer la unidad que garantiza la paz. Su presunta devoción por las masas le sirve, en efecto, de pretexto moral para justificar su visión piramidal del poder. En 1931, Pío XI volvió a insistir en su encíclica Quadragesimo Anno (Sobre la Reconstrucción Social), que ―el estado debe encargarse de armonizar la propiedad privada con las necesidades del bien común...‖. ―El correcto ordenamiento de la vida económica‖, insistió, ―no puede dejárselo librado a una libre competencia de fuerzas...‖ Según él, debe mantenerse la competencia libre ―dentro de ciertos límites..., sujetados y gobernados por un principio directivo efectivo y verdadero‖ (Megalomania, 65). El criterio sobre el que se basó Pío XI, y continúan basándose las encíclicas papales hasta hoy, es el que Tomás de Aquino tomó de Aristóteles. ¿En qué consiste? En admitir el derecho a la propiedad privada, pero negar su uso privado. Se acepta que la riqueza se herede, pero se condena como inmoral su obtención mediante el comercio. La ―ganancia‖ era considerada como egoísta y dañina. Así, la Iglesia Católica rechazó el comunismo político, afirmando que el Estado debe respetar la propiedad privada. Pero en oposición al capitalismo occidental, declaró que su uso es social, no particular (Megalomania, 53). Un problema adicional y fundamental que no debemos olvidar en todas estas bonitas prédicas papales, tiene que ver con el ejercicio de la autoridad. El control económico y político debe venir de arriba—según el papado—de un poder centralizado, de una persona que encarna la autoridad divina y la impone sobre los que están debajo. ¿Trajo un sistema tal un mejor estilo de vida en el Medioevo? Aún en la época moderna, sus mecanismos de control exigidos por la iglesia a los gobiernos civiles comprometidos con el catolicismo, no han hecho otra cosa que trabar el desarrollo económico y fomentar la pobreza y la corrupción en todas sus formas. Los más grandes dictadores y sistemas de poder abusivos y explotadores del S. XX, se dieron mayormente donde el ―vivo‖, el ―afortunado‖, logró trepar a la cúspide y para robar. No debía extrañarnos que eso sucediera bajo una orientación en donde se debilitaba el esfuerzo individual y responsable para lograr metas individuales, prometiendo en cambio una compensación monetaria a la ociosidad y negligencia. Hagamos un paréntesis para adelantar aquí que, cuanto más grande es el control estatal, más dependiente hará a la gente de ese poder central. El éxito de todo gobierno consiste, sin embargo, en educar al hombre, al ciudadano, para que se gobierne solo. De allí que a la iglesia le compita trabajar únicamente sobre las conciencias individuales sin forzar la voluntad, para que sean regidas por la Palabra de Dios y la labor conjunta del Espíritu Santo, no por el temor de enfrentar autoridades externas y ―superiores‖. Si no se logra elevar al hombre a un plano de responsabilidad individual, de nada servirán todas las prédicas sociales de control que se establezcan sobre él. Aún así, las leyes sociales que se establezcan para evitar los abusos, deben responder a criterios establecidos sobre bases democráticas, no monárquicas ni dictatoriales. Los gobernantes no están ni deben estar fuera de las diferentes facciones de la sociedad. Los hombres no cambian su naturaleza cuando asumen un cargo público. Por consiguiente, un sistema de auditoría, revisiones y equilibrios para confrontar las diferentes facciones dentro del gobierno, es necesario para controlar al gobierno mismo. Pero una monarquía o sistema dictatorial no admite ninguna limitación del poder de los gobernantes, ni tampoco la libertad (Megalomania, 159). De nuevo se despacha Pío XI y en términos categóricos en la misma encíclica de 1931, contra el manejo del dinero y la usura. Mientras que durante la Edad Media, la Iglesia impedía a los católico-romanos cobrar intereses de los préstamos, los judíos en la protestante Holanda se transformaban en los primeros banqueros de Europa y del mundo. De manera que la denuncia católica contra los banqueros, era una denuncia tradicional contra los judíos. Podemos imaginarnos, en este contexto, hasta qué punto las encíclicas papales estaban preparando el terreno para los tremendos baños de sangre contra los judíos que comenzarían en esa misma década (Pope’s Hitler, 24-28). 3. Presunta solución. Si el capitalismo occidental con su respeto no sólo a la propiedad privada sino también a la libertad empresarial debía ser condenado, y el comunismo estatal que controlaba el intercambio comercial pero que eliminaba la propiedad privada tampoco satisfacía al pontífice romano, ¿qué sistema de gobierno podía cuadrar con su visión político-económica? ¡Por supuesto, uno en donde la autoridad se estableciese en la cabeza, no en los pies; en la cúpula, no en la base! Y esa autoridad debía centrarse en una persona para lograr
  • 13. 13 más fácilmente la unidad, y en correspondencia y sumisión a la autoridad superior pontifical romana. Es en este contexto que aparece la otra rama del genocidio del S. XX, en manos de regímenes fascistas dictatoriales. Esos nuevos sistemas de gobierno se ajustan de una manera admirable a todas las encíclicas papales que versaban sobre economía y justicia social. Por tratarse de un punto intermedio entre el capitalismo democrático-republicano y el comunismo ateo, fue visto por la Santa Sede como ―providencial‖. Por identificarse con la iglesia católico-romana y apreciar en cierta medida, esa visión moral político-económica- religiosa superior de Roma, se esperaba que el mundo podría volver otra vez a recuperar su ordenamiento social medieval presuntamente querido por Dios. Pero, ¿qué es lo que realmente pasó? Que el mundo debió enfrentarse en el acto a una tiranía teocrática y excluyente que revivió en pleno siglo XX, y en una magnitud insospechada, todos los genocidios conocidos de la edad anterior. El papado confiaba en que tales regímenes dictatoriales y totalitarios iban a liberar al mundo de los dos supuestos extremos existentes para entonces, esto es, el capitalismo democrático protestante presuntamente desenfrenado occidental, y el comunismo socialista ateo y anticlerical oriental. El lugar que habían perdido los reyes según el modelo monarcal medieval, debían ocuparlo ahora los dictadores según el nuevo modelo fascista y nazista moderno. Esta era una opción notablemente ―providencial‖ que se le presentaba para entonces al Vaticano, mediante la cual esperaba otra vez gozar del poder absolutista que había ejercido por más de 1200 años. Y el carácter cruel y despótico que caracterizó al papado por tantos siglos, iba a reaparecer en forma espontánea y dramática durante el S. XX, en el proceso de recuperar y afirmar su supremacía perdida. V. Dictadores Del S. XX El sistema de gobierno católico-romano es monárquico por naturaleza, y sigue siéndolo así hasta el día de hoy. No son los creyentes católicos los que eligen al papa, quien por otro lado, se considera infalible en materia de fe y costumbres. Subsiste en el romanismo un sistema medieval monárquico de gobierno cuyo representante máximo es establecido en forma vitalicia, como los reyes en las monarquías europeas anteriores. Lo más sorprendente, es que tal sistema de gobierno haya podido perdurar en medio de regímenes modernos elegidos democráticamente por el pueblo, y cuyos gobernantes ejercen su oficio en forma temporaria, según lo decida la autoridad que emana no de una cúpula, sino del mismo pueblo. El peligro para esta visión piramidal del poder se agrandó para el Vaticano cuando comenzaron a levantarse en Europa y América partidos políticos católicos que abrazaban el sistema democrático de gobierno y, por consiguiente, no se sujetaban fácil e incondicionalmente a las directivas de la cúpula romana. Esto sucedió a comienzos del S. XX, especialmente en Francia y en Alemania, y aún en la misma Italia y otros países de orientación religiosa católica. ¿Qué hacer entonces, para evitar que con tal corriente, se terminase democratizando aún el mismo sistema jerárquico de la Iglesia Católica Romana? (Pope’s Hitler, 35-40). Si se desprendía el papado de esos partidos políticos católicos liberales, ¿a qué sistemas de gobierno podría recurrir para hacer oír su voz, y se acatasen sus dogmas político-económico- religiosos? Vanos habían sido los intentos del papado por lograr concordatos con los países democráticos de Europa, en donde al menos sus escuelas fuesen reconocidas y pagados los obispos de la Iglesia. Algún logro obtuvo en la región católica de Baviera en 1924. Pero tal concordato favorable a la Iglesia Católica le creó mayores problemas para lograr otros concordatos con Prusia, por ejemplo, y con el Reich alemán. Mientras que en Baviera logró que el clero fuese pagado por ese estado regional de Alemania, y la enseñanza de la religión fuese impuesta y controlada por el obispo local, en Prusia tuvo que dejar la cuestión de las escuelas fuera del acuerdo (Pope’s Hitler, 100-104). Una nueva opción intermedia aparece, entonces, con el nazismo alemán y el fascismo italiano entre la segunda y tercera décadas del S. XX. Ambos se autoproclaman favorables a la Iglesia Católica y contrarios al comunismo. Ambos necesitan un reconocimiento ―moral‖ para superar las críticas de las demás corrientes democráticas occidentales y del comunismo. ¿Cómo desaprovechar, pues, el papado romano, semejante oportunidad para resarcirse del golpe de gracia que había recibido de la Revolución Francesa, y del que no se podía recuperar todavía? Es más, su presunta posición intermedia entre el capitalismo y el comunismo apuntaban en esa dirección. El Vaticano vio en Hitler y Mussolini una oportunidad para afianzarse en el poder y recuperar el centro de Europa para la Iglesia Católica. Más aún, los vio como divinamente señalados para poder deshacerse del comunismo y relanzar la evangelización católico- romana del resto de Europa, inclusive del mundo ortodoxo en el este. Con ellos (los dictadores), iba a
  • 14. 14 poder firmar y, por la vía rápida, concordatos de mutuo reconocimiento. Al ver luego, los demás países católicos de Europa y Latinoamérica, cuán rápido el papado daba reconocimiento a tales gobiernos, iban a saludar con el mismo beneplácito a gobiernos dictatoriales que apareciesen súbitamente en su medio y con motivos semejantes. En efecto, todos los grandes dictadores y genocidas del S. XX en occidente, fueron católicos y contaron con el respaldo abierto y explícito del papado romano. Este hecho no puede ser negado ni debe pasarse por alto. La Iglesia vio en ese nuevo sistema una oportunidad para recuperar el dominio perdido en el centro de Europa, e imponerse, a partir de allí, en el resto del mundo como la única autoridad moral, política y espiritual reconocida. Siendo que la Iglesia Romana es una institución autoritaria por definición, no debía extrañar a nadie que favoreciese gobiernos hechos a su imagen y semejanza. Consideremos por unos momentos los nombres de los dictadores del S. XX. Indiscutiblemente, todos fueron católicos. Entre los más sobresalientes podemos mencionar los siguientes. Benito Mussolini (Italia), 1922-1943; Engelbert Dollfuss and Kurt von Schuschnigg (Austria), 1932- 1934; Adolf Hitler (Alemania), 1933-1945; Antonio Salazar (Portugal), 1932-1968; Francisco Franco (España), 1936-1975; Ante Pavelic (Croacia), 1941- 1945; Juan Perón (Argentina), 1946-1955; Videla (con la Junta Militar que gobernó a Argentina durante la ―guerra sucia‖ en los 70s), Pinochet en Chile, etc. De entre ellos, los más criminales fueron Hitler, Mussolini, Franco y Pavelic (también, aunque en no tan grande número, Videla y Pinochet). Corresponderá, a continuación, demostrar la relación de estos regímenes dictatoriales y sus genocidios, con el Vaticano y la Iglesia Católica en general. VI. El concordato del Vaticano con el régimen fascista de Mussolini Para entender la desesperación que tenía el Vaticano por firmar acuerdos con los poderes políticos del S. XX, tenemos que ubicarnos en el contexto del S. XIX y la dramática lucha por la supervivencia del pontificado romano. No sólo había perdido el papado toda autoridad política, sino que también corría el riesgo de ser aniquilado o, en los términos comunistas, ―ahogado‖. Las democracias, con el traspaso de la autoridad al pueblo, no le reconocían ninguna autoridad para intervenir en la sociedad. El grito de liberté, fraternité y egalité, que hacían sonar las masas, era un grito de guerra contra todo gobierno autoritario, inclusive el del papado. Todo era del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. 1. El siglo de muerte política papal. El golpe de muerte que recibió el papado en 1798 en manos de las autoridades seculares francesas que apresaron al papa y declararon que nunca más se levantaría un reino tal, marcó todo el espíritu del S. XIX. El papado fue repetidamente humillado con Napoleón, quien tomó como prisioneros a Pío VII y a Pío VIII. Pío IX debió escapar el 16 de Noviembre de 1849, vestido con una sotana de sacerdote común y un par de grandes gafas o anteojos, cuando fue saqueado su palacio de verano Quirinal que estaba sobre la ciudad de Roma. Huyó a la fortaleza de Gaeta en el reino de Nápoles, para no volver al Vaticano sino un año más tarde gracias a la ayuda de las bayonetas francesas. Algo semejante ocurría con el predominio papal que, en mayor o menor intensidad, continuaba quitándosele a la Iglesia Católica en los demás países de Europa. Inclusive en la misma Italia, le fueron quitando al papa su dominio territorial en su confrontación con las fuerzas que luchaban por la unidad y modernización de la nación. Esto desembocó en su pérdida definitiva de la ciudad de Roma y el centro de la península, bajo un gobierno independiente conducido por Vittorio Emanuele que confiscó el patrimonio papal.6 Pío Nono rehusó llegar a un acuerdo con el nuevo estado italiano, y se encerró en su palacio apostólico. Ya había prohibido con la amenaza de la excomunión en 1868, la intervención de los católicos en las políticas democráticas. Es en ese contexto que logra la proclamación de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I que tuvo lugar en 1870. 6 A través de un documento falsificado, como la Donación de Constantino, había pretendido el papado apoderarse de toda Europa a partir del S. XVIII. Pero la falsedad de ese documento fue demostrado ya en el S. XV. Poco a poco fue perdiendo su dominio de los países protestantes que comenzaron a levantarse a partir del S. XVI. Finalmente, su autoridad política sobre toda Italia le fue quitada al formarse un nuevo Estado italiano que le quitó aún la ciudad de Roma en 1870. Lo único que le quedó fueron los pocos edificios que forman parte de lo que hoy se conoce como Ciudad del Vaticano, de apenas 108.7 acres. Pero el papa Pío Nono se negó a dialogar con la nueva autoridad civil establecida, así como había prohibido a los católicos tomar parte en las políticas democráticas, Hitler’s Pope, 13. De manera que ni siquiera logró un reconocimiento público, del nuevo estado laico, de sus edificios en el Vaticano mismo.
  • 15. 15 La Iglesia corría el riesgo de ser desalojada completamente de Roma, y debía permitírsele al papa emitir decretos para los católicos desde cualquier lugar de la tierra al que fuese eventualmente arrojado. Esos decretos o encíclicas papales debían tener la misma autoridad conciliar de los siglos precedentes que ostentó siempre en forma infalible el Magisterio de la Iglesia. Todo este régimen jerárquico centrado en el papa se completó con la publicación del Código de Ley Canónica que se puso en vigencia para toda la Iglesia Católica desde 1917. Pero tales leyes eclesiásticas se verían muy recortadas o limitadas mientras no hubiese gobiernos seculares que estuviesen dispuestos a reconocerlas y respaldarlas. En la última parte del S. XIX, las típicas procesiones católicas, así como sus servicios externos, fueron proscritos de Italia como consecuencia en parte, de la proclamación de la infalibilidad papal. A consecuencia de la misma infalibilidad proclamada, los católicos comenzaron a ser perseguidos también en Alemania en lo que se conoció como Kulturkampf (―cultura de lucha‖). Sus comunidades religiosas fueron siendo dispersadas en Italia y en toda Europa, inclusive en la tradicional católica Austria, y confiscadas las propiedades de la iglesia. Se requirió que los sacerdotes se enrolasen en el ejército. Leyes sobre divorcio fueron aprobadas, se secularizaron las escuelas, y se disolvieron numerosos días santos. Un monumento a Emanuele comenzó a levantarse en 1885 ―para glorificar la unificación del país bajo su primer rey‖. También se levantó otra estatua de Garibaldi montado sobre su caballo en el lugar más alto de la colina de Janiculum. Esa imagen podía verse no sólo desde la nueva capital, sino también desde el Vaticano. Sólo un contingente de la milicia italiana logró que el cadáver de Pío Nono se salvase de un último insulto cuando una turba anticlerical intentó arrojarlo al río Tíber, mientras el cortejo fúnebre se dirigía hacia la tumba de San Lorenzo.7 Apenas comenzado el S. XX, el gobierno francés de Waldeck-Rousseau prohibió enseñar a las órdenes religiosas (1901). Los jesuitas cerraron sus escuelas y se dedicaron a otras actividades. Comunidades enteras de religiosos emigraron a Inglaterra, Bélgica, Holanda y los EE.UU. Emile Combes, sucesor de Waldeck- Rousseau, ostentaba en septiembre de 1904, haber cerrado 13.904 escuelas católicas. Actitudes semejantes tenían otros gobiernos europeos. El golpe de muerte sobre la autoridad política del papado profetizada en 7 Hitler’s Pope, 14,16. Apoc 13:3 estaba durando ya más de un siglo, y ningún gobierno ni país salía en defensa de la Iglesia Católica.8 2. Una primera señal de restauración. Apenas comenzada la tercera década del S. XX, una nueva esperanza nació para el papado. En su primer discurso ante la Cámara de Diputados, el 21 de junio de 1921, un año antes de llegar a ser Il Duce, Benito Mussolini declaró que ―la tradición latina e imperial de Roma está representada por el catolicismo‖, y ―que la única idea universal que todavía existe en Roma es la que brilla del Vaticano...‖ En esa oportunidad abogó por un concordato con el Vaticano en donde el papado renunciase legalmente a sus reclamos temporales [por largo tiempo ya perdidos sobre la ciudad de Roma] y recibiese, en cambio, ayuda material de parte del gobierno civil. En las palabras mismas de Mussolini, ―el desarrollo del Catolicismo en el mundo... nos interesa y enorgullece a nosotros que somos italianos‖.9 Pocos meses después, Mussolini volvió a ponderar la Iglesia Católica. ―Es increíble‖, fueron sus palabras, ―que nuestros gobiernos liberales no hayan sido capaces de ver que la universalidad del papado, heredero de la universalidad del Imperio Romano, representa la más grande gloria de la historia y tradición italianas‖.10 Siete años más tarde, el arreglo de Mussolini con la Santa Sede se hizo realidad en el Concordato Laterano de 1929, mediante el cual el estado italiano se reconciliaba con la Iglesia Católica. ¿En qué consistió el tratado Laterano de Mussolini con el Vaticano? Por un lado, el estado italiano reconocía el estatus extraterritorial del Vaticano y al catolicismo como la única ―fe dominante‖ o reconocida en Italia. Por el otro, la Iglesia Católica se comprometía a colaborar con el régimen fascista. Así, y por primera vez en Roma desde que el Código de Ley Canónica se había editado, el estado Italiano reconocía el derecho de la Santa Sede de imponer ese Código en Italia. De acuerdo con la Ley Canónica, el Estado terminaba reconociendo la validez de los 8 Ibid, 45-47. Manning, el arzobispo de Westminster, se refirió en 1876 a la ―oscuridad, confusión, depresión..., inactividad y enfermedad‖ de la Santa Sede. John Cornwell mismo se pregunta si ―el oscurantismo del avejentado Pío Nono, en conflicto con la imparable corriente de modernidad, volvía al papado—la más longeva institución humana que sobrevivía sobre la tierra—moribundo?‖, ibid, 15. 9 P. C. Kent, The Pope and the Duce: The International Impact of the Lateran Agreements (New York, St. Martin‘s Press, 1981), 6; cf. Megalomania, 168. 10 D. A. Binchy, Church and State in Fascist Italy (Oxford University Press [1941] 1970, 100; cf. Megalomania, 168.
  • 16. 16 casamientos efectuados en la iglesia. El papado, además, era galardonado con la soberanía del pequeño estado llamado hasta hoy Ciudad del Vaticano. También obtenía soberanía sobre varios edificios e iglesias de Roma, y el palacio de verano de Castel Gandolfo sobre el Lago Albano. En compensación por los territorios que había perdido, el Estado le pagó al Vaticano el equivalente para la época de 85 millones de dólares. Una vez restablecida la autoridad política del papado de esa manera,11 el Vaticano la usó para apoyar al gobierno de Mussolini. En las elecciones de Marzo que tuvieron lugar después de haberse firmado el Tratado Laterano, el Vaticano animó a los sacerdotes católicos por toda Italia a apoyar a los fascistas. El papa mismo habló repetidamente de Mussolini como ―un hombre enviado por la Providencia‖.12 Y esto, a pesar de comprometer al clero y a las organizaciones religiosas, según el artículo 43 del Código de Ley Canónica, a no enrolarse en ningún partido político. La Acción Católica sería reconocida siempre que desarrollase ―su actividad fuera de todo partido político y en directa dependencia de la jerarquía de la Iglesia para la diseminación e implementación de los principios católicos‖.13 Después que Mussolini ganó las elecciones, se entrevistó con el papa Pío XI, y reportó las palabras del pontífice que no fueron desmentidas por el Vaticano. Según Mussolini, el papa le había dicho que estaba feliz de que ―se había restablecido la compatibilidad entre el partido fascista y la Acción Católica... No veo‖, continuó el papa, ―en lo entero de la doctrina fascista— con su afirmación de los principios de orden, autoridad y disciplina—nada contrario a las concepciones católicas‖. En efecto, como se ha hecho notar vez tras vez, el dogma fascista que concebía ―todo dentro del Estado, nada fuera del Estado‖, más la centralización del gobierno en una sola persona, y la afirmación de que la Iglesia era la única religión del Estado, cuadraba perfectamente con la visión y sueños papales. 11 Algunos ven ese tratado como testimonio de la pérdida de autoridad política del papado, porque por primera vez el papado aceptaba firmar un documento en donde no reclamaba el dominio de la ciudad de Roma y el resto de Italia. Otros, en cambio, y con mayor argumentación, ven lo contrario. Por más pequeño que era ahora su territorio con el Vaticano, era ese un reconocimiento que se le había negado desde hacía muchos años. 12 Pope‘s Hitler, 114; Megalomania, 168. 13 Ibid, 114-115. En otras palabras, los sacerdotes, monjas y religiosos podían intervenir en política apoyando a uno u otro partido, pero sin inscribirse o anotarse en el partido que fuese según el caso. 3. La campaña imperialística católico-fascista contra Etiopía. Aparte de su apoyo a los demás regímenes fascistas de Alemania, España y Croacia en especial, y de su carácter dictatorial en Italia, se destaca Mussolini por las masacres espantosas que efectuó en su campaña contra Etiopía en los años 30 (1935-1936). El papado apoyó a Mussolini en esa campaña imperialística, a pesar de las barbaridades y brutalidades tan flagrantes que ejecutó contra tantos civiles no armados. Públicamente aplaudió el papa el deseo imperialístico expansivo de esta ―nación pacífica‖ (Italia). Altos prelados italianos reclutaban sargentos para esa guerra expansionista. El clima final cruento de la guerra que se vio marcado con asesinatos masivos de miles de primitivos desarmados, fue celebrado por orden del papa mediante servicios de agradecimiento y sonido de campanas en las iglesias de Italia. En esto no hizo el papa del S. XX otra cosa que repetir las escenas medievales de regocijo papal por la masacre de San Bartolomé, el 24 de Agosto de 1572. En aquella ocasión, los católicos cometieron uno de sus peores genocidios en la historia medieval, al dar muerte en una noche a decenas de miles de protestantes franceses (Hugonotes), cifra que en los días sucesivos superó los 100.000. ¿Por qué apoyó el papado la campaña fascista de Mussolini contra Etiopía? Hasta el S. VIII, la tradición cristiana se había visto libre en Etiopía de muchas de las desviaciones del cristianismo que se habían introducido en occidente, y que se habían extendido a todo el antiguo mundo romano durante ese primer milenio cristiano. La Iglesia de Roma no pudo dar otro legado a la Europa Medieval que ese producto híbrido pagano-cristiano que se había gestado en ella durante los primeros siglos de apostasía imperial. Cuando los papas se hicieron fuertes en la segunda mitad del primer milenio, y descubrieron que en Etiopía no se respetaba el domingo, quisieron prohibir que se guardara el sábado. Hubo guerras con ese fin, y a través de diferentes estratagemas, el papado terminó finalmente logrando imponer la cultura cristiana medieval en esa relativamente lejana tierra africana. Sin embargo, los focos antipapales nunca se apagaron del todo en Etiopía. En efecto, la Iglesia Cóptica de ese país siempre resistió el imperialismo eclesiástico Católico-Romano. En el S. XV se vieron forzados de nuevo por los portugueses a someterse a Roma, como condición para ser librados de los musulmanes. Pero eso condujo a una demoralización muy grande de Abisinia que los llevó a emanciparse de nuevo en el S. XVII, con la expulsión de los jesuitas de Etiopía.
  • 17. 17 Ahora, en pleno S. XX, Mussolini lograba otra vez, mediante opresiones de estilo medieval y genocidios brutales, traer a una iglesia y pueblo presuntamente rebeldes, bajo la tutela de la Iglesia de Roma.14 ¿Cómo no iba a ser el hecho festejado por orden papal, en todo Roma y en toda Italia, sin importar que se viviese ya en plena época moderna? Bastaba simplemente con recibir un reconocimiento político e iniciarse la restauración así, de su herida mortal, como para que en el acto resurgiese el espíritu perseguidor y asesino que siempre tuvo para con los que se negaban a reconocer la autoridad política y espiritual del papado. 4. Justificación católica a la guerra de Mussolini. Fue corta la alegría de Mussolini y de la Iglesia Católica en Etiopía, ya que Il Duce no pudo mantener los éxitos iniciales logrados en la guerra expansionista católica-fascista que emprendió allí. Al mismo tiempo, levantó la indignación del mundo entero—con excepción del papa y de algunos países católicos como Polonia e Irlanda—por haber escogido la nación más débil para apoderarse de ella y de sus riquezas. El afán de lucro y poder que embargaba tanto a católicos como militares no tenía límites. Tarjetas postales circulaban por toda Italia mostrando un mapa de Abisinia con los tesoros de maíz, oro, aceite, etc., en diferentes regiones. Otras tarjetas portaban un tanque de guerra con una estatua de la Virgen para los etíopes. ¿Cómo podía justificar la Iglesia Católica esa guerra de agresión? Evidentemente llegaba tarde Mussolini al reparto colonialista del que habían participado otros países europeos en siglos anteriores. Los principios de libertad e igualdad que se respiraban por doquiera, más la independencia de tantos países de la madre patria, hacían que una empresa de conquista de esa naturaleza no cayese en la mejor época. Por tal razón, el involucramiento de la Iglesia Católica y su misión servían para paliar la condena generalizada del mundo. El Vaticano trató de justificar luego a la jerarquía italiana y al clero diciendo que actuaron como italianos, no como representantes de la Iglesia. Esa es una excusa semejante a la que ofreció también, al concluir el S. XX, para disculparse por la horrenda obra de la Inquisición durante la Edad Media. Habrían sido los hijos de la Iglesia, no la Iglesia misma la que cometió tales crímenes, porque la Iglesia no puede errar y, por otro lado, se trató de un exceso de celo que tuvieron tales hijos en su amor por la verdad, por lo cual tampoco pueden ser condenados. 14 Megalomania, 169. Pero por más que en los tiempos modernos se han vuelto más prudentes y sutiles en sus expresiones públicas, tanto entonces como ahora en relación con Mussolini y otros dictadores, la intervención y aprobación de los papas y prelados del Vaticano mismo fueron demasiado explícitos como para poder escaparse de la acusación. Pío XI se refirió a Mussolini como ―un hombre libre de los prejuicios de la escuela ‗Liberal‘, un hombre en cuyos ojos las leyes y órdenes de esa escuela, o más bien desórdenes, son monstruosos y deformes‖ (Megalomania, 166, n. 15). L’Osservatore Romano (22 de agosto, 1935), el órgano informativo del Vaticano, en un Congreso Eucarístico en Teramo, envió un telegrama a Mussolini en nombre de 19 arzobispos y 57 obispos diciendo: ―La Italia Católica agradece a Jesucristo por la grandeza renovada de la patria hecha más fuerte por la política de Mussolini‖. Cualquier ventaja que obtuviese el gobierno italiano en esa guerra de agresión, iba a servir también de provecho para la Iglesia. Salvemini recolectó pronunciamientos de 7 cardenales, 23 arzobispos, 44 obispos y 6 arzobispos apostados en el extranjero que apoyaron la invasión, como una simple muestra adicional del involucramiento de la Iglesia en la campaña. El obispo de Nocera, en una carta diocesana escrita el 15 de Octubre de 1935, explicó que Etiopía era un país incivilizado debido a que no estaba sujeto al Papa y la guerra debía serles de gran bendición. Y concluía diciendo: ―Alabamos a Dios de que usase a Italia como su instrumento divino para la evangelización del mundo entero‖. El arzobispo de Toronto tuvo la misa en un submarino y se dirigió a los oficiales diciéndoles que estaban peleando una batalla defensiva, no de conquista. El propósito, aseguró, era aliviar a Italia de su sobrepoblación con la materia prima de Etiopía, y ―expandir la fe católica‖ por lo que podía considerársela como ―una guerra santa, una cruzada‖ (un eco de las cruzadas papales de la Edad Media a Oriente). ―La bandera italiana está en este momento llevando el triunfo de la Cruz a Etiopía para liberar el camino de la emancipación de los esclavos, abrirlo al mismo tiempo a nuestra empresa misionera‖. No sólo las campanas sonaron en todas las iglesias cuando los italianos entraron en Adis Abeba y Mussolini anunció la victoria en Mayo de 1936, sino que se decoraron e iluminaron todas las iglesias (con excepción de la de San Pedro en donde sonaron las campanas pero no se la iluminó en forma especial). El papa bendijo ―la felicidad triunfante de un pueblo grande y bueno por una paz que fomentará e iniciará la verdadera paz europea y mundial‖ (News Times and Ethiopia News, 31 de Octubre, 1936). Los obispos se
  • 18. 18 apresuraron a felicitar al Duce por su ―defensa de la civilización cristiana‖. ―Oh, Duce‖, decía el obispo de Terracina, ―hoy Italia es fascista y los corazones de todos los italianos laten juntos con el tuyo. La nación está lista para cualquier sacrificio con el propósito de asegurar el triunfo de la paz y de las civilizaciones romanas y cristianas... Dios te bendiga, Oh Duce‖ (Pope’s Hitler, 175). Nadie dijo nada sobre las masacres brutales que efectuó Graziani cuando el hijo del carnicero de la masacre de Adis Abeba publicó un libro glorificando la guerra y contando cuán divertido era arrojar bombas sobre los nativos. Por otro lado, Italia hizo poco por Abisinia. No se preocuparon por educar a los nativos, y las empresas fueron reservadas para los italianos. No se les permitió a los abisinios llegar a ser artesanos. Debían traer madera y agua. Mussolini quería dos cosas, la gloria de fundar un imperio italiano y un país al cual explotar para los italianos. En este contexto, L’Osservatore en 1937 anunció la bendición papal a esa empresa imperialista al galardonar con la Rosa de Oro (el honor supremo que tiene el papado para las mujeres), a la Reina de Italia como Emperatriz de Abisinia. El papa aclaró también que, según él lo entendía, el trasfondo de la conquista de Etiopía no era la sobrepoblación de Italia. Lo que los italianos no dieron para los abisinios, lo dio el gobierno a los sacerdotes, monjes y monjas, que fueron a Etiopía. Allí les construyó Mussolini regias mansiones y casas (International Review of Missions, Jan 1937, 103). Los misioneros protestantes descubrieron también que debían irse. La mutua tolerancia que había entre musulmanes y cristianos se rompió, llevándolos a pelearse entre ellos. 5. Cifras en masacres y bajas. ¿De qué manera estaba Mussolini evangelizando a Etiopía y, eventualmente, al mundo entero? Con gas venenoso, bombas y cruentas masacres. En 1945, un memorándum de Etiopía a la Conferencia de Primeros Ministros sostuvo que murieron 760.300 nativos repartidos de la siguiente manera: 275.000 muertos en batalla, 300.000 refugiados de hambre, 75.000 patriotas muertos durante la ocupación, 35.000 en los campos de concentración, 30.000 en la masacre de Adis Abeba (19-21 de Febrero, 1937), 24.000 ejecuciones, y 17.800 civiles muertos por la fuerza aérea. Del lado italiano, 5.211 bajas y 10.000 auxiliares nativos. Estas cifras que provinieron del lado etíope fueron posteriormente minimizadas del lado italiano. Con respecto a la masacre de Adis Abeba, por ejemplo, los italianos adujeron que fueron sólo 3.000. Probablemente nunca podrá ponerse de acuerdo sobre la cifra exacta, pero todos concuerdan en que en esa guerra murieron cientos de miles de nativos. Aún del lado italiano reconocen que llevaron a cabo 5.469 ejecuciones hacia fines de 1937 en venganza por un intento de quitarle la vida a Graziani. Bonita manera de evangelizar con la cruz y la espada, el método misionero por excelencia que tuvo la Iglesia Romana en toda su historia. Corresponde resaltar aquí que todo esto sucedió en pleno S. XX. Los apologistas de la Inquisición y el Vaticano mismo han siempre argumentado que las barbaries de la Inquisición se dieron en la época medieval, culpando a la época por tales homicidios y a algunos hijos de la Iglesia que se excedieron en su celo por su fe. Los homicidios en masa de Abisinia, así como los que veremos seguidamente en otros países de Europa, Asia y Sudamérica, nos muestran que esa época vuelve a levantarse en el acto cuando la Iglesia recupera su poder político, y las condiciones la favorecen en ese tipo de expansión y afirmación misionera. Conclusión. El concordato entre el Vaticano y Mussolini en 1929 fue el primer acto efectivo de restablecimiento del poder político del papado. Podía ahora pisar de nuevo sobre tierra firme, una tierra que era de nuevo suya. Es cierto que había perdido grandes territorios en su período de muerte, y que ahora le devolvían un pequeño Estado. Pero además de la gran suma de dinero que se le dio en compensación por los territorios que perdía, tuvo otra ventaja que iba a saber explotar por el resto del S. XX y probablemente hasta el mismo fin del mundo. Lo más importante para el papado era volver a ser ahora un monarca espiritual y secular al mismo tiempo. Todas las naciones y todas las religiones del mundo, en sus foros respectivos, iban a tener que escuchar su voz y, de buen o mal grado, respetarla. En efecto, el Vaticano pasaba a ser la única ciudad-estado del mundo, con posibilidad de ser reconocida diplomáticamente por toda la tierra, en todo órgano internacional, inclusive en las Naciones Unidas. El hecho de ser apenas una ciudad dentro de otra ciudad, le permitía también seguir identificándose con Roma y toda su fama histórica. De hecho, el papado no se había mudado, no se había ido de la legendaria ciudad. Por supuesto, la pequeña ciudad que ahora recuperaba legalmente no iba a limitarlo en su proyección política y religiosa internacional. Por el contrario, la soberanía
  • 19. 19 que adquiría sobre un espacio de sólo 108.7 acres, lo hacía insignificante pero sólo en apariencias. Gracias a su extenso poder religioso internacional, podía emprender sus enormes ambiciones políticas pasando más fácilmente desapercibido. Como lo reconoció el sacerdote jesuita Malaquías Martin, los demás poderes que compitiesen por el dominio mundial no lo verían como competidor, lo que le permitiría salir a la postre, ganador de la contienda. Lo que hizo el papado al aprobar de diferentes maneras la campaña de Mussolini a Etiopía, y su agenda religiosa exclusivista, ¿no lo haría también en todo el mundo, una vez que lograse formar concordatos de la misma naturaleza político-religiosos con otros países y religiones? ―Y la mujer que viste es aquella gran ciudad que impera sobre los reyes [o gobernantes] de la tierra‖ (Apoc 17:18). ―Y dice en su corazón: ‗Estoy sentada como reina. No soy viuda, ni veré llanto‘‖ (Apoc 18:7). VII. El vínculo del Vaticano con Hitler y Alemania Es probable que el museo del holocausto en Washington vindique en parte con el silencio el antisemitismo católico por el hecho de que Alemania es normalmente considerada Protestante, y la Iglesia Protestante alemana terminó doblegándose ante Hitler. Pero los Protestantes no firmaron un concordato con Hitler antes que lo hiciera el Vaticano, viéndose compelidos a seguir su ejemplo. Para entender el contexto, basta con mencionar al abad benedictino Alban Schachleitner, quien argumentó que apoyaba a los nazis por razones tácticas contra los luteranos. El padre Wilhelm Maria Senn creía también que Hitler había sido enviado al mundo por la providencia divina, citando así indirectamente las palabras del papa en referencia a Mussolini (Hitler’s Pope, 110). Aunque de a momentos Hitler pareció ni creer en Dios, fue siempre católico y se formó en un hogar católico tradicional. Asistía regularmente a misa, fue monaguillo, y soñaba con ser sacerdote. Cuando iba a la escuela en un monasterio benedictino en Lambach, Austria, descubrió la cruz vástica hindú que adoptó más tarde como símbolo de su movimiento Socialista Nacional. La Iglesia Católica nunca lo excomulgó. Por el contrario, Pío XI fue el primer jefe de estado que reconoció el gobierno de Hitler en 1933, y alabó a Hitler en público, aún antes de reconocer oficialmente su régimen. Siempre en 1933, Pío XI expresó a Fritz von Papen, vice canciller de Hitler, ―cuán complacido estaba de que el gobierno de Alemania tuviese ahora en su cabeza a un hombre inflexiblemente opuesto al comunismo‖ (Megalomania, 164). El partido Nacional Socialista de Hitler provino de Múnich, no de Berlín; de la Baviera católica en el sur de Alemania, no del protestantismo del norte. Luego del concordato con Mussolini, el Vaticano invirtió gran parte de los 26 millones (equivalente a 85 millones de dólares para la época) que recibió de Mussolini en compensación por los territorios que cedía al estado italiano, en la industria alemana. Una parte menor la invirtió, sin embargo, en el partido de Hitler, mediante el arzobispo Eugenio Pacelli, nuncio del Vaticano en Berlín y futuro papa Pío XII. Esto lo hizo luego que Hitler le aseguró que su partido tendría por misión frenar el avance del comunismo ateo (Unholy Trinity, 294-295). Gracias a directivas que provinieron claramente del Vaticano, los católicos se unieron en masa y entusiastamente al régimen de Hitler.15 Más de la mitad de las tropas de Hitler fueron católicas (a pesar de ser el país mayoritariamente protestante). Austria, un país católico, tenía un porcentaje mayor de miembros del partido nazi.16 Cuando se dio el complot militar para matar a Hitler, la Iglesia Católica ofreció un Te Deum para agradecer a Dios por el escape del Führer. Nada de todo esto debiera extrañarnos ya que, como católicos, estaban acostumbrados a someterse a gobiernos eclesiásticos autoritarios que los regían en su vida espiritual y material. La población católica de Alemania superaba en número a la de cualquier otro país de la tierra, a pesar de representar luego de la primera guerra mundial, un tercio de la población (23 millones). Con Hitler más tarde, esa población iba a crecer hasta llegar a la mitad de la población de toda Alemania, mediante la inclusión de las regiones católicas del Saar, del Sudentendland y Austria (Hitler’s Pope, 80-81,106). Para entender la complicidad del Vaticano en el genocidio de Hitler, es importante tener en cuenta también la situación de Alemania con el Vaticano antes de Hitler, cuando la autoridad política del papado era desafiada por doquiera. Esto siguió así hasta el posterior crecimiento católico y la toma de poder del Führer en 1933. A nadie debía extrañar entonces, que el Vaticano firmase un tratado con el nazismo de Hitler para afirmarse con privilegios especiales en toda Alemania, sin importarle que estuviese pactando con un racista criminal. 15 Megalomania, 165. 16 Unholy Trinity, 34.
  • 20. 20 1. El Vaticano y el Kulturkampf (“cultura de lucha”) Desde la Reforma Protestante del S. XVI, el papado había estado perdiendo autoridad en los países del Norte de Europa que abrazaban el protestantismo. Los protestantes no destruyeron, sin embargo, la autoridad política del papado. Creían en las profecías del Apocalipsis que advertían que Roma (bajo el símbolo de Babilonia), iba a ser destruida por Dios mismo (Apoc 17-18). Otros albergaron siempre la esperanza de que el poder del evangelio haría que finalmente el catolicismo se convirtiese. Por otro lado, los protestantes mismos se transformaron en estados- protestantes, impidiendo a veces una plena liberación de la conciencia individual. Esta no se obtendría en forma tan abarcante antes que se promulgase la Constitución de los EE.UU. En la Revolución Francesa al concluir el S. XVIII, el papado recibió un golpe de muerte a sus ambiciones políticas. El poder secular que se levantó entonces era abiertamente destructivo en materia religiosa. No sólo fueron reducidas al silencio las actividades políticas del papado, sino que aún en los gobiernos protestantes de Europa se inició una tendencia más secularizadora. A partir de entonces Roma fue perdiendo, como ya vimos, su autoridad política aún en los países que habían permanecido católicos, pero que se transformaban en estados seculares. Esto hizo que el papado anduviese a tientas durante todo el S. XIX, intentando pactar infructuosamente con cualquier estado que se le apareciese y que estuviese dispuesto a reconocer políticamente otra vez, su autoridad en materia religiosa, política, social y económica. Cuando en 1870 el Vaticano proclamó el dogma de la infalibilidad papal, se produjo una reacción negativa en toda Europa, y en especial en Alemania. Como resultado, el Bismark inició en 1872 lo que se conoció como Kulturkampf, que consistió en una política de persecución contra los católicos. Los jesuitas fueron desterrados y se prohibió a las órdenes religiosas enseñar. La instrucción quedó bajo control estatal. Las propiedades de la iglesia pasaron a ser controladas por comités laicos. Se inició el casamiento laico en Prusia. Los sacerdotes que rechazaban la nueva legislación fueron multados, encarcelados y exiliados, y se les quitaban los subsidios que hasta entonces habían estado recibiendo del estado. Se cerraron muchas iglesias y seminarios católicos. Unos 1.800 sacerdotes fueron encarcelados o expulsados. A diferencia de lo que iba a hacer el Vaticano más tarde en la época de Hitler, el papa Pío IX no intentó controlar a los católicos que reaccionaron al Kulturkampf respondiendo con la violencia a la violencia, y rehusándose a colaborar con el régimen del Bismark. Al contrario, el 5 de febrero de 1875, Pío IX emitió su encíclica Quod nunquam declarando nulas las leyes del Kulturkampf para los católicos (Hitler’s Pope, 194-195). Eso hizo que, finalmente, el Bismark tuviese que atenuar su ataque a los católicos una década más tarde. Un cuadro semejante al Kulturkampf contra el catolicismo ya vimos que se dio en Italia y Francia. En Bélgica la enseñanza les fue quitada a los católicos. En Suiza se desterraron también las órdenes religiosas. En la católica Austria el estado se apoderó de las escuelas y secularizó el matrimonio. Los esfuerzos por lograr concordatos políticos que beneficiasen a las escuelas y al sacerdocio católico eran infructuosos. El estigma de la muerte política pesaba todavía gravemente sobre los papas y obispos de la Iglesia Católica. En 1882 cesó la hostilidad del Bismarck contra la Iglesia de Roma, pero sin que eso pudiese servir para coronar los esfuerzos papales por lograr un concordato con las autoridades políticas vigentes. 2. Un aparente logro de dramáticas consecuencias. En sus incansables y estériles esfuerzos por lograr reconocimiento estatal, el Vaticano logró establecer un Concordato con Serbia en 1914. Eso significaba el reconocimiento oficial de la Iglesia Católica por parte del gobierno Serbio, y la subvención estatal de los obispados católicos. ¿Cómo pudo lograr semejante concordato la Iglesia Católica, siendo los católicos de Serbia una pequeña minoría frente a una mayoría ortodoxa? Anulando, mediante ese concordato, el protectorado que Austria ejercía desde la época medieval sobre los católicos de Serbia. De esa manera satisfacía a los serbios, pero contrariaba a los austríacos. A pesar de la tendencia secularizante que afectaba también a Austria, el imperio Austro-Húngaro gobernado por los Habsburg continuaba siendo, al comenzar el S. XX, un baluarte católico que le quedaba al Vaticano en el centro de Europa. Era un baluarte contra el protestantismo de Prusia en el Norte, y la Iglesia Ortodoxa de Rusia. Pero tal era el ansia de reconocimiento político que tenía la Iglesia, que estuvo dispuesta a humillar a Austria con tal de obtener ese reconocimiento en el concordato Serbio-Vaticano. La tensión internacional se incrementó más aún cuando, cuatro días después de firmar el Vaticano el concordato con Serbia, se asesinó en Sarajevo a Franco Fernando de Austria. Así se encendió la chispa que iba a estallar en la Primera Guerra Mundial con el desmembramiento
  • 21. 21 y destrucción del imperio austro-húngaro.17 Esto nos muestra hasta qué punto el ansia de reconocimiento político podía llevar al papado a pasar por encima de las ambiciones de los gobiernos y pueblos, y sin miramientos a sus consecuencias en tantas vidas que podían ser destruidas en la contienda. En cuanto a sus ambiciones de reconocimiento político, sin embargo, debía seguir el papado soñando, ya que los resultados les fueron adversos, y sus esperanzas de recuperación política parecían alejarse cada vez más. 3. Intentos posteriores a la primera guerra mundial. Antes de la primera guerra mundial, los católicos sumaban un tercio de la población de Alemania (23 millones). Ese país había donado más fondos a la Santa Sede que todas las otras naciones del mundo juntas. Cuanto más demorase Alemania en recuperarse, luego de la primera guerra mundial, más iban a afectarse las entradas del fisco Vaticano. Pero esa guerra dejó un saldo de dos millones de bajas alemanas, y el malestar era muy grande porque no se había ganado nada. A esto siguió un caos social y económico gigantesco, que hizo temer que Alemania terminase volcándose al comunismo. Luego del Kulturkampf de 1872, el catolicismo se había organizado de tal manera que, para fines de la segunda década del S. XX, surgía como una voz fuerte y reconocida en todos los ámbitos sociales, con diarios, sindicatos, escuelas, colegios y casas editoras que se multiplicaban. En los años 20, tenía la Iglesia Católica 400 diarios y 420 periódicos (Hitler’s Pope, 107). El Partido Centrista Católico pasó al segundo lugar detrás de los Demócratas Socialistas, y logró durante la guerra que se anulasen las leyes antijesuitas de 1872. Esto permitió que los jesuitas entrasen de nuevo en Alemania y trabajasen incansablemente para fundar sus propias comunidades, escuelas y colegios. Después de la primera guerra mundial, el Partido Centrista Católico decidió jugar un papel preponderante en la formación de una Alemania post-monárquica, democrática y pluralista. Ese partido católico procuraba formar pactos con el partido mayoritario Social Demócrata, a pesar de los intentos del Vaticano por evitarlo. Los criterios democráticos que ostentaban los católicos de Alemania permitían la inclusión de protestantes y aún judíos en sus planes políticos. Pero eso iba contra la visión exclusivista y piramidal del poder que acababa de proyectar el Vaticano con la Ley Canónica de 1917. 17 Unholy Trinity, 7. Al ver que no prosperaban sus intentos por lograr un concordato con el gobierno democrático alemán (conocido como Weimar), el Vaticano decidió hacer un concordato por separado con la región católica de Baviera. Para ello logró la aprobación del Reich en 1920, jugando políticamente con la decisión de apoyar o no apoyar a Alemania en los litigios limítrofes post- guerra que involucraban a poblaciones mayoritariamente católicas. El Concordato de Baviera fue concretado, finalmente, en Marzo de 1924, beneficiando grandemente a la Iglesia Católica con el pago estatal del clero y con la subvención de las escuelas católicas. La enseñanza de la religión se impuso en las escuelas, con plena autoridad del obispo para determinar quién podía enseñar y quién no. Todo cuadraba con el Código de Ley Canónica que el Vaticano quería implementar en toda la tierra. Ese concordato de Baviera, sin embargo, le creó mayores problemas al papado en sus intentos de lograr un acuerdo con la protestante Prusia y el Reich alemán. Con Prusia logró un concordato el 14 de Junio de 1929 que no le sirvió de mucho porque el Vaticano debió dejar de lado todos sus requerimientos relativos al reconocimiento y apoyo estatal de las escuelas católicas. Debía esperar a que subiese al poder un führer católico como lo fue Hitler, para poder lograr un concordato con el Reich alemán que entrase dentro de los principios de la Ley Canónica, y que implicase un reconocimiento de la autoridad política del Vaticano en toda Alemania. 4. Apoyo Vaticano a Hitler antes de ser el Führer. Para comienzos del S. XX, el Vaticano se estaba dando cuenta que mediante los partidos católicos no ganaba demasiado sino que, por el contrario, tendía a perder el control piramidal tradicional aún de la misma iglesia. Por un lado, como lo había argumentado Mussolini, las estadísticas demostraban que los partidos católicos no ganaban ningún converso. Por el otro, esos partidos tendían a aceptar el ―modernismo‖ o ―liberalismo‖ democrático que estaba en boga en los países protestantes y seculares, y buscaban formar pactos con otros credos y otros partidos políticos. Por consiguiente, el papado vio conveniente hacer arreglos políticos con gobiernos civiles que reconociesen la autoridad espiritual de la Iglesia, y desprenderse de los partidos católicos democratizados a los cuales le costaba poder controlar. El caos social y económico en que había caído Alemania después de la primera guerra mundial, por otro lado, más la frustración de haber perdido tantas vidas inútilmente (dos millones), parecían reclamar un gobierno centralizado y fuerte que pusiese orden y
  • 22. 22 restaurase el orgullo herido de la población. Esto concordaba con la convicción papal acerca de la necesidad de gobiernos en donde la autoridad se ejerciese desde la cima y estuviese encarnada en una persona que a su vez, reconociese la autoridad suprema de la Santa Sede. Después de todo, era evidente que ningún concordato iba a poder lograr el Vaticano con el Reich en Berlín, por la característica democrática del gobierno alemán (Weimar). Un gobierno pluralista tal tampoco iba a querer ajustarse al Código de Ley Canónica que quería imponer el Vaticano. Al mismo tiempo, el gobierno débil que había quedado en Alemania dejaba aparecer el espectro comunista como una alternativa plausible que asustaba a muchos. En España y en México, además de Rusia, se estaban levantando gobiernos de izquierda que afectaban grandemente a los intereses de la Iglesia Católica. ¿Por qué no hacer en Alemania también, como siempre habían hecho los papas desde que recibieron el reconocimiento de Clodoveo en Francia en el 508, y del emperador Justiniano en el 533? Ambos monarcas habían emprendido batallas para defender la fe católica, que culminaron con la liberación de Roma y el comienzo del ejercicio del poder político del papado en el 538. Las cosas comenzaban a ir mejor también en Italia para la Iglesia Católica. Al concluir la segunda década del S. XX, el papado había logrado por fin un acuerdo con Mussolini que reconocía la soberanía del papa sobre el Vaticano, y decretaba que la única religión de Italia era la Iglesia Católica. No era de sorprender que quien más se alegrase en Alemania con ese Concordato Laterano fuese Adolf Hitler. Pocos días después de ese acuerdo escribió, el 22 de febrero de 1929: ―El hecho de que la Curia está ahora haciendo la paz con el fascismo muestra que el Vaticano confía mucho más en las nuevas realidades políticas que en las de la democracia liberal anterior con quien no pudo ponerse de acuerdo‖. Hitler no se quedó allí tampoco. Acusó al Partido Centrista Católico de estar en flagrante contradicción con el espíritu del tratado que firmó ese día la Santa Sede en Italia, por predicar ese partido católico alemán ―que la democracia forma parte de los mejores intereses de los católicos alemanes‖. ―El hecho de que la Iglesia Católica llegó a un acuerdo con la Italia fascista‖, insistió Hitler, ―prueba fuera de toda duda que el mundo de las ideas fascistas está más estrechamente ligado al cristianismo que al del liberalismo judío o al marxismo ateo, a los cuales el así llamado Partido Centrista Católico se ve más estrechamente ligado en detrimento del cristianismo de hoy y de nuestro pueblo germano‖ (HP, 115). No de gusto Pacelli, ahora obrando en calidad de cardenal Secretario del Estado Vaticano (el futuro Pío XII de la guerra), comenzó a insistir a los líderes del Partido Centrista Católico alemán en evitar al partido Social Demócrata y cortejar al partido Nacional Socialista de Hitler. Era conveniente, según Pacelli y el actual papa Pío XI, aprovechar tácticamente las ventajas de un pacto con Hitler que favoreciesen grandemente los intereses de la Iglesia Católica en su confrontación contra el comunismo. Un año después que Heinrich Brüning, uno de los diputados más populares del Partido Centrista Católico, fuese nombrado canciller de Alemania, Pacelli comenzó a insistir de nuevo en un concordato entre Alemania y el Vaticano para que se impusiese la enseñanza de la religión bajo la autoridad del obispo local, y se subvencionasen las escuelas católicas. Cuando el canciller le hizo ver que debía hacerse un concordato en conjunto con los protestantes, mayoritarios en Alemania, Pacelli se opuso diciendo que un canciller católico jamás debía firmar un concordato protestante. La conclusión de Brüning, publicada más tarde, con respecto a Pacelli el futuro papa, fue la siguiente: ―Todo éxito [según Pacelli] puede obtenérselo únicamente mediante la diplomacia papal. El sistema de concordatos lo condujo a él y al Vaticano a despreciar la democracia y el sistema parlamentario... Gobiernos rígidos, centralización rígida, y tratados rígidos debían supuestamente introducir una era de orden estable, una era de paz y quietud‖ (HP, 124). Para diciembre de 1931, el papa insistía al enviado de la Santa Sede en Baviera, sobre la necesidad de la Iglesia en Alemania de cooperar con el partido Nacional Socialista de Hitler ―tal vez sólo temporariamente y por propósitos específicos‖ para ―prevenir un mal aún más grande‖ (HP, 125). El 30 de mayo de 1932 Brüning era reemplazado por otro diputado del Partido Centrista Católico, Franz von Papen, quien disolvió el Reichstag y llamó a nuevas elecciones parlamentarias. Cansados por el aumento desorbitante de la desocupación y la inflación galopante, el pueblo alemán le dio la victoria al partido de Hitler. Alemania se volvía ingobernable, ya que los dos partidos que rechazaban la constitución y la democracia (el Nacional Socialista y el Comunista), sumados ocupaban ahora la mayoría de los puestos del gobierno. El Partido Centrista Católico aceptó entonces, bajo las constantes presiones de Roma, apoyar al partido Nacional Socialista de Hitler. Ludwig Kaas—el actual líder del partido católico y más fiel amigo de Pacelli, quien jugó un doble juego leal a Roma pero traidor para el partido centrista católico de
  • 23. 23 Alemania—escribió para entonces un ensayo sobre la bondad de hacer concordatos con regímenes fascistas, que reflejasen los puntos de vista del Secretario de Estado Vaticano (Pacelli). El tratado laterano con Mussolini, arguyó, era un acuerdo ideal entre un estado totalitario moderno y una iglesia moderna. ―La Iglesia autoritaria‖, razonó, ―debía entender al estado ‗autoritario‘ mejor que otros. Por otro lado— argumentaba sin ambages Kaas—la concentración jerárquica del poder en Mussolini cuadraba perfectamente con la concentración jerárquica del poder en la Iglesia Católica, según se establecía en el Código de Ley Canónica de 1917‖. 5. El concordato del Vaticano con Hitler. En la búsqueda de una solución para la anarquía que se vivía en Alemania, Franz von Papen convenció finalmente al presidente Hindenburg de aceptar su renuncia, y darle la cancillería a Hitler, aduciendo que si él (von Papen), permanecía como vice-canciller, podrían tener a Hitler bajo control. En realidad, von Papen presumía llegar a ocupar el cargo de Hindenburg como presidente, dado ciertos escándalos económicos en los que había caído Hindenburg. Hitler juró como canciller el 30 de Enero de 1933, pero nada lo detuvo en sus requerimientos de plenos poderes para restaurar el orden. Para el 5 de marzo, luego de haber acusado al comunismo de haber incendiado el Reichstag el 27 de febrero, Hitler estaba llamando a nuevas elecciones parlamentarias con el propósito de controlar los medios de difusión, oprimir los partidos democráticos de oposición, y comenzar la persecución de los judíos e ―izquierdistas‖. Gracias a la histeria anticomunista que se desató como resultado de ese incendio, su partido creció más todavía y obtuvo mayores asientos en el Reichstag. a. Conveniencias mutuas. Una de las oposiciones más significativas que Hitler tenía para entonces era el Partido Centrista Católico que denunciaba las verdaderas intenciones dictatoriales de Hitler, y advertía sobre el desastre peor en el que iba a caer Alemania si subía al poder y conducía a la nación a otra guerra mundial. El papa Pío XI, sin embargo, sorprendió al felicitar al vice-canciller de Hitler por tener en Alemania ahora a un hombre que sería inflexible contra el comunismo, y fue el primer hombre de estado en reconocer su gobierno. También Eugenio Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano, vino para comerciar con Hitler un tratado con el Vaticano. Lo que no iba a poder lograr nunca con el gobierno democrático de Weimar, ahora esperaba el papa poder hacerlo más fácilmente con un dictador. La solución ideal para Hitler era lograr un concordato con el Vaticano semejante al Laterano que había firmado la Santa Sede con Mussolini, en donde a condición del reconocimiento estatal, el Vaticano aceptase desentenderse de todo partido católico. Eso no había significado para el Vaticano desprenderse de toda acción social o política, sino de todo partido político que lo comprometiese. La intención del Vaticano era mantenerse por encima de toda facción política, de acuerdo con la filosofía verticalista y dualista que tuvo el papado durante todo el Medioevo, pero dándose la libertad de intervenir políticamente toda vez que se le pidiese o lo viese oportuno. Hitler quería asegurarse ahora, sin embargo, que la Iglesia Católica se retirase de toda acción social y política, a cambio de otorgarle ―libertad‖ para practicar la religión y la educación (HP, 133). El Partido Centrista Católico debía, por otro lado, acceder al Acto de Poder para facultarlo como dictador, sin lo cual no aceptaría concordato alguno. El Vaticano captó también que sólo mediante un dictador podría lograr un concordato con Alemania que le permitiese ejercer un control absoluto sobre todas las instituciones religiosas y católicas, y esperaba así, como en Italia, lograr eventualmente el predominio de la religión católica sobre toda Alemania. En esencia, se trataba de volver a poner la religión de Alemania bajo el control del catolicismo romano, según lo establecido en el Código Canónico de 1917. Cortejando a Hitler, Pacelli mismo llamó la atención del führer a los elogios del papa por su cruzada antibolchevique, que debía ser entendido, según el enviado papal, como un respaldo de la Santa Sede a su campaña anticomunista. Al captar las intenciones papales que se escondían tras el reconocimiento del gobierno de Hitler, las iglesias protestantes de Alemania se vieron compelidas también a reconocer su régimen el 26 de Mayo de 1833, y a buscar negociar con él un acuerdo semejante, basado en el modelo católico (HP, 138). Dicho y hecho, Hitler convenció a su partido de que la única manera de anular al partido centrista católico era logrando alejar al Vaticano de ese partido. En su discurso al Reichstag declaró también que era una gran provisión ―cultivar y fortalecer relaciones amigables con la Santa Sede‖. Pacelli, por su parte, contaba ahora como presidente del Partido Centrista Católico a un fiel amigo, Ludwig Kaas, quien se prestaba a un doble juego. Mientras pretendía apoyar a su partido católico, lo instaba a votar en favor del Acto de Poder de Hitler. Su argumento era que el voto positivo católico iba a
  • 24. 24 ejercer un control moral para el führer y mantener sus promesas de apoyar la Iglesia Católica. b. Implicaciones del Concordato. El Acto de Poder se dio en Marzo de 1933 con 441 votos a favor, y 94 en contra. Hitler podía ahora decretar leyes sin el consentimiento del Reichstag y firmar tratados con gobiernos extranjeros, el primero de los cuales fue con el Vaticano. Hitler para entonces invocaba a Dios y aseguraba a la población que el cristianismo constituiría la base de su reconstrucción de la nación (HP, 137). L’Osservatore Romano reconocía la legalidad constitucional del gobierno de Hitler. Kaas, luego de hablar con Pacelli, elogió el discurso de Hitler en el Reichstag como reflejando el desarrollo lógico de la ―idea de unión‖ de Iglesia y Estado (HP, 139). En este respecto, consideraba que el vínculo prometido de Hitler con el Vaticano era ―el más grande éxito que había sido logrado en cualquier país en los últimos diez años‖ (HP, 135). El partido centrista católico debía colaborar en el proceso, según decía, como ―sembradores del futuro‖. El 8 de julio de 1933 el Vaticano y el Reich firmaban el concordato. Hitler declaró: ―El hecho de que el Vaticano está concluyendo un tratado con la nueva Alemania significa que la Iglesia Católica reconoce el estado Nacional Socialista. Este tratado muestra al mundo entero clara e inequívocamente que la afirmación de que el Socialismo Nacional es hostil a la religión, es una mentira‖. El 14 de julio declaró a sus ministros que ―una oportunidad se ha dado a Alemania en el Concordato del Reich con el Vaticano, y una esfera de confianza se ha creado que será especialmente significativa en la lucha urgente contra el judaísmo internacional‖ (HP, 130). Pacelli respondió el 26 y el 27 de julio en dos artículos de L’Osservatore Romano, asegurando que el Código de Ley Canónica es el fundamento del concordato, mediante el cual se permite a la Iglesia Católica tener plenos poderes con la Iglesia en Alemania. La histórica victoria con ese tratado, aseguraba Pacelli, no era la aprobación moral de la Santa Sede del estado Nazi sino, por el contrario, el reconocimiento y aceptación totales de la leyes de la Iglesia por el Estado (Hitler’s Pope, 131). Así quería el Vaticano mantener la posición católica medieval, que consiste en estar por encima de los estados civiles, como el alma sobre el cuerpo. Ese concordato había sido logrado en el máximo secreto entre dos autócratas, pasando por encima del obispado católico de Alemania y de las diferentes facciones políticas que habían gobernado a la nación alemana. Para cuando el tratado fue ratificado el 10 de septiembre, Pacelli quiso abogar no por los judíos, sino por los católicos de ascendencia judía que estaban siendo incluidos en la persecución Nazi de los judíos. En su lugar, los nazis le dijeron que no interfiriese en asuntos de estado. A pesar de este revés, siguió adelante con la celebración de la ratificación del concordato, y con toda pompa. Un servicio de agradecimiento a Dios se dio en la catedral berlinesa de Hedwig, en donde presidió el nuncio papal. Las banderas nazis se mezclaban con los estandartes católicos tradicionales. ¿Quién podía negar que el régimen Nazi contaba ahora con la bendición de la Santa Sede? El arzobispo Gröber felicitó al Tercer Reich por la nueva era de reconciliación del estado alemán con la iglesia católica (HP, 159-160). Hitler mantuvo, además, durante su régimen, los términos del Concordato de Baviera firmado en 1929, en relación con los impuestos que se destinaban a la Iglesia. La mitad iba para la Iglesia Católica en Alemania, y la otra mitad para el Vaticano (Megalomania, 165, n. 12). Más allá de todas las declaraciones de una parte y otra, la firma del concordato entre el Vaticano y el Reich implicó dos cosas innegables. En primer lugar, la aprobación moral del Vaticano a las políticas de Hitler. Esto trajo el desbande en masa del Partido Centrista Católico, cuyos miembros se pasaban de a miles al partido Nacional Socialista que había sido aprobado por la cúpula de la iglesia romana. En segundo lugar, implicaba una nueva actitud que debían asumir la jerarquía alemana, el clero y los fieles, así como la Santa Sede. Debían guardar silencio ante cualquier cosa que hiciese el gobierno nazi en materia política y social. El gran problema de ese concordato, según se arguye, es que intencionalmente no dejó claramente establecida una diferenciación entre la actividad civil y la religiosa. Mientras el Vaticano pretendía conformar en Alemania un clero-fascismo equivalente al de Italia, en donde la Ley Canónica del papado formase la base del acuerdo, Hitler quería usar a la Iglesia para su conveniencia, y se negaba a aceptar la primacía del clero. Esa actitud de Hitler amargaba de a momentos al Vaticano. Pero le iba a servir después de la guerra para destacar las indisposiciones católicas esporádicas contra las políticas del führer, con el propósito de ocultar su complicidad con el gobierno nazi. Al mismo tiempo, Hitler terminó descubriendo que el Vaticano tenía normas dobles. Mientras recibía la aprobación pública del Vaticano que prometía no intervenir en la política nazi, pudo interceptar mensajes papales que probaban que por debajo, el así llamado
  • 25. 25 Vicario de Cristo estaba involucrado en acciones de espionaje durante la guerra y, en un caso, en la parte final de su mandato, hasta de complot contra su gobierno y su vida. Eso lo irritaba y, en ocasiones, tomó represalias contra el clero católico que no quería sujetarse a los principios establecidos en el concordato, según su interpretación desde la perspectiva política. Hoy el Vaticano usa también esa persecución temporaria y no generalizada que Hitler emprendió contra un buen número de sacerdotes y monjas, especialmente en Polonia, para jugar también el papel de la víctima y cubrirse de la acusación de complicidad con el régimen de Alemania. Pero los desacuerdos del papado con Hitler no fueron diferentes a los desacuerdos que el papado tuvo con los reyes durante toda la Edad Media. Tenían que ver con el problema de determinar quién era la cabeza del matrimonio Iglesia- Estado que confirmaban al ser coronados, o al firmar el concordato con el Vaticano en el caso de Hitler. A pesar de tantas peleas como las que se dan en todo matrimonio desdichado, ni los reyes medievales ni Hitler en la época moderna, rompieron su acuerdo con el papado. Admitamos, de todas maneras, que el fascismo nazi fue puro, esto es, de Estado, a diferencia de los concordatos que luego iba a establecer el Vaticano con otros gobiernos y que se enmarcarían en el esquema más definidamente clero-fascista que buscaba el papado. Si a pesar de esa diferenciación el papado no pudo librarse de la acusación de complicidad con el gobierno criminal de Hitler por terminar ajustándose a las políticas del estado nazi, menos aún podría cubrirse por apoyar a esos otros gobiernos genocidas que se amoldarían fielmente al esquema de la encíclica Quadragésimo Anno, proclamada por el papa Pío XI en 1931, y a la Ley Canónica de 1917. Concluyamos aquí que, en la práctica, el concordato católico-nazi prohibía a los fieles de la Iglesia de Roma intervenir, por ejemplo, en defensa de los judíos (HP, 153), y daba luz verde a toda manifestación antijudaica. Los católicos que participasen activamente en el sometimiento a trabajos forzados y aniquilación de los judíos, no serían condenados por la Iglesia madre. c. Argumentos católicos pro-nazis. A partir de la firma del concordato entre Hitler y el Vaticano, muchos obispos y cardenales comenzaron a promover abiertamente el nazismo y a apoyar, como veremos más tarde, el exterminio de los judíos, de los comunistas y de los ortodoxos. Berning, un obispo católico, publicó un libro afirmando el enlace entre el catolicismo romano y el patriotismo germano que envió a Hitler como ―una muestra de mi devoción‖. Monseñor Hartz alabó a Hitler por haber salvado a Alemania del ―veneno del liberalismo [democracias occidentales] y de la peste del comunismo‖ [bolchevismo soviético]. En los mismos términos del papa para con Mussolini, Franz Taeschner, un publicista católico consideró que el führer era un genio, y que había sido ―enviado por la providencia para cumplir con las ideas sociales católicas‖ (Megalomania, 165). Deben haberse reído los nazis cuando el 14 de mayo de 1934, Pacelli escribió una nota a Buttmann—quien había firmado el concordato de parte del Reich con el Vaticano—reprochando al führer por no usar sus poderes dictatoriales para ordenar que los estados regionales recalcitrantes se ajustasen a las provisiones del contrato. Según su pro memoria, Pacelli declaraba que ―no debían permitirse las causas que daban lugar a las quejas de la Iglesia [los curas acusaban a algunos estados alemanes de no cumplir con el concordato], particularmente en un gobierno conducido en forma autoritaria‖ (HP, 164-165). Se considera esta nota como una clara aserción del Secretario de Estado Vaticano en contra del sistema parlamentario de gobierno, y a favor del sistema dictatorial. Recordemos que en el pensamiento católico-romano, los intereses individuales deben sacrificarse por el bien común, algo que encontró un eco notable en el pensamiento nazi. ―Sólo cuando el individuo se ve a sí mismo como una parte de un organismo y pone el bien común más allá del bien individual‖, argumentaba la Carta Pastoral de Fulda en 1933, ―podrá su vida destacarse por la humilde obediencia y gozoso servicio que demanda la fe cristiana‖ (Megalomania, 167). Si uno se queda quieto viendo uno de los videos que repite constantemente la demagogia de Hitler en el museo Vaticano, se va a cansar escuchando siempre lo mismo. ―Hitler es el partido‖, dice el führer, a lo que la masa le responde: ―Hai, Hitler‖. ―El partido es Hitler‖, vuelve a decir el führer, con la misma respuesta de las multitudes. El bien común y el partido se encarnan en una persona, y la individualidad de cada cual se pierde en un cuerpo común. El obispo Alois Hudal, quien estuvo conectado con Pacelli (negociador del concordato), arengaba a la gente por toda Alemania y en el exterior en sus discursos pro- nazis. En mayo de 1933 habló en Roma ante los cuerpos diplomáticos de Alemania e invitados de varias organizaciones nazis. Su audiencia lo aclamó cuando dijo que, ―en esta hora de destino, todos los católicos alemanes que viven en el exterior dan la bienvenida al nuevo Reich alemán, cuyas filosofías están de acuerdo tanto con los valores cristianos como con los valores nacionales‖.
  • 26. 26 Hudal se transformó en 1934 en un aliado político de von Papen (el vice-canciller católico de Hitler), y publicó en 1936 un tratado filosófico titulado Fundamentos del Socialismo Nacional. Alababa en su obra las ideas, programas y actividades de los nazis, aunque criticaba ciertos elementos no cristianos que veía en el partido. A pesar de los peores rasgos que ya se veían en el gobierno nazi, Hudal consideraba que no había razones filosóficas válidas para que los nazis ―buenos‖ y los católicos no cooperasen estrechamente en la construcción de una Europa Cristiana. Su libro recibió el Imprimatur del primado de la Iglesia en Austria, Cardenal Teodoro Innitzer, quien también era fuertemente nazi. Hudal recibió, asimismo, una placa de oro de membresía del partido nazi. Su clara tendencia pro-nazi no afectó su carrera en el Vaticano. Fue consultor desde 1930 en el Santo Oficio (el mismo organismo que había sido fundado en 1542 para ―combatir las revoluciones calvinistas y luteranas‖). Ese cargo le permitía trabajar en el más riguroso secreto en la tarea de censurar libros y materiales de educación, así como en proteger e inspeccionar aspectos relacionados con las doctrinas católicas. En junio de 1933, en lugar de llamarlo al orden por sus convicciones nazistas, el Vaticano lo promovió del cargo de sacerdote a obispo titular de Ela, un honor raro para un rector de un colegio. Pacelli mismo presidió en la ceremonia (UT, 30-32). Esta actitud de abierto y velado apoyo combinados del Vaticano al nazismo, que continuaría en sus épocas de mayores crímenes, entraba dentro de lo que el papa León XIII había explicado en su encíclica de 1885, Immortale Dei, 17: ―Cuando los gobernantes de un Estado y el Pontífice Romano llegan a un acuerdo con respecto a un aspecto en especial..., la Iglesia da prueba de su amor maternal al mostrar la más grande bondad e indulgencia posibles...‖ Al papado no le importaba lo que ocurriese con ningún otro grupo religioso o étnico. Su único interés estaba en asegurar el desarrollo de la Iglesia Católica. De allí su apoyo tan generalizado a todo régimen fascista, sin miramientos a las violaciones tan flagrantes de los derechos humanos en que incurriesen. d. Persecución de católicos y romance pontifical- nazista. Hubo ocasiones en que el Vaticano protestó por las presuntas violaciones al concordato de parte de los nazis. Hitler respondió que se trataba de una guerra contra los sacerdotes inmorales acusados de pederastia y otros abusos sexuales, así como contra los que se volvían más políticos que clérigos, pero no contra la Iglesia en general (HP, 179-180). De parte de la iglesia, se volvió entonces a alentar a los católicos a cooperar con el gobierno nazi. En 1937, el cardenal Faulhaber de Múnich se entrevistó por tres horas con Hitler, y como resultado declaró que Hitler ―vive en fe para con Dios‖, y ―reconoce el cristianismo como el fundamento de la cultura occidental‖ A su vez, escribió una carta episcopal alentando la cooperación entre la Iglesia y el Estado para combatir el comunismo (HP, 181). También el papa Pío XI publicó para entonces su encíclica Mit brennender Sorge (Con Profunda Ansiedad), en una velada protesta por los sufrimientos de la iglesia en Alemania, y la deificación de una raza, de un pueblo, y de un estado. Pero no condenó el nazismo por nombre, y sirvió sólo para afirmar a Hitler en su persecución de todo clérigo que interviniese en política. Aún así, esta encíclica y ciertas evidencias posteriores, han permitido que muchos interpreten que, a diferencia del siguiente papa (Pío XII), y actual secretario de Estado del Vaticano, el papa Pío XI terminó viendo la necesidad de distanciarse de una manera más clara del nazismo. Volvamos a insistir, sin embargo, que lo que el Vaticano buscaba era un fascismo clerical que se sometiese al Código Canónico de la Iglesia, no un fascismo de estado que buscase imponerse a la Iglesia. Las alabanzas a Hitler de los sacerdotes católicos es interminable. El führer recibió una calurosa recepción por el cardenal Innitzer, primado de Austria, cuando se anexó ese país a su gobierno. El cardenal Bertram consideró a Hitler como ―hombre de paz‖, y ordenó que todos los católicos de Alemania manifestasen un espíritu de agradecimiento y felicitación mediante un festival de campanas el domingo. Al terminar ese año (1938), Hitler refutó nuevamente el cargo de perseguir a los cristianos en Alemania, aduciendo que las iglesias habían recibido más dinero de los nazis, más ventajas impositivas y más libertad que bajo ninguna otra administración anterior. Y puso como contraste a los miles de sacerdotes y monjas que habían sido muertos en Rusia y España. ―Agradezcamos a Dios, el Altísimo—agregó—por haber bendecido nuestra generación y bendecirnos a nosotros, permitiéndonos cumplir con una parte en este tiempo y en esta hora‖. Repitamos que las fricciones se daban por el problema que subsistió durante todo el período de Hitler, en no haberse definido en el concordato los límites políticos de uno y otro. La Iglesia creía que Hitler debía acatar la Ley Canónica incluída en el concordato, pero Hitler insistía en que la Iglesia no debía inmiscuirse en los asuntos de Estado. Ambos cumplían, a su manera, con los requisitos establecidos.
  • 27. 27 e. Las relaciones con el nuevo papa. La tímida y tardía tentativa de Pío XI en pronunciarse contra el régimen nazista murió con él poco después de convalecer en su lecho de muerte. En marzo de 1939, Pacelli era nombrado papa con el nombre de Pío XII. Cuatro días después de su elección propuso dirigirse a Hitler como ―Al Ilustre Herr Adolf Hitler‖, lo que produjo una discusión entre los cardenales acerca de si debía dirigirse a él como ―Al Ilustre‖ o ―Al Más Ilustre‖. Declaró en su mensaje a Hitler que durante los años que gastó en Alemania, había hecho todo en su poder para establecer ―relaciones armoniosas entre la Iglesia y el Estado‖. Y terminaba deseando la prosperidad del pueblo germano ―con la ayuda de Dios‖. El führer respondió con ―las más cálidas felicitaciones‖ de su parte y de su gobierno (HP, 208). El nuncio de Berlín, en respuesta al pedido del nuevo papa, dio una recepción de gala a Hitler el mes siguiente, al cumplir medio siglo de vida. Desde entonces esos saludos a Hitler se volvieron una tradición cada 20 de abril, por el resto de su mandato. El cardenal Bertram de Berlín envió también ―sus más calurosas felicitaciones al führer en nombre de los obispos‖ de Alemania. ―Oraciones fervientes de los católicos de Alemania se están enviando al cielo sobre sus altares‖, agregó. Todo esto, argumentaba Pacelli, debía hacerse para tratar de mantener en pie el concordato de la Iglesia Católica con Hitler. f. El Vaticano durante la guerra misma. En 1938 Hitler amenazaba al gobierno checo porque ―los judíos en Checoeslovaquia estaban todavía envenenando la nación‖. El 15 de marzo del año siguiente ordenó la invasión de Praga y el desmembramiento del país. En una abierta advertencia a Hitler, el primer ministro inglés garantizó entonces la independencia de Polonia y prometió ayuda en caso de ser invadida. En ese contexto, el papa reveló cuán partidario podía ser al intentar seguir una política pacificadora que favorecía a Hitler, y al mismo tiempo enviar un telegrama a Franco, felicitándolo por ―la victoria católica‖ en España. Mientras guardaba silencio con respecto a las violaciones humanas de Hitler, había estado instando a Franco a pelear para derrocar el régimen socialista de España. La ―victoria católica‖ en España había costado medio millón de vidas e iba a costar una gran cantidad más todavía. Públicamente, sin embargo, Pacelli exhortaba a Franco mediante la radio vaticana, a ejercer una política pacificadora ―de acuerdo a los principios enseñados por la Iglesia y que el generalísimo había proclamado con tanta nobleza‖. Hitler invadió Polonia el 1 de Septiembre de 1939, con el propósito de abrirse un corredor para invadir Rusia. Pío XII había insistido a la católica Polonia en no intervenir, ni contrariar a Hitler. También había procurado que Francia no se opusiese a una inminente invasión alemana sobre Francia, para salvaguardar la paz. En realidad, lo que el Vaticano quería era recuperar a Francia del socialismo secular que la gobernaba, reemplazándolo por un gobierno fascista dirigido por Pétain, equivalente al de Hitler y al de Mussolini. Al mismo tiempo, el papa soñaba con evangelizar a Rusia mediante la invasión nazi. Pero al invadir Hitler Polonia, Francia e Inglaterra le declararon la guerra a Alemania, y Rusia comenzó a invadir Polonia desde el lado oriental. Esa guerra le costó a Polonia más de seis millones de vidas. Para entonces, aunque sin perder las esperanzas en su triunfo, Pío XII comenzó a dudar del éxito del Tercer Reich en su campaña contra el comunismo. El führer se había negado a pactar con Inglaterra y los demás poderes occidentales para invadir Rusia y, por el contrario, daba evidencias de intentar pactar con Rusia, mientras preparaba hipócritamente su campaña militar para invadirla. Por consiguiente todos, inclusive el papa de a momentos, sentían que debían deshacerse de él. g. El complot para matar a Hitler. Dos meses después de invadir Hitler Polonia, el papa se veía involucrado en un complot secreto para matar a Hitler, conocido como Orquesta Negra. Su papel principal y clave era interceder ante Inglaterra para impedir que los Aliados invadiesen Alemania en el caso de que Hitler fuese derrocado. Quería a toda costa evitar, como se vio de nuevo después de la guerra, que la sección central de Europa fuese dominada por gobiernos no católicos. Esa era otra de las razones, al mismo tiempo, por las que el Vaticano seguía siendo el único Estado que no condenaba públicamente a Hitler. El complot para derrocar y matar a Hitler fue demorándose por varias razones. Los Aliados no creían demasiado en el éxito de la Orquesta Negra (que en Alemania quería lograr, a través del Vaticano, un tratado de paz con los Aliados para cuando derrocasen a Hitler). Por esta razón, los Aliados decidieron finalmente sacrificar el plan. Hitler para entonces ya había invadido los Balcanes y establecido allí gobiernos nazis. En la primavera de 1942, después del freno sufrido por Alemania en Stalingrado, el Vaticano pasó a ser de nuevo intermediario de la Orquesta Negra, en otro complot que buscaba, de parte de Hungría y Rumania, establecer también un tratado de paz secreto con los Aliados, antes de romper sus lazos con Hitler. En un arreglo entre Moscú y los poderes occidentales (EE.UU. había ingresado en la guerra en Diciembre de 1941, luego que los japoneses bombardearan Peal
  • 28. 28 Harbor), se decidió hacer filtrar ese plan secreto de paz del Vaticano con esos países Balcanes. El propósito era enfurecer a Hitler quien cayó en la trampa, y decidió quitar una de sus tres mejores divisiones de Francia para enviarla allí. Poco después, las tropas Aliadas entraban en Normandía y libraban la batalla más cruenta de la segunda guerra mundial. Pretendiendo jugar el papel principal en la política internacional, el papa Pío XII terminó siendo usado como peón de los principales poderes de la época (UT, 281). En la última parte del Tercer Reich, los nazis comenzaron a perseguir en Polonia no solamente a los judíos, sino también a sacerdotes y monjas católicas que efectuaban actos de caridad para con los oprimidos del nazismo, o pretendían enrolarse como misioneros en el ejército alemán al invadir Rusia. Hasta entonces, tanto el papa como Hitler habían estado reclamando que se cumpliese lo estipulado en el concordato, en donde el papel político-social de la Iglesia de Roma no había quedado bien establecido, y se prestaba a diferentes interpretaciones. Hitler tenía pruebas bien claras del doble juego papal que lo apoyaba públicamente, pero que interfería en su política mediante diferentes formas de espionaje, ignorando su promesa de no intervenir en política firmado en el concordato. Durante ese tiempo de opresión nazi tampoco recibieron los sacerdotes perseguidos en Polonia intercesión alguna del papa. Mientras que todas las otras naciones condenaban abiertamente a Hitler y estaban en guerra con él, se admiraban de que el único gobernante de un estado geográficamente pequeño, pero de tan enormes repercusiones políticas, no levantase su voz para condenarlo. Se esperaba que hablase, además, porque el nazismo y el fascismo predominaban en países de mayoría católica y que habían firmado un concordato con el Vaticano. Pero Pío XII, en su típico juego ambivalente, todavía veía posibilidades en el éxito de la empresa expansionista de Hitler, y estaba tratando de convencerlo para enviar sacerdotes misioneros con sus tropas para evangelizar Rusia. Quería Pío XII lograr la unión tan anhelada para los papas de la Iglesia de Oriente (Ortodoxa) con la de Occidente (Católica). El hecho de apoyar el Vaticano un complot para derrocar un gobierno, matando a su líder, es invocado hoy como una prueba de la hipocresía papal que revela una doble moral. Mientras por un lado pretende excluirse de la política (como lo da a entender en los concordatos con Mussolini y Hitler), por el otro obra por debajo para derrocar gobiernos cuando estos ya no le sirven más, o duda que vayan a tener éxito. Mark Aarons y John Loftus, los autores judíos de Unholy Trinity, comentan este hecho de la siguiente manera. ―Si el Vaticano desea ejercer autoridad moral, debe mantenerse inequívoca y verdaderamente como neutral. Sólo de esa manera puede permanecer por encima de los asuntos temporales. El mundo necesita diplomáticos cuya agenda sea realmente paz sobre la tierra y buena voluntad para toda la humanidad‖, no sólo para los católicos. ―Hay demasiados complotadores‖ en la humanidad. ―Si el Vaticano respalda asistencia diplomática encubierta para derrocar a dictadores, ¿dónde se pone la línea? Si combatir a Hitler rompe las reglas, qué decir acerca de‖ otros gobiernos en el resto del mundo, que caigan bajo el descrédito del Vaticano? (UT, 280-281). h) Complicaciones nazi-vaticanas durante la guerra. Sería faltar a la verdad si se dijese que la persecución nazista contra los sacerdotes católicos, especialmente en Polonia y Ucrania, se debió a su apoyo humanitario de los judíos. Aunque algunos sacerdotes y monjas fueron perseguidos por esa razón, la mayoría fue perseguida por otras razones. Por un lado, Hitler veía el doble juego papal que obraba públicamente en su favor al mismo tiempo que se involucraba diplomáticamente con los Aliados. Por el otro, el pedido del Vaticano a través de su ex canciller alemán, von Papen, de aprovechar su invasión a Rusia para convertir el mundo ortodoxo a la fe católica comenzó a irritarlo más. Para ese entonces Hitler estaba enterado de las masacres que los católicos croatas estaban perpetrando contra los ortodoxos en Croacia, y no quiso que su campaña militar a Rusia se complicase mediante una confrontación religiosa similar en el Este. Reinhard Heydrich, a cargo de la oficina de seguridad principal del Reich, le había advertido al führer el 2 de julio de 1941 sobre la planificación del Vaticano que había podido detectar para infiltrar las tropas nazis con el objeto de invadir Rusia con la fe católica. Heydrich se oponía igualmente a la idea de permitirle a la Iglesia beneficiarse de las conquistas logradas por la sangre alemana. Hitler captó así, más que nunca, la problemática religiosa que se escondía detrás de su invasión al mundo comunista y ortodoxo, y creyó que la política del papado podía terminar afectando el éxito de su empresa. A mediados de julio de 1941, en respuesta a esos pedidos de involucramiento católico en su campaña de conquista (algo que el Vaticano ya había hecho con Mussolini en su invasión a Etiopía), declaró que si permitiese al catolicismo introducirse en Rusia ―iba a tener que permitirles lo mismo a todas las denominaciones cristianas para que se aporreasen las
  • 29. 29 unas a las otras con sus crucifijos‖. Posteriormente se enfureció más al enterarse que el Vaticano seguía adelante con sus planes, proyectando enviar sacerdotes misioneros disfrazados desde Polonia, Ucrania y Croacia. Por esta razón, su furia principal se dio contra los católicos polacos y ucranianos, a quienes comenzó a matar en gran escala y a destruirle sus iglesias. ―El cristianismo es el golpe más duro que alguna vez golpeó a la humanidad‖, concluía Hitler para julio de 1941. ―El bolchevismo es un hijo bastardo del cristianismo. Ambos son la descendencia monstruosa de los judíos‖. En Diciembre de ese mismo año prometió que, una vez concluida la guerra iba a terminar con el problema de la Iglesia, como única alternativa para lograr que la nación alemana estuviese completamente segura (HP, 261). Pero las cosas se le comenzaron a complicar a Hitler en Ucrania cuando Stalin procuró congraciarse con los ortodoxos para lograr la resistencia de la población contra la ocupación Nazi. Para desbaratar los planes de Stalin, el führer intentó representar al nazismo como ―protector de la religión‖. Para ello, quiso unir a los ortodoxos y a los católicos bajo el arzobispo Szepticky, quien aunque fiel a Roma, formaba parte del rito oriental característico del mundo ortodoxo y permitido por Roma únicamente a los católicos de esa región. En total, Szepticky lideraba a unos cinco millones de Uniates que conformaban esa característica intermedia entre los católicos y los ortodoxos. Pero Hitler no iba a poder lograr esa unión sin contar con el apoyo del papa. ¿Cómo podía lograrlo sin dejar de ser él mismo el amo de la situación? En otras palabras, ¿cómo podía recibir el apoyo papal sin terminar siendo permeado por la Santa Sede? Hitler decidió extorsionar al papa y, para ello, comenzó a perseguir dramáticamente a los católicos en Ucrania. Era la manera más dramática y autoritaria que podía escoger para apurar a Pío XII a apoyarlo en su campaña militar en Ucrania, o sufrir la destrucción de la Iglesia Católica en ese lugar. ¿Qué alternativas tenía Pío XII, ante semejante amenaza? No había dudas de que se trataba de un arreglo sucio e inmoral. Ya habían muerto 200.000 judíos en Ucrania, y ―cientos de miles de cristianos‖, y un pacto tal era puramente político y villano. Pero, ¿acaso la Providencia no estaba dirigiendo las cosas para que en sus días, se pudiesen cumplir los sueños papales de casi un milenio, con la unión de las dos iglesias más tradicionales de Europa? Con el debilitamiento militar, moral y político de los dos grandes colosos del momento, el comunismo y el nazismo, ¿no podría aparecer al final él mismo, Pío XII, como el verdadero líder moral y ganador de la contienda? Para octubre de 1942, Pío XII enviaba a Ucrania al cardenal Lavitrano, arzobispo de Palermo, encabezando una misión a pedido de los nazis para estudiar la posible unificación de la Iglesia Católica Romana con la Iglesia Ortodoxa. Al mismo tiempo, daba luz verde al mantenimiento de una oficina apostólica para Ucrania en Berlín. Esa perspectiva explosiva alarmó a los EE.UU. y Gran Bretaña. Los rusos también se alarmaron y fueron logrando dividir, a través de sus espías, a los ortodoxos y a los mismos Uniates para evitar ese arreglo. A pesar de los obstáculos, los Uniates lograron formar un ejército nacionalista con capellanes, que organizaron una cruzada contra los ―impíos bolcheviques‖ para conquistarlos al mismo tiempo al catolicismo. El Vaticano, por su parte, quedó más comprometido a no hablar contra el régimen nazista ni mencionar siquiera el nombre ―judío‖ por el resto de la guerra. En su lugar, tres meses después que el cardenal Lavitrano completó su misión, el Vaticano comenzó a hablar de una confederación anticomunista de estados católicos de Europa que se extendería desde el báltico hasta el Mar Negro [lo que incluía Ucrania] (UT, 173-188). Pero la Providencia, la verdadera Providencia divina, no le iba a permitir lograr sus sueños. Conclusión. El director del museo de la Inquisición de Lima y autor de un libro apologético sobre la Inquisición, me dijo en la capital peruana al concluir el milenio dos mil, que desde hace cincuenta años—después de la Segunda Guerra Mundial—se está quitando de la historia de la Inquisición todo aspecto religioso, en búsqueda de objetividad. Esa es la tendencia también de la mayoría de los estudios hechos sobre la Segunda Guerra Mundial. El único interés para muchos es considerar los factores económicos, sociales y políticos que estuvieron involucrados en ambos eventos, el de la Inquisición durante la Edad Media, y el de las dictaduras nazistas y fascistas durante el S. XX. Pero, como le dije al director del museo de la Inquisición entonces, ¿cómo puede pretenderse objetividad histórica quitándole a la historia un ingrediente esencial como lo es el religioso? O se ponen todas las cartas sobre la mesa, o la objetividad pretendida se vuelve una farsa. Hoy las Naciones Unidas piden el concurso de las religiones para establecer la paz, reconociendo que la mayoría de las confrontaciones humanas continúa basándose en conflictos religiosos. ¿Por qué eliminar su papel tan dramático y fundamental de la historia? ¿Cuál es el problema de fondo? Fundamentalmente uno. Tiene que ver con la lucha denodada y tenaz de la Iglesia Católica por defender una presunta infalibilidad
  • 30. 30 papal que está tan en contradicción con tantos hechos históricos medievales y modernos. La Iglesia vive procurando por todos los medios reivindicarse del veredicto histórico que la culpó y sigue culpando de falsedad, hipocresía y genocidio tanto medieval como moderno. ¿Qué es lo que busca ocultar el Vaticano, cuando es el único gobierno que permanece sobre la tierra opuesto categóricamente a revelar los archivos secretos que lo comprometieron en los genocidios del S. XX? ¿Cuántos siglos tuvieron que demorar—se preguntan muchos autores—para que el Vaticano terminase liberando los archivos secretos de la Inquisición? Puede hacerlo hoy porque ha logrado convencer a mucha gente de que la culpable de los crímenes de entonces no fue la Iglesia, sino la época (¡como si ésta se gestase sola!). ¿Cuánto tiempo más deberá pasar—se preguntan nuevamente los críticos—hasta que la Santa Sede libere los documentos que posee de la Segunda Guerra Mundial? ¿A qué se debe tanto afán por esconder tantos hechos de la historia en los que estuvieron involucrados los sumo pontífices? Se ha podido probar ya que los pocos documentos que el Vaticano liberó sobre la Segunda Guerra Mundial, han sido seleccionados o colados en un intento de ocultar su papel comprometedor en los eventos cuestionados (HP, 259,377). Los archivos secretos del Vaticano son, al mismo tiempo, un arma que le sirve al papado no sólo para esconderse cuando le conviene, sino también para infundir temor (Mega..., 10-11). Muchos, en efecto, prefieren no meterse con el papado por temor a faltarle, tal vez, un último elemento de la historia que pueda estar escondido en esos archivos herméticos y que contradiga algún punto que afirmen en sus investigaciones científicas. Al mismo tiempo, prefieren no verse confrontados con ese esfuerzo de reivindicación católica. Otros, en cambio, captan las ambiciones de supremacía de Roma y el engaño que encierran, y se esfuerzan por demostrar con todos los elementos disponibles por el hombre en la actualidad, esa falsedad y distorsión de la historia que provienen del Vaticano. La liberación reciente de los archivos secretos de todos los países involucrados en la Segunda Guerra Mundial han venido a respaldar la labor tan esmerada y científica que varios autores de diversas corrientes de pensamiento, inclusive católicas, han reemprendido al concluir el S. XX. Gracias a esa liberación de los archivos secretos se ha suscitado un renovado interés en sus estudios históricos. Para sorpresa de muchos, la implicación del Vaticano con los gobiernos dictatoriales de entonces, y su complicidad con el genocidio nazi y clero-fascista, es contundente y va más allá de lo que se había supuesto. Aunque el Vaticano quiera continuar negándose a liberar sus archivos secretos de la historia, no podrá negar nunca los testimonios abrumadores que lo comprometen en los grandes hechos políticos y criminales del S. XX. Ni Hitler, ni tantos gobiernos fascistas, hubieran logrado levantarse ni prevalecer en Alemania sin el apoyo velado y abierto papal. Es lamentable que todas las cortinas de humo que lanza el Vaticano para cubrirse hoy de su complicidad con el fascismo y el nazismo, encuentren a los protestantes sin capacidad de reacción debido a que se vieron arrastrados por la diplomacia católica a pactar también con el nazismo. Al encontrarse luego de la guerra igualmente manchados, los protestantes no sólo han pedido perdón y han damnificado muchas víctimas, sino que también han perdido el valor moral para denunciar el papel protagónico que le cupo al papado en ese genocidio. Lamentablemente, el protestantismo de hoy no ha aprendido la lección, y está apoyando al Vaticano nuevamente en sus esfuerzos por lograr tantos concordatos como sean posibles en el mundo entero. Al mismo tiempo se unen al papado en exigir que se reconozcan las tradiciones cristianas medievales en la constitución europea, y eventualmente en el resto del mundo. El problema de los protestantes modernos es que juzgan al papado como se juzgan a sí mismos, esto es, dispuestos a reconocer sus faltas y a enmendarlas para que no vuelvan a repetirse. Pero no perciben que los sentimientos en la cúpula de la Iglesia Católica son muy diferentes. No prestan atención al verdadero problema de fondo, que tiene que ver con la pretensión de infalibilidad de parte del Magisterio de la Iglesia romana, y su típica ―doble moral‖ en relación con sus políticas religiosas y económicas internacionales. La culpa del protestantismo moderno es doble. No sólo han perdido la visión profética de la Biblia que nos advierte sobre el papel final del anticristo romano, sino que se han negado también a aprender de la historia misma. Como resultado, volverán a caer en la trampa. Nadie puede despreciar la historia sin terminar siendo condenado, tarde o temprano, por ella misma. Otra acusación seria que se ha hecho al Vaticano ha tenido que ver con su ―involucramiento moral selectivo‖ o parcialidad política comprometida, con una doble moral que sigue conformando el sistema operacional de la Santa Sede. El papa Pío XII guardó silencio con respecto al genocidio nazi, lo que para muchos fue un acto de cobardía. Los hechos, sin embargo, prueban que hubo mucho más que cobardía. Tuvo que ver con convicciones políticas sobre el
  • 31. 31 sistema de gobierno que apoyaba (dictatoriales fascistas que reconocían la autoridad del papado), o rechazaba (democracias occidentales que no le reconocían la supremacía reclamada). También tuvo que ver con su preocupación de no perder todo el enorme capital que había invertido en el gobierno nazista alemán. Su deseo de imponerse sobre el bloque oriental y lograr el reconocimiento general de toda Europa es otro aspecto indiscutible que pesó en las decisiones del papado. Aún Juan Pablo II ha estado valiéndose de una doble moral. Reclamó protección inmediata sobre los croatas católicos de la venganza ortodoxa serbia en la guerra de los Balcanes al finalizar el S. XX, mientras que Pío XII había dado durante la guerra oídos sordos, como veremos luego, a un mismo reclamo yugoeslavo por las masacres croatas de los serbios. Juan Pablo II apoyó igualmente a los anticomunistas polacos pero guardó silencio sobre la ocupación indonesa de Timor Oriental que tenía que ver con otro Holocausto (UT, 281). Esa moral doble, sumada a su presunción de infalibilidad, llevan a muchos a negar que el papado, a pesar de su elasticidad mayor actual, haya realmente cambiado. Si su apoyo velado o silencioso a Hitler tenía como propósito evitar males peores, como se adujo después, ¿por qué atacó en forma tan resoluta y riesgosa al comunismo, en forma frontal, antes, durante y después de la guerra, sin importarle las consecuencias tan dramáticas que podía eso producir en pérdidas humanas para los mismos católicos? De los estudios históricos resulta claro que participaba de las creencias discriminatorias nazistas y fascistas, y soñaba con poder lograr imponerse en el mundo a través de los triunfos de tales gobiernos, conquistando incluso a Rusia y al mundo oriental con el evangelio católico romano. Hay más acusaciones contra el Vaticano, por supuesto, que refuerzan las ya expuestas de complicidad con el nazismo y el fascismo del S. XX. Esto lo veremos seguidamente en nuestro estudio del genocidio judío y ortodoxo, así como en la protección fraudulenta de los genocidas mismos después de la guerra. Anticipemos algunas de esas acusaciones. Se inculpa al papado de ―crímenes contra la humanidad‖, ―obstrucción de la justicia‖, complot homicida para derrocar gobiernos, ―complicidad de robo‖ (referente al oro quitado a las víctimas) y lavado de dinero en el único banco del mundo (el del Vaticano) que es inmune a toda auditoría exterior. Su apoyo velado a Hitler hasta el último momento tenía que ver también con el deseo de no perder tanto dinero que había invertido el Vaticano en los bancos alemanes. Nido de corrupción, ―línea de ratas‖, en relación con su contrabando de criminales nazis y ustashis, son otros de los tantos epítetos empleados para describir esa ―obra gigantesca de engaño‖. Todas estas acusaciones, que con justicia el veredicto de la historia había terminado haciendo caer sobre el papado medieval, son las que el veredicto de la historia moderna ha retomado al concluir el S. XX para volver a inculpar la Santa Sede por sus implicaciones en los genocidios perpetrados por los gobiernos nazis y fascistas. El sistema papal vuelve a revelar lo que los antiguos videntes de la Biblia profetizaron de él: ―un rey altivo de rostro, maestro en intrigas...‖ Los profetas y apóstoles del Señor destacan, además, ―su sagacidad‖ para hacer ―prosperar el engaño en su mano‖ (Dan 8:23,25), ―con todo engaño de iniquidad‖ (2 Tes 2:10). ―Colma de honores a quienes lo reconocen, y les da dominio sobre muchos, repartiéndoles la tierra como recompensa‖ (Dan 11:39). ¿Cómo es posible que, a pesar de tantas pruebas incontrovertibles de la profecía bíblica y confirmadas tan abundantemente por la historia, siga el mundo y cada vez más, honrando una institución tan llena de infamia? La única explicación que encontramos es la que da la Biblia por anticipado. Se trata del ―misterio de la iniquidad‖ (2 Tes 2:7). VIII. El genocidio judío Cuando el Vaticano firmó el Concordato con Hitler en 1933, éste ya había dado a conocer claramente su intención de perseguir a los judíos. Según ya vimos, Hitler mismo interpretó ese concordato como un respaldo moral del Vaticano a su guerra contra el judaísmo y el comunismo. Vinculó, como lo había hecho primeramente el Vaticano, al judaísmo con el comunismo y el liberalismo, y decidió deshacerse de los judíos. En este respecto, como lo veremos luego, el papa Pío XI y el papa Pío XII no sólo se lavaron las manos abiertamente del genocidio nazi perpetrado contra los judíos, sino que echaron la culpa a los judíos mismos por la suerte que corrían. Pío XII compartía con Hitler la convicción de que los judíos estaban complotados con el comunismo y las democracias socialistas. 1. Antecedentes históricos. La animosidad de Hitler contra los judíos, sin embargo, tiene raíces más antiguas que se remontan al mundo romano pagano y cristiano, y se acrecientan durante todo el período posterior de dominio romano-papal. El genocidio papal medieval de los judíos, y el genocidio moderno de Hitler de los judíos, a la verdad, pasan por la misma vena. Así lo entendieron los políticos de los diversos países, a medida que se enteraban de las
  • 32. 32 monstruosidades que Hitler llevaba a cabo en todos los lugares que invadía. Todos vinculaban su genocidio con los genocidios medievales. El hecho de que Hitler sumó a todo ese trasfondo imperial y medieval heredado, algún concepto nuevo basado en la teoría de la evolución, no disminuye el hecho de que su inspiración principal contra los judíos provino de la actitud romana contra el judaísmo, y en especial del papado romano. a) De la Roma pagana. Como bien lo destaca el museo del Holocausto en Washington, el odio racial contra los judíos y su religión proviene de muy antiguo. Los paganos romanos los acusaban de supersticiosos, especialmente por ciertas prácticas peculiares que tenían como la circuncisión y el sábado. También levantaban contra ellos falso testimonio como, por ejemplo, el de pretender que adoraban a ―su dios cerdo‖ y se cortaban el prepucio para no ser expulsados de su pueblo y poder observar el sábado (Persius: 34-62 DC; Petronius: 66 DC). Otros presumían que no tomaban parte en los deberes de la vida cada séptimo día, para pasarlo en borracheras (Marcial: 46-119 DC; Juvenal: 125 DC). El aliento de la mujer sabatista cuando ayunaba lo ponía Marcial entre los olores más apestantes. Demócrito escribió en el S. I DC, una obra sobre los judíos en donde afirmaba que adoraban una cabeza necia de oro, y que cada séptimo año capturaban a un extranjero y lo sacrificaban, partiendo su carne en pequeños pedazos. Pompeios Trogus hizo una historia distorsionada de los judíos diciendo que sus antecesores eran leprosos, y que Moisés consagró el sábado en memoria del día en que habría terminado de ayunar por siete días en el desierto de Arabia. El emperador Vespasiano (69-79 DC) introdujo el fiscus judaicus, un impuesto equivalente al que los judíos habían tenido para el templo de Jerusalén, pero que ahora debía servir para mantener el templo de Jupiter Capitolinus. Domiciano (81-96 DC) y Adriano (117-138) intensificaron ese impuesto discriminatorio que no requerían a otros extranjeros. A esto se suman los abundantes epítetos que usaban contra ellos como ―nación‖ o ―raza maldita‖ (From Sabbath to Sunday, 172-177). b) De los apologistas y padres de la iglesia. Siendo que los cristianos eran a menudo confundidos con los judíos, especialmente por guardar el sábado, para el segundo siglo cristiano comienzan a percibirse intentos cristianos de diferenciación para congraciarse con el imperio. En lugar de comer sus mejores comidas como los judíos en sus sábados, comenzaron a ayunar en ese día. Con el tiempo, el ayuno del sábado pasaría a ser interpretado por los cristianos como un rito de maldición contra el día que veneraban los que mataron al Hijo de Dios. En lugar de festejar el ―día del Señor‖ en el día maldito de ayuno, se los vio festejando el día del dios sol pagano (domingo), en honor al Sol de Justicia, en referencia a Cristo. En síntesis, podemos decir que la actitud de los cristianos hacia los judíos a partir del segundo siglo hasta el sexto, fue en general negativa. Siguieron inculpando a los judíos de esos siglos por lo que los judíos del primer siglo habían hecho con el Hijo de Dios. La fuente de inspiración para condenarlos no fue tanto el Nuevo Testamento, sino las declaraciones de los profetas contra el antiguo pueblo de Israel en el Antiguo Testamento. Así, Bernabé y Justino consideraron que los judíos fueron rechazados por Dios luego de haber adorado el becerro de oro, pretendiendo probar con ello que su condenación viene de muy atrás. Mientras que la condenación cayó, según el Nuevo Testamento, sobre ciertas facciones del judaísmo, los apologistas consideraron que cayó sobre la raza judía como tal. En lugar de llorar sobre Jerusalén por rechazar la salvación, los ―padres de la iglesia‖ consideraron justo el castigo, y declararon que el sábado y la circuncisión (esto último en relación con la ley ceremonial), fueron una marca de infamia que Dios les impuso para afligirlos por su maldad (From Sabbath to Sunday, 181- 182, 224-225). Algunos padres de la iglesia tuvieron declaraciones categóricas de condenación y a veces insultantes contra los judíos. Orígenes (248 DC), por ejemplo, creyó que los judíos nunca serían restaurados a su condición anterior por conspirar contra el Salvador de la raza humana. Juan Crisóstomo declaró que ―la sinagoga es un prostíbulo, un lugar de escondite para bestias impuras... Nunca ningún judío oró a Dios... Están poseídos por demonios‖ (HP, 24-25). En el Primer Concilio de Nicea (325), el emperador Constantino ordenó que la pascua judía no debía competir con la pascua cristiana. ―Es impropio que en los festivales más santos debamos seguir las costumbres de los judíos; por consiguiente, no tengamos nada que ver con ese pueblo odioso‖, fueron sus palabras. Con esto se ve ya una identificación de los cristianos más grande hacia Roma que hacia los judíos, de donde provinieron. A esto siguieron varias medidas imperiales como una prohibición para construir o adquirir nuevas sinagogas, impuestos adicionales, y la ilegalidad de matrimonios entre judíos y cristianos. En reinos posteriores resurgió la persecución contra ellos. Los ataques contra los judíos se volvieron
  • 33. 33 rutinarios durante el S. V, en especial durante la semana santa, fecha que conmemoraba la ocasión en que los judíos entregaron a muerte al Señor. Se los excluía de los oficios públicos y se quemaban sus sinagogas (HP, 25). c) De los papas durante la Edad Media. Durante siglos los papas persiguieron a los judíos, aunque ocasionalmente llamaron a cierto control. Pero nunca condenaron su persecución ni tampoco exhortaron a un cambio de corazón. Esto se debía a que creían que los judíos debían sufrir su castigo por rechazar a Cristo, hasta el fin del mundo. El papa Inocencio III, quien llevó a la cima el imperialismo papal, consideró al comenzar el S. XIII, que la petición judía de que la sangre del Hijo de Dios cayese sobre sus cabezas y la de sus hijos, les hacía llevar la culpa heredada sobre la nación entera. El Cuarto Concilio Laterano que el mismo Inocencio III dirigió en 1215, exigió que los judíos llevasen gorros especiales para marcarlos. Hagamos la acotación aquí que el hecho de que Dios permitiese que los judíos fuesen perseguidos por el endurecimiento de su corazón que se perpetuaba en los hijos, no autorizaba a los cristianos a odiarlos, ni a quitarles el verdadero espíritu cristiano que todo prójimo se merece, según los evangelios. El Nuevo Testamento no justifica a nadie que quiera dañarlos. Simplemente revela la triste realidad de haber perdido el círculo protector y de misericordia con el que Dios envuelve a su pueblo. Por otro lado, un paralelismo entre el verdadero remanente de la descendencia de la mujer, símbolo de la Iglesia pura y verdadera (Apoc 12), con la persecución de los judíos, muestra que en muchos respectos los judíos padecieron juntos y bajo los mismos poderes romanos opresores en boga. Nos ocuparía demasiado espacio el análisis de las purgas antijudías que los inquisidores de la Iglesia romana llevaron a cabo durante la mayor parte del segundo milenio cristiano. Sencillamente los sometían a todo tipo de torturas que aplicaron también a los protestantes y todo grupo religioso no católico, antes de matarlos. Será suficiente, para nuestro propósito, mencionar algunas de las calumnias que levantaron contra ellos y que, en varios respectos, resucitarían bajo diversas formas para justificar el genocidio nazi. También se haría resucitar en el S. XX varios de los métodos medievales más horripilantes para exterminarlos. - Calumnias anti-judaicas. Los inquisidores acusaron a los judíos de sacrificar niños en la pascua, algo que pareció ser un eco de las antiguas acusaciones romano- paganas. También de causar la peste negra (bubónica) sobre las poblaciones católicas, mediante ritos mágicos, lo que empujó a los católicos a destruir comunidades judías enteras. Los acusaron de ser chupadores de sangre, de robar hostias consagradas, el pan de la comunión que había llegado a ser ―el cuerpo y la sangre‖ de Cristo en la misa, con el propósito de efectuar ritos abominables y asesinos. Debido a la habilidad de los judíos para los negocios, los acusaron también de ―usureros‖ y vividores a expensas de las deudas de los cristianos. Este tipo de acusación, insinuado de nuevo por los papas aún al comienzo de la persecución de Hitler contra ellos, iba a encender el fuego del más grande genocidio de la historia efectuado contra ellos al concluir el segundo milenio cristiano. Con acusaciones semejantes les negaban a menudo igualdad social durante la Edad Media, les prohibían poseer tierras, los excluían de los oficios públicos y de la mayor parte del comercio. Pocas alternativas les quedaban para prestar dinero bajo un contexto tal. Las cruzadas papales lanzadas para rescatar los santos sepulcros de los musulmanes en el S. XIII, incluyó como objetivo adicional también a los judíos, a quienes fueron atormentando en el camino hacia la tierra santa, así como en Palestina. Por doquiera se llevaron a cabo conversiones forzadas, en especial de niños y jóvenes judíos. Los franciscanos creyeron que los príncipes tenían derecho a bautizar niños judíos como una extensión de su señorío sobre sus esclavos, considerados como tales por decreto divino. El papa Pablo IV instituyó en el S. XVI el ghetto y la obligación de vestir una insignia amarilla para ellos, sentando un antecedente que iba a ser imitado después por Hitler antes de exterminarlos. Durante la última parte de la Edad Media, especialmente en España y Latinoamérica, se les dio plazos para irse. Debían elegir entre marcharse, abandonando todos sus bienes, o ser exterminados. Para justificar tales medidas, los prelados papales los acusaron de complotarse primero con los musulmanes en el sur de España, luego con los protestantes más al norte, y aún con los piratas holandeses e ingleses en el nuevo continente. Pretendieron que los judíos que buscaban refugio en las ―Indias‖ (Latinoamérica), instigaban a la población a sublevarse contra España. Finalmente denunciaron una presunta participación judía internacional de unirse a Holanda en una conspiración para adueñarse de las colonias hispanoamericanas. Todo esto justificaba su expulsión y exterminación final, en el caso de rehusar el destierro. Este último aspecto es importante mantener en mente, porque los mismos pasos para expulsar los judíos y finalmente exterminarlos, con acusaciones semejantes de complotarse con el comunismo y el socialismo ateo
  • 34. 34 para destruir la civilización cristiana, iban a darse en todos los lugares donde el nazismo y el fascismo, conjuntamente con la Iglesia Católica, pusiesen su pie en el S. XX. Mussolini, por ejemplo, luego de pactar con Hitler, dio en octubre de 1938 un ultimátum de seis meses a los judíos extranjeros para irse de Italia (HP, 203). Hitler hizo lo mismo con ellos en Alemania, pero optó por la ―Solución Final‖ de exterminarlos en todos los países que invadiese a partir de 1940. d) Atenuación y liberación protestante. Con el advenimiento de la reforma en el S. XVI, hubo una reducción de juicios contra los presuntos ritos mágicos que practicaban los judíos en contra de los cristianos, debido en parte a la convicción de que esos ritos eran practicados más bien por los brujos. Fuera del círculo de Roma—en la protestante Holanda, en Inglaterra y los EE.UU.—los judíos terminaron encontrando libertad. Ya en el S. XVII transformaron a Amsterdan en el ―primer centro del comercio mundial‖. Allí crearon también el primer gran banco comercial de la historia en 1609, el Banco de Amsterdan (Jubileo y Globalización, 112). e) De Roma durante el S. XIX. La persecución católico-romana contra los judíos no se detuvo en Roma ni aún en el S. XIX. El papa Pío Nono los liberó en un primer momento del ghetto medieval, pero lo restableció poco después cuando regresó del palacio de Gaeta a donde había huido, a pesar de haber sido rescatado gracias a un préstamo judío. Hasta que no se estableció la nación-estado de Italia, ese ghetto judío de Roma no terminó. Un ―área de ghetto‖ continuó de judíos pobres, sin embargo, hasta la segunda guerra mundial. Durante el reino del papa León XIII—cuando Pacelli, el futuro papa Pío XII que firmó el concordato con Hitler y ejerció su mandato durante toda la segunda guerra mundial, era un muchacho—el ataque a los judíos volvió a arder y estallar en ocasiones en Roma. La antipatía mayor que sentían contra ellos y de la que participaba también Signore Marchi, el maestro de Pacelli, era por la ―obstinación‖ de los judíos. Pacelli mismo nació en una calle tradicional en la cual por muchos siglos, los papas llevaban a cabo una ceremonia antijudía mientras iban a la basílica de San Juan Laterano, en la que condenaban el endurecimiento del corazón de los judíos (HP, 27). En 1858 Pío Nono raptó a Edgardo Mortara, un niño judío de seis años, y nunca lo devolvió a sus padres, con el pretexto de haber sido bautizado in extremis por una niña sirvienta. Gustaba jugar con él escondiéndolo bajo su sotana para preguntar luego: ―¿Dónde está el niño?‖ El mundo se sintió ultrajado por el escándalo. Se escribieron no menos de veinte editoriales en el New York Times. El emperador Franco José de Austria y Napoleón II de Francia rogaron al papa devolver el niño a sus padres legítimos. Pero todo fue en vano. Cuando los padres legítimos reclamaban a Edgardo, el papa les decía que no se los devolvería a menos que se convirtiesen al catolicismo romano. La obstinación de los padres judíos era un justificativo para que el papa no se los devolviese. La culpa de su sufrimiento estaba en ellos por no convertirse a la revelación cristiana, tal como la entendía el papado romano. Cuando Edgardo se hizo grande, el papa lo internó en un monasterio y eventualmente lo ordenó como sacerdote. El endurecimiento judío y su ceguera se resaltaban también en la liturgia del Misal Romano del Viernes Bueno, cuando el que la celebraba oraba por los ―pérfidos judíos‖ y pedía que ―nuestro Dios y Señor quite el velo de sus corazones, y puedan también conocer a nuestro Señor Jesucristo‖. Tanto el que oficiaba como el pueblo se negaban a arrodillarse durante esa oración, en desprecio a los judíos. Ese ritual fue abolido por el papa Juan XXIII en la segunda parte del S. XX. Todo este pensamiento antijudío era el que predominaba durante el S. XIX en todo el ámbito católico romano, en los seminarios teológicos y en los círculos intelectuales de las universidades católicas. Durante el reinado de León XIII volvieron a aparecer, por ejemplo, las viejas difamaciones de sangre contra los judíos. En una serie de artículos publicados entre Febrero de 1881 y Diciembre de 1882 en la revista Civiltá Cattolica, insistieron los prelados romanos otra vez en la falsa acusación del sacrificio pascual de niños cristianos por judíos, cuya sangre era efectiva sólo cuando los sacrificaban bajo tormento. Nuevamente en 1890, cuando Hitler era aún niño, Civiltá Cattolica inició una serie de artículos que fue publicada en 1891 en un panfleto titulado Della questione ebraica in Europa. En esos escritos acusaron a los judíos de haber instigado la Revolución Francesa para obtener igualdad cívica y posiciones claves en la mayoría de las economías de estado, con el propósito de controlar esos estados y establecer sus ―campañas virulentas contra el cristianismo‖. Ellos eran los causantes del liberalismo democrático que había traído tanto mal a la Iglesia romana y a la sociedad en general. Los judíos eran ―la raza que produce náuseas‖, ―un pueblo ocioso que ni trabaja ni produce nada, que vive del sudor de los demás‖. El panfleto terminaba llamando a abolir la ―igualdad civil‖ y a la segregación de los judíos del resto de la población.
  • 35. 35 Otro caso notable fue el que incrementó el antagonismo especial creado entre el gobierno francés y el clero romano durante León XIII, por favorecer estos últimos un sistema monarcal. Para esa época, Dreyfus, un oficial judío del ejército, fue condenado a trabajos forzados por presuntamente vender secretos nacionales. Los obispos estaban dispuestos a creer esa calumnia por sus prejuicios antisocialistas y publicaron toda suerte de calumnias contra los judíos. En este contexto, un clérigo católico, Abbé Cros, declaró que Dreyfus debía ser ―pisoteado día y noche... y rompérsele la nariz‖. La revista jesuítica mensual, Civilta Cattolica, volvió a la carga contra los judíos, diciendo que ―los judíos fueron creados por Dios para actuar como traidores dondequiera estuviesen‖. Francia debía lamentar, continuaba el artículo, el Acto de 1791 por el que otorgaba la nacionalidad a los judíos, ya que en Alemania estaban juntando fondos para poder apelar a favor de Dreyfus. El 20 de junio de 1899 Dreyfus fue exonerado, y el clero católico volvió a ser atacado en base a ese hecho por los socialistas (HP, 45). 2. Complicidad Vaticana en el genocidio nazista de los judíos. Todas estas calumnias y acusaciones de la Iglesia Católica durante la Edad Media y aún en el S. XIX y comienzos del XX, que no se encuentran ni remotamente en los evangelios, culminaron con la represión y genocidio nazis de las tercera y cuarta décadas del S. XX. De hecho, formaron la base de las acusaciones políticas y económicas de Hitler contra los judíos. Mientras que en lo económico los acusó de usureros y explotadores, en lo político los inculpó por la revolución bolchevique comunista en Rusia, y por buscar introducir esa revolución en Alemania y en el resto del mundo. Las encíclicas papales que antes y durante la década de 1930, atacaron la usura y la concentración de la riqueza en manos de poca gente, avivaron más la chispa que Hitler había vuelto a encender en su ataque a los judíos. Hitler agregó otro ingrediente, sin embargo, que tomó de la doctrina de la evolución. Los judíos, concluyó, poseían un gene inferior y, por consiguiente, debían ser eliminados para que la humanidad pudiese continuar evolucionando mediante la súper raza. El obispo austríaco Johannes Liner de Linz, escribió el 21 de enero de 1933, una carta pastoral antisemita que refleja el pensamiento muy extendido del clero romano para ese entonces. Según él, los judíos miserables ―ejercen una influencia completamente dañina sobre casi todas las áreas de la vida cultural moderna. Infiltran y destruyen de muchas maneras la industria y el comercio, las empresas y las finanzas, la ley y la medicina, las agitaciones sociales y políticas, mediante los principios materialistas y liberales que se originan en el judaísmo‖. También acusó a los judíos de alimentar los temas de la prensa y el cine con tendencias frívolas y cínicas que envenenan el alma del cristiano. ―El judaísmo degenerado, en liga con la masonería internacional, es también el primer portador de ese becerro de oro capitalista‖ responsable del socialismo y del comunismo, ―el mensajero y el promotor del bolchevismo‖.18 a. Inicio de las hostilidades. Aunque Hitler ya había estado manifestando verbalmente su odio contra los judíos, el ataque contra ellos comenzó en marzo de 1933, cuando 30 camisas marrones cayeron repentinamente en los hogares judíos de dos pequeñas ciudades al suroeste de Alemania, arreando a sus ocupantes hasta el municipio, para luego golpearlos. El 1 de abril comenzaba el boicot nazi a los negocios judíos por todo el país, así como su exclusión de todo oficio público, incluyendo la enseñanza en las universidades. Ninguna protesta hubo de los católicos de Alemania ni de Roma, a pesar de que la medida afectaba también a los judíos que se habían convertido al cristianismo, y algunos de éstos solicitaron la intervención católica en su favor al mismo papa. Por el contrario, arguyeron los cardenales que ―los judíos se ayuden a sí mismos‖ (Cardenal Faulhaber de Múnich). Había cosas ―de mucha más grande importancia‖, declaró también el Cardenal Bertram en Berlín, como por ejemplo ―las escuelas y el mantenimiento de las asociaciones católicas...‖ (HP, 140). El 25 de abril Hitler dio un paso más al hacer pasar su Ley Contra la Atestación de las Escuelas y Universidades Germanas, con el propósito de reducir el número de alumnos judíos permitidos en esas instituciones. Esto se dio al mismo tiempo que Pacelli estaba negociando con él los beneficios educacionales que Alemania debía dar a los católicos, logrando su apoyo para la expansión de las escuelas católicas de parte del estado (artículo 23 del concordato [HP, 153]). ¿Quién podía negar el trueque, esto es, una complicidad entre el catolicismo romano y el nazismo alemán, con el propósito de favorecer la enseñanza católica a expensas de una minoría judía? También comenzó en ese 25 de abril otra prueba de complicidad católico-nazi con respecto a la segregación judía. Miles de sacerdotes por toda Alemania formaron parte del complot antisemítico al requerir testimonios de pureza de sangre (sin contaminación judía), 18 Greg Whitlock, ¿Qué es el Clero-Fascismo? (citar en el idioma original).
  • 36. 36 mediante actas matrimoniales y registros de bautismo. Esto era un requisito para poder ser admitidos en las universidades y ejercer la profesión, en especial de abogacía y medicina. La cooperación de la Iglesia en este respecto iba a continuar durante toda la guerra, cuando el precio de ser judío iba a implicar más que perder el trabajo. Iba a significar también la deportación y la exterminación en los campos de muerte (HP, 154). b. ¿Intercesión católica? Para Agosto de 1933, la jerarquía alemana sintió la necesidad de pedirle a Pacelli, para entonces Secretario de Estado del Vaticano, que ratifique el concordato con Hitler pero que interceda al mismo tiempo en favor de los judíos convertidos al catolicismo. Esto hizo el Vaticano sin éxito, ratificando aún así el concordato (HP, 160-161). El cardenal Faulhaber de Múnich, por cuenta propia, preparó para el año siguiente cinco sermones defendiendo el Antiguo Testamento que los nazis estaban condenando por ser un testamento judío. ―No somos salvos por la sangre alemana‖, concluyó, sino ―por la sangre preciosa de nuestro Señor crucificado‖. No obstante, en esos sermones Faulhaber no defendía a todos los judíos, sino sólo a los que habían aceptado el cristianismo. El mismo aclaró que su única intención era defender el Antiguo Testamento, no tomar una posición con respecto al problema judío del momento (HP, 162). El 15 de septiembre de 1935, Hitler decretó las Leyes de Núremberg, que definían la ciudadanía germana como paso previo a la exclusión judía en base al parentesco y el matrimonio (HP, 179-180). Tampoco reaccionó la Iglesia Católica ante esas leyes discriminatorias. La actitud de muchos en el catolicismo con respecto a la situación judía suscitada por Hitler, se ve reflejada en el primado de Polonia, Cardenal Hlond, quien en 1936 declaró que ―el problema judío va a durar tanto tiempo como existan los judíos‖. Los obispos católicos eslovacos, bajo el dictador Tiso quien era al mismo tiempo sacerdote católico, emitieron una carta pastoral en donde repetían las acusaciones tradicionales contra los judíos de ser deicistas. Al comenzar el año 1937, Pío XI emitió dos encíclicas, Mit Brennender Sorge (Con Profunda Ansiedad), y cinco días más tarde, Divini redemptoris. Mientras que en la primera lamenta el sufrimiento de la Iglesia en Alemania y condena veladamente la discriminación racial, en la segunda se dedica a atacar simplemente el comunismo. Debe admitirse, sin embargo, que en ninguna de las dos encíclicas el papa condena expresamente el antisemitismo nazi. Hitler se indignó, de todas maneras, y Pacelli optó por una política de apaciguamiento que dejase conforme a las dos partes. El 25 de mayo de 1938, un año antes de ser nombrado papa, Pacelli fue a Budapest para asistir a un congreso eucarístico internacional. Acababa de ser nombrado primer ministro de Rumania un fanático antisemita que insistía en que todo aquel que no pudiese probar que sus antepasados habían nacido en Rumania, eran judíos. El parlamento húngaro estaba discutiendo para entonces una propuesta ley antijudía, y el regente de Hungría se sentía cometido a transformar su país en un satélite de Alemania. Ninguna palabra salió de Pacelli para atenuar esos sentimientos. c. La encíclica perdida. Para el verano de ese mismo año (1938), el papa Pío XI encomendó a los jesuitas preparar una encíclica contra el racismo y antisemitismo nazi. Pero estaba en su lecho de muerte y esa encíclica nunca fue publicada. El nuevo papa la guardó en los archivos secretos del Vaticano, y en su lugar publicó otra en 1950 con un título semejante, Humani generis, que revela otro propósito. El borrador de la encíclica de Pío XI que no fue publicada revela, a pesar de las buenas intenciones, el pensamiento tradicional católico antijudaico. Arguye que son los judíos los responsables de su propia suerte. ―Cegados por sus sueños de ganancia mundana y éxito material‖, declara el borrador de esa encíclica, los judíos terminaron mereciendo la ―ruina mundanal y espiritual‖ que cayó sobre ellos. Y advierte los peligros a los que se exponen los judíos mientras mantengan su incredulidad y enemistad contra el cristianismo. De allí que la Iglesia Católica está obligada ―a advertir y apoyar a los que son amenazados por los movimientos revolucionarios [comunistas y socialistas ateos], a los que se han unido esos desafortunados y desviados judíos para romper el orden social‖. ―La Iglesia se interesa únicamente en mantener su legado de la Verdad... Los problemas puramente mundanales en los que los judíos puedan verse involucrados no le interesan‖. Aunque por ―principios cristianos y humanidad‖ pueda defender a los judíos, eso lo sería sin involucrarse en compromisos inaceptables con ellos, como el de trabar la lucha de las naciones cristianas de Europa que combaten el comunismo bolchevique. Esta era la creencia que Pacelli compartía ya con los nazis por los años 20. Los judíos habían sido los instigadores de la revolución comunista bolchevique, según Pacelli, y buscaban hacer lo mismo en Alemania (HP, 75,78). Aún así, al abrir esa encíclica la puerta a cierto grado de misericordia para con los judíos, podía herir al führer, y era mejor guardarla, aprovechando que el viejo papa que debía emitirla acababa de morir.
  • 37. 37 No fue sino hasta que Juan XXIII apareció en escena y revertió la política rígida de Pío XII que se supo de esa carta. d. La “solución final”: 1941-1945. Siete meses antes de comenzar la guerra (el 3 de Enero de 1939), Hitler declaró: ―Si el judaísmo internacional triunfase en Europa o en cualquiera otra parte, precipitando a las naciones a una guerra mundial, no se tendrá como resultado la bolchevización de Europa ni una victoria del judaísmo, sino el exterminio de la raza judía‖. Dicho y hecho, un mes después de atacar a Rusia el 22 de junio de 1941, ordenó a Reinhard Heydrich hacer todo lo necesario para preparar ―una solución completa‖ del asunto judío. Esa ―solución final‖ se desarrolló durante los primeros tres años de la guerra, coincidentes con los primeros tres años de pontificado de Pío XII. ¿Cuál fue la solución? El exterminio de más de once millones de judíos (de los cuales logró matar sólo seis millones y medio). ¿De dónde pudo provenir semejante brutalidad y salvajismo? De la antipatía acumulada contra el judaísmo por dos milenios de influencia romana y católico-romana. ¿Podía el papado condenar a Hitler, después de haberle dejado como herencia, un legado criminal y genocida de tal magnitud? El anti- judaísmo, así como muchas de las doctrinas católicas, no proviene de la Biblia, sino de un sincretismo pagano-cristiano. Por más que un sincretismo tal se lo quiera pintar hoy de regios colores en otros temas, continuará escondiendo el mismo espíritu genocida. Para que reaparezca, bastará con otorgarle otra vez el respaldo civil del que dispuso durante todo el Medioevo para imponer sus dogmas. Para septiembre de 1939, Hitler decretó que todos los judíos germanos debían llevar la Estrella Amarilla que ya era obligatoria en Polonia. ¿Quién puede negar que la fuente de su inspiración para esa orden haya sido una orden equivalente del papa Pablo IV en el S. XVI, según ya vimos, quien obligó a los judíos a vestirse con una insignia amarilla? Los obispos católicos de Alemania reclamaron, sin éxito, que esa medida fuese quitada, no por supuesto de todos los judíos, sino de los judíos católicos. Las primeras deportaciones masivas de judíos hacia el Este tuvieron lugar en octubre de ese año. En ese mismo mes de 1941, los alemanes decidieron usar gas venenoso para exterminarlos en los campos de concentración. Se nombró como comandante del campo de extermino en Treblinka (Polonia), a Franz Stangl, donde 900.000 víctimas, mayoritariamente judías, fueron desnudadas para morir en las duchas de gas (UT, 26). Walter Rauff, por otro lado, quien ya había presenciado una ejecución masiva de judíos en Minsk, fue encargado de inspeccionar el desarrollo del programa de vanes móviles con gas. El plan consistía en conectar los tubos de escape de los motores diesel a cabinas herméticas para que el humo terminase asfixiando a los judíos mientras los llevaban directamente para enterrarlos. Por fallas técnicas, muchos murieron no por el gas del motor, sino simplemente asfixiados por falta de aire. Una vez que se perfeccionó el sistema, 100.000 murieron por efecto del gas en esas vanes (UT, 33). [Ambos, Stangl y Rauff, escaparon a Sudamérica, con documentación falsa gracias a los auspicios del Vaticano, una vez que terminó la guerra]. Goebbels declaró en noviembre que ―ninguna compasión y de hecho ninguna disculpa se dio sobre la suerte de los judíos... Todo judío es nuestro enemigo‖. El 20 de enero de 1942, quince oficiales de alto rango estuvieron reunidos para escuchar la solución de Heydrich cuyo borrador había sido preparado por Eichmann. Mientras se preparaba la solución final, los judíos debían trabajar separados por sexo, en grandes columnas en la preparación de caminos, lo que iba a permitir que muchos fuesen diezmados ya en forma natural. Eichmann dio estadísticas de once millones de judíos que esperaban exterminar, incluyendo muchos que vivían en los países que faltaba conquistar todavía. Eichmann—quien después de la guerra encontraría refugio en el Vaticano, de donde recibiría también documentos falsificados para escapar a Argentina— sería el encargado de dirigir la operación desde Berlín. El 9 de febrero de 1942, Hitler propagó un mensaje salvaje diciendo que ―los judíos serán liquidados por a lo menos mil años‖. Esa noticia se publicó en todo el mundo, inclusive en Roma. El 18 de Marzo de 1942, el Vaticano recibió un memorándum con la noticia de las atrocidades antisemíticas que se daban en todos los países de mayoría católica. Las presiones comenzaron para entonces a multiplicarse en torno al papado, de los representantes de los países Aliados en el Vaticano, para que se uniese en la condenación universal de esa política genocida nazi. Aún los protestantes en los países aliados veían la necesidad de una definición del papa Pío XII, para que tanto judíos como cristianos en los países ocupados por el Tercer Reich, creyesen y estuviesen así, advertidos. Siendo que casi todos los países en donde se practicaba el genocidio eran católicos, o estaban bajo un gobernante católico, era necesario que la voz moral máxima del catolicismo se expresase. Pero para sorpresa de todos, el mundo entero condenaba abiertamente esa política genocida nazi, menos el papado.
  • 38. 38 Al concluir el mes de junio de 1942, todo el mundo sabía que un millón de judíos ya había sido exterminado, y que para ello usaban gas venenoso. También era voz pópuli que los nazis se proponían ―borrar la raza [judía] del continente europeo‖. Pero en lugar de acceder a pronunciarse, apoyando los pronunciamientos que ya habían hecho los Aliados, Pío XII rogaba que no se bombardease Roma, para que no se dañasen los santos lugares. Las deportaciones judías a los campos de concentración y muerte comenzaron en marzo de 1942 y continuaron hasta 1944. En Francia y Holanda se iniciaron a mediados de junio de 1942. Los obispos católicos y protestantes se unieron allí para amenazar al régimen nazi de difundir una protesta cristiana por toda Europa. En respuesta, los nazis eximieron a los judíos cristianos que se habían convertido antes de 1941, a condición de que las iglesias guardasen silencio. Siendo que algún que otro obispo aislado no aceptó el negocio, los nazis deportaron a todo judío católico que encontraron en su zona de influencia. Llama la atención también, que Pío XII respondiese al reclamo de los obispos de Holanda para que interviniese, argumentando que su posición era neutral, y que la neutralidad no es lo mismo que ―la indiferencia y apatía en donde las consideraciones morales y humanas exigen franqueza‖. ¿Quiere decir que el genocidio de millones no está involucrado en ninguna expresión franca de consideración moral y humana? Lo que el resto del mundo no podía entender ni puede entender aún hoy, porque quiere imaginar al papa al menos como alguien que pretende representar a Dios y a su Hijo, es que esta indiferencia papal estaba enmarcada en una concepción histórica que reivindicaba los genocidios del Medioevo que sus antecesores habían llevado a cabo. Por consiguiente, la muerte de miles o millones no ligados a la Santa Madre Iglesia no contaba ni cuenta aún tanto para los papas, como el avance y supremacía de la iglesia bajo el presunto primado de Pedro. El cardenal Eugene Tisserant escribió ya en 1940 al cardenal Emmanuel Suhard de París: ―Temo que la historia reprochará a la Santa Sede por haber practicado una política de conveniencia propia y poco más‖ (HP, 262). En febrero de 1943 se dio otra protesta, esta vez en Berlín, de las mujeres casadas con los judíos que habían logrado sobrevivir en trabajos menores. Cientos de mujeres se juntaron fuera de la cárcel gritando, más que cantando, ―devuélvannos nuestros maridos‖. La manifestación pública continuó por una semana, día y noche. Fueron amenazadas repetidas veces por la policía con balearlas, pero se rejuntaban y avanzaban en falange, haciendo frente al ejército. Bajo esa presión, la Gestapo decidió liberar los 2.000 judíos que quedaban allí. Esa fue la única demostración gentil para liberar judíos en toda la guerra, y tuvo éxito (HP, 196). [Una réplica se dio con las madres de mayo, en Argentina, durante la guerra sucia efectuada bajo otro gobierno dictatorial y militarizado, en la década de los 70]. e. Antisemitismo Vaticano en medio del genocidio judío. Sorprende que en plena guerra mundial, y en el corazón mismo del Vaticano, la Iglesia romana haya continuado ofreciendo testimonios tan flagrantes de antisemitismo. El principal teólogo dominico y neotomista, Garrigou-Lagrange, era consejero teológico de Pacelli y al mismo tiempo entusiasta admirador de Pétain, el líder fascista y católico francés. También era muy amigo del embajador ante la Santa Sede del gobierno central francés (que operaba en la sección no ocupada de Francia llamada Vichy). Ese diplomático francés envió un mensaje a su gobierno en Vichy, diciendo que la Santa Sede no objetaba la legislación antijudía francesa, y fundamentó su informe con notas de Tomás de Aquino que habían sido juntadas por los neotomistas de Roma. Debemos recordar que, durante la Edad Media, el teólogo por excelencia de la Iglesia Católica, Tomás de Aquino, sirvió de fundamentación teológica a la Inquisición, para justificar la exterminación no sólo de los judíos, sino también de los cátaros, valdenses, protestantes y musulmanes. Pétain fue confrontado finalmente por el nuncio francés, quien a su vez informó a Pío XII sobre las deportaciones judías que se llevaban a cabo allí. Pero ni Pétain ni Pío XII le hicieron caso. En su lugar, el papa ―alabó calurosamente la obra del Marshal [Pétain] y manifestó un interés entusiasta en las acciones gubernamentales que son una señal del renovamiento afortunado de la vida religiosa en Francia‖. ¡Qué oportunidad extraordinaria se le estaba ofreciendo a la Iglesia Católica, marcada sin duda por la Providencia (perdón por la ironía), para recuperar a esa nación del socialismo ateo que le había dado su golpe de gracia en la Revolución Francesa! También en Croacia se había levantado un gobierno fascista conducido por Ante Pavelic, que decidió no sólo exterminar a los judíos, sino también a más de dos millones de ortodoxos. Por ser católico y obligar a poblaciones enteras a elegir entre renunciar a su fe y convertirse al catolicismo romano o morir baleado, degollado o enterrado vivo después de cavar sus propias fosas comunes, no podía el papado condenarlo. La iglesia madre lo contemplaba con indulgencia y hasta ponderaba su entrega a la misión de la Iglesia. En vano se le presentaron al papa testimonios de las masacres que allí se llevaban a cabo, y en vano se
  • 39. 39 intentó hacerlo definirse con respecto a esos crímenes. [Después de la guerra, Pavelic encontraría refugio en el Vaticano, donde también se le darían documentos falsificados para escapar a Argentina. El general Domingo Perón lo nombraría consejero personal de su gobierno]. Llama la atención, en este contexto, que las peores masacres judías se llevasen a cabo en países con dictadores católicos o de población mayoritaria católica como Francia, Rumania, Polonia, Eslovaquia y Croacia, amén de las ejecuciones efectuadas en Alemania con la mitad de la población católica después de la anexión de Austria y otras regiones de raza germana. En Eslovaquia, por ejemplo, subió al poder un dictador católico y sacerdote llamado Josef Tiso. El fue el único a quien el papa aconsejó moderación en su campaña antisemítica, no un abandono total de su actitud. Por tales razones, en Gran Bretaña y en otros lugares, el papa Pío XII se volvió para esa época muy impopular. La mayoría creía que el Vaticano se negaba a pronunciarse contra el genocidio judío porque apostaba a que Los Ejes (la alianza alemana, italiana y japonesa más los otros países satélites de Europa central), iban a ganar la guerra. Creyendo que se trataba simplemente de un acto de cobardía, el presidente Roosevelt de los EE.UU., decidió entonces enviar a Myron Taylor el 17 de Septiembre de 1942, para asegurarle a Pío XII que América estaba en lo correcto, y que debido a eso y a ―que tenemos total confianza en nuestra fuerza, estamos determinados a seguir adelante hasta obtener una victoria completa‖ (HP, 289). Pero el intento de hacerlo definirse con respecto al genocidio judío volvió a fracasar. El embajador inglés en el Vaticano concluyó entonces que ―una política de silencio con respecto a las ofensas contra la consciencia del mundo debe involucrar necesariamente una renuncia al liderazgo moral y a una atrofia consecuente de la influencia y autoridad del Vaticano...‖, ya que únicamente expresándose en tal contexto es que se puede ofrecer una contribución ―al restablecimiento de la paz mundial‖. Ese estigma de pecado sobre el papa Pío XII y su reino en el Vaticano, definido por muchos como de ―omisión‖, se ve patéticamente reflejado en un film francés titulado ―Amén‖. Llegó la Navidad de 1942. ¿Qué homilía o mensaje daría el papa al mundo? Declaró que los males que han venido al mundo en las últimas décadas tenían que ver con una subordinación de todos al propósito del lucro. Pero no se definió con respecto al totalitarismo y la democracia, la democracia social y el comunismo, el capitalismo y el capitalismo social. En cambio insistió en la vieja premisa de los papas medievales que había sido reafirmada por sus antecesores del S. XIX y comienzos del XX. Lo que al mundo le faltaba era el ordenamiento pacífico de la sociedad por su afiliación y lealtad a la Santa Madre Iglesia, esto es, al primado de Pedro. El ordenamiento social, según ya vimos, tiene que ver con la visión piramidal del papado, en donde el alma juzga al cuerpo, y no viceversa. Después de tantas presiones internacionales, finalmente se expresó en un lenguaje ambiguo, como se ha demostrado, si se tiene en cuenta la dimensión tan dramática de los eventos. ―La humanidad debe este voto a los cientos de miles que, sin ninguna falta propia, a veces únicamente debido a su nacionalidad o raza, son marcados para muerte o extinción gradual‖. ¿Quiénes eran esos ―inocentes‖ que morían? Según el pensamiento imperante que ya vimos en el Vaticano, los judíos morían por su propia culpa. ¿Se trataría, entonces, de las masacres llevadas a cabo por el comunismo en tantos lugares de la tierra? Como era de esperarse, en el contexto internacional en que se vivía, Pío XII no satisfizo a nadie con ese discurso. Todos esperaban una definición, y no sus típicas generalidades. El mismo Mussolini se burló de la homilía papal, diciendo que ―el Vicario de Dios, quien es el representante en la tierra del Gobernante del Universo, nunca va a hablar; va a permanecer siempre en las nubes. Este es un discurso de tópicos que pueden ser mejor dados por un sacerdote párroco de Predappio‖ (la aldea atrasada donde nació Mussolini). Mientras los alemanes cometían las peores atrocidades contra los comunistas civiles de Eslovenia, el obispo Gregorio Rozman daba un apoyo entusiasta a los nazis, con numerosos llamados a ―pelear del lado de Alemania‖. El 30 de Noviembre de 1943, escribió una carta pastoral exhortando a sus fieles a pelear por Alemania, destacando que ―mediante esta valiente pelea y obra industriosa para Dios, para el pueblo y la patria, aseguraremos bajo el liderazgo de Alemania nuestra existencia y un mejor futuro, en la pelea contra la conspiración judía‖. Este mismo obispo se hizo cargo, durante la guerra, del partido clerical esloveno. f. Negativa del mundo en recibir inmigración judía. En abril de 1943 se dio una conferencia de oficiales ingleses y norteamericanos que decidieron que nada podía hacerse sobre el Holocausto, y que era ilegal todo plan de rescate masivo (UT, 13). Ambos países se alarmaban con la idea de que Hitler pudiese detener las cámaras de gas para deportar los judíos hacia sus países respectivos, en cantidades tan alarmantes. Ni Inglaterra, ni los EE.UU., querían recibir repentinamente millones
  • 40. 40 de inmigrantes para los cuales no tendrían trabajo inmediato. En Norteamérica, los judíos quisieron abogar en favor de sus hermanos de raza europeos. Pero también se manifestaron los sentimientos en contra de otros sectores tradicionalmente racistas, inclusive de los sindicatos. Cada país insinuaba que se los enviase a otro país: a los EE.UU., a Canadá, al África, a Australia. Pero la respuesta era por todos lados la misma. No estaban en condiciones de recibir tal avalancha de gente en sus países. Uno queda impresionado al ver en el museo del Holocausto en Washington, los diferentes videos tomados de la época, de los testimonios públicos de los diferentes líderes políticos de EE.UU. y de Inglaterra que daban las razones por las cuales no los podían recibir. Muchos judíos no están dispuestos a disculpar tampoco a los países Aliados por esa actitud, ni en el día de hoy. Porque muchos de esos países fueron, además, los mismos que dieron después albergue a los miles de criminales nazis que escapaban de la justicia internacional. g. La ocupación nazi de Roma. Roma fue bombardeada a mediados de Julio de 1943, a pesar de los intentos del papa por evitarlo. El Gran Concilio Fascista se reunió una semana más tarde y destituyó a Mussolini. En su lugar puso como rey a Vittorio Emanuele III. Hitler decidió entonces invadir Italia, y ocupó Roma el 11 de septiembre de ese año, rescatando a Mussolini y restableciéndolo al norte de Italia. Siete mil judíos vivían entonces en Roma, como sobrevivientes de la larga persecución que habían tenido por más de dos mil años. No sabían que la suerte estaba sellada sobre ellos, y que iban a sufrir la deportación y muerte como los demás judíos de los otros países que habían caído bajo la ocupación nazi. Los alemanes exigieron a los judíos cincuenta kilos de oro que debían pagar en 36 hs. Los judíos, a su vez, solicitaron ayuda al papa quien autorizó un préstamo, aclarando enfáticamente que era un préstamo y no una donación. Los judíos no aceptaron y lograron juntar suficiente dinero como para comprar por sí mismos el oro requerido. No les dieron ningún recibo, ya que no correspondía dar recibos a los enemigos. El oro fue enviado a Berlín en donde permaneció intacto hasta la conclusión de la guerra. Adolf Eichmann se hizo cargo de deportarlos sin importarle el pago efectuado por ellos. Nuevamente comenzaron las presiones para que el papa se expresase a favor de los judíos de Roma. Hasta los mismos alemanes esperaban que lo hiciera, y se sorprendían porque no protestaba. Los italianos estaban ayudando a todo judío que podían para escapar, y los alemanes temían una reacción popular. Fueron ellos los que demoraron la deportación, advirtiendo por su cuenta a Berlín de una posible amenaza de denuncia de parte del papa, algo que de ninguna manera esperaba hacer Pío XII. Cuando el tren que deportaba a los judíos comenzó su marcha el 19 de noviembre, el papa manifestó su temor de una reacción judía mancomunada con los partidarios del comunismo, y pidió a los alemanes que reforzaran la guardia. Pío XII se preocupaba más por lo que los comunistas italianos podían hacer que por la vida de tantos judíos que eran llevados a los campos de exterminio. Cincuenta días después que partió el tren, más de 1000 de esos judíos morían en las cámaras de gas de Auschwitz y Birkenau, y 149 hombres y 47 mujeres eran sometidos a tareas de esclavitud. Sólo quince de ellos sobrevivieron. Posteriormente otros 1084 judíos fueron arrestados y enviados a Auschwitz donde, con excepción de pocos, corrieron la misma suerte. Otros judíos lograron escapar escondiéndose en el Vaticano, cuyo territorio gozaba de inmunidad extraterritorial. Para ello contaron con la ayuda de la población en conjunto con algunos clérigos. El papado no se opuso a una ayuda humanitaria conducida en forma personal, y en ocasiones dio cierto apoyo a ese tipo de actividades en otros lugares. Hitler quiso apresar al papa en su momento y llevarlo a Alemania, pero los alemanes apostados en Italia le advirtieron que la población era católica, y la reacción popular era impredecible. Lo que ni Hitler ni sus generales en Italia sabían era que la herida mortal del papado había iniciado su proceso de curación, y que nada iba a impedir su lenta pero segura recuperación hasta que consumase su obra profetizada en el Apocalipsis, y fuese destruida para siempre. ―Porque Dios ha puesto en sus corazones ejecutar lo que él quiso, ponerse de acuerdo y dar a la bestia el poder de reinar, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Y la mujer que viste es aquella gran ciudad que impera sobre los reyes [gobernantes] de la tierra‖ (Apoc 17:15-18). h. Después de la guerra. Cuando se anunció la muerte de Adolf Hitler, Adolf Bertram, cardenal arzobispo de Berlín, ordenó que todos los curas párrocos ―participasen de un solemne requiem en memoria del führer y de todos los miembros del Wehrmacht que habían caído en la lucha por nuestra patria alemana, junto con las más sinceras oraciones por el pueblo y la Patria y el futuro de la Iglesia Católica en Alemania‖. No fue sino hasta el 3 de Agosto de 1946, bastante después que había terminado la guerra, que Pío XII se expresó en forma definida, diciendo que condenaba el
  • 41. 41 recurso a la fuerza y a la violencia, ―como condenamos en varias ocasiones las persecuciones que un antisemitismo fanático infligió al pueblo Hebreo‖. A la luz de todo lo visto, este testimonio posterior lo revela como falso e hipócrita. Por su parte, la única mujer sobreviviente de ese primer tren fatídico de Roma declaró a la BBC de Londres en 1995: ―Volví [a Roma] de Auschwitz por mi cuenta. Perdí a mi madre, mis dos hermanas, una sobrina y un hermano. Pío XII podía habernos advertido acerca de lo que estaba pasando. Hubiéramos podido escapar de Roma... El jugaba bien en las manos de los alemanes. Todo ocurrió bajo sus narices. Pero era un papa antisemítico, un papa progermano. No arriesgó nada. Y cuando dicen que el papa es como Jesucristo, no es verdad. No salvó a ningún niño. Nada‖. Cuando Pacelli visitó Argentina, en calidad de Secretario de Estado del Vaticano, el presidente y general Agustín Pedro Justo Roca, salió a su encuentro en el barco militar 25 de Mayo para saludar a Pacelli con las siguientes palabras: ―Vuestra Eminencia, lo saludo en la persona de un legado papal como al más grande soberano del mundo, ante cuya autoridad espiritual todos los otros soberanos se postran en veneración‖. Al regresar, Pacelli visitó Río de Janeiro, y desde entonces comenzó a pararse ante las multitudes con los brazos extendidos en una imitación exacta de la posición que vio en la estatua del Cristo Redentor. Esa postura continuó usándola ante las masas durante todo su pontificado. Al ser poco después elegido papa, y en armonía con sus convicciones de pasar a ser el Vicario del Hijo de Dios, se atribuyó el título de ―Pastor angelicus‖. Pero, ¿qué es lo que dijo Jesús del verdadero pastor? Arriesga todo por salvar hasta la oveja más descarriada (Luc 15:4-5). Incluso, ―da su vida por sus ovejas‖ (Juan 10:11). En el año santo de jubileo católico de 1950, el 24 de Junio, Pío XII canonizó a María Goretti, una mujer que estuvo dispuesta a dar su vida antes que condescender a ser víctima del sexo. El papa preguntó a la multitud que se juntó para la ceremonia: ―Quieren tomarla como ejemplo?‖ Era ya tiempo de paz, y se sentía libre de aconsejar el martirio para los que eran provocados sexualmente, antes de ceder en su moralidad. ¿Por qué no hizo lo mismo durante la guerra, donde aconsejó ―neutralidad‖ y ―silencio‖ ante el genocidio nazi de millones de inocentes, con el presunto propósito de evitar represalias para los católicos? Mientras que el Vaticano siguió apoyando a gobiernos fascistas católicos en el Asia y en América Latina después de la guerra, siguió soñando con el derrocamiento del comunismo en los países del Este. Para ello trató de organizar a los criminales nazis y fascistas que habían sobrevivido, de los países católicos en donde habían actuado, para infiltrarlos en forma organizada en los gobiernos comunistas que habían ocupado su lugar, con el propósito de derrocarlos. Con tal propósito, puso todo su peso político en rescatar y esconder a los principales genocidas de la guerra que habían sido leales a la Iglesia Católica, para que pudiesen escapar al juicio que les esperaba. Al mismo tiempo, logró camuflar con nombres y documentación falsa a 30.000 criminales de guerra para que se fugasen, en su mayor parte a Argentina, aunque también lograron ir a Australia, Canadá, EE.UU., Inglaterra y otros países de Latinoamérica. Indudablemente, un cuerpo tan leal a la Iglesia, aunque criminal, debía ser mantenido para frenar el comunismo en otros lugares, y conformar centros de apoyo a su política expansionista en Europa y el resto del mundo. Lo que no hizo en favor de los judíos apresados y deportados para su exterminio durante la guerra, trató de hacerlo en favor de los fascistas y militantes nazis y ustashis una vez que cayeron bajo la condenación mundial. Hay más, sin embargo, para decir con respecto al papel cómplice e inmoral del Vaticano y la Iglesia Católica en materia de genocidios en otros países de Europa durante la guerra, antes de ocuparnos del papel post-guerra del papado y de sus políticas de gobierno actuales. i. Estadísticas del genocidio ejecutado por los nazis. En casi igual proporción al genocidio nazi de los judíos, murieron como ―enemigos del estado‖ alemán los gitanos, los discapacitados, los criminales y renegados sociales, los enfermos mentales, homosexuales, Testigos de Jehová, y criminales políticos como los comunistas y socialistas. Los gitanos terminaron siendo considerados como no asimilables socialmente, y entraron dentro de la solución final de exterminio de los judíos. Entre 200.000 y 500.000 gitanos murieron, según las estimaciones propuestas. Algunos creen que decidieron exterminarlos, además, por razones equivalentes a las que llevaron a los nazis a querer destruir finalmente a todos los polacos, esto es, por no pertenecer a una raza pura. Mientras que los judíos llevaron la peor parte, con un saldo de alrededor de seis millones y medio de víctimas, todos los otros grupos juntos que fueron muertos llegaron a ser unos cinco millones y medio, totalizando doce millones de personas masacradas en los actos de barbarie más grande conocidos en la historia de la humanidad. A esto se suman los millones que murieron de europeos, civiles y soldados, durante la guerra y por efecto mismo de la guerra.
  • 42. 42 j. Posición actual del Vaticano. El Concilio Vaticano II (1962-1965), reconsideró la acusación histórica hecha en contra de los judíos como asesinos de Cristo, declarando que esa acusación no puede caer indiscriminadamente sobre todos los judíos, ni sobre los judíos de hoy. Así terminaron rechazando en ese concilio, el antisemitismo y toda otra acción genocida de la humanidad. Pero los católicos tradicionalistas no están de acuerdo con esa decisión liberal de ese concilio, convocada por el papa Juan XXIII, quien cambió aún la política intransigente del Vaticano para con los países comunistas y entabló relaciones diplomáticas con ellos. Al terminar el S. XX, Juan Pablo II pretendió ―purificar la historia‖ criminal de la Iglesia Católica en relación no sólo con el Holocausto del S. XX, sino también y mayormente con la obra de la Inquisición durante toda la Edad Media. Quería cerrar la historia del milenio y del siglo para festejar su año santo de jubileo. Juan Pablo II lamentó lo sucedido y rechazó nuevamente la mala interpretación que muchos hicieron durante la historia del cristianismo sobre lo que el Nuevo Testamento dijo de los judíos. Pero negó categóricamente que la Iglesia Católica hubiese estado involucrada en esa mala interpretación, en la típica actitud apologista que busca, contra toda evidencia, mantener la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia. Los que erraron fueron, en sus palabras, los hijos de la Iglesia a quienes la Santa Madre Iglesia Católica Romana perdona también, por haber obrado con los mejores intereses para expandir su reino. Claro está, lamenta sus excesos aunque, termina arguyendo el papa, no se los puede condenar tampoco porque el juicio le corresponde a Dios (cf. A. R. Treiyer, Jubilee and Globalization, 127-129). El 12 de marzo de 1998, Juan Pablo II escribió una carta pública al Cardenal Edward Idris Cassidy, presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, con un documento que tituló: ―Recordamos: Una reflexión sobre la Shoah‖. Así como culpó a la mentalidad de la época medieval por los crímenes de la Inquisición (impersonalizando las masacres católicas medievales), así también culpó la mentalidad de las fuerzas destructoras de la época que produjeron el Holocausto en el S. XX. Sus condolencias se dieron por ―la mentalidad prevaleciente a lo largo de los siglos‖ por los ―sentimientos anti- judaicos en algunos rincones cristianos‖, pero rechazando nuevamente que la Iglesia Católica hubiese justificado esa actitud malinterpretando el Nuevo Testamento. Siendo que el énfasis de la carta fue puesto sobre el genocidio judío de la Segunda Guerra Mundial, la reacción negativa judía no se dejó esperar, ya que no pidió perdón, ni reconoció la implicación de la Iglesia Católica en el genocidio. Su carta fue ―recordamos‖, no ―pedimos perdón‖. Durante el mes de septiembre y octubre, el órgano informativo del Vaticano por internet, Zenit, así como L’Osservatore Romano, estuvieron tratando de defenderse del libro de John Cornwell, Hitler’s Pope. The Secret History of Pius XII (1999). Para ello trataron por todos los medios desprestigiar esa obra, pero sin ofrecer argumentos sustanciales en su contra. Malinterpretando el propósito del periodista católico (Cornwell), la Santa Sede declaró que esa obra buscaba difamar la institución papal. ¿Por qué? Porque demostraba cuán lejos estaba el papa Pío XII de la infalibilidad que reclama el papado hasta el día de hoy. Buscando salvar sus apariencias, la Iglesia sacrifica la honestidad de uno de sus hijos. Es más, el mismo papa Juan Pablo II, con el apoyo cardenalicio del Vaticano, terminó canonizando a Pío XII. [Mientras discutían los cardenales sobre su canonización, uno de ellos intervino argumentando que era ridículo discutir en la tierra si canonizarlo o no, cuando Pacelli debía estar ya en la misma gloria disfrutando de la compañía de los benditos. Ese argumento fue decisivo en el voto que lo hizo santo]. En la actualidad, la Santa Sede busca ignorar los crímenes que la comprometen y resaltar todo acto positivo que puedan encontrar del catolicismo durante la Segunda Guerra Mundial, en su típico esquema compensatorio que piensa que con buenas obras se pueden purgar las malas obras, y sin reconocer su propia falta como institución papal en esas malas obras. Es tal vez para evitar confrontaciones con esa clase de vindicación del Vaticano que el museo del Holocausto en Washington DC no vincule al papado con los crímenes nazis y clero-fascistas, sino errónea e injustamente con las víctimas. Esta actitud papal de intentar limpiarse del veredicto de la historia pidiendo perdón por los hijos de la Iglesia y lamentando la mentalidad de la época, es otro testimonio claro de falacia y doble moral del Vaticano, que mantiene a las puertas mismas del S. XXI. Durante la Edad Media eran los papas quienes determinaban lo que los sacerdotes inquisidores debían hacer. Estos, a su vez, luego de torturar sus víctimas horriblemente, los entregaban al brazo secular para que los ejecutasen, procurando de esa manera lavarse las manos y terminar negando participación en el genocidio. Hoy, ya entrando en el tercer milenio cristiano, vuelve el papado a hacer lo mismo, negando todo cargo y echando la culpa a las ideologías seculares y cristianas descarriadas, a la mentalidad de la época, o a cualquier cosa que pueda levantar como cortina de humo para
  • 43. 43 esconder su complicidad y responsabilidad en el crimen. Siempre dentro del mismo contexto de descaro y falsedad, está el reclamo que el papado hace hoy a los poderes seculares de reconocimiento, como forjadora de los derechos humanos de los que gozan hoy los países democráticos occidentales. Esos derechos humanos fueron logrados por el protestantismo y el secularismo, anteponiéndolos a los abusos tan despiadados que caracterizaron a las monarquías europeas en comunión con el papado romano, durante toda la Edad Media. En otras palabras, lo que la Santa Sede está haciendo ahora es pretender y sin vergüenza alguna, que las libertades que hoy se gozan provinieron del cristianismo medieval y papal. Esto es lo que hace al requerir a la comunidad europea no olvidar las tradiciones cristianas que la forjaron, a la hora de establecer los principios fundamentales de la Constitución Europea. Esa tradición tiene que ver con la Iglesia de Roma involucrada en los gobiernos europeos en una relación de alma y cuerpo. ¿Cuántos papas medievales, aún los del S. XIX y la primera mitad del XX que ya vimos, negaron y condenaron esos derechos humanos que garantizan la libertad en las constituciones modernas? Asimismo pretende el papado, y sin inhibición alguna, negar su participación velada y abierta—con su típica doble moral—en los genocidios del S. XX de judíos, ortodoxos, y socialistas de izquierda. De esta manera, la Santa Sede pretende ser reconocida también como gestora y partícipe de la liberación que los Aliados mayormente protestantes trajeron a Europa en la Segunda Guerra Mundial. Mientras que el papado mismo inspiró los gobiernos fascistas mediante sus encíclicas de comienzos del S. XX, los apoyó e hizo concordatos con ellos, pretende hoy desprenderse de sus crímenes en los que participaron los prelados papales en forma abierta y violenta. ¿Cómo? De la misma manera en que lo hizo luego de la Edad Media, al echarle la culpa a los poderes civiles a quienes no les daba otra chance que obedecer sus mandatos presuntamente divinos. Los sueños papales de expandir su poder e influencia, así como su predominio político-religioso final sobre toda la tierra, permanecen intactos, junto con la presunción de poseer la infalibilidad. ¡Bendita farsa y santa mentira del Vaticano! ¡Maldita ingenuidad y profana ceguera de quienes están dispuestos a creerla! Conclusión. En todo esto debemos aclarar lo que dijimos al principio. Muchos católicos hicieron lo que pudieron, a título personal, por salvar a tantos judíos como les fuese posible, y arriesgaron su vida en la empresa. Todos esos ejemplos nobles individuales, inspirados sin duda por Dios, más algunos testimonios aislados del papado de apoyo a esos actos humanitarios, los usa hoy el Vaticano como cortina de humo para cubrir su complicidad con el nazismo y la exterminación de los judíos, comunistas y ortodoxos que se llevaron a cabo en los países católicos fascistas. El Vaticano da publicidad, por ejemplo, al hecho de que la mayoría de los que rescataron a los judíos fueron católicos, pero no aclara que ese genocidio se efectuó en países mayormente católicos o dominados por católicos. ¿Había de extrañarnos, en ese contexto, que Dios hubiese tocado a cierto número de personas sinceras dentro de la gente que había allí, para hacer una obra humanitaria que debiera haber sido la tarea de la mayoría y todos los católicos? Lo que el Vaticano no dice en toda esa cobertura política, es que inmensamente mayor fue también la proporción de religiosos católicos que participaron en la difusión de las ideas nazis y en el exterminio de pueblos enteros que no querían convertirse a la fe católica. También buscan ocultar el hecho de que todos esos criminales no recibieron durante la guerra la condenación de la Iglesia, sino por el contrario, su aprobación y estímulo en la catolización de los países a los que representaban y ocupaban. Y lo que es peor, según veremos más en detalle luego, recurrieron al fraude y al lavado de dinero para lograr sus objetivos, usufructuaron el oro quitado a las víctimas judías por los nazis, fraguaron documentos y dieron protección diplomática vaticana para lograr la fuga de todos esos criminales buscados por la justicia. Tampoco dicen los que defienden al papado durante la guerra, que tanto en la época de la Reforma en los S. XVI y XVII, como en las décadas de los 30 y 40 del S. XX, los judíos buscaban refugio del genocidio nazi en los países protestantes, especialmente en los EE.UU. Los libertadores no fueron católicos, sino mayormente protestantes. Aunque esos países protestantes libertadores se opusieron en su momento, a la perspectiva de una inmigración repentina y masiva de millones de judíos a sus países, no debe pasarse por alto que los perseguidos por el nazismo no recurrían a los países católicos en busca de protección. En cambio los criminales nazis y fascistas, aún los peores y que habían llevado la mayor parte de la responsabilidad en el genocidio nazi, sabían después de la guerra que el único camino de la liberación pasaba por Roma, lugar ineludible para poder evadir la justicia. ¿Dónde está la ―Línea de Ratas‖, término empleado para describir la fuga vía Vaticano de los criminales de guerra católicos, organizada por el papado para lograr el escape de los
  • 44. 44 judíos a otros países? El caso aislado de unos pocos judíos de Roma que lograron refugiarse en el Vaticano con la ayuda de los italianos y el apoyo de algunos clérigos, no tiene parangón alguno con esa Ratline creada después para salvar sus verdugos. El Vaticano se expresó claramente contra el exterminio nazista de los discapacitados, a pesar de oponerse con ello a las políticas nazistas de Alemania. Y en ese respecto tuvo ciertos logros. ¿Por qué no hizo lo mismo para oponerse al exterminio de los judíos? Si pretendía evitar males peores (represalias contra los católicos), como adujo después, ¿por qué condenó el comunismo y exigió la oposición determinada de los católicos en los países que ocupaban los rusos, a costo de tantas vidas católicas? ¿No convenía también, en esos casos, guardar silencio con respecto a los gobiernos comunistas, y mantenerse por encima de toda entidad política, esto es, sin intervenir? Esa moral selectiva e interesada del papado es la que condenan los historiadores modernos, tan ajena a la moral de los evangelios que presume representar. Mientras que las iglesias protestantes pidieron perdón después de la guerra, y trataron de indemnizar a los judíos que sobrevivieron, un problema mayor se levanta cuando se trata de la Iglesia Católica. Los protestantes no se creen ni nunca se creyeron infalibles. Por consiguiente no hacen ningún esfuerzo por justificarse. El Vaticano, en cambio, mantiene su pretensión de infalibilidad y terminó llevando al podio de la santidad al papa de Hitler. Eso significa que los católicos y el mundo en general, deben mirar a ese papa y a lo que hizo, según la Iglesia Católica, como ejemplo de cristianismo y de santidad. La doble moral tantas veces representada en el papado—según la conveniencia del momento—más su presunción de infalibilidad, hacen de sus proclamas de buena voluntad y libertad una farsa. ¿Quién puede asegurar que no volverá a hacer lo mismo, si las condiciones vuelven a presentársele para cumplir con su papel añorado por siglos, de ser el primado de toda la tierra? Si la Iglesia Católica nunca erró ni puede errar, esto es, el Magistrado de la Iglesia Romana, ¿quién puede garantizar que no volverá a recurrir otra vez al uso del poder civil o militar para que se ejecuten sus dogmas y juicios políticos, pretendiendo que como ella no los ejecuta, no es la agencia criminal misma? ¿Podemos realmente creer que va a mantener todas sus proclamas actuales en favor de los derechos humanos, cuando esas dos caras se ven en las encíclicas y discursos que el papa de turno continua emitiendo? Nadie puede creer honestamente en las ―buenas intenciones‖ y ―perdones‖ papales pedidos por lo que hicieron otros, mientras continúe pretendiendo infalibilidad, un título que sólo le corresponde a Dios. Corresponde ahora considerar el papel más directo que ejerció el papado romano en los genocidios efectuados por los gobiernos clero-fascistas, y en donde el clero que los llevó a cabo tuvo el pleno respaldo del papa Pío XII. IX. Los genocidios clero-fascistas El nazismo de Alemania mantuvo cierta independencia política del clero católico. Por tal razón, algunos consideran el nazismo alemán como ejemplo de un gobierno puramente fascista. No obstante, según ya vimos, el Concordato que firmó el Vaticano con Hitler tuvo como propósito transformar toda Alemania en un estado clero-fascista. En el sentido más estricto, sus 33 artículos principales fueron ―ordenanzas clero- fascistas‖. Mediante concordatos con los gobiernos autoritarios y dictatoriales, el Vaticano esperaba terminar fundiendo la sociedad con la Iglesia Católica, al imponer la enseñanza de la religión en todas las instituciones educativas del estado y lograr solventarlas con fondos del estado, así como al clero y a otras instituciones de la Iglesia. ―¿Queremos contribuir con los valiosos y constructivos bloques católicos para construir la nueva sociedad‖ de Alemania?, se preguntaba el obispo Kaller en el año del concordato. “Recurramos a la encíclica Quadragesimo Anno de Pío XI‖.19 Pero aunque los nazis favorecieron el sistema de educación católica y subvencionaron el obispado alemán, no se ajustaron en todo lo que respecta al ejercicio de la autoridad, a los principios de la Ley Canónica que el papado quería implementar en cada gobierno europeo. Por el contrario, quisieron ser ellos los protagonistas de la nueva realidad. Si a pesar de esa diferenciación entre el fascismo ―puro‖ de los nazis, el Vaticano no puede librarse aún hoy de haber sido cómplice en los genocidios perpetrados por los nazis contra los judíos, menos aún puede librarse de su complicidad con los genocidios clero-fascistas en los que participó activamente el clero romano. Tanto el clero como las autoridades civiles perpetraron las peores masacres en esos estados, sin recibir la condenación del Vaticano. Antes bien, contaron con el apoyo abierto y entusiasta hasta del mismo papa Pío XII. 19 Greg Whitlock, ¿Qué es el Clero-Fascismo? (citar en inglés de internet).
  • 45. 45 1. El clero-fascismo de Austria. Distinto a la Alemania nazi fue el caso de Austria, donde por primera vez se usó el término clero-fascismo para referirse al gobierno de Kurt von Schuschnigg (1932-1934). Su gobierno se sometió definidamente a los principios políticos que proponía la encíclica papal Quadragesimo Anno (1931). Primeramente el canciller Engelbert Dollfuss usó el término clero-fascismo para definir su papel como canciller de Austria. Seguidamente el dictador Schuschnigg usaría el término para precisar la implementación de los principios políticos-sociales-económicos de la encíclica papal que tendría el nuevo gobierno, y terminar así con el sistema parlamentario democrático que se volvía inservible para Austria—según los términos usados— ―en su hora de necesidad‖. a. Uso del término. El término clero-fascismo no fue usado, pues, peyorativamente ya que, para entonces, muchos miraban un sistema de gobierno tal como salvador frente a la anarquía que, según se argüía, creaban los partidos de izquierda. La prensa austríaca y los discursos populares lo usaron durante todo 1930, para describir el movimiento político austríaco que intentaba combinar esa encíclica papal con el principio de gobierno autoritario del dictador de la hora. Posteriormente, el obispo Alois Hudal recurrió a ese término para referirse tanto al fenómeno austríaco, como a su propia misión en el Vaticano. En realidad, Hudal citó a Mussolini, quien había descrito al gobierno austríaco en 1930 como ―el sistema clerical Dollfuss‖. También usó el término clero-fascismo una revista comunista en 1949, para identificar la posición política pro-nazi que había tenido el primado de Austria, Teodoro Innitzer. ¿Qué haría Schuschnigg para gobernar Austria bajo un sistema clero-fascista? Cambiar la constitución de tal manera que se ajustase a la encíclica del papa Pío XI. De esta forma, y a diferencia de otros estados en donde los mismos dictadores serían clérigos, el sistema de gobierno austríaco fue clero-fascista por constitución. El prelado y dictador Ignaz Seipel dedicó los últimos años de su vida a implementar esa reforma constitucional en armonía con la encíclica papal. Así, el 1 de mayo de 1934, Austria se transformaba en un estado ―corporativo‖ que operaría bajo un liderazgo autoritario y fiel a la Iglesia Católica. Según lo había expresado Pío XI en el Osservatore Romano (31 de junio, 1931), su encíclica era ―un signo de atención bienintencionada para el comercio de Italia y las entidades corporativas‖. b. Relación con el capital. El clericalismo mantiene, en un estado clero-fascista, una relación de mala fe con el capital, inspirado en las encíclicas papales Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. Predica contra el materialismo de la sociedad capitalista pero busca involucrarse en la economía. El problema, según este concepto, no pasa tanto por la propiedad y la producción, sino por la distribución de las riquezas. De acuerdo a las encíclicas papales de entonces y de hoy, el mejor sistema social es el que permite que los ricos mantengan a los pobres en un acto de solidaridad social, y en el que, por consiguiente, el pueblo dependa de la obra social de la Iglesia para sobrevivir. Los problemas que tuvo la Iglesia con Hitler en Alemania y posteriormente con Perón en Argentina, se dieron más bien con los beneficios políticos de tal sistema. Mientras que la Iglesia quería ser ella la que figurase como benefactora, los dictadores y demagogos no querían que ésta les hiciese sombra, sino obtener sus propios dividendos populares. Para encubrir su mala fe contra el capitalismo, el clero- fascismo recurre al antisemitismo por su tendencia a no entrar dentro del sistema redistributivo del capital, ni a reconocer la supremacía de la Iglesia en tal sistema de gobierno. Según esta perspectiva, son los judíos los responsables de haber estropeado el capitalismo al introducir un materialismo satánico en la sociedad civil. Los judíos vuelven a desempeñar así, el mismo papel diabólico que, según presumen los clérigos, cumplieron en el Nuevo Testamento. De allí en más, todo lo que implicase una revolución social de corte materialista, terminaría vinculándose con el judaísmo. Y siendo que el enemigo mayor que tenían por delante era el comunismo, cualquier cosa que no entrase dentro del esquema propuesto pasaba a ser enemigo e iba a terminar cayendo dentro de la misma mirada condenatoria. Así, el trabajador bolchevique terminaría no siendo otra cosa que un judío internacional. ¿Qué otros enemigos más aparecerían en sistemas cerrados como lo pasaron a ser los gobiernos clero- fascistas? La intolerancia político-religiosa no iba a caer sólo sobre los judíos y los comunistas. Siendo que gobiernos tales se ligan a la Iglesia Católica, todos los extranjeros sufren también, en especial los cristianos y religiosos no católicos, porque pasan a ser considerados en un rango inferior. En efecto, los extranjeros y no católicos no tienen derecho de apelación en las tres clases que caracterizan una sociedad tal: la nobleza, el clero y los ciudadanos. Ese esquema estructural social sigue el esquema jerárquico católico: El papa y el Magisterio, el clero y los laicos. Y como la solución fascista busca soluciones sociales rápidas, se recurre a la exclusión, expulsión y aniquilación en lugar del diálogo y el acuerdo.
  • 46. 46 c. Relación con los trabajadores. Tanto el clero como el estado en un sistema clero-fascista, pretenden promover la causa del ―trabajador‖, pero terminan subordinando siempre los intereses de la clase trabajadora al capital. Cuando Schuschnigg reprimió violentamente la insurrección de los trabajadores de oficina en 1934, el cardenal Innitzer defendió la masacre, a pesar de haber pretendido vincularse a sí mismo con los pobres. De allí que se involucre tanto al Estado como a la Iglesia en la gran cantidad de crímenes de guerra que engendran sistemas de gobierno tales. Bajo este contexto, uno se pregunta sobre la verdadera naturaleza que esconde la continua predicación papal, ya comenzado el S. XXI, ―en favor de los pobres‖. ¿Puede considerarse el clero-fascismo como una versión más santa y atractiva del nazismo, por el hecho de someterse al Vaticano en su forma de gobierno? La historia prueba que no. Por el contrario, ese sistema engendró a menudo crímenes peores que los efectuados por los nazis. Schuschnigg mantuvo un campo de concentración para sus adversarios en Wullersdorf. Los campos de concentración de la vecina Croacia, en especial el de Jasenovac, fueron comandados por sacerdotes que perpetraron tales crímenes que horrorizaron por su barbarie aún a los mismos nazis alemanes. También Italia, España y Ucrania nombraron a un gran número de sacerdotes para que fuesen, realmente, verdaderos criminales de guerra, con pleno respaldo del Vaticano. 2. Otros estados clero-fascistas. Siendo que la implementación del término se dio mayormente para referirse al fenómeno austríaco, se lo usó a menudo en alemán, sin traducirlo. Pero el Klerofaschismus no se limita a Austria. Es cierto que comprende la política social eclesiástica austríaca de Ignaz Seipel, Engelbert Dollfuss, Kurt von Schuschnigg, Alois C. Hudal y muchos otros. Pero incluye también la política clerical-fascista de los Ustashi en Croacia, con Ante Pavelic como dictador; del falangismo español bajo Francisco Franco; de las políticas estatales de la iglesia fascista italiana de Benito Mussolini; del justicialismo de Juan Domingo Perón en Argentina, así como de otros más. Perón llegó a decir también, poco después de concluida la Segunda Guerra Mundial, en su último discurso político antes de las elecciones, ―mi política social está inspirada en las encíclicas‖. El 28 de agosto de 1940, el premier Volpetch Tuka de Eslovaquia se refirió también al clero-fascismo como al ―futuro sistema gubernamental de Eslovaquia‖, que implicaría ―una combinación de nazismo alemán y catolicismo romano‖. Consistiría, como en los demás casos, en un pacto entre dos sistemas autócratas, el del papado y el del dictador que gobierna el país. En el arreglo social resultante, toda orden provendría de arriba hacia abajo, y toda responsabilidad de abajo hacia arriba. La encíclica papal debía jugar el mismo papel que los decretos dictatoriales. De allí que, más estrictamente hablando, los gobiernos clero-fascistas adoptaron la Ley Canónica de 1917, preparada por el papado como una especie de constitución de su gobierno. La prensa católica en Eslovaquia, antes de la guerra, apoyaba la agenda clero-fascista también, así como al ―Eje‖ (gobiernos nazis y fascistas de Europa central), y la limpieza étnica. Cuando se estableció el estado títere de Eslovaquia, la Lista Katolicki lo alabó en los siguientes términos: ―En un estado moderno, que pone los intereses del pueblo sobre toda otra consideración, la iglesia y el estado deben cooperar para evitar conflictos y malentendimientos... Los puntos de vista del Dr. Tuka se cumplen en la formación de una Eslovaquia del pueblo, con la aprobación del presidente de la república, monseñor Dr. Josip Tiso... La Iglesia no será perseguida‖, sino ―los que se oponen al Socialismo Nacional‖ (Enero, 1940). Siendo que el enemigo común de todos estos estados era el comunismo, los gobiernos clero-fascistas sintieron que debían coaligarse para defenderse mutuamente, y asumir un papel ofensivo en la recuperación de los valores ―cristianos‖. Compartiendo la visión del papado de afirmar la presencia católica en el centro de Europa formaron, además, una Confederación Católica en ambas márgenes del río Danubio (Croacia, Austria, Eslovaquia y Alemania). A esa confederación se la llamó en diferentes momentos ―El Eje‖, la ―Confederación del Danubio‖, ―Triple Alianza‖, ―Sacro Imperio Romano Reconstruido‖, ―Confederación Intermarium‖, ―Imperio Hamburgo Reconstituido‖ o, más enigmáticamente, ―la cuestión de Europa Central‖. Aun después de la guerra, el Vaticano intentó reactivar esa confederación rescatando y reclutando a los criminales de guerra de todos esos países, con el propósito de infiltrar el mundo comunista y desestabilizarlo, recuperándolo para la fe católica. El propio general católico De Gaulle tuvo en Francia, para esa época, un sueño equivalente, que consistía en formar un pacto con todas las naciones centrales de Europa para salvarlas del comunismo, y volverlas a la comunión con el papado romano.
  • 47. 47 a) El culto al dictador. Un solo líder infalible y un solo dictador que actuasen en armonía bastaban para conformar un estado clero- fascista, y combatir a un enemigo común. Así, no sólo Austria, Croacia y Eslovaquia fueron estados clero- fascistas, sino también España, Portugal, Vichi (gobierno central de Francia durante la guerra: 1940- 1944), e Italia, antes y/o durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Según el obispo Hudal, Pío XI se había inspirado en el clero-fascismo turco de Kamal Ataturk, cuya estatua está casi omnipresente en todas las ciudades principales de Turquía hasta el día de hoy. Llama la atención el hecho de que los sistemas dictatoriales y fascistas se levantan en países cuya religión dominante mantiene un esquema de poder intolerante y de corte medieval. Para liberarse de esos sistemas religiosos autoritarios, los gobiernos seculares que los derrocaron debieron recurrir igualmente a gobiernos autocráticos equivalentes. El sistema totalitario comunista se levantó como alternativa y antídoto para poder derrocar a los gobiernos autoritarios católicos, ortodoxos, musulmanes y otras religiones paganas asiáticas. Ambos constituyen los dos extremos de la misma herradura—el comunismo ateo y el clericalismo papal—y ambos son genocidas por naturaleza, como lo probó su accionar no sólo durante la Edad Media, sino a partir de allí y, en especial, en la mayor parte del S. XX. Otro aspecto que llama la atención es una especie de culto al dictador. Acostumbrados a venerar un papa, un santo, una virgen, las masas católicas buscan también un líder que ostente igualmente poderes absolutos, hechos a la imagen papal. Por esta razón, todos los dictadores clero-fascistas, incluyendo Hitler mismo, fueron visualizados por muchos bajo un espectro mesiánico-redentor, como profetas que anunciaban la salvación del mundo de los sistemas del mal que buscaban su destrucción, esto es, de las democracias capitalistas occidentales y del comunismo bolchevique oriental. El arzobispo Saric de Sarajevo llegó a publicar una poesía ensalzando al líder ustashi, titulada ―Oda a Pavelic‖, en donde lo presenta como salvador con términos equivalentes a los que la Biblia usa para referirse a Dios. Abundan también los términos grandielocuentes con respecto a Franco en España, el hombre ―providencial‖ y hasta ―profeta‖ de la península ibérica. No sólo en vida, sino aún por mucho tiempo después de su muerte, el fervor populista justicialista por Perón en Argentina, se expresa en el canto que las masas le entonan: ―Perón, Perón, ¡qué grande sos! Mi general, ¡cuánto valés! Perón, Perón, ¡gran capitán!, sos el primer trabajador‖. Ni qué hablar del libro de Evita, su segunda esposa, ―La Razón de mi Vida‖, para quien su marido es ninguna otra cosa que Dios mismo. En este culto a los dictadores, el problema se levanta cuando esos dictadores intentan absorber tanto la admiración de las masas hacia ellos, que la Iglesia se sienta excluida del reparto honorífico. Mientras la Iglesia Católica pueda seguir manteniendo su papel privilegiado y supremo en el ―correcto‖ ordenamiento social de alma (Iglesia) y cuerpo (dictador), ese culto es aceptado. De allí que cuando Hitler se negó a ser manipulado por el Vaticano y a permitirle al papado usufructuar plenamente de los beneficios políticos conquistados por su partido nazista, el papa Pío XI emitió su encíclica Mit Brennender Sorge (Con Profunda Ansiedad), en una velada protesta por la deificación de una raza, de un pueblo, y de un estado. ¡Como si la veneración que exige el papa hacia su persona como presunto Vicario de Cristo, y hacia los representantes de su estado clerical, no entrase dentro de ese sistema de deificación hacia una persona humana que ocupa el lugar de Dios! Así también, Perón comenzó a tener problemas con la Iglesia cuando en su obra social quiso terminar llevándose todo el mérito. Esto se debió a que para entonces no existía en Argentina una doctrina social que no fuese la de la Iglesia Católica, y no cuajaba en la mente del clero que apareciese otra doctrina social que fuese laica. Y cuando Menem, supuesto sucesor espiritual de Perón, le escribió al papa que era católico, pero que por razones históricas debía darse la separación de Iglesia y Estado, encontró una resistencia tan enconada de Roma y del clero que tuvo que desistir de ese plan. El correcto ordenamiento social y reparto de alabanzas requeridos por los gobiernos cleromonárquicos medievales y los gobiernos clerofascistas modernos, poseen rasgos comunes. Todos tributan una especie de culto al emperador, al papa, al rey y al dictador. Siendo que el papado figuró en forma prominente en todos esos períodos, reveló en todos ellos el mismo carácter blasfemo. El Apocalipsis describió ambos poderes déspotas y blasfemos con asombrosa claridad. ―Y adoraron [todos los habitantes de la tierra] al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ‗¿Quién es como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?‖ (Apoc 13:4). El dragón (el poder político civil representado antiguamente por el César), debe recibir su alabanza en la medida en que da autoridad a la bestia (el poder político-religioso del papado que se levanta en el mismo sitio del César). Claro está, esta predicción apocalíptica no ofrece un
  • 48. 48 sistema tal de gobierno cívico-clerical como ideal y divino, ya que ambos poderes que lo componen se vuelven intolerantes y son inspirados por aquel que comenzó el mismo problema en el cielo, hasta que debió ser expulsado por querer recibir el homenaje que sólo le corresponde a Dios (Apoc 12:7-9; cf. Isa 14:12ss). b) Intentos renovados actuales de establecer gobiernos clericales. Poco después de la Segunda Guerra Mundial se dio el intento de unir las iglesias en contra del enemigo común que seguía siendo el comunismo ateo. Pero al subir Pablo VI y comenzar a pactar con los gobiernos comunistas, esa tensión se alivió y tales esfuerzos de unión de las iglesias se debilitó. Con la subida del polaco Wojtyla a la silla vicaria de Pedro, un nuevo esfuerzo por unificar las iglesias se dio al lograr definir Juan Pablo II, en forma clara, un enemigo común equivalente que es el secularismo. Y esa prédica tiene éxito, ya que todas las iglesias van entrando, poco a poco, en esa misma perspectiva. Las prédicas de los católicos y de los evangélicos hoy apuntan, como en la era fascista, a objetivos comunes. Cada vez toleran menos el ordenamiento social moderno que separa el poder estatal del clerical. Y como en la era fascista, esa soldadura clerogubernamental busca como pantalla honorífica una promulgación de solidaridad en favor de los pobres. En un libro conjunto que publicaron al terminar el S. XX, titulado Evangélicos y Católicos Juntos, líderes católicos y evangélicos exhortan a las iglesias a unirse en los aspectos que tengan en común, para hacer frente a enemigos comunes. Abiertamente se menciona como enemigo común al secularismo que gangrena la sociedad con impiedad. Veladamente entran en la lista de enemigos comunes los grupos religiosos minoritarios proselitistas y disidentes porque se niegan a participar del espíritu ecuménico de la hora. En la actualidad las iglesias ecuménicas argumentan también que así como Europa y el mundo se están uniendo políticamente en acuerdos comunes, así también deben unirse las religiones para salvaguardar la paz. ¿Qué pasará cuando logren esa unión buscada? ¿Pasarán a ser catalogados como ―enemigos comunes‖ los que, a conciencia, no puedan unirse a esa confederación religioso-política babilónica? (Apoc 12:17; 14:8; 18:1- 5). 3. El genocidio ustashi en Croacia. La campaña de Mussolini en Albania que comenzó en octubre de 1940, alegró a los nazis y a un buen número de la curia romana. Era visto como un preludio a la invasión nazi-fascista de Rusia, que todos esperaban, inclusive el mismo papa, para acabar con el comunismo. Sin embargo, no le fue bien a Mussolini cuando quiso invadir Grecia, lo que obligaba a Hitler a ir en su ayuda. Para ello necesitaba pasar por Yugoeslavia. El 6 de abril de 1941, Hitler invadía Yugoeslavia. El 10 de ese mes, los fascistas croatas contaban con su apoyo para establecer un gobierno independiente en Croacia. Las católicas y para entonces igualmente fascistas Italia y Hungría, participaban del reparto de Yugoeslavia que caía el 11 de abril. Para el 12, Ante Pavelic podía establecerse como cabeza del movimiento clero-fascista ustashi (―levantamiento‖) en Croacia, como líder o poglavnik del nuevo estado. Pavelic había estado en Italia bajo la protección de Mussolini, mientras era buscado en Francia y en Yugoeslavia por haber asesinado al rey Alejandro de Yugoeslavia y al ministro de relaciones exteriores francés, Luis Barthou. Su nuevo estado de Croacia iba a incluir Eslovenia, Bosnia, Herzegovina y gran parte de Dalmacia. La población de Croacia, principalmente católica, era mayoritaria en comparación con las otras regiones (3.300.000). Los serbios ortodoxos sumaban, sin embargo, 2.200.000; los musulmanes 750.000, los protestantes 70.000, y los judíos 45.000. El papa Pío XII, estando al tanto de lo que se venía, anticipó el triunfo nacionalista croata ya en noviembre de 1939. En esa oportunidad, el primado de Croacia, Alojzije Stepinac, había venido con peregrinos nacionalistas croatas a Roma para promover la canonización de un mártir franciscano croata. En un rechazo implícito de los serbios ortodoxos, Pío XII les dijo, citando las palabras de León X, que ellos estaban en ―un puesto de avanzada del cristianismo‖. Con eso ambos papas implicaban que los ortodoxos no eran cristianos. ―La esperanza de un futuro mejor‖, continuó el papa, ―parece estarles sonriendo, un futuro en el que las relaciones entre la Iglesia y el Estado en vuestro país será regulado por una acción armoniosa que será de beneficio para ambos‖ (HP, 250). Era evidente que el papa estaba enterado de los planes expansionistas nazis y fascistas que iban a iniciarse el año siguiente. Esa invasión traería, según el papa, ―un futuro mejor‖, porque permitiría que la Iglesia y el Estado se uniesen, presuntamente, para bendición de los croatas. Dos semanas antes que se formase el nuevo estado croata, el arzobispo Stepinac reveló la xenofobia nacionalista en la que participaba él mismo, al escribir en su diario del 28 de Marzo de 1941, que ―el cisma [de la Iglesia Ortodoxa oriental] constituye la más grande maldición de Europa, casi más grande que la del protestantismo. Aquí no hay moral, ni principios, ni verdad, ni justicia, ni honestidad‖.
  • 49. 49 a) Primeras medidas de limpieza étnica. Apenas subió al poder, Ante Pavelic se propuso hacer una limpieza étnica y religiosa no sólo de judíos, sino también de todo serbio ortodoxo y de todo grupo étnico especial como los gitanos, que no se convirtiesen al catolicismo. La identificación con el nuevo estado debía darse sobre la base de la religión católica, no sobre las diferencias étnicas. El 25 de abril de 1941 comenzó decretando que toda publicación serbia fuese proscrita. A esto siguió la legislación antisemítica de mayo, equivalente a la que Hitler había impuesto en Alemania. En ese mismo mes eran deportados los primeros judíos hacia el campo de concentración de Danica. En junio mandó cerrar todas las escuelas primarias y preescolares serbias. Este era el contexto ideal para la labor misionera católica. Ante el peligro inminente, el clero romano comenzó a llamar a los serbios ortodoxos a unirse a la iglesia Católica. Las masacres comenzaron a darse al mismo tiempo que se promulgaban todos estos decretos. El 28 de abril, una banda ustashi se adelantó a los planes de deportación y exterminio que iban a venir luego contra los serbios y judíos, asaltando seis aldeas en el distrito de Bjelovar. 250 hombres, incluyendo un maestro de escuela y un sacerdote ortodoxo, fueron obligados a cavar una fosa para luego ser enterrados vivos. Ese mismo día, el arzobispo Alojzije Stepinac enviaba una carta pastoral que debía ser leída en todos los púlpitos, llamando al clero y a los fieles a colaborar en la obra de Pavelic. Unos pocos días después, 331 serbios fueron rodeados en Otocac. De nuevo se los obligó a cavar sus propias fosas para luego matarlos a hachazos. Se reservaron al sacerdote serbio con su hijo para el final, para que el sacerdote recitase las oraciones por los que morían, mientras a su hijo lo cortaban en pedazos. Una vez terminada la matanza torturaron al sacerdote, le arrancaron el cabello y la barba, le extirparon los ojos, y finalmente los despellejaron vivo. El 14 de mayo, se obligó a cientos de serbios a asistir a una iglesia en Glina para un servicio de agradecimiento por la constitución del nuevo gobierno (NDH). Una vez dentro, entró una banda ustashi con hachas y cuchillos, pidiendo que mostrasen los que tuviesen, sus certificados de conversión al catolicismo. Sólo dos los tenían, y fueron soltados. Cerraron entonces las puertas y, sin tener consideración de que ese era un lugar de culto a Dios, masacraron a todos los demás. Cuatro días después, Pavelic tenía una audiencia ―devocional‖ con Pío XII en el Vaticano, y obtenía el reconocimiento papal para su Estado Independiente de Croacia. Todos sabían para entonces, que el Estado de Croacia había sido engendrado por una invasión violenta e ilegítima de Yugoeslavia por parte de Hitler y de Mussolini, y que Ante Pavelic era un dictador. El papa reconoció su dictadura clero-fascista croata conociendo las leyes antisemíticas y racistas que Pavelic estaba emitiendo. Indudablemente, lo que más le importaba al Vaticano era el puesto de avanzada que ese gobierno croata significaba contra el comunismo, y la expansión de la fe católica. Los burócratas de la Oficina Británica de Relaciones Exteriores reaccionaron ultrajados por ―la recepción papal de un terrorista y asesino notable‖, y trataron a Pío XII como ―al cobarde moral más grande de nuestra época‖. El Vaticano explicó que había recibido a Pavelic en privado, no como cabeza del estado croata. No podían ignorar a un ―hombre de estado‖ católico como Pavelic, ―un hombre muy calumniado‖. Pero los ingleses dijeron que la recepción que el papa le dio ―había dañado su reputación... más que ningún otro acto desde que la guerra comenzó‖ (UT, 71-72). El 25 de mayo, en la Acción Católica, el sacerdote Franjo Kralik publicó un artículo justificando la persecución bajo el título ―Por qué están siendo perseguidos los judíos‖. ―Los descendientes de los que odiaron a Jesús, lo condenaron a muerte, lo crucificaron y persiguieron seguidamente a sus discípulos, son culpables de más grandes excesos que sus antepasados... Satanás los ayudó a inventar el socialismo y el comunismo... El movimiento para liberar al mundo de los judíos es un movimiento por el renacimiento de la dignidad humana. El Todopoderoso y el Omnisapiente Dios está detrás de este movimiento‖. El primado de Croacia, Stepinac, arzobispo de Zagreb y vicario de las fuerzas armadas y de los ustashis, respaldaba esas declaraciones diciendo que ―uno no puede menos que ver la obra de la mano divina‖ en la formación del nuevo régimen. Al comenzar el mes de junio, el general plenipotenciario alemán destinado a Croacia, Edmund Glaise von Horstenau, se alarmó diciendo que los ―ustashi se habían vuelto furiosamente locos‖. El mes siguiente informó sobre la situación embarazosa de los alemanes que miraban espantados ―la furia sanguinaria y ciega de los ustashis‖. Los alemanes cometían atrocidades también, pero comparado con los croatas, ellos cometían sus crímenes en forma más fría y hasta científica. Por eso les impresionaba la manera apasionada y salvaje en que los croatas arremetían contra los serbios y judíos. Pavelic mismo criticó posteriormente a Hitler de ser ―indulgente‖ en su trato para con los judíos alemanes. Se mofaba de haber resuelto en forma completa el problema judío en Croacia, mientras que algunos judíos todavía quedaban vivos en el Tercer Reich (UT, 74).
  • 50. 50 También los italianos que ocupaban parte del nuevo estado croata se horrorizaban, y trataban de salvar a todos los serbios y judíos que podían de la masacre. Eso enfureció al arzobispo Stepinac, quien compartió sus sentimientos antiserbios con el obispo de Mostar y se quejó ante el ministro para asuntos italianos en Zagreb por la protección del ejército italiano de serbios y judíos. Un periodista fascista italiano a quien se le permitió entrevistar al poglavnik, se sorprendió ver en su oficina lo que parecía ser un gran recipiente de ostras. Le preguntó entonces a Pavelic si provenían de la costa de Dalmacia. Quedó estupefacto cuando el dictador le respondió que eran cuarenta libras de ojos serbios que le habían enviado sus leales ustashis (UT, 74). Los ustashis se dieron cuenta pronto de la magnitud del trabajo que tenían para exterminar más de dos millones de serbios y judíos, y de lo pesado de la empresa. Debían emprender, por consiguiente, un plan de extermino masivo equivalente al que estaban llevando a cabo los nazis en los demás países ocupados. En una clara alusión a esos planes de genocidio de no católicos, el ministro de justicia croata informó el 14 de julio a los obispos católicos, que ―el gobierno croata no va a aceptar dentro de la iglesia católica ningún sacerdote o maestro o intelectual serbio, ni hombres de negocios o artesanos serbios, para no afectar el prestigio del catolicismo en las ordenanzas que serán promulgadas más tarde con respecto a ellos‖. Lo que quería dar a entender era que el bautismo católico no iba a servir de inmunización contra la deportación y exterminio general de serbios y judíos. El 22 de julio de 1941, Mile Budak, ministro de educación y cultura ustashi, dio un discurso advirtiendo que ―para las minorías como los serbios, los judíos y los gitanos, tenemos tres millones de balas. Mataremos una parte de los serbios, deportaremos a otros, y al resto lo forzaremos a aceptar la religión católico-romana. La nueva Croacia espera así desembarazarse de todos los serbios que habitan en su medio para que el 100% sea católico dentro de diez años‖. Dos días después, un sacerdote católico de Udbina llamado Mate Mognus— quien más tarde participaría activamente en el genocidio serbio—insistió en que ―hasta ahora hemos trabajado para la fe católica con el libro de la oración y la cruz. El tiempo ha llegado de trabajar con el rifle y el revólver‖ (Bill Stouffer, The Patron Saint of Genocide. Archbishop Stepinac and the Independent State of Croatia (www.pavelicpapers.com). [El método parece haber funcionado, porque el Vaticano emitió recientemente un mensaje en el que se ufana en contar ya comenzado el S. XXI, con el 88% católico de la población en la nueva Croacia]. b) Naturaleza del genocidio. Para matar a los no- católicos, los croatas recurrieron a los métodos medievales más inhumanos como el arrancarles los ojos a las víctimas, cortarles sus narices y orejas y otros miembros, extraerles en vivo los intestinos y otros órganos internos del cuerpo. A otros los mataron como bestias, les cortaron sus gargantas de oreja a oreja con cuchillos especiales, les rompieron sus cabezas a martillazos. Colgaban sus cadáveres en las carnicerías con la inscripción ―carne humana‖. Muchos más fueron simplemente quemados vivos. Otras veces quemaban iglesias enteras repletas de gente. También les gustaba a los ustashi combinar las torturas con orgías nocturnas. Incrustaban clavos ardientes bajo las uñas, arrojaban sal sobre las heridas abiertas, cortaban todos los pedazos posibles del cuerpo y competían para ver quién era el que mejor cortaba las gargantas. También atravesaban a los niños con diferentes instrumentos puntiagudos. Ljubo Milos, un oficial jefe de Jasenovac, llevaba a cabo el ―ritual de muerte‖ de los judíos. Cuando el transporte llegaba al campamento, se ponía una bata de médico y ordenaba a los guardias traer a todos los que habían pedido atención hospitalaria. Entonces los cargaba en la ―ambulancia‖, los ponía frente a la pared, y con un golpe de cuchillo les cortaba la garganta, las costillas y les abría el vientre. También supervisaba otros métodos brutales de exterminio. Desnudaban a los prisioneros y los arrojaban vivos al horno ardiente de una fábrica de ladrillos contigua al campamento, mientras otros eran aporreados a muerte con hierros y martillos (UT, 111). Los italianos fotografiaron a un ustashi con lenguas y ojos humanos atados a dos cadenas que colgaban de su cuello. En los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Roma se ve una fotografía de una mujer con sus senos cortados, sus ojos quitados, sus genitales mutilados, junto con los instrumentos de la carnicería: cuchillos, hachas y ganchos para colgar carne. Varias de las fotos tomadas entonces de esos crímenes por los italianos y aún por los mismos ustashis, así como de los pueblos que eran obligados a arrodillarse ante un sacerdote que les advertía de las consecuencias de no convertirse al catolicismo, se pueden ver por Google- Images en internet, invocando el término ustashi. El 14 de agosto de 1942, el presidente de la comunión israelita de Alatri escribió al Secretario de Estado vaticano pidiendo que interviniese en favor de miles de croatas judíos ―que eran arrestados sin razón, privados de sus posesiones y deportados‖. Le hizo ver también que 6.000 judíos habían sido abandonados en una isla
  • 51. 51 estéril y montañosa junto a las costas de Dalmacia, sin medios de protección para el invierno ni alimento ni agua para poder sobrevivir, con la prohibición de todo intento de ayuda. No hay registro de la respuesta. c) Dirección y participación sacerdotal en las masacres. Fueron los sacerdotes franciscanos los que tomaron en sus manos el liderazgo de las masacres en Croacia, como lo habían hecho junto con los Dominicos contra los cátaros y judíos desde comienzos del segundo milenio. Esas dos órdenes religiosas fueron levantadas por el papado para cumplir la tarea conjunta de exterminar a los herejes. Ambas órdenes religiosas cumplieron fielmente ese mandato papal durante siglos, hasta que el pueblo no pudo más y dijo ¡basta! Esto último ocurrió en la Revolución Francesa secular de fines del S. XVIII. Ahora, en pleno S. XX, otra vez los sacerdotes católicos acompañaban las procesiones de muerte en Croacia, que iban de aldea en aldea, obligando a todos los ortodoxos a confesarse o a morir de la manera más cruenta. Así como destruyeron toda la población de Albi en la Edad Media mediante una cruzada papal, ciudades enteras eran ahora también arrasadas en las cruzadas católicas ustashis. El historiador Marconi lo admitió. ―Es casi imposible‖, declaró, ―imaginar una expedición punitiva ustashi sin un sacerdote a la cabeza alentándola, usualmente un franciscano‖. El arzobispo Stepinac, primado de Croacia, beatificado por Juan Pablo II recientemente (el paso que precede a la canonización), escribió una larga carta a Pavelic sobre las masacres y conversiones forzadas que efectuaban sobre los serbios, citando los puntos de vista de sus hermanos obispos que las apoyaban, incluyendo una carta del obispo Mostar al Dr. Miscic. En esa carta le expresa la satisfacción tan grande del episcopado croata por las conversiones en masa de los ortodoxos al catolicismo romano. ―Nunca se nos dio una oportunidad tan buena como ahora para ayudar a Croacia a salvar innumerables almas‖, y comenta con entusiasmo las conversiones masivas. Stepinac lamenta en esa carta, sin embargo, la ―visión estrecha‖ de las autoridades que se apoderan aún de los conversos y los ―cazan como esclavos‖. Hace una lista de las masacres conocidas de madres, niñas y niños menores de ocho años que fueron arrojados vivos desde lo alto de los cerros, para morir despedazados en las profundidades de los barrancos. También comenta asombrosamente que ―en la parroquia de Klepca setecientos cismáticos [ortodoxos] de las aldeas vecinas fueron degollados. El subprefecto de Mostar... declaró públicamente‖, continuó comentando Stepinac a Pavelic, que ―setecientos cismáticos habían sido arrojados en un pozo‖. A pesar de semejante doblez moral, se atribuyó a Stepinac el haber salvado cierto número de judíos y serbios hacia el final del gobierno ustashi. Aún así, se complotó con los ustashis al concluir la guerra, para contrabandear al Vaticano el oro que había juntado el gobierno ustashi de las víctimas del genocidio croata. Los obispos respaldaban las conversiones masivas con entusiasmo fanático, aunque algunos admitían que no tenía sentido arrojar vagones cargados de cismáticos en los barrancos. El arzobispo Saric de Sarajevo llegó a publicar una poesía ensalzando al líder ustashi, titulada ―Oda a Pavelic‖. ―Contra los judíos angurrientos con todo su dinero, que querían vender nuestras almas, traicionar nuestros nombres, ¡esos miserables! ―Tú eres una roca sobre la cual descansa la patria y la libertad en uno. Protege nuestras vidas del infierno, Del marxismo y del bolchevismo‖. Esa oración no fue escuchada por el Dios del cielo, porque después de la guerra cayeron bajo el régimen comunista. Pavelic demostró no ser la roca que podría protegerlos del infierno y del bolchevismo, y garantizarles la libertad. ¡Cuán lejos estaba la católica Croacia de la verdadera Roca que es Cristo Jesús! El padre Bozidar Bralow, conocido por el revólver automático que lo acompañaba siempre, fue acusado posteriormente de efectuar una danza alrededor de los cuerpos de 180 serbios masacrados en Alipasin-Most. Los franciscanos mataban, incendiaban hogares, saqueaban las aldeas, y desbastaban el país Bosnio a la cabeza de las bandas ustashis. Un periodista testificó haber visto en Septiembre de 1941, a un franciscano arengando al sur de Banja Luka una banda de ustashis con su crucifijo (HP, 254). El principal campo de concentración responsable de la muerte de cientos de miles de personas, fue dirigido en Croacia por un ex fraile franciscano en Jasenovac, Miroslav Filipovic. Este exfraile no sólo dirigió, sino que tomó parte también en los actos de tortura y asesinato masivos de 40.000 hombres, mujeres y niños en ese campamento. En 1943 Filipovic fue reemplazado en la dirección del campo de concentración en Jasenovac, por otro ex sacerdote, Ivica Brkljacic. Las masacres que allí se dieron son indescriptibles. Puede darnos una idea el siguiente testimonio de un criminal genocida ustashi, Mile Friganovic, acerca de cómo el franciscano Pero Bnica, del monasterio de Siroki Brijeg, mató 1.350 prisioneros del campo de
  • 52. 52 concentración en una sola noche. Fue en una noble competencia para saber quién era mejor en degollar las víctimas de Jasenovac. ―El franciscano Pero Bnica, Ante Zrinusic, Sipka y yo apostábamos para saber quién mataría más prisioneros esa noche. La matanza comenzó y poco después de una hora yo había matado mucha más gente que ellos. Me parecía estar en el séptimo cielo. Nunca había sentido tanta felicidad en toda mi vida. Ya después de unas pocas horas había matado 1.100 personas, mientras que los otros habían podido matar sólo 300 o 400 cada uno. Y entonces, cuando estaba experimentando el éxtasis más grande, me dí cuenta que un campesino anciano me estaba mirando de pie, pacíficamente y con calma, cómo yo mataba a mis víctimas que morían con el más grande dolor. Su mirada me sacudió. En medio del más grande éxtasis quedé repentinamente paralizado y por algún momento no pude moverme para nada. Entonces caminé hacia él y descubrí que era algún vukasin (campesino) de la aldea de Klepci, cerca de Capljina, en donde su familia entera había sido muerta. Había sido enviado a Jasenovac después de haber trabajado en los bosques. Me contó esto con una paz incomprensible que me afectó más que los gritos terribles que nos rodeaban. De golpe sentí el deseo de romper su paz torturándolo de la manera más brutal y, mediante su sufrimiento, recuperar mi éxtasis y continuar regocijándome en la inflixión del dolor. ―Lo separé de los demás y lo senté sobre un tronco. Le ordené gritar: ‗¡Larga vida para el poglavnik Pavelic!‘ o de lo contrario le cortaría su oreja. El vukasin guardaba silencio. Le arranqué su oreja. No dijo ni una palabra. Le dije una vez más que gritara ‗¡Larga vida para Pavelic!‘, o le desgarraría la otra oreja también. Le arranqué la otra oreja. Grité: ‗¡Larga vida para Pavelic!‘, o te voy a romper la nariz. Y cuando le ordené por cuarta vez gritar ‗¡Larga vida para Pavelic!‘, y lo amenacé con quitarle su corazón con un cuchillo, me miró, esto es, algo a través mío y sobre mí en forma incierta, y lentamente me dijo: ‗¡Haz tu trabajo, hijo!‘ Después de eso, sus palabras me dejaron perplejo, quedé paralizado, le arranqué los ojos, su corazón, le corté su garganta de oreja a oreja y lo arrojé a un pozo. Pero algo me quebrantó dentro de mí y no pude matar más gente en esa noche. El sacerdote franciscano ganó la apuesta porque mató 1350 prisioneros y le pagué la apuesta sin discutir‖. d) La aprobación del Vaticano al régimen genocida de Croacia. Ya vimos que el papa Pío XII recibió a Ante Pavelic y bendijo su régimen cuando las matanzas croatas estaban en pleno furor, para asombro y desmayo de los ingleses y del resto del mundo. Estaba plenamente enterado de todo lo que ocurría en Croacia. Su delegado apostólico Marconi iba y venía entre Zagreb y Roma. Los ustashis y el clero ponían a disposición de él los planes militares para que pudiese viajar libremente por la nueva Croacia. Los obispos se comunicaban sin trabas con él, muchos de los cuales formaban parte del parlamento de la nueva nación, y visitaban a menudo al papa en Roma. Todos estaban ávidos por enterarse, cuando venían a Roma, de cómo iban las cosas en Croacia. La Santa Sede envió un buen número de directivas a los obispos de Croacia para julio de 1941. El Vaticano insistía en que no se debían aceptar conversos potenciales al catolicismo cuando era patente que buscaban el bautismo por razones equivocadas. Lo pavoroso es que esas ―razones equivocadas‖ tenían que ver con el terror y el intento de evitar la muerte. Era obvio que el Vaticano estaba al tanto de lo que estaba teniendo lugar allí. Ya vimos cómo en Agosto de 1941, los israelitas habían pedido una intervención del gobierno italiano y del papado para rescatar a 6.000 judíos abandonados en una isla estéril sin protección ni alimento ni agua. En septiembre, Branko Bokun, un joven yugoeslavo, fue enviado a Roma por uno de los jefes de inteligencia de su país, creyendo que el papa sería diferente de los otros prelados asesinos de Croacia. Vino con un gran archivo de documentos, testimonios oculares y fotografías de las masacres. Lo remitieron al Secretario de Estado Vaticano, Montini (futuro papa Pablo VI), quien no le dio audiencia. Antes bien, le pidió que dejase su documentación y volviese una semana más tarde, para darle al tema una cuidadosa atención. Cuando volvió, lo atendió el secretario de Montini, diciéndole que ―las atrocidades descritas en su documento son perpetradas por los comunistas, pero maliciosamente atribuidas a los católicos‖. En la típica hipocresía del Vaticano, Montini recibía a los representantes de Croacia a quienes comenzaba reprendiéndolos con duras palabras, pero terminaba asegurándoles que el Santo Padre apoyaría a la católica Croacia (UT, 73). Todos los embajadores que venían a la Santa Sede requiriendo la intervención papal para detener las masacres en las católicas Croacia y Eslovenia, eran recibidos de la misma manera. Primero un ―ataque simulado, luego una atención paciente [al testimonio y documentación ofrecidos], y finalmente una generosa rendición‖ frente a los hechos. Los mensajes de la BBC de Londres eran frecuentes sobre la situación en ese país. Uno de ellos, el 16 de febrero de 1942 puede considerárselo como típico: ―Se están cometiendo las peores atrocidades en los alrededores del arzobispo de Zagreb [Stepinac]. Corre a
  • 53. 53 torrentes la sangre hermana. Los ortodoxos son obligados a convertirse al catolicismo, y no escuchamos ninguna voz del arzobispo predicando una revolución. En su lugar, se informa que toma parte en los desfiles nazis y fascistas‖. Los prelados católicos y representantes del gobierno ustashi que visitaban el Vaticano decían que eran ―calumniados‖ y se quejaban por considerárselos como ―bárbaros y caníbales‖. Esto prueba también que la Santa Sede estaba al tanto de lo que pasaba. A pesar de todas las informaciones sobre los homicidios masivos, en marzo de 1942 la Santa Sede entablaba relaciones oficiales con los representantes de Croacia. Cuando en Mayo de 1943, Pavelic pidió otra audiencia con el papa, el Secretario de Estado del Vaticano para entonces, Maglioni, le respondió que ―no había dificultades relacionadas con la visita del poglavnik al Santo Padre, excepto que no podría recibirlo como a un soberano‖. Pío XII mismo le prometió su bendición personal de nuevo, a pesar de tener para esa época la información de las peores atrocidades que se habían estado cometiendo durante los dos años del gobierno de Pavelic (UT, 73). En marzo de 1942, mientras Pavelic tenía conversaciones formales con los diplomáticos croatas, el Congreso Judío Mundial y la comunidad israelita suiza pidieron la intervención de la Santa Sede para socorrer a los judíos perseguidos en Croacia. Casi dos meses antes Alemania había bosquejado sus planes para la Solución Final, y esas agencias judías documentaron en su petición, las persecuciones que se llevaban a cabo contra los judíos de Alemania, Francia, Rumania, Eslovaquia, Hungría, y Croacia. Aunque todos eran países católicos (con excepción de Alemania con el 50% católico), los últimos tres países mencionados tenían fuertes relaciones diplomáticas y eclesiásticas con la Santa Sede, por lo que esperaban que el papa hiciese algo por los judíos perseguidos en esos lugares. El manuscrito de esa petición reside en los archivos zionistas de Jerusalén. Pero el Vaticano los excluyó de los once volúmenes que liberó de la época de la guerra, en un intento de ocultar lo que sabía el papado sobre los crímenes de Croacia. Los historiadores dan prueba de otros documentos históricos omitidos por el Vaticano (HP, 259,377). Una vez que terminó la guerra y los comunistas se apoderaron de Yugoeslavia, incluyendo Croacia, prácticamente el cuerpo entero del gobierno ustashi, con muchos sacerdotes, encontró refugio en el Vaticano. La misma actitud benevolente del papado continuó después de la guerra para ayudarlos a evadir la justicia. Los ustashis confiaron al arzobispo Stepinac el oro que habían juntado de las víctimas judías y ortodoxas. Este logró traerlo, con la ayuda de otros clérigos, de contrabando al Vaticano. Debido a eso, hay una demanda actual al Vaticano en favor de las víctimas del genocidio ustashi, que tiene como propósito forzar a la Santa Sede a liberar sus archivos con respecto al destino de ese dinero (Patron Saint of Genocide, n. 28). e) La razón básica de la aprobación papal. Cornwell comenta que la dislocación moral del clero croata fue compartida por el Vaticano, incluso por el papa Pío XII mismo. Tanto el sacerdocio croata como la Santa Sede se negaron a disociarse del régimen criminal croata. Tampoco lo denunciaron ni excomulgaron a su líder ni a sus secuaces. La razón se debió a que no querían ―perder las oportunidades‖ que se les presentaban, ―la ‗buena oportunidad‘ para construir una plataforma de poder católico en los Balcanes. Fue la misma indisposición a perder la oportunidad única de ―evangelizar‖ el mundo oriental que condujo a Pacelli a presionar el Concordato Serbio en 1913-14, con todos sus riesgos y repercusiones que llevaron al mundo a la Primera Guerra Mundial. La esperanza del para entonces futuro papa era crear un rito latino que sirviese de plataforma para el cristianismo oriental (HP, 255-256). Desde allí enviaría monjes misioneros para traer otra vez de regreso al mundo oriental en obediencia al papa. Cuando el delegado diplomático de Croacia en la Santa Sede, Rusinovic, comentó en medio de la Segunda Guerra Mundial a Montini, secretario de estado del Vaticano, que había ya cinco millones de católicos en el país en lugar de los tres millones trescientos mil iniciales, Montini le respondió: ―El Santo Padre los va a ayudar, estén seguros de eso‖ (HP, 259). En 1943, Pío XII le expresó a Lobkowicz, diplomático de Croacia, ―su placer por la carta personal que recibió de nuestro poglavnik [Pavelic]. También le dijo que estaba ―chasqueado de que, a pesar de todo, nadie quiere reconocer al único, real y principal enemigo de Europa. No se ha iniciado todavía ninguna cruzada militar comunal y verdadera contra el bolchevismo‖. Eso no era cierto, ya que Hitler había lanzado su cruzada militar contra Rusia en el verano de 1941, y el papa le había estado pidiendo autorización, a través del ex canciller alemán von Papen, para enviar sacerdotes católicos con sus tropas y evangelizar el mundo comunista y ortodoxo. La molestia de Pío XII por la presión occidental a pronunciarse contra sus queridos criminales ustashis que revelaban tanto celo misionero en la sección serbia de Croacia, se acrecentaba al ver cómo abortaban sus intentos catolizantes a través del nazismo.
  • 54. 54 Hitler estaba para entonces enterado de las barbaries católicas contra los ortodoxos serbios, y no quería que las cosas se le complicasen mediante una confrontación religiosa similar en el Este. En la segunda parte de 1941 dijo que si permitiese al catolicismo introducirse en Rusia ―iba a tener que permitirles lo mismo a todas las denominaciones cristianas para que se aporreasen las unas a las otras con sus crucifijos‖. A partir de entonces comenzó a tomar medidas para impedir que el Vaticano se entrometiese en sus planes, y a perseguir a la Iglesia Católica especialmente en Polonia, de donde pensaba el Vaticano enviar sacerdotes al mundo oriental camuflados en sus ejércitos. En realidad, los nazis llegaron a proponerse acabar con todos los polacos por motivaciones racistas. Hitler captó más que nunca para entonces, la problemática religiosa y la política papal entrelazadas. Siempre en la segunda parte de 1941, llegó a decir que ―el cristianismo es el golpe más duro que alguna vez golpeó a la humanidad. El bolchevismo es un hijo bastardo del cristianismo. Ambos son la descendencia monstruosa de los judíos‖. En Diciembre prometió que, una vez concluida la guerra iba a terminar con el problema de la Iglesia, como única alternativa para lograr que la nación alemana estuviese completamente segura (HP, 261). Reinhard Heydrich, a cargo de la oficina de seguridad principal del Reich, había advertido a Hitler el 2 de julio de 1941 sobre la planificación que había podido detectar del Vaticano para infiltrar sus tropas e invadir Rusia con la fe católica, y se opuso igualmente a la idea de permitirle a la Iglesia beneficiarse de las conquistas logradas por la sangre alemana. El 17 de febrero de 1942, el mismo Heydrich, quien para entonces tenía a su cargo la supervisión diaria de la Solución Final, reportó al führer que 300.000 eslavos habían sido ya masacrados por los croatas, y agregó que ―el estado de tensión serbio-croata no es otra cosa que una batalla de la Iglesia Católica contra la Iglesia Ortodoxa‖ (The Patron Saint of Genocide). Hoy se ufana el Vaticano también por contar en Eslovaquia con el 74% de la población católica (Zenit, 14 de febrero, 2004). Después de todo, el principal interés de Hitler estaba en terminar con el comunismo y el judaísmo, a los que creía mancomunados para desestabilizar el mundo cristiano de occidente, no necesariamente a los ortodoxos que eran oprimidos por los comunistas. A pesar de eso, el Vaticano logró enviar sacerdotes desde Polonia, Hungría, Eslovaquia, Croacia y del Colegio Russicum y Ruthenian del Vaticano mismo. Iban como capellanes militares o camuflados como civiles que pedían ser enrolados en el ejército alemán. Otros conseguían trabajos como mozos para cuidar los caballos en el Comando de Transporte Alemán. Una vez que llegaban a un lugar apropiado desde el Báltico al Mar Negro, atraían a centenares de personas que por años no habían podido recibir el rito católico. En su mayoría fueron aprehendidos y baleados como desertores y espías, o enviados a los campos de concentración. Los que cayeron en manos de los rusos fueron a parar a los gulags (HP, 264). El fracaso de esas avanzadas misioneras del Vaticano puede haber motivado el disgusto de Pío XII porque no se emprendía una cruzada militar de envergadura contra el comunismo, que le permitiese imponerse sobre toda Europa, incluyendo la sección oriental por siglos bajo regímenes ortodoxos. Tal vez corresponda aquí decir algo más. Hitler contaba al principio con simpatías en toda Europa, hasta de la nobleza inglesa y del mismo rey de Inglaterra a quien luego se obligó a abdicar porque le pasaba al führer los secretos del estado inglés. Muchos esperaban, para entonces, que Inglaterra, Francia y posteriormente los EE.UU., se unieran con Hitler para terminar con el comunismo e invadir juntos a Rusia. Los mismos sueños de acabar con el comunismo eran compartidos en el Vaticano también. Pero la decisión de Hitler de adelantarse a esos planes y ser él el líder de la liberación, terminó convenciendo a todos de que su misión iba a fracasar y de que había que deshacerse de él. Es probable que la molestia de Pío XII porque no se lanzaba una cruzada generalizada contra Rusia, se haya debido también a un momento de duda con respecto al éxito de la campaña del führer. Fue el papado el que alentó la introducción de Japón en la Segunda Guerra Mundial, con la esperanza de que invadiese Rusia desde el Este, mientras Alemania lo hacía por el Oeste. Luego del fracaso nazi, el papado bajo el apoyo velado y silencio hipócrita de los países aliados, trató de reorganizar los deshechos del nazismo—los criminales de guerra—para ver si con ellos podía rescatar al menos los países centrales del Este tradicionalmente católicos. Al mismo tiempo, intentó empujar a los EE.UU. a iniciar una tercera guerra mundial mediante el uso de la bomba atómica, como veremos más tarde. No importaba el medio, la consigna de Pío XII era terminar con el comunismo que trababa el progreso hegemónico del papado. f) Número de muertos en el genocidio católico-fascista croata. La historia de Croacia en esos años aciagos de 1941 a 1945 se la elogia como una época de gloria por los triunfos católicos o se la condena por los genocidios que se cometieron, dependiendo de qué lado se cuenta la historia. Algo semejante ocurre con las estadísticas
  • 55. 55 sobre el genocidio que buscan disminuirse del lado católico. No obstante, hay datos hoy bastantes objetivos que difícilmente podrán removerse. Las fuentes serbias dan una cifra de 600 a 700.000 serbios muertos en el campo de concentración de Jasenovac. El presidente actual de la nueva Croacia, Tudjman, disminuyó esa cifra a 30.000. El gobierno norteamericano recientemente liberó, sin embargo, un documento que se había capturado a los nazis, que se usó en el juicio del comandante del campo de concentración de Jasenovac, Dinko Sakic. Según ese documento, 120.000 fueron muertos en Jasenovac para Diciembre de 1943, cuando le quedaban todavía cerca de dos años de vida al régimen de Pavelic. Esto significa que por ese campamento pueden haber pasado cientos de miles de serbios ortodoxos para dejar no sólo sus posesiones, sino también sus vidas. Ya vimos que Hitler recibió en 1942, cuando no se había completado el primer año de Pavelic, la información de la masacre de 300.000 eslavos mediante los ―métodos más sadísticos‖ en una lucha de la Iglesia Católica contra la Iglesia Ortodoxa (Patron Saint of Genocide). Cornwell cita las fuentes más recientes y confiables (científicas) que indican 487.000 ortodoxos serbios y 27.000 gitanos masacrados durante 1941 y 1945 en el Estado Independiente de Croacia. A esto se suman 30.000 de los 45.000 judíos, de los cuales de 20 a 25.000 murieron en los campos de muerte ustashi, y 7.000 fueron deportados a las cámaras de gas. Tudjman propuso en 1996 volver a sepultar los restos de los ustashis croatas muertos por los campesinos yugoeslavos junto a las víctimas serbias de los ustashis en Jasenovac (Reuters, 22 de Abril, 1996). Pero el intento de unir a los criminales ustashis con sus víctimas produjo una reacción internacional negativa, de tal manera que se debió abandonar el plan. Por otro lado, se considera que las masacres de croatas efectuadas por los serbios en la década de los noventa por el gobierno Yugoeslavo fue, en parte, como venganza por el genocidio croata de serbios en la década de los cuarenta. La indignación que tienen los nacionalistas serbios hoy es que se está juzgando a Milosevic como criminal de guerra por las masacres que hizo de los croatas católicos en la década del 90, cuando las muertes que llevó a cabo no tienen ni comparación con las que perpetró Pavelic medio siglo antes. En lugar de juzgar y condenar a Pavelic, el nuevo gobierno croata quiere llevar sus restos de España, donde murió bajo la protección del dictador falangista Franco, a la nueva Croacia, donde le levantarán, sin duda alguna, monumentos por todo el país. Por su parte, el papa Juan Pablo II intervino en forma inmediata para detener las masacres vengativas ortodoxas serbias de los católicos croatas, mientras que el papa Pío XII no hizo nada para detener las masivas e incomparables masacres católicas croatas de los serbios ortodoxos durante la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, apoyó al gobierno de Pavelic en su tarea de catolizar Croacia. X. Los sueños papales para convertir y reconvertir Europa y el mundo Los que llamaban a las cruzadas de exterminio contra los herejes albigenses durante la Edad Media, eran los mismos papas de Roma. Esas cruzadas eran dirigidas o acompañadas por prelados papales. Los que aplicaban la tortura durante la Edad Media en los tribunales secretos de la Inquisición, y extirpaban la herejía, eran igualmente sacerdotes católicos que obraban en respuesta a una orden papal. ¿Debía asombrarnos que quienes más fanáticamente participasen de las torturas y masacres de serbios y judíos a mediados del S. XX, fuesen también sacerdotes católicos? Claro está, se suponía que ya había pasado la época medieval, y que eso nunca volvería a ocurrir en la época moderna. Pero eso sucedió en prácticamente todos los países católicos, y en especial en Croacia bajo un régimen clero-fascista criminal. 1. Desde que el papado se instauró en Roma con plenos poderes. Lo que la Iglesia Católica quiso hacer en el nuevo gobierno de Croacia, estuvo en armonía con lo que el catolicismo romano hizo hacer desde que el papado reemplazó a los césares romanos, y se estableció sobre Europa con plenos poderes. Quiso evangelizar toda Europa y lograr un dominio absoluto sobre todos los pueblos de la tierra. El método evangelístico que mejor la caracterizó está representado en todos los cuadros antiguos que tienen a Jesús dando al papa la llave, símbolo del poder religioso, y al rey la espada, símbolo del poder político. Pero como el papa pasó a ser considerado Vicario de Cristo, terminó en la práctica asumiendo ambos poderes. Por ser el alma, debía estar por encima del cuerpo, y los reyes debían simplemente ejecutar sus decretos. Eso le permitiría posteriormente lavarse las manos, arguyendo que la autoridad civil era la responsable de ejecutar las víctimas. Un método tal posible únicamente bajo un régimen de unión clero-gubernamental, estaba en flagrante contradicción con el método evangelístico universal que Cristo ordenó a su iglesia. Ésta debía buscar únicamente el poder espiritual, como dijo Jesús a sus
  • 56. 56 discípulos antes de ascender al cielo. ―Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos... hasta lo último de la tierra‖ (Hech 1:8; véase 1 Cor 2:3-5). Lo que Jesús les dijo se basaba en la declaración de Zacarías: ―No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Señor‖ (Zac 4:6). Convendrá repasar ahora, brevemente, cómo evangelizó el papado a Europa y América Latina, y cómo intentó evangelizar también al Asia, una vez que se instaló en Roma como soberano del mundo. Esto nos permitirá luego comparar sus métodos con lo que intentó hacer en pleno siglo XX, en cada país en donde pensó que había recuperado su poder temporal (su herida mortal), con reconocimientos estatales equivalentes. Esto es importante, porque los mismos concordatos que hizo con Alemania y los demás países católicos durante la Segunda Guerra Mundial, los está logrando firmar ahora con decenas de países y lo quiere lograr aún con la Unión Europea y el mundo en general. Así como el papado arrastró implícitamente a los protestantes alemanes a pactar con el gobierno de Hitler, así también está abiertamente arrastrando ahora a los protestantes y a los ortodoxos a unirse en esa lucha por reconocimiento estatal, y a las demás religiones no cristianas en su esfuerzo por lograr, a la postre, un reconocimiento universal. a) La evangelización de Europa a partir de Clodoveo. Apenas adquirió la Iglesia de Roma reconocimiento estatal del emperador Constantino en el S. IV, se transformó de perseguida en perseguidora. ―Desde que había llegado a ser religión de Estado del imperio romano, [la Iglesia] comprendía instintivamente su destino de ser dominadora y luego la señora absoluta de los pueblos y de los reyes de la tierra‖. Cuando en el S. VI, luego que fenecieron los emperadores en occidente, el obispo romano obtuvo la supremacía, comenzó su expansión misionera sobre los pueblos bárbaros que invadían y poblaban Europa. No pudo hacerlo antes que Clodoveo, el primer rey pagano-bárbaro, se convirtiese al catolicismo romano, y fundase en el 508 su gobierno en París bajo el principio de unión Iglesia-Estado. Se puede decir de Clodoveo que fue el primer genocida católico-romano del Medioevo. Como lo reconocen los historiadores, ―la conversión al catolicismo hizo de Clodoveo el adalid de la religión verdadera contra los herejes... Esto tuvo por consecuencia la extirpación del arrianismo en la Galia meridional...‖ y, por último, ―la restauración del imperio de Occidente‖ bajo el título de Sacro Imperio Romano. ―Nada de esto habría sucedido... si Clodoveo no se hubiese hecho católico‖. ―Fue un momento crucial en la historia de la Galia y, desde luego, de Europa, en el que la Iglesia Católica obtuvo su supremacía... y en donde un rey bárbaro aceptó, por influencia de la Iglesia, el mecanismo de gobierno a través de obispos, condes y ciudades... Un jefe guerrero se había puesto a la cabeza de una Iglesia militante‖. Cuando marchaba con su ejército para enfrentarse con los arrianos visigodos, Clodoveo dijo: ―Me siento vejado con que esos arrianos posean parte de la Galia; ataquémoslos con la ayuda de Dios y, después de conquistarles, dominemos su país‖. Un historiador comenta que en esa declaración ―nos parece oír un sonido precursor del clarín que llamaba a la caballería francesa a las cruzadas, que llenó de pánico a los herejes albigenses o que obligó en el S. XVII a emigrar a los hugonotes de Francia, con lo que se vieron notablemente enriquecidos muchos países protestantes de Europa‖ y en donde los así perseguidos encontraban refugio y libertad. ―Los reyes francos se atribuyeron el derecho de convertir a judíos y herejes a la religión católica, cuyo derecho usaron según las circunstancias y hasta donde les convenía o era posible. Así persiguieron a los arrianos tan luego como hubieron sometido sus territorios, y les quitaron sus iglesias que, consagradas nuevamente, fueron entregadas a los católicos‖. ―La importancia trascendental de la resolución de Clodoveo [de hacerse cristiano] fue tan evidente‖, que las cartas eclesiásticas de los grandes obispos no escondieron su emoción por su importancia ―para la prosperidad de la Iglesia Católica y del imperio franco, y hasta para la conversión de las tribus germánicas paganas de la orilla derecha del Rhin‖. En efecto, Avito, el obispo de Vienne, se dirigió a Clodoveo en términos equivalentes a los que los papas del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial utilizaron para reconocer el gobierno de los dictadores fascistas del S. XX. Los historiadores comentan que ―Clodoveo, llamado por la divina Providencia como juez en la contienda de las dos religiones [arriana y romana], se había decidido por la católica, y este fallo debía servir de norma para todo el mundo‖. Arengando a Clodoveo como los obispos del S. XX a Hitler y a los demás dictadores fascistas, el obispo de Vienne le dijo: ―Para tus descendientes eres tú, en adelante, la norma en el reino de Dios, y su derecho y autoridad divinos han de estar en la fe católica de su antecesor Clodoveo‖. También exhortó a Clodoveo a someter a la fe católica a ―todos los pueblos germánicos sumidos todavía en el paganismo‖. ―De tu buena suerte participará también la Iglesia; siempre que tú combates y vences, vence también ella‖. Por eso reconocen los historiadores que ―la conquista por los francos y la cristianización eran dos caras de la misma medalla‖. Aún antes de su bautismo, el papa Anastasio nombró a Clodoveo como
  • 57. 57 ―protector de la Iglesia, su madre, enviado por Dios con esta misión‖. ―Ahora‖, continuó Avito en su carta a Clodoveo, ―no puede nadie oponer a las amonestaciones de los eclesiásticos y de los grandes convertidos y bautizados ya, las antiquísimas tradiciones y usos de los antepasados‖. Esto muestra cómo la tendencia del obispado de la época buscaba amparar su fe y expansión misionera en la de un poder cívico-militar. Avito pone al final de su carta delante de Clodoveo ―la grandiosa perspectiva de la conversión y simultánea sumisión a su poder de todos los pueblos germánicos sumidos todavía en el paganismo‖. ―Pronto habrá Dios hecho suyo todo el pueblo franco; por eso no tardes, ¡oh rey!, en hacer partícipes de tu fe a los pueblos que todavía viven en el paganismo y no se hallan contagiados del arrianismo..., porque así te reconocerán por jefe suyo... y finalmente se someterán a tu dominio y formarán con sus territorios parte de tus Estados... Así participarán todos de tus triunfos, y de tu buena suerte participará también la Iglesia; siempre que tú combates y vences, vence también ella‖. Se considera esta carta como ―el primer documento histórico auténtico del método de catolizar a los germanos paganos por medios materiales coercitivos, aplicados por la fuerza armada del rey de los francos‖. Lo mismo ocurrirá más tarde con el papa ―San Bonifacio, el apóstol de los alemanes. Los varones eclesiásticos que realizaron esta conversión de Alemania estaban convencidos de que era una ilusión creer que para convertir bastaba la excelencia de la doctrina que aquellos pueblos paganos o convertidos no eran capaces de comprender. Así lo evidencian los documentos históricos contra todo lo que hipócritamente se dijo después y se empeñan muchos en hacer creer todavía‖. Ese papa canonizado ―sometió la Iglesia germánica a Roma de manera ilimitada...‖ Requirió a los alemanes ―obediencia incondicional al papa‖, e hizo ―jurar también a los obispos, en el parlamento de 742, guardar en un todo la fe católica, la sumisión a Roma, a San Pedro y a su representante el papa‖, cuando todavía no se había editado la Ley Canónica de 1917, ni emitido la encíclica papal Quadragesimo Anno de 1931. ¿Cuál fue el legado que dejó Clodoveo en su carácter de primer rey católico de Europa? ―Todas las iniquidades que no había tenido fuerzas para cometer antes de su bautismo, las cometió después; y sus francos aprobaron todas sus traiciones, muertes y demás atrocidades, como verdaderos bárbaros que eran y continuaron siendo a pesar de haber recibido el bautismo... Otro tanto hicieron muchos cristianos poderosos, latinos y germanos, civilizados y bárbaros, sirviéndose del cristianismo para satisfacer sus pasiones y ambición desenfrenada‖. Para lograr sus objetivos, Clodoveo ―se valió de medios inicuos, del asesinato alevoso, del engaño más vil, excitando al hijo al parricidio y haciendo después asesinar a traición al hijo‖. El obispo de Vienne lo había empujado a ese método expansivo del catolicismo romano diciéndole, en ocasión de su bautismo: ―Adora lo que quemaste [el cristianismo] y quema lo que adoraste [el paganismo]‖. El obispo Gregorio de Tours comparó a Clodoveo con Constantino, y se levantó la leyenda de que una paloma descendió sobre este nuevo hijo de la Iglesia cuando fue bautizado. ―Así puso Dios‖, escribió Gregorio de Tours, ―unos tras otros a todos los enemigos de Clodoveo bajo el dominio de éste, extendiendo su imperio en recompensa de su conducta leal y de haber hecho lo que era agradable a Dios‖. El historiador moderno concluye diciendo asombrado, que ―esta era exactamente la expresión de la moral de Gregorio de Tours en aquel tiempo, pero a costa de la moral de Dios tan sorprendentemente representada por la Iglesia‖. Siendo que la Iglesia Romana ―tenía interés en asegurar, ordenar y extender su conquista‖, se hizo ―ineludible la cooperación de los obispos‖ en la codificación de la nueva situación, ―los cuales consiguieron que el rey convocara en el año 511 en Orleáns, el primer concilio franco, en el cual tomaron parte 32 obispos de su imperio‖, formando la Ley Sálica. b) Método evangelizador bajo Justiniano y otros reinos. Otro espaldarazo que iba a recibir el papado romano, siempre en el S. VI, provendría del emperador oriental, Justiniano. ―Desde el comienzo de su reino... promulgó las más severas leyes en contra de los herejes en 527 y 528‖. ―Maniqueos, Montanistas, Arrianos, Donatistas, Judíos y paganos, todos fueron perseguidos‖. ―Siendo que ningún soberano [emperador] se había interesado tanto en los asuntos de la Iglesia, ningún otro parece haber mostrado tanta actividad como un perseguidor así de paganos como de herejes‖. Clodoveo y Justiniano fueron los prototipos sobre los cuales debía construirse la nueva Europa. Primero debía convertirse al rey, el que a su vez, con sus poderes absolutos, debía someter luego a todo el mundo. Tanto en Inglaterra ―como en otros lugares, la conversión de los paganos debe ser atribuida, no precisamente a un movimiento penitencial del corazón, sino a la presión de la monarquía sobre una población sumisa... El credo del rey vino a ser el credo del pueblo‖. ―Si no recibís a los hermanos que os traen paz‖, dijo el enviado papal a
  • 58. 58 los cristianos de Gran Bretaña en el S. VI, ―recibiréis a los enemigos que os traerán guerra; si no os unís con nosotros [en esta cruzada ecuménica dirían hoy los cristianos que caen en la onda del ecumenismo papal], para mostrar a los sajones el camino de vida, recibiréis de ellos el golpe de muerte‖. Antes de finalizar el S. VI, el papa estaba ya en plena función temporal, hasta ―improvisándose como un general y enviando tropas, mapas de campaña y estrategia‖ contra los lombardos, pagando a los soldados, redimiendo cautivos, defendiendo la ciudad y obrando como un verdadero diplomático. Un siglo después, Carlomagno libró 53 campañas militares ―para llenar su imperio conquistando y cristianizando Bavaria y Sajonia‖. Como ejemplo de su estilo evangelístico para tomar decisiones, podemos mencionar la concesión que ―dio a los sajones conquistados de elegir entre ser bautizados o la muerte, y 4500 sajones rebeldes tuvieron que ser decapitados en un día‖. Uno de los misioneros más notables de la época que cristianizó a Irlanda fue el sanguinario Columba. Decían de él que ―era un guerrero tanto como un santo‖. Así también, al terminar el S. XX, el papa Juan Pablo II iba a beatificar al primado de Croacia, Stepinac, por su carácter tan santo y cometido a la expansión de la Iglesia Católica; y canonizar al mismo Pío XII, el papa tan comprometido de la Segunda Guerra Mundial, destacando también sus virtudes místicas. Posteriormente el rey Otón I (936-973), en Alemania, iba a consolidar su poder nombrando a los obispos y abades como ―gobernadores civiles a la vez que prelados eclesiásticos‖, sistema que perduró hasta Napoleón a fines del S. XVIII. ―A medida que Otón extendía su autoridad, fundaba nuevos obispados en los bordes de su reino, con propósitos en parte políticos y en parte misioneros, como los de Brandenburgo y Havelberg, entre los eslavos, y Schleswig, Ripen y Aarhus para los daneses‖. La conquista de Irlanda siguió un esquema semejante. Los católicos establecieron primero un asentamiento de base, de eso provino una guerra civil que requirió la intervención de un ejército extranjero. En 1169, el depuesto rey Leinster Dermot MacMurrough pidió un ejército papal normando de Inglaterra para recuperar su trono. Ese ejército inglés nunca se fue. Lo mismo haría la Iglesia de Roma en las demás tierras conquistadas del Asia y de América medio milenio más tarde. Inclusive en el África, cuando en el S. XVI, los cristianos etíopes no tendrían más remedio que aceptar la ayuda de los portugueses que iban siempre acompañados por el clero, para protegerse de los musulmanes. No se irían hasta que, en una revuelta, lograrían expulsar los jesuitas en el S. XVII. ¿Qué fue lo que necesitó el papado romano para justificar su espíritu sangriento y perseguidor al comienzo de la Edad Media en el primer milenio? No fue el comunismo que ni existía para entonces, sino el arrianismo que le impedía sobresalir como el nuevo y real emperador político-espiritual del mundo. Las mismas razones dadas por los fanáticos obispos que arengaban a los francos contra el arrianismo, iban a usar los obispos del S. XX para arengar a los alemanes y fascistas católicos al iniciarse la recuperación temporal del papado, para extirpar el comunismo y el judaísmo presuntamente vinculados con los movimientos de izquierda, y aún a la misma Iglesia Ortodoxa cuando esto les fuera posible. ¿Qué requerirá el papado para justificar un espíritu sanguinario al final, en un intento supremo y último por lograr la primacía del mundo? Otro chivo emisario sobre el cual el diablo logre levantar la antipatía universal. El arrianismo, el islamismo, el judaísmo, el catarismo, el protestantismo, el paganismo indígena y asiático, el comunismo con la complicidad presunta del judaísmo, todos fueron peldaños que llegarán a la cima, en el fin del mundo, con la ira del dragón apocalíptico contra ―los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo‖ (Apoc 12:17). 2. Métodos evangelísticos católicos para evangelizar Latinoamérica. Libros enteros no alcanzarían para contar la manera cruenta y salvaje en que fue cristianizada Europa. Lo mismo podría decirse de la crueldad manifestada en la evangelización de los indígenas de Latinoamérica. Siendo que los tribunales de la Inquisición debían velar por la ―pureza‖ de la sociedad en materia moral y espiritual, no podían servir para evangelizar a los indígenas que ni conocían el dogma católico. Para ello levantaron otro tribunal que se conoció como ―Tribunal de Extirpación de Idolatrías‖. ¿Cuál era el método del que se valieron los conquistadores españoles en conjunción con los curas que los acompañaban con un crucifijo en las guerras de conquista? El apalamiento que consistía en sentar al indígena sobre un poste puntiagudo, atravesándolo desde el ano hasta el estómago, la garganta o la boca. Ataban las cuatro extremidades de los rebeldes a cuatro caballos para descuartizarlos. Los desnudaban y les soltaban perros cebados que los despedazaban. Los ataban a un poste para quemarlos vivos para que sirvieran de escarmiento. Todo esto, sin poner a un lado los demás métodos tradicionales de opresión y
  • 59. 59 exterminio que habían estado utilizando las monarquías católicas en toda Europa. En marcado contraste, como lo reconocen con admiración hoy los historiadores, los Adventistas del Séptimo Día fueron a Latinoamérica, y más notablemente al Perú, con las manos limpias fundando escuelas, y no respondiendo jamás a la violencia con la violencia. Volvieron a recurrir, como los humildes apóstoles del Señor al comienzo del cristianismo, al único poder que Cristo garantizó a su iglesia, el del Espíritu Santo para convertir y transformar a los paganos. Las Providencias divinas fueron notables en la protección de los fieles evangelistas. Esto lo hicieron los adventistas no solamente entre los indios del Perú, de Argentina, de Venezuela, de Méjico y de tantos otros países de Latinoamérica, sino también en todo el mundo, y con los mismos resultados maravillosos. 3. Métodos evangelísticos católicos en el Asia. Con el descubrimiento de América se despertó también el celo misionero universal de la Iglesia Católica. No pudo contar con el apoyo de dos pueblos marítimos europeos como lo fueron Inglaterra y Holanda, por haberse transformado en países protestantes. Pero se sirvió de los franceses, portugueses y españoles que buscaban nuevos horizontes de comercio. Mientras que los españoles concentraron sus esfuerzos en Latinoamérica, favorecidos por la bula papal de Intercaetera, los mamelucos portugueses se extendieron más hacia el Asia oriental. Ambos se disputaron de todas maneras, los territorios que conquistaban en los dos continentes tan lejanos, pero compartieron un molde común. Ambos llevaban sacerdotes que procuraban evangelizar a los nativos con la cruz y la espada, como punta de lanza para la explotación material posterior. a) En Vietnam. Los establecimientos católicos hispano- lusos en Indochina comenzaron en el S. XVII con la introducción de los jesuitas. Los franciscanos y dominicos también acompañaron a los aventureros, pero no tuvieron la influencia política que lograron los jesuitas. Sus asentamientos religiosos fueron acompañados por establecimientos comerciales que atrajeron, poco después, la competencia inglesa, holandesa y francesa. El continente asiático, así como el latinoamericano, se transformaría en tierra de conquistadores, piratas y corsarios. Los jesuitas intentaron influenciar con variado éxito los escalones culturales y políticos más altos de la sociedad. A diferencia de lo que hicieron en Latinoamérica, en donde negaron la Biblia a los nativos, los jesuitas imprimieron allí la Biblia en 1651 y lograron atraer en su favor a gente respetable entre los círculos de poder. Pero eso trajo, en su momento, intrigas políticas y rivalidades comerciales, de tal manera que la influencia europea declinó. En el siglo siguiente la Iglesia Católica logró dominar la élite gobernante, gracias al emperador Gia Long y otros potentados nativos que lo siguieron. Gracias a Gia Long, la iglesia Católica obtuvo privilegios de todo tipo que usó grandemente para extender su influencia. Como tan a menudo en este tipo de expansión misionera, los privilegios dieron lugar a excesos y abusos, lo que indispuso a los nativos contra el cristianismo y contra todo lo europeo. Las comunidades católicas reaccionaron, en consecuencia, y se volvieron beligerantes, organizando revoluciones en prácticamente toda la Cochinchina. Los misioneros católicos comenzaban los desórdenes, a menudo dirigiéndolos, y contaban para ese entonces con el apoyo de los intereses comerciales y nacionales franceses. Esas incursiones políticas católicas trajeron como resultado la hostilidad del emperador Theiu Tri, quien gobernó desde 1841 a 1847. Para ese entonces las intrigas francesas con los misioneros católicos se entremezclaron de tal manera que no se podían diferenciar. Los nativos boicotearon las misiones católicas, comenzaron a pasar leyes restrictivas, y a erradicar las actividades católicas por doquiera. Los católicos recurrieron a Europa haciéndose los mártires, y solicitando la intervención de los gobiernos europeos. Los barcos franceses que viajaron a los puertos vietnameses se multiplicaron con el pretexto de requerir la liberación de los misioneros. Los gobernantes vietnameses objetaron las intervenciones eclesiásticas y comerciales europeas en su país, dando más pretextos a Francia y a España para intervenir. Una fuerza franco-hispana invadió Darnang en 1858, que ocupó Saigón al comenzar el siguiente año. Mediante un tratado Francia, en 1862, se apoderó de las provincias de Vietnam, y garantizó en una de sus cláusulas total libertad religiosa para la Iglesia Católica. Para Agosto de 1873, cuando Francia conquistó Hanoi, se firmó el ―tratado‖ final que terminó con la independencia vietnamesa. Toda Indochina (Vietnam, Laos, Camboya), eran ya colonias francesas que habían comenzado con las actividades misioneras católico- romanas. Los misioneros católicos recibieron privilegios especiales que comprendían poder supremo en asuntos religiosos, culturales, sociales, económicos y políticos. Nunca vacilaron en recurrir a las bayonetas francesas para imponer la cruz sobre los renuentes nativos.
  • 60. 60 Gracias a esa ayuda y respaldo militar, comenzaron las conversiones masivas en manos de frailes, jesuitas, sacerdotes, monjas y obispos. Invitaban a aldeas enteras a ―ver la luz‖ prometiéndoles alimento y asistencia de los misioneros a cambio de la conversión. La posición o los privilegios en los distintos niveles educacionales o coloniales, quedaban fuera del alcance de los que rehusaban convertirse. Lo mismo sucedía en referencia a las posesiones de tierra y a las posiciones oficiales en las administraciones locales y provinciales. Esos eran privilegios exclusivos para los que se convertían a la fe católica. Miles se bautizaban durante las épocas de escasez y hambruna, antes de ser socorridos por las misiones católicas. ¿Cómo podía la Iglesia Católica lograr tan buen respaldo francés en la Conchinchina, mientras que en Francia había un espíritu tan secularizante? Ante las perspectivas colonialistas y económicas se podía ser más conservador allá lejos. La legislación colonial francesa se reforzó con la participación entre bastidores de los misioneros mismos. Las protestas de los sectores políticos y religiosos liberales de Francia no tuvieron efecto. Luego de un siglo y medio de colonización masiva eclesiástica y cultural, los franceses y nativos católicos monopolizaron prácticamente la administración civil y militar. Esa élite gobernante pasó la antorcha de la Iglesia de generación en generación hasta llegar al presidente Diem y sus hermanos, quienes intentaron extirpar el budismo mayoritario por la fuerza en la segunda mitad del S. XX. -La guerra de Vietnam. Todos los esfuerzos misioneros católicos en Vietnam, inclusive los de Diem y sus hermanos en pleno S. XX, siguieron un mismo esquema para imponer la religión católica a todo el mundo, aunque eran una minoría superada ampliamente por el budismo asiático (85 % budistas). Primero Roma enviaba misioneros para explorar las posibilidades religiosas y económicas que beneficiasen tanto a Francia, España y Portugal como a la Iglesia misma. Luego venían los invasores colonialistas que terminaban imponiendo la religión católica y explotando a los nativos. Diem en Vietnam estableció una junta católica que fue tomando control de los principales puestos de gobierno, inclusive la fuerza militar que confió a uno de sus hermanos. Una vez bien establecidos comenzaron a establecer leyes discriminatorias contra la mayoría budista, cerrándoles y quemándoles sus pagodas, e impidiéndoles educarse en las universidades. Finalmente recurrieron al terror una vez que la reacción budista se hizo notar. Diem contaba en Vietnam, además, con el apoyo de su otro hermano, el arzobispo de Hue. En su imposición de la fe católica a la mayoría de la población budista, recurrieron a los mismos métodos de Hitler contra los judíos y los gitanos, y Pavelic contra los ortodoxos también. No sólo impidieron a los budistas desarrollarse en la sociedad y en la educación, sino que los enviaron a los campos de concentración o detención. Medidas equivalentes tomaron para con otros grupos religiosos que fueron proscritos. Si no hubiera sido porque los EE.UU. estaban allí, se hubieran repetido los mismos horrores nazis de la solución final. Aún así, algunos de esos campos de concentración se transformaron en campos de muerte. Más de 600 murieron en el de Phu Loi (en la provincia de Thu Dai Mot), por un envenenamiento masivo, sumando finalmente un total de 1000 muertos en ese lugar. Entre 1955 y 1960, 80.000 personas fueron ejecutadas o muertas por el régimen católico de Diem. Para la época en que Diem llegó al poder en Vietnam, el Secretario de Estado de los EE.UU. y el jefe de la CIA eran católicos (los hermanos John Foster Dulles y Alan Dulles respectivamente, que tan implicados habían estado y continuaban estando con el tráfico del oro nazi). Ellos estaban en permanente contacto con el cardenal Francis Spellman, quien tenía gran ascendencia ante Eisenhower, el presidente del gobierno norteamericano, y había sido nombrado por el papa Pío XII como su vocero personal ante el gobierno de los EE.UU. Spellman era el representante religioso- militar tanto de los poderes católicos como de los militares ya que, además de representar a la Santa Sede en los EE.UU., era el Vicario de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Su implicación en la guerra de Vietnam fue tal que esa guerra fue llamada por muchos, ―la guerra de Spellman‖. Cuando visitaba las tropas militares norteamericanas en Vietnam repetía constantemente las palabras que los cardenales de Roma habían usado para la campaña de Mussolini en Etiopía. Les decía a los que combatían en Vietnam que eran ―los soldados de Cristo‖, por supuesto, en la promoción de la fe e intereses de la Iglesia Católica. Todos ellos, con el aval y orientación especiales del papa Pío XII, llevaron a Diem a aplicar la Ley Canónica de 1917, interpretada ésta en su forma más literal para todo Vietnam, y ante una mayoría budista abrumadora. La Virgen de Fátima fue invocada y manipulada desde el Vaticano mismo como un arma poderosa para arengar a los católicos de Vietnam contra el comunismo y, también incluido, el paganismo budista de la región. Todo ese país asiático fue consagrado a María. Era un arma emotiva impresionante que pretendía anticipar la inminente caída del comunismo, como veremos más adelante. El lema era, además: ―Asia para el papa‖.
  • 61. 61 Mientras que Eisenhower mantuvo una política de ―riesgo limitado‖ en la guerra contra Vietnam, John Kennedy, el primer presidente católico de los EE.UU. que lo reemplazó, la transformó en un ―cometido ilimitado‖ para proteger los intereses católicos de la región. El manejo católico entre Vietnam y los EE.UU. con esos puestos claves en el gobierno de ambos países, filtraba la información de tal manera que los protestantes de los EE.UU. no pudiesen enterarse de lo que realmente pasaba allí. Cuando los budistas recurrieron a la inmolación pública, Diem y sus medios de prensa se burlaban del autoazado que efectuaban esos paganos. La opresión real, argüían los católicos, era del budismo contra la fe cristiana y, por supuesto, del comunismo que intentaba destruir la civilización cristiana. Había que proteger, pues, la dictadura de Diem para impedir que los ―reales‖ enemigos se saliesen con la suya. Así empujaron los católicos a la protestante EE.UU. no sólo a poner a Diem en el poder, sino finalmente a intervenir y cometer el papel más miserable y vergonzoso de toda su historia. Para cuando el nuevo papa Juan XXIII captó el fracaso de la política católico- norteamericana en Vietnam, hizo un pacto secreto para salvaguardar los intereses católicos en la región con la sección comunista de Vietnam (Hanoi), y dejó a los EE.UU. solos en su derrota final. Lo que Pío XI y Pío XII hicieron con los protestantes alemanes a quienes arrastraron a aliarse con Hitler, volvió a hacerlo Pío XII en Vietnam con la gran república protestante de Norteamérica. Si el comunismo triunfó allí fue porque los budistas terminaron considerando que con ellos iban a pasarlo mejor que con los ―cristianos‖. ¿Cuál fue el resultado de una política tal? En Europa, en Asia y en todos los lugares donde el papado logra imponer ese mismo modelo de gobierno para dominar una población renuente a aceptar el catolicismo, tienen que retirarse finalmente dejando sumido al país en la más espantosa ruina. Los EE.UU. que se dejaron arrastrar por los católicos a la guerra de Vietnam, sufrieron la derrota más vergonzosa de toda su historia. Veinte días después de ser asesinado Diem y su hermano Ngo (2 de Nov. de 1963), el primer presidente católico de Vietnam, era asesinado en los EE.UU. John Kennedy (22 de Nov.), el primer presidente norteamericano católico. Billones y billones de dólares le costaron a los EE.UU. esa guerra, así como la pérdida de 58.000 vidas jóvenes norteamericanas (y la participación de cinco millones y medio de norteamericanos en la guerra misma). E. de White escribió lo siguiente en el S. XIX, anticipándose a la historia de lo que el papado iba a volver a hacer en el S. XX y volverá a hacer, ya en el mismo fin, en el S. XXI. ―La historia ha probado cuán astuto y persistente es el papado en inmiscuirse en los asuntos de las naciones, una vez que logra poner el pie para promover sus propios intereses, aún a costa de la ruina de príncipes y pueblos‖ (GC, 580). ―La iglesia papal nunca renunciará a sus pretensiones de infalibilidad... Permítase que las limitaciones impuestas actualmente por los gobiernos seculares sean quitadas y Roma sea reinstaurada en su poder anterior, y se verá en el acto un reavivamiento de su tiranía y persecución‖ (GC, 564). Esta es la historia que se vio repetir en el S. XX, tan claramente advertida por E. de White el siglo anterior. ¿Se prestará atención a estas y otras declaraciones para lo que aún falta ocurrir? E. de White anticipó también que ―la apostasía nacional‖ de los EE.UU. —considerados a sí mismos como ―una nación bajo Dios‖ en el mismo peso norteamericano—―será seguida por la ruina nacional‖ (7BC 977, 1888). ―Es en la época de la apostasía nacional cuando... los gobernantes de la tierra se alistarán del lado del hombre de pecado [el papado]. Será entonces cuando la medida de su culpa se habrá llenado. La apostasía nacional será la señal de la ruina nacional‖ (2SM 373, 1891). ―Los principios católico- romanos serán asumidos bajo el cuidado y protección del estado. Esta apostasía nacional será seguida rápidamente por la ruina nacional‖ (RH Junio 15, 1897). ―Cuando el estado use su poder para imponer los decretos de la iglesia y sostener sus instituciones— entonces la América Protestante habrá formado una imagen del papado, y habrá una apostasía nacional que terminará únicamente en la ruina nacional‖ (7BC 976, 1910). El fracaso y humillación sufridos por los EE.UU. en Vietnam causados por dejarse arrastrar a esa guerra por una política católica mentirosa y despiadada, sirve de ilustración adicional a todas estas advertencias que tendrán su cumplimiento más vasto al consumarse la unión de las iglesias y los estados en el fin del mundo. b) En Siam. En 1610 llegó el jesuita Alejandro de Rodes a Annam y Tonkin (Indochina). Diez años más tarde envió una descripción de las posibilidades comerciales y religiosas de esa región. Los jesuitas franceses reclutaron gente para ayudarlo en su doble obra de convertir esas naciones a la fe católica y explorar el potencial comercial que tanto para Roma como para Paris, no debían darse por separado. Ambas perspectivas formaban la base de la ocupación política y militar posterior. El éxito de esos misioneros jesuitas fue tan grande que para 1659, toda esa región fue marcada como la esfera exclusiva de la actividad religiosa y comercial francesa. Los misioneros se extendieron luego a Pegu, Camboya
  • 62. 62 y Siam, esta última pasando a ser pronto la base de toda operación religiosa y comercial tanto de la Compañía de las Indias Orientales como del Vaticano. El método de subyugación de la población iba a ser simple. Cada uno iba a contribuir en su esfera de acción. La compañía sometería a los nativos mediante su comercio, el gobierno francés mediante sus ejércitos, y el Vaticano mediante su penetración religiosa. Una vez que las bases económicas y las estaciones misioneras se establecían con éxito, el gobierno francés presionaba a los nativos a firmar un pacto oficial de comercio. El Vaticano, por su lado, se esforzaba al mismo tiempo por expandir su influencia espiritual, no tanto mediante la conversión de la población, sino por la conversión de una persona, el rey de Siam mismo. Si lograban eso, entonces los sacerdotes católicos iban a procurar persuadir al nuevo rey católico a admitir guarniciones francesas en las ciudades claves de Mergui y Bangkok, con el pretexto de que servirían a los mejores intereses de la Iglesia Católica. En 1685 el gobierno francés firmó un pacto comercial favorable con el rey de Siam quien, dos años más tarde, con toda su élite gobernante, se convirtió al catolicismo. Inmediatamente comenzó la opresión sobre la sociedad budista. Cantidades de regulaciones discriminatorias que favorecían las instituciones católicas minoritarias a expensas de las instituciones budistas se fueron ininterrumpidamente dando. Mientras que se construían iglesias católicas por doquiera, se cerraban e incluso demolían muchas pagodas budistas ante el menor pretexto. Las escuelas católicas reemplazaban a las budistas. De una manera idéntica a lo que haría Diem en Vietnam unos tres siglos después, la élite gobernante de Siam se transformó en una verdadera mafia político-religiosa. Todo con el respaldo de las bayonetas francesas. Pero como le pasó después a Diem, luego de infructuosas protestas, la mayoría budista organizó una resistencia popular. Esa resistencia fue reprimida en forma brutal, logrando sembrar más sentimientos anticatólicos por toda la región. Los católicos comenzaron a ser perseguidos por todos lados, y la rebelión llegó a todos los niveles, comenzando curiosamente en la misma corte que había dado la bienvenida al catolicismo romano. Los sacerdotes nativos católicos y los oficiales franceses fueron arrestados y expulsados hasta terminar con toda actividad católica. Los pocos católicos minoritarios que permanecieron y que se habían transformado en perseguidores, nunca fueron perseguidos. Pero se cerró el comercio para los franceses y el envío de misioneros para Roma a partir de 1688. Por un siglo y medio la tierra de Siam quedó prohibida para ambos. c) En China. Temprano en el S. XVII, los jesuitas lograron penetrar la Corte Imperial de China, y convertir a su emperatriz al catolicismo romano. A través de ella, se propusieron los jesuitas lograr conversiones masivas en medio de una mayoría abrumadora budista. Las perspectivas eran ilimitadas desde la óptica romana. Fue tanto el éxito de seducción que tuvieron para con la emperatriz, que ésta decidió cambiar de nombre, para llamarse Emperatriz Elena, como la emperatriz romana, madre de Constantino, el primer césar converso al catolicismo romano. La emperatriz bautizó luego a su hijo con el nombre de Constantino, para indicar el papel que debía cumplir su hijo en la futura conversión del budismo chino a la fe católica. Su celo católico se hizo notar pronto en la corte en donde el progreso, el privilegio y la riqueza, así como el poder en la administración y en el ejército, se obtenían mediante la conversión a la fe romana. Los consejeros jesuitas la indujeron a enviar una misión especial a Roma para pedirle al papa que enviase cientos de misioneros para acelerar la conversión de China a la fe católica. Mientras esperaban la respuesta, esa minoría católica emprendió la conversión de los mandarines, la maquinaria burocrática y finalmente esperaban alcanzar a los millones de campesinos chinos. La élite que se juntó alrededor de la emperatriz produjo resentimientos, luego temor y finalmente la oposición de la cultura budista china. La resistencia a los esfuerzos misioneros que iban acompañados de medidas discriminatorias del gobierno, fue suprimida mediante arrestos y fuerza bruta. En esas circunstancias llegó la noticia de que el papa había generosamente aceptado el pedido, e iba a enviar cientos de misioneros más para convertir al país entero a la fe católica. Eso creó mayores levantamientos populares que fueron reprimidos con mayor fuerza. Fue tanta la resistencia popular que finalmente las naciones europeas tuvieron que intervenir para aplastar la ―rebelión‖, mediante la diplomacia y medidas comerciales llevadas a cabo bajo la presencia amenazante de los buques de guerra europeos en las costas chinas. Esos intentos de la Iglesia Católica de gobernar y luego convertir a China mediante una minoría nativa católica terminó en un fracaso total. Pero primero creó malestar, caos, revolución, conmoción nacional e internacional, con el único deseo de imponerse a sí misma como soberana de una gran
  • 63. 63 nación asiática que no estaba dispuesta a aceptar su yugo. d) En Japón. Así como en China y en Siam, la política básica de Roma fue enviar mercaderes y sacerdotes católicos para que trabajasen juntos extendiendo sus propios intereses y, en especial, para difundir la fe católica. Al principio los japoneses estaban ansiosos de abrir intercambios culturales y comerciales. Cuando los portugueses llegaron a las costas japonesas, los comerciantes extranjeros y los misioneros católicos fueron bien recibidos. Pronto encontraron un poderoso protector en Daimyo Nobunaga, el dictador militar de Japón (1573-82). Aunque Nobunaga estaba ansioso por contrabalancear el poder de cierto movimiento budista de sacerdotes soldados, manifestó una simpatía genuina por la obra de los ―cristianos‖. Los alentó dándoles el derecho de propagar su religión por todo el imperio. Les donó tierras en Kyoto mismo y les prometió incluso un subsidio anual. Miles comenzaron a convertirse gracias a ese apoyo. Se establecieron considerables centros católicos en varias partes de Japón. Si los católicos se hubieran dedicado únicamente a expandir su fe, hubieran tenido sin duda grandes resultados. Pero no bien establecieron una comunidad católica, comenzó a operar el sistema jurídico- diplomático-político de dominación del Vaticano. De acuerdo a las explícitas enseñanzas del dogma católico, los conversos japoneses no podían permanecer sujetos únicamente a las autoridades civiles japonesas. El hecho mismo de convertirse al catolicismo los hacía al mismo tiempo sujetos del papa. Una vez que su lealtad era transferida a un poder extranjero, comenzaba automáticamente la deslealtad potencial de los autóctonos a los gobernantes civiles japoneses. La convicción de que la religión católica es la única verdadera, más la creencia en la obligación del gobierno civil de imponer sus dogmas, se transforma automáticamente en intolerancia religiosa. Esto debía conducir inevitablemente a una lucha civil. En lo exterior, las comunidades católicas iban a favorecer el comercio con los comerciantes católicos europeos, y la penetración política y militar del Oriente de los poderes católicos occidentales. Dondequiera los católicos llegaban a constituir una mayoría en Japón, iniciaban una acción discriminatoria que afectaba a los budistas y a otros credos autóctonos. Los católicos los boicotearon, cerraron sus templos y los destruyeron toda vez que podían, convirtiendo sus templos paganos en iglesias. En muchos casos obligaron a los budistas a hacerse ―cristianos‖. Los que rehusaban perdían sus propiedades y aún la vida. Ante semejante comportamiento, la actitud tolerante de los gobernantes japoneses comenzó a cambiar. Comenzaron a darse cuenta que la Iglesia Católica no era sólo una religión, sino un poder político conectado íntimamente con la expansión imperialística de los países católicos como Portugal, España y las otras naciones occidentales. Al enterarse el papado de los éxitos logrados por el catolicismo en Japón, puso en marcha su plan de dominio político. Para ello recurrió, como siempre, a la acción conjunta del poder militar de los países católicos y de la administración eclesiástica de la Iglesia. Todos estaban ansiosos de poder llevar la cruz, la soberanía del papa, tratados comerciales provechosos y la conquista militar de una sola vez. León X, así como numerosos papas antes y después de él, bendijeron, alentaron y legalizaron todas las conquistas y ocupaciones territoriales de los católicos españoles y portugueses en el Lejano Este. Alejandro VI otorgó a España toda ―tierra firme y las islas que encontrase hacia India, o hacia cualquiera otra parte‖, incluyendo Japón en su bendición papal para toda incursión imperialista portuguesa y española. De esta manera, el Vaticano envió en 1579 a uno de los jesuitas más hábiles de su tiempo, Valignani. Su misión iba a ser organizar la Iglesia japonesa como un instrumento político. Por supuesto, mientras planeaba en esa dirección, ostentaba permanecer en una actividad puramente religiosa y recibía el apoyo entusiástico de numerosos príncipes poderosos japoneses, tales como Omura, Arima, Bungo, y otros. Pudo levantar con su ayuda colegios, hospitales, seminarios donde los japoneses aprendían teología, literatura política y ciencia. Una vez que se sintió fuerte en todas esas estructuras sociales de las provincias donde pudo establecer sus instituciones, Valignani dio su siguiente paso y los convenció de enviar una misión diplomática oficial al papa. Cuando la misión regresó a Japón en 1590 el cuadro había cambiado completamente. El nuevo amo de Jaón, Hedeyoshi, había captado las implicaciones políticas del catolicismo y su compromiso para con potentados occidentales distantes como el papa. Por consiguiente, decidió unirse al budismo que no tenía compromisos políticos con ningún príncipe fuera de Japón. En 1587 Hideyoshi había visitado Kyushu y, para su asombro, descubrió que la comunidad católica había llevado a cabo una persecución religiosa de lo más atroz. Por doquiera pudo ver los templos budistas en ruinas, y sus ídolos quebrados, en el intento por
  • 64. 64 transformar toda la isla de Kyushu en un centro católico. Hideyoshi condenó los ataques a los budistas, la intolerancia religiosa católica, sus políticas de dependencia a un poder extranjero, así como otros delitos menores, y les dio un ultimátum. Veinte días tenían los católicos extranjeros para abandonar Japón. Derrumbó las iglesias y los monasterios en Kyoto y en Osaka en venganza por los ataques a los budistas, y envió tropas a Kyushu. Para ese entonces los católicos habían logrado penetrar bastante en la sociedad, por lo que Hideyoshi no pudo expulsarlos del todo. En 1614 volvió a la carga con la orden para los sacerdotes extranjeros de irse. Tuvo la ventaja de que los misioneros católicos—jesuitas y franciscanos—habían comenzado a pelearse entre ellos dividiendo las comunidades católicas. Siendo que se habían transformado en verdaderos feudos, se volvieron peligrosos y el gobernante japonés temió una guerra civil. Previó también que tal guerra civil podía provocar una intervención militar portuguesa y española para proteger ya sea a los jesuitas como a los franciscanos, y terminar en la pérdida de la independencia nipona. Los franciscanos enviaron apoyo de la ya subyugada Filipina en 1593, quienes no hicieron caso de las órdenes de Hideyoshi y continuaron edificando iglesias y conventos en Kyoto y Osaka, desafiando abiertamente la autoridad del Estado. Querellas violentas con los portugueses jesuitas se incrementaron. Pero lo que más llevó al gobernante japonés a tomar sus medidas más enérgicas, fue un incidente pequeño pero muy significativo. Un galeón español naufragó en la costa de Tosa. Hideyoshi ordenó la confiscación del barco y de sus bienes. El furioso capitán español intentó intimidar entonces a los oficiales japoneses, alardeando cómo España había adquirido un gran imperio mundial. Para probarlo les mostró un mapa de todos los grandes dominios españoles. Cuando los asombrados oficiales japoneses le preguntaron cómo una nación había podido subyugar tantas tierras, el capitán se mofó de ellos diciéndoles que los japoneses nunca iban a poder hacer lo mismo que España porque no tenían misioneros católicos. Todos los dominios españoles—les dijo— habían sido adquiridos al enviar primero misioneros para convertir a la gente, y entonces las tropas españolas coordinaban la conquista final. La sospecha de Hideyoshi de que los imperios extranjeros usaban a los misioneros católicos como punta de lanza para conquistar las tierras, lo llevó a erradicar a todos los franciscanos y dominicos. Rodeó a 26 sacerdotes en Nagasaki y los ejecutó, ordenando la expulsión de todo predicador ―cristiano. Hideyoshi murió en 1598, lo que permitió a los católicos reasumir su labor con mayor vigor. Pero en 1616 subió Leyasu como gobernante de Japón y reforzó más resueltamente el edicto de expulsión de su predecesor. No solamente dio la orden de expulsión a los sacerdotes católicos, sino que también determinó la pena de muerte a todos los ―cristianos‖ japoneses que fuesen ―cristianos‖ y no renunciasen al ―cristianismo‖. En 1624 la persecución se volvió más violenta bajo Jemitsu (1623-51), con la orden de deportación inmediata de todos los comerciantes y misioneros españoles. Se prohibió a los mercaderes japoneses comerciar con los poderes católicos. Nuevos edictos en 1633-4 y en 1637 prohibían toda religión extranjera en las islas japonesas. Los católicos japoneses se organizaron para ofrecer una resistencia violenta. Eso se dio en el invierno de 1637 en Shimbara y en la isla cercana de Amakusa, que habían llegado a ser enteramente católicas. Los sacerdotes occidentales dirigieron la ofensiva armada de las comunidades católicas contra el gobierno. Los jesuitas pusieron en marcha un ejército de 30.000 japoneses con estandartes que llevaban los nombres de Jesús, María, y San Ignacio ondeando delante de ellos. Libraron sangrientas batallas a lo largo del promontorio de Shimbara, cerca del golfo de Nagasaki. Luego de asesinar al gobernador leal de Shimbara, el ejército católico se parapetó detrás de bien construidas fortalezas que lograron resistir a las embestidas de los barcos japoneses. Pero entonces, el gobierno japonés pidió a un protestante danés que le prestara barcos anchos lo suficiente como para llevar cañones pesados para bombardear la fortaleza católica. El danés consintió y la fortaleza católica fue destruida y masacrados todos los que se habían refugiado allí. Esa rebelión católica produjo el Edicto de Exclusión de 1639 con la siguiente declaración: ―Que nadie en el futuro, tanto tiempo como el sol ilumina el mundo, presuma embarcarse para Japón, ni aún como embajadores, y esta declaración no será revocada jamás, so pena de muerte‖. Ese edicto incluía a todos los occidentales con excepción del danés por haberlos ayudado a derrotar a los católicos. Pero el danés tuvo restricciones por el simple hecho de estar conectado con el ―cristianismo‖. No se les permitió a los daneses orar en público delante de un japonés, y hasta se les prohibió usar el calendario occidental en sus documentos de negocios, porque se referían a Cristo. ¿Cuál fue el resultado de unir la religión con la política de expansión misionera católica, a pesar de comenzar asegurando que iban a obrar en su carácter puramente espiritual? Que Japón pasó a ser una tierra sellada, ―herméticamente‖ cerrada para el mundo exterior. Esta actitud duró por 250 años hasta que Comodoro Perry, a mitad del S. XIX, abrió las puertas de la Tierra del Sol
  • 65. 65 Saliente a la manera típicamente occidental, mediante las enormes bocas de los pesados cañones navales. Esto dio lugar a la europeización de Japón a partir de 1871, cuando una numerosa delegación de ese país fue enviada a Europa para estudiar el cristianismo y ver si esa religión era más efectiva en asegurar la docilidad de las masas que el budismo. El informe fue tan pobre que desistieron del plan. - El Vaticano y la entrada de Japón en la guerra. Las cosas iban a cambiar en Japón para el S. XX, apenas recuperase oficialmente el papa sus dominios en el Vaticano. La mezcla de pequeña soberanía y vasto poder religioso internacional que ya vimos, le daba al papa una posición única. Su apoyo al gobierno fascista de Mussolini y a su campaña de conquista a Etiopía, fue mirado con ojos inteligentes en Japón. El apoyo equivalente del papa al nazismo de Hitler, la posterior anexión de Austria por parte del führer, y el éxito y orden que los gobiernos fascistas europeos parecían lograr, atrajeron la atención de los gobernantes japoneses. Así como los nuevos amos de Europa querían dominar en forma absoluta todo el continente europeo, así también Japón terminó codiciando el Asia, y organizándose para conquistarla. La preparación de Japón para invadir el Asia y su posterior invasión de Manchuria—así como la invasión italiana de Etiopía—trajo la indignación del mundo, menos del papa. Todos los japoneses se entusiasmaban para el Año Nuevo de 1934, con las tremendas perspectivas económicas que tenían por delante mientras sus gobernantes les exponían con grandes planos los planes de conquista, entre los cuales estaba incluido el naufragio de la flota naval americana. Y a pesar de eso Pacelli, para entonces Secretario de Estado del Vaticano, instó al papa en 1934 a aliarse no sólo con Mussolini y Hitler, sino con Japón también. Pío XI envió entonces un Vicario Apostólico ―para negociar con el gobierno de Manchukuo asuntos religiosos‖. Vemos allí la misma hipocresía de siempre, ya que la negociación tenía que ver también con aspectos políticos, económicos y militares. En efecto, los representantes del Vaticano trabajaron tan amigablemente con el ejército y el gobierno japonés que un escritor católico francés escribió que ―ningún príncipe ni misión japonesa pasa ahora por Roma sin dar tributo al Soberano Pontífice‖. Los comerciantes franceses se beneficiarían de los arreglos que estaban en marcha para formalizar intercambio de embajadores entre el Vaticano y Japón. Siendo que esas conversaciones se llevaban a cabo en secreto, las sospechas de la prensa mundial producían indignación en los medios católicos que consideraban que el mundo estaba calumniando a la Santa Sede. El día llegó, sin embargo, y fue el 5 de mayo de 1935, en que el Osservatore Romano anunció gozosamente que el papa estaba enviando un representante a Tokio y que Mikado enviaba un embajador a la corte papal. Los católicos se regocijaban con la intención japonesa de atacar a Rusia—el bolchevismo diabólico y ateo—y decían que si tales amenazas se concretaban, iban a ponerse del lado de Japón. Para junio del mismo año, los japoneses se apropiaban de una vasta región de China. Cuando ya concluía 1936, lograban establecer un gobierno títere que gobernase sobre cinco provincias además de Manchuria. Mientras que los japoneses llevaban a cabo esa guerra nombrándola como tal sin ambages, y de la manera más brutal al igual que el fascismo, falangismo y nazismo europeos, en occidente se la interpretaba no como una guerra, sino como un ―incidente‖ (nadie quería perder las perspectivas de comercio con el Asia), para la ―prosperidad cooperativa‖ de China, Japón, Europa y América, una simple medida política, etc. El Eje (Alemania, Italia y Japón), en contraposición con Los Aliados (EE.UU. e Inglaterra), tenían como propósito invadir Rusia, el sueño más acariciado por el papa Pío XII, según ya vimos. Después que Hitler renunció al plan original de invadir Inglaterra mediante bombardeos aéreos antes de atacar a Rusia, tanto Japón como Alemania decidieron iniciar la cruzada contra Rusia. Esos planes se prepararon bien temprano en 1941. Matsuoka fue enviado entonces a Europa para entrevistarse con Hitler y Mussolini. El Osservatore publicó el 31 de marzo con orgullo cómo visitó también al papa Pío XII. En el cierre de la entrevista el papa obsequió a Matsuoka una medalla de oro, y Matsuoka declaró a la prensa italiana que sus conversaciones con el papa fueron para él ―el momento más precioso de mi vida‖. Días después se iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Pocos meses después, en ese mismo año, la flota aérea nipona hundía la flota naval americana en Peal Harbor. Japón atacaría a Rusia más tarde por el oriente, mientras que Hitler lo haría por occidente. ¡Qué perspectivas misioneras para el papado que le presentaba la ―providencia‖! Su sueño tan querido de invadir Rusia para terminar con el ateísmo y unir la religión ortodoxa con la católica no parecían tan descabellados ya. La católica Europa Central podía confederarse no sólo para acabar de una vez con la peste de las democracias occidentales y del bolchevismo ateo, sino también para terminar reconociendo la supremacía del papado en toda Europa y, eventualmente, en el mundo entero. [Hitler para entonces soñaba también con invadir México que se había
  • 66. 66 volcado hacia la izquierda para consternación del papa, y desde allí invadir los EE.UU.] 4. Método católico para reconvertir Europa y el resto del mundo. Siendo que Europa se había secularizado y la Iglesia romana había perdido su supremacía, el papado debía reemprender ahora con paciencia su reconquista de Europa y del mundo durante el S. XX. Esto lo haría poco a poco, a medida que la ―providencia‖ le permitiese imponerse mediante el ejercicio pleno de la autoridad política de sus gobernantes clero-fascistas. Aunque lograría de esa manera detener el avance del comunismo en Europa, sus sueños ―providenciales‖ no se iban a cumplir como quería. Perdería su hegemonía sobre todos los países católicos del Este que caerían bajo los gobiernos totalitarios comunistas, y no podría ejercer un control absoluto sobre el resto de Europa. a) En Ucrania. Ya vimos cómo los católicos intentaron imponerse en forma absoluta en Croacia, bajo un típico liderazgo fascista bajos los ustashis. Por su vínculo con la raza eslava que es mayoritaria en casi todos los países europeos orientales, el papado esperaba conseguir misioneros para poder evangelizar el mundo ortodoxo, aprovechando las oportunidades que se le abrían con la campaña militar nazi a Rusia. Ya había intentado hacerlo a través de la católica Polonia en 1926, logrando que un dictador católico fascista, Pilsudski, hiciese expediciones militares a Ucrania para castigar a los así llamados ―ucranianos rebeldes‖, especialmente en los lugares que Pilsudski anexaba a Polonia. Entre el polaco y el ucraniano hay una distancia idiomática equivalente a la que existe entre el castellano y el portugués. Por quince años, los sacerdotes católicos acompañaban a los soldados polacos que incursionaban en Ucrania. Las iglesias ortodoxas eran quemadas y ―miles y miles‖ eran ejecutados. Si hay un país que vivió casi toda su historia sometido, fue Ucrania. Por siglos estuvieron bajo los polacos, los mongoles y los rusos. El régimen comunista ruso los afectó enormemente a comienzos del S. XX, tanto que murieron unos seis millones de campesinos en las famosas purgas soviéticas. Por tal razón, los ucranianos sintieron que con la invasión nazi podía comenzar una nueva era de libertad. Pero a poco de llegar los alemanes, captaron que con esos nuevos invasores no iban a lograr la libertad que anhelaban y que, por el contrario, los nazis eran tanto o más crueles que los comunistas. Stalin captó el desengaño de la población ucraniana bajo la ocupación alemana, y decidió cambiar de táctica acercándose a los ortodoxos con promesas de apoyo. Los ortodoxos, por otro lado, captaban también que todo era cuestión de política, pero la perspectiva de un reavivamiento de la fe ortodoxa con el apoyo de Moscú no era para desaprovechar. En ese contexto, Hitler se dio cuenta que iba a remar contra corriente innecesariamente, y decidió cambiar de estrategia. Hasta ese momento el führer se había estado oponiendo a la intromisión papal de su campaña, y negándole el pedido de enviar monjes y sacerdotes con sus tropas para evangelizar los países del Este. Si sumaba a los sentimientos nacionalistas ucranianos el apoyo de la población católica y, en especial, el de los católicos de rito oriental pero ligados a Roma, iba a poder atraer con ese apoyo religioso a los mismos ortodoxos y lograr la unión de ambas religiones, la ortodoxa y la católica. La iglesia católica de los Uniates fue concebida por los jesuitas en el S. XVI, y apoyada por la dinastía católica de los Habsburg en Austria, para contrabalancear la influencia rusa ortodoxa. El papado había aceptado entonces que los sacerdotes que practicaban el rito al estilo oriental pero que querían mantenerse ligados a Roma, pudieran incluso casarse. Hasta hoy esa práctica continúa allí, mientras que en occidente el celibato les es impuesto a los sacerdotes católicos. Los Uniates, considerados por algunos católicos como ―híbridos‖, operaron como una entidad eclesiástica algo más libre que la de los ortodoxos que dependían del patriarcado de Moscú, y que de los católicos que dependían del papado Romano. Estaban en un punto intermedio y eran más propensos al nacionalismo, ya que habían sufrido en forma especial bajo las dominaciones extranjeras más recientes. Aunque no eran mayoría, constituían un grupo no desconsiderable de cinco millones de adherentes. Pronto los Uniates se enteraron que los alemanes los iban a apoyar en su nacionalismo ucraniano, y recibían al mismo tiempo el respaldo del Vaticano para entrar en conversaciones con los ortodoxos y explorar la posibilidad de unir ambas iglesias, la católica y la ortodoxa, dentro de la línea intermedia Uniate. La perspectiva era alentadora también para los ortodoxos ucranianos y podía terminar también facilitando un arreglo semejante para que los ortodoxos de toda Rusia, perseguidos implacablemente hasta entonces por el gobierno comunista, terminasen acoplándose al sistema, bajo la orientación y sumisión papales. Cuando los comunistas rusos vieron cómo se movían las fichas del lado alemán y papal, se dieron cuenta que la única alternativa que les quedaba era dividir a los ortodoxos para que no se unieran al movimiento nacionalista Uniate. Con tal fin lograron infiltrar espías rusos dentro de las iglesias ortodoxas que evitaron tal
  • 67. 67 unión. Muchos ortodoxos no querían saber nada, por otro lado, de someterse al papa de Roma. La herencia ortodoxa rusa no proviene de Pedro, según pretende el Vaticano para el papado, sino de Andrés. Esa división ortodoxa ucraniana promovida por los rusos hace más de medio siglo atrás, continúa hasta el día de hoy. A pesar de los intentos rusos por dividir también a los Uniates, un ejército nacionalista logró finalmente formarse con el apoyo nazi, que tendría por misión no sólo lograr la independencia ucraniana, sino también llevar capellanes en sus filas para catolizar todo el mundo ortodoxo, incluyendo Rusia. Para 1942, el Vaticano estaba trabajando con los Uniates con este fin, y se enviaron jesuitas disfrazados a la Unión Soviética con el propósito de recoger informes de inteligencia favorables a la unión de las dos iglesias más tradicionales de Europa. Unos 300 ―apóstoles‖ voluntarios se enrolaron con esa misión, de los cuales sólo un puñado logró volver con vida. Rusia había logrado introducir espías dobles dentro de los Uniates que los orientaban en esa campaña, pero que pasaban la información al Kremlin. Aunque esa campaña nacionalista pro-católica fue brutal en su accionar, contó con el apoyo del Vaticano. Los sueños evangelizadores de corte militar, sin embargo, terminarían para el papa en 1944, cuando el ejército católico fue destruido por los rusos en la Batalla de Brody. Los intentos posteriores de reunirse para conformar un comité de Liberación de los pueblos de Rusia fracasarían igualmente. Medio siglo debía transcurrir hasta que los sueños papales, con Juan Pablo II especialmente, comenzaran a florecer otra vez. Los dos pulmones de Europa, según el papa polaco Wojtyla, son la Iglesia Ortodoxa rusa y la Iglesia Católica romana. Pero todo el antecedente dejado por el Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial, más los claros intentos papales de lograr por vías diplomáticas lo que no pudo hacer Pío XII mediante los ejércitos nazis y nacionalistas, han endurecido el corazón del patriarcado de Moscú que no confía en las intenciones papales. Los esfuerzos diplomáticos religioso-políticos de la Santa Sede, sin embargo, no han muerto. En la actualidad (2004), se están llevando a cabo conversaciones positivas entre los ortodoxos rusos y los representantes papales para unir a Ucrania usando como modelo el estilo intermedio de adoración tradicional de los Uniates. El Vaticano está logrando convencer no solamente a los evangélicos y protestantes, sino también a los mismos ortodoxos rusos, que deben unirse para que los gobiernos secularizados de Europa no se salgan con la suya en la redacción de la Constitución Europea. Ha logrado convencer a los cristianos europeos de las iglesias más tradicionales que Europa no tiene derecho a ignorarlas, y que es un atrevimiento por parte de las autoridades seculares pasar por alto el rico patrimonio histórico que legó el cristianismo al continente. El papado está convenciendo al otro pulmón que es la ortodoxia rusa, que si no se logra frenar el secularismo en este momento fundacional de la nueva Europa, no se lo logrará jamás. De allí es que en mayo del 2004 esperan reunirse todas estas iglesias para insistir en la imperiosa necesidad de que Europa no renuncie a su alma. Esta es una clara iniciativa por recobrar otra vez el poder, ya que en la teología católica, la autoridad religiosa es el alma que está por encima de la autoridad civil que es el cuerpo. Y esto es más significativo si tenemos en cuenta que es en torno a esa época que todos los países católicos del Este ya liberados del comunismo ateo van a ingresar oficialmente a la Comunidad Europea. Todo esto es crucial para el voto definitivo que, en principio, deberá tomarse para la misma ocasión sobre esa Constitución Europea, y en la que el Vaticano tiene tantos intereses puestos. b) Intentos de confederar los países católicos anticomunistas. Después que terminó la Primera Guerra Mundial, el Vaticano intentó restaurar la monarquía austríaca y fortalecer su presencia en el centro de Europa. Favoreció también un movimiento que se gestó para entonces (en los años 20 y 30), conocido primeramente como los Blancos, para contrastarlo con los Rojos comunistas, y luego como Intermarium. Ese movimiento se proponía constituir un ―cordón sanitario‖ contra el comunismo, equivalente al ―cordón sanitario‖ de los S. XVI al XVIII que España había levantado mediante la Inquisición contra la inmigración protestante y judía en Latinoamérica. El propósito era ahora conformar una Confederación Pan- Danubia católica y anticomunista que abarcase 16 naciones en el centro de Europa, ―inter‖, es decir, entre el Báltico, los mares Negro, Egeo, Jónico y Adriático. Esa organización recibió el apoyo del Vaticano, y pretendía una Europa libre de los alemanes protestantes y rusos comunistas. La restitución de la monarquía de los Habsburg no fue posible y, en su lugar, el papado fue dando su bendición a todos los gobiernos fascistas que se fueron levantando en todos los países católicos, que él mismo inspirara a través de sus encíclicas. Aunque la organización Intermarium se volvió impráctica por las rivalidades étnicas de quienes la conformaban al principio, para cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en 1939, sus líderes terminaron apoyando el nazismo de Hitler y, en general, como lo hizo el papado, a todos los gobiernos fascistas (UT, 63). Esos líderes de
  • 68. 68 Intermarium fueron la fuente informante de Hitler, su mayor instrumento de inteligencia. Toda Europa, exceptuando Inglaterra, terminó transformándose en un conjunto de estados fascistas o dominados por ellos una vez que Hitler se apoderó de toda la región central del continente. Las posibilidades para que el papado pudiese recuperar el reconocimiento y hegemonía política en Europa, nunca se habían visto tan grandiosas desde que esos dominios le habían sido quitados siglo y medio atrás por los revolucionarios franceses. Pero todo ese sistema fascista pasó a depender demasiado del nazismo alemán, de tal manera que la mayor parte de los países europeos que lo adoptaron como forma de gobierno sucumbieron una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué debía hacer ahora el Vaticano? ¿Debía comenzar de nuevo para reconquistar Europa? ¿Qué sistemas de gobiernos podría ahora inspirar para recuperar otra vez su hegemonía en tantos países católicos que de golpe quedaban a la deriva? ¿No podía tambalear también su autoridad política, por haberse vinculado tan estrechamente a los gobiernos dictatoriales fascistas de la guerra? ¿Cómo podría hacer frente a la amenaza comunista con países y gobiernos divididos y debilitados después de tantos genocidios sangrientos? ¿Qué podría hacer para evitar que los EE.UU., el país de la libertad religiosa y fortaleza de la democracia protestante, terminase dominando sobre todos los países católicos del centro de Europa? Así como el papado había inspirado los gobiernos fascistas antes y durante la Segunda Guerra Mundial, para evitar el triunfo de la democracia occidental y del comunismo oriental; así también iba a verse al papado, ya antes de terminar la Segunda Guerra Mundial—una vez que captó que Hitler iba a fracasar—intentando formar otra vez una confederación de estados católicos en Europa Central. Su propósito era el mismo. Quería contrabalancear el dominio comunista soviético oriental y el protestantismo norteamericano occidental. Así como había reemplazado el sistema monárquico que había favorecido durante toda la Edad Media, por el fascismo de la primera mitad del S. XX; ahora recurría otra vez al sistema monárquico tratando de resucitar la dinastía austríaca de los Habsburg para que se impusiese sobre todo el centro de Europa, esto es, sobre todos los países con población mayoritariamente católica (UT, 17). Lo mismo esperaba poder hacer con los poderes orientales de Europa y, para ello, intentó juntar los deshechos del nazismo que recurrían hacia Roma en busca de refugio en el mismo Vaticano. ¿Cómo podía el Vaticano lograr la unión de Europa después de la guerra, bajo la bandera de la Iglesia? Un recurso era la resurrección de la organización Intermarium, con todos sus sobrevivientes nazis, ustashis y fascistas. Contaba ahora, además, con el General De Gaulle en Francia, y Adenauer en Alemania, ambos católicos devotos y, por lo tanto, dispuestos a colaborar con el Vaticano en la reconstrucción de Europa. Pero los franceses no tenían dinero para poder reavivar Intermarium. Se enteraron, sin embargo, que Ferenc Vajta, ex cónsul general de Hungría en Viena, había logrado evacuar la industria húngara junto con la mayoría de la clase dirigente, antes que llegasen los rusos. Recurrieron, pues, a él para obtener su apoyo al plan de reavivar Intermarium. Vajta compartió con ellos ese dinero robado a los húngaros, para fortalecer el proyecto de integración de los pueblos católicos contra el comunismo (UT, 52). Ya apenas había terminada la guerra, De Gaulle había iniciado una campaña decidida para ―ganar la simpatía de los pueblos de Europa Oriental. Quería contrabalancear los planes británicos que también estaban interesados en liderar la reconstrucción de Europa. El general francés creía que debían prepararse para una nueva guerra contra Stalin si Francia iba a recuperar su papel legítimo en esa región. Necesitaba, para ello, el concurso del Vaticano, ya que los franceses habían quedado muy debilitados. La Confederación Europea que se proponía crear con la ayuda del papa, debía juntar a los católicos de España, Francia, Italia, Austria, Alemania, Polonia, Hungría, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia y los estados Bálticos, entre otros. ¿En qué podía contribuir el papado al sueño del general francés? En bendecir un tratado secreto que firmaría Francia con España e Italia, estableciendo así un poderoso ―triángulo‖ al que se sumarían los estados católicos de Sudamérica. Necesitaba también el apoyo del Vaticano para separar la Bavaria, Würtemberg y Baden-Baden de la mayoría protestante en Alemania, y crear así un estado federal católico alemán. Por último, una Confederación Pan-Danubia Católica permitiría la unión de Polonia y los estados Bálticos, así como la separación de los católicos eslavos de sus compatriotas ortodoxos y protestantes. Con semejante unión caerían más fácilmente Yugoeslavia, Checoeslovaquia y grandes regiones de la Unión Soviética. Así podría eliminarse más fácilmente la amenaza del bolchevismo comunista. Los planes de De Gaulle pronto se vieron confrontados con los planes de Inglaterra, que en varios respectos eran similares. Por ejemplo, tanto los ingleses como los franceses querían tener a los EE.UU. fuera de estos planes clandestinos. Por eso adoptaron un slogan: ―Europa para los europeos, sin los rusos y los norteamericanos. Hagamos pelear a los
  • 69. 69 norteamericanos con los rusos, y explotemos la victoria‖. La diferencia principal entre Francia e Inglaterra era, sin embargo, que Londres quería un dominio completo de las operaciones. Pero, ¿había necesidad de excluir totalmente a los EE.UU. del plan? ¡No, por supuesto que no! Los EE.UU. podían contribuir con la bomba atómica y la bomba de hidrógeno. La coordinación para el ataque a Rusia junto con las fuerzas militares del resto de Europa, según veremos luego, se daría en el Vaticano mismo. La Santa Sede era el mejor centro para camuflar toda acción clandestina de esa naturaleza. ¿Cuál sería el método para recuperar los países de mayoría católica que habían caído bajo el régimen comunista después de la guerra? ¿De dónde obtendrían los recursos y con qué gente podrían contar para esa guerra que no debía detenerse contra el comunismo bolchevique? Había que tratar de recuperar todos los criminales de guerra posibles, sin importar cuán homicidas los revelaban sus legajos y, en consecuencia, cuán requeridos eran por la justicia internacional. Después de todo, ¿quiénes otros podrían revelar un cometido tan leal e indiscutible para destruir el comunismo? Mediante ellos esperaban ―construir centros militares y terroristas‖ para desestabilizar los gobiernos comunistas del Este. El costo de la empresa podría ser pagado, en parte, por el oro que los fugitivos nazis y ustashis habían logrado llevarse consigo al escapar del ejército comunista. ¿Qué papel jugaría el Vaticano en todo esto, además de ejercer su influencia en unir los países católicos para hacer frente al comunismo? El Vaticano, en realidad, no era una agencia pasiva en todos estos planes, sino que formaba parte de todas las iniciativas y llevaba la delantera en todas ellas. El Vaticano, por su condición geográfica extraterritorial, era el lugar ideal para convertirse en nido de todo ese movimiento clandestino (véase Apoc 18:2-3). Allí se establecería el centro de operaciones de Intermarium, con todos los deshechos del nazismo y del fascismo que quedasen vivos. También se transformaría el Vaticano en el centro de toda operación diplomática, ya que por su influencia ante tantos países católicos, podía aglutinar todos los esfuerzos más fácilmente. La protección clandestina de todos los criminales de guerra en el Vaticano debía darse, según las directivas del Vaticano, bajo la condición de que todos los criminales ―refugiados‖ fuesen probadamente católicos y anticomunistas. Los jesuitas serían, además—como en las conquistas comerciales, políticas y militares de los españoles, portugueses y franceses durante la Edad Media en el Asia y Latinoamérica—los agentes del Vaticano claves en el ―programa de penetración‖ dentro de las áreas ocupadas por el comunismo. Mientras que los criminales fascistas procurarían destruir los gobiernos comunistas, los jesuitas tendrían la misión de reconstruir esos estados en una unión indivisa con la Iglesia de Roma. ¿De dónde obtendrían los recursos económicos? Del contrabando del oro robado primeramente a las víctimas mayormente judías del nazismo, y del lavado de dinero a través del banco del Vaticano y su transferencia a los bancos secretos suizos. La magnitud de todo lo que implicó el plan de Intermarium, así como su implementación por el Vaticano, merecería una consideración más abarcante que escaparía del propósito de este trabajo. Concluyamos aquí, sin embargo, con la mención del fracaso de semejante complot post-guerra debido al éxito soviético en introducir espías dobles que lograron infiltrarse aún en el mismo Vaticano. Hasta algunos sacerdotes, endurecidos por la guerra, perdieron la fe y se volcaron a favor del comunismo, pasando a ser agentes secretos de Rusia. Por su parte, otros líderes que enfervorizaban y organizaban a los criminales de guerra, con el consenso hipócrita de Francia, Inglaterra y el Vaticano, eran igualmente espías de los rusos y les pasaban toda la planificación. De esta manera, tanto Tito en Yugoeslavia, como otros gobernantes comunistas en los otros países católicos del Este, podían arrestarlos apenas entraban en sus territorios, a menudo en cuestión de horas, y acabar fácilmente con ellos. [La misma táctica la ha seguido Fidel Castro quien tiene espías metidos en el mismo corazón del anticastrismo cubano en los EE.UU]. Toda esta historia, por supuesto, es triste desde antes, luego y después de la guerra. Acostumbrados a ver el mundo comunista como el malo de la película, pasamos por alto a menudo que igualmente malos fueron los gestores de la contraofensiva nazi y fascista aún después de la guerra. ¿Qué hubiera pasado, si los intentos papales de unificar Europa bajo el primado de Pedro hubiesen triunfado bajo los regímenes clero- fascistas que se multiplicaban por doquiera? Indudablemente habría llegado pronto el fin, con el regreso de la intolerancia religiosa medieval que no pudo, gracias a Dios, ser impuesta entonces en forma universal. Pero ese día final ya se acerca, porque la mayoría de esos estados católicos que el papado intentó unir entonces para reconstruir una nueva Europa, están pasando al comenzar el S. XXI, a formar parte de la Unión Europea gracias a la caída del comunismo. Ahora puede el papado volver a soñar y con ojos más abiertos, en la recuperación de la primacía de Pedro en el viejo continente europeo. Se deleita en informar, a
  • 70. 70 través de Zenit, el órgano informativo por internet del Vaticano, que el porcentaje de católicos es inmensamente mayoritario en la mayoría de todos esos países del centro de Europa. En marzo del 2004 informó, incluso, que el catolicismo en Europa constituye el 80 % de la población. No aclara cómo obtuvo esa estadística, ya que sólo el 10% en el Oeste asiste a la Iglesia, debido al secularismo tan generalizado en esos países. Es probable que haya hecho un balance general de países denominados protestantes y países denominados católicos. Lo que cuenta para Roma es el número, ya que en regímenes democráticos, la representatividad numérica es sinónimo de poder. Algo equivalente se da con el Concilio Mundial de Iglesias que agrupa a más de 342 iglesias. Se trata de regímenes religiosos que buscan un poderío humano como lo busca siempre todo aquel que procura justificarse por sus obras. A diferencia del papado, el verdadero pueblo de Dios procura reunir un ―remanente‖ de toda la cristiandad y de todos los pueblos de la tierra. Su poder se basa en las promesas divinas, no en la fuerza humana. Esto es lo que buscan todos los que ponen su confianza en Dios (Juec 7:2; 1 Crón 21:1-8; Zac 4:6; Rom 9:27; 1 Cor 1:25-29; 2 Cor 12:9; Apoc 12:17). A esa fe, que se basa en la voluntad divina y cree en lo que Dios puede hacer a través de la debilidad humana, Dios la imputa como justicia (Rom 4:18-25; véase 3:24-28). - No exclusión, sino inclusión de las demás religiones. Los intentos papales que contaron con el aval de los presidentes católicos europeos para organizar una confederación de pueblos católicos mayoritarios mediante los cuales pudiese restablecer su poder y gobernar sobre el mundo, iban a fracasar porque pretendían excluir a los protestantes y a los ortodoxos y a las demás religiones del mundo con las cuales debía constituir, según la profecía, la Babilonia (―confusión‖) final de los últimos días. La anticipación profética de la Biblia decía que todos los poderes políticos y religiosos, en el fin, lograrían confederarse para hacerle guerra al Dios del cielo mediante la anulación de su ley (Apoc 16:13-16; 17:13-14). Esa anulación no tendría que ver, por supuesto, con la anulación de todos los mandamientos divinos. Pero por pasar por encima de uno o dos de esos mandamientos, presumiendo que con el resto iba a ser suficiente para recibir la bendición divina, se harían reos ante el universo entero de violarlos a todos. ―Porque el que guarda toda la Ley, y ofende en un solo punto, es culpable de todos‖ (Sant 2:10-11). Antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, vemos al papado tratando de lograr la supremacía del mundo en materia política y religiosa, pasando por encima del protestantismo norteamericano y, en gran medida también, inglés y alemán. No sabía que, proféticamente, sin el apoyo protestante aún del gobierno norteamericano, no podría lograr jamás la primacía que tanto anhelaba recuperar sobre el mundo. Por consiguiente, no debía esperarse el fin con la exclusión de los EE.UU., sino más bien con su inclusión y apoyo (Apoc 13:11-18). Aunque le iba a llevar tiempo para captar y aceptar esa realidad, su política debía volverse inclusiva, no del todo exclusiva. También vemos el intento del papado en la primera mitad del S. XX de suplantar la religión Ortodoxa por la Católica. Pero, así como los Protestantes debían ser integrados, no repelidos; también los ortodoxos debían ser asociados, no suprimidos ni aniquilados. De allí la política actual del papa Juan Pablo II de considerar al mundo ortodoxo como el otro pulmón de Europa. E. de White, la profetiza del ―remanente‖, escribió antes de la primera y segunda guerra mundiales lo siguiente. ―Aunque ya se levanta nación contra nación y reino contra reino, no hay todavía conflagración general. Todavía los cuatro vientos son retenidos hasta que los siervos de Dios sean sellados en sus frentes. Entonces las potencias ordenarán sus fuerzas para la última gran batalla‖ (CS, 650). La historia del S. XX nos muestra que los intentos por lograr esa ―coflagración general‖ de las naciones mediante el papado romano se dieron durante ese siglo, pero fueron infructuosos. Esto parece haberlo entendido el papado en la actualidad, ya que esta vez está llevando a cabo y con éxito, una política de integración política, económica y religiosa sin precedentes. Nosotros, los adventistas, sabíamos también que al final habría ―un lazo universal de unión, una confederación‖ de ―todos los poderes corrompidos que se han apartado de la lealtad a la ley de Jehová‖ (CS, 681-2). - Nido de criminales de guerra. Cuando termina una guerra, muchos esperan que pueda levantarse un espíritu perdonador y que todo comience de nuevo olvidando el pasado. Esto podrá ser adecuado y correcto en un número de casos considerable, con gente que fue engañada por falsas ideologías y diferentes circunstancias. Pero cuando consideramos los criminales de guerra nazis y fascistas, debemos tener en cuenta que se trató de gente genocida culpable de crímenes contra la humanidad, cometidos contra civiles indefensos e inocentes y en una escala jamás conocida antes. Y por si esto fuera poco, quedamos pasmados al descubrir que en su mayoría, tales genocidas no reconocieron culpa alguna ni pidieron perdón hasta el día de su muerte. Antes bien, reivindicaron hasta el final su comportamiento genocida que tenía como propósito, según aducían, salvar el país, la cristiandad, la humanidad.
  • 71. 71 En otras palabras, para los criminales nazis y fascistas católicos, el fin justificaba todo medio, aún el más bajo y brutal, un principio que la Iglesia Católica Romana siempre consideró válido al enfrentarse con elementos opositores. Es el principio que el papado empleó durante todo su período de dominio medieval en sus cruzadas de exterminio de herejes. Los criminales de guerra habían contado con todo el apoyo y respaldo de la Iglesia Católica, una Iglesia que pretende ser infalible. ¿Por qué había de culpárselos a ellos, si al matar en las cámaras de gas o en concentraciones masivas genocidas, habían estado peleando para avanzar el dominio romano sobre todo el mundo? Otro aspecto que llama la atención es que se terminase inventando, para explicar la fuga de tantos miles de criminales de guerra, una supuesta organización llamada Odesa, en relación con la ciudad portuaria de Ucrania que tiene ese nombre. Los fugitivos nazis y fascistas habrían huido a esa ciudad, según la teoría, donde habrían conseguido toda la documentación falsa que necesitaban para poder escapar a Sudamérica y otros países, aprovechando las flotas de barcos internacionales que llegaban hasta ese lugar. Aunque aparece esa teoría en un film supuestamente histórico que se hizo hace unos años atrás, los historiadores concuerdan hoy en que no hay fundamento alguno para creer que tal organización llamada Odesa haya existido alguna vez. El nido no fue Odesa en Ucrania, sino Roma y, más precisamente, el Vaticano y sus conventos. Odesa no sirvió para otra cosa que desviar la atención del verdadero centro de contrabando del oro nazista y ustashi, y de todo fugitivo buscado por la justicia por sus crímenes contra la humanidad. La Santa Sede no quería desperdiciar tanta gente útil para sus sueños expansionistas y anticomunistas. Siendo que la confrontación del mundo religioso con el ateo se estaba dando en todo el mundo, en cualquier lugar en que tales criminales fieles a la Iglesia se encontrasen, iban a ser útiles para ella. Para captar la naturaleza de la operación, convendrá considerar, a continuación, algunos de los más notables genocidas a quienes el Vaticano dio protección, albergue, falsa identificación, y una ruta de escape para Sudamérica en especial, y algunos otros países como Australia, EE.UU., Canadá, Inglaterra y aún Siria (confrontada esta última tradicionalmente con los judíos). 1) Franz Stangl. Fue comandante del campo de exterminio de Treblinka, donde murieron 900.000 judíos. Cuando los vagones atestados de gente deportada (mayormente judíos), llegaban a esa estación, Stangl ordenaba desembarcar a los prisioneros para un descanso de rutina y tomar un baño. A diferencia de Auschwitz, ese campo de concentración no existió para trabajar, sino pura y simplemente para matar gente, ya que las duchas eran de gas. Capturado por el ejército norteamericano, Stangl fue transferido en julio de 1945 a un alto campamento de prisioneros de guerra en Glasenbach, donde permaneció como una figura anónima por dos años. En la navidad de 1947 los norteamericanos lo transfirieron a la prisión austríaca de Linz. En mayo de 1948 logró escapar y emprendió la ruta del sur conocida por todos los genocidas católicos, esto es, hacia Roma. Cuando la organización judía dirigida por Simon Wiesenthal lo recapturó en Brasil, en 1967, confesó que todos los nazis sabían que debían escapar a Roma y que una vez allí, debían dar con el obispo Alois Hudal. Ese obispo les daría albergue, documentos falsos de la Cruz Roja Internacional, y visas así como trabajo a distintos países fuera de Europa. Debían, pues, llegar a Roma para escapar de la red aliada que buscaba a los criminales de guerra. ―Ud. debe ser Franz Stangle‖, le dijo Hudal cuando lo vio. ―Lo estaba esperando‖, agregó. Aunque el obispo Hudal le dio dinero, papeles y trabajo en Siria, Stangl terminó yendo a Brasil. 2) Gustav Wagner. Fue comandante en Sobibor, el otro campo mayor de exterminio en Polonia. Luego de escaparse de la custodia aliada, se topó con su amigo Stangl en Graz, Austria, y ambos se dirigieron a pie hasta Roma. Ambos se fugaron también a Brasil, y ambos alabaron al obispo Hudal por su ayuda. Muchos otros criminales de guerra iban a agradecer también a ese obispo de gran trayectoria nazi, por ayudarlos a escapar de la justicia internacional. Ya hemos considerado la íntima amistad y relación del obispo Hudal con el papa Pío XII, por lo que no volveremos a hacerlo aquí. 3) Alois Brunner. Fue uno de los oficiales principales más brutales en la deportación de los judíos. A través de Roma y del obispo Hudal, escapó a Damasco, Siria, donde todavía vive con el nombre de Dr. Georg Fischer. Continúa sin arrepentirse por los cientos de miles de víctimas que envió a los campamentos de muerte de Stangl y Wagner en Treblinka y Sobibor respectivamente. 4) Adolf Eichmann. El más infame criminal de guerra, ya que fue el jefe arquitecto del Holocausto. Como cabeza del departamento SS para ―Asuntos Judíos‖, debía velar para que la maquinaria de muerte dirigida por Stangl y Wagner trabajase al máximo de su capacidad. A través del obispo Hudal, Eichmann recibió otra identidad como refugiado croata bajo el nombre de Ricardo Klement, y fue enviado a Génova donde permaneció escondido en un monasterio bajo el
  • 72. 72 control caritable del obispo Siri. Cáritas, la organización de ayuda social católica, le pagó todos los gastos de viaje a Argentina. La inteligencia israelí siguió sus trazos hasta Buenos Aires donde logró raptarlo, juzgarlo y ejecutarlo en Jerusalén, en 1962. Tampoco Eichmann se arrepintió, ni pidió perdón por lo que había hecho, ni siquiera antes de morir ahorcado. Su cuerpo fue quemado y transformado en cenizas en una réplica de lo que había mandado hacer con los judíos durante la guerra. 5) Walter Rauff. Tuvo la tarea de supervisar el desarrollo del programa de vanes móbiles conectadas al gas de los motores diesels, para que 100.000 judíos muriesen finalmente asfixiados durante el camino. Una vez que cayó Mussolini fue enviado al norte de Italia, en la región de Génova, Turín y Milán. Allí se le asignó, de nuevo, el exterminio de los judíos. Fue en esa época que el obispo Alois Hudal pudo hacer contacto con este notable asesino de masas. Rauff le ayudó a Hudal a hacer lavado de dinero nazi a través de su amigo Frederico Schwendt, considerado uno de los más grandes estafadores de la historia, por haber falsificado millones de notas de banco durante la guerra. En años posteriores, el Vaticano trataría de negar que su ayuda humanitaria en los campos de prisión hubiera tenido que ver con el deseo de lograr una ruta de escape nazista, ya que pretendería no haber conocido quiénes lo eran y quiénes no. También declararía no estar informado de lo que ciertos obispos hacían en Roma en esa dirección. Pero las pruebas que hoy se poseen son imposibles de negar. Las relaciones que tenían esos obispos con el papado mismo, mas los documentos que se abrieron por ejemplo, del gobierno de Juan Domingo Perón en Argentina, en donde aparecen los nombres de los obispos encargados de ese contrabando de criminales nazis, no pueden ser negados más. Está, además, el testimonio mismo de los fugados que fueron apresados dos o tres décadas después. Y por si fuera poco, se suma el testimonio del obispo Hudal antes de morir, quien nunca se arrepintió por su nazismo declarado. Fue el Vaticano mismo quien asignó al obispo Hudal una obra de ―caridad‖ en los campos de prisioneros nazis en manos de los Aliados. Todos conocían sus antecedentes nazis y su antisemitismo que mantuvo hasta su muerte. ¿Por qué lo eligieron a él para esa ―noble‖ tarea? El Vaticano seleccionó a sacerdotes fascistas de Europa central y oriental que se refugiaron en Roma para lograr el escape de todos los genocidas de la guerra que probasen haber sido católicos. 6) Ante Pavelic y su élite ustashi después de la guerra. No necesitamos volver aquí sobre la historia genocida del poglavnik de Croacia, conocido también como ―el carnicero de los Balcanes‖. Tal vez convenga recordar que fue el más salvaje y cruel de todos los genocidas de entonces, ya que recibía cantidades de pedazos de cuerpos de serbios ortodoxos en prueba de lealtad de sus fieles ustashis. Lo que Hitler fue para Alemania, Mussolini para Italia, Franco para España, lo fue Pavelic para Croacia. No podía el máximo líder aducir después, que todo lo que hizo fue en obediencia debida, salvo su devoción al papado y al fomento de su causa. Pudo escapar junto con prácticamente todo su cuerpo dirigente vía Austria a Roma. Pavelic vivió en Austria en el monasterio de Klagenfurt disfrazado de monje. Cuando se descubrió su paradero huyó a Roma en abril de 1946, acompañado de un teniente ustashi, Dragutin Dosen, ambos disfrazados de sacerdotes. Dosen había pertenecido a la guardia corporal personal de Pavelic, y era un líder del colegio de San Girolamo en Roma, donde se refugiaban gran parte de los criminales de guerra. Pronto, la inteligencia norteamericana descubrió algo que fue confirmado después. Pavelic se refugiaba en Castelgandolfo mismo, la residencia de verano de los papas, y tenía reuniones secretas con monseñor Montini, el Secretario de Estado del Vaticano y futuro papa Pablo VI. Allí se hospedaba junto con el ex primer ministro del gobierno nazi de Rumania. Pavelic recibió en Roma un pasaporte español con el nombre de Don Pedro Gonner, en la perspectiva de escapar a España o a Sudamérica. Pero al captar de cuán cerca se lo seguía, decidió volver a la católica Austria a mediados de 1946. En Enero de 1947, la inteligencia norteamericana detectó que había estado el mes anterior en el Colegio de San Girolamo, y que se desplazaba bajo varios seudónimos. Pudieron detectar también varios de los seudónimos que utilizaba. Los jesuitas eran los que más lo ayudaban para entonces. Bajo el nombre de Padre Gómez, supuestamente ―un ministro español de religión‖, Pavelic esperaba poder partir para Sudamérica. Para mediados de julio, los norteamericanos descubrieron que Pavelic estaba viviendo ―dentro de la ciudad del Vaticano. En Agosto supieron que se camuflaba bajo el nombre de Giuseppe, un ex general húngaro, con barba y pelo corto. Vivía en una propiedad de la Iglesia bajo protección del Vaticano. Pero podía salir con un auto que llevaba una placa o patente del cuerpo diplomático del Vaticano, para evitar ser arrestado. Finalmente, la noticia se filtró a los medios de prensa italianos, y no se supo más de su paradero.
  • 73. 73 Pavelic escapó a Argentina el 13 de septiembre de 1947, con un documento falso que le otorgó Draganovic, un sacerdote croata, con el nombre de Pablo Aranyos. Viajó a Argentina con otro sacerdote, padre Josip Bujanovic, otro criminal de guerra buscado por haber participado en la masacre de los campesinos ortodoxos de Gospic, y que vive aún pacíficamente en Australia. Casi todo su gobierno encontró refugio en Argentina, en donde formaron una élite ustashi que recomenzó una nueva campaña de terror y que alcanzó finalmente a los EE.UU. en los años 70 y 80 con secuestros, bombas y asesinatos. No se conocen casos de arrepentimiento entre los ustashis. El hecho de recibir amparo, protección y asistencia espiritual de la jerarquía católica, les hizo sentir siempre que habían luchado y continuaban luchando por una causa justa a favor de la Iglesia de Roma. En Buenos Aires los ustashis formaron en 1956 el Movimiento de Liberación Croata (HOP), con un gobierno efectivo en el exilio que fue reconocido como legítimo por varios gobiernos, incluyendo el de Taiwan y Paraguay. Ese tal gobierno ustashi contó con un ejército terrorista (HVO) que asesinó al cónsul uruguayo en Paraguay. Esa organización logró establecerse también en Chicago, desde donde subvencionaron el terrorismo por el mundo entero. Aún contra Lumumba en el Congo pelearon mercenarios croatas. Igualmente fueron reclutados en 1966 por el padre Draganovic para una intervención en República Dominicana. El dictador Juan Domingo Perón empleó a Pavelic como su ―consejero de seguridad‖. Su gobierno reclutó tropas ustashis con una función intimidatoria antes de ser derrocado por los militares. Lo mismo hizo el general Stroessner, dictador fascista del Paraguay, cuyo apoyo a los ustashis se extendió hasta bien avanzada la década de los 80. Desde Argentina esperaban reavivar el aparato terrorista ustashi en la esperanza de que el comunismo terminaría cayendo en Yugoeslavia. Para lograr la fuga de todo el cuerpo gubernamental de Pavelic, la inteligencia norteamericana pudo saber que un tal Daniel Crljen fue enviado a Argentina con la asistencia diplomática del Vaticano, para ultimar los arreglos con el general Perón. Crljen fue uno de los principales ideólogos y propagandistas que ejercieron un papel clave en la masacre genocida sobre los serbios durante la guerra. Hasta hoy, la Iglesia Católica considera a Ante Pavelic como un hijo que peleó a favor de la Iglesia Católica y contra los ortodoxos. Aunque haya errado, revelaba su digno cometido militante peleando aún contra los comunistas. Su extradición a la comunista Yugoeslavia hubiera debilitado, según el argumento del Vaticano, las fuerzas que peleaban contra el ateísmo. Muy por el contrario, hubiera apoyado al comunismo en su campaña contra la Iglesia. En este contexto vemos otra vez al papado más interesado en proteger su prestigio que la verdad, en salvar las apariencias antes que la justicia. Aún así, ese argumento no lo emplea para explicar la razón por la que protegió a los criminales nazis, ya que en Alemania subió Adenahuer, un fiel devoto católico que reemplazó a Hitler, y que le rezaba regularmente a la virgen de Fátima. La extradición de esos criminales nazis para ser juzgados y condenados en Alemania no hubiera podido ser usado por los comunistas como propaganda para su política, como presuntamente pretendía el Vaticano de una extradición ustashi a Yugoeslavia. Pavelic volvió posteriormente de Argentina a Europa, viviendo hasta el día de su muerte bajo la protección del general español Francisco Franco, el único gobierno fascista de la guerra que sobrevivió en Europa. En la actualidad, el Estado Independiente de Croacia logró restablecerse produciendo derramamiento de sangre y agitación política en Yugoeslavia. El presidente de ese estado croata actual está tratando de llevar los restos de Pavelic a Croacia, en donde todos los católicos lo veneran. Del lado serbio-ortodoxo hay una indignación muy grande porque se está juzgando en la corte de La Haya, Holanda, a Milosevic por las masacres que hizo con los croatas, y que no fueron nada en comparación con el genocidio perpetrado por Pavelic. Mientras que a uno lo condenan, al otro lo quieren honrar levantándole estatuas por toda Croacia como héroe nacional. 7) Sacerdotes criminales fascistas. Todo ese nido de contrabando de criminales de guerra ustashis así como del oro robado primeramente a las víctimas, se dio en Roma bajo la administración de sacerdotes también buscados como criminales de guerra. Esos sacerdotes se sintieron orgullosos de su papel hasta el final. Ellos fueron los padres Cecelja y Draganovic, ambos fascistas declarados [Draganovic volvió repentinamente a Yugoeslavia después de la muerte de Pío XII, lo que ha llevado a algunos a especular que fue un espía doble]. El tercer sacerdote implicado fue el padre Dragutin Kamber, un asesino sangriento de masas y que había levantado un campo de concentración que dirigió como comandante. En su época, Kamber dispuso leyes raciales para su distrito, obligando a los judíos a vestir bandas amarillas como brazaletes (como lo habían determinado los papas en la Edad Media), y bandas blancas a los serbios. Más tarde ―proclamó que los serbios y los judíos tenían que ser exterminados como perjudiciales para el estado Ustasha. Llevó a cabo muchos interrogatorios en su propia casa, en cuyos sótanos fueron muertas sus víctimas. Los primeros en
  • 74. 74 ser muertos de esta manera fueron los profesores y sacerdotes serbios. Instigó y dirigió también masacres masivas en Doboj. Un cuarto sacerdote implicado en el contrabando de criminales ustashis fue el padre Dominik Mandic, el representante oficial del Vaticano en San Girolamo. Esa institución, según los agentes italianos, era ―una guarida de nacionalistas croatas y ustashis. Se dice que las paredes del colegio están cubiertas con cuadros de Pavelic‖. El quinto sacerdote fue monseñor Karlo Petranovic, quien pudo escapar más tarde a Canadá, viviendo en Niagara Falls por las siguientes tres décadas y probablemente más. Durante el régimen de Pavelic, Petranovic instigó y dirigió varias masacres contra serbios ortodoxos. Fue segundo en el comando del campo de muerte de Ogulin. El principal sacerdote, conocido como el sacerdote de oro, fue el padre Draganovic. Pudo contrabandear cuatrocientos quilos de oro, valorados en millones de dólares, y una cantidad considerable de dinero extranjero. Ese dinero lo necesitaban para lanzar una cruzada a Croacia, considerada ―un bastión en la pelea contra el más grande estado serbio (Yugoeslavia). Cuando Pavelic estaba aún liderando Croacia, pudo a través de la ayuda de los sacerdotes católicos, comenzar a transferir grandes cantidades de oro a los bancos suizos (desde principios de 1944), con el propósito de armar y sostener a los cruzados. Unos 2.400 kgs. de oro permanecen todavía en un banco de Berna, como uno de los depósitos del Vaticano. Esos Krizari (cruzados) se dirigieron al papa por ayuda y éste les respondió positivamente. Les consiguió a través de sus gestiones armas y municiones para recuperar Croacia. c) El oro lavado en los bancos del Vaticano y de Suiza. El padre Draganovic no sólo fue la cabeza del ―partido Clerical Croata‖ que se formó con ese fin, sino que también fue un líder principal de los Krizari. Contaba con el respaldo de la iglesia Católica, ya que su así llamado ―Partido Clerical‖ estaba ―bajo el liderazgo directo del papa‖, quien quería crear la Confederación Católica Pan-Danubia. Conociendo esas intenciones, los norteamericanos y los ingleses hicieron a menudo la vista gorda, haciéndose así cómplices de ese contrabando, y estando enterados de quiénes escapaban especialmente para Argentina. Los ingleses ayudaron a los ustashis a contrabandear enormes cantidades de oro de su país, acompañados de un número de sacerdotes, con el propósito de ayudar a los Krizari a conformar una fuerza política y militar que desestabilizase los gobiernos comunistas. Tanto las potencias occidentales como el papado mismo tenían mucho dinero invertido en Alemania. Ese dinero era lavado en el Banco del Vaticano, transferido luego a los bancos suizos, y de allí enviado a Argentina. El católico Allen Dulles, quien fue Secretario de la CIA en los EE.UU., era el abogado que invertía los fondos robados en un número de negocios argentinos, y lograba frenar la otra rama de la CIA que quería apresar a los criminales nazis y ustashis que huían con el oro de sus países a Sudamérica y aún a los EE.UU. De allí la contradicción que se da a veces entre una rama de la CIA que quería apresar a los criminales de guerra en el Vaticano, y otra rama de la CIA que procuraba no interferir en su escape vía Vaticano hacia el sur. Los documentos recién liberados del Banco Central de Argentina mostraron que durante la guerra, el Banco central suizo y una docena de bancos suizos privados mantenían sospechosas cuentas de oro en Argentina. Hubo un momento en que había tantos lingotes de oro en el Banco Central, que no había depósito que pudiera contenerlos a todos, de tal manera que tuvieron que poner grandes cantidades de oro en los mismos pasillos del banco. En los años 50 esos fondos volvieron a ser lavados por los mismos bancos para regresar a Alemania, permitiendo el gran reavivamiento económico de Alemania occidental. Con la recuperación alemana, gran parte de ese dinero volvería a los inversores originales, inclusive al Vaticano. No obstante, el oro que pasó por Argentina habría sido suficiente como para que el general Juan Domingo Perón fundase una industria de aviones militares con técnicos nazis exiliados que pusiesen el fundamento para la intervención militar posterior de las Malvinas. El papado tenía prácticamente todos sus activos en Alemania antes de la guerra. Los millones que Mussolini le había pagado en compensación por gran parte de Italia que perdía, los depositó en Alemania. Esa es otra razón indiscutible por la que el papa mismo parecía querer que el nazismo no fracasase, y también por la que se esforzó tanto en lograr el contrabando de los criminales de guerra. Los autores judíos de Unholy Trinity concluyen diciendo que el Vaticano hizo más que recibir bienes robados. Fue cómplice en el robo. - ¿Santa Sede? Podrán los criminales y estafadores más grandes de este mundo encontrar refugio en una ciudad terrenal cuyo gobernante máximo se hace llamar Santo Padre, y su asiento de gobierno Santa Sede. Pero no podrán entrar en la única y verdadera ―Santa Ciudad‖ de Dios, ―la Nueva Jerusalén‖ (Apoc 21:2), o ―Jerusalén celestial‖ (Heb 12:22), porque allí ninguna suciedad encuentra refugio. En la ciudad del cielo, el único rey y esposo de ella es el Cordero, Cristo Jesús (Apoc 19:7,9,16; 21:9-10). ―No entrará en ella ninguna cosa impura, ni quien cometa abominación o mentira, sino sólo los que están escritos en el Libro de la Vida
  • 75. 75 del Cordero‖ (Apoc 21:27). ―Quedarán fuera los perros y los hechiceros, los disolutos y los HOMICIDAS, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira‖ (Apoc 22:15; véase 1 Cor 5:9-13). ―¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios‖ (1 Cor 6:9-10; véase 1 Tim 1:9-10: ―parricidas, matricidas, homicidas..., mentirosos‖). Llama la atención que dos libros anónimos disidentes se hayan publicado recientemente en Roma, escritos por sacerdotes y obispos del Vaticano, titulados respectivamente ―El Vaticano contra Dios‖ (1999), y ―El Humo de Satanás‖ (2003), ambos en referencia a la Ciudad del Vaticano, la única ciudad-iglesia del mundo. ¿Quién no puede dejar de ver la contradicción tan grande entre esa arrogante y blasfema ciudad terrenal y la que la Biblia describe del cielo? Es la misma contradicción que describe el Apocalipsis entre la ciudad terrenal simbólica de Babilonia y la Nueva Jerusalén celestial. ―Y la mujer [prostituta: v. 3-6] que viste es aquella gran ciudad que impera sobre los reyes [o gobernantes] de la tierra‖ (Apoc 17:18). Antes, durante y después de la guerra, hasta el día de hoy, se vio y se sigue viendo en esa presunta Santa Sede blasfema, un cuerpo impresionante de gente criminal, homosexual, abusadora de menores, espiritistas que celebran misas negras y pretenden comunicarse con las presuntas almas desencarnadas de muertos, representantes de las diferentes religiones del mundo, algunas de ellas igualmente relacionadas con comunicaciones extraterrestres. ¡Qué contraste entre los que buscan refugio en esa presunta Santa Sede terrenal, bajo el salvoconducto de su presunto Santo Padre que la gobierna como su rey con una triple corona, y la ciudad de Dios o Nueva Jerusalén! En todo lo que se hace en esa ciudad terrenal babilónica se ve el mismo intento de Satanás de procurar ocupar el lugar de Dios. Pero al no estar poseída esa ciudad por el mismo espíritu y carácter divinos, su intento de imitación no es otra cosa que una farsa. ¡Tanto alarde de santidad sólo sirve para buscar a toda costa ocultar, tapar su inmundicia. El Apocalipsis no tiene un lenguaje doble para describirla. Llama sin ambages a esa ciudad por un término simbólico, Babilonia, cuyo significado revela esos dos contrastes entre lo que pretende ser la ciudad terrenal, y lo que es en realidad. Mientras que Babel significaba ―Puerta de los dioses‖ en el lenguaje caldeo, en el lenguaje hebreo significaba ―confusión‖. El mensaje final que un ―resto‖ fiel del cristianismo debe dar al mundo, según la descripción apocalíptica (Apoc 12:17), es un dramático llamado de denuncia y escape: ―¡Ha caído, ha caído la gran Babilonia! Y se ha vuelto habitación de demonios, guarida de todo espíritu impuro, y albergue [nido] de toda ave sucia y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación. Los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su excesiva lujuria!‖. ―Y en ella fue hallada la sangre de los profetas, de los santos, y de todos los que han sido sacrificados en la tierra‖ (Apoc 18:24). ―¡Salid de ella, pueblo mío‖, dice el Señor, ―para que no participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas! Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó [para juicio] de sus maldades!‖ (Apoc 18:4-5). No nos preocupemos, pues, ya que llámense criminales nazis, ustashis, fascistas, inquisidores, o inmorales pederastras, homosexuales y fornicarios, todos los que encuentran refugio en esa ciudad maldita de Roma no entrarán en la ciudad de Dios. Por el contrario, ―los... abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos, tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda‖ (Apoc 21:8). d) La Virgen de Fátima en la guerra contra el comunismo. Muchos pasan por alto una de las armas más poderosas que usó el papado romano para evitar que los países católicos terminasen simpatizando con el bloque comunista. Italia y Alemania habían pactado con el papado. Franco comenzó su guerra civil en España con el aval papal y de esos otros dos poderes fascistas. En 1938 dos tercios de Europa ya se habían vuelto fascistas. En ese mismo año, el nuncio papal fue enviado a Fátima, y declaró ante casi medio millón de peregrinos que la virgen había confiado tres grandes secretos a los tres chicos a quienes se les había supuestamente revelado dos décadas atrás. En junio el único niño sobreviviente, aconsejado por su confesor y en permanente contacto con la jerarquía y el Vaticano, habría revelado los contenidos de dos de los tres grandes secretos. Uno se habría basado en el infierno, y otro tenía que ver, según se interpretó, con la conversión de Rusia a la Iglesia Católica. El tercer mensaje se lo selló en un sobre bajo custodia eclesiástica para ser revelado en 1960. En 1939 se inicia la Segunda Guerra Mundial. Francia cae en 1940. Europa entera se volvía fascista. En 1941 Hitler invade Rusia. La profecía de Fátima parecía estarse cumpliendo. Es bajo este contexto que el Vaticano anima a participar a los católicos en la cruzada contra el comunismo. Muchos católicos se
  • 76. 76 unieron a los ejércitos nazis desde Italia, Francia, Irlanda, Bélgica, Holanda, Latinoamérica, EE.UU. y Portugal. Hitler estaba asombrado con semejante apoyo inesperado que recibía. La España franquista envió una División Azul Católica que peleó junto a las tropas nazis. ¿Qué hizo, además, Pío XII? Pidió a los católicos en Octubre de 1941, que rezasen para que se cumpliese la promesa de la Señora de Fátima. Cuando en 1942 Hitler declaró que la Rusia comunista había sido ―definitivamente‖ derrotada [los rusos se habían retirado tácticamente más al norte con miras a regresar], el papa Pío XII dio un Mensaje de Jubileo, considerando que el hecho cumplió con las presuntas indicaciones de la Virgen de Fátima, y ―consagró el mundo entero a su Inmaculado Corazón‖. ―Las apariciones de Fátima abren una nueva era‖, declaró ese mismo año el cardenal Cerejeira. ―Es una prefiguración de lo que el Inmaculado Corazón de María está preparando para el mundo entero‖. En 1942 esa nueva era tenía que ver con la nazificación total del continente europeo, con Rusia aparentemente barrida del mapa, la amiga Japón conquistando la mitad de Asia, y el mundo clero-fascista en su pináculo por doquiera. Pero el mundo fascista y clero-fascista se evaporó tres años después con la caída de Hitler y la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Para lamento y angustia del papa Pío XII, la Unión Soviética emergía como el segundo poder más grande de la tierra. Luego de un corto receso por la derrota del nazismo, el culto de Fátima revivió repentinamente mediante un llamado papal a peregrinaciones impresionantes en octubre de 1945. Nuestra Señora de Fátima fue coronada solemnemente el año siguiente delante de más de medio millón de peregrinos. La corona pesaba 1.200 gramos de oro, tenía 313 perlas, 1250 piedras preciosas y 1400 diamantes. Desde el Vaticano, el papa Pío XII se dirigió a los peregrinos por radio afirmando que las promesas de nuestra Señora iban a cumplirse. ―Estén listos‖, amonestó. ―No habrá neutrales. Nunca den un paso atrás. Alístense como cruzados‖. En 1947 comenzó la Guerra Fría. El papa promovió un odio internacional católico contra Rusia encabezado por una estatua de nuestra Señora de Fátima que envió por todo el mundo. Gobiernos enteros la recibieron. Esa estatua viajó a Europa, Asia, África, las Américas y Australia, sumando en total 53 naciones, logrando abrir una brecha mayor entre el Este y el Oeste. En 1948 comenzó la carrera atómica entre los EE.UU. y Rusia. En 1949, Pío XII fortaleció el frente antiruso, excomulgando a todo votante que apoyase a los comunistas. Poco después los teólogos de los EE.UU. declaraban que era el deber de los EE.UU. usar bombas atómicas. En 1950 la estatua de Nuestra Señora de Fátima fue enviada por avión a Moscú, acompañada por el padre Arturo Brassard, con instrucciones precisas del papa Pío XII. Con la calurosa aprobación del almirante Kirt, el embajador norteamericano, fue ubicada solemnemente en la iglesia de los diplomáticos extranjeros, en espera de la inminente liberación de la Rusia Soviética. La virgen volvió a aparecer unas quince veces a una monja en las Filipinas repitiendo su amonestación contra el comunismo, luego de lo cual una lluvia de pétalos rosados calló sobre los pies de la monja. Un jesuita norteamericano llevó los pétalos milagrosos a los EE.UU. para incrementar el celo fanático de los católicos. El 6 de agosto de 1949, el abogado general católico MacGrath se dirigió a las ―tropas de tormenta‖ católicas de los EE.UU.—los Caballeros de Colón—en su convención de Portland, Oregon. Urgió a los católicos ―a levantarse y a vestirse el escudo de la iglesia militante en la batalla para salvar al cristianismo‖, en ―una fuerte ofensiva‖ contra el comunismo. e) Intento Vaticano de empujar a los EE.UU. a una tercera guerra mundial. Siempre en 1949, el Secretario de Defensa de los EE.UU., el católico James Forrestal, enviaba dinero norteamericano y de su propio bolsillo a Italia para ayudarle a Pío XII a ganar las elecciones de Italia que debían derrotar a los comunistas. Cuando cierto día escuchó volar un helicóptero civil, se lanzó por las calles de Washington gritando, ―los rusos nos han invadido‖. Más tarde, con la afirmación de Pío XII de que los rusos serían derrotados gracias a Nuestra Señora, Forrestal moría al saltar de una ventana del décimo sexto piso del Hospital Naval de Bethseda, en Washington DC, gritando que era mejor destruir los rusos antes que fuese demasiado tarde (6 de mayo de 1949). La prensa católica, más varios líderes de la misma iglesia, continuaron la campaña inflamatoria contra el comunismo en los EE.UU., procurando empujar a los EE.UU. a iniciar la Tercera Guerra Mundial. El 25 de agosto de 1950, Francis Mattews, otro fanático católico que había tomado juramento en junio del año anterior como Secretario Naval de Norteamérica, dio un discurso en Boston llamando a los EE.UU. a lanzar un ataque a la Unión Soviética para transformar a los norteamericanos en ―los primeros agresores de paz‖. Esto lo hacía con el respaldo de ciertas fuerzas en los Estados Unidos y del Vaticano. ―Como iniciadores de una guerra de agresión‖, agregaba, ―ganaremos un título popular que nos hará orgullosos, como los primeros agresores pro-paz‖.
  • 77. 77 Mattews no dio su discurso sin antes compartir el borrador con el cardenal Spellman, quien mantenía permanente contacto con el papa Pío XII, y era el consejero de los principales líderes militares del país. Su residencia en Nueva York era conocida como ―Pequeño Vaticano‖. El papa mismo recibía constantes visitas de los líderes militares de Norteamérica en la época del discurso (cinco en un día), y tenía frecuentes audiencias secretas con Spellman. Pocos años más tarde, Pío XII daba un discurso que se transmitía simultáneamente en los 27 idiomas principales por las estaciones de radio del mundo. Reiteró en ese entonces ―la moralidad... de una guerra defensiva‖ (entendida para entonces como el empleo de la bomba atómica y de hidrógeno), considerándola en las palabras del London Times, como ―una cruzada del cristianismo‖, y del Manchester Guardian como ―la bendición papal para una guerra preventiva‖. El discurso de Mattews en 1950 produjo una reacción muy grande tanto en los EE.UU. como en Europa. Los franceses dijeron que no se unirían en ninguna guerra agresiva debido a que ―una guerra preventiva no iba a librar nada, a no ser las ruinas y los sepulcros de nuestra civilización‖. [Argumentos equivalentes contra una guerra preventiva esgrimieron también medio siglo más tarde contra la guerra de Bush en Irak]. Los ingleses protestaron más enfáticamente. Pero no dejó de llamar la atención de que una ―guerra atómica preventiva‖ tal fuese promovida por primera vez por un católico con un cargo tan importante en el ejército norteamericano, y que se caracterizaba por ser uno de los promotores más grande del catolicismo en los EE.UU. Era, en efecto, el jefe del Servicio a la Comunidad Católica Nacional y el Caballero Supremo de los Caballeros de Colón, así como chambelán privado secreto del papa Pío XII. La jerarquía de la Iglesia Católica, la prensa católica, los Caballeros de Colón, todos ellos apoyaban a Matthews en su esfuerzo por lanzar a los EE.UU. a una guerra atómica preventiva. El padre jesuita Walsh, la máxima autoridad católica en los EE.UU. y anterior agente vaticano en Rusia (1925), declaró al pueblo norteamericano que ―el presidente Truman estaría moralmente justificado en tomar medidas defensivas proporcionales al peligro‖, lo que significaba el uso de la bomba atómica y la masacre de cincuenta millones de personas. En términos equivalentes se expresaron numerosos eminentes sacerdotes católicos. f) Visión papal de la virgen. Exactamente tres meses después del discurso de su chamberlán privado (Matthews), la virgen habría visitado al papa mismo (octubre de 1950). Esa visión tenía el propósito de respaldar la visión militar de los líderes militares especiales de los EE.UU. que había sido encendida con el discurso de Matthews. El papa convocó seguidamente una peregrinación a Fátima monstruosa de más de un millón de personas para octubre de 1951. Envió entonces al cardenal Tedeschini para impresionar a la gente con el solemne anuncio de que el papa había visto ―este mismo milagro‖ (del sol que había supuestamente zigzagueado en 1917 ante los tres niños). Ese anuncio cayó como una sorpresa impresionante. Si la virgen María se había aparecido al papa, entonces sus promesas de convertir la Rusia bolchevique a la Iglesia Católica se iban a cumplir. Y, ¿cómo podían cumplirse si no era mediante la ―guerra preventiva‖ predicada por los líderes católicos de los EE.UU.? El reavivamiento resultante de la pronta liberación de Rusia se hizo sentir por todas las iglesias católicas del mundo, con oraciones y conversaciones sobre las perspectivas de ese evento. Apenas una semana después, mediante la diplomacia católica, los EE.UU. sorprendían a todo el mundo con el anuncio del nombramiento del primer embajador norteamericano en el Vaticano, lo que para muchos contradecía el principio de separación Iglesia-Estado que profesaba esa nación. ¿Quién era ese embajador? El general Mark Clark, amigo personal de Matthews y del cardenal Spellman, así como del papa Pío XII, y Jefe de las Fuerzas de Campo del Ejército Norteamericano. Diez días más tarde estaba Clark ocupado en la dirección de las maniobras atómicas en el desierto de Nevada, las primeras conocidas en la historia. En 1951, en el mismo mes en que el papa recibió presuntamente la visión de la virgen, por toda Europa y Norteamérica se repartía un folleto de 130 páginas prediciendo la inminente guerra atómica contra Rusia que comenzaría en 1952. Para probar la veracidad de la visión del papa de la virgen, L’Osservatore Romano publicó en su página principal dos fotos ―rigurosamente auténticas‖ que mostraban el prodigio de Fátima en donde, presuntamente, el sol habría zigzagueado. Esas fotos mostraban un espacio negro casi al nivel del horizonte, algo imposible para cuando se habrían tomado las fotos a las 12:30 del mediodía. El milagro mayor, sin embargo, que el diario oficial del Vaticano no mencionó, fue que, aparte del fotógrafo, el resto de la humanidad nunca presenció la caída del sol a la altura del horizonte en el mediodía del 13 de Octubre de 1917. [Por el uso fraudulento de la Virgen María en Vietnam para mover los católicos a la acción contra el comunismo, véase Avro Manhattan, The Shocking Story of the Catholic ‘Church’s’ Role in Starting the Vietnam War, cap. 8).
  • 78. 78 La veneración de cualquier virgen es idolatría, y está condenada por la ley de Dios. ―No te harás imagen‖, escribió y proclamó el Señor desde la montaña del Sinaí, ―ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni debajo del agua. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás...‖ (Ex 20:4-5). De allí que la lista de gente que no podrá entrar en la ciudad celestial, está la de los idólatras. Podrán ellos recurrir por una bendición terrenal en la ciudad del Vaticano, pero no podrán recibir la bendición de Dios ni en esta vida, ni en la venidera (1 Cor 6:9-10; Apoc 21:8; 22:15). g) La conformación de un ejército supranacional. El canciller alemán católico Adenauer, quien recitaba diariamente el rosario de Nuestra Señora de Fátima, se reunió en París en Noviembre de 1951 con otro líder católico e igualmente devoto de Nuestra Señora, el ministro francés de relaciones extranjeras y ex primer ministro Schuman. Esa reunión tenía como propósito organizar un ejército supranacional ―para pelear y salvar la civilización cristiana‖. Simultáneamente, el General Eisenhower, comandante de todas las fuerzas armadas de Norteamérica y de Europa, llegaba a Roma para organizar el frente militar anti-Rusia junto con los ministros de relaciones extranjeras, económicas y de guerra. Eisenhower anunció que se habían reunido para rearmar Occidente tan pronto como fuese posible, para enfrentar la inminencia de una nueva Edad Oscura y ―nueva invasión barbárica‖ (palabras que había usado el papa). La Santa Sede se había transformado, de esta manera y apenas comenzado el segundo medio siglo, en un centro diplomático militar de grande envergadura. Las botas de los principales países de Europa y las de los Estados Unidos sonaban por doquiera en la ―ciudad santa‖. El papa no cesaba de tener entrevistas con esos grandes señores. El presidente protestante norteamericano Harry S. Truman, declaraba en cambio, el 9 de Diciembre (1951), una dramática realidad. ―He trabajado por la paz durante cinco años y seis meses, y todo pareciera como si la tercera guerra mundial estuviese por comenzar... Hay unos pocos descarriados que quieren la guerra para resolver la situación mundial actual‖. Nuevamente, el gobierno protestante de los EE.UU., casi arrastrado de nuevo a una guerra mundial pero de consecuencias terriblemente más catastróficas por las corrientes católicas que tenía en su medio, fue en la persona del presidente Truman quien impidió que esa guerra se llevase a cabo. Era evidente que todavía no había llegado la hora para que la América Protestante le permitiese al papado ejercer su dominio cruel y despótico medieval sobre todo el mundo, que la profecía tiene anunciado para el fin del mundo. Cuando muchos historiadores deben abocarse a considerar la actitud del papado antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, se encuentran con hechos tan terribles que les cuesta inculpar al papado por esos hechos. Al estar imbuidos de los principios de libertad y de derechos humanos que se desarrollaron a partir de la Reforma Protestante y de la Revolución Francesa, no saben cómo explicar que un monarca que vuele tan alto, al punto de autoproclamarse como infalible y Vicario del Hijo de Dios, pueda haber fomentado y respaldado gobiernos nazistas, fascistas, o falangistas tan criminales y sanguinarios en prácticamente todos los países católicos de Europa. ¿Cuál será el resultado de esta actitud renuente a condenar el papado por su verdadero carácter cruel y despótico? Lo anticipó E. de White con más de un siglo de antelación. ―Una falsa caridad ha cegado los ojos‖ de muchos. ―No ven que a fuerza de considerar como correcto el creer bueno todo lo malo, terminarán como resultado inevitable creyendo como malo todo lo bueno (GC, 571). Refiriéndose al fin del mundo, Dios a través del profeta Isaías declaró: ―¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!... Como la lengua del fuego consume el rastrojo, y la llama devora la paja, así será su raíz como podredumbre, y su flor se desvanecerá como polvo; porque desecharon la Ley del Señor Todopoderoso, y despreciaron la Palabra del Santo de Israel‖ (Isa 5:20-24). XI. El Vaticano y el genocidio hispano- americano A diferencia de las monarquías que establecieron durante toda la Edad Media dinastías durables y confirmadas por el papado romano, las dictaduras fascistas fueron igualmente reconocidas e inspiradas por el Vaticano, pero no fueron hereditarias. Su tiempo de duración fue relativamente corto, no más del que vivieron los dictadores. Tal vez lo único que hizo las dictaduras fascistas más memorables y durables fue su enlace y compromiso con la Iglesia Católica Romana. En España especialmente, y en gran medida en Latinoamérica, hicieron los dictadores preponderar la idea de hispanidad y catolicismo como algo intrínseco, indisoluble. De allí que no podía cuajar ninguna idea de separación de Iglesia y Estado sin levantar las sospechas de bolchevismo, socialismo, comunismo, y aún judaísmo.
  • 79. 79 En lugar de la democracia liberal, los gobiernos fascistas decidieron rechazar las libertades civiles y el gobierno de la ley por sistemas basados en la fuerza y la jerarquía de sus gobernantes militares y religiosos coaligados. Siendo que la Iglesia se identificaba más con las aristocracias de Iberoamérica, las masas explotadas terminaban volcándose más fácilmente a los socialismos seculares que les prometían justicia social. Por tal razón, la Iglesia y los dictadores de todos esos países sentían que el recurso al fascismo era el ideal, y el militarismo que los acompañaba era el adalid de la cruzada del cristianismo (entiéndase catolicismo), contra el ateísmo comunista. Si esas dictaduras fascistas (Franco), semi-fascista (Perón) y neofascistas (Pinochet, Videla y su junta militar, Stroessner y otros más), pudieron subsistir después que todos los otros gobiernos fascistas de Europa sucumbieron al terminar la Segunda Guerra Mundial, se debió al poco interés que les manifestaron tanto los EE.UU. como Inglaterra (los Aliados). Por encontrarse esos gobiernos fascistas post-guerra en un territorio no tan sensible para la estabilidad mundial, les bastaron a los norteamericanos y a los ingleses su militancia anticomunista como para dejarlos tranquilos en la resolución de sus problemas sociales ligados a la Iglesia Católica. Esto nos permite ver la razón por la cual el papado procuraba por todos los medios impedir la influencia protestante norteamericana e inglesa en el centro de Europa. Le impedía lograr un dominio absoluto sobre esos pueblos como el que podía ejercer en Iberoamérica. ¿Qué valor tiene para nuestro estudio repasar la historia de tales dictaduras iberoamericanas? Mucho. El gobierno de Francisco Franco fue presentado por la Iglesia Católica por muchos años como modelo de paz y armonía en un mundo post-guerra todavía convulsionado por la amenaza del comunismo. Para ello debió el papado hacer abstracción de los genocidios del régimen falangista de Franco, y del reinado del terror del que se hizo responsable durante todo su mandato, inclusive mucho después de haber terminado la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. Ese régimen fue presentado como modelo por el catolicismo no sólo antes y durante la Segunda Guerra Mundial, sino también después de la guerra, durante todo el mandato del generalísimo Francisco Franco, inclusive por los papas que terminaron considerándose más liberales. Siendo que las reivindicaciones político-religiosas del papado hoy son las mismas que tuvo al promover y pactar con los gobiernos fascistas de la guerra, convendrá considerar ese modelo de paz y unidad que presentó la Iglesia ante el mundo, aún después de la guerra en el caso del dictador de España. Tengamos en cuenta que el papado está consiguiendo en la actualidad, los mismos reconocimientos políticos por los que luchó durante todo el S. XX, especialmente en la mayoría de los países católicos que el comunismo había invadido en el centro oriental de Europa. Al mismo tiempo, la unión tan anhelada de Europa y de la Iglesia con Europa, se ve como algo inminente con la entrada de esos países católicos al Parlamento Europeo. ¿Por qué negarse a leer el mensaje que esas dictaduras fascistas y neofascistas post-guerra continuaron emitiendo en los países católicos, y en donde esa unidad político-religiosa buscada por la Iglesia de Roma, se dio de una manera tan excelente y providencial, en el entender del obispado romano? 1. El genocidio fascista (falangista) español. Durante la década de los 30, el papado manifestó en varias oportunidades su gran preocupación por el triunfo del socialismo en México y en España, que le quitaban a la Iglesia Católica su hegemonía y proclamaban la separación Iglesia-Estado. Mientras que en México, el partido liberal terminó predominando en la vida política de ese país de mayoría católica hasta tiempos recientes (por unos 70 años), logrando la separación de la Iglesia y del Estado; en España se interpuso el falangismo catolizante y frenó los avances seculares democratizadores y libertadores. La Iglesia reinó suprema otra vez en la madre patria, imponiéndose a través de la espada más que de la cruz, del poder militar más que de la persuasión religiosa. Una comparación entre la situación mexicana y la española es importante y adecuada para demostrar que, así como en México la continuación de ese partido liberal y secular no arrastró al país al comunismo, tampoco en España el partido liberal y secular estaba destinado a arrastrar a la Península Ibérica al comunismo, como se aduciría para justificar la represión católico-falangista. ¡Cuán saludable hubiera sido para España y Portugal contar con gobiernos civiles que supieron marcar claramente los límites de la Iglesia en su relación con el Estado! Pero esa visión no cuajaba con la papal, razón por la cual el Vaticano la vinculó a lo peor de las corrientes liberales para justificar su represión y supresión mediante el recurso de las armas. a) La ascensión del falangismo. Cansados de tantos abusos sociales de la aristocracia española a la que la Iglesia estuvo siempre ligada, amén de tantas aberraciones morales del clero que salían a la luz, el pueblo español se decidió en las urnas por un gobierno secular de coalición llamado Frente Popular. Esto sucedió en Febrero de 1936. El partido fascista de
  • 80. 80 Primo de Rivera obtuvo apenas 5.000 votos, de manera que no fue reelecto. La Falange formada dos años antes obtuvo menos del 1%, de manera que nadie la miraba como gravitante para el futuro de España. Era evidente que la gente no quería más el gobierno ni de las botas ni de los curas. La península Ibérica buscaba una liberación. El nuevo gobierno electo dio dos pasos que pueden haber sido correctos, pero que en España fueron políticamente incorrectos. El primero consistió en quitar las subvenciones estatales a la Iglesia Católica y a sus instituciones, poniéndola en un plano de igualdad con las demás iglesias. El segundo tuvo que ver con medidas que erradicaban el falangismo minoritario que se aferraba a la Iglesia, incrementando involuntariamente su popularidad y su vínculo con la Iglesia Romana [W. H. Bowen, Spaniards and Nazi Germany. Collaboration in the New Order (Doctoral Dissertation, Univ. of Missouri Press, 2000), 20-21]. ¿Cómo estaba dividido el mapa político de España antes de la guerra civil? La lista de los enemigos del falangismo consistía de comunistas, anarquistas, republicanos izquierdistas, socialistas, separatistas vascos y catalanes. En esa lista, los comunistas eran una minoría insignificante, y todos sabían que no iban a lograr nunca gobernar el país. En contraste con el Frente Popular pequeña era la lista de los aliados del falangismo. En ella se encontraba gran parte del ejército español y de la Iglesia Católica. Por consiguiente, la Iglesia no tenía otra alternativa que recurrir al ejército si quería revertir el cuadro político de España, y buscarse el hombre fascista providencial y salvador de la hora, como en los demás países católicos de Europa. A su vez, debía acusar a todo ese Frente Popular de comunismo y bolchevismo para justificar un golpe de estado. El golpe de estado comenzó con el ala del ejército apostado en Marruecos, el 17 de julio de 1936, y se esperaba que la lucha sería de corta duración. Se extendió fácilmente a las Islas Canarias, al Sahara español y a otros fragmentos del imperio español. En la península misma, los rebeldes se apoderaron rápidamente de Sevilla, Navarra, Galicia, el norte de Castilla, y la mayor parte de Aragón. Pero el golpe fracasó en los dos lugares más significativos: Madrid y Barcelona. La situación de la falange militar se volvió, por consiguiente, desesperante. La República contaba con la legitimidad internacional, las fuerzas armadas principales la respaldaban, y tenía bajo control las reservas de oro nacional con lo mejor de la industria. ¿Qué podían hacer los falangistas en tales circunstancias? Recurrir a Hitler y a Mussolini en materia de armamentos y respaldo militar, y afirmar más aún su vínculo con la Iglesia Católica para obtener el respaldo político-moral y espiritual del Vaticano. ¿Qué podía hacer, por otro lado, la República ante el temor de enfrentarse a esos dos colosales gobiernos fascistas? ¿Podía recurrir a Inglaterra y a los EE.UU. por ayuda? Lamentablemente no, porque por influencia inglesa tanto los EE.UU. como otros países de Europa adoptaron una política no intervencionista. Por consiguiente, a la República no le quedaba más remedio que recurrir a Rusia por ayuda militar, y esa ayuda vino a través de la mediación del minúsculo partido comunista español. ¿Cuál fue el resultado? Una guerra civil espantosa, con armas de todo calibre de ambas potencias mundiales, para que los españoles se aniquilasen entre ellos mismos. Ese cuadro dramático terminó con la victoria del Generalísimo Francisco Franco y la restauración de todos los privilegios y exclusividades católicas anteriores a la instauración de la República. b) La “recristianización” de España. La dictadura de Franco fue, durante todo el S. XX, la única que emergió de una guerra civil. Hubo otras dictaduras, pero ninguna salió de una guerra civil. Hubo otras guerras civiles, pero ninguna resultó de un golpe de Estado y ninguna provocó una salida reaccionaria tan violenta y duradera. Allí se vio a la Iglesia Católica obrando en contra del ―bien común‖ por el cual tanto presume abogar, ya que la voluntad popular había sido definida en rechazar el falangismo que ella tan abiertamente apoyó. Los intereses de la ―religión [presuntamente] verdadera‖ son, para ella, de ―bien común‖, ya sea que los pueblos lo entiendan o no. Por el presumido bien de un pueblo de mayoría católica pero que no quería un gobierno fascista católico sino otro pluralista y democrático, era necesario imponer ese ―bien‖ hasta que se transformase en ―común‖ otra vez, a fuerza de las armas y a costa de la libertad de toda una nación. El Alzamiento Nacional pretendía poner fin—según las palabras del papa Pío XI en el mismo año en que comenzó la guerra civil—al ―odio verdaderamente satánico contra Dios y contra la humanidad‖. Lo que no decía Pío XI es que pretendía reemplazar ese presunto odio secular con otro odio católico tradicional contra todo lo que le negase la supremacía. En ese contexto, Pío XI envió su bendición especial ―a los que se habían impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión‖. El 3 de agosto de 1937, veinte meses antes que terminase la guerra civil, el mismo papa reconoció el gobierno falangista de Franco, lo que muestra su
  • 81. 81 posición definidamente interesada contra el régimen democrático legalmente establecido. El Obispo de Solana y posterior Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Vicente Enrique y Tarancón, declaró que ―es motivo también de optimismo el sabernos regidos y gobernados por un hombre providencial, que con criterio netamente católico ha dado una orientación magnífica a las leyes del Estado‖. En 1937 declaró el mismo obispo que ―la Acción Católica debe mirar con simpatía esta milicia y aún debe orientar hacia ella los miembros para que cumplan en sus filas con los deberes que en esta hora presente impone el patriotismo‖. Los poderes políticos y religiosos unidos ―pueden forjar‖, según el obispo, ―la España tradicionalista y católica que todos deseamos‖. ¿Qué ―todos deseamos‖? Pero, ¿acaso no había dado su voto mayoritario el pueblo a favor del régimen que una minoría con apoyo exterior procuraba ahora derrocar? Cuando Franco recibió a la Junta Técnica de la Acción Católica, le dijo: ―Es nuestra tarea, ahora, recristianizar nuestra nación‖. Con esto daba a entender que el pueblo español, en su mayoría, se había descarriado, y había que ponerlo en vereda en materia religiosa. La guerra civil que iniciaría iba a ser—según lo explicó más tarde el 18 de marzo de 1940 en Jaén—―el sufrimiento de una nación en un punto de su historia‖ impuesto por Dios como ―castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida torcida, a una historia no limpia‖. ¿De qué manera iba Franco a recristianizar España? El 29 de septiembre de 1936, decretó que la religión católica sería la única religión permitida. Según su discurso, el estado español sería, de allí en adelante, ―regido por los principios del catolicismo que constituyen los auténticos fundamentos de nuestra patria‖. Toda otra religión, protestante, judía o musulmana, sería perseguida para beneplácito del clero romano. Y por si esto fuese poco, había que exterminar a todos los opositores. Esa era la mejor manera de recristianizar España, y purificar la sangre hispana de la peste que le había caído. Gonzalo de Aguilera, terrateniente y capitán del ejército y uno de los oficiales de prensa de Franco, declaró ufano al periodista norteamericano John Whitaker: ―Son como animales, ¿sabe? Y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste‖. ¿Cómo iban a lograr la ―regeneración de España‖? Aguilera respondió: ―Nuestro programa consiste... en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. Además también es conveniente desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo en España, ¿se da cuenta?‖ Franco era así, el hombre ―providencial‖, el enviado de Dios, y terminó siendo para la Iglesia Católica el ―centinela de Occidente‖. No importaba cuántos cientos de miles muriesen en la contienda, había que salvar el catolicismo español de las fuerzas presumiblemente anticristianas que lo acosaban. Para el papado, las vidas de millones de personas valían menos que el triunfo absoluto de su imperio político-religioso. Semejante carácter genocida se basaba en su utópica creencia de que sólo mediante el imperio del bien (el catolicismo romano) sobre el del mal (el arrianismo, catarismo, protestantismo, judaísmo, socialismo, y en el momento presente el comunismo), podrá lograrse la paz y felicidad universales. Siendo que para la Iglesia Romana, el fin justifica los medios, bien valía la pena tanto sacrificio ante perspectivas presuntamente tan buenas como las que tenía. Pero en el fondo, no se trataba en el papado de otra cosa que del deseo de reinar supremamente sobre el mundo entero, un sueño que comparte indiscutiblemente con Lucifer, quien todavía aspira a ser reconocido en forma absoluta como ―príncipe de este mundo‖ (Apoc 13:4; cf. Jn 12:31; 14:30; 11:11). No habiendo llegado ni aún a la mitad de la guerra civil, el Episcopado español legitimó oficialmente la guerra como ―cruzada por la religión cristiana [católica] y la civilización‖ (1937). El cardenal Gomá afirmó: ―Estamos en perfecta armonía con el gobierno nacional [de Franco], que nunca emprende nada sin prestar previamente oído a mis consejos‖. La Iglesia recuperó todos sus privilegios institucionales como la financiación estatal del culto y del clero, la reconstrucción de las iglesias parroquiales por cuenta del Estado, el mantenimiento de los seminarios y de las universidades privadas de la Iglesia en acuerdos que el Vaticano estableció con el gobierno de Franco. En este contexto, no debía extrañarnos que el Vaticano no participase en el acuerdo multilateral europeo promovido por Inglaterra de no intervención en la guerra civil española. Por el contrario, la Santa Sede no sólo era parte interesada en esa guerra, sino que al mismo tiempo la promovía. c) Vínculo con el Vaticano después de la guerra. En agosto de 1953, catorce años después de haber terminado oficialmente la guerra civil con un saldo de medio millón de vidas, el Vaticano firmaría un concordato con el gobierno de Franco en el que se reafirmaba la confesionalidad católica del Estado. Se daba, así, una verdadera hegemonía católica, un monopolio religioso, con dictadura de militares y clérigos para imponer la unidad de la fe y la nación.
  • 82. 82 Durante toda su larga dictadura, Franco impuso ―la más diversa y amplia serie de reglamentaciones religiosas que se había visto en cualquier Estado occidental del S. XX‖. Allí se daría ―la tragedia de decenas de miles de españoles asesinados (50.000), presos y humillados, sin contar los 100.000 ―rojos‖ que Franco ejecutó durante la contienda y los cientos de miles que murieron en los enfrentamientos de la guerra civil. 450.000 hombres, mujeres y niños buscarían refugio en Francia, con todas las penurias adicionales que les tocarían vivir posteriormente con la invasión nazi a Francia. 200.000 de esos fugitivos volverían a los meses siguientes para ser perseguidos, encarcelados, torturados y muertos. En esa España surgida de una ―guerra civil‖ y seguida por una ―paz incivil‖, se vería también ―la comedia del clero paseando a Franco bajo palio y dejando para la posteridad un rosario interminable de loas y adhesiones incondicionales a uno de los muchos criminales de guerra que se han paseado victoriosos por la historia del S. XX‖ (Julián Casanova). Poco después de muerto Franco se levantaría un gobierno otra vez democrático y socialista que establecería el texto constitucional de 1978. ¡Tanta represión, tantos derechos humanos violados para presuntamente ―recristianizar‖ a España! ¿Para qué? ¿Para qué medio siglo después, cuando por primera vez desde la guerra civil, se diese otra oportunidad al pueblo de expresarse y volviese a hacerlo en favor del socialismo? ¡Tanto crimen! ¡Tanta miseria! ¡Tanta represión y guerra para volver a lo mismo! Era evidente que la hegemonía militar fascista y clerical del gobierno represor anterior no había logrado ―recristianizar‖ totalmente a España, según la interpretación franquista, y que el pueblo estaba cansado otra vez de tal mixtura. Nueve obispos destacados, dirigidos por Monseñor Marcelo González Martín, atacarían la mueva constitución de 1978 por cinco razones básicas que, en esencia, son las mismas que invoca actualmente el Vaticano contra la Constitución Europea que se está por votar. Una de ellas tiene que ver con la exclusión del nombre de Dios. También se quejaron por la falta de garantías en la formación religiosa de las instituciones educativas nacionales. En la típica hipocresía católica que defiende el derecho del niño por nacer pero mata a mansalva al ya nacido que no la reconoce, esos obispos condenaron también la aprobación del divorcio y la omisión del veto al crimen del aborto. Los nueve obispos no estuvieron solos. El papa Juan Pablo II apoyó posteriormente esa reacción en 1995, declarando que ―nunca es lícito‖ someterse a ―una ley intrínsecamente injusta‖ como la que tolera el aborto y la eutanasia. d) Declaraciones de papas y obispos. Además de la bendición del papa Pío XI al régimen franquista, el siguiente papa, Pío XII, en el año de su ascensión al pontificado romano que coincidió con el año que concluyó la guerra civil y se inició la Segunda Guerra Mundial (1939), declaró que ―España... acaba de dar a los profetas del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores de la religión y del espíritu‖. Ya terminada la Segunda Guerra Mundial y caídos todos los fascismos europeos, menos el español, Monseñor Vicente Enrique y Tarancón evocó en 1946, el levantamiento religioso militar diciendo que ―cuando sonó en nuestra patria el clarín llamando a la Cruzada... vimos a nuestros jóvenes empuñar el fusil con ilusión en sus ojos y la fe en el corazón... con espíritu de verdaderos cruzados de la religión‖. ―En nuestra patria, la orientación del Estado no puede ser más hermosa, ni más avanzada, ni más cristiana‖. Pío XII es considerado por muchos como el último papa de corte medieval, por su postura intransigente, beligerante y antidemocrática que sostuvo antes y durante todo su pontificado en la Santa Sede. De sus palabras se inspiró Monseñor Tarancón al referirse a los falangistas con el término de ―verdaderos cruzados de la religión‖ católica. Según ya vimos, en octubre del año anterior (1945), el papa había expresado por radio en relación con las ceremonias de la virgen de Fátima y su presunta profecía para vencer a Rusia: ―No habrá neutrales... Alístense como cruzados‖. El pobre papa Pío XII, conocedor de la historia papal más que de cualquiera otra historia, pensaba que podía hacer todavía como tantos antecesores suyos durante la Edad Media, que lanzaron cruzadas contra los cátaros, contra los musulmanes y contra los protestantes. Ahora le había llegado el turno al comunismo, según creía, más definidamente de la Unión Soviética. Con el papa siguiente, Juan XXIII, se inicia en la opinión de muchos, una tendencia más liberal o que comercia, al menos, con la realidad del mundo en el que le toca vivir. ¿Qué dijo, sin embargo, Juan XXIII de la dictadura fascista de Franco en España, en una época en que el fascismo había caído en descrédito casi universal? ―Franco da leyes católicas, ayuda a la iglesia, es un buen católico. ¿Qué más se quiere?‖ (1960). En su típica hipocresía de siempre, previendo el fin ya cercano del largo gobierno del dictador, la Asamblea Episcopal aprobará en 1971, una resolución de solicitar un perdón público por la ―parcialidad de la Iglesia‖ durante la guerra civil. No obstante, el clero español y el mismo papado continuarían ponderando el gobierno de Franco. En 1973 diría Monseñor José Guerra
  • 83. 83 Campos, que ―en ninguna otra nación de las que yo conozco... supera la iglesia y no siempre la iguala el nivel de independencia y sana cooperación mantenido en España en los últimos decenios‖. En 1975, el siguiente papa, Pablo VI, confirmaría la opinión de sus tres papas predecesores sobre el dictador. ―Ha hecho mucho bien a España‖, según su opinión, ―y ha proporcionado un desarrollo extraordinario, y una época larguísima de paz. Franco merece un final glorioso y un recuerdo digno de gratitud‖. Juan Pablo II subió a la sede romana después de la era franquista. Pero fue a México para tratar de revertir el cuadro de separación de Iglesia y Estado que la política de cuatro papas anteriores no había podido cambiar. Algo deslucidos en su vestimenta civil se vio a los principales políticos frente a la regia pompa blanca papal. Pero sus discursos ante el papa fueron expresados con claridad. Le hicieron ver que por razones históricas debía mantenerse la separación de poderes. Lo que pone nervioso al papa que cerró el segundo milenio cristiano, es el crecimiento irrefrenable de las iglesias evangélicas y adventistas en Latinoamérica. Amparadas en ese principio de separación logran esos movimientos religiosos un grado de igualdad ante la ley civil para con la Iglesia Católica, que ni los papas más ―humanizados‖ y presuntamente abiertos pueden tolerar. e) El apoyo falangista y clerical a Hitler. Aunque Franco procuró mantener cierta independencia del nazismo alemán, su partido falangista se identificó casi sin reservas al sistema de gobierno de Hitler. Los periódicos y revistas falangistas publicaban proclamas antibolcheviques y antijudías. También se hacía la guerra a la masonería y a toda forma de manifestación democratizante y secular. Una División Azul formada por 18.000 fanáticos voluntarios y otros trabajadores se enroló en España para unirse al ejército alemán en su invasión a Rusia. Muchos otros voluntarios debieron ser despedidos. Su misión fue entendida como una cruzada católica contra el comunismo. Antes de partir, esos cruzados pro-nazis oraron a la Virgen del Pilar, la virgen patrona de España, para triunfar contra el ateísmo. Esa virgen así endiosada probó no tener poder para responder tales oraciones, ya que la campaña nazista a Rusia terminó en el fracaso, y con los insignificantes sobrevivientes de esos voluntarios falangistas destrozados moralmente. La División Azul de militares voluntarios falangistas— conviene repetirlo—fue una verdadera cruzada católica contra el comunismo. ¿Acaso el papa no estaba promoviendo y esperando anhelante una invasión a Rusia para acabar con el comunismo ateo? Los divisionarios grababan cruces en sus equipos y vehículos de guerra, así como nombres de santos y otros símbolos religiosos. Llevaban capellanes militares católicos prominentes (unos 20 en total), que celebraban misas y otras ceremonias religiosas antes de la batalla. En ese respecto se diferenciaban de los escuadrones de guerra alemanes que lo único que llevaban era la cruz vástica. Aún así, los cruzados católico-falangistas españoles consideraban a Hitler como el dirigente cristiano de Europa contra el ateísmo de la Unión Soviética (Spaniards and Nazi Germany..., 111-112). Otras unidades más pequeñas de españoles se unieron a los nazis para pelear contra los Aliados en el norte de Italia y en otros lugares (Spaniards..., 210). Para Franco y los falangistas, la intromisión de los Aliados mayoritariamente protestantes en la guerra (EE.UU. e Inglaterra), era ir contra los designios divinos que pretendían ser los de destruir el comunismo ateo y catolizar toda Europa. Tales designios divinos implicaban también, en su entender, la eliminación de la democracia típicamente protestante y secular. Lo que querían Franco y la Iglesia era un retorno absoluto a los principios político-religiosos que marcaron a Europa durante toda la Edad Media. Cuando Hitler murió en 1945, la prensa española lo homologó: ―Adolfo Hitler, Hijo de la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo el cristianismo. Es entendible que nuestra pluma no encuentre las palabras con las que deplorar su muerte, y ser capaz de exaltar su vida. Por encima de sus restos mortales se levanta su victoriosa figura moral. Con la corona del martirio, Dios le da a Hitler los laureles de la victoria‖. Ecclesia, el órgano oficial de la Acción Católica Española, ponderó orgullosamente a Pío XII en 1950 por su apoyo a los regímenes fascistas, refiriéndose a ―Su Santidad‖, como al ―mejor antidemócrata del mundo‖. Conclusión. La España del S. XXI continúa debatiéndose entre los intentos de avanzada secular y reivindicación clerical. La Iglesia Católica no quiere perder sus privilegios, esto es, su poder en la sociedad. Se resiste a la imposición de leyes que la igualen a las demás iglesias, negando al parlamento europeo todo derecho a intervenir con el argumento de que la realidad española es diferente a la de otros estados europeos. Mientras la realidad siga siendo mayoritariamente católica, aduce que no corresponde cambiar la situación actual. No puede perseguir a las otras iglesias y religiones como en la época franquista que la gobernó por cuatro décadas,
  • 84. 84 porque hay un gobierno democrático y en gran medida secular que la gobierna. Pero exige reconocimientos y ―libertades‖ que pasan por encima de las libertades de otros, argumentando conformar la mayoría. Para muchos españoles, el legado de Franco que se hizo realidad gracias al apoyo militar nazista alemán y fascista italiano, y al estímulo y respaldo político mancomunado del Vaticano, sigue siendo interpretado como ejemplar. ―Franco, héroe cristiano en la guerra‖, era el título de un libro escrito en 1985. ―Francisco Franco, cristiano ejemplar‖, etc. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que España se libre de una religión arrogante y opresora, y esté dispuesta a vestirse con las verdaderas armaduras espirituales de Cristo como única fuente de su legitimidad, sin recurrir a las armas de este mundo? Una nación se purifica no por las armas de una guerra civil y militar, sino por su conversión pura y límpida—esto es, sin compulsiones políticas de ninguna clase—a la cruz del Hijo de Dios. En la historia de España en el S. XX, encontramos otra vez las tantas veces repetida doble moral del papado. Mientras que por un lado pretende reconocimientos políticos y privilegios exclusivos, basándose en la mayoría de la población de confesión católica, por el otro pisotea la voluntad de esa mayoría cuando su voto le es adverso. Esa misma doble política la vemos en la actualidad, en el mismo S. XXI. Requiere los mismos derechos que las demás religiones mayoritarias en los países donde es minoría, pero no está dispuesta a conceder la misma igualdad donde ella es mayoría. En su habitual doble lenguaje, declara no requerir en Europa y en América Latina ―privilegios que no le sean propios‖. ¿Cuáles privilegios no le son propios? O mejor aún, ¿cuáles le son propios? Los que le dan un reconocimiento oficial en las constituciones de los países y continentes (lo que implica la imposición de sus días de fiesta por ley), el apoyo que siempre exigió a su sistema de enseñanza y aún el pago del clero por parte del Estado. En otras palabras, esos privilegios que le pertenecen por voluntad divina, según lo entiende, tienen que ver con la confesionalidad del Estado. Independientemente de qué clase de gobierno se levante en cualquier país, el Vaticano quiere obtener los mismos derechos que siempre exigió la Iglesia Romana como señora de los reinos cristianos que la cortejaban durante los siglos de opresión religiosa medieval. Si en la actualidad busca asociar a sus reclamos a las iglesias tradicionales mayoritarias en otros países de Europa, es porque capta que no tiene el poder político que aspira a tener todavía, y necesita el apoyo de esas otras iglesias estatales como el Protestantismo europeo y la Ortodoxia oriental. Una vez que logre el reconocimiento religioso y político que busca, ¿qué impedirá que intente otra vez hacer lo que hizo a través de Franco en España, con sus típicos métodos de represión contra todo lo que no se ajuste a los dogmas respaldados por ley de los estados que la sostengan? España está otra vez bajo un líder socialista (2004), quien es acusado indirectamente por los obispos católicos de haber cedido al chantaje del terrorismo. Su abuelo fue fusilado por Franco como militante socialista. El papa le notificó que la Iglesia iba a orar por él como lo hace por cada gobierno. Esa última aclaración no hubiera sido necesaria en el caso de que el partido más conservador anterior hubiese ganado las elecciones. Es de imaginarse la preocupación de Juan Pablo II por semejante cambio de gobierno en España, en momentos en que se apresta a dar su último golpe de gracia para que la Comunidad Europea termine mencionando las ―raíces cristianas‖ medievales en su Constitución. Aznar había dado ya su consentimiento a un reconocimiento tal, pero no es seguro que el nuevo jefe de gobierno lo haga. De todas maneras, el recientemente reelecto Putin de Rusia ha tranquilizado al Vaticano haciéndole ver que va a apoyar la unión de las iglesias—principalmente ortodoxa y católica—así como la inclusión de esas ―raíces cristianas‖ en esa Constitución, querida también por la Iglesia de Rusia (Zenit, 19 de marzo, 2004). El Generalísimo Francisco Franco tuvo en Sudamérica otros admiradores que buscaron seguir su ejemplo y encontraron, en su momento, protección en su gobierno. Esto es lo que corresponde ahora considerar, para ver hasta qué punto la Iglesia volvió a militarizarse y a buscar la supremacía en el nuevo continente, ya en la mitad del S. XX y de una manera renovada hacia el final de la década de los 70, cuando la era franquista llegaba a su fin en el viejo continente. 2. Los dictadores católicos de Latinoamérica. Un modelo autocrático equivalente al que bendijo el papado en los países católicos de Europa, fue imitado en los países católicos de Latinoamérica. Todos creyeron igualmente en los principios católicos que reafirmó el papa Pío IX en su Sílabo de Errores. Allí declaró el papa que ―es un error creer que la Iglesia no es una sociedad verdadera y perfecta‖, y que para que la iglesia sea perfecta, el estado debe integrarse a ella. Otro artículo de ese sílabo papal publicado en el S. XIX dice que ―es un error creer que la Iglesia debe estar separada del Estado y el Estado de la Iglesia‖. En el error Núm. 24 establece Pío IX también que es un error creer que ―la iglesia no tiene poder de usar la fuerza, o que no tiene ningún poder temporal, directo o indirecto‖. Esto es lo que, en esencia, aún mantiene el papa Juan Pablo II en el S. XXI cuando requiere de
  • 85. 85 Europa que no desestime su alma, sus raíces cristianas [entiéndase católicas medievales]. La mayoría de los países latinoamericanos son católicos por ley, lo que significa que deben diezmar sus entradas para darlas al clero. Argentina en especial, se ha caracterizado por ser uno de los países católicos más conservadores y fieles al Vaticano. Por tal razón, el papa la apodó en años recientes ―la hija predilecta del papado‖. No debía extrañarnos, por consiguiente, que la democracia tuviese tan corta vida en ese país, con la mayoría de sus presidentes habiendo sido dictadores militares. Entre los más destacados podemos mencionar al general Rosas en el S. XIX (criminal de indígenas e intelectuales), al general Roca en la primera parte del S. XX, y al general Juan Domingo Perón a mediados del mismo siglo. Este último general transformó a su país en la guarida más grande de criminales de guerra por sus crímenes contra la humanidad cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Adolfo Hitler mismo, según las últimas investigaciones, habría pasado sus últimos años en el sur de Argentina (siempre quedaron dudas después de la guerra sobre la identificación de su cadáver). Ante Pavelic, el dictador de Croacia, terminó siendo nombrado por el mismo Perón como ―consejero de guardia‖ personal de la presidencia. En Paraguay gobernó con plenos poderes el general Stroessner, reprimiendo brutalmente toda oposición. Las torturas y desapariciones de ―maleantes‖ y opositores fueron la nota tónica de todo su mandato de varias décadas, más acentuada aún en el comienzo de su dictadura. Era así como se ponía orden en un país también regado por los levantamientos y la violencia. Las cosas se pusieron más serias cuando en Chile ganaron las elecciones los comunistas. Todo el continente católico latinoamericano tembló. La civilización cristiana corría peligro. ¿Cuál sería la solución? Nuevamente, gobiernos militares dictatoriales que suprimiesen en Chile la voluntad popular bajo Augusto Pinochet, en Argentina bajo Videla, y en Uruguay bajo otra junta militar con la anuencia del presidente decidídamente pro-católico que había sido electo. El enemigo común era el mismo que en Europa y en el Asia: el comunismo. La justificación para la guerra y el genocidio era el mismo también: salvar el cristianismo mediante una cruzada religiosa contra toda incursión del ateísmo. Como en la Edad Media, todo método de exterminio que viniese a la mano y fuese útil para lograr los objetivos ―cristianos‖, se volvía lícito. El clero católico participaría igualmente en la contienda, ya que el catolicismo en especial, se veía amenazado por las corrientes de izquierda. La misma reacción que tuvo el clero contra los revolucionarios que trajeron la libertad a Latinoamérica a comienzos del siglo anterior (XIX), iba a ser la reacción que ahora iba a tener contra toda agrupación que tendiese a romper el matrimonio Iglesia-Estado de esos países. A. Juan Domingo Perón. De todos los dictadores del S. XX, Perón fue el que menos homicidios produjo, y esa fue la razón tal vez por la que su régimen se prolongó en el partido que creó, llamado Justicialismo, y que todavía gobierna a la Argentina ya bien comenzado el S. XXI. A diferencia de Franco, a quien realmente idealizaba, Perón subió al poder por voluntad popular. Por ambas razones, y porque con el tiempo, además, impidió ser absorbido totalmente por los intereses de la curia, muchos consideran su gobierno como semi-fascista. Finalmente fue derrocado por el ejército y la Iglesia en conjunto, en gran medida, porque terminó no respondiendo a algunos de los intereses sensibles a ambos. Cuando los militares detuvieron por primera vez a Perón, cometieron el error de dejar libre a Eva Duarte, su segunda mujer. Evita había nacido y se había criado en ambientes de pobreza, de manera que conocía perfectamente la manera de pensar de las masas. Gracias a lo bonita que era, y a que vendía su elegante cuerpo como prostituta, pudo ir logrando escalar hasta llegar al mismo Perón. El dictador terminó casándose con ella en segundas nupcias, invalidando la sacralidad de su primer matrimonio que exigía la Iglesia, y generando otro conflicto con la Iglesia. Evita, por su parte, reveló sus dotes notables para movilizar las masas, al producir un levantamiento popular pacífico pero de tal significado que su flamante marido debió ser liberado, y repuesto en el poder. a) Vínculos con el fascismo. Juan Domingo Perón era un gran admirador de Francisco Franco. No es de sorprenderse que hubiese encontrado, finalmente, refugio en España. El vínculo mayor que tuvo Perón con el fascismo fue su recepción de todos los refugiados nazis y ustashis de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Junto con ello facilitó el contrabando del oro a Argentina que esos criminales sacaron de sus países hasta que pasase la tormenta y las aguas se volviesen más tranquilas. Otro vínculo con el fascismo puede vérselo en el hecho de que el gobierno de Perón se basó más en su figura personal que en la constitución misma del país. Si Perón no fue totalmente fascista se debió a que abrió un sistema intermedio entre las corrientes políticas de izquierda y de derecha, sin dejar de lado el respaldo popular que manejó a su gusto mediante métodos demagógicos. Al mismo tiempo mantuvo cierta
  • 86. 86 distancia o independencia de la Iglesia Católica, con la cual compitió en la lucha por obtener el reconocimiento del pueblo. Aunque comenzó vinculándose con ella y le dio poderes que ella no tendría en los gobiernos democráticos posteriores, hubo confrontaciones en el ejercicio de la autoridad y control de varios cargos públicos. La Iglesia Católica quería seguir teniendo la hegemonía en la educación religiosa y en la labor social, y no podía aceptar que un gobierno civil compitiese con ella en ese terreno. b) Viaje de Eva Perón a Europa. El 16 de junio de 1947, dos años después que terminase la Segunda Guerra Mundial, la primera dama de Argentina, Eva Perón, hizo una gira a Europa para ser festejada en España, besar el anillo del papa Pío XII en el Vaticano, y codearse con los ricos y famosos banqueros de los Alpes suizos. De los archivos que abrieron recientemente los bancos suizos y el Banco Central de Argentina, y de las investigaciones de los cazadores judíos de nazis fugados, se puede saber hoy que ese viaje no fue pura y simplemente para reforzar lazos diplomáticos, comerciales y culturales entre varias naciones europeas y Argentina. Tuvo una misión paralela que permitiría poner las bases para las intervenciones militares más fascitizadas del último cuarto de siglo en Argentina. El papa Pío XII habría discutido con ella, además, el cuidado y la alimentación de los fieles nazis y ustashis refugiados en Argentina... ¿Cuáles fueron esos objetivos paralelos del viaje de Evita a Europa? En primer lugar, coordinar la red que debía ayudar a los nazis a reubicarse en Argentina. Así como los EE.UU. e Inglaterra se interesaron después de la guerra, por descubrir los científicos nazis para aprender de sus experimentos médicos hechos en los campos de concentración; así también se interesó Perón, además, en absorber la técnica militar nazi para fortalecer su poder militar en el cono sur. Como prueba de ello se puede mencionar que el primer avión de motor de combate introducido en Sudamérica—el ‗Pulque‘—fue construido en Argentina por el diseñador de aviones alemán Kurt Tank de la firma Focke-Wulf. Sus ingenieros y pilotos de pruebas llegaron gracias al servicio de emigración ilegal que se daba conjuntamente en Suiza y en el Vaticano. Así obtuvieron también los cianotipos de los cohetes alemanes V2 y V3. Un médico, Carl Vaernet, había conducido experimentos quirúrgicos sobre homosexuales en el campo de concentración Buchenwald. Luego de castrar a los hombres, les insertaba glándulas sexuales metálicas que infligían muertes atormentadoras a algunos de sus pacientes. Ese científico fue considerado también como de gran utilidad para la Argentina. Tanto para los diplomáticos suizos como para el Vaticano, el interés del contrabando de criminales nazis y ustashis a Argentina tenía que ver con intereses de contrabando financiero. Para los sacerdotes católicos del Vaticano se sumaban dos aspectos adicionales: el interés en proteger gente tan fiel a la Iglesia Católica, y en reorganizar sus servicios en contra del comunismo dondequiera fuesen. Ya antes del viaje de Evita a Europa, en mayo de 1947, un informe del Ministerio de Asuntos Exteriores clasificado como extremadamente secreto, consideraba al Vaticano como ―la organización más grande implicada en el movimiento ilegal de emigrantes, incluyendo a muchos nazis‖. Posteriormente, varios jerarcas ex nazis agradecerían públicamente al Vaticano por su ayuda vital que implicó no solamente los contactos diplomáticos necesarios de la Santa Sede con los gobiernos latinoamericanos, sino también el reparto de documentos falsificados que les permitiese fugarse sin ser descubiertos por el espionaje Aliado. Los archivos secretos del gobierno argentino mencionan, por ejemplo, al obispo Alois Hudal como el hombre clave en la protección y fuga de los criminales de guerra nazi después de la guerra. Recientemente a través de Zenit (3 de marzo, 2004), el Vaticano confirmó que ―en aquellos años el papa desempeñaba también el cargo de Prefecto del Santo Oficio. Tanto Pío XI como Pío XII eran prefectos ‗ex officio‘ del Santo Oficio‖. Nunca habría expresado el Santo Oficio su parecer sobre el régimen nazista—según argumenta Zenit—―sin antes haber consultado con la Secretaría de Estado‖ del Vaticano. Este argumento lo esgrime para contradecir la tesis de una nueva obra que implica nuevamente al papado en el genocidio nazista. Pues bien, el obispo Alois Hudal pertenecía al Santo Oficio, y había recibido el encargo de investigar los libros que debían ser censurados. Pío XII mismo lo ordenó como obispo. ¿No iba a estar enterado el Vaticano de la obra ―clandestina‖ que hacía, siendo que fue la misma Santa Sede la que le encomendó la tarea de visitar a los nazis detenidos en las cárceles aliadas? c) Beneficios y alcances posteriores del contrabando de criminales nazis. Los nazis agradecidos le prodigaron a Evita grandes riquezas que le sirvieron después a Perón para vivir en una regia mansión en España durante todo su exilio, y a todo lujo. El beneficio económico y el respaldo en diversas áreas que le prodigaron los nazis a Perón, permitió su reelección en 1951. Argentina parecía no haber estado económicamente nunca mejor que entonces. Grandes números de nazis estaban firmemente instalados ya en el aparato militar industrial de Argentina. Paradójicamente, en la guerra que el gobierno militar posterior emprendió contra Inglaterra en las Islas
  • 87. 87 Malvinas, los aviadores argentinos pudieron cumplir con un mejor papel gracias a la ayuda de técnicos de origen alemán y judío que fueron capaces de adaptarse con asombrosa rapidez a las nuevas técnicas que estaban empleando los aliados del Atlántico Norte. Aún los submarinos que usaron habían pertenecido a Alemania durante la guerra, y fueron refaccionados por Alemania para servir en esa guerra que Argentina sostuvo con Inglaterra. Los nazis y ustashis en Argentina mantuvieron la antorcha de Hitler encendida, obtuvieron nuevos convertidos en los militares de la región y compartieron sus métodos de tortura y operativos de ―escuadrones de la muerte‖, que la Junta Militar posterior usaría para perseguir a los movimientos políticos de izquierda. Desde Argentina esos ―escuadrones de la muerte‖ serían exportados a otros países de Latinoamérica, empleando aún a nazis como soldados de tropas de asalto. Entre ellos estuvo Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon de la Gestapo, quien se había instalado en Bolivia con la ayuda que le brindó la Santa Sede. También contaron con el apoyo de la Liga Mundial Anticomunista que dirigió el criminal de guerra fascista Ryoichi Sasakawa de Japón y el reverendo Sun Myung Moon, fundador de la secta de la Unificación. Ya vimos que los ustashis intervinieron en el asesinato del cónsul uruguayo en Paraguay bajo la dictadura de Stroessner. En 1980 Barbie ayudó a organizar un golpe de estado brutal contra el gobierno democráticamente elegido en Bolivia, gracias a la financiación ofrecida por los cabecillas de la droga y una coalición internacional de neofascistas. A la luz de la vela, Barbie había estado instruyendo a la nueva generación de nazis sobre los principios de la cruz vástica en su lucha contra el comunismo. El equipo de Barbie persiguió y mató a funcionarios del gobierno y a líderes sindicalistas, al mismo tiempo que los especialistas argentinos volaban para enseñar en Bolivia y en Centroamérica las últimas técnicas de tortura. Bolivia se transformó así, en una fuente protegida de cocaína que permitiría el surgimiento del cartel de Medellín. d) Vínculo del peronismo con la Iglesia Católica. En general, el peronismo se considera hoy a sí mismo como una solución intermedia entre el fascismo y el comunismo. Dicho de otra manera, se trataría de una posición intermedia entre los intereses católicos tradicionales y las corrientes políticas de izquierda. Esa posición intermedia se habría producido como resultado de una ruptura entre el catolicismo y los sectores populares. Monseñor Emilio Di Pasquo, el padre confesor de Evita, reconocía en 1945 que el capital y el trabajo se hacían la guerra para entonces, y como el capital estaba ligado a la Iglesia, observó que ―el abismo que separa el capital del trabajo es el mismo que separa a los trabajadores de la Iglesia‖. Con la subida de Perón a la presidencia argentina, la Iglesia Católica pensó que lograría afirmar la hegemonía del catolicismo mediante el típico sistema coercitivo que se había dado y daba aún en los gobiernos fascistas de Europa. En realidad, la unidad entre la Iglesia y las fuerzas armadas tenía ya larga data dentro del pensamiento político católico. En Argentina esta unidad se estableció claramente en los años 30 con el nombramiento del obispo de Rosario como Vicario General del Ejército. De allí que no era demasiado extravagante para la Iglesia soñar con dominar la sociedad como lo estaba haciendo en España. - Política socio-económica redistributiva. Perón, por otra parte, incorporó en su sistema político las encíclicas papales de esos años, según lo declaró públicamente en su último discurso antes de las elecciones que le dieron la victoria en 1951. Tanto la Iglesia como Perón creían en una política social redistributiva para resolver el antagonismo creado entre el capital de las industrias y el trabajo de las masas. De manera que con tal prédica de Perón en su campaña política, la Iglesia podía seguir gozando, en principio, del predominio clero-gubernamental en materia político-económica. Ese sistema social redistributivo en lo que se refiere a las ganancias, fomentado por las encíclicas papales, llevó a Perón a requerir de las industrias y de los ricos donaciones inconmensurables para sus obras sociales. Las industrias que no participaban en esa obra de ―caridad‖, que tenía como propósito honrar las imágenes de Perón y Evita, eran cerradas ante cualquier pretexto. De manera que ninguna industria ni fábrica ni empresario tenía otra alternativa que dar para los ―pobres‖. Así ganaba el mandatario argentino el favor y la admiración de las masas pero, ignorando el favor y la admiración que quería recibir también la Iglesia Católica por tal política. Es llamativo que en esa época, la traducción bíblica de Reina Valera sobre 1 Cor 13 prefería la palabra ―caridad‖ en lugar de ―amor‖, debido a la creencia de que la palabra ―amor‖ había degenerado en la sociedad, evocando aspectos sensuales. Luego que cayeron Perón y Evita, el cuadro volvió a revertirse por la imagen torcida que terminó dejando en la gente el uso de la palabra ―caridad‖ (como símbolo de farsa). En su lugar, se decidió volver a la palabra ―amor‖. Este hecho ilustra el contraste entre el verdadero ―amor‖ que describe la Biblia, con la presunta ―caridad‖ por la que aboga también la Iglesia Católica como fundamento de su obra económica-social redistributiva.
  • 88. 88 Una política redistributiva equivalente se vio en años más recientes en la ―teología de la liberación‖. El papa Juan Pablo II no la rechazó por sus principios económico-sociales como tales, sino por su tendencia política revolucionaria, izquierdista y marxista que no está dispuesta a darle a la Iglesia Católica todo el rédito en los que pretende recibir. Esa tendencia jesuítica moderna en Latinoamérica en especial, hacia una ―liberación‖ socio-económica más independiente, contribuyó a que el papa Juan Pablo II terminase dando preeminencia a la orden más conservadora del Opus Dei en el Vaticano. Esto implicó una persecución interna contra los jesuitas, cuya influencia dentro de la Iglesia Católica terminó decayendo. El mismo contraste entre el verdadero amor bíblico que ―no siente envidia..., no es jactancioso, no se engríe, no es rudo, no busca lo suyo‖ (1 Cor 13:4-5), y la ―caridad‖ que compite por la supremacía política y la alabanza del mundo al exigir a los pudientes dar a los pobres, es el que se ve hoy en la política papal de ―globalización de la solidaridad‖. Lo que el papa hace en la actualidad es fomentar, muy sutilmente, la rebelión y emancipación de las naciones más pobres, para canalizar las amarguras y frustraciones de las masas en su favor. Mediante su esfuerzo por fiscalizar la actividad política internacional y nacional en materia socio-económica, espera poder ascender otra vez al poder mundial, y hacer que su voz se escuche por toda la tierra [véase A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización. La Intención Oculta (1999), cap 11]. La política económico-social redistributiva tradicionalmente abogada por las encíclicas papales a fines del S. XIX y comienzos del XX se mantiene en pie, requiriendo a nivel internacional que las naciones más ricas condonen la deuda externa de los países más pobres. Tal política nace en el mismo espíritu que motivó a Judas a requerir que el dinero ofrecido al Señor se lo diese a los pobres a través de su administración fraudulenta personal (Juan 12:5-6). El Señor también prohibió a su iglesia esa política interesada y propagandística, cuando advirtió a sus discípulos que ―los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros no sois así‖ (Luc 22:25-26). - Política educativa. Perón también le dio a la Iglesia Católica el gusto en materia educativa. Ya el gobierno militar de 1943, bajo la influencia del integrismo católico, había decretado la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas, como medio indispensable para catolizar la sociedad. Pero la Iglesia aspiraba a que ese decreto fuese garantizado por una ley del Congreso, una vez que el país volvió a la vigencia constitucional, y comerció con Perón el apoyo de su candidatura sobre la base de la aprobación de tal ley. Cuando el debate llegó a la cámara de diputados, la Iglesia comenzó a ejercer su presión para su aprobación recurriendo al modelo franquista español que pretendía fundir la hispanidad con el catolicismo y la nacionalidad, y vincular el liberalismo y el laicismo con la desintegración del cuerpo social de la nación. Algunas frases en los discursos de la cámara de diputados fueron entonces muy significativas. ―Nuestra tradición es Cristo y estar contra ella es estar contra Cristo. Dios es el alma nacional‖. Esta declaración del ―alma nacional‖ implicaba la superioridad por el que abogaron siempre los papas basados en la filosofía de Tomás de Aquino, de la autoridad religiosa (el alma) sobre la civil (el cuerpo). ―Con España [antes de Franco], el catolicismo era el otro gran calumniado; se estableció la siguiente sinonimia: hispanidad, catolicidad, oscurantismo. Y así comenzó, señores diputados, todo el proceso de descastización..., una ruptura violenta con la más pura y rancia tradición argentina‖. ―Entre una tradición de tres siglos y medio y otra de apenas sesenta años, la primera es la verdadera, elaborada a lomo de centurias, iniciada desde el instante en que el gran navegante hincó su rodilla en América, para anunciarle al indígena que el eclipse y el rayo eran castigos divinos lanzados... sobre la antifé‖. ¿Qué hizo el navegante católico español con el indígena en Latinoamérica? Creó un Tribunal de Extirpación de Idolatrías para torturar y aniquilar a los indígenas rebeldes que no se convirtiesen a la fe católica, o que siguiesen apegados a ciertas tradiciones paganas. ¿Cuál fue más definidamente la actitud de la Iglesia y el Estado para con el indígena en la católica Argentina del S. XIX? No fue su integración a un patrimonio común, sino la paz establecida mediante la total exterminación de los indios pampas en Buenos Aires y de los charrúas en Uruguay. ¿Ese fue el evangelio que trajo el navegante español, acompañado indefectiblemente por un sacerdote para intentar catolizar la sociedad indígena? ¿Quiénes, sino los sacerdotes católicos y el ejército español, produjeron el eclipse presuntamente divino de los indígenas e hicieron caer los rayos de la ira divina sobre la antifé? ¿Sobre esa base querían todavía reconstruir la sociedad argentina a mediados del S. XX? e) Conflictos entre la Iglesia y el peronismo. Perón comenzó su primer mandato en agosto de 1946, y esos conflictos sobre la acción estatal en el ámbito social que la Iglesia consideraba como suya, comenzaron a darse desde bien pronto. Por influencia de Perón la ley que
  • 89. 89 establecía la enseñanza obligatoria de la religión católica en las instituciones educativas estatales finalmente se aprobó (marzo de 1947). Pero de los seis miembros determinados para la Dirección General de Instrucción Religiosa, el director y cuatro vocales debían ser designados por el Poder Ejecutivo. Con esto daba a entender Perón que no estaba dispuesto a ceder todo el terreno a la Iglesia. Los católicos sintieron, al mismo tiempo, que debían competir con figuras históricas de corte anticlerical como Rivadavia y Sarmiento que impregnaban el ámbito educativo. La Iglesia consideraba también como peligrosa moralmente una preocupación excesiva por lo corporal como la enseñanza de la higiene y el deporte. El cuerpo de la mujer era visto como fuente de corrupción, por lo que los censores católicos se oponían al uso de ropas gimnásticas escuetas entre las jóvenes estudiantes. La enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas públicas fracasó por dos razones básicas. Una tuvo que ver con la falta de preparación de los profesores de religión, según admitió después la Iglesia, ya que los más capacitados preferían permanecer en las instituciones católicas privadas. El segundo tuvo que ver con la intervención peronista especialmente en las escuelas primarias, que buscó acaparar para sí todo el mérito y honor de la instrucción pública y de la obra social. El texto escolar de 1947 decía, por ejemplo: ―... tú estás viviendo en los años del gobierno del GENERAL PERÓN, que es como Belgrano, un patriota cristiano; como San Martín, un libertador preclaro; como Rivadavia, un genial propulsor del progreso; como Sarmiento, un apóstol de la cultura. Pero hay algo en lo que no tiene antecesor. Es como nadie, el DEFENSOR de los trabajadores y el PALADIN DE LA JUSTICIA SOCIAL‖. En otras palabras, la exaltación a los líderes patrios entre los cuales se destacaba Perón terminó constituyendo la base de la educación de ―la nueva Argentina‖, no la religión católica. A Perón se le otorgó el título de ―primer maestro de la nueva escuela argentina‖. La enseñanza de la religión pasó a transformarse en una concesión de Perón a los católicos, no en un derecho que la Iglesia consideraba como propio. Finalmente Perón y Evita terminaron ocupando todos los espacios reclamados por la religión. Los niños debían leer desde 1951 que ―el general Perón, siguiendo el ejemplo de Jesús, buscó a sus amigos entre los pobres‖. ¿A quién debían mirar los niños para contemplar a Jesús? No a los santos, ni a los maestros de religión, ni a los sacerdotes católicos, ni tampoco al papa, sino al mismo Perón. A partir de la muerte de Evita en 1952, el Ministerio de Educación decretó que los niños colocasen en todas las escuelas una ofrenda floral ante su retrato, y leer, al izar o arriar la bandera, una oración en su memoria. Toda la veneración exigida por la Iglesia Católica a sus tantas imágenes de vírgenes y santos, comenzó a dársela el peronismo a la imagen de Evita. Y la veneración endiosada de Evita a Perón se ve notablemente retratada en su libro, ―La Razón de mi Vida‖, que debía servir como manual de lectura para el último grado de la escuela primaria. ¿A quién debían mirar los que veneraban a Evita? A Perón quien a su vez, como ya vimos, era la figura representativa de Jesús. f) Intermediarios competidores. Este es un punto importante que no puede pasarse por alto. La Iglesia se quejó porque Perón y Evita terminaron ocupando el lugar de Cristo como una especie de intermediarios en donde el último estadio eran Cristo y Dios mismo. Pero, ¿acaso no hace ella lo mismo cuando interpone entre Cristo y su Padre una cantidad de intermediarios presuntamente virtuosos para que la gente los mire, y venere a través de ellos, el rico patrimonio que presuntamente posee la Santa Madre Iglesia que los dio a luz? El clero se quejó de Perón porque desplazó con su propia imagen la intermediación que la Iglesia Católica se atribuye a sí misma entre Cristo y Dios. Es llamativo que los sistemas políticos que tributan un culto al dictador se hayan dado históricamente en países mayormente paganos y católicos. Se debe a que la gente está acostumbrada por esas religiones a venerar a seres humanos, a superestrellas con calificaciones extraordinarias, porque su religión les enseña a admirar un sinnúmero de luces brillantes que terminan opacando la verdadera luz del cielo. La exaltación casi religiosa de Perón, y más aún de Evita, ha continuado en Argentina durante medio siglo después de haber muerto Eva y caído el dictador. Cuando se estrenó la película sobre Eva Perón al concluir el S. XX, hubo gente furiosa en Argentina porque sentía que una mujer de tan baja moral como Madona era indigna de representarla. ¡Cómo podía atreverse una mujer así representar a otra tan santa como Evita! ¿Por qué esa reacción? Porque además de los santos y por encima de ellos, los católicos han sido enseñados a venerar a María, y en Evita muchos podían ver de nuevo una mujer llena de grandes dotes presuntamente maternales. Así como la Iglesia de Roma reemplazó las estatuas de la diosa Isis por las de María en el S. IV y V, y el culto al emperador por el del papa en el S. VI, así también le resultaba natural a mucha gente en Argentina reemplazar al papa y a los santos por Perón, y a la virgen María por Evita. Un historiador católico que contó con el Imprimatur de Roma, describe el
  • 90. 90 sincretismo que se produjo al concluir la primera mitad del primer milenio cristiano. ―Una adoración íntima y confiada de los santos reemplazó el culto de los dioses paganos, y satisfizo el politeísmo congenial de las mentes simples o poéticas... Los altares paganos fueron re-dedicados a héroes cristianos; incienso, luces, flores, procesiones, vestidos, himnos, que habían agradado al pueblo en los viejos cultos, fueron domesticados y purificados en el ritual de la Iglesia; y la tosca matanza de una víctima viviente fue sublimada en el sacrificio espiritual de la Misa‖ (Will Duran, The Age of Faith, 75). Pero, ¿qué es lo que sucede en realidad con ese tipo de veneración humana? Ya lo había escrito E. de White en 1911: ―El culto de las imágenes y reliquias, la invocación de los santos y la exaltación del papa son artificios de Satanás para alejar de Dios y de su Hijo el espíritu del pueblo. Para asegurar su ruina, se esfuerza en distraer su atención del único que puede asegurarles la salvación. Dirigirá las almas hacia cualquier objeto que pueda substituir a Aquel que dijo: ‗¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!‘‖ (CS, 625). Fue una formación tal de las masas, a las que la Iglesia de Roma acostumbró a venerar seres humanos en lugar de a Dios mismo, la que facilitó la tarea demagógica de Perón y Evita hace medio siglo atrás. El golpe militar de septiembre de 1955 vio a la Iglesia Católica otra vez junto a las fuerzas armadas. Contrariamente al reino de Cristo que no busca honores mundanos (Juan 5:41), la Iglesia continuaba buscando la alabanza humana por la cual Perón había competido. Jesús acusó a los gobernantes políticos y religiosos de sus días de buscar ―la alabanza los unos de los otros‖, en lugar de buscar ―la alabanza que viene del Dios único‖ (Juan 5:44). Pero Perón eclipsaba la alabanza que la Iglesia pretendía pertenecerle a ella y, por consiguiente, la Iglesia Católica no podía retribuirle tal reconocimiento. La Iglesia Romana reconoce únicamente a los gobernantes que están dispuestos a involucrarse en un sistema de gobierno compartido según el molde preanunciado en Apoc 13:4. Ambos poderes, el civil y el religioso, pueden ser venerados conjuntamente según el sistema ideado por el ―príncipe de este mundo‖, pero a condición de que se reconozcan mutuamente y no compitan demasiado por la adoración que buscan. Mientras que en los antiguos cultos paganos había una sola cabeza y era la del emperador, en el sistema medieval hubo dos cabezas, la monárquica y la papal, dándose mutuamente los reconocimientos públicos que les permitían gobernar en forma absoluta sobre los pueblos y las naciones de entonces. Este sistema que se iba a establecer con la aparición del papado romano, fue profetizado por el antiguo profeta Daniel. De ese ―rey altivo de rostro‖ (Dan 8:23) predijo que colmaría ―de honores a quienes lo reconozcan, dándoles dominio sobre muchos, y‖ repartiéndoles ―la tierra como recompensa‖ (Dan 11:39). Todo el que aspira a gobernar sobre este mundo, debe esforzarse por buscar su aprobación y reconocimiento. Pero la Iglesia de Cristo no fue levantada por el Señor para gobernar el mundo, ni tampoco para que se esforzase por obtener reconocimientos políticos, sino para buscar la alabanza que proviene del único Dios que está en el cielo. La única manera de obtener ese reconocimiento divino es buscando hacer su voluntad, guardando sus mandamientos (Juan 14:21-23). Ese mismo hecho pondrá a la verdadera Iglesia de Cristo a menudo en conflicto con el mundo (Juan 17:14). El que se esfuerce por obtener la alabanza de Dios se verá, en efecto, a menudo incomprendido por las autoridades terrenales, como lo fue Cristo durante toda su estadía en esta tierra (Juan 15:18-20; 16:33). No se trata de negarle reconocimiento a quien se lo merece, sino de no buscar aplausos que sacrifiquen la justicia o que comprometan al verdadero cristiano en su fidelidad a Dios (Juan 17:16-19). Los que a expensas de la verdad y la santidad compartan honores con los así llamados ―grandes‖ de este mundo, podrán obtener tal vez importantes beneficios terrenales. Pero no podrán contar con la aprobación divina ni menos aún, con la vida eterna. El gobierno que se levantó en Argentina después que Perón cayó no impuso la enseñanza de la religión. Para ese entonces las influencias liberales se hacían sentir aún en el catolicismo, que terminó viendo como más productivo reforzar la enseñanza religiosa en los centros de educación católica privada, antes que por la fuerza de la ley en las escuelas públicas. El esfuerzo principal de la Iglesia Católica iba a darse de allí en adelante en obtener todo el apoyo estatal posible para fortalecer sus propios centros privados de educación. Aunque ya concluyendo el S. XX, el papa Juan Pablo II iba a intentar influenciar las autoridades políticas y educativas argentinas para que volviesen a imponer la educación religiosa en las escuelas públicas, tal presión del Vaticano no iba a poder pasar por alto la experiencia histórica que se había vivido en ese país y que rechazaba, con argumentos bien elaborados, los efectos negativos de tal reclamo. Conclusión. En la opinión de muchos, el peronismo salvó por cierto tiempo a Argentina de caer en cualquiera de los dos extremos que son el fascismo y el comunismo. Aún así,
  • 91. 91 una posición intermedia tal iba a ponerlo siempre en conflicto con la Iglesia Católica, que favoreció constantemente la intervención militar como medio de imponer un orden que le fuese más favorable. Por la misma razón, muchos líderes peronistas, incluyendo Menem y Kirchner, iban a sufrir dos décadas más tarde bajo dictaduras neofascistas. Al no apoyar la tendencia ultraderechista ―salvadora‖ del momento, serían vinculados indiscriminadamente con las líneas de izquierda. Una vez liberado el país de las dictaduras neofascistas buscaría el peronismo ocupar nuevamente ese puesto intermedio. ¿Cómo lo haría? Procurando reconciliar las dos corrientes antagónicas de siempre, para que cada una fuese insertada en la sociedad, en un marco de mutuo respeto y tolerancia. En este respecto, el peronismo complacería a la Iglesia Católica, la que para entonces iba a estar temerosa de que se ventilase hasta qué punto había estado vinculada con el genocidio militar. En la actualidad, el presidente Kirchner ha tomado como un apostolado personal el reivindicar la izquierda que fue oprimida en la década de los 70, y en la cual él mismo fue detenido por un corto tiempo. Pareciera no percibir o no importarle, que esa marcada actitud izquierdista tiende a aislarlo dentro del peronismo, y a indisponerlo ante la Iglesia que, por el momento, se contenta con volver a insistir en una política de reconciliación como un velado intento de frenar la justicia retroactiva que asumió el actual mandatario. En estos momentos, la ola de los típicos vaivenes políticos que caracterizaron siempre a los países católicos (durante los S. XIX y XX), parece apuntar otra vez hacia la izquierda. Esto se ve en la elección de Zapatero en España, Lula en Brasil, Chávez más penosamente en Venezuela, y Kirchner en Argentina. El efecto dominó de esas tendencias está llegando a Francia con un renovado vuelco hacia el socialismo. Así como una tendencia hacia la derecha se dio con la caída de la Unión Soviética, así también ahora se ha estado dando en ciertos países una tendencia hacia la izquierda. Es un frente que se levanta contra un republicanismo intempestivo norteamericano, que irrumpió inesperadamente sobre el mundo al captar cuán vulnerable era al terrorismo internacional. Esas idas y venidas no suelen durar mucho. La última ola parece cercana, y vendrá sobre el mundo entero ―como una tempestad‖ (Dan 11:40úp), tan sorpresiva y asombrosa como la caída del comunismo soviético, la que tanto prestigio trajo al pontificado romano. Entonces tendrá lugar el fuerte pregón final que anunciará la caída de Babilonia (cúmulo de religiones coaligadas del fin bajo el papado romano: Apoc 14:8; 18:1-5; cf. 17:13), y que lo hará salir ―con grande ira para destruir y matar a muchos‖ (Dan 11:44; Apoc 13:15). B. Las dictaduras de Chile y Uruguay. No es nuestro propósito aquí repasar la historia de todas las dictaduras latinoamericanas, sino de extraer lecciones prácticas de algunas de ellas, con el propósito de destacar el pensamiento uniforme que ha mantenido y continúa manteniendo la Iglesia Católica Romana en su constante accionar político. Esto es indispensable para entender la naturaleza de la crisis final predicha en la Biblia. En esa confrontación del secularismo ateo con las normas y principios religiosos occidentales, sabíamos los adventistas que los que finalmente lograrían imponerse serían estos últimos (Dan 11:40úp- 44: detalles más adelante). Por tal razón, nuestro interés se centra en los genocidios que causó ese cúmulo de poderes religiosos, y cuya fuente de inspiración y autoridad está en el Vaticano. Dos problemas básicos sobresalen en el genocidio latinoamericano. Uno tuvo que ver con la metodología inaceptable empleada contra la oposición (torturas y desapariciones), y el otro con la falta de discriminación o distinción de los adversarios a la hora de aplicar el castigo. Con respecto al primero podemos decir que no se acepta hoy, ni nunca debió haberse aceptado, que un gobierno ponga a todo elemento opositor en un mismo contenedor. Así, en la represión militar de Latinoamérica se vio a los militares y curas católicos torturando, haciendo desaparecer y matando a mansalva a todo sospechoso, con criterios a menudo semejantes a los que usaron los prelados papales en la Edad Media para justificar sus genocidios contra los Albigenses, Valdenses, Cátaros, Hugonotes, y todo grupo que se levantaba contra ellos. La idea era, en principio, de exterminarlos a todos—culpables y sospechosos— dejando con Dios la vindicación de los que pudiesen haber muerto inocentemente. En los genocidios de Franco, Pinochet y Videla sufrieron terriblemente y murieron muchos que no tuvieron nada que ver con la insurrección política. La justicia internacional hubiera podido tolerar que tales generales hubiesen mandado al pelotón de fusilamiento a sus adversarios criminales, a condición de que su ejecución hubiese sido precedida por juicios abiertos y verificables. Ni Dios en el universo, ha dispuesto las cosas para hacer desaparecer sus criaturas, sin antes abrir un juicio investigador para que toda la creación celestial pueda ver la justicia divina en la sentencia que los malvados tendrán al final (véase Gén 18:20-21; Dan 7:8-9, etc).
  • 92. 92 La crisis final caerá sobre el mundo entero cuando se impongan los mismos principios religioso-político- medievales y neomedievales que se invocaron como excusa para cometer los más grandes genocidios de la historia. Ante tal contingencia, ¿habríamos de descuidar las dramáticas ilustraciones que Dios permitió que tuvieran lugar en el S. XX, de esos eventos portentosos del futuro próximo? El siglo que acaba de terminar marcó un compás de espera, tuvo que ver con una contención de vientos por usar el lenguaje del Apocalipsis (Apoc 7:1-3). Ese compás trajo ejemplos microcósmicos y algunos rayando ya en una lucha global, que Dios permitió que se dieran para que entendiésemos mejor la naturaleza de la contienda macrocósmica por venir, y estuviésemos mejor preparados para enfrentarla. Hay otras razones por las cuales es importante prestar atención a las dictaduras latinoamericanas de la última parte del S. XX. Los genocidios perpetrados por los dictadores católicos sudamericanos de las décadas del 70 y del 80, tuvieron lugar bajo el reinado espiritual de otros papas que pretendieron cambiar la cara que el papado había mostrado antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras que para muchos, Pío XII fue el último papa de corte medieval, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II se volvieron presuntamente más liberales y humanísticos. Pero la actitud que asumieron estos últimos papas con el Franco de la post-guerra y con las dictaduras militares sudamericanas posteriores, prueba que esa fachada de liberalismo que hoy pretenden ofrecer al mundo, se contradice con el respaldo que dieron a esos regímenes antidemocráticos represores iberoamericanos. ¿Por qué los respaldaron? Porque favorecían a la Iglesia Católica frente a un presunto ―enemigo común‖. a) Dos democracias de larga trayectoria ignoradas. Lo aparentemente insólito ocurrió en Chile en la década de los 70, cuando un presidente comunista fue elegido por voto popular. Un país en donde el contraste entre la aristocracia rica minoritaria y la clase pobre mayoritaria es abismal, no debía en realidad sorprender a nadie al terminar democráticamente apoyando el comunismo. Pero la noticia puso en vilo a todo el continente católico. Había que hacer algo para salvar al cristianismo (aristocrático católico), antes que fuese demasiado tarde. Como en España, ni la democracia ni el voto popular debían contar para nada ante el peligro inminente. Bastante tarde captaba tanto el clero como la nobleza comercial y gobernante de los países católicos, que había que reeducar la gente, esto es, ―recristianizarla‖. Fidel Castro pasó largas vacaciones en Chile (casi un mes), disfrutando ese triunfo comunista, a la espera de las elecciones en Uruguay en donde todo parecía indicar que iba a ganar el Frente Amplio. Pero la ―rosca‖ gobernante que quería hacer caer ese partido frentista no cayó. Por el contrario, Bordaberry, el presidente de turno, consolidó su poder con una intervención militar que le daba mayores poderes e iniciaba una persecución implacable de todos los representantes de izquierda. Eso era insólito también, ya que Uruguay había podido jactarse hasta ese entonces, como Chile, de contar con una democracia histórica y liberal de larga trayectoria, no común en los países católicos latinoamericanos. Ya vimos la tendencia general de los países católicos en caer bajo regímenes dictatoriales. Sus democracias se vieron casi siempre amenazadas debido a que en su interior, contaban con una Iglesia cuya estructura y jerarquía es dictatorial-monárquica por naturaleza. ¿Cómo, pues, pudieron levantarse tanto en Chile como en Uruguay democracias tan estables durante un buen número de décadas? En gran parte esto fue posible debido a que la Iglesia Católica en Chile fue siempre más liberal. En Uruguay, por otro lado, se bebió más que en ningún otro país latinoamericano del pensamiento secularizante francés. La Iglesia Católica, por consiguiente, no contaba con recursos humanos suficientes para intervenir en el estado. [El otro estado de democracia estable está en Centroamérica, y es Costa Rica. Allí no puede levantarse un general dictador porque ni siquiera ejército tiene]. b. Estadísticas del genocidio. De todas las dictaduras del último cuarto de siglo, la de Uruguay fue la menos sanguinaria porque, aunque igualmente cruel en sus torturas, no exterminó a la mayoría de los desaparecidos que reaparecieron después y fueron liberados una vez que se volvió a la constitucionalidad tradicional. ¿Por qué no hicieron lo mismo Pinochet en Chile, y la Junta Militar en Argentina? ¿Por qué la Iglesia Católica, tan involucrada en el genocidio de todas esas dictaduras, no abogó allí por una represión legal que mantuviese los principios de los derechos humanos que suele invocar y reclamar (como por ejemplo ahora en Venezuela), cuando la represión cae sobre ella en gobiernos que le son adversos? Las estadísticas sobre el genocidio causado por Pinochet en Chile varían según la fuente. Mientras que algunos afirman la desaparición y muerte de unas 7.000 personas, la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado de Santiago, de la Comisión ―Verdad y Reconciliación‖ y de la Corporación ―Reconciliación y Reparación‖, ambas del gobierno chileno, afirman que hubo 1.100 detenidos desaparecidos, 2.100 ejecutados políticos, 10.000 torturados, 27.000 lesionados graves, 40.000 detenidos y 150.000 exiliados. ―Ello configura‖, según
  • 93. 93 una carta abierta escrita por católicos chilenos al papa Juan Pablo II en 1998, ―el más grande y cruel genocidio político en la historia de Chile, condenado durante 15 años consecutivos por las Naciones Unidas‖. c) Papel de la Santa Sede. El nombre de Pinochet es todo un símbolo en Europa, EE.UU. y la mayoría de los países del mundo, ya que encarnó un neofascismo largamente condenado por el mundo para enfrentar el comunismo. Mientras que la Junta Militar argentina de la época contó con varios generales y, por consiguiente, careció de un nombre representativo que involucrase esa renovada tendencia catolizante del continente latinoamericano, en Chile hubo un solo dictador, y ese fue Pinochet. De allí que su nombre tuviese más relevancia para representar toda esa época represiva y dictatorial sudamericana. Pinochet contó a su favor con un cardenal que fue nuncio apostólico en Santiago durante la mayor parte de su dictadura, llamado Angel Sodano. Para colmo de bendiciones, ese cardenal era tan influyente ante la Santa Sede que fue luego nombrado nada menos que Secretario de Estado del Vaticano. También contó Pinochet con el respaldo del cardenal Jorge Medina Estévez, quien luego de ejercer como obispo en Valparaíso, pasó en 1996 a ocupar el cargo en el Vaticano de prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Su abierto respaldo al general no terminó significando para estos cardenales ningún obstáculo para su ascenso dentro de la jerarquía romana. Por el contrario, ambos cardenales merecerían ser reconocidos en las más altas esferas de la Iglesia Católica en el mismo Vaticano, por la labor que habían cumplido en Chile. Tanto Medina como Sodano participaron activamente en el viaje del papa Juan Pablo II a Chile en octubre de 1988. ¡Sí, Juan Pablo II, acompañado por esos dos cardenales, y toda la jerarquía católica chilena a sus espaldas, salió a los balcones con Pinochet! Esto tuvo lugar quince años después que el dictador ordenara el bombardeo de la Moneda y diera instrucciones para acabar con el presidente comunista anterior, Salvador Allende, en el caso que saliera con vida. El papa dio entonces la comunión al presidente y comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet, y lo visitó en su despacho del Palacio de la Moneda. Veinte años después del genocidio dictatorial de Pinochet, el mismo papa que lo había visitado cinco años antes le enviaba un telegrama de felicitación con motivo de sus bodas de oro matrimoniales. El papa le escribía que, ―como prenda de abundantes gracias divinas, con gran placer imparto, así como a sus hijos y nietos, una bendición apostólica especial‖. El cardenal Sodano, como Secretario de Estado del Vaticano, acompañaba tal bendición papal con una carta personal el mismo 18 de febrero, asegurándole que tenía ―la tarea de hacer llegar a Su Excelencia y a su distinguida esposa el autógrafo pontificio adjunto, como expresión de particular benevolencia‖. También le hacía saber que ―Su Santidad conserva el conmovido recuerdo de su encuentro con los miembros de su familia con ocasión de su extraordinaria visita pastoral a Chile‖, y terminaba reafirmando, ―señor General, la expresión de mi más alta y distinguida consideración‖. Cuando tiempo después Pinochet fue apresado en Londres y reclamado en España por sus genocidios, el Vaticano intercedió de diferentes maneras para evitar que fuese entregado a la justicia internacional y, por el contrario, para que fuese devuelto a Chile por presuntas ―razones humanitarias‖. De nuevo vemos a la Santa Sede participando de una actitud diplomática digna de inculpación por obstrucción de la justicia internacional—como se dio en el caso de los ex nazis y ustashis que encontraron refugio en el Vaticano después de la Segunda Guerra Mundial—y buscando como entonces, una vía de escape para Sudamérica. ¿Por qué no tuvieron los mismos cardenales que abogaban ahora por Pinochet ante Inglaterra, esos mismos escrúpulos humanitarios para con las familias de los desaparecidos y asesinados por un gobierno que abusó de sus derechos en forma tan brutal como lo fue la dictadura de Pinochet? Como en todos lados, una vez que logra sus objetivos militares y genocidas, la Iglesia solicita perdón no por lo que ella hace, ya que es perfecta y no puede errar, sino por lo que hacen sus hijos, y busca la reconciliación. Así deja Roma impunes a los asesinos más jerarquizados, y ayuda a tales hijos excedidos en su amor a su Santa Madre Iglesia Católica Romana, a evadir la justicia internacional. d) Católicos chilenos se dirigen al papa. Al enterarse de los movimientos de la curia romana tanto en Chile como en el Vaticano, cierto grupo de católicos chilenos decidió escribir una carta abierta al papa Juan Pablo II. Por su importancia, convendrá extraer aquí algunos párrafos. ―Como es de su conocimiento, el general (R) Augusto Pinochet Ugarte está detenido en Londres por acusación de la justicia española que demanda su extradición para juzgarlo por crímenes de genocidio, terrorismo de Estado y tortura, efectuados en Chile bajo su gobierno en el período de 1973 a 1990. Tiene que ver con el más grande y cruel genocidio político en la historia de Chile, condenado durante 15 años consecutivos (1974- 1988) por la Organización de las Naciones Unidas. En estas circunstancias, nos parece gravísimo que, de acuerdo a sus propias declaraciones, el Cardenal
  • 94. 94 chileno Jorge Medina, Prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, haya realizado ―discretas gestiones a todo nivel‖ para pedir la intervención de la Santa Sede en pro de la libertad del general Pinochet y su inmediato retorno a Chile, sin condiciones. ―Tales gestiones, de acuerdo a versión de prensa chilena, fueron incluso apoyadas por los cardenales Sodano, Ratzinger, López Trujillo, Martínez Somalo y por el propio nuncio en Chile Monseñor Piero Biggio, sin haber sido desmentidas por el Vaticano. Tal conducta de personeros de la Curia Romana nos parece en grave contradicción con los principios más fundamentales de la Sagrada Escritura que protegen la vida humana y su dignidad y con la orientación básica del Concilio Vaticano II sobre derechos humanos. E incluso esta actitud se opone diametralmente a su reciente enseñanza como Pastor Universal de la Iglesia en materia de Derechos Humanos: «El secreto de la paz verdadera esta en el respeto de los derechos humanos». ―Nos parece muy necesario, Su Santidad, que usted reafirme que no es posible confundir el perdón cristiano a ofensas personales con la severa sanción de la sociedad civil a los crímenes para evitar su repetición. En efecto, Usted, en el propio caso de su agresor Alí Agca, lo perdonó personalmente, pero a pesar de que éste lleva ya 17 años preso, nunca ha interferido en la aplicación de la sanción de la Justicia italiana. Ello se explica por el interés del Vaticano por desalentar cualquier futuro atentado contra el mismo Papa o sus sucesores. Siguiendo ese criterio, en Chile la Iglesia Católica no puede enseñar a las futuras generaciones– nuestros hijos y nietos–que el asesinar, hacer desaparecer y torturar a miles de opositores políticos puede o debe quedar impune so pretexto de una falsa reconciliación o perdón. Ello la haría cómplice de los mismos crímenes contra la humanidad y responsable de su futura repetición, cayendo en el gravísimo reproche de San Agustín: «Si eres negligente en corregir al pecador, te haces peor que el que pecó». ―En el caso del general Pinochet, la humanidad entera, el gobierno chileno (Informe Rettig) y la acusación de la justicia española (280 fs. proceso Juez Garzón), como asimismo la propia defensa del general Pinochet en Inglaterra, dejan en claro su absoluta responsabilidad política y su presunta responsabilidad penal en los horrorosos crímenes cometidos por la D1NA—servicio secreto de seguridad de Pinochet—bajo su directa responsabilidad y mando, al punto que él llegó a decir: «Yo soy la Dina». En Europa, tal presunción de responsabilidad política y penal de Pinochet quedó de manifiesto con la amplia votación del Parlamento Europeo apoyando el juicio de extradición de Pinochet a España‖. ―La postura del Cardenal Medina y algunos eclesiásticos de insistir en un perdón a Pinochet y olvido de sus crímenes bajo el pretexto de la reconciliación cristiana, constituye un chantaje moral al pueblo chileno, presionándolo para que abandone su legítimo clamor de justicia. Sostenemos que la Iglesia Católica chilena en esta coyuntura ética debe plantearse de acuerdo a la inspiración bíblica como defensora de los huérfanos, las viudas y los pobres, que son, sin duda, los familiares de los detenidos desaparecidos, asesinados y torturados; y no como defensora de los dueños del poder, de la fuerza y del dinero. Está llamada a ser defensora de las víctimas y no de los victimarios; del derecho de los ciudadanos chilenos a tener una democracia y libertad reales en Chile y no seguir más como esclavos de una institucionalidad violentamente impuesta y mantenida por Pinochet y sus cómplices. ‖Pinochet, en su detención y libertad vigilada en Londres, ha tenido un tratamiento humanitario y privilegiado por parte de las autoridades inglesas. Clínicas y mansiones de lujo donde se hospeda junto a su familia. Tiene los mejores abogados para defenderse e incluso empresas de relaciones públicas para mejorar su pésima imagen internacional. Por estos y otros motivos creemos que no proceden las razones de compasión para liberarlo y afrontar el proceso de extradición a España. Pinochet no ha tenido un mínimo de compasión con más de 1.000 familias que por 25 años no saben ni siquiera dónde están los cuerpos de sus familiares detenidos y desaparecidos, lo que constituye una tortura permanente para esas familias. Ante estos crímenes, ¿cómo no recordar a Hitler y su siniestra operación ―noche y niebla‖? ―Hoy los ojos del mundo están fijos en el fallo de los Lores en Londres sobre el caso Pinochet. Es la gran oportunidad de reafirmar la justicia universal frente a los crímenes contra la humanidad. Sería un escándalo mundial que el gran esfuerzo realizado por más de 50 años por jueces, juristas, movimientos de derechos humanos y la propia Organización de Naciones Unidas (ONU), fuera burlado por la impunidad lograda para Pinochet por una criminal ―compasión‖ solicitada por la Iglesia Católica y/o la Iglesia Anglicana. ―La Iglesia Católica hoy está pidiendo perdón por sus gravísimos errores y crímenes del pasado con motivo de la Inquisición o del Holocausto y el ascenso de Hitler. Es la hora de censurar el apoyo de los cardenales de la Curia ya citados y, también, de los 20 parlamentarios polacos de la Unión Nacional Cristiana
  • 95. 95 que viajaron el 9 de enero a Londres para expresar su solidaridad para con el Hitler chileno. Tales acciones contrarían las expresas y recientes orientaciones de Su Santidad Juan Pablo II: «Hay que detener la mano ensangrentada de los responsables de genocidio y crímenes de guerra» (Navidad 1998). ―Todo esto es necesario para que el futuro Papa no tenga que pedir perdón [de nuevo] a toda una generación en nombre de la Iglesia por haber apoyado la impunidad del genocidio, terrorismo de Estado y torturas de la dictadura asesina de Augusto Pinochet en Chile‖. La carta agrega algunos textos bíblicos, el primero de los cuales tomado de Salomón que dice: «Al que dice al malo: ―Eres justo‖ le maldicen los pueblos y le detestan las naciones; los que los castigan viven felices y viene sobre ellos la bendición del bien» (Prov 24:24). Esa carta, bien documentada, fue ignorada por el Vaticano. Pinochet fue liberado porque, además, abogó por él Margaret Tatcher aduciendo que era una traición la que se estaba haciendo en Londres contra un hombre que había sido clave en el apoyo que brindó a Inglaterra en la guerra con Argentina por las Islas Malvinas. Por razones políticas y religiosas, pues, debía seguir brindándose impunidad a un hombre tan consecuente con sus creencias católicas. Además, ¿no le había reportado honra internacional Pinochet al papa, recurriendo a él para que mediara en el litigio limítrofe argentino-chileno sobre tres pequeñas islas del sur, y permitiéndole aparecer así, como hombre de paz para los pueblos? Nuevamente, el papado honra a los que lo honran, no importa cuán criminales sean o hayan sido, como lo hacen todos los gobernantes de este mundo que prefieren ese reconocimiento a expensas de la alabanza que proviene de Dios (Juan 5:44). C. La “guerra sucia” en Argentina. Fueron los curas los que, en la misma época en que gobernó Pinochet en Chile, arengaron a los militares para apoderarse de Argentina, eliminar la democracia y lanzar una cruzada que terminó llamándose ―guerra sucia‖ por su carácter mentiroso y genocida. Ese carácter criminal de la dictadura militar argentina fue camuflado en aras de la patria y vergonzosamente santificada por la Iglesia Católica como siendo querida por Dios. En efecto, seis meses antes del golpe de estado, el Vicario General del Ejército, Monseñor Victorio Monamin dio su Homilía a las Fuerzas Armadas el 23 de Septiembre de 1975, en términos equivalentes a los que se usaron para justificar la guerra civil española iniciada por los falangistas y el ejército, que terminó elevando al poder al general Francisco Franco. Estas fueron sus palabras premonitoras. ―¿No querrá Cristo que algún día las FF.AA. estén más allá de su función? El Ejército está expiando la impureza de nuestro país... los militares han sido purificados en el Jordán de la sangre para ponerse al frente de todo el país...‖ a) Antes del golpe militar. Tres meses antes del golpe, más específicamente el 29 de diciembre de 1975, Monseñor Tortolo, Presidente C.E.A. Vicario FF.AA. profetizaría lo siguiente ante la Cámara Argentina de Anunciantes (en el Plaza Hotel): ―se avecina un proceso de purificación‖, lo que en esencia, tenía que ver con un nuevo holocausto (―ofrenda quemada‖ con propósitos purificatorios). Su discurso clérico-militar sería seguido por otra homilía de Monseñor Bonamin el 5 de Enero de 1976, en la Iglesia Stella Maris. ―La Patria rescató en Tucumán su grandeza... Estaba escrito, estaba en los planes de Dios que la Argentina no podía perder su grandeza y la salvó su natural custodio: el Ejército...‖ Nuevamente Monseñor Tortolo, luego de entrevistarse con el General Videla y el Almirante Massera, declaró el día del golpe: ―si bien la Iglesia tiene una misión específica, hay circunstancias en las cuales no puede dejar de participar así cuando se trata de problemas que hacen al orden específico del Estado...‖ ¿Qué es lo que encontramos en estas declaraciones? Que la Iglesia, en condiciones normales, no recurre al poder estatal y militar en esta era moderna para resolver los problemas políticos que la conciernen. Pero frente al peligro de perder la unidad con el estado, olvida todas sus proclamas de buena voluntad para con todos los ciudadanos por igual. Lejos de restringirse a su labor espiritual universal de salvación, se entromete en las cuestiones políticas y se muestra solidaria de la represión militar. ¿No hará lo mismo el papado con Europa y el mundo en general, luego que logre el reconocimiento por el que aboga la Iglesia Católica en la constitución europea? Será suficiente con que aparezca algo que atente contra la unidad que pretende representar (¿terrorismo?), como para justificar la negación de muchas de sus proclamas humanísticas actuales. Las ―circunstancias‖ dan libertad a la Iglesia Católica para olvidar todas sus promesas de tolerancia anteriores. b) La represión católico-militar. El 10 de abril de 1976, el coronel Juan Bautista Sassian declaró que ―el Ejército valora al hombre como tal porque el Ejército es cristiano‖ [católico]. ¿Quién podía negar, a partir de entonces, que tanto el ejército como la Iglesia Católica eran dos caras de la misma moneda? Un pacto que involucraba a ambos había sido sellado, de tal manera que no podía morir ninguno sin que muriera el otro, ni triunfar uno sin que participase de su triunfo el otro. Por
  • 96. 96 otro lado, ¿valoraron el Ejército y la Iglesia al hombre como tal, desde una perspectiva cristiana, con tantas torturas aplicadas, asesinatos y desapariciones producidas? Así como en la Edad Media los sacerdotes inquisidores tenían la tarea de bendecir los instrumentos de tortura que aplicaban a sus víctimas—presuntos enemigos de la sociedad—así también las armas del Ejército debían ser bendecidas ahora por Monseñor Bonamin, el 11 de Mayo de 1976, en los mismos términos que la curia bendecía al ejército de Mussolini en su campaña contra Etiopía. ―Señor Dios de los ejércitos...‖, rezaba Bonamin, ―escucha la oración que te dirigimos implorando tu bendición sobre estos sables y estas insignias y, en especial, sobre los nuevos generales del Ejército que las reciben como signo de la función y el poder que hoy asumen. Saben que su vida de soldado en cumplimiento de sus funciones específicas no está ni debe estar separada de tu Santa Religión. Estos hombres comparten la misma fe de tu Iglesia y la quieren vivir a través de la actividad y el servicio propio de la vocación militar que les enseñaste. Como soldados del Evangelio..., a ejemplo de Cristo, están... comprometidos... a restablecer la armonía del amor... quebrantada... por quienes, según lamentaba el salmista, gritan ‗guerra‘ cuando todos decimos ‗paz‘...‖ Posteriormente, en la guerra que inició el general Galtieri contra Inglaterra por las Islas Malvinas, volvió a verse a los curas bendiciendo las armas de guerra, celebrando misas antes de librar las batallas, como lo habían hecho los curas españoles cuando se unieron al regimiento falangista que fue a apoyar a Hitler en su guerra contra Rusia. A esas islas fueron los militares y soldados argentinos cargados no sólo de armas y municiones, sino también de cruces y vírgenes. Pero por más oraciones que le hicieron a la virgen, tampoco en esa oportunidad pudo una idolatría tal por la madre de Dios hacer algo en su favor. El Documento de la Conferencia Episcopal Argentina del 1 de mayo de 1976 justificaba las torturas, desaparición de personas y exterminio de ciudadanos en los campos de concentración como ―cortes drásticos que la situación exige‖, y que no permiten que ―los organismos de seguridad actuaran con pureza química de tiempos de paz‖. El Nuncio Papal para Argentina, Monseñor Pío Laghi declaró el 17 de junio de 1976 que ―hay una coincidencia muy singular y alentadora entre lo que dice el Gral. Videla de ganar la paz y el deseo del Santo Padre para que la Argentina viva y gane la paz‖. Volvía a declarar diez días más tarde desde Tucumán que ―el país tiene una ideología tradicional y cuando alguien pretende imponer otro ideario diferente y extraño, la nación reacciona como un organismo con anticuerpos frente a los gérmenes generándose así la violencia‖. La Iglesia, continuaba, ―está insertada en el Proceso y acompaña a‖ las Fuerzas Armadas. Nuevamente, nos encontramos con una institución religiosa que, lejos de ser una entidad que defiende la libertad de conciencia, la suprime cuando ve que peligra su ―ideología tradicional‖. En esta época de tolerancia—entiéndase bien, tolerancia, no libertad plena—cualquiera puede pensar como quiere a condición de que su pensamiento no altere la mayoría absoluta que ostenta la Iglesia tradicional. La tradición es una verdad absoluta en este concepto, y no se permite cuestionar los dogmas que acariciaron los padres, abuelos y bisabuelos... c) Contra la democracia y el judaísmo. El mismo nuncio, Pío Laghi, diría diez años más tarde en una misa en Córdoba, que ―los pseudo héroes que encarnan la revolución francesa en nuestra patria desintegran la tradición hispanoamericana; la trilogía francesa de igualdad, libertad, fraternidad es totalmente subversiva‖. Con esto revelaba estar de acuerdo con las encíclicas papales contra la democracia y la igualdad de fines del S. XIX, como Inmortale Dei y Sapientiae Cristianae, ambas promulgadas en 1885 por el papa León XIII, en donde condenaba la libertad de pensamiento y hasta la libertad de culto como ―la peor de las libertades‖, que ―no puede ser suficientemente maldecida o aborrecida‖, algo que también el papa Gregorio XVI en Mirari Vos (Agosto 15, 1832), ya había expresado. Esto nos muestra que en la actualidad, la Iglesia Católica tolera la democracia hasta que peligra su papel protagónico en la sociedad y el reconocimiento político privilegiado que exige y en el que está siempre involucrada. d) El antisemitismo revivido. El mismo espíritu antijudaico genocida que alimentó a Hitler, a Mussolini y a todos los gobiernos clero-fascistas de la Segunda Guerra Mundial, se apoderó también de la Junta Militar Argentina, aunque más contenida por la condenación universal que ese genocidio había tenido entonces. Los más grandes dignatarios de la Policía Federal recomendaban y comentaban obras de Adolfo Hitler y otros autores nazis y fascistas. De allí que la represión contra los judíos en Argentina fue a menudo más brutal que en Chile, con insultos racistas agregados. A algunos los pintaban con esvásticas en el cuerpo muy difíciles de borrar para que, al descubrírselas los guardias en las duchas luego, volviesen a maltratarlos con golpes, patadas y puñetazos. Había represores que se hacían llamar ―el gran führer‖ y ordenaban a los prisioneros gritar: ―¡Hei, Hitler!‖ Era normal escuchar también grabaciones de sus discursos por las noches. Al torturar los judíos les decían: ―¡Somos la Gestapo!‖
  • 97. 97 También les gritaban ―‗moishe‘ de mierda, con que harían jabón‖, en referencia a los jabones que hacían los nazis con el cuerpo de los judíos muertos en las cámaras de gas. A algunos de los judíos a quienes interrogaban sobre los asentamientos judíos en Palestina y los nombres de otros de sus congéneres, les decían mientras los torturaban con una picana eléctrica que ―el problema de la subversión‖ izquierdista era el que más les preocupaba por el momento, pero que el ―problema judío‖ le seguía en importancia y estaban archivando información‖ para el futuro. Los obligaban a levantar la mano y a gritar: ―¡yo amo a Hitler!‖. A un judío lo sacaban del calabozo y le hacían mover la cola, exigiéndole que ladrara como un perro, que le chupara las botas al guardia, pegándole hasta que lo hiciera a la perfección. Luego le hacían hacer como gato. Muchos judíos desaparecieron, aunque otros milagrosamente lograron salvarse sin poder ver más a hermanos o hermanas a quienes escucharon gritar por las torturas que les aplicaban en cuartos contiguos. Los guardianes decían a los judíos apresados que ―el único judío bueno es el judío muerto‖. Los acusaban de subvencionar la subversión y les aplicaban torturas especiales como el rectoscopio que consistía en un tubo que se introducía en el ano de la víctima o en la vagina de las mujeres para introducir una rata que mordía los órganos internos de la víctima buscando una salida. A mujeres embarazadas les ponían una cuchara en la vagina a la que conectaban con una picana eléctrica para torturar su feto, con el propósito de que delatase a otros. e) Estadísticas y conciencia papal de los hechos. Las estadísticas de desaparecidos y muertos en Argentina también varían dependiendo de la fuente. Los que escapaban de Chile caían en Argentina. Los que escapaban de Argentina caían en Uruguay, y así interconectadamente. La única solución, imposible para muchos, era huir a Europa. Por tales razones, se hace difícil hacer una estadística exacta de desaparecidos. En general, se ha avalado como en 30.000 el número de personas desaparecidas, muchas más encarceladas, torturadas y exiliadas. Esta cifra fue repetida por Estela Carlotto, una de las principales Abuelas de Mayo en una entrevista que le hizo CNN, como Embajadora de los Derechos de la Mujer del gobierno argentino ante la ONU, en Marzo de 2004 Durante el tiempo que duró la represión, el episcopado argentino aprobó el maltrato físico y participó aún activamente en las torturas sicológicas de diferentes maneras como algo lícito y querido por Dios para sanear la sociedad. Una vez que la Iglesia Católica logró sus objetivos, comenzó a condenar los actos de barbarie cometidos por el régimen militar, y a llamar al perdón y a la reconciliación nacional. Esto lo hizo por la presión internacional ante la cual los dignatarios de la Iglesia en Argentina se enfurecían durante el régimen. Muchos sacerdotes declararon luego que no sabían lo que realmente estaba pasando. Pero los datos históricos son demasiado contundentes para negar su concurso en la masacre. Al igual que los obispos y sacerdotes croatas durante y después de la Segunda Guerra Mundial, ―la Jerarquía [Católica en Argentina] negó la ‗desaparición‘ de personas, la existencia de centros clandestinos y se unió a la mentira oficial sobre la existencia de una campaña internacional antiargentina. Cuando ya no fue posible ocultar esta verdad, trató de minimizarla y de que no tuviesen lugar los juicios contra los culpables‖, en aras de la reconciliación nacional (Ruben Dri, Teología y Dominación, cap 5). El papa Juan Pablo II estaba también al tanto de todo lo que pasaba, ya que su nuncio apostólico en Argentina, el cardenal italiano Pío Laghi, compartía con él regularmente todo lo que allí ocurría. Ese cardenal admitió más tarde a la prensa Argentina que tenía conocimiento directo de casi 6000 casos de personas desaparecidas. En 1995 se supo también que tanto su oficina en Bs. As., como la Iglesia Católica en Argentina y el mismo papado en el Vaticano, conservaban listas secretas de muchas de las miles de personas que morían o desaparecían en los campos de concentración argentinos. El Ejército Argentino—como los inquisidores de Lima a la Suprema de España durante los S. XVI al XVIII—reportaba regularmente toda la información tan rápido como podía a la Embajada del Vaticano. Esa ―oficina del Excelentísimo y Reverendísimo Pío Laghi sabía exactamente quién estaba vivo y quién estaba muerto‖. También existían otras listas secretas que llevaba la oficina del vicariato castrense. Monseñor Grasselli, secretario del obispo Tortolo, confeccionaba las listas marcando con una cruz los nombres de los infelices que morían. Admitió luego haber anotado en esas listas unos 2.000 nombres. Al mismo tiempo atormentaba sicológicamente a los padres y familiares de los desaparecidos que recurrían a él por información acerca del paradero de sus seres queridos. Ni el mismo papa, enterado de tantas desapariciones, dio audiencia a grupos de padres católicos que recurrieron a él en el Vaticano por ayuda. Pero sí recibió, comulgó y bendijo a los jerarcas militares y religiosos que lo visitaron en Roma, y que él mismo se dio el trabajo de visitar personalmente en Argentina.
  • 98. 98 f) Ideología y función de los capellanes confesores. El Vicariato de las Fuerzas Armadas mantuvo 250 sacerdotes y 130 capillas a disposición de la cruzada antimarxista desatada por los militares argentinos. Esos capellanes servían como instructores espirituales de los cruzados militares, alentándolos en la ―noble‖ tarea que emprendían ―por Dios y por la patria‖. Instruían a los ejecutores del plan militar diciéndoles que la ―serpiente antigua‖ actuaba mimetizándose en diversas encarnaciones. Gracias al predominio de la Iglesia Católica durante todo el Medioevo, pudo mantenérsela alejada de occidente. A partir del renacimiento comenzó, sin embargo, la apostasía. Le siguió la Reforma, el Racionalismo, la Revolución Francesa, y el Liberalismo Socialista y Comunista. El mensaje obvio que se escondía detrás de esta teología era que había que aplastarle la cabeza a la serpiente en cualquiera de esas formas. ¡Pero el método sugerido para hacerlo era tan diferente al que empleó el Señor al vencerla mediante la abnegación y muerte vicaria en la cruz! También Descartes, el padre del pensamiento científico moderno desde la perspectiva filosófica, fue otra manifestación de ese mal—según aducían los instructores—que amenazó mediante la duda metódica, con destruir los mismos fundamentos sapienciales de la tradición. En armonía con las encíclicas papales del S. XIX y primera mitad del S. XX, consideraron los obispos argentinos que el mal se apodera de la historia cuando se rompe el dualismo del orden espiritual sobre el material. La reversión de ese correcto ordenamiento social, (según el pensamiento tomista de los pontífices y obispos de la Iglesia), culmina en la violencia y ruptura de la sociedad, impidiendo la paz. De allí que el héroe militar siga al santo sacerdote en la escala de valores, y sin que por ello todo santo o sacerdote no sea considerado también como héroe o militar. Hay así, en esta concepción neo-medieval, una unidad perfecta entre el sacerdote y el militar, el santo y el héroe, la cruz y la espada, la Iglesia y el Estado. ―El sacerdote u hombre de Iglesia es un santo-héroe y el militar un héroe-santo... con hegemonía del santo pero que sólo puede hacerla valer con la fuerza del héroe‖. ―Los capellanes militares eran la cruz junto a la espada, el espíritu que animaba a la materia, lo sagrado que daba sentido a lo profano, es decir, a los secuestros, torturas y desapariciones‖ (ibid). De allí que muchos militares granulaban sus rosarios en los centros clandestinos, proclamando constantemente ―los valores occidentales y cristianos‖ por los que luchaban. Los capellanes que apoyaban al ejército tenían como misión—semejante a lo que hicieron los sacerdotes durante toda la Edad Media en los centros secretos de la Inquisición—obtener la confesión de la víctima mientras era torturada. Hasta participaban en la inflixión de la tortura pateando a los estaqueados y ordenándoles que hablasen. Los curas amenazaban a las víctimas con hablar o, de lo contrario, llamar a los torturadores que mencionaban por nombre y cuya fama se había dado a conocer entre las víctimas. Año tras año las Madres y después Abuelas que desfilaban por la plaza de Mayo pedían audiencia ante los obispos que nunca se dignaban a recibirlas, porque hubiera significado un reconocimiento a su gestión que la Dictadura no había dado. ¿Qué hizo el papa que culminó el S. XX para detener esas masacres que se llevaban a cabo sin escrúpulo alguno bajo la condenación internacional? Su Santidad Juan Pablo II rechazó las fotos de una niña desaparecida y de Azucena de De Vicenti, madre desaparecida, aduciendo que ―desaparecidos hay en todas partes del mundo. Hasta niños, hay en todas partes‖. Negó audiencias a familiares católicos angustiados que procuraban por todos los medios tener alguna información de sus seres queridos. Y visitó la Argentina para permitir comulgar con él a los jerarcas militares y eclesiásticos cuando se hizo evidente el desprestigio militar y católico en que iban a caer luego de haber emprendido la guerra contra un país protestante. g) Terrorismo de Estado. Durante la dictadura militar argentina se encontró una momia de un faraón egipcio cuya identificación dio que hacer a los arqueólogos. Mientras discutían sobre su posible identificación, se apareció un militar argentino que pidió que le permitieran investigarla. Para sorpresa de todos, salió al rato diciendo que se trataba del famoso farahón Komunitón que había vivido a comienzos del segundo milenio antes de Cristo. Pasmados por la seguridad de su testimonio, los científicos reunidos le preguntaron cómo llegó a esa conclusión. El militar argentino les respondió, sin inmutarse: ―Muy simple, señores. La hice hablar‖. Chistes de esta naturaleza circulaban por Francia y Europa en general, durante todo el período de la Guerra Sucia. Lo mismo podría haberse dicho de todo el período de supremacía del anticristo medieval romano, que torturó y destruyó a su gusto a toda persona que se atrevió a pensar diferente en materia religiosa. En ocasión del gobierno militar argentino, sin estar yo enterado de muchos pormenores, les dije a varios amigos europeos que había que mirar el cuadro de los dos lados. Me respondían con nítida claridad: ―Nosotros ya pasamos por esa etapa acá. Eso es ‗terrorismo de estado‘, y hay que prevenir su reaparición. Nada puede justificar la desaparición de
  • 99. 99 personas sin que gente imparcial pueda verificar las sentencias. Juicios secretos y desapariciones sin explicación alguna no se aceptan en ninguna nación libre y civilizada. Tampoco se aceptan condenas pura y simplemente por convicciones políticas, religiosas o raciales‖. Como dijimos anteriormente, muchos fueron torturados miserablemente y murieron sin escrúpulo alguno, y sin tener nada que ver con la así llamada subversión. Si no los fusilaban como en Chile, para enterrarlos en fosas comunes y secretas, les daban pastillas para hacerlos dormir y los tiraban de un avión como en Paraguay, con manos y pies atados en el río más ancho del mundo, el Río de la Plata (en Paraguay los tiraban en la selva). Otras veces los encerraban en un cuarto con una garrafa de gas encendida, le propinaban un terrible golpe en la nuca que los desmayaba, con el propósito de que el peritaje posterior calificase su muerte como suicidio. Por gracia y milagro de Dios un pastor adventista a quien le aplicaron ese tratamiento se salvó. ¿Qué hacían con los que eran torturados sin prueba alguna en su contra y se salvaban por fortuna de morir? ¿Cómo trataban a los familiares que por casualidad llegaron a enterarse de la equivocación cometida al asesinar a un hijo, a un marido o a una esposa? El ejército les decía, sin pedir excusa alguna: ―¡Aquí no pasó nada! ¿Entendió?‖. Repetían esa misma frase hasta que los familiares de las víctimas inocentes asintiesen clara y definidamente como habiendo entendido perfectamente lo que querían decirles de esa manera. Así procuraba el ejército tapar oficialmente el crimen y la inmundicia, y amenaza hasta hoy en Chile y en Argentina a quienes quieren hablar para limpiar su alma de tan terrible criminalidad. Pero como está sucediendo después de medio siglo de la Segunda Guerra Mundial, y un cuarto de siglo después de la Guerra Sucia, diferentes tipos de archivos siguen soltándose, y más testimonios de víctimas que sobrevivieron al atropello de Estado se atreven a expresarse. Las piezas del rompecabezas siguen apareciendo y apuntando, en ambos eventos—fascismo europeo y sudamericano—a una misma fuente de inspiración: la Iglesia Católica Romana. Hoy el terrorismo proviene, mayormente, de movimientos disidentes clandestinos a los cuales la comunidad internacional persigue implacablemente. En general, las naciones civilizadas procuran alcanzarlos sin perder la paciencia como pasó en Sudamérica. Procuran mantener por todos los medios posibles una clara diferenciación entre los criminales y los inocentes. Los mismos poderes internacionales que ejercen la autoridad en este mundo han condenado el terrorismo de estado no sólo de Argentina y Chile, sino de todos los estados europeos fascistas que los precedieron en Europa. Pero, ¿cuánto tiempo lograrán mantenerse bajo control los que ostentan el poder en los estados actuales, frente a una violencia equivalente a la que precedió al diluvio, a medida que el Espíritu de Dios se retira de la tierra? h) El gobierno divino no es terrorista. ¡Cuando pensamos en el terrorismo de estado que se dio en las dictaduras católico-romanas de Sudamérica, nos quedamos impactados al ver cuán lejos estuvieron los representantes de la Iglesia Romana de representar el carácter real de Dios! Gracias al Dios del cielo porque vemos que su gobierno no tiene ninguna traza de terrorismo estatal. ¡Cuánta paciencia ha tenido Dios para con este mundo! Aunque su juicio finalmente se revelará sobre toda la tierra, ―es paciente con nosotros, porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento‖ (2 Ped 3:9). Dio a su Hijo para que muriese ―en rescate por muchos‖ (Mr 10:45), de tal manera que ―todo aquel que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna‖ (Jn 3:16). El juicio final de Dios será terrible para los que se pierdan. Pero será llevado a cabo delante del universo entero, no sin que antes todos puedan verificar la justicia de su sentencia y respaldarla (Dan 7:9-10,22; Apoc 20:11-15). ¿Por qué razón? Porque nada que contraríe el amor de Dios podrá prevalecer. Para que todas las criaturas del universo no se asustasen, el gobierno divino debía erradicar toda atmósfera de terrorismo. Por eso dice Pablo que a través de la predicación del evangelio y de la reacción del mundo a ese mensaje, así como mediante la transformación de tantas vidas que deberán ser investigadas en el juicio final, la Deidad se propone revelar su sabiduría a las inteligencias celestiales (Ef 3:9-10; Col 1:20; 1 Ped 1:12). Desde una perspectiva jurídica, no hay cosa más extraordinaria que el plan de salvación para resolver el problema del mal en el universo. Sólo la sabiduría divina podía concebir un plan mediante el cual pudiese ejercer misericordia y amor para con el culpable, y esto sin sacrificar su justicia. ―El amor y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron‖ (Sal 85:10). ―Justicia y juicio son el fundamento de tu trono, el amor y la verdad van ante ti. ¡Dichosos los que saben aclamarte! Andarán a la luz de tu rostro, Señor‖ (Sal 89:14-15; 97:2). Mediante el perfecto equilibrio ejercido entre la justicia y el amor divinos, vemos a Dios protegiendo a su creación de caer, por un lado, en la presunción de creer que la humanidad puede salvarse sin transformación y redención, y por el otro de vivir
  • 100. 100 presas del terror por una justicia severa e implacable, sin escape y liberación posibles. El amor de Dios se revela, en efecto, ―para que tengamos confianza en el día del juicio‖. Pues ―en el amor no hay temor. Antes el amor perfecto elimina el temor, porque el temor mira el castigo. De donde el que teme, aún no está perfecto en el amor‖ (1 Jn 4:17-18). ¿Podría el universo haber sido perfeccionado en el amor—y más aún nosotros tan necesitados como estamos de ese amor divino—si Dios comenzase a hacer desaparecer a unos y otros sin explicación alguna, e impusiese un terrorismo de estado en el universo? ¡Gracias a Dios porque su juicio no se da sin discriminación! La única manera en que tanto los militares como los sacerdotes católicos de Argentina, Chile y demás países de Sudamérica tienen de librarse del juicio final, es confesando pública y honestamente su falta, porque público fue su crimen. En la etapa final de restauración que Dios ofrece libremente a todo hombre aún criminal, en esta tierra, deberán procurar reparar los asesinos de Estado, hasta donde les sea posible, el daño cometido. En ese día final no los librará una iglesia que pretende ser desvergonzadamente infalible y que apaña a hijos criminales a los que considera útiles para cumplir con sus permanentes proyectos de dominio y supremacía. Sólo hay salvación mediante arrepentimiento y confesión, no mediante una vindicación de una iglesia criminal y una institución militar igualmente genocida. ―No os engañéis, Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará‖ (Gál 6:7). ―El que encubre sus pecados no prosperará. Mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia‖ (Prov 28:13). Conclusión. Si las naciones en este siglo de ―derechos humanos‖ no aceptan que se mate a mansalva, sin discriminar entre el criminal y el inocente, ¿aceptaría el Señor tamaña barbarie de quienes presumieron obrar en su nombre? La sangre inocente que era derramada, según la Biblia, ―contaminaba‖ la tierra en medio de la cual el Señor habitaba (Núm 34:33-34). Por tal razón, al vindicar al Hijo de Dios recientemente condenado por la nación judía, las autoridades públicas de entonces interpelaron a los apóstoles con la siguiente declaración: ―¿Queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre?‖ (Hech 5:28). En referencia directa al fin del mundo, el profeta Isaías retoma este concepto, dando a entender la razón por la cual la maldición iba a caer sobre toda la tierra. ―La tierra se contaminó bajo sus habitantes, porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto eterno. Por eso la maldición consumió la tierra, y sus habitantes fueron desolados‖ (Isa 24:5-6). Esto no lo dice Isaías refiriéndose a una degeneración de la justicia pura y simplemente callejera. En el anuncio inmediatamente precedente el profeta incluye, en efecto, a los gobernantes y religiosos de las naciones de la tierra que participarían igualmente en la obstrucción de la justicia internacional ―Y sucederá lo mismo al sacerdote y al pueblo, al siervo y a su señor, al que compra y al que vende, al que presta y al que toma prestado, al que da a logro y al que lo recibe... Se enlutó la tierra y se marchitó, enfermó, cayó el mundo; languidecieron los nobles [gente elevada] de los pueblos de la tierra‖ (Isa 24:2,4). El clamor apocalíptico que asciende a Dios implorando su juicio dice: ―¿Hasta cuándo, Señor, justo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?‖ (Apoc 6:10). Esta es una clara referencia al terrorismo de estado que predominó durante 1260 años mayormente en Europa, contra los que asumían el testimonio de ―la Palabra de Dios‖ y morían por causa ―del testimonio que llevaban‖ (Apoc 6:9). ―‗Babilonia la grande‘ fue ‗embriagada de la sangre de los santos‘ [Apoc 17:6]. Los cuerpos mutilados de millones de mártires clamaban a Dios venganza contra aquel poder apóstata‖ (CS, 64). ―Hubo horribles matanzas de tal magnitud que nunca será conocida hasta que sea manifestada en el día del juicio‖ (CS, 626). A comienzos del S. XX, E. de White advertía: ―Si el lector quiere saber cuáles son los medios que se emplearán en la contienda por venir, no tiene más que leer la descripción de los que Roma empleó con el mismo fin en siglos pasados‖ (CS, 630). Esto se cumplió parcialmente en los cuadros horrorosos y miserables que se revivieron durante la mayor parte del S. XX, aquí y allí, doquiera el Vaticano lograba apoderarse en forma absoluta y autoritaria del poder. ―Roma está aumentando sigilosamente su poder‖, advertía E. de White siempre al comenzar el S. XX. En sus ―secretos recintos reanudará sus antiguas persecuciones. Está acumulando ocultamente sus fuerzas y sin despertar sospechas para alcanzar sus propios fines y para dar el golpe en su debido tiempo... Pronto veremos y palparemos los propósitos del romanismo. Cualquiera que crea u obedezca a la Palabra de Dios incurrirá en oprobio y persecución‖ (CS, 638; véase Apoc 12:17; 13:15; 14:12). Los genocidios del S. XX, inspirados por tantos siglos de despotismo clerical no tuvieron, sin embargo, como foco principal a los que ―guardan los mandamientos de
  • 101. 101 Dios y tienen el testimonio de Jesucristo‖ (Apoc 12:17). Aún así, el clamor de los impíos que se ven entrampados y enredados en la crueldad de este mundo también llega a Dios, como ascendió al cielo el clamor de Sodoma y Gomorra y de tantas otras ciudades prototipos antiguas (Gén 18:20-21). Aunque terrible fue el genocidio del S. XX, los vientos fueron retenidos para que no predominase una facción en forma absoluta (Apoc 7:1-3). Ráfagas huracanadas llegaron a Sudamérica también, pero no pudieron prevalecer. Toda esa sangre derramada cruelmente a lo largo de los siglos, saldrá finalmente a la luz y será vengada. En la destrucción de Babilonia, la ciudad simbólica apóstata de Roma, se habrá entonces simbólicamente ―hallado la sangre de los profetas, de los santos, y de todos los que han sido sacrificados en la tierra‖ (Apoc 18:24). La sangre inocente no podrá más permanecer encubierta. ―Porque el Señor viene de su morada, para castigar por sus pecados a los habitantes de la tierra. Y la tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá más sus muertos‖ (Isa 26:21). ¡Sí, ―las puertas del infierno‖ prevalecerán contra Roma, porque no es la Iglesia que fundó el Señor! El Apocalipsis dice que Roma, bajo el símbolo de Babilonia, no es ―la ciudad eterna‖, sino que será finalmente destruida. ―Entonces un ángel poderoso alzó como una gran piedra de molino, y la echó al mar, diciendo: ‗Con tanto ímpetu será derribada Babilonia, esa gran ciudad, y nunca jamás será hallada‘‖ (Apoc 18:21). ―¡Alégrate sobre ella, cielo! ¡Alegraos vosotros, santos, apóstoles y profetas! Dios ha pronunciado juicio en vuestro favor contra ella‖ (Apoc 18:20). Los hombres podrán escapar al juicio internacional gracias a la típica obstrucción de la justicia y doble moral que una presunta Santa Madre Iglesia que entiende a la perfección a sus hijos criminales, lleva a cabo por diferentes medios aquí en la tierra. Babilonia es, en efecto, ―madre de rameras‖ y ―de las abominaciones de la tierra‖ (Apoc 17:5). Pero ningún criminal, por más alto cargo que haya ostentado aquí en la tierra, podrá escapar al juicio de Dios. La única opción para toda alma atormentada es confesar su falta, y arrepentirse de todo corazón invocando el perdón divino en virtud del pago ofrecido por el Hijo de Dios al dar su vida por el pecador (Hech 2:37-29). Pronto llegará la crisis final. Esto tendrá lugar cuando el foco del genocidio buscado sea, equivalente al de la Edad Media, un ―remanente‖ de la cristiandad, más definidamente los que ―guardan los mandamientos de Dios y tienen la fe de Jesús‖ (Apoc 14:12). Esta vez, sin embargo—aunque a través de la tribulación final que lo purificará—ese ―remanente‖ triunfará, porque el Señor mismo se interpondrá. Ningún terrorismo de estado podrá extirpar de la tierra a aquellos a quienes el Apocalipsis identifica como ―llamados, escogidos y fieles‖, porque están con el Señor que murió por ellos (Apoc 17:14), esto es, tienen su ley, su sello de aprobación (Apoc 7:3-4; 14:1). XII. ¿Ha cambiado el papado desde mediados del S. XX? Muchos católicos reconocen las aberraciones políticas antidemocráticas de los papas del S. XIX, pero piensan que con Juan XXIII en la segunda mitad del S. XX se inicia una nueva era papal más abierta, moderna y liberal. Es a partir de entonces que nace el ecumenismo católico. Más de siglo y medio les llevó a los papas captar que las posturas rígidas que había mantenido durante todo el Medioevo hasta la Revolución Francesa, no le iban a permitir jamás recuperar su prestigio y poder supremos sobre la tierra. De allí que desde entonces, el mayor esfuerzo de los papas se dará en tratar de hacer entrar a todas las demás religiones en sus sueños de supremacía para el mundo. En lugar de subir a la cima excluyendo a las otras religiones, busca hoy más que nunca incluirlas en sus proyectos globales. Así, a partir de Juan XXIII, los Protestantes no son ya más mirados como enemigos a los que hay que excluir, aplastar y aniquilar. Se trata de ―hermanos separados‖ a quienes la Iglesia debe esforzarse por reconquistar. Los Ortodoxos no necesitan tampoco ser suplantados, sino que constituyen el otro pulmón de Europa que puede trabajar a la par con el papado en sus proyectos universales. Los concordatos que durante la primera mitad del S. XX el papado trató de firmar con los gobiernos civiles de gran representación católica, ignorando a las demás iglesias, pueden ahora firmarse también con las demás iglesias y así, actuar juntas en el reconocimiento gubernamental que buscan para la imposición de sus dogmas comunes. Es así que, al concluir el S. XX, el Vaticano firmó un acuerdo con los Luteranos que pretende superar la crisis de medio milenio sobre las indulgencias y la justificación por la fe. A través de los Luteranos está buscando lograr también un acuerdo semejante con los Metodistas, y los esfuerzos ecuménicos que lleva a cabo para firmar acuerdos con la Iglesia de Inglaterra (la Anglicana), son también notables. Diálogos con Evangélicos, Pentecostales y Adventistas, sobre puntos que los acercan más, se han estado dando también por incoativa de la Iglesia Romana. Aunque esos diálogos no implican necesariamente compromisos, es digno de loar que se puedan sentar juntos, a pesar de tantas
  • 102. 102 divergencias, en un esfuerzo por entenderse mejor el uno al otro. ¡Sí, a condición de ser aceptado su liderazgo, el Vaticano promete hoy reconocer el pluralismo político y religioso! Al fin y al cabo, esa es la única manera en que puede terminar constituyendo la ―Gran Babilonia‖ de los últimos días, y transformar la Iglesia Católica en la ―madre de todas las rameras‖ de la tierra (Apoc 17:1- 6). El problema que tiene es que esa Babilonia forma ya parte del catolicismo mismo, con corrientes teológicas y filosóficas contradictorias que corren abundantemente en su interior. Así como el Magisterio de la Iglesia Católica proclamó la infalibilidad papal en 1870 para poder mandar a los fieles católicos desde cualquier país de la tierra al que fuese eventualmente arrojado el papa, así también busca ahora imponer su liderazgo político y religioso para poder manejar los hilos conductores que mueven a las naciones, en medio de la confusión reinante cada vez más generalizada de este mundo. En la medida en que se acepte su liderazgo—piensa el papa—y se respeten las marcas que le permiten hacer sentir su presencia sobre todo el mundo—las fiestas religiosas católicas—puede tolerarse el pluralismo en cualquier ramo del saber. a) El concepto papal de la libertad. ¡Por supuesto! ¡Hay una apertura del Vaticano hacia el mundo! ¡Nadie puede negarlo! Pero, ¿significa esa aparente apertura que el papado ha realmente cambiado? ¿Cambió sus creencias fundamentales? El nuevo catecismo romano lo niega cuando dice que ―el derecho a la libertad religiosa no es ni una licencia moral para adherirse al error ni un supuesto derecho al error‖. ¿Dónde fundamenta semejante afirmación? En los papas presuntamente más conservadores del S. XIX y del XX, esto es, en León XIII (Libertas praestantissimum 18) y en Pío XII (AAS 1953, 799), quienes nunca asimilaron los conceptos modernos de libertad de conciencia. En su encíclica Immortale Dei, La Constitución Cristiana de los Estados (1885), el papa León XIII había insistido en su condenación al protestantismo por su principio de ―libertad de conciencia‖, que interpretaba como dejar hacer a quien quisiese lo que se le diese la gana. Ese principio interrumpía la conexión ordenada de alma y cuerpo en el ejercicio de la autoridad—según argumentaba León XIII en armonía con los papas medievales. En Libertas Praestantissimum (1888), 50, León XIII insistía en que ―es ilegal requerir, defender o garantizar libertad incondicional de pensamiento, expresión oral o escrita, o de adoración, como si fuesen tantos derechos dados por la naturaleza al hombre... La libertad en esas cosas pueden ser toleradas donde hay una causa justa... La libertad debe ser mirada como legítima no más allá de permitir una facilidad más grande para hacer el bien, pero no más lejos‖. Es evidente que esos conceptos medievales que perduraban en los papas del S. XIX y primera mitad del XX continúan en el pensamiento papal actual. De otra manera, ¿para qué citarían los autores del nuevo catecismo romano a tales papas, sobre un punto tan delicado como el de la libertad de conciencia, para continuar negando el derecho a adherirse al error? Juan Pablo II mismo declaró varias veces durante su mandato, que no está de acuerdo con los principios de libertad que se dan en los EE.UU., el país por excelencia de la libertad religiosa porque, según él, no debe tenerse derecho para obrar mal. Mientras ha tenido que tolerar la democracia en el orden civil, la ha negado dentro de su iglesia donde reinstaló la ideología del poder papal que Pío XII había afirmado. En efecto, Juan Pablo II también ―cree que el pluralismo no puede conducir sino a una fragmentación centrífuga; sólo un papa fuerte, que gobierne de la cima, puede salvar la Iglesia‖ (PH, 367). ¿Podrá creerse, en un contexto tal, que va a mantener sus promesas de pluralismo para el exterior, una vez que logre recuperar el poder político por el que lucha tan denodadamente? Volvamos al concepto expresado en el catecismo que niega la libertad de adherirse al error. ¿Quién determina lo que es error en materia religiosa? El Magisterio de la Iglesia Católica, según lo vuelve a afirmar el nuevo catecismo romano. Ese Magisterio que el catecismo asegura ser infalible, tiene la tarea de preservar al pueblo ―sin error‖ (890). Por consiguiente, nadie tiene derecho a pensar diferente de lo que determina el Magisterio Católico, ni libertad para creer el error condenado por el mismo Magisterio, un principio medieval católico que la Iglesia de Roma mantiene en pie todavía en el S. XXI. De esta forma, el pluralismo religioso y político que el papado promete otorgar donde el catolicismo es mayoría, no es libertad, sino apenas tolerancia. Y esa tolerancia no durará más que lo que duren los principios de libertad de la conciencia individual que garantizan las constituciones de los estados modernos. León XIII, el papa citado en el nuevo Catecismo católico en relación con la libertad religiosa, declaró en Libertas Praestantissimum (1888), 50: ―Y aunque en la condición extraordinaria de estos tiempos la Iglesia consiente en ciertas libertades modernas, no porque las prefiere en sí mismas, sino porque juzga oportuno permitirlas, en tiempos más felices deberá ejercer su propia libertad...‖ Esta es la posición de la Iglesia Católica, una posición que, según vimos a lo largo de estos estudios históricos, siempre tuvo cuando no fue mayoría o, por diferentes razones, no pudo imponerse
  • 103. 103 como soberana sobre los pueblos y estados en donde operó. La libertad por la que aboga Juan Pablo II hoy no es mi libertad y la de otros, sino la libertad de los católicos que implica, necesariamente, la eliminación de las libertades de los demás en todo lo que le niegue al papado la supremacía. b) La infalibilidad ¿Acaso ha olvidado el mundo la doctrina de la infalibilidad que ostentan el papado y el Magisterio de la Iglesia? Si es que la Santa Sede ha cambiado, ¿por qué se afana tanto hoy el Vaticano en vindicar a los papas presuntamente anticuados para muchos, de los dos siglos que nos precedieron? Para ser más específicos, ¿por qué el papa Juan Pablo II canonizó a Pío XII, y continuó venerando a tantos papas criminales del Medioevo como Inocencio III (el papa más altivo y genocida de la Edad Media y de la historia papal)? El nuevo catecismo confirma una vez más que el Magisterio de la Iglesia, en conjunto con el papa, tiene el deber de preservar al pueblo libre de error, y para ello afirma que ―Cristo dotó a los pastores de la Iglesia con el carisma de la infalibilidad en asuntos de fe y moral‖ (890). Ningún texto bíblico es citado para fundamentar semejante pretensión. ¿Para qué llevó también Juan Pablo II, al podio de la santidad, a los papas que pertenecieron a una época anterior negativa (la de la primera mitad del S. XX)? El propósito de la beatificación papal es el de presentar ante el mundo a los beneméritos tales, como ejemplos de santidad de la Iglesia dignos de imitar. ¿Es ese el rico patrimonio con el que cuenta la Iglesia de ―buenas obras‖, que con soberbia ostenta ante un mundo protestante que carece de ―grandes‖ hombres porque, por convicciones religiosas, no honra en principio al hombre, sino al único digno de ser honrado, el Hijo de Dios? (Juan 5:44; Apoc 15:4; 19:9-10, etc). Fue Juan Pablo II quien condenó al teólogo suizo Hans Küng por rechazar la doctrina católica de la infalibilidad papal. ¿Había de extrañarnos que en el catecismo que él inspiró durante su mandato, citara a menudo a los papas que promulgaron la infalibilidad papal y la reafirmaron sucesivamente, rechazando la libertad de conciencia? ¿Con qué base puede alguien presuponer que la historia trágica de tantos genocidios inspirados, efectuados y/o condonados por la Iglesia Católica, incluso por el papa que cerró el S. XX, no volverá a repetirse si logra unir al mundo bajo su liderazgo político-religioso? Fue también Juan Pablo II quien ligó al papado al Opus Dei, la orden religiosa derechista de origen hispano y cuyas raíces se remontan al Santo Oficio de la Inquisición; y a movimientos masivos sectarios como el de Communione e Liberazione, que se caracterizan por su alto grado de control de corte militar, y que reprueba el pluralismo periodístico (PH, 269). c) Lenguaje doble. En las dictaduras militares sudamericanas que tuvieron lugar en el último cuarto de siglo, vemos que el Vaticano sigue siendo el mismo. Ha tenido que aprender—debido a los límites que le han sido impuestos por los poderes seculares y protestantes—a expresar un lenguaje doble que obliga a leer entre líneas para poder captar sus verdaderas intenciones. Por ejemplo, argumentan hoy que no reclaman de las autoridades civiles ningún privilegio sobre ninguna otra religión o entidad pública que no les pertenezca. De esa manera, pretenden defender los derechos de todos, ―del bien común‖ como gustan definir, pero sin especificar cuáles son los privilegios que le son propios o inherentes a la Iglesia Católica. Para descubrir los privilegios que la Iglesia Católica reclama como suyos, uno tiene que recurrir a otros documentos de cardenales y papas emitidos en tiempos recientes, y aún al nuevo catecismo romano, que muestran que no aceptan la igualdad de todas las religiones. Tienen que ver con la imposición civil de sus días de fiesta, pasando así por encima de los derechos de los demás. Por ejemplo, niegan a los musulmanes un mismo derecho de imponer sus días sagrados en Europa a pesar de su representación numérica considerable actual, por el hecho de que las tradiciones europeas se forjaron con el cristianismo (entiéndase católico y medieval), no con el islamismo. La historia, la tradición, continúa teniendo más peso para la Iglesia Católica que la realidad actual. Por tal razón insiste el Vaticano en que los días sagrados católicos deben ser salvaguardados por las leyes de las naciones europeas que le pertenecen por derecho de tradición. Europa fue tradicionalmente católica, y el viejo continente no debe perder sus raíces históricas que le confieren el alma que necesita para realmente ser alguien. El doble lenguaje empleado por el Vaticano hoy le permite, además, caer parado formalmente en cualquier circunstancia. Mientras pretende defender los derechos del hombre y, contra la verdad histórica los considera un legado del cristianismo (entiéndase siempre católico), los pasa por alto sin ambages cuando peligran los privilegios políticos que cree pertenecerle a la Iglesia, o cuando cree tener la oportunidad de ganarlos. En tales circunstancias no trepida el papado en recurrir a los medios más crueles y despóticos con tal de lograr o mantener la supremacía. Son contextos que considera de emergencia o gran oportunidad para su causa. Como en la Edad Media alienta o, mejor dicho, arenga a las autoridades militares y civiles a emprender una ―cruzada‖ de exterminio para sofocar la oposición, y
  • 104. 104 luego se lava las manos y aboga por una política de reconciliación. d) Doble juego represor y vindicatorio. ¿Cómo hace la Santa Sede para llevar a cabo su ministerio represor cruel para con sus adversarios, y luego buscar defender su imagen deteriorada ante el mundo? Mediante una dicotomía entre lo que hacen sus hijos (el clero y el laicado), y lo que hace la cúpula en Roma. Mientras que el Magisterio y el Papa en el Vaticano pretenden poseer la infalibilidad, en la esfera más baja u ―ordinaria‖ de esa jerarquía no se la posee y, por consiguiente, los súbditos pueden decir y hacer cualquier cosa que le permita a la Iglesia Católica llevar a cabo su misión. El llevar a cabo esa misión sin escrúpulos no menoscaba, por otra parte, ni al clero inferior ―ordinario‖ ni al laicado fiel de la Iglesia Católica, ya que saben que jamás serán condenados por su Madre allá en Roma, donde está la máxima Jerarquía de la Iglesia. ¡Cómo va a ser condenado el clero en su ministerio ―ordinario‖ si, mediante esa corriente secreta de información que lleva con el Vaticano, mantiene permanente comunión con la cúpula más alta de la Santa Sede, aún en los momentos de mayor represión y crueldad! Lamentablemente para ese sistema, el secretismo de tanto en tanto se filtra, de tal manera que los que descubren la estratagema y buscan probar la implicación y participación directa e indirecta de los mismos papas que pretenden salvar la imagen después, encuentran sobradas pruebas de su complicidad. Para desprestigiar luego la labor tesonera y esmerada de esos detectores modernos de mentiras, el Vaticano busca algún punto que presume débil de la argumentación y lo resalta, ignorando todo el meollo de documentación científica que esos detectores ofrecen para desenmascarar la mentira oficial. Pero, ¿puede una institución como la papal, con toda su presumida y arrogante ostentación de infalibilidad y santidad, desligarse de tantos actos criminales y de toda suerte de corrupción que en forma consecuente y metódica cumplen sus súbditos en todos los países y continentes en donde ejerce su mayor influencia? - Una copia militar exacta. Los militares argentinos de rango inferior que aplicaron las torturas e hicieron desaparecer a tanta gente, recurrieron al principio de ―obediencia debida‖ para librarse del juicio posterior que les esperaba. Ellos cumplían simplemente con las órdenes que los superiores del ejército les daban. Por su parte, los generales que se apoderaron del país y dieron las órdenes para acabar con la subversión adujeron después, que no se enteraban de todo lo que hacían sus súbditos ni de cómo lo hacían. ¿Quién terminó siendo culpable, así, de los crímenes cometidos en tal contexto? Por supuesto, en los cómodos sillones de los generales no se sentía el peso de la conciencia que caía sobre los verdugos que habían sido nombrados para cumplir con tan sucia misión. Todo lo que tenían que hacer desde ese lugar tan privilegiado era defenderse a sí mismos de la presión internacional en su contra por lo que hacían los que estaban más abajo. ¿Quién puede negar que ese doble juego para lavarse las manos no hubiese sido inspirado en el sistema papal que continúa usándolo para poder seguir presumiendo poseer la infalibilidad? Los militares hijos de la Iglesia se escudan en su fidelidad a la misión que Dios les encomienda a través del clero ―ordinario‖. El papado pide luego perdón por el exceso que esos hijos de la Iglesia cometieron en su amor por la misión presuntamente divina que recibieron. Nuevamente, ¿quién es culpable en una situación tal? ¿Acaso no es todo eso una farsa? ¿Será que el pontificado católico romano pretende, mediante ese doble juego, engañar también a Dios? Esa copia del estilo dictatorial y oligárgico del papado romano, que exige impunidad para el clero por pretender que el cuerpo (gobierno civil) no puede juzgar el alma (la Iglesia), lo han estado usando los gobiernos civiles en los países católicos desde hace ya mucho tiempo, para exigir impunidad política, diplomática y gubernamental. De esta manera, los presidentes, gobernadores, alcaldes y aún concejales, pueden robar, matar y violar leyes de tránsito, sin poder ser tocados por la justicia civil. Si en varios respectos estas violaciones impunes a las leyes estatales se están alterando, no se debe a un pedido de transparencia que hipócritamente pide la Iglesia Católica a los políticos en algunos países, sino a la influencia proselitista del capitalismo protestante norteamericano. El problema para la Iglesia Católica lo siguen siendo los países protestantes para quienes todos son pecadores y sujetos, por consiguiente y sin excepción, a la ley del estado. Siendo que esos principios de trasparencia política que exige el gobierno protestante busca ser exportado como un medio de garantizar los principios democráticos y republicanos en el mundo entero, les es más difícil a los gobernantes de los países católicos continuar hoy obrando impunemente como en lo pasado. ¿Cuándo llegará el día en que esos mismos principios de igualdad y comprensión de la naturaleza humana pecadora de todos, tanto de clérigos como de laicos (madre e hijos), penetren dentro del pontificado romano mismo? - Es menester obedecer a Dios. Cuando los principales dirigentes religiosos de la nación judía se dirigieron a los apóstoles con la orden de no cumplir con el
  • 105. 105 mandato divino de predicar en nombre de Jesús, ―Pedro y los apóstoles respondieron: ‗Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres‘‖ (Hech 5:29). Este hecho nos muestra que ante Dios nadie podrá aducir ―obediencia debida‖ a una entidad terrenal, sea clerical o política, para justificar su crimen condenado por Dios mismo en Su Palabra. Nadie que quiera realmente salvar su alma podrá vendérsela a ningún dignatario de ninguna iglesia, ni a ningún militar ni gobernante terrenal, para hacer lo que Dios prohíbe en su ley. El profeta Isaías escribió en una época de crisis: ―A la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido‖ (Isa 8:20). Ante Dios, cada cual deberá responder directamente por sí. Aunque oprimidos por las autoridades de su país en sus días, los apóstoles revelaron su libertad de conciencia al responder directamente delante de Dios por sus hechos. Negaron a las autoridades religiosas y civiles de sus días el derecho de pasar por encima de su conciencia santificada por la Palabra de Dios. ¡Cuánto necesitan las naciones saber que ―la justicia engrandece la nación‖, no el encubrimiento de la inmundicia que trae ―vergüenza‖! (Prov 14:34). Es mediante la justicia que ―será afirmado el trono‖ (Prov 16:12). ―El efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre‖ (Isa 32:17). Pero a medida que el engaño aumenta y el Espíritu de Dios se retira de la tierra, la inseguridad y el temor se incrementan en igual proporción. ¡Tanta injusticia en la tierra! ¡Tanta inmoralidad y crueldad! ¡Tantos crímenes jamás reconocidos como tales ni castigados como se merecen! Así como la tierra terminó vomitando a los moradores cananeos que hasta ofrecían a sus tiernos hijos en sacrificios a sus dioses, así también la tierra iba a vomitar al pueblo que Dios se había escogido pero al que no le confería ni la infalibilidad ni la impunidad. Serían expulsados si se corrompían delante de Él como lo habían hecho sus habitantes anteriores (Lev 18:24- 30; 20:22-24,26). También el mundo entero sería vomitado, más bien quemado, en el día postrero, cuando la gran paciencia divina llegase a su colmo, y el día del juicio cayese sobre todo el mundo (véase 2 Crón 36:14-16; 2 Ped 3:10-12). ―Por su misma maldad caerá el hombre malo‖ (Prov 11:5). ―Pero aunque el pecador haga mal cien veces, y con todo se le prolonguen los días, sin embargo yo ciertamente sé que les irá bien a los que temen a Dios, por lo mismo que temen delante de él. Al hombre malo empero no le irá bien‖ (Ecl 8:12-13). ―Por cuanto aborrecieron la ciencia, y no escogieron el temor del Eterno..., comerán del fruto de su mismo camino, y se hartarán de sus propios consejos‖ (Prov 1:29,31). - Espionaje y vindicación internacional. El Vaticano es el centro de mayor espionaje del mundo, cuyo medio mayor de obtener información se da en el confesionario en donde cientos de miles de sacerdotes se transforman en la basura que recogen de tanta gente criminal por toda la tierra. Todos ellos se deben al Sumo Pontífice y Santo Padre en la Santa Sede, de quien toman su autoridad como presunto Vicario de Dios y de su Hijo. Ese alarde de santidad sirve justamente al propósito de tapar las inmundicias del pasado y las que continúan practicándose allí hasta el presente. El esfuerzo que desempeña el pontificado romano para vindicarse ante el mundo por sus horrendos crímenes e inmoralidades de la Edad Media es impresionante. Más de medio milenio le llevó para abrir finalmente los archivos del Vaticano sobre la Inquisición y presumir así, purificar la memoria nefasta de la Iglesia Católica, con un pedido de perdón ambiguo que le permite seguir luchando para vindicar la institución del papado. Mayor pareciera ser su esfuerzo por negar su complicidad en los genocidios que sus fieles hijos llevaron a cabo durante y después de la Segunda Guerra Mundial, razón por la cual continúa negándose a abrir todos esos archivos. En su lugar, va soltando archivos seleccionados que no la comprometan, o que parezcan favorecerla o vindicarla ante las tantas acusaciones recientes. Es ahora contra esas acusaciones que provienen de la liberación de los archivos secretos de los principales países involucrados en la Segunda Guerra Mundial, que lucha el Vaticano para no perder su imagen. Y cuando no lo puede lograr, busca despertar compasión aduciendo ser víctima de ataques despiadados que tienen el propósito de dañar su reputación (―Santa Sede‖). Cuando cleros y laicos católico-romanos no pueden seguir más reclamando que las acusaciones que les destapan sus crímenes y fechorías son calumnias internacionales, entonces admiten la falta y llaman inmediatamente a un perdón y reconciliación nacional o internacional, tapando mediante tales pretensiones bonitas la tremenda injusticia cometida, y cobijando en su seno a los criminales que perpetraron tamaños genocidios. Después de todo, argumentan, los hijos laicos y sacerdotes no son necesariamente infalibles. Pero siguen insistiendo en la santidad de la Madre Iglesia en el Vaticano. Cuando se prueba que el Secretario de Estado del Vaticano y los obispos que trabajan allí comulgan igualmente con la inmoralidad y el crimen, entonces les queda el recurso a la santidad e infalibilidad que Dios presuntamente otorga al ―Santo Padre‖, al papa de Roma. Cuando la hora de la verdad
  • 106. 106 le llega también a ese presunto Sumo Pontífice con datos innegables de la historia que salen a luz, y no puede ocultar así, tampoco sus mentiras e inmundicias, entonces declaran que su infalibilidad se manifiesta únicamente cuando habla ex cátedra. Si alguien quiere aprender las mejores técnicas para tapar el pasado y el presente inmoral y criminal de cualquier institución, esto es, para mentir al más alto nivel y aparecer como santo y bienhechor, no tiene más que estudiar la conducta del papado romano a lo largo de la historia, y en especial en esta época. Si lo hace con oración y estudio de la Palabra de Dios, podrá ver con claridad en la Santa Sede de Roma, la obra que E. de White consideró como la obra más ―gigantesca de engaño‖ que se haya levantado jamás sobre la tierra, y predicha en la Biblia en forma especial para los últimos días (CS, cap 36 [35 en inglés]). ¡Cercana está ya, por fin, la hora de retribución para todos los hombres! El Señor mismo descenderá del cielo para poner ―la justicia por cordel, y la rectitud como plomada. Granizo barrerá el refugio de la mentira [Apoc 16:21], y las aguas arrollarán el escondrijo‖. Sentenció el Señor: ―Vuestro concierto con la muerte será anulado, y vuestro acuerdo con el sepulcro no será firme. Cuando pase el turbión del azote, os aplastará‖. ―Porque el Señor se levantará... para hacer su obra, su extraña obra, y para hacer su operación, su extraña operación‖ (Isa 28:17-18,21). ―Entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida. La aparición de ese inicuo es obra de Satanás, con gran poder, señales y prodigios mentirosos, y con todo tipo de maldad, que engaña a los que se pierden... porque rehusaron amar la verdad para ser salvos‖ (2 Tes 2:8- 12). XIII. Trasfondo teológico del genocidio católico Al repasar la historia medieval del papado romano y sus brotes de intolerancia imponentes en el S. XX, se puede percibir una constancia que la marca indeleblemente en todo su recorrido. Siempre exigió tolerancia al principio, como lo hace aún hoy, en donde es minoría. Una vez que se siente fuerte, comienza a ejercer un ministerio represor y exclusivista, mediante influencias políticas y gubernamentales. Como último paso impone un sistema totalitario en donde no hay cabida alguna para otra religión u oposición. Para lograr imponerse en forma absoluta sobre todos los demás, no tiene reparos en recurrir incluso al genocidio, ya sea estimulándolo abiertamente o simplemente consintiendo con el silencio público. Una política semejante se ve en un pájaro negro que existe en el litoral argentino. El tordo pone su huevo en nido ajeno. Una vez que nace el pichón, comienza a empujar a los otros pichones auténticos hasta que los tira abajo, y se apodera del nido y de la atención de los pájaros legítimos que no dan abasto con todas sus demandas de comida. Así hace el papado romano cada vez que logra poner su huevo en un estado ajeno. Una vez que se apodera del nido, no hay pájaro que lo pueda sacar, a no ser mediante una revolución violenta y sangrienta que traiga liberación al nido original, si es que ello es posible. Durante la Edad Media, el papado ponía el huevo en los palacios reales cuando lograba casarse con los reyes y príncipes de las naciones europeas. Siendo que hoy la mayoría de los países de la tierra son democráticos, está tratando de poner el huevo en las principales constituciones del mundo. Mientras anda de amoríos con los estados modernos tratando que le fecunden la cigota, promete muchas cosas bonitas. Una vez que nazca el pájaro dará los mismos resultados: intolerancia, violencia y muerte para apoderarse del nido. Ya las naciones no dan abasto con tantas demandas de reconocimiento, y que reclama mientras crece cada vez más. Nuestra pregunta es la siguiente. ¿En dónde nace esa actitud tan constante y persistente del papado romano? Mientras que la Iglesia Católica suele justificar esa permanente actitud en la vocación o llamado divino que Dios dio a la Iglesia como Señora y Reina de todas las naciones de la tierra, otros invocan textos bíblicos que la vinculan con el ángel rebelde que quiso ocupar el lugar de Dios, y busca ejercer su dominio absoluto sobre los reinos de la tierra como ―príncipe de este mundo‖. Nuestra pregunta aquí apunta, sin embargo, a otro aspecto de la teología católica sobre el que no se suele prestar atención. En efecto, una conducta tan regular y constante a través de los siglos tiene que estar enmarcada en una creencia dominante. ¿Por qué nunca se contentó la Iglesia Católica, en toda la etapa de su desarrollo, con abocarse únicamente a su tarea espiritual? La declaración del Generalísimo Francisco Franco para justificar su obra de ―expiación‖ en España, puede ayudarnos a introducir el tema. Según sus palabras, la tremenda y sangrienta guerra civil española fue un ―castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida torcida, a una historia no limpia‖. Esas declaraciones se basan en el sacramento católico de la penitencia. Lo que la Iglesia Católica requiere en el plano individual para librarse del pecado, lo requiere también en el plano colectivo para librar a la sociedad de todo elemento que
  • 107. 107 le impida lograr presuntamente la santidad. Un justificativo adicional para su carácter represor lo encuentra en la igualmente pagana doctrina del purgatorio y del infierno eterno. 1. El sacramento de la penitencia, el purgatorio y el infierno. Según el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (puntos 1459-1460) y las homilías del papa Juan Pablo II en vísperas de su jubileo católico del 2000, no alcanza con la regeneración interior que el Espíritu de Dios obra en el pecador. Siempre quedan ―penas‖ y ―residuos‖ del pecado que hay que ―expiar‖ o eliminar mediante un autocastigo o ―satisfacción‖, al que la doctrina católica llama también ―penitencia‖. ¿Sobre qué basa el papado esta doctrina? No cita ningún pasaje bíblico porque tal enseñanza no está en la Biblia. Recurre al rico legado de la tradición católica que suplantó las claras enseñanzas del evangelio. Aunque la Iglesia Romana no impide la iniciativa personal del pecador en la decisión y elección del castigo que éste se autoinflige, suele aconsejar recurrir a un sacerdote no sólo para ser absuelto, sino también para recibir la receta adicional que le hará presuntamente repudiar el pecado. Las pobres miserables almas que recurren a ese método—como lo hizo Lutero al punto de casi morir antes de descubrir en la Biblia la esencia del evangelio—piensan que cuanto peor sea el castigo que se inflijan, tanto más libres van a estar de querer volver a cometer la falta. No saben que la única manera de librarse del pecado es dejando de mirarse a sí mismos, para apoyarse en las riquezas de la gracia divina que expía el pecado en forma libre y completa, y sin tener que pensar en compensaciones adicionales de manufactura humana (Rom 3:24-26; 5:1; Heb 12:1-2, etc). ―El justo vivirá por la fe‖ (Rom 1:17), y obtendrá la justificación divina única y exclusivamente por la fe (Rom 3:22-28). Para no perder los réditos y beneficios materiales que los penitentes le devuelven a la Iglesia Católica por esa dispensación de bienes que ostenta poseer, inventó el papado romano otra creencia que tampoco está en la Biblia, llamada ―purgatorio‖. Si los que en vida fueron negligentes en su deber de hacer ―satisfacción‖ mediante las penitencias y de tantas otras maneras, tendrán que terminar de purgar esos residuos en un lugar de castigo temporario llamado ―purgatorio‖. Para acortar tal período de tiempo en ese lugar de sufrimiento, otras personas piadosas podrán hacer ―satisfacción‖ no sólo mediante penitencias, sino también mediante indulgencias y pagos compensatorios hechos a la Iglesia. ¿De qué manera estas creencias (de la penitencia y del purgatorio), afectan el comportamiento social de la Iglesia Católica? Así como además de la regeneración interior, la Iglesia Católica requiere que los pecadores sufran con penas impuestas por ella o por los pecadores mismos, así también requiere, una vez que se vuelve mayoritaria y se siente fuerte, librar la sociedad de todo ―residuo‖ de mal que persista en ella. Esto es lo que entendió Franco en España, y lo condujo a sacrificar en plena época moderna y democrática, a más de medio millón de vidas con tal de fundir otra vez la sociedad con la Iglesia Católica. Arrianos, cátaros, valdenses, protestantes, musulmanes, judíos, comunistas, todos ellos fueron considerados como esos ―residuos‖ de mal que había que extirpar para poder purificar en forma completa la sociedad en que se encontraban. Así como el catolicismo no cree en la completa suficiencia del Espíritu de Dios para regenerar al ser humano, sino que debe agregarse una compensación o ―satisfacción‖ humana por la falta cometida; así también el papado romano jamás creyó que debía contentarse con cumplir un papel puramente espiritual en la sociedad, sino que debía recurrir también al brazo político y legal para expurgar los males que la aquejan. Siendo que estas creencias forman parte del fundamento mismo de la fe católica, se puede afirmar sin temor a equivocarse que la Iglesia Católica no cambiará jamás, so pena de dejar de ser ella misma. El sacramento de las penitencias y la doctrina del purgatorio y del infierno eterno no están en la Biblia, sino que provienen del paganismo y constituyen una afrenta al carácter divino. El genocidio inspirado y producido por la Iglesia Católica proviene igualmente del paganismo y se nutre de sus mismos principios, tan contrarios al evangelio de Jesucristo. Y si Dios—como lo presume la Iglesia de Roma—castiga eternamente en el infierno a la gente por sus pecados, ¿por qué no había la Iglesia de adelantarse a ese castigo que de todas maneras no va a cesar jamás en el fuego eterno? ¿Cuál es el pecado más intolerable para la Iglesia Católica? La herejía. Por tal razón, los más perseguidos por el papado romano a lo largo de su historia fueron los grupos religiosos que se opusieron a sus demandas arrogantes, anteponiendo la Palabra de Dios. Esto no es sólo cuestión del pasado, sino también del presente, ya que forma parte del pensamiento católico tradicional. Basado en ese pensamiento católico tradicional, una obra apologética sobre la Inquisición, editada en el año 2000, argumenta lo siguiente: ―Los dogmas católicos son expresiones de‖ la ―Voluntad Divina, no de la libre elección de unos hombres… Por eso jamás podrá tolerar ni la herejía
  • 108. 108 que niega las verdades reveladas [entiéndase enseñanzas del Magisterio de la Iglesia Católica], ni que se las someta… al progreso… de los razonamientos humanos y de las experiencias religiosas‖ [F. Ayllón, El Tribunal de la Inquisición. De la leyenda a la historia (Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2000), 162-163]. ―Vista en su complejidad, la herejía posee una triple naturaleza: desde el punto de vista político, es un acto subversivo...; desde una óptica jurídica, constituye un delito de lesa majestad, cometido contra Dios, la sociedad y el estado; y, desde una visión teológica, es el más grande pecado cometido contra Dios mismo‖ (ibid, 342). Lo que este autor moderno comenta aquí no es otra cosa que lo que el papa Gregorio XIII afirmó en siglos pasados. Para ese papa como para el papado en toda su historia, ―el crimen de la herejía es el más grave de todos‖ (ibid, 621), ―mucho más grave que los otros‖ (ibid, 622), razón por la cual negaba a los confesores la facultad de absolver los herejes, ni siquiera en el jubileo católico. 2. Lo que muchos no captan. Si a las doctrinas de la penitencia, del purgatorio y del infierno eterno que están en el fundamento mismo de la Iglesia Católica, se suma el de la pretendida infalibilidad del papado y de su Magisterio Eclesiástico, ¿quién le podrá creer a la Iglesia de Roma cuando promete hoy respetar los derechos individuales de las minorías? ¿Acaso no está buscando afanosamente el consenso de las iglesias mayoritarias y tradicionales para imponer sobre el mundo los dogmas que tienen en común? ¿No serán capaces de captar los gobernantes de las naciones todo lo que involucra el permitirle al papado un reconocimiento tan especial en la Constitución Europea y en las Naciones Unidas? En 1888, con más de un siglo de antelación, E. de White describió el papel que están cumpliendo ya muchos dirigentes políticos de hoy. ―El movimiento dominical está avanzando en la oscuridad. Los líderes encubren el verdadero problema, y muchos que se unen al movimiento no ven hacia dónde tiende la corriente oculta… Están trabajando a ciegas. No ven que si un gobierno… sacrifica los principios que lo han hecho una nación libre e independiente y mediante leyes incorpora en la Constitución principios que propagarán las falsedades y los engaños papales, se hundirán en los horrores del romanismo y de la Edad Oscura‖ (EUD, 128-9). Una vez que Roma logre sus objetivos de predominio político y religioso, de ser reconocida otra vez como el alma del cuerpo civil, aparecerá el último intento de genocidio humano. Ese intento diabólico se desatará contra ―los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo‖ (Apoc 12:17; 13:15). ―Se demandará con insistencia que no se tolere a los pocos que se oponen a una institución de la iglesia y a una ley del Estado; pues vale más que esos pocos sufran y no que naciones enteras sean precipitadas a la confusión y anarquía. Este mismo argumento fue presentado contra Cristo… por los ‗príncipes del pueblo‘… Este argumento parecerá concluyente‖ (CS, 673 [1911]). Los Protestantes son vulnerables de caer en la trampa del Vaticano por compartir con la Iglesia Católica la doctrina dualista de alma y cuerpo, que contradice las claras enseñanzas de la Biblia. Además, comparten también un día de fiesta semanal que es el domingo, y una misma preocupación porque ese día se lo está dedicando a cualquier cosa menos a la religión. A menos que logren imponerlo en la sociedad moderna, no podrán nunca volver a ser el alma del cuerpo social. De allí que la marca de autoridad mayor que tanto católicos como protestantes están tratando de imponer se centra en esos dos aspectos. Esto lo anticipó admirablemente E. de White al comenzar el S. XX. ―Merced a los dos errores capitales, el de la inmortalidad del alma y el de la santidad del domingo, Satanás prenderá a los hombres en sus redes‖ (CS, 645). [La doctrina de la inmortalidad natural del alma, por otra parte, ha abierto las puertas también para que el espiritismo esté penetrando notablemente el mundo católico y protestante, tal como lo predijo E. de White en la misma ocasión (ibid)]. 3. La carencia de arrepentimiento en los genocidas católicos. Siendo que la herejía es el peor pecado de todos y digno de ser ―expiado‖ en la sociedad, a través del ministerio de muerte de una religión que procura establecerse en forma teocrática (o más bien autocrática), ¿debía sorprendernos que los más grandes genocidas católicos durante y después de la Segunda Guerra Mundial, no manifestasen señal alguna de arrepentimiento? En efecto, los más grandes criminales nazis, ustashis, falangistas y fascistas, muchos de ellos sacerdotes católicos, vindicaron hasta su muerte su papel represor. Videla, el general argentino que inició la represión en Argentina, expresó sin ambages que obró a conciencia como fiel y devoto católico. Tampoco dieron muestras de arrepentimiento los sacerdotes y capellanes que participaron en la tortura y condena de los subversivos. Los peores criminales nazis negaron culpa alguna en el juicio que se les hizo después de la guerra, así como tantos otros criminales de guerra a quienes se condenó después. Todos ellos declararon hasta el final de sus vidas que no tenían nada de qué arrepentirse. El cuerpo
  • 109. 109 político entero de criminales ustashis, con sus sacerdotes, tampoco se arrepintió jamás. Por el contrario, continuó ese tal cuerpo con su ministerio asesino en los países que los acogieron después de la guerra, y su memoria está siendo honrada por el nuevo estado croata de mayoría católica. Entre las varias razones que podemos entresacar para entender esa falta de arrepentimiento ante tamaños crímenes cometidos contra la humanidad, sobresale la que invocaron los militares y sacerdotes católicos mismos para vindicarse de la condenación mundial en la que incurrieron. Tenían un enemigo que vencer contrario a la santa religión que profesaban, y contaban con la bendición y aliento de los líderes más grandes de la Iglesia Católica. ¿De qué tendrían, pues, que arrepentirse? ¿Acaso la historia de la Iglesia no les había dado suficientes ejemplos de heroísmo al torturar y exterminar durante tantos siglos a tantos millones de herejes protestantes, judíos y musulmanes? Era la misma Iglesia la que los empujaba a la acción, y les tomaba juramento de lealtad a Dios y a la patria antes de salir a la guerra para exterminar a sus ―enemigos‖, esto es, a los que no concordaban con sus ideas religiosas y represoras. Amparados y adoctrinados por la Iglesia Católica para ser cruzados y soldados de Cristo, con el propósito de exterminar a los opositores del predominio espiritual del papado, ¿de qué iban a tener que pedir perdón los hijos criminales de la Iglesia a los que ni el mismo papa condenaba? Otra razón no siempre expresada por la que la mayoría de los criminales oficialistas del catolicismo romano jamás se arrepintieron, se da en la misma sustancia de la religión católica. Los laicos no tienen derecho a pensar por sí mismos en materia religiosa. Según se ve confirmado en el nuevo catecismo romano, el Magisterio de la Iglesia y el Papa son los únicos infalibles en materia de fe y práctica. Por lo tanto, el fiel católico libra su conciencia en la del sacerdote que representa a la Iglesia. Todo crimen que comenten tiene que ver con un principio de ―obediencia debida‖ a la Santa Madre Iglesia que los amamanta. En este contexto, el alma—el clero—requiere en nombre de Dios un baño de sangre para limpiar la sociedad. El cuerpo—el ejército católico—ejecuta esa voluntad superior sin dilación. Es así como la Madre Iglesia se hace responsable de todos esos crímenes, aunque después pretenda lavarse las manos cuando la reacción internacional se levanta indignada en su contra, echándole la culpa a sus hijos. Aún así, los hijos no tienen por qué afligirse, porque tampoco serán condenados por su Madre Iglesia que como la virgencita querida todo lo entiende de sus hijos y todo lo perdona. Después de todo, el terrible crimen de esos hijos revela a su vez, un amor muy grande por su Iglesia. 4. La cauterización de la conciencia mediante la confesión auricular. Durante la Edad Media el papado había dado la orden de que dos sacerdotes participasen en la aplicación de la tortura infligida por el Santo Oficio de la Inquisición. Cuando uno de los sacerdotes se sentía afectado en su conciencia por el dolor y la angustia que producía, el otro debía estar a su lado para absolverlo. En la confesión privada al sacerdote, los hijos—repitámoslo, criminales oficialmente reconocidos como católicos y jamás condenados por su Santa Madre Iglesia— liberaban su alma sin necesidad de cambiar de conducta. Lo que llevaban a cabo era terrible, sí, pero alguien tenía que hacer esa obra, un mal necesario con el fin de limpiar la sociedad y lograr un estadio mejor. Así pretendía la Iglesia cumplir con su misión de rectora del orden público y social. Algunos se sorprenden que en Madrid, bajo los momentos de mayor predominio de la Inquisición medieval, hubiese 800 burdeles o casas de prostitución. Los turistas y comerciantes de otros países europeos contemporáneos confirmaban que España revelaba la moral más baja del continente. ¿Cómo era posible eso? ¿Acaso no pretendían los Inquisidores ser los rectores y censores de la moral pública? Los especialistas del Santo Oficio han llegado a la convicción de que esa realidad se explica por el confesionario. Por contradictorio que parezca, para los Inquisidores no estaba mal ejercer la prostitución mientras se reconociese en la confesión privada que ese acto era malo. El problema comenzaba cuando las mujeres de mal vivir no se confesaban regularmente, despertando la sospecha inquisidora de pensar que lo que hacían estaba bien. Siendo que la confesión es privada, el mundo exterior no necesitaba enterarse de esas confesiones personales, y ellas podían continuar con su ministerio sexual cobrado con toda impunidad y libertad. La Iglesia Católica es un mito. Rituales mágicos llevan a cabo los católicos constantemente como una especie de encomendación a Dios. Así, para cualquier cosa los fieles se santiguan con la señal de la cruz, desgranan rosarios repitiendo frases mecánicas, sin ser conducidos a una real contrición. La liberación del alma de la carga del pecado—si de liberación se trata—se resuelve mediante una transacción que le permite al pecador, aún al criminal, acabar con sus problemas recurriendo a la mentira, al fraude y también al asesinato. En lugar de restituir el crimen compensando a las víctimas o a sus parientes de alguna manera, con real dolor por el
  • 110. 110 pecado, los criminales católicos pueden recurrir a tantos otros subterfugios como las indulgencias y penitencias que el sacerdote confesor les ofrece y encomienda en privado, para que no tengan más nada que ver con el mal que causaron. Si para colmo de bienes, se es una autoridad política o militar reconocida y distinguida, podrá conseguirse fácilmente un confesor más benigno que le indique una penitencia más condescendiente y acorde a su elevada vocación. E. de White escribió lo siguiente, antes de darse los genocidios clero-fascistas de los millones de inocentes que anticipó, según ya vimos, para el S. XX: ―El reclamo de la Iglesia de tener autoridad para perdonar pecados conduce a los católicos a sentirse libres para pecar... Esta confesión degradante de hombre a hombre es la fuente secreta de la cual ha brotado la mayor parte del mal que está contaminando al mundo y preparándolo para la destrucción final. Aún así, para los que aman la complacencia propia les es más placentero confesarse a un compañero mortal que abrir el alma a Dios. Es más agradable para la naturaleza humana hacer penitencia que renunciar al pecado; es más fácil mortificar la carne con golpes, ortigas y cadenas mortificantes que crucificar los deseos de la carne. Pesado es el yugo que el corazón carnal está dispuesto a llevar antes que someterse al yugo de Cristo‖ (GC, 568- 569). Llama la atención también la mentira tan descarada de los jerarcas de la Iglesia Católica, aún de la Santa Sede, cuando aducen no haberse enterado de todos los crímenes que sus hijos cometieron. ¿Cómo no iban a enterarse de los crímenes que ella misma suscitó mediante sus representantes más elevados, si contaron además, con el sistema de espionaje internacional más grande de la historia que nace en el acto de la confesión? Ningún otro poder sobre la tierra cuenta con un método tan efectivo para enterarse de lo que ocurre en tantos lugares de la tierra como el que posee la Santa Sede en el Vaticano y en todas sus sucursales sobre toda la tierra. 5. El problema fundamental: la lucha por la supremacía. Es cierto que ciertas creencias fundamentales de la fe católica, como el sacramento de la penitencia, el purgatorio y el infierno eterno han dado lugar, como acabamos de ver, a los más grandes genocidios de la historia. Pero hay una razón, una causa principal que la ha llevado siempre a la intolerancia. Se encuentra en la pretensión de haberle sido conferida al papa de Roma la primacía de Pedro. Esa primacía busca obtenerla, a su vez, sobre el mundo entero, ya que se considera a sí mismo como símbolo de la unidad que Cristo requirió de la Iglesia. De allí tantos títulos blasfemos que lo llevan a creer que ocupa el lugar de Dios hasta para perdonar pecados, poner y quitar reyes, cambiar la ley de Dios, etc. Las mayores masacres promovidas y requeridas por el papado Romano en la Edad Media, se dieron contra todos los que no lo reconocieron como soberano del mundo. Esto se debe a que el afán de supremacía, de ser el más grande, es insaciable. Únicamente puede ser curado por la sangre del Cordero, a los pies de la cruz. De una manera equivalente obraron también los emperadores que antecedieron al obispo de Roma. Así, de Nimrod se dice que fue el primer emperador del mundo (Gén 10:18). El construyó Babilonia, Asiria, y otros grandes imperios antiguos. Nabucodonosor, el gran emperador de la época neo-babilónica, declaró orgulloso antes de ser humillado por la Deidad: ―¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con mi fuerza de mi poder... para gloria de mi grandeza?‖ (Dan 4:30). Tanto el rey de Babilonia como Ciro, una vez que entró en Babilonia, fueron adorados como sumo pontífices (Deux Babilones..., 20, 320-321). ―El gran rey [persa] era el dueño absoluto del poder..., el sumo dios sobre la tierra... ante él se debía prosternar hasta los pies, poniendo el rostro contra la tierra‖ (A. Tovar, Historia del Antiguo Oriente). Alejandro Magno, el famoso emperador de Grecia, también ―se convirtió en la encarnación viviente de la divinidad..., y pretendió de los suyos la proskynésis...‖ (A. Concha, Alejandro el Grande (1985), 85). Cuando llegaron los romanos, los césares se apoyaron ―en las auctoritas..., en su poder sacrosanto de pontíficex maximus... y en la ascendencia divina‖ (J. M. Solana, Gran Historia Universal, 174). ―Situaron sus estatuas en los templos y plazas de Roma, junto a las de los dioses...‖ (ibid, 176-177). Véase A. Diestre Gil, * El primer emperador cristiano, Constantino, no abandonó las formulaciones gubernamentales de los césares que le daban honores divinos. Por el contrario, ―reconstruyó el culto imperial‖ de tal manera que fuese aceptado nominalmente aún por el cristianismo romano (A. Kee, Constantino contra Cristo, 181). A los títulos ya usados por sus antepasados de Augusto, Pontíficex Maximus, Imperator perpetuo, Pater Patriae, Constantino agregó el de Vicario de Cristo, Obispo de los obispos, Representante del unigénito Logos. De esta manera llevó el absolutismo a su apogeo, implementándolo con un ceremonial tendiente a destacar el carácter divino del emperador. En ese ceremonial se destacaba su túnica de oro, la diadema y la proskynésis (adoración de rodillas).
  • 111. 111 El papado romano heredó, además de los títulos imperiales, ese ceremonial que requería que le besasen sus pies mediante la proskynesis. Sumó para sí también los títulos de Vicario de Dios, pero ahora aplicado en forma exclusiva a su cargo. Otros títulos blasfemos fueron el que usa aún hoy de Santo Padre (véase Mat 23:9; Jn 1:12-13), Su Santidad (Apoc 15:4; 1 Tim 1:15- 16). No de balde la profecía apocalíptica anticipaba que el anticristo romano y medieval iba a usar ―títulos blasfemos‖ (Apoc 13:7; 17:3). . Una entidad que pretende imponerse sobre toda la tierra con semejantes títulos, y creyéndose aún infalible, no puede permanecer sin recurrir a la intolerancia, muerte y genocidio. ¿Por qué razón? Porque a nadie le gusta que lo atropellen, que le arrebaten su libertad. Y para poder imponer reconocimientos omnímodos de orden divino, tales poderes absolutistas deben recurrir a la fuerza. ¿Dónde se encuentra la fuente de semejante inspiración absolutista? En Lucifer. De allí que Jesús lo desenmascaró como siendo mentiroso y asesino desde el principio (Juan 8:44). Estas dos características iban a destacarse en el anticristo romano, según la predicción del apóstol Juan en el Apocalipsis (Apoc 13:7, véase 13-15). Esa será siempre la tendencia de todo aquel que busque reconocimientos humanos supremos (Apoc 13:3,8). La única forma de obtenerlos es a expensas de los derechos de los demás, mediante un dominio absoluto y opresivo sobre todos los que pueda poner bajo su autoridad. Dice la Biblia que Lucifer, ese ángel exaltado, procuró ocupar el lugar de Dios y sentarse por encima de Dios mismo (Isa 14:12). Ese espíritu de supremacía lo transmite a todos los que procura engañar, no admitiendo sombra alguna, y pasando por encima de todos cuantos pueda someter bajo su yugo. Ya a nuestros primeros padres les hizo creer que iban a ser ―como Dios‖ (Gén 3:4-5). ―El orgullo de su propia gloria le hizo desear la supremacía‖ (CS, 549). - ¡Cuán diferente fue el espíritu del Señor! ―Se vio que mientras Lucifer había abierto la puerta al pecado debido a su sed de honores y supremacía Cristo, para destruir el pecado, se había humillado y hecho obediente hasta la muerte‖ (CS, 557). Por tal razón, el apóstol Pablo exhortó a poseer su mismo Espíritu, tan contrastante con el que dejó y continúa dejando su presunto Vicario romano aquí en la tierra. ―Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Quien, aunque era de condición divina, no quiso aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz‖ (Filip 2:4-8). Todo el que desee gloria y honra debe pasar por la experiencia de humildad y abnegación del Hijo de Dios. La exaltación de Jesús a la diestra del Padre pudo tener efecto gracias a que demostró su completa entrega para salvar al hombre, aún a costa del oprobio y la vergüenza a la que fue expuesto tan ingratamente en la tierra. ―Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que, en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre‖ (Filip 2:9-11). El que quiera gloria y honor debe aprender primero las lecciones de humildad del Hijo de Dios. Esa gloria y ese honor vendrán, pero en el mundo venidero, cuando el Señor llame a sus fieles a ser junto con su Hijo, ―reyes y sacerdotes‖ para compartir con el universo entero su gratitud por la redención efectuada a tan alto costo. De allí que dice el canto que ya cantaban antiguamente en los días de Pablo: ―Si morimos con él, también viviremos con él. Si sufrimos aquí, también reinaremos allá con él‖ (2 Tim 2:11-12). Reinaremos sobre el pecado que no se enseñoreará nunca más de nosotros (Rom 6:14). Recuperaremos nuestra soberanía y control gracias a la sangre preciosa de nuestro Señor que nos redimió. ―¡Oh, tú, torre del rebaño! A ti te será devuelto el dominio anterior‖ (Miq 4:8). ―Y el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino [el del Altísimo] es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán‖ (Dan 7:27). ―Reinarán para siempre‖ (Apoc 22:5). 6. Edificada sobre un fundamento pecaminoso. Otro aspecto en la doctrina católica que explica su actitud genocida revelada a lo largo de la historia es el de pretender que Cristo edificó su iglesia sobre el papado romano. Su fundamento es, por consiguiente, tan pecaminoso como lo es la naturaleza humana. Esto significa que, en lugar de elevarse hacia metas siempre más altas, terminará degradándose conforme a la imagen frágil, perversa y engañosa que se escogió. Porque ―engañoso y perverso es el corazón‖, reconoció el profeta Jeremías, ―más que todas las cosas, ¿quién lo conocerá?‖ (Jer 17:9). ¿Habría de extrañarnos, bajo este contexto, que Pablo identificase al anticristo por venir como un poder engañoso y plagado de ―todo tipo de maldad‖? (2 Tes 2:9-12). ¿Podría haber escogido un medio mejor el apóstol Juan en el Apocalipsis, para
  • 112. 112 describir mediante el término ―Babilonia‖ la ―confusión‖ que tal engaño y crueldad iban a producir en medio de la cristiandad? (Apoc 17:5). -¿Edificada sobre Pedro? La Iglesia Católica se apoya en la autoridad del pontífice romano, presunto sucesor de Pedro, a quién Jesús le habría dado las llaves del reino y contra quien las puertas del infierno no podrían prevalecer. ¿Qué es lo que involucra esta creencia católica? El nuevo catecismo romano lo define: ―El poder de ‗atar o desatar‘ implica la autoridad para absolver pecados, pronunciar juicios doctrinales, y tomar decisiones disciplinarias en la Iglesia‖ (553). Cuando los gobiernos de la tierra no reconocen la supremacía del papado romano por sobre la autoridad civil, en una relación de alma (Iglesia) y cuerpo (gobierno civil) como lo pretendieron siempre los papas, el obispado católico se contenta con cumplir esa misión disciplinaria únicamente en su papel espiritual. Pero donde los católicos logran la mayoría y pueden imponer esa supremacía, entienden que la autoridad que Dios le dio a Pedro (presunto primer papa), le permite disponer incluso de la vida de los demás. Los que son ―desatados‖, o excomunicados, pueden en la visión del papado romano, no merecer vivir. En el caso de contar con gobiernos que le son sumisos, la ―Santa Sede‖ puede determinar quitarles la vida a través de las autoridades civiles o militares de tales gobiernos. Actualmente, las constituciones de los países democráticos le impiden al papado romano interferir en la justicia civil con medidas eclesiásticas. La libertad de conciencia requerida por el protestantismo y los derechos humanos enarbolados por la revolución secular, han impregnado las constituciones modernas. Por consiguiente, el papado romano no puede requerir la pena de muerte sobre los así llamados heréticos para la Iglesia Católica—como lo hizo durante tantos siglos en lo pasado. Los gobiernos civiles se niegan a cumplir hoy con una misión tal de exterminio, aún en los países donde la Iglesia Católica es mayoritaria. Durante el S. XX, sin embargo, el cuadro cambió toda vez que se puso la Constitución a un lado y se levantaron gobiernos dictatoriales, totalitarios y católicos. Tales sistemas dictatoriales de gobierno, así como el monárquico medieval, estuvieron muy lejos del sistema de liderazgo que Jesús indicó para su iglesia (Mat 20:25-26). Mientras que los reyes y emperadores, de quienes el papado obtuvo su autoridad político- religiosa (Apoc 13:3-4), disponían de la vida de sus súbditos como querían, el Señor dejó bien en claro que las medidas disciplinarias de la Iglesia debían darse únicamente en el plano espiritual (Mat 18:18-19; Juan 18:36). -La verdadera Iglesia está edificada sobre el Hijo de Dios. Jesús nunca dijo que su Iglesia iba a ser edificada sobre Pedro ni sobre ningún presunto sucesor de Pedro. La ―piedra‖ o ―roca‖ sobre la que iba a edificar su iglesia iba a ser el Hijo de Dios mismo (Hech 4:11). Esto lo reconoce el nuevo catecismo romano cuando dice que ―sobre la roca de esta fe [‗tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente‘] confesada por San Pedro, Cristo construyó su Iglesia‖ (424). ¿Sobre qué base, pues, declara el catecismo en otro lugar que Cristo construyó su iglesia sobre Pedro? El catecismo responde que ―Cristo, la ‗piedra viviente‘ [1 Ped 2:4], asegura así a su Iglesia, construida sobre Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. Debido a la fe que confesó [insiste el catecismo], Pedro permanecerá como la roca inamovible de la iglesia‖ (552). Ni Jesús, ni Pedro, ni los apóstoles dijeron jamás que por el mérito de haber confesado a Cristo, Pedro y/o los demás apóstoles iban a ser la roca inamovible sobre la que el Señor iba a construir la iglesia. Por el contrario, entendieron siempre que esa roca era el Hijo de Dios mismo que Pedro acababa de confesar. El Señor no edifica su iglesia sobre la fragilidad humana, constatada en la triple negación posterior de Pedro (Mat 26:34), sino sobre la única Roca sobre la cual las puertas del infierno [―muerte‖ o ―sepulcro‖] no pudieron prevalecer (Hech 2:24,31; Ef 1:20-23; Heb 2:14-15; Apoc 1:18). Aún después de ser confirmado por el Señor, Pedro fue reprendido en público por el apóstol Pablo como hipócrita (Gál 2:11-14). ¿No debía buscarse algún fundamento más seguro para construir la fe cristiana? Que el Señor no edifica sobre fundamentos humanos lo entendió claramente el apóstol Pablo cuando dijo: ―Conforme a la gracia que Dios me dio, yo como perito arquitecto puse el cimiento, y otro edifica encima. Pero cada uno vea cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento fuera del que está puesto, que es Jesucristo. Si alguien edifica sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca; la obra de cada uno será manifestada. El día [del juicio final] la revelará, mediante el fuego. El fuego probará la obra de cada uno‖ (1 Cor 3:10-13). El mismo apóstol afirma que el anticristo que se levantaría en medio de la Iglesia cristiana iba a ser quemado, finalmente, por el resplandor del Señor en su venida (2 Tes 2:8; cf. 1:7-8). Lo que los evangelios y las epístolas nos dicen es que nadie puede ―atar‖ o ―desatar‖ pasando por encima del
  • 113. 113 único fundamento que nos ha sido dado, esto es, el de Cristo Jesús preanunciado por los profetas en la antigua dispensación, y testificado por los apóstoles en la nueva dispensación. Ese cimiento está en la Biblia, no en la autoridad imperial o monárquica de nadie, ni en ninguna tradición posterior al canon sagrado. Por esto dijo Pablo también que, como familia de Dios, somos ―edificados sobre el cimiento [del testimonio] de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular. En él, todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. En él vosotros también sois edificados juntos, para la morada de Dios en el Espíritu‖ (Ef 2:19-22). Las ―llaves‖ que Jesús dio a Pedro (Mat 16:19), y a los demás apóstoles y seguidores de Jesús (Mat 18:18), son nuevamente, un símbolo de la Palabra de Dios que por torcerla, los ―doctores de la ley‖ en los días de Jesús la habían hecho inefectiva en medio de su pueblo (Luc 11:52). Tampoco dio el Señor a su Iglesia autoridad para perdonar pecados—como pretende el nuevo catecismo romano después de admitir que únicamente Dios tiene esa autoridad (1441). Los auténticos seguidores de Jesús ―atan‖ y ―desatan‖, lo que implica remisión de pecados dentro del contexto del cometido evangélico (Juan 20:23; Mat 28:18-20). Esto lo hacen, en efecto, mediante el bautismo (Hech 2:38: ―para perdón de vuestros pecados‖; 3:19; 22:16) y la excomunión (1 Cor 5:4-5), no mediante una confesión de pecados a un sacerdote terrenal que no conoce el corazón humano como para poder absolver al pecador (1 Rey 8:39; Sal 44:21; Jer 17:8-9; Luc 5:21; Juan 2:25). Si el ministerio de ligar o desligar del reino espiritual se cumple en la tierra en armonía con la Palabra de Dios (la Biblia), y con la dirección del Espíritu Santo que jamás obra contrariamente a la revelación divina (Juan 16:13; 20:22; Hech 5:32), tal decisión será corroborada en el juicio final. De esta manera, al compartir con la Iglesia Su Palabra, el Señor le concede las llaves que pueden abrir el cielo o cerrarlo para el mundo. Pero esas llaves, como lo reconoció Pedro mismo, no son de uso exclusivo y privado (2 Ped 1:19-21), ya que el Espíritu Santo es quien guía a ―toda la verdad‖ (Juan 16:13), y hace que la Biblia misma sea su propio intérprete (véase Mat 4:5-7). El único ser infalible que posee esas llaves en el cielo para dar el veredicto final, será quien determinará en el juicio quién usó bien esas llaves o copias terrenales y quién no (Apoc 1:18; 3:7-8; 5:1-5). Por eso dice el apóstol Juan que ―el Padre... confió todo el juicio al Hijo‖ (Juan 5:22; véase 1 Juan 2:1). ―Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre‖ (1 Tim 2:5). -Pretensiones papales relacionadas. La Iglesia Católica se arroga la autoridad de juzgar no sólo al mundo en asuntos morales y espirituales, sino también en asuntos políticos, sociales y económicos. Basado en las leyes canónicas del Vaticano, el nuevo catecismo romano declara que ―le pertenece a la Iglesia el derecho de ... hacer juicios sobre todos los asuntos humanos...‖ (2032). Tiene la misión ―de pasar juicios morales aún en asuntos relacionados a las políticas...‖, usando medios que pueden variar ―según la diversidad de los tiempos y las circunstancias‖ (2246), y teniendo en cuenta los ―aspectos temporales del bien común‖ (2420). Ese ―bien común‖, según lo ha comprobado tantas veces la historia, excluye a menudo el bien de las minorías. ¿Qué criterios usó el papado para juzgar al mundo cuando ―los tiempos y las circunstancias‖ le fueron favorables hasta para poder usar la autoridad civil y militar en la expansión y afirmación de su reino? La Iglesia de Roma destruyó vidas inocentes a las que condenó como heréticos porque tenían la osadía de anteponer la Palabra de Dios a los dogmas y caprichos del pontífice de turno. ¡Cuán lejos de revelar los principios del gobierno divino estuvieron tantos papas y obispos católicos, así como reyes y dictadores que abrazaron la fe romana, toda vez que pretendieron ocupar el lugar de Dios hasta para quitar la vida a quienes no se sometían a sus prerrogativas blasfemas! En efecto, Dios no destruye pueblos, naciones y familias a mansalva, como lo hicieron tantas veces los cruzados e inquisidores católicos en la Edad Media, y los nazis, ustashis, falangistas, clero-fascistas y neofascistas en gran parte de la tierra, durante la mayor parte del S. XX. 7. Una doctrina que falta. Es la del juicio investigador celestial que precede a la recompensa y castigo finales. Esa doctrina bíblica hubiera podido librar al cristianismo de tanta irresponsabilidad y abuso de parte de quienes pretendieron asumir y asumen todavía hoy el reino de Dios. En efecto, cuando Dios descendió con dos de sus ángeles para investigar a Sodoma y Gomorra, antes de destruirlas, dejó bien en claro que él discrimina entre el justo y el impío. Angustiado por saber qué le pasaría a su sobrino Lot y a su familia, Abraham le preguntó: ―¿Destruirás también al justo con el impío? ... Lejos de ti hacer eso, que hagas morir al justo con el impío, y que el justo sea tratado como el impío. Nunca hagas tal cosa. El Juez de toda la tierra, ¿no hará lo que es justo?‖ (Gén 18:23,25). En contradicción con estos principios divinos, vemos al obispado católico durante la historia medieval y aún del S. XX, destruyendo en
  • 114. 114 ocasiones pueblos enteros con la expresa declaración de dejar que el Señor haga la diferencia después, en el juicio final, acerca de quiénes fueron católicos y quiénes no. Dos ejemplos notables de esta naturaleza, de entre los muchos que la historia testifica, fueron el de la cruzada papal contra los albigenses en el S. XIV, y el de la destrucción de pueblos enteros en Croacia, cuyos habitantes no pudieron presentar un documento de bautismo católico. Esto último se dio, como vimos, en pleno siglo S. XX. Antes de destruir las dos antiguas ciudades de la llanura en donde habitaban hijos suyos, Dios llevó a cabo un juicio investigador en presencia de sus ángeles, y lo comunicó a sus representantes legítimos en la tierra. ―¿Encubriré de Abrahán lo que voy a hacer...?‖, preguntó el Señor (Gén 18:17). Antes de destruir a su propio pueblo en el reino del norte de Israel, Dios volvió a revelar a dos profetas suyos, Oseas y Amós, los principios de su juicio. ―Nada‖ que sea de valor para su pueblo ―hace Dios, el Señor, sin revelar su secreto a sus siervos los profetas‖ (Am 3:7). Antes de destruir el mundo le envía también un mensaje a través del ―remanente‖ fiel, que guarda los mandamientos de Dios y la fe de Jesús sobre los que Dios hace basar su juicio (Apoc 14:12; cf. 11:18-19). Ese mensaje final anuncia ―la hora del juicio‖ y la importancia que Dios asigna a la verdadera adoración (Apoc 14:6,7), en contraposición a una honra y veneración impostoras en la tierra (Apoc 13:3-4,15; 14:9-11). Dios no envía sus mensajeros al mundo para que se adelanten en la ejecución literal de su juicio, sino para anunciarlo (véase 1 Cor 4:3-5; Heb 4:12-13). Cuando la maldad del hombre llega a un punto que rebasa la larga y extraordinaria paciencia divina, es Dios mismo quien se sienta en juicio con sus ángeles y pesa desde el cielo, las obras de los hombres. ―Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo‖, dijo Dios a Abrahán, ―iré a ver si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí. Si no, lo sabré‖ (Gén 18:20- 21). Había una última oportunidad para esas dos ciudades. Pero en el trato que dieron a los dos ángeles y la incredulidad que manifestaron al último llamamiento de Lot, sellaron su suerte (Gén 19). Posteriormente la ciudad de Samaria, capital del reino de las diez tribus del norte de Israel, llegó también a un punto crucial en su historia de apostasía. Dios se sentó en juicio y ―se descubrió la iniquidad de Efraín y las maldades de Samaria‖. Sus habitantes no sabían que Dios ―lleva[ba] memoria de toda su maldad. Ahora los rodean sus obras, están ante mí‖, advirtió el Señor (Os 7:1-2). Posteriormente Dios volvió a revelar los principios del juicio divino antes de destruir Jerusalén, la capital del reino del sur, dejando en claro que ―la justicia del justo no lo librará si él desobedece‖, ni ―la impiedad del impío le será estorbo si se vuelve (convierte) de su impiedad‖ (Eze 33:12). De acuerdo al juicio divino, no se pueden acumular méritos para compensar la falta cometida. La doctrina bíblica del juicio investigador prueba que nadie puede paliar su mal mediante obras buenas, como si el crimen pudiese compensarse con buenas obras (véase Luc 17:9-10). De haberse tenido en cuenta un principio tal, ningún sacerdote católico ni papa hubiera tratado de compensar sus crímenes con actos esporádicos de misericordia, un método que no implica necesariamente un cambio de corazón, sino más bien un intento de cubrir su maldad. Escobar, el capo de la droga, es venerado en algunos lugares de Colombia hasta hoy por sus extraordinarias obras sociales. Pero eso no lo libró de sus crímenes ni siquiera ante un gobierno de confesión católica. ¿Sería diferente para tantos prelados católicos a quienes la Iglesia de Roma venera hasta hoy, por obras de bien que le permiten pasar por alto sus crímenes más horrendos? En relación con el juicio final el profeta Daniel escribió: ―El tribunal [celestial] se sentó en juicio, y los libros fueron abiertos‖ (Dan 7:10). ―Y los muertos fueron juzgados‖, aclaró Juan, ―según sus obras, por las cosas que estaban escritas en los libros... Y cada uno fue juzgado según sus obras‖ (Apoc 20:12-13). Como resultado de ese juicio, el Señor de toda la creación viene con su galardón, ―para dar a cada uno según su obra‖ (Apoc 22:12). Son aprobados, o literalmente ―sellados‖, únicamente aquellos en quienes ―no se halló engaño en sus bocas, porque son sin mancha‖ (Apoc 14:1,5; cf. 7:4). Esto se habrá debido no a una acumulación de méritos personales, sino a que ―lavaron sus ropas en la sangre del Cordero‖ (Apoc 7:14). ―Porque por tus palabras serás justificado‖, declaró Jesús, ―y por tus palabras serás condenado‖ (Mat 12:27). ¿Cuándo? No inmediatamente después de morir, sino ―en el día del juicio‖ (v. 26). Entonces ―los que hicieron el bien resucitarán para vivir, pero los que hicieron el mal, resucitarán para ser condenados‖ (Juan 5:29). Como resultado del juicio investigador, ―los santos‖ reciben, además de la ―vida eterna‖ (Dan 12:2- 3), ―el reino eterno‖ (Mat 25:31-34; cf. Dan 7:22,26- 27). -¿Papas y santos genocidas en la corte celestial? Ante una visión tan solemne y sagrada del juicio divino como la que ofrece la Biblia, ¿podemos confiar en el juicio de un Magisterio papal y colegial romano que abusó, maltrató y destruyó tantas vidas inocentes a lo
  • 115. 115 largo de los siglos, sólo porque los condenados no quisieron obrar contra su conciencia, y estuvieron dispuestos a morir antes que renunciar a su fe? (véase Apoc 3:5). El ―Santo Padre‖ en la representación de los papas medievales ordenó la ejecución de pueblos enteros, y la ―Santa Sede‖ de Roma se convirtió a mediados del S. XX en una guarida de criminales de guerra a quienes el Vaticano otorgó documentos falsificados para poder escapar de la justicia internacional. ¿Puede alguien concebir que la corte celestial vaya a ratificar tales juicios y fraudes terrenales? La Iglesia Católica presume que los mismos papas que ordenaron la ejecución de tantos pueblos durante la Edad Media, inclusive Pío XII que cobijó a tantos genocidas que nunca se arrepintieron después de la Segunda Guerra Mundial, están en la gloria y comparten sus gracias y virtudes con los fieles aquí en la tierra (Catecismo, 956, 2683). Si ellos condonaron el genocidio contra los no católicos, y están impunemente en la gloria en premio a su vida presuntamente santa y piadosa, ¿de qué tendrían que arrepentirse los gobernantes católicos que revelaron una pasión semejante a la que tuvieron ellos en favor de su Iglesia? ¿Acaso no se confesaron ante tales obispos y papas para poder participar de la hostia, comulgando con los que, por decisión de la Iglesia, ya están beatificados y en la gloria celestial? En general, los dictadores católicos del S. XX participaron de la hostia, algo que ningún católico tiene derecho a hacer sin confesarse primero. Al absolver a tales criminales en el acto de la confesión, el obispado católico pretende que el juicio celestial pasa por él. Aún así, esos criminales de guerra nunca admitieron públicamente su falta, sino que por el contrario, justificaron su genocidio y buscaron obstruir, con la ayuda de la jerarquía más alta de la Iglesia, toda investigación del mismo. ¿Es así que el papado romano se toma la libertad de traficar, mediante un sacerdocio impostor que recibe su autoridad del mismo papa, el pase de todo pecador al reino celestial? Según el pensamiento católico, en la corte celestial de gloria están ya instalados, de alguna manera, todos los papas y santos que murieron en lo pasado y fueron declarados ―santos‖ por la Iglesia Romana (Catecismo, 1021-2,1029). En efecto, según el catecismo romano, su misión en la gloria no se reduce única y exclusívamente a alabar a Dios. Los santos glorificados interceden por los católicos que todavía no murieron, y ofrecen los méritos que les sobraron para que pasen menos tiempo en el purgatorio (956, 1474-7). ¿Qué devoto católico que llegase a la cima del poder en cualquier país de la tierra, no trataría de hacer lo mismo que hicieron aquellos que fueron tan grandemente premiados ya? Criminales y genocidas del pasado, beatificados por la Iglesia Madre, están mirando supuestamente desde el cielo a los que buscan imitarlos desde la tierra. Lógicamente, tales ―santos‖ en el cielo deben ponerse contentos toda vez que sus ―hijos‖ terrenales castiguen, torturen y destruyan la vida de los demás, como ellos lo hicieron con los que expusieron la falta de documentación bíblica de los dogmas papales. La Iglesia Católica Romana rebaja el carácter solemne y sagrado del juicio celestial por una representación terrenal impostora de tal juicio. Un molde tal del juicio divino hecho a la medida del hombre mortal y pecaminoso, da libertad a los súbditos de la Iglesia, reyes y dictadores, para establecer y destruir vidas a su gusto. En virtud de tal visión sustentada y alimentada a lo largo de tantos siglos de intolerancia y despotismo papales, los ―hijos‖ de la madre iglesia se han sentido libres de torturar, matar y destruir hasta pueblos enteros, para ajustar a todo el mundo a un molde caído sobre el que pretendieron que Cristo decidió construir su Iglesia. Y para colmo de la desfachatez, ese presuntamente rico legado de santidad le permite balardonear blasfemamente que la Iglesia no erró ni podrá errar jamás, ya que comparte con el Padre y el Hijo la infalibilidad (Catecismo, 889-891, 2051). Conclusión. La Iglesia Católica Romana cree estar fundada y edificada sobre Pedro, es decir, sobre la humanidad tan débil, miserable y necesitada de redención como toda la historia humana lo ha demostrado. Lejos de considerar ese fundamento humano en su verdadera naturaleza pecaminosa, el papado así como el Magisterio de la Iglesia pretenden poseer la infalibilidad y la santidad que le corresponden únicamente a Dios (Núm 23:19; 1 Sam 15:29; Heb 6:18; Apoc 15:4). Por tal razón exigen también la impunidad, esto es, no ser juzgados por los tribunales civiles, ya que en su razonamiento particular, no corresponde que el cuerpo (autoridad civil) juzgue al alma (autoridad eclesiástica). Sus mayores problemas se dan cuando tienen que operar en gobiernos protestantes que, en marcado contraste, parten de la base de que todos son pecadores y, por consiguiente, sujetos por igual a la ley civil. Según las convicciones protestantes, nadie se vuelve santo por ocupar ningún cargo público, sea éste político o eclesiástico. Por lo tanto, nadie puede requerir impunidad tampoco. La Biblia enseña que la verdadera Iglesia de Cristo no fue, ni es, ni será edificada sobre ningún ser humano, sino única y exclusívamente sobre el Hijo de Dios. La tendencia a edificar sobre un fundamento humano pone al hombre a la altura (o más bien bajeza) de la
  • 116. 116 naturaleza pecaminosa del hombre. Distrae la atención del único ―autor y perfeccionador de la fe‖, que es Cristo Jesús (Heb 12:2). Ningún papa, ningún ―santo‖ determinado como tal por la Iglesia Católica, ninguna ―virgen‖ está en el cielo intercediendo por los vivos, porque los muertos no resucitarán antes de la venida del Señor (1 Cor 15:23-24; 1 Tes 4:15-17). El único modelo que nos ha sido dado es el del Hijo de Dios. ―Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba‖, dijo Pablo, ―donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra‖ (Col 3:1-2), no en ninguna presunta ―Santa Sede‖ terrenal ni en ningún presunto ―Santo Padre‖ de este mundo (Mat 23:9; Juan 1:12-13; Apoc 15:4). Todo aquel que quiera poner su confianza en una Iglesia que presume estar fundada sobre un hombre carnal como cualquiera de nosotros (Stgo 5:17), jamás podrá elevarse por encima de las flaquezas humanas que todos heredamos de Adán. Únicamente puede estar seguro aquel que pone su confianza en el poder del único ser que pasó invicto por este mundo contra el pecado. Demasiadas pruebas de las pasiones bajas y vergonzosas de tantos obispos y papas católicos nos ha dado la historia para pretender que el Señor fundó la Iglesia sobre tales hombres. La misión de la verdadera iglesia del Señor no es la de elevarse a sí misma usando como modelo a hombres falibles y pecadores que pretenden poseer la perfección y la santidad. El único ser que debe ser exaltado es el Hijo de Dios, único modelo que nos ha sido dado para poder elevarnos de nuestra miseria humana (1 Ped 2:21-22). Dios no nos llamó para alardear ante el mundo una riqueza de santidad humana en buenas obras, sino para exaltar las riquezas incomparables de la justicia, misericordia y gracia de Cristo, que salvan al pecador (Ef 1:7; 2:4-10; 3:8). Si la Iglesia Católica quiere librarse de volver a cometer nuevos crímenes y genocidios contra la humanidad, debe dejar de edificarse a sí misma sobre fundamentos humanos, esto es, dejar de mirarse a sí misma y mirar únicamente al Hijo de Dios como única fuente de salvación (Hech 4:12). Debe reconocer que por el pecado de Adán fuimos ―vendidos al poder del pecado‖ (Rom 7:14; véase Gál 5:17), de tal manera que el pecado está en nuestros ―miembros (Rom 7:23). La humanidad no puede elevarse sobre sí misma porque, por el pecado de su progenitor, fue ―hecha‖ o ―constituida‖ pecadora‖ (Rom 5:19). Cerremos esta sección con algunas declaraciones inspiradas acerca de la imposibilidad que tenemos, como seres humanos, de edificar nuestra fe sobre fundamentos humanos. En efecto, no podemos remontarnos por nosotros mismos sobre nuestra condición pecaminosa, porque ―el pecado es la herencia de los hijos‖ (ChG, 475). ―Por naturaleza el corazón es malo‖ (DTG, 143; véase Jer 17:9). Aunque hagamos buenas obras, Jesús declaró que somos por naturaleza ―malos‖ (Mat 7:11). Esto quiere decir que no podemos cambiar nuestra naturaleza ni cuando hacemos obras buenas. ―Hay en su naturaleza [del hombre] una inclinación al mal, una fuerza que, sin ayuda, no puede resistir‖ (Ed, 29). ―Cristo no poseía la misma deslealtad pecaminosa, corrupta y caída que nosotros poseemos, porque en ese caso no podría ser una ofrenda perfecta‖ (3SM, 131). ―La perfección angélica fracasó en el cielo. La perfección humana fracasó en el Edén, el paraíso de felicidad. Todo el que desee seguridad ya sea en la tierra como en el cielo, debe mirar al Cordero de Dios‖ (ST, 12-30-89, 4). ―Únicamente mediante los méritos de Aquel que era igual con Dios podía restaurarse la raza caída‖ (The Messenger, 04-26-93, 5). ―Ningún hombre o ángel del cielo podría haber pagado la penalidad del pecado. Jesús era el único que podía salvar la rebelión del hombre. En él, la divinidad y la humanidad se combinaron, y esto fue lo que dio eficiencia a la ofrenda de la cruz del Calvario‖ (1 SM, 322). ―Después de la caída, Dios vio que el hombre no tenía poder en sí mismo para guardarse de pecar, y se hizo provisión para que pudiese recibir ayuda‖ (ST, 02,17,09, 9). ―La naturaleza pecaminosa del hombre es débil, y está predispuesta a la transgresión de los mandamientos de Dios. El hombre no tenía poder para hacer las obras de Dios; ésa es la razón por la que Cristo vino a nuestro mundo, para que pudiese impartirle poder moral. No había poder ni en el cielo ni en la tierra a no ser el poder de Cristo que pudiese librar...‖ (14MR, 1094, 82). ―El Hijo de Dios vino a la tierra porque vio que el poder moral del hombre es débil‖ (YI, 12-28-99,2). ―Siendo que el hombre caído no podía vencer a Satanás con su fuerza humana, Cristo vino de las cortes reales del cielo para ayudarlo con su fuerza humana y divina combinadas‖ (1SM, 279). (Véase más citas en A. R. Treiyer, Los Cumplimientos Gloriosos del Santuario, lección 1). ¿Queremos librarnos del pecado, del crimen y de toda clase de homicidio y genocidio humanos? No nos dejemos distraer por tantos presuntos ejemplos de santidad que una Iglesia terrenal y corrupta, con tanto alarde de infalibilidad, pone entre el Hijo de Dios y los que buscan librarse del mal. Si queremos librarnos del engaño no nos miremos ni a nosotros mismos (1 Cor 4:3; 2 Cor 4:5; Filip 3:13-14). Miremos únicamente al Hijo de Dios (Juan 21:22). ―En ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo,
  • 117. 117 dado a los hombres, en que podamos ser salvos‖ (Hech 4:12). ―Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre‖ (Filip 2:9-11). XIV. La ostentación de santidad a la luz del evangelio La pretensión de santidad e infalibilidad hace arrogante, falsa e hipócrita a la jerarquía romana. La profecía decía que el papado se engrandecería a sí mismo (Dan 8:10,11), sería ―altivo de rostro‖ (v. 23), ―se ensoberbecerá y se exaltará‖ (Dan 11:36), y hasta se haría ―pasar por Dios‖ (2 Tes 2:4). Con su boca hablaría ―grandes cosas‖, es decir, hablaría ―con gran arrogancia‖ (Dan 7:8,11,20; Apoc 13:5-6). No de balde Lutero, el gran reformador alemán, incluyó en el ―estercolero romano‖ a toda esa presunta riqueza de santidad que ostenta la cúpula romana. ¿Por qué razón? Porque los que se creen santos e infalibles, o se presentan como tales ante los demás, si quieren que los demás les crean tienen que buscar tapar por todos los medios posibles la gran inmundicia que se esconde detrás de tales pretensiones. El siguiente paso es el homicidio (cf. Juan 8:44). Cuando la arrogancia e hipocresía se desenmascara, aparece el alma criminal que vuelca toda su furia contra todo aquel que se atrevió a exponer su falsedad. Así mandó el papado a la hoguera a cátaros, valdenses y protestantes que se atrevieron a enrostrarle su carácter presumido. Tanto Daniel como el vidente del Apocalipsis destacaron igualmente sus cualidades intolerantes y homicidas (Dan 7:25; 8:24; Apoc 13:7). Así también fue crucificado el Señor, luego de descubrir la inmundicia que se escondía detrás de tanto alarde de justicia y santidad farisaica en los líderes de la nación Judía. ―¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque limpiáis el exterior del vaso y del plato; y por dentro estáis llenos de robo y desenfreno. ¡Fariseo ciego! ¡Limpia primero el interior del vaso y del plato, para que el exterior también quede limpio! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera se ven hermosos, y por dentro están llenos de huesos de muertos y de inmundicia. Así también vosotros, por fuera os mostráis justos a los hombres, y por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad‖ (Mat 23:25-28). a) Un enfoque torcido. El problema que yace en la ostentación de santidad e infalibilidad es que atrae la atención del mundo hacia el hombre, en lugar de centrarla en Dios. Esto está en clara contradicción con la esencia misma del evangelio. Tanto Jesús como los apóstoles procuraron quitar la atención de la gente sobre los fariseos, para ponerla en la redención que Dios efectúa a través de su Hijo. El apóstol Pablo fue, entre los apóstoles, quien más captó el abismo que hay entre el evangelio de Jesús y el farisaísmo que busca la ostentación propia, porque había sido un celoso ―fariseo‖. Todo eso que antes de su conversión al evangelio consideraba como ―ganancia‖, terminó considerándolo Pablo como ―pérdida‖ y ―basura‖ ante el conocimiento de Cristo (Filip 3:5-9). ¿Por qué razón? Porque los que así obran, buscan una ―justicia propia‖ (v. 9). Algo equivalente experimentaría el gran reformador alemán en el S. XVI, al descubrir el verdadero evangelio de Jesucristo. Siendo que la humanidad tiende a venerar y honrar aún a los hombres que Dios usa para proclamar el evangelio, se vio al apóstol Pablo tratando también de quitar la atención de la gente de sí mismo, para ponerla en el Señor. ―Porque no nos predicamos a nosotros mismos‖, declaró a los corintios, ―sino a Jesucristo el Señor‖ (2 Cor 4:5). Aunque tuvo siempre en alta estima el llamamiento divino de su apostolado, y no permitió que rebajaran su ministerio mediante comparaciones necias, terminó declarando, con toda sinceridad: ―Soy menos que el menor de todos los santos‖ (Ef 3:8). A su discípulo Timoteo le abrió también su alma diciéndole lo que constituye la esencia de su evangelio. ―Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero‖ (1 Tim 1:15). b) La fortaleza del creyente está en Dios. Nadie llega a conocer realmente el poder de Dios hasta que es puesto en una situación en la que percibe con claridad sus propios límites, su propia incapacidad e impotencia para obrar. Es entonces que mediante la fe puede ver la obra divina, el brazo omnipotente de Dios resolviendo lo que humanamente se es incapaz de hacer. Si todo lo que Pablo o cualquiera de nosotros hubiese hecho o haga, fuese el resultado de nuestra propia sabiduría, capacidad o fortaleza, ¿qué lugar quedaría para la fe? ¿Es la fe el producto de nuestra voluntad e imaginación? Si alguna vez llegamos a esa convicción, habremos dejado de ver la justicia de Dios para resaltar nuestra propia justicia, y nuestra religión se habrá transformado en una religión inútil, hecha a nuestra propia imagen y semejanza.
  • 118. 118 ¿Por qué dijo Pablo que a Dios le agradó salvar al mundo ―por la locura [o necedad] de la predicación‖? (1 Cor 1:21). Porque descubrió que lo único que como ministros del evangelio podemos hacer es testificar, pero somos por nosotros mismos impotentes para convertir las almas. A menos que el Espíritu de Dios obre, y reproduzca nuestra experiencia espiritual en los que nos escuchan, nuestro testimonio se volverá incomprensible, ineficiente, inútil y hasta ridículo (Juan 3:3-8). Por eso agregó el apóstol que ―lo necio del mundo eligió Dios para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo eligió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado eligió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es; para que nadie se jacte en su presencia‖ (1 Cor 27-29). En este contexto puede verse mejor también cuán ridículo es pretender llamarse ―padre‖ en las cosas espirituales, algo contra lo cual nos advirtió el Señor (Mat 23:11). Porque los que son engendrados por el Espíritu de Dios no nacen ―de sangre, ni por el impulso de la carne, ni por deseo de varón, sino de Dios‖ (Juan 1:13). Aún los milagros que Dios pueda hacer rebasando nuestra capacidad, jamás podrán ser contados para glorificarnos a nosotros mismos, so pena de volvernos más necios todavía. Contrariamente a la teología de la Iglesia popular, nadie se vuelve santo porque Dios haga un milagro a través de él. Esto lo entendió claramente el apóstol de los gentiles cuando contó su experiencia personal con Dios. ―Para que la grandeza de las revelaciones no me exalte desmedidamente‖, declaró a los corintios, ―me fue dada una espina en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetea, para que no me enaltezca sobremanera. Tres veces rogué al Señor que quite ese aguijón de mí. Y me dijo: ‗Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad‘. Por eso, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo. Por eso, por causa de Cristo, me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte‖ (2 Cor 12:7-10). c) Cómo obtener la santidad. Ningún pecador que se esfuerce por hacer buenas obras para ser santo va a lograr la santidad. Por el contrario, ese esfuerzo conduce a la justicia propia, que hace nula la justicia de Dios. ―Porque por las obras de la Ley ninguno será justificado ante él‖ (Rom 3:20), ―sino por la fe de Jesucristo‖ (Gál 2:16). ―Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no ante Dios‖ (Rom 4:2). Es el Señor quien nos justifica y nos hace santos, y como resultado de la fe que ponemos en él, podemos crecer en la santidad. Esto es lo que expresó el apóstol Pablo cuando dijo que una vez que hemos sido ―librados del pecado y hechos siervos de Dios‖, tenemos como ―fruto la santificación, y como fin la vida eterna‖ (Rom 6:22). ―De él [Dios] viene que vosotros estéis en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención, para que, como está escrito: ‗El que se gloría, gloríese en el Señor‘‖ (1 Cor 1:30-31). ―Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el Nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios‖ (1 Cor 6:11). Por tal razón, continuó el apóstol, ―el que se gloría, gloríese en el Señor. Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba‖ (2 Cor 10:17- 18). ¿Dónde dice la Biblia que el que hace milagros es santificado en el cielo? Todo hijo fiel de Dios, haya hecho milagros o no en su vida terrenal, será igualmente glorificado en el día del Señor (Filip 3:21). Por lo tanto, no debemos preocuparnos en esta vida por hacer milagros, o probar que se dieron en nuestro ministerio, porque no es de esa manera que lograremos la santificación o glorificación final. En su preocupación porque la gente no ponga su mirada en sí misma para obtener la santificación, el apóstol declaró que ―ni aun yo me juzgo a mí mismo. Aunque mi conciencia de nada me acusa, no por eso quedo justificado. El que me juzga es el Señor‖ (1 Cor 4:3-4). Con esto quiso manifestar su plena confianza en el juicio divino. Al haber remitido sus pecados al Señor por la fe en el pago que efectuó de su sangre, sabía el apóstol que Dios mismo se haría cargo de defenderlo en el día del juicio (Rom 8:31-34). Por consiguiente, su alma no debía continuar atormentada por ver cómo haría entonces para justificarse ante Dios. ―El justo vivirá por la fe‖, fue su grito de victoria, una fe que se aferra a las promesas de Dios y le permite caminar seguro (Rom 1:17). ―Una cosa hago‖, volvió a decir a los filipenses, ―olvido lo que queda atrás, me extiendo a lo que está delante, y prosigo a la meta, al premio al que Dios me ha llamado desde el cielo en Cristo Jesús‖ (Filip 3:13-14). Y mientras eso hacía, obtenía la santificación. d) Santidad en la verdad. ¿Puede un atleta superar su valla, si no ve claramente la meta que se ha puesto? De igual manera, para poder avanzar en la santidad, se requiere que conozcamos la verdad, porque el error siempre detendrá el progreso, en alguno u otro punto de la carrera cristiana. ―Guardaos‖, advirtió el apóstol Pedro, ―para que no seáis arrastrados por el error de los inicuos y caigáis de vuestra firmeza. Antes creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo‖ (2 Ped 3:17-18).
  • 119. 119 ―Ninguna iglesia puede progresar en santidad si sus miembros no buscan ardientemente la verdad como si fuera un tesoro escondido‖ (CS, 576). El Señor ―sostiene ante nosotros el más alto ideal, el de la perfección. Nos pide que nos manifestemos absoluta y completamente a favor de él en este mundo, así como él está siempre a favor nuestro en la presencia de Dios‖ (HA, 452). ―¡Gloriosa es la esperanza del creyente mientras avanza por fe hacia las alturas de la perfección cristiana!‖ (HA, 425). ―A nadie se le impide alcanzar, en su esfera, la perfección de un carácter cristiano. Por el sacrificio de Cristo, se ha hecho provisión para que los creyentes reciban todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad. Dios nos invita a que alcancemos la norma de perfección y pone como ejemplo delante de nosotros el carácter de Cristo. En su humanidad, perfeccionada por una vida de constante resistencia al mal, el Salvador mostró que cooperando con la Divinidad los seres humanos pueden alcanzar la perfección de carácter en esta vida. Esta es la seguridad que nos da Dios de que nosotros también podemos obtener una victoria completa‖ (HA, 424). e) El problema de la justicia propia. Toda vez que la mirada se aparta del Señor, el esfuerzo por hacer buenas obras será desviado a un intento de presentar delante del mundo una fachada de santidad que glorifica al hombre, pero que Dios no puede aprobar. ―Guardaos de ejercer vuestros actos de justicia ante los hombres‖, advirtió el Señor, ―para ser vistos por ellos. De esa manera no tendréis merced de vuestro Padre celestial. Así, cuando des limosna, no toques trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Os aseguro que tienen su recompensa. Pero cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto. Y tu Padre que ve en secreto, te recompensará. Cuando ores, no seas como los hipócritas, que gustan orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Os aseguro que ya tienen su recompensa. Cuando tú ores, entra en tu aposento, cierra tu puerta, y ora a tu Padre que está en secreto. Y tu Padre que ve en secreto, te recompensará‖ (Mat 6:1- 6). Los que se esfuerzan por demostrar santidad ante el mundo caen en la trampa en la que cayeron los fariseos. Jesús dijo de ellos que hacían ―todas sus obras para ser vistos por los hombres‖ (Mat 23:5), ―porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios‖ (Juan 12:43). ―Aman los primeros asientos en los banquetes, y las primeras sillas en las sinagogas, quieren ser saludados en las plazas, y ser llamados rabí. Pero vosotros, no queráis que os llamen... padre, porque uno es vuestro Padre, el que está en el cielo‖ (Mat 23:6- 11). En marcado contraste el Señor declaró: ―Gloria de los hombres no recibo‖ (Juan 5:41). Y a los líderes que buscaban rebajar el carácter sagrado de su misión les reprochó: ―buscáis la gloria los unos de los otros‖ (v. 44). Para que sus discípulos no cayesen en la misma necedad y desgracia les ordenó: ―el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado‖ (Mat 23:12). La justicia propia conducirá siempre a la jactancia o glorificación personal. Pero en el plan de salvación, Dios vio necesario hacer resaltar la justicia divina, no la del hombre. Por eso insiste varias veces el apóstol Pablo en que ―Dios puso [a Cristo] como medio de perdón... para demostrar su justicia..., con el fin de mostrar su justicia..., para ser a la vez el justo, y el que justifica al que tiene fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia?‖, pregunta seguidamente. ―Queda eliminada... por la ley de la fe‖ (Rom 3:25-27). Es cierto también que ―la fe sin obras es muerta‖, y que la fe se perfecciona cuando actúa juntamente con las obras (Sant 2:17-22). Pero todas esas obras ―hechas en Dios‖ (Juan 3:21), nunca conducirán al hombre a glorificarse a sí mismo, ni a alardear santidad. Por el contrario, si esas obras son genuinas, llevarán a glorificar al ―Padre que está en el cielo‖ (Mat 5:16). Así, la santidad se la obtiene no buscando hacer buenas obras, sino buscando a Cristo. Mientras ―contemplamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados de gloria en gloria, a la misma imagen, por el Señor‖ (2 Cor 3:18). En lugar de figurar nosotros mismos, reluce cada vez más admirablemente la gloria del Señor. ―Con Cristo estoy crucificado‖, declaró feliz el apóstol Pablo, ―y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí‖ (Gál 2:20). f) ¿Quiénes están más cerca de la santidad? El rey Saúl no tuvo todas las mujeres que tuvo David. Pero David fue justificado porque se humilló ante el Señor e imploró su perdón, mientras que Saúl fue condenado por ensoberbecerse, y considerar demasiado humillante hacer la voluntad de Dios (1 Sam 15:11,22- 23). ―Oh Dios‖, fue el clamor de David. ―El sacrificio que tú aceptas es el espíritu quebrantado. Tú no desprecias al corazón contrito y humillado‖ (Sal 51:17).
  • 120. 120 ―El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu‖ (Sal 34:18). ―Porque así dice el Excelso y Sublime‖, habló también el profeta Isaías por boca de Dios. ―El que habita la eternidad, y cuyo Nombre es Santo [dice]: ‗Yo habito en la altura y en la santidad, y con el contrito y humilde de espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y dar vida al corazón de los contritos‖ (Isa 57:15). ―Mi mano hizo todas las cosas, por eso existen—dice el Señor—Y estimo al humilde y contrito de espíritu, que se estremece ante mi Palabra‖ (Isa 66:2). Algo semejante vemos en los evangelios. A los orgullosos fariseos el Señor les aseguró ―que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios‖ (Mat 21:31). No porque eran estafadores o inmorales, sino porque al estar desposeídos de toda justicia propia, podían apreciar mejor la justicia que Dios ofrece al pecador. La oración del fariseo era: ―‗Dios, te doy gracias, que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, y doy el diezmo de todo lo que gano‘. Pero el publicano quedando lejos, ni quería alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: ‗Dios, ten compasión de mí, que soy pecador‘. Os digo que éste descendió a su casa justificado‖, declaró el Señor, ―pero el otro no. Porque el que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido‖ (Luc 18:11-14). ―Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos ante los hombres. Pero Dios conoce vuestro corazón. Lo que los hombres tienen por sublime, para Dios es abominable‖ (Luc 16:15). g) No es castigándonos como obtenemos la santificación. Cuando pretendemos que logramos la santidad expurgando mediante autocastigos todos los presuntos ―residuos‖ de pecado que quedan en nuestros miembros, y presumimos en consecuencia merecer el reconocimiento divino mediante tal sufrimiento forzado, podemos estar seguros de no haber logrado la santidad. ―¿Con qué me presentaré al Señor, y adoraré al excelso Dios?‖, pregunta Miqueas. ―¿Se agradará el Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mi seno por mi pecado? Oh hombre, el Señor te ha declarado qué es lo bueno, y qué pide de ti. Sólo practicar la justicia, amar la bondad y andar humildemente con tu Dios‖ (Miq 6:6-8). ―¿Quién subirá al monte del Señor?‖, pregunta el salmista. ―¿Quién estará en su Santuario? El limpio de manos y puro de corazón, el que no eleva su alma a la vanidad, ni jura con engaño. Este recibirá la bendición del Señor, y la justicia de Dios, su Salvador‖ (Sal 24:3- 4). ―Todo el que tiene esta esperanza en él‖, declara el apóstol, ―se purifica [no mediante la contemplación de sus propias faltas y flagelaciones recetadas, sino contemplando al Señor], así como él es puro‖ (1 Juan 3:3). h) La misión de la Iglesia. Nunca podrá la verdadera Iglesia de Cristo alardear santidad ante el mundo. Si en algún momento de su historia cree que ése es el camino para atraer a la gente al mensaje que posee, caerá en la trampa en que cayó la Iglesia Católica Romana desde que pasó a ser la iglesia imperial. Tarde o temprano se descubrirá la flaqueza humana en su interior, con toda su corrupción y miseria de pecado (véase Apoc 18:1-3). ―Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga‖ ( 1 Cor 10:12). ―Maldito el que confía en el hombre, el que se apoya en la carne‖ (Jer 17:5). ¿Cuál es, entonces, la misión de la Iglesia del Señor? Su misión consistirá siempre en llamar y exhortar a sus miembros y al mundo a la santidad, levantando al Hijo de Dios en su medio y delante de la humanidad. El es la Roca, él es el Modelo, él es ―el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre‖, dijo Jesús, ―sino por mí‖ (Juan 14:6). ―‗Y cuando yo sea levantado de la tierra, a todos atraeré hacia mí‘. Esto dijo para dar a entender de qué muerte había de morir‘‖ (Juan 12:31-32). ―Yo soy la vid, vosotros los pámpanos‖, volvió a decir el Señor. ―El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto. Porque separados de mí, nada podéis hacer‖ (Juan 15:5). En la medida en que la verdadera Iglesia del Señor se esfuerza por exaltar al Señor en su medio, sin jactancia alguna, sin mirarse a sí misma, hará que el mundo y el universo entero capte la diferencia que se da entre ―aquel que sirve a Dios, y el que no le sirve‖ (Mal 3:18). ―Porque por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas‖ (Ef 2:10). ―Aunque existen males en la iglesia, y continuarán existiendo hasta el fin del mundo, la iglesia en estos últimos días debe ser la luz del mundo que está contaminado y desmoralizado por el pecado. La iglesia, debilitada y defectuosa, en necesidad de ser reprobada, amonestada y aconsejada, es el único objeto en la tierra sobre el cual Cristo otorga su suprema consideración. El mundo es un taller de trabajo en el cual, mediante la
  • 121. 121 cooperación de las agencias humanas y divinas, Jesús está haciendo experimentos por su gracia y misericordia divina sobre los corazones humanos. Los ángeles se asombran al contemplar la transformación de carácter que se opera en aquellos que se rinden a Dios, y expresan su gozo en cantos de alabanza arrobadora a Dios y al Cordero‖ (TM, 49). Conclusión. ¿Cambiará el Vaticano su nombre? ¿Dejará de llamarse ―Santa Sede‖, y su príncipe ―Papa‖ y ―Santo Padre‖, ―Su Santidad‖? Al comenzar el S. XX se nos aseguró que ―la iglesia papal no abandonará nunca su pretensión a la infalibilidad‖ (CS, 620). Por consiguiente, jamás renunciará a sus pretensiones arrogantes, ni a todos sus títulos blasfemos (Apoc 13:1; 17:3), incluido el de ―Vicario del Hijo de Dios‖. Esto implica que su carácter déspota y opresor, que hoy permanece latente, despertará otra vez en cuanto se le presente la oportunidad. Antes de los genocidios efectuados por los gobiernos fascistas católicos a los que el papado alentó y apoyó durante el S. XX, E. de White escribió: ―todo lo que ha hecho al perseguir a los que rechazaban sus dogmas lo da por santo y bueno; ¿y quién asegura que no volvería a las andadas siempre que se le presentase la oportunidad? Deróguense las medidas restrictivas impuestas en la actualidad por los gobiernos civiles y déjesele a Roma que recupere su antiguo poder y se verán resucitar en el acto su tiranía y sus persecuciones‖ (CS, 260). Si esa ―Santa Sede‖ y ―Santo Padre‖ estuviesen realmente cerca de Dios, rechazarían con horror que se los llame así, que la gente se postre delante de ellos, le besen los pies y les confiesen sus pecados (véase Hech 14:11-15; Apoc 19:10). En lugar de eso, la cúpula o jerarquía romana no sólo acepta ese ceremonial tan vergonzoso, sino que también lo requiere de los fieles. ―Curamos a Babilonia, y no sanó. Dejadla‖ (Jer 51:9), es la orden del cielo. Empero hay mucha gente sincera dentro de la Iglesia Católica Romana y a quien Dios reconoce como su pueblo. Es hacia esa gente que debe dirigirse el mensaje: ―¡Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas! Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó de sus maldades‖ (Apoc 18:4-5). Ese pueblo de Dios que todavía está en Babilonia, la confusión religiosa reinante de los últimos días, saldrá del engaño ante este llamado final, para engrosar el ―remanente‖ que Dios se habrá escogido de ―toda nación y tribu, lengua y pueblo‖ (Apoc 14:7; cf. 12:17). A todos ellos el Señor los quiere en su gloria. Una pregunta más. ¿En qué irá a parar todo ese alarde blasfemo y arrogante de santidad que Dios anticipó del anticristo romano? ¿Qué pasará al final con los que se glorifican a sí mismos a la imagen y semejanza del papado? Ya sea individualmente como corporalmente (la Iglesia del mundo), todo lo que alardee santidad y grandeza humana será abatido en el día del Señor. ―Entra en la peña, escóndete en el polvo, de la temible presencia del Señor y del resplandor de su majestad. La altivez de los ojos del hombre será abatida, la soberbia de los hombres será humillada; y sólo el Señor será exaltado en aquel día. Porque el día del Señor Todopoderoso vendrá sobre todo soberbio y altivo, y sobre todo ensalzado y serán abatidos... Sólo el Señor será exaltado en aquel día‖ (Isa 2:11-12,17). ―Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz, porque, ¿de qué vale realmente?‖ (v. 22). ―Pero se sentará el tribunal en juicio, y le quitarán su dominio, para que sea destruido por completo y para siempre‖ (Dan 7:26). ―Sin mano humana será quebrantado‖ (Dan 8:25). ―Pero llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude‖ (Dan 11:45). ―Entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida‖ (2 Tes 2:8). ―Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta... Los dos fueron lanzados vivos en el lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca‖ del Hijo de Dios (Apoc 19:20-21). En cuanto a su ciudad, ―la dejarán desolada y desnuda; devorarán su carne y la quemarán a fuego‖ (Apoc 17:16; cf. v. 18). ―Babilonia [Roma], esa gran ciudad, será derribada, y nunca jamás será hallada‖ (Apoc 18:21). XV. El lugar del S. XX en la historia profética Apenas comenzado el S. XX, E. de White exhortó a buscar ―en la historia el cumplimiento de la profecía, para estudiar las operaciones de la Providencia en los grandes movimientos de reforma, y para comprender el progreso de los eventos en el ordenamiento de las naciones para el conflicto final de la gran controversia‖ (8 T 307, 1904). Antes ya, en las postrimerías del S. XIX, había amonestado a esforzarse por presentar ante el mundo el lugar en donde nos encontramos según las profecías. ―Alcen la voz los centinelas ahora‖, fueron sus palabras, ―y den el mensaje que es verdad presente para este tiempo. Mostremos a la gente dónde estamos
  • 122. 122 en la historia profética (2 JT 323, 1889). Esto es lo que hemos tratado de hacer al estudiar el papel del Vaticano en los genocidios más monstruosos del S. XX. Corresponde dar ahora, en grandes pantallazos, su vínculo más directo con las profecías de la Biblia que nos permitan percibir que toda esa historia criminal que nos precedió reaparecerá otra vez en el corto tiempo que nos queda del fin anunciado. El ―tiempo del fin‖ que precede al fin mismo, fue anunciado por el antiguo profeta Daniel, también por el último apóstol con vida en el Apocalipsis, y aún por el Hijo de Dios mismo. Ese tiempo estaría enmarcado en contextos históricos bien definidos que no se cumplieron antes de los S. XIX y XX. Entre ellos está el avance espectacular de la ciencia y la rapidez de los acontecimientos que no se limitan al crecimiento notable en la comprensión de los mensajes proféticos de la Biblia. Involucran también todo el desarrollo científico humano (Dan 12:4). Habría ―guerras y rumores de guerras‖ sin precedentes, pero sin que precipitasen ya el fin del mundo (Mat 24:6), y sin que rompiesen el equilibrio de poderes que se mantendría en jaque hasta momentos antes de la venida del Señor (Dan 11:40pp; Apoc 7:1-3). 1. Una confrontación político-religiosa. El ―tiempo del fin‖ se iniciaría al concluir ―la gran tribulación‖ medieval causada por el largo predominio medieval de la religión católica romana, y se vería confirmado por señales estelares bien definidas que marcarían su comienzo (Mat 24:29; cf. v. 21; Apoc 6:9- 13; cf. 7:14). Ambos eventos, terrenales y estelares, tuvieron lugar conjuntamente únicamente entre la conclusión del S. XVIII y comienzos del XIX. Pero el predominio de los poderes religiosos sobre los poderes seculares volvería a darse al final, en un intento velado de hacer retroceder el mundo a los cuadros de opresión religiosa anterior (Dan 11:40úp-44; Apoc 13:3,12,15). Este hecho marcaría el comienzo del fin mismo, al que le sucederían las plagas finales del Apocalipsis y, por último, la Segunda Venida en gloria y majestad del Hijo de Dios para destruir a todos los poderes y reinos de este mundo (Dan 11:45úp). ¿Cuándo comenzaría la confrontación religiosa-estatal, secular-clerical, anunciada por estas profecías? Cuando se levantasen gobiernos civiles que quitasen de sobre sí el yugo que les había impuesto la Iglesia medieval, y acabasen así con esa gran tribulación causada por el papado contra todos los que habían rechazado su autoridad (Dan 11:40pp.; Apoc 11:7-8; véase Dan 7:25; Apoc 6:9; 13:7-8). ―El rey del sur‖ mencionado en Dan 11:40 es Egipto (v. 43), símbolo del secularismo moderno que se opone a las demandas de los poderes religiosos (véase Ex 5:2). ―El rey del norte‖ es Babilonia (Jer 46:6,10,13), símbolo de Roma y de los poderes religiosos corruptos que se coligarían con ella en el fin del mundo (Apoc 17-18). Daniel y Juan en el Apocalipsis proyectan juntos esa confrontación entre aquellas dos antiguas superpotencias mundiales— Egipto y Babilonia—hacia ―el tiempo del fin‖. La confrontación secular-religiosa produciría, en ―el tiempo del fin‖, una era de libertad. Tal era sería manchada por períodos de absoluto predominio de uno u otro de los dos poderes contenciosos, que revelarían su carácter cruel y despótico aquí y allí, en mayor o menor intensidad, en los lugares donde cada uno pudiese poner la planta del pié en forma absoluta y sin competencias. Que ambos poderes serían intolerantes, una vez logrados sus objetivos en forma suprema y totalitaria, lo prueba el hecho de que los dos produjeron los mayores genocidios de la historia en el S. XX. A pesar de eso, no podrían ninguno de esos poderes conseguir plenamente sus objetivos, porque los vientos de las pasiones humanas que ellos desatasen serían mantenidos bajo control, en jaque (Dan 11:40pp; Apoc 7:1-3). Como árbitro de todos los destinos, Dios permitiría la confrontación de estos dos poderes impíos y apóstatas para mantener la libertad, y facilitar la predicación mundial de los tres mensajes angélicos que anticipó en Apoc 14:6-12. Sólo cuando esos vientos dejasen de ser retenidos por los ángeles de Dios, podrían los poderes religiosos coaligados hacerse sentir sobre los poderes seculares, desencadenando así la persecución y destrucción finales más horrendas de este mundo. A fines del S. XIX escribía E. de White: ―Aunque ya se levanta nación contra nación y reino contra reino, no hay todavía conflagración general. Todavía los cuatro vientos son retenidos hasta que los siervos de Dios sean sellados en sus frentes. Entonces las potencias ordenarán sus fuerzas para la última gran batalla‖ (JT, II, 369). Ya a mediados de ese siglo adelantó la profetiza del ―remanente‖ (Apoc 12:17; cf. 19:10), que ―en ese tiempo [de angustia previo] cuando se esté terminando la obra de la salvación, vendrá aflicción sobre la tierra, y las naciones se airarán, aunque serán mantenidas en jaque para que no impidan la realización de la obra [predicación] del tercer ángel [anunciado en Apoc 14:9-11]‖ (PE, 85). Al comenzar el S. XX volvió a decir: ―La Palabra de Dios ha dado advertencias respecto a tan inminente peligro; descuide estos avisos y el mundo protestante sabrá cuáles son los verdaderos propósitos de Roma, pero ya será tarde para salir de la trampa. Roma está aumentando sigilosamente su poder… Está acumulando ocultamente sus fuerzas y sin
  • 123. 123 despertar sospechas para alcanzar sus propios fines y para dar el golpe en su debido tiempo… Pronto veremos y palparemos los propósitos del romanismo. Cualquiera que crea u obedezca a la Palabra de Dios incurrirá en oprobio y persecución‖ (CS, 683; cf. Apoc 12:17; 14:12). Durante la Segunda Guerra Mundial especialmente, se vio cómo se airaron las naciones e intentaron conflagrarse con el propósito de imponerse sobre el mundo, pero no pudieron ordenar sus fuerzas. Tanto sacrificio de vidas terminó siendo para nada. El papado y el comunismo [el rey del norte y el rey del sur en los términos de Daniel: Dan 11:40), no pudieron lograr sus macabros objetivos ni aún en los intentos definidos que manifestaron luego de esa guerra. Pero el ateísmo comunista cayó en el ocaso del siglo, y la autoridad del papado se está restableciendo casi automáticamente en todos los países que se abrieron al mundo occidental. Es este el momento en que las fuerzas antagónicas seculares-clericales están buscando un cauce común, y este el momento en que finalmente, el cuadro final profetizado en el Apocalipsis se consumará. 2. Una era de libertad política y religiosa. Consideremos un poco más de cerca esa era de libertad predicha para ―el tiempo del fin‖. El ―ghetto‖—según los términos recientemente empleados por el cardenal Ratzinger—o ―herida mortal‖ política—según los términos antiguamente usados por el Apocalipsis (13:3), que confinó al papado a una labor más conventual que política durante todo el S. XIX, permitió a los Adventistas ir a todo el mundo y predicar con libertad su mensaje del fin en cada continente y país de la tierra, sin las trabas tradicionales del Medioevo. Gracias a ello, hoy estamos predicando el último mensaje divino de condenación y misericordia combinados, a un mundo que va hacia su bancarrota (Apoc 14:6-12). Al anunciar el fin del mundo por toda la tierra, vamos contra el sueño tan acariciado de tantas religiones que pretenden que uniéndose, lo van a salvar. Fue el descubrimiento de un nuevo continente (el norteamericano), y los principios protestantes y republicanos que adoptó la nueva nación, los que acortaron también la persecución medieval (Mat 24:22). Esos principios permitieron la libertad que tantos países de la tierra disfrutan todavía, con gobiernos democráticos que defienden los derechos del hombre, y entre ellos, el de la libertad de culto (Apoc 12:16; 13:11). Cuando los países colonialistas de Europa amenazaron con invadir nuevamente el continente americano, el presidente Monroy de los EE.UU. les advirtió en 1830 que todo el que tocase cualquier país desde Norteamérica hasta Tierra del Fuego, iba a tener que declararle la guerra primero a los EE.UU. Así, y por influencias de toda naturaleza, esa nación se transformó en el paladín de la libertad del Nuevo Mundo, no sólo religiosa, sino también política. Pero iban a tener que pasar muchos años hasta que ese paladín de la libertad política y religiosa pudiese ejercer su influencia a escala mundial, permitiendo, expandiendo, salvaguardando y garantizando esa libertad sobre toda la tierra. Durante todo el S. XIX los EE.UU. estuvieron creciendo sin interferencias significativas extranjeras. ―Subía‖ esa nación mansamente como un cordero ―de la tierra‖, acogiendo a los atribulados de diferentes países del mundo como lo había estado haciendo durante la mayor parte de su historia, dándoles libertad para vivir en paz, sin dictadores ni reyes, sin papas déspotas ni iglesias intolerantes. Cuando surgieron sobre ese tumulto de naciones, pueblos y razas que caracterizaron desde siempre a Europa, gobiernos totalitarios comunistas y fascistas, tales gobiernos lucharon por apoderarse del mundo con el aval del minúsculo pero significativo Estado Vaticano. Pero no pudieron prevalecer. Esto se debió a la intervención protestante libertadora de los EE.UU. Aún así, el papado romano, en conjunto con todas las autoridades católicas de la mayoría de los países europeos antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, intentaron reconstituir un renovado Sacro Imperio Romano que destruyese el imperio comunista, e impidiese que el gobierno protestante de los EE.UU. tuviese injerencia en esos planes imperialísticos. Pero tanto el imperio comunista ateo como el imperialismo más solapado católico-fascista fracasaron, porque el gobierno republicano y protestante norteamericano se interpuso, dando lugar a la restauración de la democracia liberal en Europa Central. Contra el modelo ofrecido por el Vaticano de la Dictadura de Franco en España, intolerante y despiadada como lo fue, y contra las democracias tan turbulentas y alteradas por las intervenciones militares de los demás países católicos de Europa y Latinoamérica, el gobierno republicano, protestante y democrático de los EE.UU. jamás conoció dictaduras. No hay gobierno sobre la tierra que haya gozado durante tanto tiempo de gobiernos democráticos tan estables que garanticen la libertad, sin necesidad de recurrir a ninguno de los dos típicos totalitarismos— comunismo y fascismo—al que recurrieron tantos países de la tierra ateos y católicos durante el S. XX. ¡Da vergüenza sólo pensar que la Santa Sede hubiera puesto la dictadura franquista española durante tanto tiempo como ideal católico para el mundo, despreciando el modelo protestante norteamericano tan
  • 124. 124 benigno como un cordero, y que lleva ya más de dos siglos de existencia! ¿Qué fue lo que le dio a los EE.UU. esa estabilidad tan larga y abarcante, a pesar de estar dirigidos por un gobierno democrático y por principios de libertad que el papado romano condenó hasta en los tiempos más recientes? Su constitución, que hace a todo el mundo igual ante la ley, sin impunidad ni para religiosos ni para políticos, y que garantiza la libertad de conciencia y de culto de todo ciudadano. Por otro lado, ¿qué puede ofrecer al mundo el Vaticano, la Santa Sede, el Papado Romano, la Iglesia Católica misma, ante tantos hechos históricos que la vincularon siempre a regímenes opresores corruptos, violentos, sanguinarios, homicidas y genocidas? ¡Nada sino mentira e intolerancia criminal! Llama la atención que ya concluyendo el S. XX y comenzando el S. XXI, el papado haya renovado una lucha político-religiosa incansable y sin cuartel para recuperar la primacía del mundo que cree pertenecerle. Esto lo hace buscando reconocimientos de todo tipo, apropiándose de los principios de libertad que la condenaron desde hace dos siglos atrás para poder seguir pretendiendo tener arrogantemente, la visión moral que los demás gobiernos de la tierra no tienen, vindicando su comportamiento presuntamente infalible del pasado y pidiendo perdón por lo que sus fieles hijos hicieron, canonizando a los papas que fueron condenados por los derechos humanos y buscando vindicarlos a toda costa. Todo esto, en medio de escándalos morales y sexuales de lo más aberrantes que la llevan tardíamente a ostentar medidas presuntamente drásticas para salvar su fachada moral, pero sin ofrecer soluciones de fondo consustanciales con la realidad del problema. Juan Pablo II ha insistido varias veces, desde que asumió su pontificado, que no está de acuerdo con los principios de libertad que se dan en los EE.UU. porque, en su opinión reafirmada en el Nuevo Catecismo Católico, no debe haber libertad para obrar mal. Su concepto de mal tiene que ver con aspectos no solamente morales, sino también religiosos, de manera que por más palabras preciosas que diga, sigue negando como los papas del S. XIX y de todo el Medioevo, la libertad de conciencia garantizados en los Derechos del Hombre. ¿Cómo hace el papa para justificar ese desacuerdo con la mayor demostración de democracia y libertad que conoció el mundo? Como en los viejos tiempos, el papado está acusando hoy a los sistemas democráticos de dar lugar a la inmoralidad y al desenfreno modernos, sin reconocer que la causa de ese desenfreno no se debe a la democracia y la libertad presentes, sino a la pérdida de la fe que una vez caracterizó al protestantismo norteamericano. El freno que produce una religión como la Protestante que enseña a sus fieles a someter su conciencia a la Palabra de Dios, se está retirando de los EE.UU. por una apostasía nacional sin precedentes en la historia de ese país. Nadie parece percibir que no será mediante controles estatales exagerados y dictatoriales que se logrará restablecer el orden, sino por la labor del Espíritu de Dios en las conciencias individuales en armonía con Su Palabra. Por otro lado, la globalización y emigración de pueblos con diferentes creencias políticas y religiosas, hace que esos principios de libertad por los que lucha el gobierno protestante norteamericano se vean amenazados. Toda la civilización occidental lograda a costa de tanto derramamiento de sangre, parece a punto de desmoronarse por la acción aparentemente incontrolable del terrorismo internacional. El problema no está, pues, en los principios de libertad y democracia del gobierno norteamericano, sino en el socavamiento de tales principios causado por la apostasía del protestantismo que forjó este país, y por la confrontación internacional de tantas corrientes adversas y contradictorias que se dan en el ámbito religioso y político. 3. La fragilidad de los regímenes democráticos. El papado no logrará imponerse sobre el mundo en cada punto que profesa, sino en unos pocos dogmas significativos que hará resaltar con el concurso de las demás iglesias cristianas tradicionales. Entre ellos sobresale la imposición por ley de sus días festivos, en especial del domingo, por los que ya está abogando en forma especial, y en el que hace fundamentar su autoridad. Al obligar a todo el mundo a respetar un espacio de tiempo que pretende pertenecerle a una o varias iglesias en conjunto, pasa por encima de la libertad de los demás. Pero para el pontificado romano, ese método es legítimo, el más propicio y efectivo para hacer sentir su presencia y autoridad sobre todo el mundo. El error que cometió el papado fue creer que eso podía lograrlo mediante regímenes fascistas militarizados. No sabían los papas del S. XX que en esta época, debían esforzarse por obtener los mismos resultados mediante regímenes democráticos, por más molestia que éstos les causasen al ir contra su sistema jerárquico y dictatorial tradicional. Cornwell, el periodista inglés que escribió El Papa de Hitler, la obra católica moderna más crítica contra la infalibilidad papal tomando como referencia a los papas de los S. XIX y XX, perdió su fe en el papado como institución infalible y, en su lugar, se volvió un católico
  • 125. 125 liberal. Como tal cree que la fortaleza del catolicismo romano debe ponerse sobre la base, esto es, sobre un sistema democrático y pluralista, que permita al catolicismo ejercer una obra para bien. Así, el régimen comunista no fue vencido en Polonia mediante un dictador, sino por el movimiento Solidaridad. Fue la democracia nicaragüense la que derrocó también al movimiento sandinista. Ejemplos semejantes podrían traerse de otros países de mayoría católica en el centro- este de Europa, que recientemente han logrado liberarse también de los regímenes comunistas. Lamentablemente, Cornwell parece ignorar la facilidad con que pueden manejarse las masas con las nuevas técnicas de manipulación pública. Tampoco percibe este escritor hasta qué punto el Vaticano ha aprendido a valerse de los medios de difusión para llevar a cabo sus propósitos, sin alterar necesariamente las democracias, ni la intolerancia déspota que ejerce en el orden eclesiástico donde ostenta plenos poderes. Como se ha destacado vez tras vez en años recientes, el Vaticano es el único estado moderno en que los tres poderes, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, es ostentado en forma absoluta por el papa. Y a pesar de tratarse de un sistema dictatorial tan alevoso, ese príncipe de la Iglesia pretende tener la visión moral que los demás países democráticos deben seguir. Antes que pretender defender hoy la democracia en los países modernos, debería el Vaticano democratizarse a sí mismo en la sede de la ciudad-estado-iglesia que dirige su príncipe gobernante. En los países en donde posee mayor influencia como en España y en varios países de Latinoamérica, vemos al papa pretendiendo apoyar la democracia y exigiendo transparencia política a los gobernantes, pero requiriendo un trato privilegiado para la Iglesia con impunidad para el clero. Esas dos clases sociales, el clero y el laicado, no son iguales ante la ley. ¿Por qué el papado no se opone más, en la forma al menos, a los regímenes democráticos? Porque no puede valerse más de dictadores para lograr sus objetivos, y al mismo tiempo ha terminado descubriendo que le va bien también recurriendo al apoyo logístico de las masas. Es por eso que el fin del milenio vio al papa Juan Pablo II buscando el apoyo popular de los países católicos del tercer mundo, para exigir a los poderosos de la tierra la condonación de la deuda externa a los países más endeudados. A esta manifestación pública de apoyo popular la llamó Globalización de la Solidaridad. Ese término lo tomó prestado del partido polaco que le dio la victoria a su iglesia en Polonia, en su campaña para derrocar al gobierno comunista totalitario. Pero lo que muchos no captan es que, mediante recursos presuntamente democráticos, esto es, mediante recursos demagógicos, se obtiene en la práctica también gobiernos totalitarios que terminan sacrificando las minorías. Aún en los EE.UU., la representación católica con la inmigración latina creció notablemente a través de los años, lo que obliga a los candidatos presidenciales a tener en consideración las demandas de la Iglesia de Roma para poder ser elegidos. Poco a poco, el país de la libertad religiosa está siendo llevado a adoptar un sistema equivalente al de mutuo cortejo y honra clero- gubernamental, impuesto durante todo el Medioevo según se vio en la historia y se lo anticipó en Dan 11:39: ―colmará de honores a quienes lo reconozcan‖. Ese modelo de autoridad llevará también a los EE.UU., la única superpotencia del fin mencionada en la profecía apocalíptica, a terminar hablando como dragón sin dejar de mantener su forma de cordero (Apoc 13:11ss). Y lo que es peor, la profecía no dice que ese ensalzamiento al papado le va a ser necesariamente retribuido. Lo que la Palabra de Dios dice es que el gobierno protestante norteamericano entrará dentro del circuito de mutua honra con las autoridades civiles, elevando así ante el mundo, una imagen del papado (Apoc 13:11-18). Pero no dice ni niega que el papado va a retribuirle consecuentemente el ensalzamiento y reconocimiento que le prodigue la América Protestante. Anticipando en más de un siglo lo que está ocurriendo ahora, E. de White, la profetiza del ―remanente‖, declaró lo siguiente. ―La Palabra de Dios ha dado una advertencia sobre el conflicto inminente; descuide el mundo Protestante esa amonestación y descubrirá cuáles son los verdaderos propósitos de Roma, sólo cuando será demasiado tarde para escapar de la trampa‖ (GC, 581 [1911]). Desde la Segunda Guerra Mundial, se ha visto al papado usando al gobierno republicano y protestante de los EE.UU. para cumplir con sus propios objetivos, pero causándole deshonra y desprestigio en Vietnam y en otros lugares, en un claro esfuerzo del Vaticano por marcar lo más definidamente posible sus diferencias con el gobierno norteamericano. ¿Qué conseguirá el gobierno norteamericano con su insistencia en contar con el aval del Vaticano, dado el amplio margen de influencia política y religiosa que el papado ejerce sobre el mundo? Nada. Antes bien, su propia ruina y condenación por no haber prestado atención ni a la historia, ni a las advertencias de la Palabra de Dios. De allí que se lo denomina ―Falso Profeta‖ (Apoc 16:13; 19:20). Pretende llevar el símbolo del reino de Dios (cordero: Apoc 13:11), pero termina participando del mismo espíritu del dragón que había dado autoridad a la bestia. Así como el dragón (la Roma imperial), dio autoridad al anticristo romano en el S. VI (Apoc 13:2-4), así también los EE.UU.
  • 126. 126 terminarán restableciendo la autoridad política del papado, ya no sólo sobre el Vaticano como lo hizo Mussolini, sino sobre todo el mundo (Apoc 13:12,14). Su método coercitivo por excelencia para lograr tales fines será el boicot económico (Apoc 13:16-17). Ese método lo ha estado empleando ya, desde hace unos pocos años y con éxito, para con muchos regímenes que logró en su mayor parte hacer caer de esa manera (Haití, Nicaragua, la Unión Soviética, Cuba). - El papel final de la última superpotencia. Veamos más en detalle el papel que ejercerá la única superpotencia que queda en el mundo. El gobierno protestante y republicano de los EE.UU., según la descripción profética esbozada para el fin, ―engaña [seduce] a los habitantes de la tierra... diciéndoles que hagan una imagen del [anticristo romano]‖ (Apoc 13:14). Un gobierno autoritario, por regla general, no necesita engañar o seducir a nadie para que el pueblo haga lo que ese gobierno quiere que haga. ―Aquí se presenta [pues], en forma clara, una forma de gobierno en la que el poder legislativo descansa en el pueblo‖ (GC, 443). ―Aún en la libre América, los gobernantes y legisladores buscarán asegurarse el favor público cediendo a las demandas populares de una ley que requiera la imposición de la observancia del domingo‖ (GC, 592). De esta manera, renunciarán a sus principios constitucionales que exigen separación de Iglesia y Estado, y se volverán intolerantes para con los que no participen de ese dogma religioso. Así como el dragón (el diablo a través del imperio romano) dio su autoridad a la bestia (el poder político- religioso del papado), para ser homenajeado a través de ella, así también el gobierno protestante de los EE.UU. terminará dando autoridad al papado, presumiendo recibir en retribución un reconocimiento consecuente del papado. Esa es la ley del mundo. Se comercia con el honor. Se da reconocimientos y alabanzas a condición de recibirlos de vuelta. Pero para los que quieran mantenerse fieles a la Palabra de Dios, un compromiso con el mundo que niegue la ley divina implicará automáticamente la negación de la autoridad divina sobre ellos, y la pérdida definitiva de la aprobación del Cielo (Apoc 3:5; 12:17; 14:12). Es a través de su influencia en el viejo mundo (Europa), y a través de la Protestante y Republicana Norteamérica a la que logrará arrastrar a su esfera de influencia, como logró hacerlo en parte en Vietnam, que Babilonia (la iglesia corrupta de Roma) logrará imponer sus dogmas más preciados sobre el mundo. No sólo la bestia semejante a un Cordero (la América Protestante), sino también la bestia blasfema (el papado romano), impondrá su voluntad sobre todo el mundo (Apoc 13:12; Apoc 17:1-6). ―Babilonia hará que todas las naciones beban el vino del furor de su fornicación [unión ilícita de la iglesia con los gobernantes de la tierra , que el papado logra mediante la imposición legal de sus falsas doctrinas]. Toda nación se verá envuelta... (Apoc 18:3-7; 17:13-14). Habrá un vínculo de unión universal, una gran armonía, una confederación de fuerzas de Satanás. ‗Y entregarán su poder y su autoridad a la bestia [el anticristo romano] (3MS 447-448 (1891). 4. ¿Cuándo se restauró la herida mortal del papado? Durante muchos siglos hubo tiranteces entre las monarquías europeas y el papado, como suele darse en muchos matrimonios después que pasan los primeros romances. Hubo papas que debieron huir de Roma y se nombraron otros en su lugar. Pero en todas estas confrontaciones nunca se trató de destruir la institución misma del papado, sino de reformarla. La lucha se dio como en muchos hogares modernos, en torno a quién debía ser la cabeza, si la monarquía o el papado, si la autoridad civil o la autoridad religiosa. El problema real era que la Madre Iglesia quería ser al mismo tiempo Padre espiritual en la figura de los pontífices y sacerdotes romanos, copando todo espacio a los poderes civiles. En 1798 el papado recibió un golpe que no tuvo como propósito reformarlo, sino destruirlo. Provino del gobierno secular y ateo francés. Fue un golpe mortal a toda ambición política del papado. Se dio una ruptura, un divorcio en el que la autoridad secular decidió deshacerse para siempre de esa relación carnal con la autoridad papal (Dan 11:40pp; Apoc 11:7-8). Desde entonces el papado perdió todo ascendiente sobre las naciones, y hasta el dominio sobre Roma. Sus propiedades le fueron quitadas y la única alternativa que le quedó fue refugiarse en los edificios centrales que le quedaban en el Vaticano. ¿Cuándo se restauró la autoridad política del papado? Más de un siglo después, cuando otro poder secular, el que ostentaba Mussolini en Italia, terminó reconociéndolo como la autoridad religiosa y moral de Italia, y concediéndole plena hegemonía sobre el Vaticano. Una cifra enorme le pagó, además, por renunciar al resto de la ciudad de Roma, y a grandes extensiones de territorio sobre las que gobernaba ya desde hacía mucho tiempo el gobierno civil romano. Fue entonces que se reveló en el acto su carácter cruel y despótico en la guerra expansionista de Mussolini a Etiopía. Hizo además, a partir de allí, concordatos con todo gobierno clero-fascista y pro-católico que se levantaba. Pensó que había llegado el momento de
  • 127. 127 recuperar el dominio perdido del mundo y, mejor aún, conquistar fronteras más lejanas mediante esos mismos poderes guerreros con quienes pactaba. Pero la hora del papado no había llegado todavía. Por más que procuró por todos los medios impedir la injerencia e influencia protestante norteamericana en medio del viejo continente europeo, ese poder le destruyó casi todos los gobiernos autoritarios sobre los cuales había basado sus aspiraciones de predominio mundial. No pudo quejarse demasiado tampoco, porque aunque el protestantismo norteamericano e inglés no le permitió lograr el predominio mundial al que aspiraba entonces, le salvó la vida de sucumbir de nuevo bajo el ateísmo revolucionario, ahora comunista y ruso que también luchaba por expandir sus dominios sobre el mundo entero. En 1911, E. de White predijo esos intentos papales que se darían durante el S. XX para reganar el control del mundo mediante un golpe decisivo y violento. ―La Iglesia de Roma hace planes y usa modos de operación de largo alcance. Está empleando toda estratagema posible para extender su influencia e incrementar su poder mientras se prepara para un conflicto feroz y determinante para reganar el control del mundo, restablecer la persecución, y deshacer todo lo que el Protestantismo ha hecho‖ (GC, 565-566). Lo que el papado intentó hacer mediante los gobiernos fascistas y clero-fascistas del S. XX sin poder culminar sus objetivos, lo está por lograr ahora en el S. XXI mediante una confederación de iglesias que reclaman la recuperación del alma para Europa y para el mundo. 5. El reclamo del alma [soplo de vida] para Europa y el mundo. Un muerto no reclama un soplo de vida. Sólo un vivo que respira con dificultad puede requerir un soplo que le permita respirar mejor, a sus anchas. El papado ya se recuperó de su herida mortal en 1929 mediante la restitución del Vaticano por iniciativa del gobierno secular de Mussolini. Pero se siente molesto por los límites que muchos gobiernos le imponen sobre la mayoría de los países de la tierra. ¿En qué consiste, pues, el reclamo que el Vaticano está elevando hoy al parlamento europeo de no desconsiderar el alma tradicional de Europa? En el mismo reclamo que hizo durante todo el Medioevo basado en la filosofía de Tomás de Aquino, de considerar que el poder civil es el cuerpo, y que no puede existir ese cuerpo sin el alma del poder religioso. Lo más llamativo es que las Iglesias Evangélicas y Protestantes hayan entrado también en la misma órbita de la que se habían salido hace más de dos siglos atrás. Junto con la Iglesia Católica están también las Iglesias Ortodoxas que ahora pasan a formar parte del otro pulmón religioso unido que debe mover a Europa, según el papado. La astucia del Vaticano es llamativa. Se ha apropiado de todas las proclamas de libertad y derechos del hombre que conformaron a Europa y al mundo occidental, pretendiendo que esas proclamas son una herencia de las tradiciones religiosas medievales de Europa. Desconsidera sin vergüenza alguna el hecho de que esos derechos del hombre los antepusieron las corrientes libertadoras protestantes y seculares a todas las pretensiones papales y monárquicas de la Edad Media. Esa libertad y derechos del hombre, por consiguiente, no le pertenecen al papado en absoluto, sino que lo condenan. Y por si fuera poco, la Santa Sede reinterpreta esas libertades y derechos del hombre establecidos al concluir el S. XVIII por las corrientes revolucionarias, de tal manera que se conformen a los principios medievales que siempre sostuvo la Iglesia de Roma. Es un atrevimiento del secularismo ignorar a Dios y a las Iglesias, según el pensar papal que ha logrado hacer mella en el pensamiento religioso en general. Argumenta el papa que Europa no es ni puede ser un arreglo únicamente político y económico. Sin el alma querida y ordenada por Dios no podrá ir a ninguna parte. Para ello deben reconocerse las tradiciones cristianas (que el Vaticano sobreentiende como católicas y a las que se adhieren las demás iglesias en tanto que acepten sus dogmas fundamentales). ¿Dónde? En la Constitución Europea y, finalmente por su influencia, en la Constitución de la Tierra por la cual se está trabajando también desde hace poco más de diez años. Cuando las Iglesias pretenden rebasar su esfera de acción espiritual y comienzan a exigir reconocimientos estatales y constitucionales, es porque han perdido el rumbo claramente delineado por el Señor como siendo definidamente religioso, no político. Entran dentro del típico homenaje mutuo requerido por las autoridades de este mundo, según lo advirtió el Señor, que ponen a un lado el reconocimiento y la alabanza de Dios por una mutua exaltación terrenal de poderes. Esto se hace a expensas de la Palabra de Dios, de la verdad divina (Juan 5:41-47; Apoc 13:4; cf. Dan 11:32,39). ¿Por qué razón? Porque quieren lograr imponer sus dogmas por la fuerza de la ley, algo que sólo debe lograrse por el poder convertidor del Espíritu de Dios. Y como han perdido ese poder espiritual, creen que pueden y está en su derecho lograr lo mismo mediante recursos externos, temporales. Lo único que la Iglesia Cristiana y cualquier religión debe pedir a la autoridad política es libertad para
  • 128. 128 predicar y vivir de acuerdo a la conciencia de cada cual, pero no libertad para imponer sus dogmas (días de fiesta más específicamente), inclusive sobre quienes no crean en ellos. Esos principios de libertad y de derechos del hombre por los que aboga el papado ahora y las demás iglesias que lo secundan son, pues, un atentado desvergonzado contra los derechos y libertades más fundamentales del hombre. Dios no impide al hombre rechazarlo, ni retira su sol ni su agua sobre aquellos que lo rechazan (Mat 5:45-47; Jn 8:32,34,36). Los pretendidos principios de libertad por los que abogan los presuntos papas más liberales de la época moderna son un atentado flagrante contra la libertad de conciencia y culto por la que abogaron Lutero y el Protestantismo hace medio milenio atrás. Los Protestantes que se dejan arrastrar por el papado en la búsqueda de tales reclamos políticos, han perdido la visión del verdadero cristianismo, y de los mismos fundamentos por los que el Protestantismo original se liberó de la Iglesia Romana en tiempos pasados. 6. El soplo esperado del protestantismo norteamericano. El poder secular permitió la restauración del poder político del papado romano, según ya vimos, en 1929. Desde entonces el Vaticano intentó imponerse sobre toda Europa, a expensas del concurso protestante norteamericano e inglés. Aunque cortejó esos poderes protestantes para librarse de caer nuevamente bajo el golpe mortal del ateísmo, quiso levantar un imperio mundial europeo, un Sacro Imperio Romano restituido, que gobernase el mundo sin la interferencia protestante. Pero la profecía indicaba que la extensión de su poderío sobre el mundo entero no podría hacerse efectiva sin el soplo de vida que le daría al final, el protestantismo norteamericano. Teniendo en cuenta las profecías bíblicas, más definidamente del Apocalipsis, los Adventistas del Séptimo Día han estado advirtiendo al mundo, desde mediados del S. XIX, que cuando los principios católico-romanos se impusiesen por ley en los EE.UU. —más definidamente el día de culto religioso cuya única autoridad descansa sobre el papado romano— entonces el papado habrá logrado el mayor triunfo de su historia, y su influencia se hará ejercer inmediatamente sobre toda la tierra. ―Y hacía que la tierra y sus habitantes adorasen a la primera bestia (el anticristo romano), cuya herida mortal fue sanada‖ (Apoc 13:12). Hace ya un siglo, anticipándose a lo que estamos viendo venir, escribió E. de White lo siguiente. ―En este homenaje al papado [la imposición por ley del día de culto papal que Roma ostenta como símbolo de su supremacía] los EE.UU. no estarán solos. La influencia de Roma en los países que una vez reconocieron su dominio está aún lejos de ser destruida... Hasta el mismo tiempo final llevará hacia delante su obra de engaño. Y el revelador declara, también refiriéndose al papado: ‗Todos los habitantes de la tierra lo adorarán, cuyos nombres no están escritos en el Libro de la Vida‖ (Apoc 13:8). ―Su herida mortal fue sanada, y toda la tierra se maravilló, y siguió a la bestia [anticristo romano]‖ (Apoc 13:3). ―Tanto en el viejo como en el nuevo mundo, el papado recibirá homenaje en el honor que se le dé a la institución del domingo, que descansa únicamente sobre la autoridad de la Iglesia Romana‖ (GC, 579). Esta predicción se está cumpliendo notablemente ahora, luego que el comunismo ateo de la Unión Soviética se desintegró al final del S. XX. Las naciones católicas que habían caído bajo el yugo comunista al concluir la Segunda Guerra Mundial, reaparecen repentinamente ostentando su identificación con la Iglesia Católica en un porcentaje a veces notablemente incrementado. Los sueños que los papas de la primera mitad del S. XX tuvieron de destruir el comunismo para levantar un imperio europeo procatólico con gobiernos fascistas, los está logrando ahora al comenzar el S. XXI. Todo esto, gracias a haber logrado hacer caer a la Unión Soviética mediante un pacto secreto que hizo el papa Juan Pablo II con el gobierno norteamericano de Reagan, al concluir la década de los 80. ―La Palabra de Dios ha dado advertencias respecto a tan inminente peligro; descuide estos avisos y el mundo protestante sabrá cuáles son los verdaderos propósitos de Roma, pero ya será tarde para salir de la trampa. Roma... está acumulando ocultamente sus fuerzas y sin despertar sospechas para alcanzar sus propios fines y para dar el golpe en su debido tiempo. Todo lo que Roma desea es asegurarse alguna ventaja, y ésta ya le ha sido concedida. Pronto veremos y palparemos los propósitos del romanismo. Cualquiera que crea u obedezca la Palabra de Dios incurrirá en persecución‖ (CS, 638). 7. La crisis final. No es mediante imposiciones constitucionales o legales que se logra convertir al mundo. Aunque se logre momentáneamente cierta paz y armonía forzada como la que se dio bajo el régimen fascista de Franco en España, tal fachada de libertad no dura mucho, como tampoco dura mucho una tapa sobre una olla con agua a la que se ha puesto fuego debajo. Para que la armonía y la paz reinen supremas, se requiere una conversión voluntaria del interior, efectiva únicamente mediante la intervención del Espíritu Santo. Por esta razón, el Señor
  • 129. 129 vendrá no para llevarse todo el mundo al cielo, sino para salvar a un remanente que habrá revelado tal conversión. En la ciudad de Dios ―no entrará ninguna cosa impura, ni quien cometa abominación o mentira, sino sólo los que están escritos en el Libro de la Vida del Cordero‖ (Apoc 21:27). Una Europa confesional es lo que busca el papado, y luego un mundo igualmente confesional. ¿Será demasiado pedir o soñar? Pero, ¿cuál será el resultado? La imposición de normas religiosas a una generación corrupta provocará al final, las escenas de violencia más grandes conocidas en la historia de la humanidad. Esto se dará cuando los ángeles suelten los vientos que tienen sujetos de las pasiones humanas (Apoc 7:1-3). Los poderes en contención se soltarán. ¿Qué poder podrá sujetar a tantos millones que pasarán a ser poseídos por los mismos demonios, los ángeles caídos que se rebelaron con Lucifer contra Dios en el cielo, y que fueron confinados a este mundo por elección humana, hasta su destrucción final? (Jud 6). Llama la atención que E. de White presentase como ―ilustración‖ muchas escenas que tomó del Medioevo para señalar lo que volvería a tener lugar en el fin del mundo. Si no tomó las escenas que se produjeron durante y después de la Segunda Guerra Mundiales mediante gobiernos clero-fascistas, es porque no vivió para contarlas. Pero nuestro análisis de tales hechos aberrantes y deplorables nos muestra que Dios los permitió en un compás de espera de sujeción de vientos violentos, para que pudiésemos entender la naturaleza de los eventos finales que sin duda alguna, se desatarán pronto en el S. XXI. ¿Qué fue lo que terminó produciendo la represión exterior y político-religiosa clero-fascista del S. XX? Guerra civil, violencia y genocidio por doquiera. Cuando no se resuelven los problemas básicos e inherentes al ser humano, lo único que logran las medidas gubernamentales es detener una presión que, al explotar, se vuelve incontrolable. Habrá una explosión final que conducirá al fin mismo del mundo. ―Los protestantes volcarán toda su influencia y su poder del lado del papado; mediante un decreto nacional que imponga el falso día de reposo, darán vida y vigor a la corrompida fe de Roma, reviviendo su tiranía y opresión de las conciencias‖ (Mar 177, 1893). ―El llamado mundo protestante formará una coalición con el hombre de pecado, y la iglesia y el mundo estarán en corrupta armonía‖ (7CBA 986, 1981). ―Cuando se haya logrado esto, en el esfuerzo para asegurar completa uniformidad, sólo faltará un paso para apelar a la fuerza‖ (CS, 498, 1911). ―Habrá un vínculo de unión universal, una gran armonía, una confederación de fuerzas de Satanás. ‗Y entregarán su poder y su autoridad a la bestia‘‖ (2MS, 447-448, 1891). ―Todo el mundo cristiano estará involucrado en el gran conflicto final entre la fe y la incredulidad‖ (RH, Feb 7, 1983). ―Toda la cristiandad quedará dividida en dos grandes categorías: la de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y la de los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca‖ (CS, 503, 1911; cf. Apoc 12:17; 14:12). La historia de un milenio y medio prueba notablemente el cumplimiento de la profecía bíblica con respecto al papel que cumpliría el papado romano. Sería el fruto de la ―rebelión‖ (Dan 8:12) o ―apostasía‖ (2 Tes 2:3) del cristianismo que se manifestó cuando se unió con el mundo pagano en el S. IV de nuestra era, más específicamente, en la época del emperador Constantino. El levantamiento del papado fue lento pero gradual, ―de pequeños comienzos‖ (Dan 7:8), hasta lograr imponerse sobre toda la cristiandad universal (católica) dos siglos más tarde, una vez que cayeron los césares de Roma (2 Tes 2:5-8). Según el profeta, se engrandecería a sí mismo y hasta por encima del Príncipe del Ejército, el Hijo de Dios mismo, pretendiendo ser su vicario (Dan 8:11: ―tomará de él el continuo‖ ministerio sacerdotal intercesor del Príncipe, Cristo Jesús). Daniel lo presenta como ―un rey altivo de rostro, maestro en intrigas‖ (Dan 8:23), que ―hará a su voluntad, se ensoberbecerá y se exaltará sobre todo dios, en forma blasfema contra el único Dios verdadero (Dan 11:36). Anunció que ―su poder se fortalecerá, pero no con su propia fuerza. Causará grandes destrucciones y prosperará. Y destruirá a los fuertes y al pueblo de los santos. Con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano. Se considerará superior, y por sorpresa destruirá a muchos‖ (Dan 8:24-25). Tanto Daniel como el apóstol Pablo anticiparon también el celibato católico (Dan 11:37; 1 Tim 4:3). ¡Cómo destacan las profecías la mentira y el engaño de ese poder apóstata que se levantaría en medio de la cristiandad! (1 Tim 4:2). ―La aparición de ese inicuo es obra de Satanás, con gran poder, señales y prodigios mentirosos, y con todo tipo de maldad que engañará a los que se pierden... porque habrán rehusado amar la verdad para ser salvos‖ (2 Tes 2:9-10). Conforme a lo anunciado por ambos profetas, el ―rey altivo‖ e ―inicuo‖ iba a sentarse ―en el templo de Dios [la iglesia], como Dios, haciéndose pasar por Dios‖ (2 Tes 2:4). ¿Cómo se opondría a Dios? Pretendiendo ser su vicario, pero cambiando su ley (Dan 7:25). Durante un milenio y medio se vio al papado enquistado en medio del cristianismo, reclamando arrogante y blasfemamente ser el alma espiritual sobre el cuerpo político de los reyes y gobernantes de Europa y del mundo, ostentando títulos como el de Vicario del
  • 130. 130 Hijo de Dios y Santo Padre que le corresponden únicamente a Dios y a su Hijo. ¡Cuántas veces quisieron sacárselo de encima tanto príncipes y reyes cristianos sin poder hacerlo! ¡Y a pesar de tanto desengaño sufrido en sus manos a lo largo de la historia, las naciones, iglesias cristianas y religiones están sucumbiendo hoy de nuevo, en las postrimerías del mundo, a sus hechizos mentirosos! ¿Cuál es nuestra misión hoy, y la misión acrecentada que tendremos para cuando la crisis estalle? Dar al mundo el clamor apocalíptico final, para que todo aquel que quiera ser salvo vea la luz, y logre escapar de la destrucción y condenación finales: ―Y oí otra voz del cielo que decía: ‗¡Salid de ella [confusión de pueblos y religiones babilónica], pueblo mío, para que no participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas! Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó de sus maldades‘‖. Ese salir de la confederación de fuerzas religioso-políticas otra vez combinadas por la Iglesia de Roma, tendrá que ver con la recepción del sello de Dios [Su Ley], como marca de pertenencia al Dios Creador y a su Hijo Redentor. Mediante ese sello divino el Señor protegerá a su pueblo mientras regresa para rescatarlo de los poderes engañados y apóstatas de este mundo (Apoc 12:17; 14:12-14; 17:14). Para los que habrán rechazado ese último llamado divino a los habitantes de la tierra, el resplandor glorioso de la venida del Señor los consumará (Apoc 16; 2 Ped 3:10-13). 8. La sentencia final divina sobre los opresores y los oprimidos. La unión de la Iglesia con el Estado, característica de todo el Medioevo y de su resurgimiento final en el fin del mundo, está representada mediante los pies de la estatua de las naciones que Daniel debió describir e interpretar al pasmado rey de Babilonia. A la altura de los pies se ve una mezcla tipo matrimonial entre la religión y el estado (Dan 2:33,41-43). Pero así como una soldadura de hierro con barro cocido no será sólida jamás, así tampoco esos pies fueron capaces de mantener todo el sistema de gobierno de las naciones del cual la última generación sería heredera. ―En los días de estos reyes [o gobernantes]‖, declaró Daniel a Nabucodonosor, ―el Dios del cielo levantará un reino que nunca jamás será destruido, ni será entregado a otro pueblo. Desmenuzará y dará fin a todos aquellos reinos, y él permanecerá para siempre‖ (Dan 2:44). La sentencia divina sobre la Roma papal se anticipa en la Biblia también de otras maneras. ―Pero se sentará el tribunal [divino] en juicio, y le quitarán su dominio, para que sea destruido por completo y para siempre. Y el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del Altísimo [―los que guardan los mandamientos de Dios y tienen la fe de Jesús‖: Apoc 14:12], cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán‖ (Dan 7:27). ―Sin mano humana [es decir, por la mano divina directamente], será quebrantado‖ (Dan 8:25). ―Plantará sus tiendas reales entre los mares, en el monte glorioso y santo [es decir, en Israel, símbolo del verdadero pueblo fiel de Dios en el fin que guarda sus mandamientos: Apoc 7:4-8; 14:1,12]. Pero llegará a su fin, y no tendrá quién le ayude‖ (Dan 11:45). ―El Señor lo matará‖, confirmó el apóstol Pablo, ―con el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida‖ (2 Tes 2:8). ―Y la bestia [anticristo romano papal] fue apresada, y con ella el falso profeta [protestantismo apóstata] que había hecho las señales ante ella. Con esas señales había engañado a los que recibieron la marca [el domingo] de la bestia [anticristo romano papal], y adoraron su imagen [la unión de la Iglesia y el Estado por la América Protestante equivalente al sistema monárquico-papal del Medioevo, y que se cumple cuando impone el día religioso romano]. Los dos [el papado y el protestantismo apóstata] fueron lanzados vivos en el lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que estaba sentado sobre el caballo‖ [Cristo como Rey de reyes y Señor de señores en su Segunda Venida] (Apoc 19:20; cf. v. 11- 16). Su reino, la Babilonia simbólica que representa a Roma (cf. Apoc 17:9), no es eterno como la consideraron los poetas paganos y posteriormente los católicos. Por el contrario, Roma será destruida conjuntamente con su rey, el papado y toda su corte. ―Entonces un ángel poderoso alzó como una gran piedra de molino, y la echó al mar, diciendo: ‗Con tanto ímpetu será derribada Babilonia, esa gran ciudad, y nunca jamás será hallada. No se oirá más en ti voz de arpistas, músicos, flautistas, ni trompeteros; ni artífice alguno se hallará más en ti... Ni luz de antorcha alumbrará más en ti, ni voz de novio o novia se oirá más en ti. Tus mercaderes eran los magnates de la tierra, y tus hechicerías extraviaron a todas las naciones. Y en ella fue hallada la sangre de los profetas, de los santos, y de todos los que han sido sacrificados en la tierra‖ (Apoc 18:21-24). ―¡Alégrate sobre ella, cielo! ¡Alegraos vosotros, santos, apóstoles y profetas! Dios ha pronunciado juicio en vuestro favor contra ella‖ (Apoc 18:20). ―Entonces volveréis, y veréis que hay diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios, y el que no le sirve‖ (Mal 3:18). ―Vi que este cuerno [anticristo papal romano] combatía a los santos y los vencía, hasta que vino el Anciano de días [Dios el Juez], y pronunció
  • 131. 131 juicio a favor de los santos del Altísimo. Y vino el tiempo, y los santos poseyeron el reino‖ eterno (Dan 7:21-22). ―Y vi las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y por la Palabra de Dios, que no habían adorado a la bestia [anticristo papal romano] ni su imagen, y no habían recibido la marca [imposición dominical] en su frente o en su mano. Estos volvieron a vivir y reinaron con Cristo mil años‖ (Apoc 20:4). ―Y reinarán por los siglos de los siglos‖ (Apoc 22:5). ―Y serán míos—dice el Señor Todopoderoso—en el día en que yo recupere mi especial tesoro… (Mal 3:17). ―Ciertamente consolará el Eterno a Sion, consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto del Eterno; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto… Ciertamente volverán los redimidos del Eterno; volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y el dolor y el gemido huirán‖ (Isa 51:3,11). ―Pero, según su promesa, nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde habita la justicia. Por eso, oh amados, ya que esperáis estas cosas, procurad con diligencia ser hallados en paz con él, sin mancha ni reprensión. Y entended que la paciencia de nuestro Señor significa salvación‖ (2 Ped 3:13-14). “Y oí una gran voz del cielo que decía: „Ahora la morada de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos. Ellos serán su pueblo. Y Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Y no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron‟. Entonces, el que estaba sentado en el trono dijo: „Yo hago nuevas todas las cosas‟. Y agregó: „Escribe, porque mis Palabras son ciertas y verdaderas‟. Y me dijo: „Hecho está. Yo Soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed, le daré gratis de la fuente del agua de la vida. El vencedor tendrá esta herencia, y yo seré su Dios y él será mi hijo‟” (Apoc 21:2-7).