Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

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jueves, agosto 14

Antifa significa Palestina libre

 


Comunicado de anarquistas/antifascistas en Berlín

Como anarquistas, antifascistas y personas que forman parte de círculos autónomos en Berlín nos solidarizamos plenamente con todos los movimientos de liberación desde Palestina hasta el Congo, desde Kurdistán hasta Chiapas, desde Papúa Occidental hasta Isla Tortuga, desde Abya Yala hasta Sudán, desde el Sáhara Occidental hasta Myanmar, desde Haití hasta Kanaky y en todas partes del mundo. Defendemos firmemente la verdadera solidaridad internacionalista, intercomunalista, antirracista, queer transfeminista.

El verdadero antifascismo es anticolonial. Y el antifascismo anticolonial debe ser parte integrante de todas las luchas de liberación de los pueblos.

 La implacable opresión de las personas palestinas (en tanto en Palestina como en la diáspora), en su última fase de la Nakba y del genocidio en curso, ha mostrado el verdadero rostro y los valores de muchos gobiernos liberales y de sus aparatos estatales. Como los del Estado alemán que es plenamente cómplice del genocidio en Palestina y apoya fanáticamente a Israel y a todos los «valores occidentales» que éste representa: brutal ocupación y explotación, apartheid y limpieza étnica de los pueblos indígenas.
Sin duda, Alemania es experta en militarismo, guerras y genocidios: el de los pueblos herero y nama, el del pueblo judío de Europa, el del pueblo romaní/sinti, el apoyo al genocidio del pueblo armenio por parte de Turquía… la lista sigue y sigue.

En Alemania la narrativa del supuesto arrepentimiento y expiación de los crímenes nazis, la instrumentalización de la culpa alemana para con el pueblo judío, la autoproclamada «Staatsräson» («razón de Estado») y su selectiva y muy comisariada «cultura de la memoria» se esgrimen como argumentos para apoyar activamente el genocidio del pueblo palestino. Las y los electos representantes estatales de Alemania le lamen las botas a Israel proporcionando cobertura diplomática a los crímenes sionistas mientras que la mayoría de sus medios de comunicación repiten y amplifican la propaganda estatal israelí.

Una gran parte de la sociedad alemana, en su mayoría personas alemanas blancas, calla de nuevo ante la limpieza étnica que se está llevando a cabo mientras Israel, ayudado por Alemania y sus entregas de armas y tecnología para matar toda forma de vida en Gaza, comete a diario atrocidades inimaginables. Mucha gente en Alemania se niega a reconocer (o niega rotundamente) la brutal violencia colonizadora sionista en Palestina, la continua anexión asesina de Cisjordania, los asesinatos en masa a gran escala y el régimen de apartheid. «Es complicado», afirman. Pero, en tiempos de un genocidio de manual retransmitido diariamente en nuestras pantallas, el silencio es complicidad y será recordado como tal.

El movimiento por una Palestina Libre en Alemania está siendo atacado desde todos los frentes: por el Estado, por los neonazis, por las instituciones, por la sociedad civil alemana, por la «ciudadanía preocupada», por las y los liberales y por los llamados «Anti-Deutsche» (“alemanes anti-alemanes”).

Con el pretexto de «luchar contra el antisemitismo», se criminaliza a quienes piden el fin del genocidio y la ocupación (especialmente a la gente de regiones de mayoría musulmana y a las personas consideradas como tales, BIPoC y judías antisionistas), se les incluye en listas rojas, se les cancela, detiene, veta, insulta, ataca y acosa.

 En Alemania también nos enfrentamos a un problema bastante singular y muy alemán: una proporción significativa de alemanes blancos no judíos autoproclamados «antifascistas» apoyan con entusiasmo el proyecto sionista. Estos equivocados y molestos peones del Estado, los llamados «Anti-Deutsche» que supuestamente pertenecen a la izquierda radical, son intencionadamente ignorantes cuando se trata del sionismo y de Israel. Su siempre predecible movimiento característico es acusar de «antisemita», islamista, perteneciente a Hamas, fascista y/o nazi a cualquiera que se atreva a hablar en favor de Palestina. Es evidente que existe —por decirlo suavemente— confusión en el movimiento «antifascista» de Alemania y debemos desafiarlo y reflexionar más activamente sobre la izquierda radical de la que formamos parte. De todas nosotras y nosotros depende el cambio.

Tenemos que combatir todos los racismos en este país, especialmente los peligrosos y cada vez más tóxicos racismos antiislamistas y el odio antijudío.

Rechazamos la supuesta «razón de Estado» («Staatsräson») de Alemania y nos negamos a reconocer no sólo a «Israel» como Estado legítimo, sino también al Estado alemán y a todos los Estados. Como anarquistas, antifascistas y antiautoritaristas creemos que todos los Estados y todas las fronteras deben ser abolidos. Nos oponemos a todo tipo de estructuras de poder jerárquicas y autoritarias y a ideologías o conceptos como los Estados o los partidos políticos que ponen a determinadas personas o entidades en el poder y determinan la vida de los demás. De ahí que nuestra lucha tenga como objetivo la desintegración de los regímenes fascistas, sionistas, racistas y etnocráticos, no sólo en Israel sino también en todos los demás Estados del mundo.

Exigimos el fin inmediato del apartheid y la ocupación de Palestina. Los y las palestinas deben poder regresar a su tierra natal, abogamos por la liberación de Palestina y sostenemos que todo su pueblo debe vivir allí y prosperar en paz, desde el río hasta el mar. Luchamos por la libertad para todas las personas.

NUNCA MÁS significa NUNCA MÁS PARA NADIE.

 

Noviembre 2024
Grupo anarquistas/autónomos de Berlín

lunes, julio 21

La tierra que se subleva de broma


 

Revuelta espectáculo en Cataluña

La teatralización de la protesta y su consiguiente trivialización es la característica más común de las movidas en la sociedad del espectáculo, aquella en la que todas las experiencias vividas se desvanecen en una representación. Donde el activismo se funde con el entretenimiento y el espectador ejerce de figurante. El hecho de que “la gente” de nuestra época prefiera la imagen a la cosa, la ilusión a la verdad y el sucedáneo a la autenticidad -o sea, el espectáculo- se debe a que esa “gente” es otra, radicalmente opuesta a la que contaba en la época precedente. Tengamos presente que la pérdida de centralidad del proletariado industrial en las luchas sociales fue seguida -en los países donde reinan las condiciones posmodernas de producción capitalista- por un proceso de desclasamiento que desembocó en el desarrollo de algo que llaman “ciudadanía” y que nosotros podríamos denominar clases medias asalariadas. Dichas clases, sentadas entre dos sillas, la burguesa y la popular, pueden llegar a sentirse e incluso declararse antagónicas con la clase dominante, pero nunca manifiestan en la práctica tal antagonismo. El común denominador de las demostraciones mesocráticas como las anti-globalización, contra la guerra, el 15-M o las Marchas de la Dignidad, ha sido siempre la voluntad de no alterar el orden ni subvertir las reglas de juego del poder. En realidad, la revuelta fake de los estratos sociales intermedios que pasan de pelear, no obedece a una toma de conciencia antitética, esto es, a una nueva conciencia de clase antisistema, sino que se somete al  principio hegemónico regulador de la vida en la sociedad de consumo: la moda. Eso explica no solo el aspecto frívolo y el poder de atracción del movimentismo ciudadanista, sino su carácter efímero, seudolúdico y ostensiblemente efectista. Lo peor es que las redes sociales han reforzado los cimientos de la irrealidad, dando un golpe de muerte a lo que quedaba de comunicación autónoma y sentido comunitario en la sociedad civil. Al desplazarse la mayor parte de la contestación hacia el espacio virtual, donde las imágenes y los cuentos valen más que las palabras, el espectáculo de la revuelta-red puede sustituir cómodamente a las prosaicas luchas reales.

Los avances tecnológicos no suprimieron la flagrante contradicción entre las relaciones de producción capitalistas y las fuerzas productivas, pero redujeron al mínimo la importancia social de los trabajadores de la industria, los talleres y los tajos, empujando la clase obrera hacia el sector terciario de la economía, donde los salarios, las condiciones de trabajo y los derechos eran precarios. El retroceso del proletariado industrial ocasionó la pérdida de control del mercado laboral, y en consonancia con la fragmentación en capas con distintos intereses, se evaporó su conciencia de clase, es decir, se desclasó. En lo sucesivo, el proletariado dejaba de ser el referente efectivo de los combates sociales. Como sujeto histórico, la clase obrera no podía mantenerse más que en el cielo de la ideología, como dogma en las doctrinas obreristas de las sectas y en la virtualidad de las webs. Sin embargo, la globalización económica, que era sobre todo financiarización, acentuó más si cabe lo que James O’Connor calificó de segunda contradicción capitalista, a saber, la degradación progresiva de las condiciones de producción que hacían posible la explotación de la mano de obra. El crecimiento ilimitado de la economía chocaba con los límites biofísicos de la vida en el planeta volviéndolo inhabitable. Resumiendo, la capitalización del territorio -el extractivismo- volvía cada vez más destructivo el metabolismo entre la sociedad y la naturaleza, desencadenando una crisis ecológica generalizada. La cuestión social se salió del terreno laboral para irse a centrar en la defensa del territorio -que en definitiva es la defensa de la especie-, o dicho de otra manera, la crisis medioambiental se convirtió en el primer punto de la crisis social. La proletarización de las masas asalariadas, principalmente urbanas, y la despoblación del campo seguían su curso, pero ahora la condición de proletario podía definirse mejor basándose no solo en la venta de la fuerza de trabajo, sino en la pérdida del poder de decisión respecto al hábitat y a las condiciones de vida que este proporcionaba, cada vez más pobres, dependientes, artificiales y consumistas.

El proletariado tradicional era desarrollista y no prestó la atención debida a los  problemas ambientales, que en los pasados cincuenta empezaron a ser acuciantes. La derrota del movimiento obrero revolucionario y la regresión de la lucha de clases cedieron el protagonismo a los combatientes ecológicos, particularmente al movimiento antinuclear. Hubo colectivos como “Alfalfa” que hicieron buena labor, pero el quebranto sufrido por los valores, la memoria de las luchas, los planes de transformación radical y, en general, por todo el patrimonio histórico de la vieja clase obrera, dejó a los ecologistas solos con sus tecnologías no contaminantes, sus energías alternativas y sus proyectos de recogida de residuos, sin pasado, herencia ni proyecto de emancipación que reivindicar. Mientras tanto, igual que los sindicatos de concertación anularon definitivamente la conflictividad laboral ejerciendo de mediadores, los partidos y organizaciones políticas verdes quisieron hacer lo mismo con la problemática territorial. Dado que el número de agresiones se multiplicaron con el desarrollo -“sostenible” o insostenible- de la economía, el parasitismo verde pudo trabajar para el orden. Si nos atenemos a Cataluña, la expansión del área metropolitana de Barcelona y las políticas desarrollistas de la Generalitat habían acarreado una sobre-explotación de recursos y causado daños irreversibles al territorio catalán. A finales del siglo pasado, el país tenía el dudoso honor oficial de ser una de las regiones europeas con mayor depredación territorial. Sin embargo, la defensa del territorio partía de conflictos locales aislados y autolimitados, y adolecía de una escasez de medios y gente preocupante. Las grandes movilizaciones del 2000 contra el Plan Hidrológico Nacional y el Trasvase de aguas del Ebro fueron trascendentales y propiciaron una voluntad de unidad de acción, pero solamente en las plataformas vecinales tipo “Salvem”, los grupos ecologistas descafeinados y las entidades “cívicas” que recogían firmas contra las agresiones medioambientales. En las reuniones de Figueres (2003) y Montserrat (2008) quedó plasmado un pliego de propuestas que no cuestionaba el régimen capitalista ni las instituciones estatistas que lo favorecían, sino solo sus excesos. Simplemente anteponía “las declaraciones internacionales de sostenibilidad” al crecimiento desregularizado, algo que podía concretarse en otros “modelos” capitalistas de energía renovable, urbanismo compacto, movilidad pública y desarrollo territorial respetuoso con el medio. Todo el lote quedó definido posteriormente como “nueva cultura del territorio.” La estrategia novicultural a seguir era bien sencilla: las plataformas y los grupos se postulaban como interlocutores estables de las administraciones, de cara a fijar, mediante “mecanismos que posibiliten la participación ciudadana”, una legislación ambiental con sus observatorios, juzgados, fiscalías, tasas y sanciones. No ponían en tela de juicio la función de la burocracia administrativa, subsidiaria de intereses económicos espurios, ni dudaban de la legitimidad de los partidos políticos, de los que esperaban servirse para planear en el Parlamento medidas proteccionistas y presentar proposiciones no de ley. Con toda probabilidad los militantes de partido influenciaban a las plataformas, puesto que todas las reivindicaciones de aquellas figuraban en sus programas ambientalistas. Su supuesto apartidismo era solo una táctica encaminada a presentar como interés general lo que únicamente eran intereses electorales camuflados.

El movimiento ambientalista catalán celebró como un éxito la declaración de emergencia climática por parte de la Generalitat y su apuesta por la descarbonización de la economía (2019), sin detenerse a pensar que ese modelo energético “cien por cien renovable” por el que se apostaba no era más que el lavado verde de cara del capitalismo de siempre. La construcción de grandes infraestructuras, macroplantas eólicas y centrales fotovoltaicas perpetuaba el modelo extractivista y especulativo de explotación territorial. El penúltimo intento de articular las docenas de conflictos ambientales (SOSNatura.cat, 2021) no halló mejor metodología que la de presionar a la administración y los partidos para así poder “reorientar el modelo” catalán, más turístico que productivo, hacia la sostenibilidad. La misma táctica de siempre. Por enésima vez se rogó por una “participación efectiva de la ciudadanía a través de debates abiertos y consultas populares vinculantes.” Finalmente, se osó pedir a la Generalitat el cumplimiento de las directivas europeas, la moratoria de los grandes proyectos inútiles y la restauración del Departament pujolista del Medi Ambient, disuelto en 2010, “una herramienta clave para construir el futuro país que queremos” (Ecologistas en Acción). Decididamente, las críticas antidesarrollistas yacían enterradas en el cementerio de la moderación y el buenismo dialogante. No obstante, el combate ecológico era demasiado importante como para dejarlo en las manos de sus  sepultureros. A los verdaderos defensores del territorio correspondía sacarlo del atolladero del colaboracionismo cómplice. ¿Dónde estaban?


 

Fue muy oportuna la aparición en enero de este año de “Revoltes de la Terra” tras dos años de reuniones y encuentros, batallando por una alternativa comunitarista, definida como una “hiedra de vínculos exterior a la lógica productivista.” Justo era de esperar un análisis panorámico del momento crítico en el que nos encontramos y un programa contundente de movilizaciones, pero nuestro gozo en un pozo. El lenguaje empleado en su manifiesto era retórico a más no poder, lleno de vaguedades y lugares comunes del posmodernismo, muy por debajo del ecologismo más elemental. Para empezar esa “tierra que se rebela” que deseaba “promover un despliegue de posibilidades” y “edificar una trama de pasiones, soberanías y métodos”, no se definía como coordinadora, ni como plataforma, ni como grupo impulsor: era más bien “un entramado de lazos”, “un conjunto de recursos logísticos, operativos y relacionales”, “un abanico de herramientas replicables en cualquier lugar.” Era pues un pelotón de gente buenrollista de orígenes diversos con pocas ideas en común y ninguna perspectiva a medio plazo, por lo que no era de extrañar que presumieran de “diversidad estratégica”, aunque mejor hubieran debido alardear de cautela, tibieza y manga ancha si iban a inspirarse en el trabajo comedido de plataformas blandas del estilo SOS Territori y “Salvem.” Pero donde las alarmas se disparaban era cuando declaraban buscar el refuerzo de “entidades como Ecologistas en Acción” y “seguir los impulsos” de sospechosos montajes como Extinción Rebelión o  los “Soulevements de la Terre”, tan cuestionados por los libertarios. Nos explicamos.

A excepción de algunas delegaciones territoriales, Ecologistas en Acción no es la organización de activistas con unos principios ideológicos radicales que nosotros mismos suscribiríamos. Se trata de un verdadero lobby; una estructura restringida de profesionales del ecologismo que viven de las subvenciones, muchas de origen oscuro, como las que provienen de empresas contaminantes o de oligopolios energéticos a los cuales asesoran. En la actualidad, en tanto que partidarios de lo que en los despachos del poder se llama “transición energética” y Nuevo Pacto Verde, son defensores acérrimos de las eólicas y fotovoltaicas industriales, del coche eléctrico y de la minería del litio. Y por lo tanto, grandes aliados de las multinacionales eléctricas y de los grupos automovilísticos, y aún mejores colaboradores de las consejerías y ministerios. Por otra parte, Extinción Rebelión, XR, es la sucursal de un movimiento inglés que busca la repercusión mediática en actos simbólicos, intentando presionar a los gobiernos para que promulguen medidas respecto a la crisis climática. Son no-violentos dogmáticos, ombliguistas, sin cultura política; emplean un lenguaje de márketing, abominan del anarquismo y no intervienen en las luchas locales. En cuanto a los “Soulevements de la Terre”, SDT, habría mucho que decir, pero no que sea “un movimiento de acción directa que combina la alegría con la desesperación”, tal como ha escrito el pensador lumbrera de “Les Revoltes.” Sus iniciadores, ni alegres ni desesperados, tenían intención de “construir amplias alianzas” con cualquiera que se prestase y “federar el mayor número posible de militantes y grupos salidos de horizontes ideológicos diferentes”, pero no eran precisamente adalides de la acción directa. La conexión entre fans de “la insurrección que viene”, colectivos variopintos, extincionistas, campesinos de “la Conf” y okupas se hizo realidad más que por los relatos festivos de luchas novelescas y sobredimensionadas victorias como la de la ZAD de Nantes (“Zona de Acondicionamiento Diferido” rebautizada como “Zona A Defender”), por la frustración y hastío de mucha gente furiosa con el desastre reinante, poco reflexiva y sin claras posibilidades de actuar por sí sola. La brutal represión policial en Saint Soline y la orden de disolución de los SDT luego revocada hicieron el resto. Las adhesiones del mundillo político, sindical, televisivo y cultural aportaron el rasgo de indeterminación necesario para que los generales de los “Soulevements” pudieran figurar ante los medios de comunicación como representantes del movimiento en defensa del territorio más radical de Francia. ¿De dónde venían?


 

Si contamos solo con la retirada del proyecto de aeropuerto, la lucha en la ZAD de Nôtre Dame des Landes fue una victoria. Si tenemos en cuenta la erradicación de todo proyecto de convivencia colectivo y el restablecimiento de las actividades económicas convencionales, podíamos hablar también de fracaso. Desde el principio, los componentes zadistas tenían objetivos dispares e incompatibles: la ACIPA era una asociación ciudadanista pacífica y contemporizadora; COPAIN, una organización de campesinos expropiados enemiga de la agricultura industrial y práctica en autosuficiencia; luego estaban la Coordinadora de opositores al proyecto, hecha de entidades políticas y sindicales; los comités de apoyo exteriores; los ocupantes camaleónicos de la Zad encabezados por el autodenominado CMDO, señalados como “appelistes” (relacionados con el “Appel” del “Comité Invisible”), y, acabando, los grupos de la Zad del Este, anarquistas, primitivistas, gente “Sans Fiche” y en general, antiautoritarios como los de la red “Radis-co”, que bregaban por la gestión colectiva de una Zona de Autonomía Definitiva. La convivencia nunca fue fácil y la horizontalidad siempre brilló por su ausencia. Las asambleas generales fueron teatro de continuas maniobras, manipulaciones y broncas. Muchos grupos dejaron de asistir a ellas u organizaron otras. Al final, se fraguó la “unidad” entre las facciones ciudadanistas y los apelistas del CMDO para negociar con el Estado, dejando fuera a los discordantes. La cacareada “victoria” se saldó con la demolición de las defensas antipoliciales (“chicanes”) y las cabañas del Este, el reparto de unos cuantos lotes individuales de tierra, la expulsión de los ocupantes intransigentes y la vuelta al orden. Quienes realmente salieron ganando y, como vulgarmente se dice, siguen vendiendo la moto, fueron los apelistas, un grupo autoritario de aspecto informal que actúa como un verdadero partido conspirativo.

Como los apelistas piensan exclusivamente en términos de eficacia y control, jamás en términos de autonomía, no tienen un discurso anticapitalista demasiado concreto, solo planteamientos generales e ideas vagas, somos el 99%, la catástrofe está al caer y cosas así, pero es tan radicaloide que para quienes van de buena fe resulta seductor. Lo que denominan “su estrategia” se basa en fomentar comités locales, acaparar la coordinación, fabricar consensos descabellados con elementos heterogéneos y realizar compromisos contra-natura, enmascarando las diferencias insalvables con fraseología, y apartando a los “puristas” disidentes con violencia si el caso lo requiere. El deseo de aparecer como interlocutores válidos con el poder establecido les obliga a la visibilidad, por lo que delante de las cámaras sus miembros se exhiben como en casa: hay que salir en la foto cueste lo que cueste, la repercusión mediática legitima la representatividad más que la propia lucha. Entre bastidores, son la estructura vertical, opaca y manipuladora que maneja los hilos o pretende hacerlo. En 1921 los apelistas trasladaron a los “Soulevements” el estilo con el que lograron imponerse en la ZAD. El funcionamiento en red favorecía el asentamiento y la ocultación de estados mayores, encargados de repartir las tareas y atribuirse todas las responsabilidades posibles. Por eso en los SDT no se han celebrado nunca reuniones abiertas ni asambleas. A lo sumo, alguna consulta en el espacio virtual. La reflexión y el debate no se consideran necesarios puesto que lo que urge es la acción, y para eso lo importante es la cantidad de gente que se pueda reunir, venga de donde venga. En consecuencia, apertura a las tendencias más diversas, desde verdes apoltronados, sindicatos tradicionales y partidos oficiales, hasta izquierdistas de distinto pelaje, feministas y libertarios. Institucionales por un lado, radicales por el otro, y los expertos en alzamientos en el medio. Todo el mundo puede pertenecer a los SDT cualesquiera que sean sus ideas, sea por horas o con dedicación exclusiva. Las únicas cuestiones que se discuten son cuestiones técnicas y de gestión. Las grandes decisiones siempre se toman por adelantado, en total verticalidad. En los conflictos menores los comités locales son libres de actuar como les plazca, salvo si el impacto publicitario es suficientemente grande. Entonces un equipo de dirigentes desembarca para explotarlo. Acto seguido se vampiriza la lucha: se imponen reglas estrictas y filtros selectivos que duran hasta que la noticia se enfría y pierde gancho. El enorme retroceso del pensamiento crítico ligado al proletariado revolucionario, el olvido de sus asaltos a la sociedad de clases y la desintegración del medio libertario, han creado las condiciones para que ese tipo de prácticas se propaguen sin problemas, ante el aplauso de “personalidades” neoleninistas que las suscriben con desfachatez.

Volviendo a los asuntos catalanes, resulta obvio que la fórmula SDT subyace en las “Revoltes de la Terra”, bien que el lenguaje de su manifiesto siga más a la “french theory” que al zadismo titiritero. Sin duda, el componente juvenil metropolitano tendrá algo que ver, aunque no pensamos que actúe como un comité central. No ha realizado su aprendizaje en la escuela de la ZAD, sino en aquellas apacibles movidas boyscout de inspiración toninegrista. En fin, las susodichas Revoltes aportan una ambigüedad aún mayor en su posicionamiento, una estrategia del montón más exagerada y una falta de criterio total a la hora de juzgar la situación catalana bajo la batuta del capital. Su beligerancia con las instituciones y los partidos parece nula, por lo que las acciones que los “Soulevements de la Terre” llaman “dinámicas”, es decir, los sabotajes y enfrentamientos, no están ni se las espera. Estos rebeldes de la tierra pasados por agua no son para nada insurreccionalistas, y por lo tanto, no buscan apuntarse tantos con el sensacionalismo que despiertan las acciones violentas como las que hubieron en Nôtre Dames des Landes y en Saint Soline, por lo que probablemente no irán mucho más allá de reivindicar un diálogo con la administración, directo o más bien indirecto. Ojalá nos equivoquemos. A la hora de la verdad, si la radicalización de turbulencias tales como el movimiento por la vivienda, el antiturismo o el de los gremios campesinos no lo remedia, su discurso no diferirá del de las plataformas ciudadanas, puro pragmatismo de bajo nivel en conformidad con los intereses materiales de las clases medias. Su actividad no pasará del típico pacifismo convivencial de amigables excursiones y acampadas, talleres de sardanas y banquetes populares. Esto es lo que creemos, aunque no nos gustaría tener razón.

 

Miquel AmorósKaos en la Red

Para la charla en la Jornada Campestre de Kan Pasqual (Serra de Collserola, Barcelona) el 27 de abril de 2025.

miércoles, junio 18

Vida y legado de una revolucionaria trans negra

 

 

En Miss Major toma la palabra, vida y legado de una revolucionaria trans negra (Katakrak), la veterana y ya anciana activista nos brinda sus reflexiones sobre los vaivenes de las luchas queer, y de las de abajo en general del último medio siglo.
Desde los disturbios contra la policía en Stonewall 1969, en las que participó, hasta los procesos de asimilación e individuación.

Hablamos con Charlie Moya, prologuista del libro

linternadediogenes@gmail.com

viernes, junio 6

Los derechos de las mujeres en crisis

 


Existe una sensación, con sustento real en algunos países, de catástrofe, de que los derechos conseguidos pueden retroceder e incluso desaparecer. No digo que los derechos no estén en peligro, pero creo que debemos abandonar esa visión catastrofista y enfocar bien dicho peligro y, sobre todo, cómo afrontarlo1.

Para empezar, debo aclarar desde dónde escribo. Lo hago como mujer (dejaré para otro día la cuestión del sujeto que daría para otro escrito) y lo hago desde el feminismo anarquista que acostumbra a ser más partidario de despenalizar, dejar de tipificar como delito una conducta o acción (por ejemplo, la reivindicación histórica del aborto, hoy en peligro de ser penalizado de nuevo) que de regular a través de leyes. Ya lo dijo Hobbes (poco sospechoso de anarquista y de feminista): «Las leyes son limitaciones de la libertad».

No me gustaría que se entendiera que soy contraria a los derechos legales, pero me parece que debemos cambiar el enfoque respecto a su trascendencia, ya que son derechos legales que se incumplen sistemáticamente como todos los demás derechos (constitucionales, derechos humanos, etc.). Quiero intentar (solo intentar) dar sentido a cosas que no tienen nombre, eso siempre es muy arriesgado

Puesto que no soy partidaria de leyes por lo que conlleva de limitación de la libertad (un riesgo que trataré de sortear: coincidir con el neoliberalismo o, peor, con el tecnofascismo), los derechos solo importan cuando los reclamamos, los usamos y los superamos en busca de nuevas reclamaciones y libertades; solo importan si nos instan a seguir adelante. Es decir, no deberíamos considerar como puerto de llegada el reconocimiento de un derecho. Los derechos no son «cosas» para distribuir desde arriba, desde el Estado, sino demandas de algo más que surgen desde abajo. No son «cosas» sino relaciones sociales y como tales no son algo que tenemos, sino que hacemos cada día, sin esta agencia los derechos son frágiles y dependen de los cambios de gobierno o de la voluntad de la justicia burguesa.

Los derechos solo tienen sentido si las personas involucradas están en posición de reclamarlos y defenderlos. La libertad, como los derechos, es algo que solo puede ser garantizado por las mismas personas que los reclaman. Las prácticas feministas de lucha política y social no se pueden confundir con la institucionalización de los derechos o la igualdad formal, por ello «la política de proclamar los propios derechos, por muy justa u hondamente sentida que sea, es una clase subordinada de política»2. Las prácticas de libertad política crean, mediante el discurso y, especialmente, mediante la acción, un espacio subjetivo intermedio que, en ocasiones, excede el espacio institucional. Solo cuando se produce esa situación de fuertes movilizaciones y luchas se consiguen ampliar los espacios de libertad y autonomía de las mujeres que, a veces, quedan regulados en forma de derechos, sin ser este su objetivo fundamental.

Un rasgo de los derechos legales es su tendencia a deteriorarse en artefactos legales muertos y hasta en instrumentos políticos peligrosos cuando pierden conexión con las prácticas de libertad feministas. No podemos compartir, como ya hemos explicado, las posiciones de un sector del feminismo que ha aceptado la estrategia de que un cambio social se basa en los derechos legales.

Así mismo, no podemos dejarnos cegar por las respuestas jurídicas y centradas en el Estado a las preguntas políticas y sociales que nos hacemos como feministas y haríamos bien en dar protagonismo a lo que las mujeres podemos y no podemos lograr en nuestras luchas al margen de la legalidad institucional.



Laura Vicente

Publicado en Pensar en el Margen

Este texto forma parte de un artículo más largo titulado: «Cambio social y derechos legales» de próxima aparición en la revista Crisis de Zaragoza. ↩︎
Afirmación con la que coincido, pese a no compartir muchos de los postulados del Colectivo de la librería de mujeres de Milán, Sexual Difference; citado en Linda M. G. Zerilli (2008): El feminismo y el abismo de la libertad. Buenos Aires, FCE, p. 187. ↩︎

sábado, mayo 31

Cómo dejar de ser víctimas de la espera. Acerca de Las sublevaciones de la tierra


 

El gesto radical, situado y multiplicado, se transforma en acción directa y de masas. Se trata de “Golpear fuerte y dónde haga daño”, aseguran en su manifiesto.

Estamos a la espera. Día y noche. Los acontecimientos se suceden unos a otros, y los deglutimos sin apenas protestar. Pandemia del covid, guerra de Ucrania, genocidio de Palestina, catástrofes naturales que asolan la Tierra… Tragamos todo lo que nos echen, incapaces de vomitar, encadenados a una impotencia de la que no conseguimos deshacernos. Lo posible distrae durante unos instantes y, finalmente, siempre ahoga. Lo imposible no es más que esta realidad despótica que, poco a poco, se ha impuesto. Estamos a la espera. Depositamos una esperanza absurda en un colapso final. Nos hundimos en una noche teñida de melancolía. El mundo se ha cerrado sobre sí mismo, y los inquilinos de la casa nos conocemos muy bien. Los fantoches neofascistas han cerrado la puerta de salida, mientras se apresuran a dividir la tierra en zonas de influencia.

La revolución conservadora supone la culminación de la etapa neoliberal del capitalismo que se inicia después de la derrota obrera de finales de los setenta. Ya no somos los espectadores entretenidos de la antigua sociedad del espectáculo, ahora se nos reserva el estatuto de víctima en el interior de un espacio horadado por las fronteras. Los Estados-guerra con aspiraciones imperialistas se combaten entre ellos, mientras cae la lluvia ácida, el hielo ártico se funde y gigantescos incendios no perdonan ni las casas de los ricos. La militarización del territorio y la despolitización de la sociedad trabajan conjuntamente para agrandar el desierto circular. Nosotros, a cambio, sobrevivimos. Tenemos la seguridad que nos dan las pequeñas jaulas en las que estamos metidos, y también el espejismo que ofrece la idea de pertenencia a una nación. La ley de la selva se cumple a la perfección cuando las víctimas se disputan una migaja de reconocimiento.

El gran éxito de la actual revolución conservadora consiste en presentar su avance como portador de una irreversibilidad que no admite discusión. Es más, el neofascismo, y eso ocurre en sus distintas variantes, posee una inmensa capacidad de ridiculización y menosprecio. Cuanto más banal, estúpido, y criminal, más difícil resulta de contrarrestar porque -tenemos que reconocerlo- el capital ha sabido apropiarse de las palabras con las que nombrábamos tanto la subversión como la libertad. La partición efectuada ha sido implacable. Supervivientes son quienes se han ganado un puesto en el mercado de la Vida y se merecen una existencia. Víctimas son quienes, desposeídos de la fuerza de dolor que les habita, han interiorizado el miedo y la culpabilidad. Su odio de clase se ha extraviado y apunta al otro. La obviedad hecha de mentiras repetidas que caracteriza el neofascismo aniquila su pensamiento. Solo aspiran a que se les deje vivir. Porque no esperan ya nada, están a la espera.

La condición de víctima que la revolución conservadora impone amordaza también al propio pensamiento crítico y bloquea las prácticas de transformación social. Cuando se acepta el terreno de juego que el neofascismo establece- por ejemplo, que la inmigración es un problema o que la emergencia climática no es tan grave- es muy difícil impugnar la realidad y plantear algún modo de resistencia. La renuncia a toda experimentación, la desconexión respecto a la memoria histórica y, sobre todo, la falta de osadía, conducen necesariamente a adaptarse. A buscar excusas en la confusión. A bajar la cabeza y a cubrirse los ojos. “Quien no espera lo inesperado no llegará a encontrarlo por no ser ni escrutable ni accesible” afirmaba Heráclito hace mucho tiempo. No sabemos qué es lo inesperado ni tampoco si al interrumpir la marcha suicida del mundo, podría salvarnos. Lo que sí sabemos muy bien es que la política no puede aprehenderlo. La política en la actualidad funciona como esencialmente despolitizadora y no es algo muy distinto de una gestión empresarial. El neofascismo al concebir, por su parte, la política como guerra y utilizar a su favor las estructuras formales de la llamada democracia representativa, anula aún más si cabe la existencia del espacio político. No hay margen para la negociación. El posibilismo que carga con el miedo y la ausencia de ideas no puede morder la realidad ni detener a una extrema derecha que se ríe a carcajadas.


Y, sin embargo, lo inesperado está ahí escrito en el muro cuando se agrieta: “Somos las sublevaciones de la tierra. Somos la tierra que se subleva”. Para encontrar lo inesperado no hay que desenterrarlo, pues no está oculto bajo las ruinas. Basta escuchar el grito de la sangre anonadada. Abandonar el lugar de víctimas de la espera que se nos asigna y acoger la fuerza del dolor. Eso es lo que ha hecho y hace el movimiento francés de Les Soulèvements de la terre. Contra los dueños del ruido no han opuesto palabras de súplica que demandan comprensión. Tampoco un silencio que callaría demasiado. Lo que han realizado es una crítica de la política basada en el desafío. Pero hay que explicar antes que nada cuál es el origen de los Soulèvements de la terre. Este movimiento no se crea en ninguna mesa de partidos ni como resultado de una decisión burocrática. Se formó a partir de las primeras 200 personas que el año 2021 se constituyeron en una ZAD (Zona a Defender) y lucharon para evitar la construcción de un aeropuerto en Notre-Dame-des Landes. Cuando el 25 de marzo del año 2023 se reunieron para impedir la construcción de un megaembalse en Sainte-Soline, el número de manifestantes alcanzaba ya los 30.000. Reprimidos brutalmente durante horas, las fuerzas del orden causaron más de doscientos heridos, cuarenta manifestantes gravemente mutilados y dos personas en estado de coma. A los pocos días, el Estado francés reaccionó planteando la ilegalización del movimiento. ¿Por qué se produjo ese crecimiento inaudito y la posterior propuesta de ilegalización que, finalmente, fue suspendida debido a las reacciones suscitadas?

La respuesta es compleja y, a la vez, simple. Compleja porque habría que tener en cuenta tanto la crisis de la izquierda francesa como las numerosas luchas (ZAD diversas, chalecos amarillos etc.) que, de alguna manera, son antecedentes de este movimiento. Simple porque su práctica, al estar completamente separada de toda política vieja o nueva, consiste sencillamente en poner el gesto radical en un primer plano. Pero ese gesto radical que inventan no se despliega en un ámbito simbólico, sino que se concreta en tres tipos de acciones que, como ellos afirman, “bajan la ecología” al mundo real: 1) Bloqueo de las infraestructuras que permiten los desastres ambientales. 2) Desmantelamiento colectivo y festivo de las industrias tóxicas. 3) Ocupación de tierras.


De esta manera el gesto radical, situado y multiplicado, se transforma en acción directa y de masas. Se trata de “Golpear fuerte y donde haga daño”, aseguran en su manifiesto. Huir de los desfiles reivindicativos que sólo amplifican la resignación y nos condenan a ser víctimas de la espera. Combinar alegría y desesperación para conseguir, por lo menos, pequeñas victorias que empujen a seguir adelante. La pregunta tradicional acerca de quién es el sujeto político queda borrada, como asimismo la cuestión de la violencia. Les Soulèvements de la terre no defienden la naturaleza, son la naturaleza que se defiende. Red, movimiento, y también, organización política. Todo a la vez. El gran mérito suyo es haber sabido sustentar el gesto radical sobre una composición de las diferencias que tiene que ser inteligente y, a la vez generosa. No en vano, rechazan ser un frente o una alianza de grupos políticos. Marx defendía que “la revolución social del siglo XIX no puede extraer su poesía del pasado, sino sólo del futuro1. No puede ella misma dar comienzo antes de desprenderse de toda la superstición del pasado”. Por unos momentos, y esa es la enseñanza fundamental, parece que Les Soulèvements de la terre han hallado modos concretos para deshacerse de estas supersticiones que, en el fondo, no son más que repeticiones cansadas de caminos cerrados.

 

Santiago López Petit / Zona de Estrategia


  1. El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Madrid, 2003, pg. 37 ↩︎

 

 

lunes, mayo 19

El valle de Can Masdeu: la agroecología como una cura para el futuro

 

 

El sector agrícola es uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero en la UE. El calentamiento global y la sequía cada vez más frecuente nos obligan a adoptar unas prácticas agrícolas más sostenibles desde el punto de vista ecológico. En Catalunya, una iniciativa local inspirada en los principios del decrecimiento se ha convertido en un gran ejemplo de agricultura ecológicamente responsable

 

Al sonar la campana, cuarenta personas dejan a un lado sus semillas y herramientas para subir la cuesta de tierra hacia un huerto a la sombra. Entre ellos está Marc Rojas Pazos, un estudiante de microbiología que vive en Barcelona. “Hace casi un año que vengo todos los jueves a Can Masdeu. Ahora voy a quedarme quince días, para poner a prueba mi relación con la ciudad y ver si la vida con la naturaleza es para mí“, dice mientras se sirve una generosa ración de sopa de lentejas.

El valle de Can Masdeu, situado dentro del Parque Natural de Collserola y al que se puede acceder desde Barcelona en transporte público, es un lugar de experimentación agroecológica y resiliencia climática desde hace más de veinte años. Se trata de un espacio ocupado desde 2001, cuando una decena de activistas se opusieron a los planes de convertir la antigua leprosería de Sant Pau en pisos de lujo y lo ocuparon. Ese mismo año, los activistas también eligieron el lazareto como sede de una conferencia sobre el cambio climático.

Desde entonces, la ocupación ha dado lugar a un proyecto enraizado en la lucha altermundista. En Can Masdeu, el blitz, la flecha en forma de rayo que simboliza la cultura de la okupación, atraviesa una manzana en lugar del círculo tradicional, indicando las preocupaciones ecológicas de los habitantes del valle. “Éramos miembros del movimiento antiglobalización, ecologistas, activistas internacionales o gente del barrio de Nou Barris”, explica Arnau Montserrat, uno de los primeros ocupantes que aún vive en Can Masdeu.

En abril de 2002, más de cien policías intentaron desalojar a Arnau y al resto de los ocupantes, que durante tres días organizaron actos de resistencia no violenta, incluido encadenarse a partes del edificio. Los propietarios de las instalaciones, el Hospital de Sant Pau, abandonaron finalmente sus intenciones y desistieron de cualquier otra orden de desalojo. 

 “Hace unos años vivían aquí unas 20 personas, incluidas familias con niños. Hoy somos unos diez miembros permanentes, más algunos invitados, como Marc, que se queda con nosotros un par de semanas o incluso unos meses, de forma excepcional”, explica Claudio Cattaneo, profesor de Ecología Política en la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de esta ecocomunidad desde hace más de veinte años. Tanto quienes viven permanentemente en el espacio ocupado como los huéspedes contribuyen con 100 euros al mes. El resto de los gastos de funcionamiento del local se cubren mediante la organización de fiestas, crowdfunding o servicios de catering ecológico.

No obstante, quienes ocupan el edificio y el terreno circundante, que abarca unas 35 hectáreas, no sólo han dedicado sus esfuerzos desde el principio a construir una ecocomunidad, sino también un centro social y un huerto comunitario a través de los cuales cultivan relaciones con el barrio y el resto de la ciudad. El centro social Punto de Interacción de Collserola organiza todas las semanas talleres de música, manualidades, bricolaje, teatro y danza, y acoge asambleas de otros movimientos sociales y ecológicos como Extinction Rebellion o Ecologistes en Acciò, así como conciertos, espectáculos y proyecciones de películas y documentales.

En torno a un centenar de jóvenes, jubilados y familias cuidan de los huertos comunitarios, divididos en 35 parcelas y que producen frutas y hortalizas siguiendo prácticas agroecológicas. “Vengo siempre que puedo”, explica David, un jubilado residente en Nou Barris que lleva muchos años cuidando los huertos del Valle. “Al no practicar cultivos intensivos y evitar las limitaciones de la producción industrial, tenemos libertad para experimentar con técnicas agroecológicas y de adaptación al cambio climático, tomándonos el tiempo necesario para hacerlo de forma no extractiva ni perjudicial para la naturaleza”.

A estos tres pilares del proyecto (la ecocomunidad, el centro social y los huertos comunitarios) se suman dos nuevas iniciativas: Regenerades y la Casa dels Futurs. De hecho, Can Masdeu abre sus puertas cada jueves a cualquiera que quiera acercarse a la agroecología o simplemente pasar algunas horas en los huertos trabajando la tierra. Así es como muchas personas, como Marc, se han hecho una idea de este lugar y de sus compromisos políticos y ecológicos. “Después de la pandemia, el proyecto Regenerades despegó: cada jueves, cuarenta o cincuenta personas vienen a echarnos una mano”, explica Montserrat. “Estoy de baja por maternidad y me gusta venir aquí con mi hija pequeña para estar al aire libre, en contacto con la naturaleza y en compañía”, dice Marie, una joven francesa que vive en Barcelona desde hace unos años.

Agroecología regenerativa

Uno de los principales puntos de referencia de la comunidad de Can Masdeu siempre ha sido el modelo de decrecimiento, canalizado en este caso a través de la agroecología. Catalunya es una zona fronteriza en cuanto a crisis climática se refiere: en febrero de 2024, el Gobierno de la comunidad autónoma declaró la emergencia por sequía, lo que obligó a los agricultores del valle a replantearse algunas de sus estrategias hortícolas.

La producción autosuficiente mediante huertos comunitarios se opone frontalmente a la agricultura industrial. “Empezamos a producir alimentos, en parte porque teníamos el privilegio de tener un huerto y en parte porque uno de los principales objetivos de las demandas ecológicas a escala mundial es precisamente el sistema agroindustrial”, motor de explotación, deforestación y contaminación. 

La agricultura industrial y la agrozootecnia se encuentran entre los mayores culpables de haber sobrepasado seis de los nueve límites planetarios, incluyendo la pérdida de la biodiversidad, la contaminación química, la extracción excesiva de agua dulce y el cambio climático. “Y luego hay muchas personas del ámbito académico que han difundido la agroecología en Catalunya y que nos han influido también”, añade Montserrat.

La práctica agroecológica ha permitido a Can Masdeu experimentar con sistemas de cultivo resilientes e instrumentos de adaptación al cambio climático. El principio clave es el potencial regenerativo de la tierra, los cuerpos y las relaciones. “Utilizamos lo que yo llamo 'agroecología regenerativa' para sacar lo mejor de cualquier trabajo agroecológico, no sólo dentro del campo, sino también en la relación entre nosotros y el lugar que habitamos”, continúa Montserrat. Entre las prácticas utilizadas están el uso de biomasa local, los circuitos cortos de comercialización y el policultivo. Según Montserrat, no sólo implica adoptar una postura en el sentido puramente ecológico, sino que también tiene un componente social, pues contribuye a aumentar la resiliencia de los agricultores.

Todo esto es posible gracias al desarrollo de las relaciones horizontales con proveedores y con quienes vienen a comprar y consumir los alimentos del antiguo lazareto a precios asequibles (cinco euros por un almuerzo ecológico y vegano). Aunque dentro del recinto ocupado no se produce todo lo necesario para vivir, sí se cultivan relaciones éticas de intercambio con el exterior. “Para el arroz, por ejemplo, recurrimos a cooperativas ecológicas o a proyectos similares con los cuales hacemos trueque e intercambiamos productos”, explica David mientras lleva las herramientas al almacén al acabar su turno.

Al igual que el resto de Catalunya, Can Masdeu está buscando soluciones para adaptarse a los cada vez más frecuentes periodos de sequía. “La inestabilidad climática también se combate con la biodiversidad, con semillas mejor adaptadas al clima local en vez de semillas de interés comercial, que solo son productivas bajo ciertas condiciones”, dice Montserrat. “El otro gran problema es obviamente el agua, hay que regar menos. El modo en el que cultivamos la tierra hace que retenga mucha más agua y nutrientes”.

Cuidados, vida, reproducción

Las prácticas e ideas que se cosechan en Can Masdeu se han extendido más allá de los confines del antiguo lazareto. Muchas de las personas que han formado parte de la comunidad (aunque sólo haya sido por unas semanas) han impulsado posteriormente proyectos agroecológicos en otros lugares. Un ejemplo es Arran de Terra, una de las consultorías agroecológicas más importantes de Catalunya, que además es una cooperativa.

Los principios e ideas que cimentan la comunidad también han evolucionado desde los inicios de los 2000. “La comunidad ecológica, a día de hoy, deja mucho que desear. Han surgido muchos otros proyectos, pero casi ninguno ha conseguido tener un impacto significativo ni contagiar al resto de la comunidad y la sociedad. Sigue siendo necesario un cambio en la mentalidad”, explica el profesor Cattaneo mientras en la cocina del segundo piso de Can Masdeu se prepara el almuerzo colectivo tras la labor en la huerta. “Ahora existen alternativas todavía más eficientes en términos de consumo como, por ejemplo, el coliving urbano abastecido por energías renovables. Pero en la monocultura capitalista en la que vivimos, nada de eso altera de forma radical el estilo de vida de la gente”.

El decrecimiento y el “crecimiento verde” (o ecomodernismo, es decir, la búsqueda de estrategias de adaptación mediante la implementación de nuevas tecnologías) son dos de las vías alternativas sugeridas por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) en su informe de 2022. Esa fue la primera vez en la que el término “decrecimiento” apareció citado de forma explícita desde 1990, cuando se publicó el primer informe del panel intergubernamental.

Según Cattaneo, siempre existe el riesgo de que el “crecimiento verde” esconda una suerte de ecofascismo: una adaptación a la crisis climática que implique la adopción de tecnologías eficientes por parte del Norte Global mediante la creación de “zonas de sacrificio” en el Sur Global. Algunos ejemplos comunes son las explotaciones mineras para la extracción de metales y minerales raros indispensables para las nuevas tecnologías, los vertederos globales, el cierre de fronteras y el bloqueo de las rutas de migración allá donde más se padecen los efectos del cambio climático.

En oposición a este modelo de prosperidad basado en la explotación y la exclusión, el decrecimiento propone un enfoque interseccional basado en el feminismo, la reflexión queer y el pensamiento decolonial. “Creo que el feminismo tiene el potencial interseccional de unir las luchas, es algo que también veo en mis estudiantes”, cuenta Cattaneo. Durante mucho tiempo, la tradición feminista ha quedado relegada a los márgenes del pensamiento ecológico dominante en Occidente, pero la necesidad de una perspectiva feminista en los asuntos medioambientales es cada vez mayor, especialmente en los círculos decrecentistas. Algunos de los términos clave En Decrecimiento: vocabulario para una nueva era (2015), editado por Giacomo D’Alisa, Federico Demaria y Giorgos Kallis (todos académicos de la Universidad Autónoma de Barcelona), son “cuidados” y “economía feminista”.

En el valle de Can Masdeu se está intentando aplicar este enfoque interseccional. “Hace ya un año que estamos reorganizando algunas cosas y avanzando en una dirección más feminista. Por ejemplo, hemos formalizado el trabajo de cuidados”, dice Maria Madeleine Pérez Jiménez, una activista venezolana que vive en Can Masdeu. El trabajo de cuidados abarca todas aquellas actividades que contribuyen a la reproducción social, o, dicho de otro modo, todas aquellas actividades que cubren las necesidades de la vida diaria y sustentan el trabajo productivo y las relaciones sociales. El trabajo de cuidados comprende las labores domésticas y la atención familiar, pero también empleos tales como el apoyo a la autonomía o la enseñanza.

El reconocimiento de los cuidados como una forma de trabajo real ha sido una de las reivindicaciones primordiales del feminismo desde los años 70, cuando se lanzó la campaña internacional Wages for Housework, que reclamaba un salario para el trabajo doméstico. Tal y como nos explica Pérez Jiménez, toda persona que reside en régimen permanente en Can Masdeu debe dedicar 14 horas cada semana al proyecto comunitario, lo que incluye el trabajo de cuidados.

“Consideramos que cultivar una perspectiva feminista también significa prestar especial atención a la gestión y resolución de conflictos. Después de atravesar una crisis interpersonal hace algún tiempo, decidimos designar un grupo para que lidiase de manera específica con estos problemas”, prosigue Pérez Jiménez. De acuerdo con sus ocupantes, la combinación de la perspectiva ecológica y la feminista entraña volver a priorizar la vida (tanto la humana como la no humana). “Estar aquí nos permite desalarizar y desmercantilizar nuestras vidas. Además, hay pocas cosas más feministas que proteger la tierra”, concluye Pérez Jiménez.

En un hospital donde ya no quedan pacientes, se desarrolla una cura para el futuro.

 
 
Green European Journal
 
Artículo publicado originalmente en inglés en el Green European Journal, publicado en El Salto de la mano de EcoPolítica con traducción de Guerrilla Translation.

miércoles, mayo 7

Descomposición absoluta a niveles altos

 

El desastre causado por las inundaciones provocadas por la “gota fría” del 29 de octubre pasado, especialmente en la parte sur del Área Metropolitana Valenciana, no tiene nada de natural. En la génesis y desarrollo de la mayor catástrofe habida en la zona han confluido cuatro causas antinaturales muy imbricadas en los modos de habitar, trabajar y administrar la cosa pública bajo un régimen capitalista. La primera, de origen industrial, es el calentamiento global generado por la emisión de gases de efecto invernadero de las fábricas, calefacciones y vehículos, causante de fenómenos meteorológicos extremos como la d.a.n.a. La segunda, de carácter político, es la incompetencia culpable de la administración estatal y autonómica, cuya irresponsable pasividad y negligencia podría tacharse de homicida. La tercera, de características económicas y sociales, es la suburbanización completa de la periferia agraria de la ciudad de Valencia, o sea, la conversión de los municipios de la Huerta en un gran suburbio-dormitorio y en una zona poligonera logística, comercial e industrial. La cuarta, consecuencia de la anterior, es la motorización generalizada de la población suburbial, forzada por la tajante separación que el desarrollismo ha implantado entre los lugares de trabajo y de residencia.

El calentamiento global debido a la quema colosal de combustibles fósiles por parte de la actividad industrial y la circulación, ha sido llamado “cambio climático” por los dirigentes para disimular su naturaleza económica. Los maquillajes ecológicos a que ha dado lugar la aparente oposición de las élites al aumento global de temperatura han promocionado un capitalismo “verde” de poco efecto en las coronas de las metrópolis, modeladas por un urbanismo salvaje y unas infraestructuras viarias envolventes que vuelven inoperantes incluso las medidas “descarbonizadoras” más pueriles (puntos de recarga eléctrica, ajardinamientos, uso de bicicletas, etc). ¿Qué sostenibilidad puede darse en espacios metropolitanos insostenibles por esencia? 

La gentuza gobernante y la clase política en general no es absolutamente inepta en todos los terrenos, al contrario, es bastante capaz en lo que concierne a sus propios intereses, ajenos claro está a los intereses de la población que administran. La profesionalización de la gestión del poder ha fabricado seres con una psicología especial, muy centrada en la disputa partidista por parcelas de autoridad y con una falta de sentido de la realidad tan grande, que permite aflorar sin pudor su lado más canalla y fullero, librando involuntariamente al espectáculo una imagen de parásito y estafador. Nadie se merece ese tipo de políticos, ni siquiera los que les votan, pero dada la manera de funcionar el sistema de partidos y los medios de comunicación, no pueden haber de otra clase.

En la actualidad, el área metropolitana de Valencia, la AMV de los asesinos del territorio, apelotona a cerca de un millón de personas, mayoritariamente trabajadores, sobrepasando la población de la misma capital. Esta concentración poblacional es un hecho dinámico, de origen relativamente reciente. A partir de los años sesenta del pasado siglo se desencadenó un proceso triple de industrialización extensiva, urbanización descontrolada y regresión agrícola, por el cual la periferia urbana se convirtió en un foco económico de primera magnitud, paraíso de los promotores inmobiliarios e importante fuente de empleos. Desarrollismo de la peor especie. Para el caso que nos ocupa, los municipios de la Horta Sud, que en 1950 apenas superaban todos juntos los cien mil habitantes, hoy, en 2024, ya satelizados y proletarizados, alcanzan el medio millón. Solamente un pueblo como Torrent, sobrepasa los 90.000 habitantes. La comarca alberga además 27 polígonos industriales y tres grandes superficies comerciales. Es atravesada por la rambla de Chiva, o del Poio, una torrentera que recoge aportaciones de varios barrancos y toda clase de vertidos contaminantes, yendo a parar a la Albufera. Ni qué decir tiene que los rendimientos pecuniarios del negocio inmobiliario colmataron a muchos de ellos, mientras edificios, naves, calles e incluso huertos se repartían por las zonas inundables, y los de concepción más insensata ocupaban los bordes o incluso partes del mal cuidado cauce de la rambla principal, que recogía aguas de la Foya de Buñol. Curiosamente, la ciudad de Valencia se ha salvado de la riada gracias al desvío canalizado del Turia construido en tiempos de Franco, garantizando una división geográfica “de clase” que las autopistas de circunvalación y los corredores del AVE no han hecho más que reafirmar. A un lado, la Valencia gentrificada, la de los turistas, hombres de negocios y funcionarios, con el precio de la vivienda y el alquiler por los cielos; al otro, las excrecencias metropolitanas carentes de servicios públicos eficaces, habitadas mayoritariamente por gente modesta de medios escasos. Simplificando: la Valencia de las clases posburguesas y la no-Valencia de las clases populares.

El crecimiento de la AMV destapó problemas de conectividad entre el extrarradio y el centro, obligando a una movilidad deficientemente asistida por autobuses, metro y trenes. Además, la conexión entre municipios es casi nula. En la periferia-dormitorio se vive de cara a la capital, no de cara al vecino. En consecuencia, la conversión del trabajador de las afueras en automovilista frenético es obligatoria: el coche es la prótesis necesaria del proletariado posmoderno. Es un instrumento de trabajo cuyo mantenimiento corre de su cuenta. Como resultado, de los 2’7 millones de desplazamientos diarios que hay en la corona metropolitana, las tres cuartas partes se hacen en vehículo privado. El parque de automóviles es ahora impresionante: en 2022 por la AMV aparcaban más de un millón de turismos, furgonetas y camiones, y cerca de 500.000 lo hacían en la propia Valencia. Entre 50 y 60 vehículos por cada cien habitantes. No sorprende entonces que los coches hayan sido las máquinas más siniestradas por la “barrancada” -más de 120.000- y que su amontonamiento por todas partes parezca tan impresionante. 

“Solo el pueblo salva al pueblo” es un eslogan espontáneo que ha hecho fortuna al comienzo de la tragedia. La ausencia total de reacción administrativa había sido felizmente suplida por la presencia de miles de voluntarios llegados de cualquier parte de España que realizaron las tareas más urgentes: limpieza de barro y enseres estropeados, achique de locales, atención a ancianos y enfermos, reparto de agua y alimentos… Adolescentes y jóvenes de la capital, mecánicos, enseñantes, vecinos afectados, cocineros, bomberos, médicos, enfermeros, agricultores, etc., improvisaron grupos de trabajo y de cuidados, guarderías, comedores, farmacias ambulantes, puntos de reparto, alojamiento y hasta un hospital de campaña para responder a las urgencias del momento. Cuando el Estado fallaba, cuando la chusma burocrática que toma decisiones equivocadas escurría el bulto acusándose unos a otros, cuando los bulos inundaban las redes sociales, emergía la sociedad civil, el voluntariado, sin más motivación que la solidaridad y la empatía con los damnificados. Los primeros cinco días estos han sobrevivido sin más ayuda que la de aquél. Lo que nos induce a creer que a poco que el pueblo se autoorganice y se libere de trabas en condiciones menos extremas, el Estado y la clase política sobran. Realmente nadie los necesita. El horror, la inhumanidad y la política parda van de la mano. Incluso según los parámetros de verdad típicos de la sociedad del espectáculo, esa confraternidad malhechora es real, puesto que ha salido por la tele.

 

Notas para la participación en el programa Contratertulia que emite Ágora Sol Radio, habido el 5 de noviembre de 2024.

 

La parsimoniosa vuelta a la indecente normalidad

Pasados tres meses, las consecuencias desastrosas de la gota fría han estado presentes: las ayudas oficiales llegaban con pasmosa lentitud, los bajos de los edificios permanecían llenos de lodo, los cauces de los barrancos y ríos acumulaban basura, los campos continuaban embarrados, los escombros no habían abandonado las calles, ni tampoco los montones de coches siniestrados. El comercio de barrio no reaparecía, las escuelas estaban en lastimoso estado, el trasporte público funcionaba mal, mientras flotaba en el aire un polvo mórbido causante de congestiones pulmonares y el mal olor de las aguas residuales que las depuradoras estropeadas no podían eliminar. La responsabilidad de los burócratas al frente de la gestión de emergencias se diluía en un mar de barullo político. En ese aspecto, hoy nada ha cambiado.

Las peores secuelas del desastre las ha sufrido un colectivo particularmente vulnerable, el de los inmigrantes. Su condición de fuerza de trabajo irregular -y por lo tanto, invisible- les había hecho idóneos para el trabajo precario y el empleo sumergido, formas extremas de explotación que la justicia estatal ignora porque el desarrollo económico depende de ellas. A esto hay que añadir la criminalización que resulta de las campañas xenófobas y racistas promovidas en las redes “sociales” por la derecha cavernícola. En la Horta Sud metropolitana hubo 26 ahogados extranjeros, lo cual no es extraño puesto que hay más de cuarenta mil trabajadores ‘sin papeles’, y por consiguiente, sin derecho a la asistencia médica, a las ayudas económicas y a las indemnizaciones. El hecho de no existir para el Estado condenaba a los inmigrantes a la miseria extrema, algo tan repugnante que despertó una fuerte indignación popular e impulsó las primeras acciones solidarias “desde abajo” en pro de su regularización. La situación se ha podido paliar parcialmente este mismo febrero con la disposición del Gobierno de conceder permisos de residencia y trabajo a 25.000 inmigrantes durante un año.

Contras las víctimas se levantaba el muro de la inacción institucional, mientras se evidenciaba la inoperancia de los ayuntamientos y amenazaban las conclusiones iluminadas de los comités de expertos gubernamentales augurando una “vuelta a la normalidad” tan insatisfactoria como indecente. Los planes de reconstrucción que los técnicos asesores elaboraban aislados en sus distantes despachos provocaban desconfianza y recelo. ¿Qué tipo de normalidad buscaban? ¿más urbanismo salvaje? ¿más metropolitanización? Si algo tenían claro los afectados, es que nada tenía que volver a ser como antes. La parálisis de las administraciones brindaba una nueva ocasión a la sociedad civil -a las clases populares- para autoorganizarse. La reconstrucción era un asunto en el que debía pesar mucho más la voluntad popular que los intereses espurios, fuesen de índole burocrática, financiera o política. A mediados de enero pasado se creó en la barriada de Los Alfafares la Asociación de los Damnificados por la Dana/Horta Sud con la tarea de acelerar los trámites legales para la obtención de ayudas y, en general, para asesorar y defender los derechos de todos los afectados por la barrancada, cosa que incluía una querella por lo civil contra los cargos culpables de la gestión homicida de las emergencias.

De un momento a otro, el vaso de la paciencia tenía que colmarse y la iniciativa popular, ponerse manos a la obra. A finales de enero, se constituyó en el barrio de Parque Alcosa, también de Alfafar, el primer Comité Local de Emergencia y Reconstrucción. Fue un verdadero acto de desobediencia civil, pues las autoridades habían ordenado que el vecindario se mantuvieran al margen. En el local de la Koordinadora de Kolectivos del Parke se celebró una asamblea donde se puso de manifiesto que la reconstrucción era demasiado importante para estar en manos de funcionarios y políticos. La reconstrucción había de ser una obra colectiva, “de abajo arriba”. En pocos días aparecieron una docena de comités locales de emergencia con las mismas intenciones, a los que se añadieron los comités de las cuatro pedanías inundadas de la ciudad de Valencia. No era el momento de mostrar un exceso inútil de beligerancia, por lo que invitaban a los ayuntamientos a sus reuniones y grupos de trabajo, a la vez que proclamaban el deseo de coordinarse con las administraciones para así poder discutir las propuestas y participar en las decisiones. “No hay reconstrucción sin participación”, sería el nuevo eslogan. La gente del extrarradio cobraba protagonismo dotándose de un espacio autocontrolado para dar voz y poder de resolución a los implicados, rechazando cualquier adscripción política. De alguna forma, se quería colmar el vacío creado entre la sociedad civil y la administración pasando por encima de la posición de los partidos políticos al respecto, fenómeno tenido por superficial y de escasa relevancia.

Cierto es que en  las asambleas ha primado la eficacia inmediata y el pragmatismo, pero en los mismos comunicados se trasluce el anhelo de que la reconstrucción no acabe en una “normalización” favorable a los intereses inmobiliarios y a la Banca. Algunos delegados y delegadas han manifestado que el modelo de reconstrucción propuesto es insuficiente, ya que persigue la simple estabilización de los suburbios y no tiene en cuenta el dañado tejido social. En el deseo bien o mal formulado por los portavoces de que los municipios del área metropolitana de Valencia sean tratados como partes integrantes de la ciudad, reside la negativa de los pueblos a ser simples dormitorios hacinados de la fuerza de trabajo que necesita el capitalismo local. Un modelo alternativo no puede estar basado en la acumulación de capitales, sino en “salvar la Huerta”, reforestar las cuencas hidrográficas, restaurar los ciclos hidrológicos, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, o sea, renunciar al uso de combustibles fósiles. Minimizar los impactos de las danas recuperando sistemas naturales de drenaje, desurbanizar la periferia suburbial, desmotorizar la urbe, dignificar el trabajo,  fomentar la autonomía de la población. No es un programa máximo, sino más bien un conjunto de sugerencias con las que orientarse en una acción colectiva realmente trasformadora.

 

 Miquel Amorós

Este texto fue publicado en Nosaltres, nº 18, Invierno 2025 y actualizado por el autor para Redes Libertarias.

lunes, abril 21

Libertad para los 6 de Zaragoza


El 17 de enero de 2019, día en que se celebraba un mitin de Vox en Zaragoza, se convocó una manifestación en rechazo a los discursos de odio de la extrema derecha. Tras varias cargas policiales y la disolución de la manifestación, horas después, seis jóvenes (cuatro mayores de edad y dos menores) fueron detenidos aleatoriamente y en base a prejuicios estéticos en diferentes puntos de los alrededores. Cuatro mayores de edad y dos menores de edad.

La Audiencia Provincial de Zaragoza juzgó a estos 6 jóvenes, acusados de desórdenes públicos y atentado a la autoridad y condenó a 4 años y 9 meses de cárcel a los cuatro mayores de edad y una multa de 11.000 euros y un año de libertad vigilada para los dos menores. Ello pese a que en el juicio se evidenció que los acusados no aparecían en las grabaciones de las cámaras de seguridad del lugar de los incidentes y que presentaron diferentes testigos que aseguraban que no habían participado en los disturbios. La única prueba inculpatoria fue el testimonio de los policías denunciantes. Se castigó el derecho de protesta en sí mismo.

Tras haber agotado todos los recursos ordinarios posibles, al cierre de esta edición al menos tres de los antifascistas han ingresado recientemente en prisión. Ironías de la vida, su entrada ha coincidido en el tiempo con el descubrimiento de una nueva policía infiltrada (la octava en año y pico) en movimientos sociales (en esta ocasión de Madrid) y que se desvelara que ella, haciéndose pasar por activista antifascista, había lanzado piedras contra la policía en una manifestación en solidaridad con Pablo Hasél. Los mismos hechos por los que quieren joderle la vida a estos seis chavales.

Sus defensas han presentado un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, pero esto no suspende la ejecución de la sentencia. Toca ingresar en prisión e ir pagando las multas e indemnizaciones. Por ello, se puede colaborar económicamente con el crowdfunding que han abierto en Goteo. También puedes firmar para apoyar una posible petición de indulto que se haga en el futuro en su web.

 

Desde aquí queremos mandar un fuerte abrazo a los 6 de Zaragoza, a sus familias y a sus compañeras. También queremos mostrar nuestra solidaridad con el medio aragonés AraInfo, que es quien más ha cubierto todo el caso y que a finales de abril sufrió un caso de censura: sin previo aviso y sin explicar el motivo, la red social Twitter (controlada desde hace año y medio por el multimillonario megalómano y ultraderechista Elon Musk) cerró su cuenta. Por suerte, al día siguiente, gracias a la presión popular se pudo recuperar.



 https://www.todoporhacer.org

martes, abril 15

El cine español y el progresismo: una de cal ¿y otra de arena?


Este pasado fin de semana Granada acogió por primera vez los Premios Goya. Durante la 39ª edición de la gala pudimos escuchar a los hermanos Morente cantar el elogiado «Anda jaleo» lorquiano desde La Alhambra, un lugar idílico para una canción de hondo arraigo popular en una de las cunas del flamenco. Los galardones del cine español estuvieron revestidos, como siempre, de un halo de progresismo político, que al rascar ligeramente su envoltura queda en un show descafeinado y elitista. 

Unos premios en los que se habló de educación pública, del genocidio al pueblo palestino, de la lucha por la vivienda digna; y que después tuvo como patrocinador televisivo a «Airbnb», una de las principales culpables de la turistificación, de entre otros tantos, el histórico barrio del Albayzín, situado frente a La Alhambra. Y es que sobre esa alfombra roja hay poco de rojo, más allá de erigirse como un altavoz de causas sociales del quiero y no puedo. Este año las principales favoritas, y que acabaron compartiendo galardón a Mejor Película por primera vez en la historia de estos premios, fueron «El 47» y «La Infiltrada». Películas con un cariz bien diferente y que reflejan la intención del cine español: café descafeinado para todo el mundo.  

La película de «El 47» es una producción catalana del director Marcel Barrena, un drama histórico protagonizado por el actor Eduard Fernández y la actriz Clara Segura. La temática escogida acercó a más de uno a sus raíces, ya que como aseveró Clara Segura al recibir el Goya a Mejor Actriz de Reparto: “Todos fuimos extranjeros en algún momento. La tierra no nos pertenece y solo nos acompaña un rato mientras vivimos”. Más allá de la fantástica elección del tema, la migración extremeña y andaluza a Torre Baró, la película demuestra que es evidente que no existen actos de disidencia pacífica, todo enfrentamiento a una autoridad estructural implica una buena dosis de conflicto, enfrentarse física y psicológicamente a quienes nos vulnerabilizan y explotan. Pero sobre todo, no existen actos de disidencia individuales, las luchas sociales no tienen «elegidos» mesiánicos, pueden tener caras visibles, personas que dan callo públicamente, pero detrás de cada una de ellos está la fuerza social de lo común. 

La historia que cuenta «El 47» refleja ambas cuestiones narrándonos unos sucesos donde el protagonista fue el movimiento vecinal del barrio de Torre Baró en la ciudad de Barcelona en 1978. Pero esa historia no comienza ese año y no es solo la historia de Manolo Vital, conductor de autobuses extremeño emigrado a Catalunya veinte años atrás. Es la historia de un barrio popular de Barcelona construido a pulso por sus habitantes, pero no romanticemos tampoco, fue edificado sobre las brechas de la miseria y de la represión franquista. Cuando los suburbios urbanos sumaban manos cada noche para construir la casa por el tejado sobre empinadas pendientes de tierra. 

La película se inserta en el cine social español que quiere contrarrestar la ola reaccionaria que vivimos actualmente, aunque como film de la industria del cine, realiza una maniobra de borrado pertinente de cuestiones que deben visibilizarse. Y es que la figura de Manolo Vital, no actuaba por cuenta propia; era militante del PSUC y de CC.OO. en los años 70. Independientemente de la opinión que podamos tener como anarquistas, lo que es verdad es que las luchas sociales las abordan militantes organizados. De hecho, el relato obvia que el día antes de secuestrar el autobús, se reunió con otros militantes para estudiar la acción. No fue un gesto individual, sino parte de una lucha colectiva. La película, además, hace un guiño al neorreformismo de forma completamente innecesaria y fuera de toda realidad, y es que sitúa a un joven Pasqual Maragall en aquel autobús en 1978, introduciendo un elemento más al gusto del relato, alejado de una realidad más fidedigna de lo que es una lucha social. 

Esa lucha vecinal para llevar el autobús hasta su barrio, para conectar a sus vecinas con la realidad de Barcelona, también tiene su contraparte desde la perspectiva revolucionaria. Y es que muchas de esas personas, en los años 70, veían ya más cerca el horizonte de la vida que prometía el neoliberalismo en ciernes que una revolución social como se soñaba a lo grande unas décadas más atrás. De por medio, una dictadura implacable y genocida había robado ese horizonte exterminando cualquier atisbo de organización que emancipase a la clase explotada. 

Las historias de supervivencia y de construcción del común son emotivas, no podemos negarlo, la increíble interpretación de Zoe Bonafonte, la hija de Vital en la película, cantando «Gallo rojo, gallo negro» de Chicho Sánchez Ferlosio hizo brotar regueros de lágrimas por las salas de cine. Escenas así consiguen provocar una emotividad absoluta a aquellos que portamos ideas de justicia social y de organización política. Nos conectan con un pasado de luchas de clase contra la dictadura y contra su hija predilecta, la democracia burguesa. Es imposible no emocionarse en varios momentos del metraje con la resistencia de las vecinas de Torre Baró.

Compartiendo premio a Mejor Película tenemos «La Infiltrada», un film dirigido por Arantxa Echevarría y Amélia Mora, esta segunda ya experta en pseudodramas policíacos que luchan contra el terrorismo, como la serie «La Unidad». El relato recoge la historia real de Aránzazu Berradre, un apodo utilizado por la policía nacional Elena Tejada, infiltrada en ETA durante ocho años. Fue reclutada por el comisario Fernando Sainz Merino, alias El Inhumano, cuando recién se licenciaba como policía en la Academia de Ávila, y enviada como agente infiltrada con apenas 20 años de edad, acabó conviviendo en un piso con militantes vascos de ETA durante dos años. Durante su infiltración mantuvo una vida paralela integrándose, a raíz del contacto inicial en el Movimiento de Objeción de Conciencia de Logroño, y posteriormente en las bases sociales de la izquierda abertzale. Seguramente este relato nos resulte muy familiar tras haber visto el reportaje documental «Infiltrats», emitido en TV3 y realizado por La Directa. En una hora de duración nos narra los casos de infiltración policial en los movimientos sociales en esta última década. Casos de tortura legal auspiciada por el estado y legitimada por buena parte de la sociedad.

«La Infiltrada», con su producción, publicidad y galardón compartido, está normalizando entre la sociedad que las infiltraciones policiales son válidas y legítimas. Retrata a cualquier enemigo del régimen político como un monstruo sin rostro humano al que se le puede torturar, violentar y eliminar bajo cualquier premisa, incluso en una democracia burguesa con supuestas normas de derecho legal. Las directoras se meten en el oscuro túnel del discurso de la extrema derecha para airearlo a los cuatro vientos, se legitiman las cloacas del estado español, y se entierra cualquier disidencia con el discurso oficial. Incluso una de sus productoras, en la gala de los Premios Goya reivindicaba la memoria histórica para las víctimas de ETA, olvidando a su vez la memoria de cientos de personas asesinadas por el estado español desde la transición. Poco más se pueda esperar que en un par de décadas produzcan una película dedicada a los policías infiltrados en nuestros tiempos en los movimientos políticos; la normalización de esta violencia estatal merece una respuesta, porque la infiltración también es tortura. 

El cine español demuestra una vez más tibieza con tintes progresistas. El cine español, un quiero y no puedo.

 

Angel Malatesta, militante de Liza y Andrés Cabrera, militante de Impulso

 

viernes, febrero 28

Anarquía relacional: así se lleva a la práctica una nueva forma de convivir y vincularse

 



Alex, Pau o Nurietzsche son anarquistas relacionales y experimentan con nuevas formas de convivir que aporta este modelo relacional, no exento de nuevas dificultades y gestiones. El concepto empezó a definirse a principios de los 2000 y desdibuja la frontera entre amistades y parejas.


Las puertas [del ascensor] se abrieron con un fino chirrido, mostrándonos un rellano con cuatro apartamentos. Al asomarnos, vimos que Teresa nos estaba esperando en el fondo, con la puerta abierta […]. Señaló al resto de puertas y nos dijo: “¡Ahora os enseño todas las casas! Ahí vive Dolores y ahí vivía Begoña. Y ahí enfrente, María José”.
Tardé unos segundos en comprender lo que nos estaba diciendo.
Entre todas las amigas se habían hecho con la cuarta planta entera del edificio.

Elisa Coll, Nosotras vinimos tarde (Amor de Madre, 2023).


Hay una casa en un pueblo de Madrid con el césped alto, un huerto naciente y post-its que especifican qué se encuentra tras las puertas de cada armario de la cocina. La finca lleva el nombre de la que fuera amante del propietario, pero las inquilinas actuales están construyendo una forma de vincularse donde no caben relaciones de primera y de segunda.

La casa es solo una parada en el viaje que sus seis habitantes emprenden para alejarse de los ritmos del trabajo y de la familia nuclear. El destino no está claro, pero tanto ellas como otra decena de amistades que aún viven en la capital quieren que su camino pase por poner la vida comunitaria en el centro, colectivizando los cuidados y huyendo de un sistema económico que consideran hostil.

La comunidad que están creando es una de las formas que puede adoptar la anarquía relacional, un modelo de relacionarse que se ofrece como alternativa a la monogamia. Aunque la mayor parte de la sociedad ya conoce otras opciones no monógamas como el poliamor o las relaciones abiertas, la anarquía relacional (AR), cuya conceptualización aparece en 2005, es más desconocida.

Juan Carlos Pérez Cortés se topó en Internet con el concepto a finales de los 2000. Emocionado, tradujo al castellano y al catalán la única información que había: un manifiesto y una página de Wikipedia. Como pasaba el tiempo y seguía sin existir bibliografía en español sobre este modelo relacional, hizo suya la cita de “si hay un libro que querrías leer y no está escrito, escríbelo tú” y publicó en 2020 el monográfico Anarquía relacional. La revolución desde los vínculos (La Oveja Roja).

“La anarquía relacional tiene tres pilares: impugnar la obligación de vincularse de forma monógama; rechazar la jerarquía de una relación sobre otra; y sustituir el individualismo de pareja por una red de vínculos cuya importancia no depende de si hay sexo o una narrativa romántica”, explica Pérez Cortés.

Ahora bien, la anarquía relacional “no es un dogma”, sino “unas herramientas que tú usas a tu manera”, por lo que la forma final de vincularse es diferente en distintas personas. Así lo explica Alex, tatuador y anarquista relacional, quien añade que “incluso hay gente que puede ser anarca relacional sin saberlo solo por cómo intenta horizontalizar las relaciones”, y subraya que esto último no supone repartir el tiempo equitativamente, sino hacer las cosas por apetencia, no por definición. “Hay muchos memes de tíos ‘salvándose’ de su esposa para hacer un viaje con amigos porque los viajes se hacen por defecto con la pareja, y esto no debería ser así”, remata.

Entre quienes prueban formas alternativas de convivir están las seis de la casa en el pueblo, al que han puesto el nombre ficticio de Valdezarcillo. Aunque algunas de ellas se consideran anarquistas relacionales, su proyecto no se encuadra en este esquema. Eso sí, afirman que su forma de vivir “conecta” con este modelo al “poner en el centro lo colectivo, perdiendo así la pareja funciones exclusivas, como podrían ser el sostén en los momentos de crisis emocional”.

Para ellas, en su mayoría provenientes del activismo ecologista, la pareja y la familia nuclear no ofrecen suficiente resiliencia ante los retos de la vida y, sobre todo, la crisis climática. O, como dice una de las inquilinas citando a su abuela, “es poner todos tus huevos en una cesta y, cuando se te caiga, te quedas sin cenar”.

Con el fin de superar el esquema de pareja monógama, la anarquía relacional aporta una receta del anarquismo político: la autogestión. Ese “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus necesidades” aterriza en “si una persona necesita más cuidado, la cuido más”, sugiere Pérez Cortés. El escritor se explaya: “La autogestión es definir los compromisos de cada relación. Saltarse el guion que te explicita qué tienes que esperar de cada tipo de relación y decir ‘voy a ver qué necesitan las personas de mi entorno’”.

El camino a la anarquía relacional

Mientras que las de Valdezarcillo no se consideran anarquistas relacionales, las otras seis fuentes consultadas por El Salto para este reportaje sí lo hacen. De ellas, todas menos una han pasado por otros modelos no monógamos antes de llegar a la AR. El tatuador Alex cuenta que empezó por las relaciones abiertas, un esquema que mantiene una pareja con exclusividad romántica pero que abre la posibilidad a mantener relaciones sexuales con otras personas.

Para Alex, el cambio llegó de la mano de Pau, tatuadora como él, con quien comparte dos proyectos de vida. Cuando se conocieron, Pau tenía “más idea” de cómo eran otros modelos no monógamos y empezaron a investigarlos: acabaron los dos declarándose anarquistas relacionales.

Esta tatuadora empezó con las relaciones abiertas “a partir de los 16”, según relata. Luego, su modelo fue transitando hacia el poliamor jerárquico, en el que hay “una persona de referencia y gente alrededor orbitando”. Aunque esta forma de relacionarse le pareciera rompedora en un primer momento, Pau afirma que fue “perdiendo sentido” conforme avanzaba el tiempo; no quería darle tanta importancia a lo sexoafectivo. Entonces se topó con el libro Anarquía relacional, que nunca pierde la oportunidad de recomendar, y se decidió por este nuevo esquema que incluye una crítica a las jerarquías del poliamor.

El autor del ensayo, Pérez Cortés, llega a decir que, “en algunos ejes de descripción”, la anarquía relacional es “lo contrario al poliamor”. Esto es porque la AR cuestiona la amatonormatividad ―la diferenciación entre parejas y amistades y la priorización de las primeras sobre las segundas―, mientras que en el poliamor este concepto queda intacto, solo cambiando el número de personas que se pueden encuadrar como parejas.

Eso sí, el escritor niega que la anarquía relacional tenga ningún tipo de superioridad con respecto a otros modelos no monógamos. Cada cual se puede adaptar a diferentes vivencias y “hay que poner en valor todas las disidencias, nos gusten más o menos personalmente, como la afrenta al sistema monógamo que son”, sentencia.

Liarse todos con todos

En 2023 se publica el fanzine Soy anarka relacional, ¿ahora qué?, escrito por Pau C., anarquista relacional que también pasó por otros modelos no monógamos antes de definirse dentro de la AR. De este esquema le atrae “que está muy ligado a la militancia y a la autogestión porque te hace coger la norma, eso que te han enseñado siempre, y darle una vueltita para ver si de forma colectiva le encontramos un sentido”.

Su fanzine trata de dar una imagen de la anarquía relacional que sale de la teoría o del “dar buena imagen”. Sin ir más lejos, Pau C. cuenta que su interés por las no monogamias no empezó por buscar un esquema que permitiera poner a sus amistades en el centro, sino porque siempre era infiel en sus relaciones y se cuestionó si existía una forma de generar vínculos en el que sus actos pudieran ser éticos.

En esta línea, le autore intenta dar una imagen más cercana de lo que es la vivencia no monógama y sus problemas cotidianos. Soy anarka relacional lleva por subtítulo “Historia de todo lo que puede salir mal” justo por visibilizar el choque entre las promesas de un nuevo modelo relacional más libre y los nuevos problemas que de ahí pueden surgir. Estas dificultades empezaron con “liarse todes con todes”, según el texto.

“Ale, hemos roto las jerarquías”, celebra Pau C. en el fanzine. “Ahora, si mis amigues iban a pasar a ocupar el hueco que antes ocupaba mi pareja, no pude evitar preguntarme: ¿por qué no liarme con elles? Obviamente, esto salió fatal” confiesa. Su análisis es que los celos, “que tienen que ver con las mochilas que llevamos” y que no se habían deconstruido en sus relaciones jerárquicas, no desaparecieron con el cambio a la anarquía relacional. La decisión de le escritore y su grupo fue parar “para revisar daños y aprendizajes”. Y recuerda que “en la anarkía relacional los cuidados son los que están en el centro. Y si una aventura con fulanita pasa por hacer daño a otra persona, pues mira, chica, me lo ahorro, porque priorizo cuidar”.

El paso a la anarquía relacional

Es posible que quien lea la experiencia de Pau C. y su grupo pierda las ganas de tirarse de cabeza a la anarquía relacional. Y probablemente sea una buena idea. Para evitar amistades perdidas, corazones rotos y mucho tiempo dedicado a la gestión emocional, es mejor tomárselo con calma. Para le autore de Soy anarka relacional, el paso a la AR significa que es el momento de las preguntas: “Si te mudas a la anarquía relacional, hasta ahora tenías unas normas que igual te apetece replantearte. A partir de ahí vienen un montón de preguntas sobre qué cosas se dan de forma natural y cuáles tienen que ver con el contexto y el concepto de amor que nos venden”.

Muchas de las personas que acaban en la anarquía relacional han sufrido en otros modelos, según Pau C. “Suele ser porque las relaciones vienen dadas con unas estructuras y cuando nos encajamos bien en ellas se sufren rupturas o incluso violencias”, afirma le autore. Para elle, la anarquía relacional cuestiona la universalidad de la idea de amor y afirma que es más deseable seguir las normas que cada persona elija para sí.

Moviéndose al ámbito más personal, Pau C. recomienda plantearse qué tipo de relaciones se han tenido hasta el momento, y cuáles son las que se quieren generar. Ahí empieza, según le escritore, un proceso de autoconocimiento “muy bestia” en el que tienes que averiguar “con qué mochilas cargas” y “trabajarte esos temas”.

“Por ejemplo, si yo soy muy evitativa, tengo que preguntarme por qué. O, si he sido muy celosa y tengo un historial de inseguridades muy largo, tengo que darle caña a ese tema”, cuenta le autore. Su recomendación “para ratas de biblioteca” ―así se autodenomina― es buscar bibliografía, ya sea el libro Anarquía relacional o la colección (h)amor de la editorial Continta me tienes.


¿Conviviendo dos o más?

Con el paso al nuevo modelo quedan en entredicho obligaciones de la monogamia, como son la convivencia de pareja. ¿Con quién vivir? ¿En soledad, con un vínculo sexoafectivo, con amistades formando una comunidad? Si buscamos referencias en el anarquismo político, progenitor de la anarquía relacional, encontraremos ensayos de formas de comunidad que se apartan de la sociedad capitalista. Sin embargo, esta no tiene por qué ser la elección de una persona anarquista relacional.

Y es que la AR, explica Pérez Cortés, no pretende aislarse, sino generalizar la forma autogestionada de construir relaciones en toda la sociedad haciendo una “revolución desde los vínculos”, fórmula que no por coincidencia es el subtítulo del libro Anarquía relacional.

Las ciudades son uno de los escenarios de este nuevo modelo relacional. En Madrid han estado conviviendo durante tres años los tatuadores Pau y Alex. Mantienen una relación sexoafectiva, pero su decisión de compartir piso no se basó en el tipo de relación, sino en afinidades.

―Somos afines en muchas cosas, como la manera en la que funcionamos, la música que nos gusta o los círculos en los que nos movemos ―dice Alex en la entrevista mientras se toquetea el piercing que tiene en la nariz―. También compartimos dos proyectos de vida: uno relacionado con el tatuaje y otro de vida en comunidad que todavía se está gestando. Creo que has hablado con Nurietzsche, que está en el grupo. ¿Te ha dado detalles sobre él?
―A elle le pregunté por otras cosas. Ya me comentáis después sobre el proyecto. ¿Decíais, entonces, que convivir “tenía sentido” para vosotras?
―Claro, eso y que nos apetecía pasar más tiempo juntas ―responde Pau. Se acaricia distraídamente un tatuaje que tiene en el que se lee “la red kuida, la red sostiene”―. Pero también hemos vivido cosas que nos han hecho cambiar de opinión.
―Sí, es que es muy difícil ser horizontal afectivamente si solo vives con otra persona. Todo acaba girando en torno a ella y se generan…
―Unos privilegios, un nivel de confianza…
―Eso. Y ese nivel de confianza solo se consigue con la convivencia. Así que, si solo vives con una persona, está vedado para otras.

Por esto, decidieron abrirse a otras posibilidades y, hace unos meses, tomaron la decisión de mudarse a Bruselas junto con otra persona cercana a ellos.

Vivir con desconocidos

¿Con quién vivir? Para Pau o Alex, la respuesta pasa por buscar afinidades y por pensar con quién quieren aumentar el nivel de intimidad. Otras personas buscan lo contrario, como Nurietzsche, sexólogue y compañere del proyecto de comunidad del que forman parte los tatuadores, que asegura disfrutar la convivencia con personas desconocidas: “A mí me gusta entrar en casa y no tener por qué hablar con nadie”, resume. Hasta que se materialice el proyecto comunitario que comparte con Pau, Alex y otras amistades, comparte piso en Valencia.

Nurietzsche clasifica a las personas de su entorno en dos categorías: colegas y amigos. En la primera caen vínculos circunstanciales, mientras que a la segunda pertenecen las relaciones en las que hay una intención de permanecer juntos. Para este sexólogue, que aprovecha las redes sociales para divulgar información sobre la anarquía relacional, la ventaja de la convivencia con desconocidos es que “genera un estado intermedio” en el que se mueve con comodidad.

Sin embargo, reconoce que esta forma de buscar compañeras de piso “suele ser más temporal” y en algunos momentos vitales le “da pereza”. Por eso, ahora quiere probar un cambio e irse a vivir con otras dos amigas.

Desdibujando fronteras

Cuando Nurietzsche dice que se va a vivir con “dos amigas” está utilizando el mismo término para dos relaciones distintas: una sexoafectiva ―se entendería socialmente como de pareja― y otra afectiva a secas ―entendida como de amistad―. Aunque no todos los anarquistas relacionales lo hacen, la eliminación de la etiqueta de pareja es de los elementos más llamativos de este modelo no monógamo, que busca así “desdibujar la línea entre amistades y parejas”, como explica Pérez Cortés, el autor de Anarquía relacional.

De esta forma, según el escritor, se plantea cada relación “como algo valioso y digno de respeto”. Pau C., le escritore de Soy anarka relacional, propone la “teoría de las órbitas” para mantener un equilibrio entre la propia persona y sus relaciones y cuidar a todos los implicados. En este esquema mental, primero hay que situarse en el centro de varias órbitas. En estas se colocan nuestras relaciones en un plano más cercano o alejado según la intensidad del vínculo. Lo importante de la teoría es que nadie más se debería colocar en el centro: “Si una persona se convierte en mi pareja con cómo lo entendemos socialmente y se posiciona en el centro conmigo, se descuajeringa todo y alejamos al resto de las órbitas”.

En esta imagen mental hay una fluidez entre los diferentes estratos y las relaciones pueden cambiar ―acercarse o alejarse― con el tiempo y las circunstancias. No hay etiquetas que aten a nadie a órbitas más cercanas o, al contrario, impidan que una persona más alejada pueda situarse más próxima. Al contrario de lo que se puede pensar, esto no tiene por qué suponer una falta de responsabilidad. “En el anarquismo, el compromiso ha sido siempre un eje fundamental”, subraya Pérez Cortés, quien añade que estas promesas son “más reales” al no ser “heredadas de una etiqueta”.

El tatuador Alex es una de las personas que tenía prejuicios al respecto de la anarquía relacional y su falta de etiquetas. Siguiendo la idea de que “lo que no se nombra no existe”, consideraba que no etiquetar una relación era equivalente a no valorarla. “Pensaba que la anarquía relacional iba de gente que no cuidaba y que se dedicaba a estar con gente por ahí sin responsabilizarse de las relaciones que van creando”, confiesa. Cambió de opinión cuando Pau le leyó un extracto de Anarquía relacional en el que se dice que esa forma de relacionarse sería una suerte de “capitalismo emocional”.

Además, en el ensayo también se asegura que la anarquía relacional no es sinónimo de inestabilidad, sino al revés. Su autor lo explica: “Si las personas que hacen redes tienen interés en que sus vínculos sean sostenibles, esto es muchísimo más fácil de hacer. Las relaciones son menos quebradizas porque los compromisos son ad hoc para cada persona. Así también se pueden adaptar nuestras relaciones a los momentos vitales, haciéndolas más flexibles”. Alex puede quedarse tranquilo.

Para le sexólogue Nurietzsche, “muy cursi e intense desde siempre con mis amistades”, no poner etiqueta de pareja ayuda a que todas sus relaciones sean valiosas. Su forma de poner en práctica el compromiso con sus relaciones es comunicar qué siente en cada momento y, según se va desarrollando y cambiando el vínculo, hablar de las necesidades que surgen.

Nurietzsche no se ha encontrado hasta el momento con ninguna gestión emocional que haya superado a sus relaciones, y asegura que la gente teme muchas situaciones “que luego no acaban ocurriendo”. Pone un ejemplo: “Yo convivía con una persona con quien mantenía un vínculo sexoafectivo y tuvimos muchas conversaciones porque le preocupaba que yo pudiera follar con otra persona mientras él estuviera en casa. Nos preparamos pensando en cómo llevarlo de la mejor manera para los dos, y nunca hizo falta hacer nada porque nunca se dio la situación”.

Comunidades e inseguridades

Aunque la anarquía relacional no quiera abandonar las urbes, algunas personas que la practican sí querrían alejarse de las ciudades para construir su comunidad. Alba Centauri es psicóloga y lleva una cuenta de Instagram de divulgación sobre no monogamias llamada @poliactivismo. Actualmente comparte piso en Bogotá, pero su ideal sería otro: “Viviría en una comunidad grande alejada de la ciudad con espacios propios, comunitarios y crianza compartida”.

La psicóloga detalla que su comunidad deseada aparece en la novela Mujer al borde del tiempo. En ella hay una “fluidez total de la sexualidad y la identidad de género” y unas dinámicas relacionales que le atraen: “En la trama hay un triángulo amoroso con problemas y la familia entera se reúne para obligarlos a solucionar sus celos porque afectan a la comunidad”.

Esta sensación de que los problemas de una o varias personas afectan a la colectividad la comparten las seis de la casa de Valdezarcillo y el resto de personas que conforman su proyecto comunitario. Sintetizan su forma de ver los conflictos con un “si te pasa factura a ti, nos pasa factura a todas”.

En muchas de las reuniones que este grupo tiene de forma quincenal para ir construyendo su proyecto surgen miedos y conflictos. Están relacionados, sobre todo, con no sentirse individualmente preparados para dar el salto a vivir fuera de la ciudad o con la inseguridad de no estar suficientemente afianzados en el colectivo.

―¿Me podéis poner algún ejemplo de esos problemas que os encontrasteis a la hora de cambiar la ciudad por esta casa? ―Risas nerviosas. Invitaciones con la cabeza a que otra persona sea la primera en responder. Nadie quiere ser la primera cuya intervención quede registrada; la grabadora intimida.
―Me miráis mucho. ¿Empiezo yo?
―…
―Vale, empiezo yo. ―Ríe―. Todas venimos más o menos del activismo. Estamos politizadas y somos contrarias al capitalismo. Tenemos mecanismos de redistribución y no miramos cuánto aportada cada una, pero… A mí se me hizo bola venir, no me sentía preparada, necesité mucho apoyo previo para sentir que merecía estar en esta casa sin tener tanto capital económico. Y aparece un curro y pienso en cogerlo, porque quiero aportar dinero al proyecto…
―Pero es que el resto le decimos “nanay, te va a sentar mal al cuerpo”. Y, si te pasa factura a ti, nos pasa factura a todas; esta casa es un cuerpo compartido.
―Eso. Es lo que te decíamos. Que nuestro consejo para quienes empiecen proyectos comunitarios es que no idealicen el proceso, que muchas veces es incómodo por los bagajes previos. Que hay que trabajarse muchas cosas.
―Algo que creo que ayuda aquí es ver el conflicto como algo que enseña. Salir de esta visión occidental del conflicto como algo malo…
―¡Y ver que nos une mucho! El grupo reacciona de forma tan amorosa que te sientes muy arropada. Decimos “mira, esto que ves individual también tiene una parte interrelacional y otra de aprendizajes del sistema”.
―Porque el sistema nos sienta mal. Este es nuestro diagnóstico compartido. Las incomodidades merecen la pena porque la vida del sistema, de la ciudad, nos sienta mal. Todas acudimos a este proyecto en mayor o menor medida porque nos sentimos mal con las dinámicas de la ciudad y del curro.
―…
―Y es que es eso: lo de los conflictos y los miedos. El grupo los acoge tan bien… Me da mucha confianza nuestra cultura de escucha y las ganas que tenemos de aprender, flexibilizarnos y mutar para adaptarnos. Y, más que confianza, admiro tremendamente a mis compañeras y esta dinámica me genera un enamoramiento que me hace mucha ilusión.

La entrevista en la que cuentan su historia, confiesan los tramos duros del camino y ríen nerviosamente tiene lugar una mañana de sábado. A la tarde irán a Madrid para reunirse con el resto de miembros del proyecto y hablar de cómo visualiza cada cual su forma de convivencia: ¿Casas o pisos? ¿Costa o interior? ¿Ciudad o pueblo? Hay muchas preguntas que probablemente no se resuelvan en esa reunión y tampoco en un corto plazo. No pasa nada; tienen confianza en el grupo y en el proceso. Mientras, trabajan, estudian, leen, pasean los perros, hacen activismo y, sobre todo, hablan de cómo se sienten.

¿Querrías tener pareja teniendo comunidad?

En octubre del año pasado, la activista Alba Centauri subió a su cuenta de Instagram una publicación con el título “¿Querrías tener pareja teniendo comunidad?”. En ella, relata que “una de las cosas más duras” de sus siete años como anarquista relacional es que “existen algunos cuidados o intimidades a los que resulta difícil acceder por fuera del marco de una relación de pareja”.

La psicóloga asegura que esto no ocurre porque sea “materialmente imposible”, sino por la “inmensa mayoría” que “reserva ciertas energías y atenciones para los vínculos con quienes comparten intimidad erótica”. Esto se le ha hecho cuesta arriba en los dos últimos años y le ha llevado a querer tener pareja “como nunca antes” para acceder “a los cuidados que solo puedo obtener estando en ese tipo de vínculo”, confiesa.

Centauri, que vive a caballo entre Madrid y Bogotá, consiguió esa comunidad en Poliamor Madrid. Al volver a Colombia inició un proyecto parecido, al que llamó Poliamor Bogotá, para obtener esa misma sensación de comunidad. Después de tres años de activismo, el grupo se desconfiguró.

“La muerte de Poliamor Bogotá me dejó sin comunidad. Sí tenía una amiga con la que iba a comer, otra con la que iba a desayunar, pero no esta esencia de compartir grupal que me parece tan importante para la afectividad humana”, se apena la activista. Otras personas pueden encontrar comunidad en su familia, pero ese no era su caso; no tiene mucha cercanía con la mayoría de sus familiares. Aunque tiene buena relación con su madre, eso no bastaba para cubrir sus necesidades de afecto, pues, “aparte del abrazo más filial con mi madre, me hacen falta besitos o un azote en el culo”.

Al contrario del imaginario colectivo en el que las personas no monógamas ligan mucho, Centauri no encontró a alguien con quien encajara por ofrecer “algo muy distinto” a lo que la gente que busca pareja tiene en mente. “En una ocasión hallé a alguien con quien tenía mucha afinidad y química, pero a él se le hacía impensable venirse a dormir conmigo porque estoy casada”, relata, y aclara que su matrimonio es con una amiga con la que no convive.

La psicóloga rehúsa el pack completo de la monogamia, que sí o sí implica convivencia, conocer a la familia, etc. “Yo quería arrunchis, mimos, besos, erótica y por supuesto los cuidados que eso implica. No me niego a compartir la vida, pero quiero hacerlo sin exclusividad, no teniendo que centrarme solo en una persona”, sentencia.

Ahora, esta ausencia de pareja no le genera tanto malestar. Tiene un plan a largo plazo de comprar una vivienda con su madre y, más cercano en el tiempo, un proyecto de vivienda con otras dos amigas en Bogotá.

Pasados y futuros

La anarquía relacional es por ahora un modelo relacional desconocido y con poco pasado. Sin embargo, las vivencias comunitarias siempre han estado ahí. Al igual que cuando el tatuador Alex decía que mucha gente vive la AR sin ponerse esa etiqueta, el escritor Pérez Cortés afirma que “algunas personas” ya hacían “cosas parecidas”, aunque muchas veces “sin tener en cuenta el conjunto de propuestas de la anarquía relacional, que da coherencia al esquema reuniendo las ideas de no autoridad, cuidados, compromisos, cultura del consentimiento, consciencia de las opresiones y las formas de poder que se presentan en las relaciones, etc.”.

En Nosotras vinimos tarde (Amor de Madre, 2023), la novela de Elisa Coll cuyo extracto abre este reportaje, la autora y sus amigas están ilusionadas por ver que “esa idea tan recurrente, vivir y envejecer juntas”, de repente “la teníamos ahí mismo: la prueba material de que esto no era una fantasía sino algo posible”. De la misma forma que los feminismos no inventaron los cuidados, la anarquía relacional no ha creado las comunidades.

Gracias a los nuevos textos y contenidos sobre anarquía relacional, es más fácil ahora utilizar ese cuerpo teórico como herramienta para construir un futuro que se conjugue en plural. Pero no se parte de cero. “La historia de Teresa [Meana, activista feminista con gran recorrido en España], aunque es una historia de pasado, creo que ayuda a imaginar futuros posibles. Porque claro, no es lo mismo imaginarte de mayor con tus amigas que ver a una persona que lleva haciendo esto 20 años”, contaba Coll en una entrevista para El Salto.

Experiencias como la de Meana han sido más residuales en el pasado, pero la revolución desde los vínculos que promete la anarquía relacional podría tener aún mucho que decir y mucho que cambiar. “Antes o después llegará la normalización [de nuevos modelos de convivencia y crianza], estoy convencido. No hay escapatoria”, sentencia Pérez Cortés.