Por Pablo Stefanoni
Todos los regímenes han reescrito en parte la historia. Al final de cuentas, la disputa por el pasado es un asunto cotidiano, y los historiadores no suelen ser allí el elemento fundamental; existe toda una serie de soportes institucionales, intelectuales y mediáticos desde los cuales opera esa “reescritura”. Obviamente, en regímenes totalitarios eso se realiza de manera salvaje -como cuando Stalin borraba de las fotos a sus adversarios con los “Photoshops” de la época- o los norcoreanos dicen que su líder eterno Kim Il Sung nació en un monte sagrado, sin posibilidad de voces discordantes. Pero también hay reescrituras en democracia en función de construir clivajes y antes y “despueces” funcionales a un tipo de relato que legitime lo que se está haciendo., solo que bajo regímenes con libertades esa reescritura es desafiada por voces disidentes.
El problema es algo más complicado cuando se reescriben las biografías de los nuevos líderes y cuando el relato de vuelve tan absorbente que termina construyendo una visión casi infantil del pasado, generando niveles de maniqueísmo algo perturbadores e inaceptables chantajes ético/morales por quienes no tienen las credenciales para ello.