Juan Caspar
Decir que son malos tiempos para la libertad de expresión no es ninguna originalidad, lo que sí resulta ya sorprendente es cómo se relacionan los acontecimientos. Así, esta semana se ha ratificado la condena a la revista satírica Mongolia a indemnizar a exmatarife José Ortega Cano nada menos que con 40.000 euros por vulneración del derecho a su honor en un cartel humorístico. Para los que no conozcan el caso, esta sentencia, producida en marzo del pasado año, se produjo por considerar que el fotomontaje satírico, que se hizo con motivo de una representación musical de la mencionada publicación, “es una verdadera ofensa gráfica producida a partir de la imagen real del rostro del Sr. Ortega Cano y las expresiones que forman parte del cartel un juicio crítico respecto de dicha persona que deben ser calificadas de desafortunadas”. Echen ustedes un vistazo al cartel de marras en el que aparece Ortega Cano, ser humano cuya idiosincrasia resulta imposible de caricaturizar por ser en sí misma un homenaje a la tradición esperpéntica española, con un cuerpo de una especie de marciano exclamando una de sus frases favoritas.
Decir que son malos tiempos para la libertad de expresión no es ninguna originalidad, lo que sí resulta ya sorprendente es cómo se relacionan los acontecimientos. Así, esta semana se ha ratificado la condena a la revista satírica Mongolia a indemnizar a exmatarife José Ortega Cano nada menos que con 40.000 euros por vulneración del derecho a su honor en un cartel humorístico. Para los que no conozcan el caso, esta sentencia, producida en marzo del pasado año, se produjo por considerar que el fotomontaje satírico, que se hizo con motivo de una representación musical de la mencionada publicación, “es una verdadera ofensa gráfica producida a partir de la imagen real del rostro del Sr. Ortega Cano y las expresiones que forman parte del cartel un juicio crítico respecto de dicha persona que deben ser calificadas de desafortunadas”. Echen ustedes un vistazo al cartel de marras en el que aparece Ortega Cano, ser humano cuya idiosincrasia resulta imposible de caricaturizar por ser en sí misma un homenaje a la tradición esperpéntica española, con un cuerpo de una especie de marciano exclamando una de sus frases favoritas.